Dimensión internacional de la Revolución de los Jazmines

Esta entrada forma parte de un conjunto de artículos que he escrito sobre el origen y desarrollo de la «Primavera Árabe» en Túnez y Egipto. Para leer los restantes textos dedicados a esta cuestión, haz clic aquí.


El efecto dominó

La Revolución de los Jazmines fue seguida en todo el mundo, pero con especial atención por la población de los países árabes. Desde el inicio de las protestas, miles de ciudadanos de esas naciones se manifestaron en apoyo del pueblo tunecino. Más tarde, cuando este les mostró la ruta para terminar con las dictaduras, emprendieron ellos mismos el camino.

Las declaraciones de Amr Musa, secretario general de la Liga Árabe, a los pocas horas de la huida de Ben Alí resultaron proféticas: “La sociedad árabe tiene unos elementos de construcción, actuación y reacción similares, así que no podemos simplemente considerar a Túnez como un incidente aislado”.

En términos similares a los utilizados por Amr Musa se expresaba el intelectual argelino Iman Uenzar: “Quizás no habrá catarata de derrocamientos, pero la fiebre social se contagiará. Tendremos disturbios sociales más intensos y frecuentes que hasta la fecha”.

Por su parte, Mohamed Lagab, analista político y profesor de Políticas en la Universidad de Argel, afirmaba, en declaraciones a Reuters, que “Túnez es ahora el modelo a seguir para todos los árabes. La época de los dictadores y las dictaduras ha terminado».

En Egipto, Hamdy Hassan, portavoz de los Hermanos Musulmanes, grupo islamista con más arraigo en el país, lanzaba un aviso a los regímenes del norte de África: «Intuimos de que habrá una explosión que impactará a los países árabes como ha sucedido en Túnez”.

Conscientes quizás de los peligros que traía consigo la Revolución de los Jazmines, muchos gobiernos árabes optaron por una política de silencio informativo.

Incluso en Marruecos, desde los primeros días de enero, las autoridades prohibieron la celebración de actos en apoyo a Túnez. Fue el único país que tomó una medida semejante. Por contra, como excepción que confirma la regla, el líder libio Muammar al-Gaddafi se solidarizó con las reivindicaciones del pueblo tunecino. Paradoja del destino, pues, hasta la fecha, es el único dictador del norte de África ejecutado como consecuencia de la Primavera Árabe.

Los medios de comunicación del mundo musulmán no secundaron ese silencio. En Líbano, el diario de izquierdas As Safir se mostró favorable a la expansión de la revolución a otros países del entorno: “deseamos que esta primera revolución popular del siglo XXI sea un modelo para el cambio en el mundo árabe esperado desde hace mucho tiempo”. Por su parte, el colaborador de Le Quotidien d`Oran, Kamel Daud, escogía un llamativo “Sueño con ser tunecino” como título para su columna.

En la misma línea se expresaba El Watan, periódico argelino de corte liberal, en un editorial titulado “¡Viva el efecto dominó!: Túnez es un sueño para millones de argelinos privados de libertad y democracia”. Por su parte, con un tono más moderado, el semanario marroquí Maroc Hebdo consideraba que Túnez no era un caso aislado.

La figura de Mohamed Bouazizi estuvo muy presente en las incipientes protestas de otros países del entorno. En Argelia, cuatro personas optaron por expresar su descontento quemándose a lo bonzo, si bien ninguno de ellos llegó a fallecer. El primero, registrado el miércoles 12 de enero en la localidad de Bordj Menaïel, era un padre de familia numerosa que trabajaba como agente de las fuerzas de seguridad.

H. Samir, natural de la ciudad de Jijel, eligió para inmolarse el mismo día de la huida de Ben Alí. Mohsen Bouterfif, lo hizo el día 15 de enero en Boujadra, una localidad cercana a la frontera con Túnez. Por último, el domingo día 16, Senuci Tuat se situó frente a la sede de las fuerzas de seguridad de Mostaganem, localidad situada a 350 kilómetros de Argel, y, derramando gasolina sobre sus piernas, se prendió fuego.

Las inmolaciones comenzaron en Egipto el día 17 de enero, con Abdou Abdel-Moneim Jaafar, natural de Shibin el Qanater, como protagonista.

Al día siguiente, tres egipcios más decidieron quemarse a lo bonzo: Mohammed Farouk Hassan y Mohammed Ashour Sorour, en El Cairo, y Ahmed Hashim al-Sayyed, en Alejandría. Este último falleció en el acto. El 17 de enero fue también el día elegido por Yaghoub Uld Dahud para quemarse a lo bonzo frente al Senado de Nuakchot, capital de Mauritania. Este empresario de cuarenta años, cansado del trato discriminatorio que el gobierno daba a su tribu, decidió protestar rociando su coche con gasolina, encerrándose en él y prendiéndole fuego.

Situaciones similares a las citadas de Argelia, Egipto y Mauritania fueron repitiéndose en la mayor parte de los países árabes durante la segunda mitad del mes de enero. En líneas generales, todos estos sucesos tuvieron dos rasgos comunes: su cercanía temporal con el final del régimen de Ben Alí y una inmediata reacción favorable por parte de la población.

En definitiva, la Revolución de los Jazmines habían demostrado que los regímenes dictatoriales del mundo árabe eran más frágiles de lo esperado. A partir de entonces, no faltaron ciudadanos dispuestos a iniciar la protesta quemándose a lo bonzo, ni tampoco personas que secundaran sus actos con manifestaciones multitudinarias.

A partir del 25 de enero, Egipto se convirtió en el nuevo centro de la opinión pública internacional. Una manifestación convocada por diversas organizaciones a través de las redes sociales iba a dar lugar al segundo derrocamiento de la Primavera Árabe.

Los jóvenes egipcios que, el día 14 de enero, gritaban aquello de “Ben Alí, vete ya, y de paso llévate a Mubarak”, acabaron cumpliendo su objetivo apenas un mes después. Pero no sólo se produjeron revueltas “a la tunecina” en el país del Nilo, sino también en Palestina, Arabia Saudí, Jordania, Marruecos, Siria… Pocos días después de la manifestación en Egipto, miles de personas eran convocadas, mediante SMS, a una gran concentración en la ciudad de Yeda (Arabia Saudí).

