Oposiciones Secundaria | Tema 37


¿Quieres ir bien preparado a las oposiciones de Geografía, Historia e Historia del Arte de Secundaria? Si es así, quizá te sirva el material que pongo a tu disposición. El siguiente es uno de los temas que elaboré en su momento y, aunque cada caso es distinto, al menos a mí me ayudó a sacar la plaza.

A continuación dejo como archivo adjunto un pdf con el texto del tema 37. He decidido mantener el formato de puntos que tan buen resultado me ha dado en mi estudio, pero se puede convertir fácilmente en un texto compuesto por párrafos largos. También dejo más abajo la bibliografía utilizada y, en breve, espero hacer un vídeo dedicado a esta cuestión.

DESCARGA EL PDF: Tema37_ El debate historiográfico sobre la Revolución Francesa

BIBLIOGRAFÍA:

  1. A. Cobban, La interpretación social de la Revolución Francesa.
  2. E. J. Hobsbawm, Las revoluciones burguesas. Europa, 1789-1848.
  3. J. Jaurès, Causas de la Revolución Francesa.
  4. G. Lefebvre, La Revolución Francesa y el Imperio.
  5. A. Mathiez, La Revolución Francesa.
  6. R. Palmer, Las revoluciones de la libertad y de la igualdad.
  7. G. Rudé, La Europa revolucionaria, 1730-1840.
  8. A. Soboul, La Revolución Francesa.

Los inicios de la Revolución Francesa


En 1789 estalló en Francia una revolución que terminó, en primer lugar, con la Monarquía y, en segundo término, con la vida de los propios reyes. Después de esos acontecimientos, la I República Francesa terminó por convertirse en el Imperio Napoleónico, que se mantuvo hasta 1815. En esta clase se aborda el comienzo del proceso revolucionario y la Monarquía Constitucional. En los restantes vídeos se explican las causas de la Revolución Francesa, la etapa de la Convención, el Directorio, el Consulado y el Imperio Napoleónico.

 

Las causas de la Revolución Francesa

En 1789 estalló en Francia una revolución que terminó, en primer lugar, con la Monarquía y, en segundo término, con la vida de los propios reyes. Después de esos acontecimientos, la I República Francesa terminó por convertirse en el Imperio Napoleónico, que se mantuvo hasta 1815. En esta clase se explican las principales causas del proceso revolucionario; mientras que en los siguientes vídeos se abordan cada una de sus etapas: la Monarquía Constitucional, la Convención, el Directorio, el Consulado y el Imperio Napoleónico.

 

 

 

 

Descripción de José Fouché, en «Fouché, el genio tenebroso» de Stefan Zweig


«Todos, o casi todos los que estuvieron en primer plano durante la época de los Estado Generales y la Asamblea Legislativa, están hoy olvidados o han sido víctimas del odio. El cadáver de Mirabeu, ayer aún en el Panteón, ha sido sacado oprobiosamente de él; Lafayette, hace pocas semanas aún festejado en triunfo como padre de la patria, es ya hoy traidor; Custine, Pètion, hace pocas semanas todavía celebrados se escurren ya temerosos hacia la sombra de la opinión pública (…). Mientras otros se atan a sus convicciones, a sus palabras y gestos públicos, él, oculto y temeroso de la luz, se mantiene interiormente libre y se convierte así en el polo persistente en la sucesión de los fenómenos. Los girondinos caen, Fouché sigue, los jacobinos son ahuyentados, Fouché sigue, el Directorio, el Consulado, el Imperio, la Monarquía y otra vez el Imperio desaparecen y sucumben; pero él siempre permanece, el único, Fouché, gracias a su refinada contención y gracias a su audaz valor unido a su absoluta falta de carácter, a su imperturbable falta de convicciones».

De las Tullerías a la Asamblea Nacional, en «María Antonieta» de Stefan Zweig


«Mientras tanto son ya las siete de la mañana, ha llegado la vanguardia de los sublevados, una partida desordenada de gentes mal armadas, no temibles por sus capacidades guerreras, sino sólo por su indomable resolución. Algunos de ellos se reúnen ya delante del puente levadizo. La resolución no puede ser dilatada por más tiempo. Roederer, el procurador general, percibe su responsabilidad. Ya una hora antes ha aconsejado al rey que se traslade a la Asamblea Nacional y se ponga bajo su protección. Pero entonces María Antonieta habla furiosa: «Señor mío, tenemos aquí bastantes fuerzas, y ha llegado por fin el momento de saber quién debe obtener el triunfo, si el rey o los sublevados, si la Constitución o los revolucionarios». Mas el mismo rey no encuentra ahora ninguna enérgica palabra. Respirando penosamente, permanece sentado en su sillón, con azorada mirada, y espera no sabe para qué; sólo quiere prolongar aún la situación, no decidir el momento. Entonces vuelve otra vez Roederer, con su banda sobre el pecho, que en todas partes le abre el paso; algunos consejeros municipales le acompañan. «Sire -dice enérgicamente a Luis XVI-, Vuestra Majestad no tiene ya ni cinco minutos que perder; no hay ya ninguna otra seguridad para ella sino en la Asamblea Nacional». «Pero no veo todavía mucha gente en la plaza del Carrousel», responde Luis XVI, que angustiosamente quiere ganar tiempo. «Sire, una inmensa muchedumbre llega de los arrabales, arrastrando doce cañones».

