El proceso de integración europea


Durante el curso 2017-2018 elaboré este Prezi para mis clases de grado en la Facultad de Comercio de la Universidad de Valladolid. Aunque es probable que con el tiempo vaya introduciendo correcciones, comparto la presentación en su estado actual. Para consultarla haz click aquí.

Robert Schuman: «Por Europa»


Por Europa es una recopilación del pensamiento político de Robert Schuman. La selección, clasificación y reelaboración de los contenidos fue realizada, en los últimos años de su vida, por este político francés a partir de sus apuntes personales y discursos. Partiendo de ese rico legado, he pretendido resaltar las que, a mi juicio, son las ideas más importantes. He agrupado las citas de Robert Schuman en diez artículos, y en cada uno he añadido una breve introducción.

¿Por qué una Europa unificada?
Unificación basada en la fraternidad cristiana
La Europa democrática y el cristianismo
Europa, los Estados y las fronteras

La Europa de la mundialización
Europa y las patrias
Inglaterra, Alemania y Francia
La escuela de Europa
Europa y la política exterior
Vocación profética de Europa

Discurso a los europeos


Discurso a los europeos es un resumen del pensamiento de Robert Schuman acerca del proceso de integración europeo. En estos ocho artículos, donde predomina la cita textual correspondiente a locuciones del «padre de Europa», encontramos cuestiones ya solucionadas, pero también otras a las que los dirigentes y el propio pueblo europeo han de dar respuesta.

Claves de la nueva Europa
Hacer Europa
Una vía nueva
Las raíces cristianas de Europa
La cuestión alemana

¿Una federación de Estados europeos? I
¿Una federación de Estados europeos? II
¿Hasta dónde llega Europa?

¿Políticos honrados?


Podríamos decir que política es el arte de aplicar en cada época de la historia las medidas que las circunstancias exigen. Siendo la habilidad para descubrirlas la que marca las diferencias entre los dirigentes corrientes y los grandes hombres.

Considero que es la misma historia la que reclama la aparición de estos personajes. Como si en esos momentos el desarrollo de los acontecimientos, para no estancarse, requiriera de un valioso estadista.

No cabe duda que el periodo posterior a la II Guerra Mundial constituyó una auténtica plantación de hábiles políticos: personas que trataron de manejar con el mayor cuidado y acierto una situación muy delicada. Robert Schuman, jefe del gobierno francés a principios de los cincuenta, fue uno de esos protagonistas.

Su labor como pionero de la unidad europea le valió la admiración de muchos correligionarios en su época y el título de “padre de Europa” en la actualidad.

Este franco-germano tenía muy claro el papel de nuestro continente en el mundo cuando afirmaba que la Europa unida prefiguraría la solidaridad universal del futuro. Sostenía que el Viejo Continente, recién salido del horror de seis años de guerra, sabría mostrar al resto del planeta la senda que conduce a la paz. De ahí su incansable defensa de la negociación como la solución a los problemas internacionales. Ahora que la Unión Europea extiende sus brazos más allá de lo que fue el Telón de Acero se entiende perfectamente su postura.

Robert Schuman, profundamente católico, supo descubrir las raíces cristianas de Europa; esas que tanto viene reclamando en las últimas décadas K. Wojtyla. Esto se debía a su percepción del cristianismo como una doctrina ampliable a todos los ámbitos de la vida humana.

Este gran estadista ha demostrado al mundo que ser cristiano y dedicarse a la política no es incompatible. Por esa razón recientemente se ha abierto su proceso de beatificación, que situará al primer presidente del parlamento europeo como ejemplo para todos los políticos.

“Necesitamos más dirigentes como él” apuntaba Jacques Paragon, secretario general del Institut Saint-Benoît.

Con la coherencia de su vida, Robert Schuman pone la réplica a las funestas palabras de R. Reagan. El americano solía comentar que la política era la segunda profesión más baja, guardando una estrecha similitud con la primera. Seguramente el ex presidente de los Estados Unidos nunca pensó en poner en práctica los valores cristianos a la hora de desempeñar su labor como político.

Francia ante el fracaso de la CED


El 9 de mayo de 1950 Robert Schuman, ministro de exteriores galo, lanzaba a los Estados europeos una ambiciosa propuesta: la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA). Un año después seis países –Francia, Alemania, Italia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo- firmaban este tratado en París, y elegían a otro francés, Jean Monnet, como Alta Autoridad de este organismo. La andadura europea comenzaba, y lo hacía con el impulso de una gran nación: Francia.

Todo esto hubiera sido imposible sin el apoyo de los demás integrantes, pero el protagonismo francés parece claro.