Los manifestantes se enfrentaron a los agentes de seguridad que trataron de disolverlos, siendo detenidos más de cien ciudadanos. Al mismo tiempo, en Ammán, capital de Jordania, un gran número de ciudadanos acudían a la convocatoria de los Hermanos Musulmanes para pedir la bajada del precio de los productos alimenticios y elecciones libres.

Construyendo un nuevo paradigma revolucionario

Pocas semanas antes de la Revolución de los Jazmines, podían contarse con los dedos de una mano las personas que creían posible el fin inmediato del régimen tunecino. Los acontecimientos que tuvieron lugar en el país mediterráneo a caballo entre 2010 y 2011, han cambiado de forma decisiva nuestra percepción de la realidad social del Magreb.

Sin embargo, no sólo se ha visto afectado ese paradigma, sino también el propio concepto de revolución, así como la política exterior de buena parte de los países occidentales.

Hasta los acontecimientos de la Primavera Árabe, las dictaduras del Magreb eran percibidas como algo sólido e inamovible. La posibilidad de que fueran derrocadas por una revolución popular se veía como algo remoto, y, en todo caso protagonizado por grupos islamistas. En esa situación, Occidente prefería apoyar a los regímenes de esos países antes que verlos sometidos a la Sharia.

Los sucesos de Túnez acabaron con esa hipótesis. En enero de 2011, Ben Alí cayó con sorprendente facilidad, y no por la acción de los grupos islamistas –de hecho, la actividad del partido Ennahdha fue muy escasa durante esos días-, sino por el descontento de los ciudadanos de a pie.

Por tanto, las dictaduras del norte de África no eran ni tan sólidas como se decía, ni el último baluarte contra la expansión de la Sharia. Siendo así las cosas, parece evidente que Occidente, sosteniendo esos regímenes poco respetuosos con los derechos humanos, ha sido un obstáculo para la democracia en los países árabes.

Además, el nuevo paradigma se alimenta de dos elementos desconocidos hasta ahora en el norte de África: la autonomía del ejército y el uso de las nuevas tecnologías como medios de convocatoria y plataformas para la coordinación de la protesta.

Analizando el caso tunecino, observamos que Ben Alí sólo optó por abandonar el poder cuando descubrió que no tenía el respaldo de los altos mandos militares. Por cierto, situación muy similar a la vivida por Hosni Mubarak un mes después en Egipto.

El ejército tunecino, al fin y al cabo, desempeñó un papel fundamental en la Revolución de los Jazmines; y no sólo eso, sino que también mostró un camino alternativo a los militares de otros países. En definitiva, se erigieron en árbitros de la pugna entre el régimen y el pueblo, inclinando la balanza, finalmente, del lado de este último.

El uso de las nuevas tecnologías, y muy especialmente las redes sociales, constituyó otro elemento novedoso de la revuelta tunecina. Sin lugar a dudas, su papel como medios de convocatoria, ha cambiado notablemente la noción de revolución que teníamos hasta la fecha.

Pero su rol no se limito a lo meramente organizativo. Gracias a la última generación de dispositivos móviles, los manifestantes pudieron grabar videos y hacer fotografías que, de forma inmediata, eran subidas a la red. De esta manera, en todo el país, y en el mundo entero, cualquiera podía acceder a ese material gráfico.

Ahora bien, si por algo se caracterizó la Revolución de los Jazmines fue por su carácter bloguero. Las bitácoras tuvieron, si cabe, una mayor importancia en los acontecimientos de Túnez que las redes sociales.

De entre ellas, cabe destacar A tunisian girl desde donde Lina Ben Mhenni, una joven de 27 años, combatió el régimen de Ben Alí. Incluso un año antes de la inmolación de Mohamed Bouazizi ya había empezado a desafiar al gobierno junto con otros blogueros del país. Por desempeñar esa labor fueron perseguidos, detenidos y torturados. Pero su perseverancia obtuvo sus frutos cuando, en diciembre de 2010, el pueblo tunecino se levantó contra el dictador.

El concepto de ideología en Marx y su crítica a Hegel


A lo largo de los siguientes párrafos vamos a tratar de explicar el término ideología que elaboró el filosofo alemán en sus primeros escritos. Un concepto que, en esos años, no presentó como opuesto a la ciencia, sino a la propia realidad.

En nuestro desarrollo abordaremos la cuestión partiendo de la crítica a la religión de Feuerbach, de la que Marx se sirvió para atacar la idea de Estado de Hegel; después nos centraremos en el paradigma de la inversión expuesto en La crítica a la filosofía del derecho (1843); y terminaremos con el ataque marxista a la izquierda hegeliana y su concepto de Gattungswesen.

Ahora bien, entre tanto contenido no hay que perder de vista el objetivo último que se propone Marx: determinar qué es real y contraponerlo al concepto de ideología. Es en ese contexto donde se inicia la identificación entre realidad y praxis y, por tanto, la oposición entre esta última e ideología.

La crítica a la religión de Feuerbach

Para desarrollar su concepto de ideología, Marx se basa en los postulados de Ludwig Feuerbach sobre la religión. Por esa razón, antes de continuar con el desarrollo del contenido principal del texto, conviene detenerse en este punto.

El objetivo último de la crítica de la izquierda hegeliana a la religión es la reducción del mundo abstracto a su base real o empírica. Es decir, lo mismo que posteriormente tratará de hacer el joven Marx con la filosofía política. Feuerbach señala que la religión no es más que una realización fantástica del ser humano. Una abstracción que se genera ante la incapacidad para alcanzar la realidad, para entenderla.

Se aprecia, por tanto, la íntima relación entre los planteamientos marxistas sobre la ideología y esa crítica de la izquierda hegeliana a la religión.