«Un consejero municipal, un comerciante de encajes en cuya casa la reina, en otros tiempos, había realizado compras con frecuencia, une las suyas a las advertencias de Roederer: «Cállese usted, señor. Deje hablar al procurador general», le suelta al instante, como una ducha, María Antonieta (siempre siente igual cólera cuando alguien a quien ella no aprecia quiere salvarla). Se vuelve entonces hacia Roederer: «Pero, señor, tenemos una fuerza armada». «Señora, todo París está en marcha, la acción es inútil; la resistencia, imposible».María Antonieta no puede dominar ya su excitación; la sangre se le sube al rostro. Tiene que dominarse para no estallar contra aquellos hombres en toda su debilidad, ninguno de los cuales muestra un pensamiento viril. Pero la responsabilidad es inmensa; en presencia del rey de Francia, una mujer no debe dar órdenes para el combate. Espera, pues, la decisión del eternamente indeciso. Levanta éste por fin su pesada cabeza, mira a Roederer durante algunos segundos, después suspira y dice, feliz de haber resuelto: «¡Vámonos!».Y por medio de las filas nobles que lo contemplan sin ningún aprecio, ante sus soldados suizos, a quienes olvida decir algunas palabras para que sepan si deben o no combatir, por medio de la muchedumbre del pueblo, cada vez más compacta, que injuria públicamente al rey, a su mujer y a los escasos fieles, y hasta los amenaza, abandona Luis XVI, sin combate, sin una tentativa de resistencia, el palacio edificado por sus antepasados y que jamás debe volver a pisar. Recorren el jardín, delante el rey con Roederer, detrás la reina del brazo del ministro de Marina, con su hijito al lado. Se dirigen con indigna prisa hacia el manège cubierto, donde en otro tiempo se divertía con cabalgatas la corte, alegre y despreocupada, y donde ahora la Asamblea Nacional del pueblo presencia, orgullosa, cómo un rey, temblando por su vida, busca su protección sin haber luchado. Son aproximadamente doscientos pasos de camino. Pero con estos doscientos pasos, María Antonieta y Luis XVI han caído irreparablemente del poder. Ha terminado la monarquía».

El intento de fuga, en «María Antonieta» de Stefan Zweig


«Por fin, una sombra de esperanza: descanso nocturno en Châions. Aguardan allí todos los ciudadanos detrás de un arco de triunfo de piedra, el cual -¡ironía de la historia!- es el mismo que hace veintiún años fue erigido en honor de María Antonieta cuando pasó por allí, en un coche de gala encristala do, aclamada por el pueblo, viniendo de Austria al encuentro de su futuro esposo. Sobre el friso de piedra está grabada esta inscripción: «Perstet oeterna ut amor», «Persista eterno como el amor». Pero el amor es más transitorio que el buen mármol y la piedra tallada. Como un sueño le parece ahora a María Antonieta que cierta vez, bajo este mismo arco, haya recibido a la nobleza vestida de gala, que las calles hayan estado sembradas de luces y llenas de gente y que de las fuentes haya manado vino en honor suyo. Ahora sólo la espera una fría cortesía, compasiva en el mejor de los casos, pero que siempre hace bien después de tanto descarado, ruidoso a inoportuno odio. Pueden dormir, mudarse de ropa; pero a la siguiente mañana el enemigo sol abrasa de nuevo y tienen que proseguir el camino de su martirio. Cuanto más se acercan a París, tanto más se muestra hostil la población; suplica el rey que le den una esponja mojada para quitarse del rostro el polvo y la suciedad, y un empleado le responde con escarnio: « Eso es lo que se saca viajando». Vuelve a subir la reina al estribo de la carroza después de breve descanso, cuando detrás de ella oye silbar, como serpiente, una voz femenina: «¡Vamos, pequeña; más negras las pasarás aún!». Un noble que la saluda es arrancado de su caballo y asesinado a tiros y cuchilladas. Sólo ahora comprenden el rey y la reina que no es únicamente París el que ha caído en el «error» de la Revolución, sino que en todos los campos de su reino ha brotado en fertilísima floración la nueva simiente; pero acaso no conservan ya fuerzas para sentir todo esto; poco a poco, la fatiga los va haciendo plenamente insensibles. En su agotamiento, permanecen en el coche, indiferentes ya a lo que les reserva el destino, cuando, por fin, en el último momento, llegan correos a caballo que anuncian que tres miembros de la Asamblea Nacional salen a su encuentro para proteger el viaje de la familia real. La vida está salvada, pero nada más».

