Cincuenta y cuatro años de dictadura

Esta entrada forma parte de un conjunto de artículos que he escrito sobre el origen y desarrollo de la «Primavera Árabe» en Túnez y Egipto. Para leer los restantes textos dedicados a esta cuestión, haz clic aquí.


El gobierno de Habib Burguiba

1878. El entendimiento entre británicos y franceses había legitimado a estos últimos para hacerse el país. Los nuevos señores del Mediterráneo Occidental –no hemos de olvidar que Francia gobernaba Argelia y extendía su protectorado hasta Marruecos- respetaron la figura del bey otomano, pero privando a su poseedor de cualquier poder. El gobierno era cuestión exclusiva de los cargos nombrados por la metrópoli.

Veinticinco años después, en agosto de 1903, nacía en Monastir Habib Burguiba, el hombre que iba a llevar a Túnez a su independencia.

En la década de 1930, Habib Burguiba pasó a formar parte del grupo nacionalista Destour, del que pronto se separó, participando en la fundación del Neo-Destour. Su defensa de la autonomía tunecina, así como de la idea de una independencia negociada con Francia, le granjearon numerosos apoyos dentro del partido.

De esta manera, en 1933 se convirtió en su máximo dirigente, imponiendo sus postulados de corte socialista. Durante dos décadas, con Guerra Mundial y ocupación alemana incluida, el Neo-Destour continuó su lucha por la independencia.

Finalmente, en 1954, comenzaron las negociaciones entre el gobierno francés y los representantes del nacionalismo tunecino. En agosto de 1956, la metrópoli aceptó retirar tanto sus fuerzas militares como los funcionarios de la administración colonial, al tiempo que, bajo la tutela de París, Habib Burguiba era nombrado primer ministro. Sin embargo, el líder del Neo-Destour no respetó el acuerdo. En mayo del año siguiente rompía relaciones con Francia y anulaba los poderes políticos del bey Muhammad VIII al-Amin.

En el mes de julio de 1957, proclamaba la República de Túnez bajo su presidencia.

Una vez en el poder, Habib Burguiba puso en marcha su proyecto de socialismo árabe. Siguiendo el modelo soviético de economía planificada, llevó a cabo un intenso proceso nacionalizador a lo largo de la década de 1960. A su vez, introdujo la colectivización y el control estatal sobre la producción y el precio de los alimentos.

Todo esto condujo a un incremento de la burocracia, al tiempo que la inflación se disparaba. En medio de una situación económica crítica, y ante el riesgo de que estallara una revolución popular, Habib Burguiba abandonó sus postulados socialistas e inició un proceso de liberalización económica.

A mediados de la década de 1970, Túnez había recobrado buena parte de la tranquilidad y prosperidad perdida durante la etapa de políticas marxistas.

Fue, sin duda, la época dorada del gobierno de Habib Burguiba, que incluso logró que el Parlamento votara a favor de su nombramiento como “presidente vitalicio”. Sin embargo, desde 1980 su salud fue deteriorándose poco a poco, hasta el punto de impedirle desempeñar con normalidad las tareas de gobierno. Cada vez se apoyaba más en Zine El Abidine Ben Alí, en quien recaían buena parte de las decisiones importantes.

En 1985, Ben Alí, que por entonces desempeñaba el cargo de jefe de la policía secreta, fue nombrado primer ministro. Las dificultades de Burguiba para desempeñar su labor, así como el creciente poder de Ben Alí, llevaron a este último a dar un golpe de Estado en 1987.

El cambio de régimen se llevó a cabo sin violencia y no supuso ningún trauma para el país. Incluso se respetó la figura del ex presidente, que vivió el resto de sus días bajo arresto domiciliario. Hasta el día de su fallecimiento, el 6 de abril del año 2000, Habib Burguiba contó con una asistencia médica acorde a sus necesidades.