De hecho, Marx consideraba que no era necesario continuar con la cuestión teológica, pues esta había sido completada por Feuerbach. Esto le permitió, utilizando la misma metodología, iniciar la crítica a la política en Hegel.

El Estado hegeliano como abstracción

Marx parte de la crítica a la religión de Feuerbach para abordar la filosofía política. Tal como indicábamos al principio del texto, contrapone el concepto de ideología al de realidad. Es decir, genera una oposición entre la especulación abstracta, que relaciona fundamentalmente con la idea de Estado de Hegel, y la lucha política real, que poco a poco va relacionando con el proletariado.

Dicho de otro modo, la única crítica válida debe incluir la praxis o lucha real. Y, como para Marx, a diferencia de Hegel, el Estado no es la encarnación institucional del Volkgeist, este debe ser tenido por una mera abstracción.

La crítica marxista a la filosofía política se centra en el llamado paradigma de la inversión; es decir, la concepción de la ideología como una inversión de la realidad. De ahí que en Los Manuscritos Marx se esfuerce, no por definir ese término, sino por contrastarlo, por encontrar su opuesto. Este, como se ha señalado más arriba, no sería otro que la realidad, que se identifica con la praxis.

La fractura en la izquierda hegeliana

Después de completar su crítica a la filosofía política, el joven Marx dirige sus argumentos contra la izquierda hegeliana. En Los Manuscritos económicos y filosóficos (1844) habla de la necesidad de liberarse de la antropología de Feuerbach, y más en concreto del concepto de Gattungswesen o “ser de la especie”.

Desde la perspectiva marxista, ese término utilizado por la izquierda hegeliana no es más que una abstracción. Es decir, considera que el Gattungswesen no es real, sino ideología. De esta manera, aplicando el método por el que Feuerbach había criticado la religión y por el que él mismo se había dirigido contra el Estado hegeliano, arremete con dureza contra esa idea.

La crítica a Feuerbach, además de marcar el inicio de la pérdida de predicamento del concepto “ser de la especie”, consolidó la ruptura definitiva dentro de la izquierda hegeliana.

*Artículos sobre el origen del pensamiento marxista:

[2] La relación entre ideología y alienación en Marx.

[3] Marx y la ideología alemana I.

[4] Marx y la ideología alemana II.

Robert Schuman: «Por Europa»


Por Europa es una recopilación del pensamiento político de Robert Schuman. La selección, clasificación y reelaboración de los contenidos fue realizada, en los últimos años de su vida, por este político francés a partir de sus apuntes personales y discursos. Partiendo de ese rico legado, he pretendido resaltar las que, a mi juicio, son las ideas más importantes. He agrupado las citas de Robert Schuman en diez artículos, y en cada uno he añadido una breve introducción.

¿Por qué una Europa unificada?
Unificación basada en la fraternidad cristiana
La Europa democrática y el cristianismo
Europa, los Estados y las fronteras

La Europa de la mundialización
Europa y las patrias
Inglaterra, Alemania y Francia
La escuela de Europa
Europa y la política exterior
Vocación profética de Europa

La independencia de las Trece Colonias americanas


Los hechos acaecidos en las Trece Colonias británicas de América del Norte poseen una doble carga. Por un lado, podemos verlos como un fenómeno de rebeldía e independencia colonial con respecto a la metrópoli; y por otro como revolución política.

La norteamericana es, en definitiva, la primera revolución de los tiempos modernos: la primera colonia en romper sus lazos con la madre patria, la primera nación que elabora una Constitución y la primera implantación de la democracia.

Causas de la independencia

La Guerra de los Siete Años (1756-1763) cambió notablemente el panorama de las colonias británicas del Nuevo Mundo con respecto a la metrópoli. Esta, vencedora del conflicto en detrimento de Francia, se encontró de pronto con enormes extensiones territoriales de nueva adquisición que precisaban de una reorganización administrativa.

Esto perjudicaba notablemente a muchas de las antiguas colonias inglesas en Norteamérica, que habían gozado tradicionalmente de una alta autonomía política. Aparte descontento por las reformas administrativas, otro de los factores desencadenantes de la rebelión colonial fue la política fiscal llevada a cabo por los ingleses.

La guerra con Francia había agotado las arcas británicas, que necesitaban más que nunca de la savia americana para recuperare del alto coste del conflicto.

Por esa razón, las autoridades de la metrópoli exigieron un control más estricto de los impuestos, dejando así de lado la tradicional “negligencia saludable” que, en lo referente a estos cuestiones, había practicado Inglaterra con respecto a Norteamérica. Además de eso, comenzaron a exigir nuevos impuestos –Sugar Act, Stamp Act, Townsend duties, Tea Act…-, que aumentaron notablemente el descontento de los colonos.

Partiendo de estas bases, comprobamos como desde 1764 a 1773 la tensión entre colonia y metrópoli irá en aumento. De esta manera, progresivamente, las clases medias, con importantes intereses económicos, al verse perjudicados en sus negocios, se irán radicalizando en sus posturas hasta llegar a defender la independencia con respecto a Londres.

El mantenimiento de la Tea Act y sus consecuencias

Ante las muestras de oposición ante las nuevas leyes impositivas, el gobierno de Londres dio marcha atrás. De este hecho los colonos sacaron dos enseñanzas: que su unión era fundamental para defender su intereses, y que los británicos daban muestras de debilidad.

Sin embargo, Inglaterra mantuvo una de las leyes arancelarias, la Tea Act, que iba a provocar el estallido del conflicto: el 16 de diciembre de 1773 se produjeron una serie de actos de rebeldía en Boston.

Los hechos acaecidos en Boston fueron más que suficientes para radicalizar las posturas en ambos bandos. Así, tanto los que en Londres defendían una política blanda con las colonias, como los que en América abogaban por mantener una actitud sumisa con la metrópoli, se vieron arrastrados por ambos extremos.