Es más, incluso si nos remontamos a la prehistoria de las Comunidades Europea tenemos que destacar a otro político de ese país, Aristide Briand, como impulsor del proyecto. Europa siempre –incluso actualmente- ha estado mirando a Francia, y su construcción como proceso integrador ha dependido bastante de la actitud de aquel país. Por esa razón, en estos más de cincuenta años, los franceses han tenido tanto la fuerza de dar grandes impulsos a Europa, como la capacidad de frenarla introduciendo en su seno procesos de crisis.

Una de las características más curiosas de los sucesivos rechazos del Estado francés a las directrices marcadas por Europa es que cada vez lo ha hecho de un modo distinto. Hemos visto como lo vetaban en la Asamblea Nacional –Comunidad Europea de Defensa (1954)-, como sus representantes abandonaban los organismos comunitarios –crisis de la “silla vacía” (1966)-, y como el pueblo soberano expresaba su oposición mediante el mecanismo del referéndum –Constitución Europea (2005)-.

La otra característica a tener en cuenta es que, salvo en la crisis de 1966, el gobierno francés, favorable a la profundización en la integración, se encontró con la oposición institucional o popular. Resulta frecuente en todo este periplo histórico encontrarse con una Francia dividida; con un poder ejecutivo que no es respaldado en el momento adecuado por los diputados o el electorado. Las consecuencias de los sucesivos rechazos franceses a los proyectos europeos también han sido de los más dispares:

  • En 1954 perdieron la iniciativa en la construcción comunitaria.
  • En 1966 el general De Gaulle logró reducir las exigencias de la Comisión, retrasando así la aparición del Estado Federal Europeo.
  • En 2005 dejaron a toda la Unión paralizada y a la espera del resultado de las elecciones presidenciales de 2007.
En fin, el peso de Francia en la Unión Europea es, aunque muchos quieran negarlo, enorme.

El primer portazo que Francia dio al proceso de integración fue su rechazo a la Comunidad Europea de Defensa (CED) en 1954. Robert Schuman y Jean Monet, ingenieros de la CECA, presentaron a las naciones europeas un nuevo proyecto que buscaba complementar al primer triunfo comunitario. El objetivo era crear un sistema de defensa común, cuestión que no solo respaldaban los seis gobiernos integrantes, sino también los EE.UU.

Los franceses, pues, lanzaron un nuevo reto a Europa, y esta lo aceptó. Sin embargo, fue la propia Francia la que impidió que la Comunidad de Defensa se hiciera realidad. La, en apariencia, alianza imposible entre guallistas y comunistas, facilitó que la Asamblea Nacional se mostrara contraria al nuevo proyecto europeo.

Con la crisis de 1954 Francia perdió la iniciativa en el proceso de construcción europeo.

Desde ese momento fueron otros los encargados de sacar a Europa del atolladero con un nuevo proyecto comunitario. La Conferencia de Messina (1956) y los posteriores Tratados de Roma (1957) no tuvieron a los franceses como protagonistas. Fue principalmente el genio de Paul Henri Spaak el que sustituyó a Schuman y Monet en esa labor de ingeniería.

Francia ya no era la locomotora ideológica y simbólica de Europa; París dejaba de ser su capital en beneficio de Bruselas. El rechazo de la Asamblea Nacional a la Comunidad de Defensa marcó el inicio de una nueva etapa para el proceso de integración; un periodo en el que, sin dejar de ser importante, Francia abandonaba su posición de predominio.

La escuela de Europa


En este conjunto de citas se adivina la preocupación de Robert Schuman por el desarrollo de la conciencia europea entre los ciudadanos y los gobiernos miembros. No se trata, como bien muchas veces afirmó, de negar las identidades nacionales, sino de reconocer la europeidad de todas ellas y enterrar los antagonismos existentes.

Nunca se dirá bastante: Europa no se hará ni únicamente ni principalmente con instituciones europeas; su creación marchará por el camino del espíritu con que se vaya haciendo. De ahí la importancia de una libre circulación de las ideas y de los hombres entre los países europeos; los países que se nieguen a ello se excluyen por principio ellos mismos de Europa. Al formular este principio, no ignoramos que de ningún modo la preocupación razonable por la seguridad, las precauciones temporales que se han de tomar contra el para, la necesidad de salvaguardar el secreto profesional, la propiedad literaria y artística. Lo que reprobamos es el proteccionismo sistemático practicado en detrimento de un libre intercambio que significa emulación, selección automática y confianza.

(…)

La desintoxicación de los manuales de Historia es una de las primeras necesidades. No está en contradicción ni con la libertad de pensamiento y de expresión de los adultos, ni con el verdadero patriotismo que debe ser enseñado a la juventud.

Con el pretexto de servir al sentimiento nacional y al culto de un pasado glorioso, se ignora con frecuencia el deber de ser imparcial y de ser veraz; se cree que hay que hacer sistemáticamente apología de lo que en realidad fue perfidia, explotación cínica de la fuerza y del terror; con demasiada frecuencia se achacan los errores a la nación rival.