Ben Alí en el poder

Tras el llamado “golpe de Estado médico” del 7 de noviembre de 1987, Ben Alí gobernó Túnez durante más de veintitrés años. Durante ese periodo, el dictador supo mantener el complicado equilibrio entre la brutal represión y la prosperidad económica. Cuando esta última se desplomó, la supuesta legitimidad tecnocrática del régimen se desvaneció, dejándolo sólo ante la ira del pueblo.

Desde el primer momento tuvo especial interés en justificar su poder. Presentó ante los tunecinos el acto de traición contra su mentor -padre de la patria- como un acto de salvación nacional.

La propaganda del régimen se esforzó por disfrazar el golpe de Estado de acontecimiento incruento y necesario para la gobernabilidad del país. A su vez, quiso dar un tinte de democracia a su férrea dictadura. En primer lugar, renunció al cargo de “presidente vitalicio” instituido por Burguiba. A su vez, convocó hasta cinco elecciones presidenciales, de las que siempre resultó vencedor con más de un noventa por ciento de los votos.

Como tantos otros dictadores del mundo musulmán, Ben Alí supo presentarse ante los líderes occidentales como un mal necesario. Las protestas de Europa y los EE.UU. ante la violación de los derechos humanos o el fraude electoral, siempre fueron tímidas, pues lo veían como un muro de contención de las posturas más radicales. Al fin y al cabo, su régimen respetaba el status quo internacional y se mostraba abierto a las políticas neoliberales.

Derrocarle hubiera supuesto, según la mentalidad de los gobiernos occidentales, dejar el país en manos de los islamistas del partido Ennahdha.

El comienzo del siglo XXI no hacía presagiar nada malo para el régimen. La clase media, clave para evitar cualquier conflicto, se había incrementado notablemente con respecto a las dos décadas anteriores. Túnez, donde la mayoría de sus diez millones de habitantes estaban ocupados en el sector turístico, aparecía ante el mundo como un país relativamente moderno, con la mujer incorporada al mundo laboral y un importante porcentaje de población universitaria.

Además, en el ámbito político, mediante la reforma constitucional de 2002, Ben Alí había eliminado la clausula que le impedía presentarse a las sucesivas reelecciones. Por último, los atentados del 11 de septiembre, así como la guerra abierta entre los EE.UU. y el islamismo internacional, le convertían en un aliado natural para la política de George Bush.

Sin embargo, la crisis económica iniciada en verano de 2007 iba a llevarse por delante todas las previsiones de los analistas políticos.

En el plazo de tres años, el desempleo y la pobreza se extendieron por Túnez, y el precio de los alimentos subió hasta alcanzar niveles desconocidos por la población del país. Al mismo tiempo, la conducta de algunos personajes del régimen, en especial de Leila Trabelsi –esposa de Ben Alí- y sus familiares, distaba mucho de ser ejemplar. Los casos de corrupción que salpicaban a la primera dama se multiplicaban: concesiones de grandes superficies comerciales y entidades bancarias, blanqueo de dinero, usurpación de bienes privados y apropiación de otros públicos a través de adjudicaciones fraudulentas… Finalmente, en diciembre de 2010, iba a dar comienzo un movimiento de protesta que acabaría por tumbar a Ben Alí y a su régimen. Todo comenzó con la inmolación de un joven desempleado: Mohamed Bouazizi.

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El modelo yugoslavo IX

Miembro del Comité Central del partido desde 1938, fue uno de los principales ideólogos del nuevo régimen, y en 1953 ocupó los cargos de vicepresidente de la república y presidente de la Asamblea Federal. A principios de los años cincuenta Djilas comenzó a formular, desde posiciones marxistas, una crítica del estalinismo, definido como un sistema de capitalismo de estado sustentado por la policía política y la burocracia. Sus ideas, compartidas en principio por los demás dirigentes yugoslavos, comenzaron a resultar incomodas para el partido cuando, a partir de 1953, Djilas aplicó el mismo tipo de crítica a su propio país. En diversos artículos, el vicepresidente cuestionó la necesidad del monopolio del poder y atacó duramente a la nueva casta dirigente. Vilipendiado y aislado por sus antiguos camaradas, Djilas abandonó el partido y sus cargos públicos en marzo de 1954. Después de publicar en 1957 La nueva clase, libro en que se reafirmaba en sus críticas y denunciaba la pervivencia del estalinismo en la configuración política y económica de Yugoslavia, fue juzgado y condenado a prisión.