Desde Inglaterra se puso en marcha un proyecto para solucionar, por medio de la coerción, el problema americano. Para ello se proyectó, a modo de castigo, el cierre del puerto de Boston. Medida a la que siguieron el reforzamiento de la autoridad en el gobierno de Massachussets; los cambios en la administración de la justicia, que debía centrarse más en el cumplimiento del pago de los impuestos decretados; la Quatering Act, que obligaba a las colinas a alojar tropas británicas; y la Québec Act, que establecía en esta región un gobierno más centralizado.

Por su parte, los rebeldes se reunieron, entre junio y octubre de 1774, en el Congreso Continental de Filadelfia.

Allí establecieron una Asociación Continental con el objetivo de luchar por unas libertades constitucionales, y se comprometieron a boicotear todos los productos británicos. Además, negaron la legitimidad del parlamento inglés al no poseer este representantes de las propias colonias.

La Declaración de Independencia

Teniendo en cuenta lo enunciado anteriormente, parece evidente que sólo hacía falta un hecho sangriento para que estallase el conflicto bélico. Este sucedió en Lexington, el 19 de abril de 1775. En una operación destinada a desmantelar un almacén de armas perteneciente a los rebeldes, el ejército inglés acabó enfrentándose a un grupo de milicianos que se resistieron a la operación.

Poco después de estos acontecimientos, ya en el año 1776, se reunió el II Congreso de Filadelfia. Allí se tomaron las primeras medidas para organizar la guerra, entre las que destacan el reclutamiento de milicianos y la financiación del conflicto. Además, observamos como las ideas independentistas van ganando terreno entre los congresistas.

Por fin, el 4 de julio de 1776 se aprobaba la Declaración de Independencia de las colonias norteamericanas.

Este texto, redactado por Thomas Jefferson y basado en las ideas de Locke, trataba de justificar ante el mundo la emancipación americana, consecuencia –según los rebeldes- de la tiranía e intolerancia británica.

El conflicto bélico (1776-1783)

En los primeros compases del conflicto, la inferioridad de los colonos era patente. Mandaban a la lucha a soldados entusiastas, pero poco instruidos, que además carecían del equipamiento necesario en numerosas ocasiones. Este fue una de las grandes misiones del Congreso en un principio: la financiación de la causa independentista.

Una de las constantes del conflicto de independencia norteamericano fue la búsqueda, por parte de los rebeldes, del apoyo exterior.

Conscientes de su propia inferioridad, los congresistas tratarán de negociar con otras potencias extranjeras para modificar el equilibrio de esa lucha desigual. De esta manera, desde un primer momento, se buscó el apoyo de Francia, tradicional enemiga de los británicos.

Después de la batalla de Saratoga (17 de octubre de 1777), Francia reconoció oficialmente la independencia norteamericana, declarándole la guerra a Inglaterra. Además, España, que por aquel entonces se movía en la órbita francesa, fue arrastrada al conflicto en junio de 1779.

Ante esta situación del panorama internacional, la victoria de los rebeldes no tardó en llegar. Mientras Francia aprovecha la debilidad británica para hacerse con las islas antillanas de Tobago y Santa Lucía, y España recupera Menorca y Florida, Washington derrotaba a Cornwallis en Yorktown (19 de octubre de 1781).

Esta victoria de los colonos fue decisiva para que una agotada Inglaterra buscase la paz, que se firmó en Versalles el 3 de septiembre de 1783.

Imperialismo: auge del predominio europeo


Como ocurre con frecuencia en la historia, para llegar a comprender en su totalidad un fenómeno planteado y desarrollado en un momento concreto, hay que dar marcha atrás en el tiempo y buscar las claves que lo han propiciado e impulsado. Esto ocurre, sin duda, en el proceso de expansión europea que se pone en marcha en torno a 1880.

En este caso, esa marcha atrás nos sitúa en el inicio de los años setenta, en ese momentos histórico que marca el comienzo de una nueva época para el mundo occidental.

En líneas generales, cabe afirmar que entre esa fecha (1870-1871) y el comienzo de la I Guerra Mundial (1914-1918), el continente europeo alcanzó su máxima plenitud en todos los sentidos: triunfo del liberalismo, reconocimiento de los derechos sociales, proceso de industrialización, desarrollo científico y técnico…

La expansión colonial durante la primera mitad del siglo XIX

En un principio la expansión colonial estuvo muy ligada al gusto por la aventura propio del romanticismo. Fue esa una época de claro protagonismo británico y, en menor medida francés. Sin embargo, ese no era todavía el momento del gran imperialismo, sino el de sentar las bases para el gran desarrollo del último tercio del siglo.

A partir de la década de 1870, y especialmente en la de 1880, las potencias europeas, los EE.UU. y Japón, se repartieron los territorios del mundo.

Únicamente los territorios de América Latina, que habían sido colonizados en los siglos XV y XVI, y emancipados a comienzos del XIX, quedaron al margen de este proceso.

Teorías sobre el imperialismo

En términos generales, las corrientes de análisis sobre el fenómeno imperialista pueden agruparse en torno a cuatro variables.

La primera de ellas hace hincapié en la proliferación de las políticas de prestigio impulsadas por el auge del nacionalismo.

Desde la perspectiva económica se explica el imperialismo como consecuencia de la crisis de 1873, surgida a raíz de la saturación de los mercados. Ante esta situación, las potencias comerciales comenzaron a buscar nuevos espacios para sus economías. No obstante, la objeción que comúnmente se ha lanzado contra esta teoría es que la ocupación de territorios coloniales no siempre rentable.

Las otras dos teorías sobre el fenómeno imperialista se basan en la demografía –la necesidad de dar salida a la superpoblación de la metrópoli- y en la ideología racista que sostenía la superioridad del hombre blanco y su responsabilidad en la instrucción de las restantes culturas y razas.