Por el contrario, se debería enseñar las causas profundas de los antagonismos que han desgarrado a la humanidad; lo absurdo d elos sacrificios que tantas guerras dinásticas han impuesto a los pueblos que han pagado las ambiciones frívolas y el fanatismo.

Sin deseo de corregir retrospectivamente la Historia, nos resistimos al fatalismo que se resigna con una inevitable alternancia de demostraciones de fuerza.

La enseñanza debe predisponer al alumno para una visión menos pesimista, más constructiva del futuro.

Vocación profética de Europa


Terminamos este repaso a Por Europa con tres citas de Robert Schuman que remarcan el providencial papel que a lo largo de los últimos siglos ha jugado Europa. Los europeos, con nuestros muchos errores y defectos, somos, al fin y al cabo, herederos directos de los arquitectos de la cultura occidental. Desde el Viejo Continente se exportó esa forma de ver el mundo -cultural, religiosa, económica, política, social…- al resto del orbe. Cierto es que hoy casi todos somos hijos de esa manera de pensar, pero su cuna se encuentra en Europa. El autor recurre a esto para despertar la conciencia de los europeos, para insistirles en que han de participar activamente en el desarrollo de la gran estructura que sus antepasados levantaron. Es más, según Schuman, Europa se encuentra ante su última oportunidad de enmendar sus errores del pasado y favorecer el desarrollo de una Humanidad más justa.

Europa ha proporcionado a la humanidad su pleno florecimiento. A ella le corresponde mostrar un camino nuevo, opuesto al avasallamiento, con la aceptación de una pluralidad de civilizaciones, en la que cada una de estas practicará un mismo respeto hacia las demás.

(…)

Servir a la humanidad es un deber igual que el que nos dicta nuestra fidelidad a la nación. Así es como nos encaminaremos hacia la concepción de un mundo en el que se apreciarán cada vez más la visión y la búsqueda de los que une a las naciones, de lo que les es común, y en el que se conciliará lo que las distingue y las opone.

(…)

Europa está buscando; sabe que tiene en sus manos su propio futuro. Jamás ha estado tan cerca de su objetivo. Quiera Dios que no deje pasar la hora de su destino, la última oportunidad de su salvación.

Europa y la política exterior


Robert Schuman nos habla en los siguientes fragmentos de la fortaleza de una Europa unida en su política exterior. Como bien indica, esta no ha de tratarse de la yuxtaposición de los diversos intereses, sino que ha de buscar, mediante la negociación, el bien común. La clave está en ponerse en la piel del vecino y buscar lo mejor para el conjunto; y el ejemplo que cita es el franco-alemán tras la Segunda Guerra Mundial.

Tendremos que aprender a comprender el punto de vista de nuestro asociado, igual que este deberá hacer el mismo esfuerzo con respecto a nosotros.

(…)

Así, la política exterior no será ya una yuxtaposición de antagonismos que se enfrentan, sino la conciliación amistosa y preventiva de divergencias que existen, que se manifiestan y se discuten sin exacerbación.

(…)

Las experiencias que tenemos en las relaciones entre Francia y Alemania bastan para hacernos optimistas y confiados.

Inglaterra, Alemania y Francia


Llega el momento en el que Robert Schuman analiza la situación de los que, hoy por hoy, son los tres gigantes de la Unión Europea. En aquellos momentos los británicos aún se mantenían al margen de las Comunidades Europeas; sin embargo, Francia y Alemania ya pertenecían al club de la CECA, la CEE y la Euratom. Acierta al cien por cien con la única frase que dedica en esta recopilación a Inglaterra: sólo ingresaron en las CCEE cuando los acontecimientos les empujaron a hacerlo. También es verdad que estaba en el 10 de Downing Street un primer ministro europeista, y que el veto francés había desaparecido con el relevo de Charles De Gaulle por Georges Pompidou. Al hablar de los otros dos países, Schuman insiste en que sin ellos no podrá construirse Europa. Es más, afirma que Alemania ha de orientar su enorme potencial a la construcción europea; ser motor de este proyecto evitará que retorne su carácter imperialista y belicista.

Inglaterra no aceptará integrarse en Europa, si no la obligan a ello los acontecimientos.

(…)

Alemania nunca ha sido más peligrosa que cuando se aislaba, confiando en sus propias fuerzas y en sus cualidades que son muchas, embriagándose en cierto modo con su superioridad, sobre todo frente a las debilidades de los otros. Por otra parte, Alemania tiene más sentido de la comunidad que cualquiera; en el seno de la Europa unida, podrá desempeñar su papel con plenitud.

(…)

Cuando después de la guerra pusimos los primeros jalones de la política europea, todos los que participaban en ello estaban convencidos de que el entendimiento, la cooperación entre Alemania y Francia era, para Europa, el problema principal, que sin Alemania, igual que sin Francia, sería imposible edificar Europa.