José Carlos Lechado y Carlos Taibo, Los conflictos yugoslavos, p. 29-30.

Un particular contra el Estado

zFiles.aspxArtículo sobre Historia de un alemán publicado por Antonio Duplá.

“Así plantea su relato el autor del libro que quiero reseñar: «La historia que va a ser relatada a continuación versa sobre una especie de duelo. Se trata del duelo entre dos contrincantes muy desiguales: un Estado tremendamente poderoso, fuerte y despiadado, y un individuo particular pequeño, anónimo y desconocido. (…) El Estado es el Reich y el particular soy yo» (p. 11s.).

Se trata de un texto singular. Escrito en 1939, no obstante no ve la luz hasta el año 2000, tras ser encontrado entre los papeles de su autor tras su muerte en 1999. Haffner nació en Berlín en 1908, estudió Derecho y, en 1939, a la vista de las condiciones de la vida en Alemania bajo el régimen nazi, emigró a Inglaterra, donde trabajó como periodista hasta 1954. Tras su regreso a Alemania se dedicó a la literatura y al periodismo.

El contenido del libro ofrece ya suficiente interés como crónica de unos tiempos especialmente convulsos y decisivos para la historia de Europa. Hay que pensar que, como contexto del recorrido autobiográfico del autor, vemos desfilar por sus páginas la I Guerra Mundial, la fallida Revolución de 1918 en Alemania, la República de Weimar, su crisis, la irrupción de Adolf Hitler y el ascenso del nazismo hasta hacerse con el poder. Una época sobre la que conviene volver una y otra vez para intentar comprender lo sucedido. La literatura, académica, ensayística y también autobiográfica, sobre la Alemania de Hitler es inabarcable, sobre sus orígenes y su desarrollo y, en particular, sobre los aspectos más extremos del régimen nazi, como la política contra los judíos y su expresión última, los campos de concentración. La pregunta se plantea una y otra vez: ¿Cómo es posible que la barbarie, el Mal en una de sus expresiones históricas más acabadas, pudiera surgir en una de las naciones más desarrolladas y cultas de Europa, esto es, del mundo? La respuesta no es fácil, como es evidente, y afecta al núcleo mismo del concepto de modernidad y de cultura. Nos golpea en el cerebro y en el estómago y descubre la superficialidad y la trampa del discurso autosatisfecho de la civilización occidental. Nos remite a la dualidad intrínseca no ya del discurso ilustrado, sino de la propia tradición política e ideológica de Occidente hasta Roma y Grecia, donde la espléndida democracia de Pericles necesitaba una política exterior imperialista y el trabajo de los esclavos.