Tipología de la colonización

Atendiendo a la ocupación del territorio, el gobierno del mismo y la explotación económica, podemos distinguir los siguiente tipos de colonización:
  • Colonia; territorio en el que se implanta un gobierno y una administración de la metrópoli; sometiéndose de esta manera totalmente la población nativa a estos nuevos organismos.
  • Bases económicas; lugares sobre los que se establece un control económico, pero no político.
  • Colonia de poblamiento; relativo al traslado de grandes contingentes humanos desde la metrópoli a los territorios coloniales a causa de la superpoblación del país colonizador.
  • Bases de carácter estratégico, generalmente pequeños enclaves destinados al mantenimiento de una guarnición militar; bien por razones estratégicas o comerciales.
  • Protectorado; territorio en el que, a pesar de la existencia de una estructura política y cultural de origen antiguo, se asientan tropas de las grandes potencias con el fin de prestar ayuda a esos regímenes. Esto supone por tanto el control militar y explotación económica de ese territorio.

La Conferencia de Berlín (1884-1885)

A medidos de siglo XIX los europeos, que hasta ese momento se habían contentado con el control de enclaves costeros, comenzaron a ocupar el interior del continente africano. Para ello utilizaron, como vías de penetración, los grandes ríos: los belgas el Congo, los franceses el Senegal, y los ingleses el Níger.

Mientras esto sucedía en el África central, el norte del continente también empezó a cobrar una enorme relevancia para las grandes potencias. Así, rivalidades en torno a las cuestiones de Argelia, Túnez, y el canal de Suéz, pasaron a un primer plano en las relaciones internacionales de la época.

Este proceso de ocupación de África dio lugar a la Conferencia de Berlín, que, bajo el patrocinio de Bismarck, trataba de dar respuesta a los roces surgidos entre las naciones europeas.

De esta manera, entre noviembre de 1884 y febrero de 1885, los europeos se repartieron África. Bajo la bandera del entendimiento mutuo, las potencias fijaron las zonas de influencia y las normas de las nuevas actuaciones en aquel continente.

El II Reich antes de la I Guerra Mundial

La victoria de Prusia sobre Austria en la década de 1860, así como la consolidación de una Alemania bajo el influjo prusiano, hicieron posible la unificación de los territorios alemanes. Sin embargo, la nueva Alemania presentaba una enorme heterogeneidad, que, al fin y al cabo, resultaba problemática para el proyecto unificador.

A partir de 1870, bajo la batuta de Prusia, los alemanes iniciaron un largo camino que los habría de llevar del federalismo a la unidad.

En primer lugar, se procedió a desterrar toda posible referencia a una alianza de monarquías constitucionales, potenciándose la monarquía constitucional imperial, cuyo principal organismo representativo era el Reichtag.

En cierto modo, en este proceso homogenizador, se tendió a la prusianización del Imperio. Esto se plasmó rápidamente en un claro autoritarismo, centrado en la figura del canciller, en un cierto conservadurismo, y en la preponderancia de la burocracia prusiana.

El auge económico finisecular

El primer factor que facilitó el gran desarrollo de la economía alemana fue la formación de un importante mercado nacional, cuyas bases fueron: el Zollverein, el desarrollo de la red ferroviaria y otras medidas unitarias, como el Derecho Comercial, las tasas, y los pesos y medidas.

Otro elemento fundamental fue el desarrollo de los instrumentos básicos de unidad monetaria y financiera, plasmados en la creación de una moneda única (el marco), y la conversión del Real Banco de Prusia en el Banco del Imperio.

Vistos estos factores, podemos estructurar la evolución económica alemana en dos fases: el boom de 1871-1873 y la época proteccionista.

En el primero de estos periodos, la economía de Alemania se vió favorecida tanto por la victoria militar sobre Francia como por una coyuntura económica favorable. La crisis financiera puso fin a esta fase de crecimiento, dando paso a unos años de paralización económica.

Durante el segundo de estos periodos se confió, para salir de la crisis y evitar fenómenos similares en el futuro, en una política proteccionista. De esta manera, Alemania logró retomar el camino del progreso económico, si bien no con tanto éxito como en la etapa anterior a la crisis.

La política del canciller Bismarck

En lo que se refiere a política interior, la actuación del canciller Bismarck se puede englobar en torno al plan del Kulturkampf, que trataba de eliminar cualquier peligro en el interior de Alemania.

En consecuencia, tanto grupos católicos como socialdemócratas fueron considerados como sospechosos por parte del gobierno.

Con respecto al catolicismo se produjo una separación radical entre Iglesia y Estado, lo que suponía el control estatal de la enseñanza y del clero por parte del gobierno. No obstante, a finales de la década de 1870, ante la envergadura que tomaba el conflicto, el canciller dio marcha atrás en esta política.

En lo referente a la socialdemocracia, Bismarck toleró su actividad política, pero prohibiendo su propaganda, publicaciones y mítines. Al igual que con los católicos, la Kulturkampf también fracasó en este caso; es más, los socialdemócratas salieron fortalecidos de su choque con la cancillería.

En lo referente a la política social, a pesar de su enemistad con los socialdemócratas, Bismarck dio pasos importantes al instaurar un seguro de vejez, de enfermedad y de accidentes. Sin embargo, tampoco hay que ocultar las carencias de su programa, especialmente en lo que se refirió a los derechos de la mujer y de los niños.

La política exterior de Bismarck se caracterizó por la búsqueda, pacífica y sutil con las grandes potencias, de un espacio colonial propio para Alemania.

La política de Alemania después de Bismarck

Tras la dimisión del canciller Bismarck (1890) a causa de sus malas relaciones con el nuevo káiser Guillermo II, se produjeron cambios sustanciales en la política internacional alemana.

En política exterior, se puso fin a la citada sutileza diplomática alemana; a nivel interior, el canciller perdió poder en favor del káiser.

Esta época Alemania experimentó un importante crecimiento económico, que la llevaría a convertirse junto a EE.UU. y Gran Bretaña en la gran potencia comercial. No obstante, unida al crecimiento económico, se produjo una escalada belicista basada en el rearme y el endurecimiento de la política internacional.

Toda esta tendencia provocó el rechazo de buena parte de los grupos políticos alemanes. Sin embargo, el camino estaba ya tomado: Alemania entró en la guerra en un momento de auge económico pero con numerosos problemas internos pendientes.