La Asamblea Nacional, en «María Antonieta» de Stefan Zweig


«Al cabo de pocos días, los dos brazos privilegiados, la nobleza y el clero, están ya en agria hostilidad contra el Tercer Estado; rechazado este, se declara constituido en Asamblea Nacional por su propio poder, y en la sala del Juego de Pelota presta juramento de no disolverse antes de que esté cumplida la voluntad del pueblo y votada la Constitución. La corte se espanta ante ese demonio popular que ella misma ha ido a sacar de su guarida (…) De un día a otro, la muda criatura llamada «pueblo» ha adquirido voz por medio de la libertad de prensa, proclama sus derechos en centenares de folletos, y en inflamados artículos de periódicos descarga su furor revolucionario».

La convocatoria de los Estados Generales, en «María Antonieta» de Stefan Zweig


«…resuelve el rey, en el último momento, después de las habituales vacilaciones, convocar los Estados Generales, que desde hace doscientos años representan realmente a todo el pueblo. Para privar de su supremacía anticipadamente a aquellos en cuyas manos están todavía los derechos y la riqueza, el primero y el segundo Estado, la nobleza y el clero, ha duplicado el rey, por consejo de Necker, el número de representantes del tercer Estado. Así, ambas fuerzas están en equilibrio y el monarca se reserva con ello el poder decidir en última instancia. La convocatoria de la Asamblea Nacional aminorará la responsabilidad del rey y fortalecerá su autoridad: así se piensa en la corte. Pero el pueblo piensa de otro modo; por primera vez se siente convocado, y sabe que sólo por desesperación, y nunca por bondad, llaman los reyes a sus consejos al pueblo. Una tarea inmensa es atribuida con ello a la nación, pero también se da la ocasión que no volverá a presentarse; el pueblo está decidido a aprovecharla. Un arrebato de entusiasmo se desborda por ciudades y aldeas; las elecciones son una fiesta; las reuniones, lugares de mística exaltación nacional. Por fin puede comenzar la obra: el 5 de mayo de 1789, día de la apertura de los Estados Generales, por primera vez es Versalles no sólo residencia de un rey, sino la capital, el cerebro, el corazón y el alma de todo Francia».

Las etapas de la Revolución Francesa


El proceso revolucionario iniciado en Francia a finales del siglo XVIII, lejos de constituir una unidad, aparece ante nosotros como un conjunto de cambios políticos sucesivos –en ocasiones contradictorios- que van desde una monarquía constitucional al régimen imperial pasando por una república.

Por esta razón, en lugar de hablar de Revolución Francesa, quizás deberíamos referirnos a ese fenómeno en plural; o utilizar únicamente esa expresión para los acontecimientos de 1789.

Lo cierto es que, en apenas veintiséis años, los que van de 1789 a 1815, Francia pasó por once regímenes políticos distintos: monarquía absoluta, monarquía constitucional, república moderada, republicanismo radical, gobierno de un directorio, consulado, consulado vitalicio bajo Napoleón Bonaparte, imperio, monarquía absoluta, imperio y, nuevamente, monarquía absoluta.

El constitucionalismo moderado (1789-1791)

El primer periodo de la Revolución Francesa, el que es considerado, a su vez, el más auténtico, tiene un claro antecedente en la prerrevolución aristocrática. Los miembros de la nobleza, descontentos con el gobierno absolutista borbónico implantado en época de Luis XIV, aprovecharon la crisis económica finisecular para presionar a Luis XVI.

Es cierto que la nobleza francesa deseaba, únicamente, recuperar sus antiguos derechos y su papel protagónico en el gobierno del reino. Sin embargo, lo que acabaron desencadenando fue una revolución que, a la postre, acabó por privarles de todos los privilegios que aún mantenían.

La revolución de 1789 tuvo dos episodios fundamentales: una revolución política y una de carácter popular.