En esos ríos de tinta sobre un tema tan fundamental, ¿qué es lo que hace atractivo y recomendable el libro de Haffner? En concreto, el tipo de obra que es, pues no estamos ante un trabajo de historia contemporánea, ni tampoco ante una crónica periodística. Se trata de la mirada de una persona que está viviendo esa realidad cambiante y tan decisiva, desde el crío que oye las noticias de la Gran Guerra, sin entender demasiado, y se entusiasma ante el ambiente y los mensajes belicistas, hasta el adolescente que se divierte y discute con sus amigos en los felices años 20, hasta el adulto, joven todavía, 25 años en 1933, que asiste al triunfo de los nazis y experimenta el clima cada vez más asfixiante de la sociedad alemana a partir de ese momento. Estamos ante un relato escrito con humor, dentro de lo que cabe, por alguien que no pertenece a ningún grupo de población perseguido ni ostenta ninguna cualificación política. Como el mismo autor dice, se trataba de un producto medio de la burguesía alemana culta (p. 105), que contempla con estupor el hundimiento de un mundo y el nacimiento de otro, bastante más estremecedor incluso para él, un ario en los términos oficiales de la época. Aunque conocemos el resultado final del duelo citado (el exilio del autor) y, de hecho, en las primeras páginas ya se anuncia que la situación era bastante desesperanzadora, dada la desigual fuerza de los contrincantes, todo ello no disminuye un ápice el interés del libro.

Siempre que se escribe desde el País Vasco sobre algún tema relacionado con el fascismo, parece que planea la consabida comparación entre aquella época y la nuestra. No pretendo hacer analogías fáciles, pues pienso que se abusa en demasía de la calificación de fascismo y fascistas, tanto por aquellos que pretenden homologar el actual régimen parlamentario al fascismo, como por quienes generalizan y tildan de fascistas a cuantos se oponen de forma radical al fetichismo constitucional reinante. Sin embargo, sí creo que el libro de Haffner ofrece posibilidades de reflexión sobre algunos aspectos que nos pueden remitir a la situación vasca y eso proporciona un valor añadido a su lectura. Por ejemplo, cuando habla de su época infantil y de las noticias de la Gran Guerra, de cómo confiesa que de niño, como muchos otros a su alrededor, fue un entusiasta de la guerra (p. 23 ss.), de cómo fue víctima de la propaganda del odio y de la fascinación que ejercía el juego de la guerra. En última instancia, dice, de cómo el efecto narcótico de la guerra dejó marcas peligrosas en todos ellos. ¿No puede suceder algo similar en determinados sectores de la juventud abertzale, sumergidos en un ambiente cerrado y monocolor, narcotizados también por la droga de la guerra contra España y seducidos por el halo romántico y heroico de nuestros gudaris? Tremenda responsabilidad política y moral la de aquellos adultos cercanos, sobre todo sus dirigentes políticos que, con más experiencia vital, no les abren los ojos y les advierten de los peligros y terribles consecuencias que esa droga acarrea. Resulta impresionante leer las sensaciones del Haffner de once años cuando tuvo que leer las condiciones de la capitulación alemana de 1918 y cómo entonces su «mundo de fantasía se rompe totalmente en pedazos» (p. 34). ¿No puede haber algo de eso, de ese vértigo ante el impacto brutal de la realidad, no por contraria a sus planteamientos menos real, en el empecinamiento de ETA en su continuidad y en la disponibilidad de decenas de jóvenes para matar y morir?

El libro ofrece muchos más temas para analizar y comentar sobre la situación de los años 30, desde la contradicción entre la conciencia de los hechos terribles que estaban sucediendo y la continuidad de la vida cotidiana, en aparente fluidez y rutina para quienes no sufrían directamente las arbitrariedades del régimen, hasta el ambiente enrarecido en el Ministerio de Justicia, lugar de trabajo del protagonista, donde el ascenso de los nazis se acompañaba del magma viscoso del miedo y el retraimiento de quienes no simpatizaran con ellos. Por no hablar de las crecientes dificultades para discutir entre los amigos con posturas políticas enfrentadas, hasta llegar a un punto insuperable, dada la entidad de los problemas y la distancia ética de las posiciones en litigio.

En resumen, una obra interesante por el tema, por la época, por el tono y el estilo y por las reflexiones que puede suscitar”.

La vida cotidiana en el infierno

Sebastian_HaffnerArtículo de Luís Fernando Moreno publicado por El País el 29 de noviembre de 2001.