Breve historia de la III República Francesa


La caída del II Imperio Francés, como consecuencia de la derrota en la guerra contra Prusia, así como de la creciente oposición a Napoleón III, fue seguida de un breve periodo de caos e incertidumbre.

En esos días previos al establecimiento de la III República, podemos distinguir dos grupos políticos predominantes: moderados y radicales.

El primero de estos grupos, bajo la dirección de Thiers, estaba formado por antiguos monárquicos. Estos, conscientes de que la situación no era propicia para una restauración, se mostraban partidarios de una república conservadora. Además, defendían la necesidad de llegar a una paz rápida con Prusia que permitiera sobrevivir al nuevo régimen.

Los radicales, bajo el liderazgo de Gambetta, podrían ser considerados como los herederos finiseculares de los jacobinos. En lo que respecta a la guerra con Prusia, eran partidarios de la resistencia, pues pensaban que eso fortalecería a la República tal como había sucedido en 1791.

En febrero de 1871 se convocaron elecciones a la Asamblea Nacional Constituyente. Los comicios se saldaron con el triunfo de Thiers, si bien los radicales pudieron imponer algunas de sus ideas. Tras estos hechos, el nuevo gobierno, como ya había anunciado, se apresuró a pedir la paz a Prusia, que fue firmada en el Tratado de Frankfurt.

Sin embargo, antes de lograr su doble objetivo de alcanzar la paz exterior e interior, Thiers tuvo que enfrentarse a dos grandes problemas: las duras condiciones de paz impuestas por los alemanes, y la tendencia hacia la revolución de los parisinos.

Durante dos meses la capital del país estuvo gobernada por la Commune, que finalmente fue duramente reprimida por el gobierno.

Proyectos para restaurar la monarquía

Una vez estabilizado el régimen, se sucedieron una serie de tentativas con el fin de llevar a cabo la restauración en la figura de un rey. No obstante, todos estos proyectos fracasaron.

La división interna dentro de la familia monárquica, donde existían partidarios de los Borbones, de los Orleans y de los Bonaparte, así como las intrigas internas dentro del gobierno, cuya manifestación más importante fue la sustitución de Thiers por Mac Mahon, hicieron imposible que se llevase a cabo la restauración.

La consecuencia de este hecho fue la inmediata prolongación de los poderes de Mac Mahon por siete años más. La finalidad de este afianzamiento del militar monárquico en el poder, no era otra que mantener abiertas las puertas a una posible restauración posterior.

El fortalecimiento del ideal republicano

Mientras los monárquicos no hallaban una salida a la crisis en torno a la restauración, la República fue poco a poco afianzándose y sentando sus bases. Cada vez parecía más evidente que la única salida a la crisis política del país era aceptar el régimen republicano.

Así, lentamente, se fueron aprobando las leyes fundamentales que acabarían formando parte de la Constitución de la III República francesa: liberalismo parlamentario, respeto a la opinión, defensa de la propiedad, interés por lo económico, existencia de dos cámaras…

Finalmente, la victoria de los republicanos de Gambetta en las elecciones de 1877, realizadas por sufragio universal, acabaron por consolidar el régimen republicano.

No obstante, aunque la jefatura del gobierno estaba en manos radicales, la presidencia siguió en manos de Mac Mahon hasta 1879.

La consolidación de la III República

A partir del año 1879, se consolidó definitivamente el régimen republicano y democrático en Francia. Pronto se dejaron notar las consecuencias de este hechos:

  • El poder ejecutivo quedó en manos del primer ministro, convirtiéndose el cargo de presidente de la República en algo casi honorífico.
  • Secularización de la vida pública francesa, que se manifestó principalmente en la expulsión de algunas congregaciones religiosas, y en la instauración de una enseñanza estatal laica y obligatoria.

Durante la presidencia de Gambetta se mantuvo cierta continuidad con respecto a la herencia de Mac Mahon. Esto redujo enormemente la tensión política y permitió la permanencia de los radicales en el poder durante un largo periodo de tiempo. Sin embargo, la mala coyuntura económica y el estancamiento de la industria francesa propiciaron su caída a mediados de la década de 1880.

Francia ante la crisis finisecular

La crisis paso factura a los radicales en las elecciones de 1885. De los comicios surgió un parlamento fragmentado y sin apenas capacidad de maniobra. Sin embargo, este hecho, y la falta de sutileza política de los conservadores, favoreció la posterior victoria política los radicales. Estos volvieron a ocupar el poder entre 1889 y 1898.

Esa esa década, la III República vivió algunos de los momentos más importantes de su corta historia, como la reconciliación con las monarquías europeas, la gran expansión colonial y la promulgación de una amplia legislación social.

Para terminar, hemos de citar otros cambios profundos de los últimos años del siglo XIX francés: la reconciliación del gobierno con los católicos, y el surgimiento del partido y sindicato socialista.

Auge y caída del Imperio Napoleónico (1804-1815)


En esta etapa de la historia francesa culminó un proceso que había arrancado con el estallido de la Revolución de 1789: la configuración de la sociedad según el orden burgués. Pero, además, durante el mandato napoleónico se fue configurando un nueva nobleza, la aristocracia imperial.

El sistema de gobierno durante la época imperial apenas cambió con respecto a la del consulado vitalicio, simplemente se continuó el proceso de centralización progresiva que había arrancado tras el 18 Brumario.

Napoleón no solo estableció el modelo hereditario para la sucesión al frente del Imperio, sino que el emperador también acumuló cada vez más poderes: estableció un poder ejecutivo con autoridad ilimitada; vació de contenido el legislativo, que quedó como una simple; y se aseguró el control sobre el poder judicial.

La expansión del Imperio francés

Entre 1805 y 1812, el Imperio Napoleónico estuvo en constante expansión. En las batallas de Ulm y Austerlitz las tropas francesas consiguieron derrotar a los ejércitos coaligados de Rusia y Austria, consiguiendo la retirada de los primeros y la rendición de los segundos.

Con los austríacos, se firmó la paz de Presburgo, en virtud de la cual Austria cedió Venecia al reino de Italia, Istria y Dalmacia a Francia, Tirol y Trentino a Baviera, Suabia a Württemberg. Además, el monarca austríaco perdía también el título imperial germánico.

Tras Presburgo, Napoleón reestructuró el mapa europeo, situando a su hermano José como rey de Nápoles, a su hermana Elisa como soberana de Luca y Piombio, Holanda a su hermano Luis y nombró a Murat gran duque de Berg. Además, Baviera y Württemberg pasaban a ser reinos soberanos, Hess-Darmstadt y Baden se convertían en grandes ducados, y Hannover quedaba bajo la tutela prusiana.

Por último, Napoléon creó la Confederación del Rhin. Esta no sólo se situaba bajo el protectorado francés, sino que se establecía su total independencia con respecto a los Habsburgo.

La reacción de Rusia, Prusia e Inglaterra ante estos hechos no se hizo esperar: en 1806 formaban una nueva coalición antinapoleónica. Sin embargo, Prusia fue derrotada en Auerstadt y Jena. Además, tras su entrada en Berlín, Napoleón decretó el bloqueo a los productos británicos.

Esta fue, después de Trafalgar, el arma usada por el emperador para derrotar a los ingleses: dejarles sin recursos y hundir su economía. No obstante, ante el fracaso casi total de este primer decreto, promulgaría dos más: el de Fontainebleau y el de Milán. Aún así, ante la oposición de España, Portugal, los Estados Pontificios y Rusia, este bloqueo no fue efectivo. Esta será la principal causa de que Bonaparte emprenda nuevas campañas militares.

Las campañas militares de 1807 y 1809

En 1807 Napoléon inicia una campaña militar contra Rusia. El zar Alejandro I fue derrotado en Eylau y Friedland, viéndose obligado a firmar la paz en Tilsit. En virtud de este acuerdo, Rusia aceptaba el orden europeo napoleónico -dos grandes imperios, el francés y el ruso, que mantendrían el equilibrio continental-, se unía al bloqueo, cedía sus territorios más occidentales, y recibía autorización para expandirse por sus zonas de influencia.

Ese mismo año, Bonaparte ideó un plan para la invasión de Portugal. Los ejércitos napoleónicos, con la colaboración española, invadieron el país luso. Sin embargo, tras hacerse con Portugal, los franceses trataron de dominar también España. Así, en 1808, arrancó la guerra de la Independencia, en la que las tropas francesas serían derrotadas en la batalla de Bailén.

Ante la gravedad de la situación peninsular, y el desembarco inglés en Portugal y Galicia, Napoleón acudió con la Grande Armée y derrotó a sus enemigos. Solo la amenaza austríaca en 1809 impidió que el emperador derrotara totalmente a los españoles.

En 1809 los austriacos volvieron a enfrentarse a Napoleón con el mismo resultado: una derrota en la batalla de Wagram. De esta manera, se firmó un nuevo tratado en Schönbrunn, por el que Austria perdió aún más territorios: Salzburgo, Galitzia, Carintia, Carniola, Croacia, Trieste y Fiume.

Además, con el fin de legitimar al emperador francés y entroncarlo con la prestigiosa familia imperial austríaca, se concertó el matrimonio de Napoleón con María Luisa de Habsburgo.

La caída de Napoleón I

En 1812, a causa del debilitamiento de la alianza con Rusia, Napoleón invadió el Imperio de Alejandro I. No obstante, a pesar de su victoria en Borodino (septiembre) y su entrada en Moscú, la falta de víveres y el frío le obligaron a retirarse.

Fue precisamente esa retirada, en la que murieron casi 600.000 soldados franceses, la que consumó el desastre de la campaña rusa de Napoleón.

Mientras tanto, la guerra en España se alargaba, y el gasto humano y económico de los franceses en la misma, también. La guerrilla hispana y el apoyo británico a los invadidos permitieron que poco a poco la resistencia a los ejércitos bonapartistas se fortaleciera. Finalmente, los franceses fueron expulsados casi totalmente de la Península tras ser derrotados en las batallas de Arapiles, Vitoria y San Marcial.

Los enemigos de Napoléon se coaligaron en 1813, avanzando por Alemania hasta ser derrotadas en Lützen y Bautzen. A pesar de la victoria de las armas francesas, Austria entró en la guerra del lado de la coalición. Una vez reorganizados sus ejércitos, ésta consiguió vencer a Bonaparte en Leipzig.

Finalmente, las tropas coaligadas entraron en París, donde Napoleón fue depuesto y desterrado a la isla de Elba. Además, se firmó la Paz de París, que restablecía las fronteras de 1792, y se procedió a la restauración borbónica en la persona de Luis XVIII.

El Imperio de los Cien Días

En el año 1815, aprovechando un crisis en el nuevo gobierno monárquico francés, Napoleón regresó a París y se hizo con el poder. Para luchar contra el llamado gobierno de los Cien Días, las potencias europeas volvieron a coaligarse, derrotando a Napoleón en Waterloo.

Tras estos hechos, Bonaparte fue desterrado a la isla de Santa Elena, donde murió en 1821. Además, como consecuencia de estos sucesos, se firmó la segunda paz de París, de la que Francia salió muy perjudicada: perdió su poder militar, numerosos territorios fronterizos, y tuvo que pagar una fuerte indemnización a las otras potencias.

Francia bajo el consulado de Napoleón Bonaparte


A lo largo de toda la etapa revolucionaria, Francia vio ampliadas notablemente sus fronteras. De esta manera, ya antes del 18 de brumario, su expansión había alcanzado Bélgica, Renania, Saboya, Niza, Ginebra y numerosas repúblicas dependientes de reciente creación. Sin duda, este aumento de su mercado terrestre, contribuyó al desarrollo económico francés.

El principal mérito de Napoleón fue el establecimiento de una dirección única en el rumbo político francés, muy fragmentado e inestable durante los periodos anteriores de la Revolución. La consecuencia principal de esto fue, sencillamente, el logro de la estabilidad política y social de la nación, que favoreció su recuperación económica y su posterior expansión militar.