El 2 de enero de 1999 fallecía en Berlín, su ciudad natal, el gran publicista Sebastian Haffner, a la edad de 91 años. Su verdadero nombre era Raimund Pretzel y provenía de una familia acomodada. Su padre, un funcionario prusiano que poseía una excelente biblioteca con más de 10.000 volúmenes, le transmitió su pasión por los libros, pero también lo ayudó a adquirir la sensatez necesaria para observar el mundo con sentido común. El muchacho estudió jurisprudencia y, a sus 25 años, era ya pasante en el Tribunal Imperial de Justicia; con cierta probabilidad, su carrera hubiera sido la de un alto y brillante funcionario de Estado de no haber llegado Hitler al poder en Alemania, el 30 de enero de 1933.

Aunque aquel joven rubio y bien parecido no era de origen judío, sino “ario”, y no tenía nada que temer en ese sentido de los nazis, que incluso le hubiesen permitido medrar en la Administración, en 1938 eligió el camino del exilio trasladándose a Inglaterra. Allí trabajó para The Observer como periodista y, tras estallar la Segunda Guerra Mundial, publicó Germany: Jekyll.

Y ya como Sebastian Haffner regresa a su patria en 1954, donde trabaja para Die Welt y, después, durante muchos años, para el semanario Stern. Aparte de sus polémicos artículos de análisis histórico-político -la pacata izquierda germana siempre consideró a Haffner un columnista “de derechas”, dados sus inveterados ataques al comunismo de la RDA-, publicó títulos tan señeros como Churchill, Die November Revolution, Anmerkungen zu Hitler o el único de sus libros aparecido en España, hoy descatalogado: El pacto del diablo (Bruguera), sobre las relaciones germano-soviéticas.

Entre el legado de Haffner, los albaceas hallaron un texto inédito que llevaba por título Historia de un alemán. El original databa de 1939. Apenas publicado en Alemania, el pasado año 2000, el inédito de Haffner se convirtió en un gran éxito de ventas, y es que su contenido resultó ser apasionante. Mezcla de reflexión ensayística y autobiografía, Haffner intentaba explicarse, por una parte, las razones que habían posibilitado el ascenso de Hitler al poder, y con este fin repasaba con admirable claridad y concisión la historia de Alemania desde 1914 hasta aquel momento. Por otra parte, el autor se centraba en su propia vivencia durante los meses que siguieron a aquel acontecimiento fatídico y que tan graves consecuencias traería consigo.

Fue el instinto, la “nariz”, lo que previno en contra de los nazis a aquel chico culto, despabilado, individualista y celoso de su libertad, que era Raimund Pretzel a sus 25 años, en 1933. En modo alguno podía adherirse a un régimen que se inmiscuía sustancialmente en la vida privada de las personas, que se proponía dirigir sus movimientos, controlar las amistades, los gustos y, principalmente, el pensamiento de todos. Aquel joven, que incluso en cierta ocasión se había declarado “más bien de derechas”, sentía que había algo que “olía mal” en los nuevos señores: su retórica, su cinismo, la brutalidad de sus acciones. Pero ese olfato para discernir entre lo carente de valor y aquello que sí lo poseía, desgraciadamente -se lamenta el autor-, era ajeno a la mayoría de los alemanes.

Después de referirse brevemente a las tres décadas que transcurrieron entre el fin de la Primera Guerra Mundial y el advenimiento de Hitler: la inflación, la era Stresemann y, finalmente, los años postreros de la República de Weimar, en tonos que recuerdan lejanamente a El mundo de ayer, de Zweig, Haffner describe magistralmente el infierno en que, en cuestión de días, se convirtió la vida diaria en el Reich. De repente, “la masa lo invadió todo: lo bárbaro se convirtió en cotidiano; lo chato y obtuso, la falta de nouance, de valour se tornó general”. Desde entonces sólo cupo lo “pesado y artificial, lo colectivo aplastó el pensamiento individual; la libertad fue abolida y comenzó el dominio de la oscuridad y el terror”. “El infierno” se convirtió en norma para los ciudadanos que se negaron a colaborar activa o pasivamente con aquella ideología bombástica y fundamentalista. El ambiente se estrechó cada vez más en torno a los espíritus libres y fueron nulas las posibilidades de resistir individualmente a esa especie de Goliat portaesvásticas en que se convirtió la nación entera.