Además, hay que destacar que estas conquistas favorecieron enormemente la difusión de los principios revolucionarios por todo el continente.

En lo que se refiere a la figura de Bonaparte, es necesario señalar, en primer lugar, su genial habilidad para todo lo relativo a la guerra y la política. Además, nos encontramos ante un personaje ambicioso y con un enorme deseo de poder, que se fue acrecentando según se sucedían sus triunfos.

Por último, hay que destacar también su carácter contradictorio, que le llevó en numerosas ocasiones a variar sus planes o a tomar decisiones radicalmente opuestas en diversos campos.

La organización política del Consulado (1799-1802)

La forma de gobierno surgida tras el golpe de estado del 18 de brumario establecía un gobierno colegiado compuesto por tres cónsules y cuatro asambleas: Tribunado, Senado, Consejo de Estado y Cuerpo Legislativo. Sin embargo, de hecho, el poder recaía casi exclusivamente en la figura de Napoleón.

Desde agosto de 1800 hasta mayo de 1803, Napoleón impulsó desde París un intenso programa de reformas con el fin de erradicar la anarquía del suelo francés. Con este propósito, el 15 de diciembre de 1800 se aprobó la Constitución del año VIII, que, aunque recogía los principios esenciales de la Revolución, ponía fin a la República democrática.

Desde ese momento, todo dependía del primer cónsul; se mantenía la separación de poderes, pero los tres eran fácilmente manipulables por el mismo individuo.

La obra legislativa de época napoleónica arrancó en el año 1800 con la redacción del Código Civil, que fue renovado con las ampliaciones de 1804 y 1807. También destacan, ya de época imperial, el Código de Comercio (1806), el Derecho Procesal (1807), la Instrucción Criminal (1808) y el Código Penal (1810).

Napoleón logró mantener el orden interno y consolidó su autoridad mediante una eficaz policía secreta, y a través de una política centralizadora y restrictiva, que dejaba escasas competencias a las autoridades de los distintos departamentos. Esta centralización también afectó a la educación, campo en el que planificó y reguló un sistema bastante avanzado para la época, dentro del cual distinguió tres grandes bloques: educación primaria, secundaria y universitaria.

En lo referente a la política económica, hay que destacar que, aunque fiel a la doctrina liberal, el gobierno bonapartista se caracterizó por poseer un carácter proteccionista muy marcado. En líneas generales lo que buscaba Napoleón era sacar a la nación de la bancarrota en que llevaba sumida desde tiempos de Luis XVI.

Con este fin, fomentó el desarrollo agrícola, el progreso de la industria, y mejoró el comercio interior mediante una eficaz red viaria. También se perfeccionaron los métodos de contabilidad y de la recaudación de impuestos; y para organizar las finanzas se fundaron el Banco de Francia, el Tribunal de Cuentas y el de Casación.

La política exterior del Primer Cónsul

La política exterior francesa de finales de 1799 giró en torno a las propuestas de paz hechas por Napoleón a Gran Bretaña y Austria. Sin embargo, ante la negativa por parte de ambas potencias de negociar la paz, los franceses no tuvieron más remedio que continuar la guerra.

El primer objetivo de la política militar napoleónica fue Austria. Para derrotarla, Bonaparte abrió dos grandes frentes, uno en Alemania y otro en Italia. Finalmente, las victorias francesas de Marengo y Hohenlinden obligaron a los Habsburgo a pedir la paz, que se firmó en febrero de 1801 en Luneville.

Este tratado franco-austríaco consolidó las conquistas francesas en el Continente, siendo reconocidas por Austria, y fortaleció el dominio napoleónico sobre Italia.

Con Gran Bretaña, sumida en dos grandes crisis, una de carácter político y la otra de tipo económico, se firmó la paz de Amiens (marzo 1802). En virtud de este acuerdo, Francia se comprometía a devolver Egipto a Turquía y, mientras que los británicos reconocían las conquistas francesas en el Continente.

El Consulado vitalicio (1802-1804)

El imparable crecimiento de la popularidad del Primer Cónsul, fruto de los éxitos cosechados -restablecimiento del orden interno, reorganización del Estado, paz religiosa y exterior-, propicio que en 1802 fuera proclamado por el Senado cónsul vitalicio.

Los primeros momentos del nuevo consulado se caracterizaron por su continuidad con respecto a la etapa anterior. Sin embargo, en ese mismo año, se promulgó la Constitución del año X, que reforzó la centralización del poder en la figura de Napoleón.

Es decir, se redujo la influencia del Cuerpo Legislativo y Tribunado, y se otorgaron poderes dictatoriales al cónsul, que vio ampliadas sus facultades.

La política exterior de esta etapa viene marcada por su tendencia expansionista (Luisiana, Piamonte, Elba, Piombino, Parma, Holanda) e intervencionista (Alemania, Suiza). Esto hizo que entre las demás potencias cundiera la alarma, especialmente en Austria.

La reacción británica fue tal vez la más tajante: rompieron la paz de Amiens en mayo de 1803, enfrentándose así abiertamente a Napoleón. Este, a modo de respuesta, vendió la Luisiana a los EE.UU con el fin de financiar la invasión de las islas británicas. Sin embargo, los problemas en el continente y la derrota naval de Trafalgar impidieron que este proyecto se llevara a término.

Al-Ándalus a partir del siglo XI

Clase pensada para alumnos de 2º de ESO dentro de una experiencia de flipped learning. En los siguientes diez minutos de vídeo se explica la evolución política de la España musulmana tras la desaparición del Califato de Córdoba. Es decir, se aborda la cuestión de los Reinos de Taifas, las invasiones de los pueblos norteamericanos -almorávides y almohades- y el esplendor del Reino Nazarí de Granada. Esta información se complementa con un primer vídeo dedicado a los reinos de León y Castilla, otro sobre la formación de la Corona de Aragon y una última clase centrada en la cultura y el arte peninsular de los siglos XI y XII.