Detrás de las aclamaciones de júbilo al paso de escuadras de jóvenes uniformados, tras el obligatorio saludo a la romana -cualquiera que se abstuviera de alzar el brazo en público recibía una paliza-, oculto bajo la fanfarria militar, se escondía o bien la necedad de un pueblo sin conciencia, machacado por la ideología, o bien el miedo. De súbito, el denominado “pueblo de los poetas y los pensadores” dejó de serlo, pues tanto poetas y pensadores acabaron en los campos de concentración o huyendo al extranjero. “La cultura descendió de golpe hasta niveles ínfimos”, sofocada por el hervidero de consignas, por los discursos de los ideólogos; de pronto, dejó de producirse “algo que mereciera la pena”.

Moralmente, la nación entera se desquició, y no sólo cuantos fueron señalados como víctimas; también quienes se unieron a los nazis, bien por cortedad, mero oportunismo o, simplemente, para salvar la vida, cayeron en una espiral de terror y chantaje emocional, y cuando quisieron salir de ella ya no lo lograron: Hitler y sus centuriones, pero también la gran mayoría de sus conciudadanos, los succionaron hacia un atroz vórtice de dominio. Así, por pura inconsciencia, muchas personas se vieron convertidas en cómplices del gran crimen contra la humanidad perpetrado por Alemania. Y es que, constata Haffner, para los ciudadanos “normales” fue más cómodo dejarse trastornar por aquel régimen extremadamente nacionalista, populista y racista que oponer resistencia; no en vano, se imponía en toda la nación aquel carácter general que era el denominador común de una gran parte de los alemanes de la época: falta de coraje civil, “instinto de rebaño” (en palabras de Nietzsche) y, sobre todo, una marcada incapacidad sustancial de disfrutar de una vida de sosiego y felicidad individuales; nada temía más el burgués medio que “el vacío y el aburrimiento”; así, el horror vacui junto a la estupidez y los difusos deseos de “salvación” lo enjaezaron de tal forma que se convirtió en presa fácil de las ideologías de todo cuño.

Entreverada con tales ideas y reflexiones acaso un tanto generales pero que dan en el clavo, Haffner narra, además, en su impresionante documento -magníficamente traducido al castellano- una tibia historia de amor: la del narrador y una muchacha judía, acaso el trasunto literario de la mujer que lo seguiría a Inglaterra y que más tarde sería su primera esposa: Erika Hirsch. Asimismo, relata el avatar de su mejor amigo, también de origen semita, jurista como él, y ya sin la más mínima posibilidad de vivir con normalidad en Alemania, donde bajo los auspicios de la nueva barbarie legal se ordenaba al pueblo que diese rienda suelta a su ancestral antisemitismo.

Con el nacionalsocialismo, entraron en vigor nuevas leyes que excluían a los funcionarios judíos de la Administración y ordenaban a los “arios” boicotear todo negocio regentado por judíos e incluso a los profesionales autónomos como médicos o abogados pertenecientes a aquella “raza maldita”. Miles de familias judías se vieron, pues, de la noche a la mañana sin posibilidades de subsistencia, y escasos fueron los “arios” que se atrevieron a desobedecer las órdenes recibidas.

Francia ante el fracaso de la CED


El 9 de mayo de 1950 Robert Schuman, ministro de exteriores galo, lanzaba a los Estados europeos una ambiciosa propuesta: la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA). Un año después seis países –Francia, Alemania, Italia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo- firmaban este tratado en París, y elegían a otro francés, Jean Monnet, como Alta Autoridad de este organismo. La andadura europea comenzaba, y lo hacía con el impulso de una gran nación: Francia.

Todo esto hubiera sido imposible sin el apoyo de los demás integrantes, pero el protagonismo francés parece claro.

Es más, incluso si nos remontamos a la prehistoria de las Comunidades Europea tenemos que destacar a otro político de ese país, Aristide Briand, como impulsor del proyecto. Europa siempre –incluso actualmente- ha estado mirando a Francia, y su construcción como proceso integrador ha dependido bastante de la actitud de aquel país. Por esa razón, en estos más de cincuenta años, los franceses han tenido tanto la fuerza de dar grandes impulsos a Europa, como la capacidad de frenarla introduciendo en su seno procesos de crisis.

Una de las características más curiosas de los sucesivos rechazos del Estado francés a las directrices marcadas por Europa es que cada vez lo ha hecho de un modo distinto. Hemos visto como lo vetaban en la Asamblea Nacional –Comunidad Europea de Defensa (1954)-, como sus representantes abandonaban los organismos comunitarios –crisis de la “silla vacía” (1966)-, y como el pueblo soberano expresaba su oposición mediante el mecanismo del referéndum –Constitución Europea (2005)-.

La otra característica a tener en cuenta es que, salvo en la crisis de 1966, el gobierno francés, favorable a la profundización en la integración, se encontró con la oposición institucional o popular. Resulta frecuente en todo este periplo histórico encontrarse con una Francia dividida; con un poder ejecutivo que no es respaldado en el momento adecuado por los diputados o el electorado. Las consecuencias de los sucesivos rechazos franceses a los proyectos europeos también han sido de los más dispares:

  • En 1954 perdieron la iniciativa en la construcción comunitaria.
  • En 1966 el general De Gaulle logró reducir las exigencias de la Comisión, retrasando así la aparición del Estado Federal Europeo.
  • En 2005 dejaron a toda la Unión paralizada y a la espera del resultado de las elecciones presidenciales de 2007.
En fin, el peso de Francia en la Unión Europea es, aunque muchos quieran negarlo, enorme.

El primer portazo que Francia dio al proceso de integración fue su rechazo a la Comunidad Europea de Defensa (CED) en 1954. Robert Schuman y Jean Monet, ingenieros de la CECA, presentaron a las naciones europeas un nuevo proyecto que buscaba complementar al primer triunfo comunitario. El objetivo era crear un sistema de defensa común, cuestión que no solo respaldaban los seis gobiernos integrantes, sino también los EE.UU.

Los franceses, pues, lanzaron un nuevo reto a Europa, y esta lo aceptó. Sin embargo, fue la propia Francia la que impidió que la Comunidad de Defensa se hiciera realidad. La, en apariencia, alianza imposible entre guallistas y comunistas, facilitó que la Asamblea Nacional se mostrara contraria al nuevo proyecto europeo.

Con la crisis de 1954 Francia perdió la iniciativa en el proceso de construcción europeo.

Desde ese momento fueron otros los encargados de sacar a Europa del atolladero con un nuevo proyecto comunitario. La Conferencia de Messina (1956) y los posteriores Tratados de Roma (1957) no tuvieron a los franceses como protagonistas. Fue principalmente el genio de Paul Henri Spaak el que sustituyó a Schuman y Monet en esa labor de ingeniería.

Francia ya no era la locomotora ideológica y simbólica de Europa; París dejaba de ser su capital en beneficio de Bruselas. El rechazo de la Asamblea Nacional a la Comunidad de Defensa marcó el inicio de una nueva etapa para el proceso de integración; un periodo en el que, sin dejar de ser importante, Francia abandonaba su posición de predominio.

Zoltán Szántó

Este texto forma parte de un conjunto de breves biografías que he elaborado sobre la Revolución Húngara de 1956. Para ver la lista completa, pincha aquí.


Zoltan_Szanto(1893-1977) Militante comunista desde los primeros tiempos, había pasado los años de entreguerras en el exilio. Terminada la Segunda Guerra Mundial se dedicó a la diplomacia: fue embajador en Belgrado de 1947 a 1949; en París, de 1949 a 1954, y en Varsovia, de 1955 a 1956. En el momento de la revolución era miembro del Comité Central del Partido y el 1 de noviembre formó parte de la comisión gestora del nuevo partido de Kádár, el Partido Socialista Obrero Húngaro. Fue Zoltán Szántó quien negoció con el embajador yugoslavo en Budapest la entrada del grupo de Nagy en dicha legación diplomática. Por sus vínculos con el grupo también terminó recluido en Rumania junto a Nagy y sus compañeros, pero finalmente no fue procesado y se retiró de la política.

László Piros

Este texto forma parte de un conjunto de breves biografías que he elaborado sobre la Revolución Húngara de 1956. Para ver la lista completa, pincha aquí.


Laszlo_Piros(1917-2006) Carnicero de profesión, había comenzado como dirigente sindical en el Partido Comunista. En 1950 fue nombrado Comandante de las Fuerzas Guardafronteras, y entre 1954 y 1956 fue Ministro del Interior. Al estallar la insurrección de octubre de 1956 buscó refugio en Moscú, pero el 4 de noviembre volvió a Hungría. En el régimen de Kádár fue apartado de la política activa y nombrado director de la fábrica de salchichón Pick Szeged, de fama mundial.

Tibor Tardos

Este texto forma parte de un conjunto de breves biografías que he elaborado sobre la Revolución Húngara de 1956. Para ver la lista completa, pincha aquí.


Tibor_Tardos(1918-2004) Escritor y activista comunista, durante la Segunda Guerra Mundial participó en la resistencia francesa contra los nazis. Entre 1947 y 1954 Tardos colaboró en Szabad Nép y en Szabad Ifjúság (Juventud Libre). Por su apoyo a las actividades del Círculo Petöfi en el verano de 1956 fue expulsado del Partido Comunista. En 1957 fue procesado y condenado a un año y medio de cárcel. Emigró a Francia en 1963.

Szilárd Újhelyi

Este texto forma parte de un conjunto de breves biografías que he elaborado sobre la Revolución Húngara de 1956. Para ver la lista completa, pincha aquí.


Szilard_Ujhelyi(1915-1996) Jurista de reconocido prestigio, había militado en el Partido Comunista desde la época de la clandestinidad. Entre 1945 y 1951 trabajó en el Ministerio de Bienestar del Pueblo, cuando fue detenido y encarcelado bajo acusaciones falsas. En 1954, una vez liberado, se vinculó al grupo de Imre Nagy. Con mejor suerte que los restantes miembros del mismo, después de la derrota de la insurrección de 1956 se dedicó al mundo del cine y posteriormente fue nombrado embajador de Hungría en la UNESCO.

Miklós Gimes

Este texto forma parte de un conjunto de breves biografías que he elaborado sobre la Revolución Húngara de 1956. Para ver la lista completa, pincha aquí.


Miklos_Gimes(1917-1958) En 1954 trabajaba como corresponsal de Szabad Nép, desde donde pasó a la redacción de Magyar Nemzet. Entre 1955 y 1956 destacó por su compromiso con los postulados de Imre Nagy y por su oposición al sector ortodoxo del Partido Comunista. Con la intención de mantener viva la llama de la insurrección del otoño de 1956, Gimes continuó luchando contra Kádár en la clandestinidad y, entre otras muchas iniciativas, llegó a editar ilegalmente el periódico Október huszonhamadika (Veintitrés de octubre). Finalmente, fue arrestado por la policía política comunista: en el proceso contra el grupo de Nagy fue condenado a muerte y ejecutado el 16 de junio de 1958.