El acontecimiento clave de la primera de ellas fue la constitución, por parte de un grupo dentro de los Estados Generales –el tercer estado-, de una Asamblea Nacional en la Sala del Juego de la Pelota el día 5 de mayo. Estos hombres, al reclamar para sí, como representantes del pueblo, la soberanía nacional, entraban en conflicto con la soberanía que ostentaba Luis XVI.

La revolución popular se produjo el 14 de julio mediante la toma de La Bastilla por parte del pueblo parisino. Este suceso marcó, sin lugar a dudas, un punto de no retorno. La falta de reacción por parte del rey, la ausencia de represión, al fin y al cabo, dañó enormemente la imagen de Luis XVI. Francia quedaba en manos de la Asamblea Nacional, encargada de redactar una constitución donde el monarca vería reducidos enormemente sus poderes.

La Convención (1791-1794)

La radicalización del proceso revolucionario llevó al poder primero a los girondinos (1791-1792) y más tarde a los jacobinos (1793-1794).

Durante este periodo, además de la aparición del Terror, Francia se convirtió en una república: Luis XVI fue depuesto y ejecutado.

Los republicanos comenzaron a elaborar una nueva Constitución. Sin embargo, esta nunca llegó a promulgarse, ya que la radicalidad de algunas medidas sociales y económicas, unidas a la deriva terrorista del gobierno, favoreció la formación de una conjura contra Robespierre. De esta manera, la caída del líder de los girondinos el 9 de Termidor dio paso a un régimen más moderado: el Directorio.

El Directorio (1794-1799)

El régimen que siguió a la Convención no pasó de ser un gobierno de cinco notables al servicio de la alta burguesía y de los grandes hombres de negocios. Se suprimieron los derechos sociales promulgados por los radicales, que a su vez fueron duramente reprimidos, pagando así sus desmanes durante el Terror.

También se retornó al sufragio censitario y se instauró un legislativo de carácter bicameral, en la línea de las constituciones conservadoras que se promulgarían a lo largo de todo el XIX.

El gobierno de Napoleón (1799-1815)

La deriva conservadora tomada por el Directorio sólo podía llevar a la restauración de la monarquía en la figura de Luis XVIII, hermano menor de Luis XVI. Sin embargo, la aparición de un militar de prestigio como Napoleón Bonaparte abrió una segunda posibilidad: la sustitución del frágil gobierno de los cinco notables por el de un hombre fuerte.

El golpe del 18 de Brumario de 1799 llevó a Napoleón al poder. En un primer momento fueron nombrados tres cónsules con idénticos poderes por un periodo de diez años.

Pronto Bonaparte acaparó todo el protagonismo, quedando sus dos compañeros de viaje como simple comparsa. La constitución de 1802 consolidó el poder de Napoleón, que pasó a ser cónsul vitalicio. No obstante, poco tardó en aspirar a más este ambiciosos general. De esta manera, en 1804 se hizo coronar emperador, cargo en el que se mantuvo hasta 1814.

La catástrofe rusa de 1812, así como las derrotas militares que siguieron a esa campaña, obligaron a Bonaparte a abandonar el poder. Fue llevado a la isla de Elba, de donde escapó en 1815. Una vez en París reinició su segundo periodo imperial, que, como consecuencia de la derrota de Waterloo, no pasaría de los cien días.

Francia ante el fracaso de la CED


El 9 de mayo de 1950 Robert Schuman, ministro de exteriores galo, lanzaba a los Estados europeos una ambiciosa propuesta: la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA). Un año después seis países –Francia, Alemania, Italia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo- firmaban este tratado en París, y elegían a otro francés, Jean Monnet, como Alta Autoridad de este organismo. La andadura europea comenzaba, y lo hacía con el impulso de una gran nación: Francia.

Todo esto hubiera sido imposible sin el apoyo de los demás integrantes, pero el protagonismo francés parece claro.

Es más, incluso si nos remontamos a la prehistoria de las Comunidades Europea tenemos que destacar a otro político de ese país, Aristide Briand, como impulsor del proyecto. Europa siempre –incluso actualmente- ha estado mirando a Francia, y su construcción como proceso integrador ha dependido bastante de la actitud de aquel país. Por esa razón, en estos más de cincuenta años, los franceses han tenido tanto la fuerza de dar grandes impulsos a Europa, como la capacidad de frenarla introduciendo en su seno procesos de crisis.

Una de las características más curiosas de los sucesivos rechazos del Estado francés a las directrices marcadas por Europa es que cada vez lo ha hecho de un modo distinto. Hemos visto como lo vetaban en la Asamblea Nacional –Comunidad Europea de Defensa (1954)-, como sus representantes abandonaban los organismos comunitarios –crisis de la “silla vacía” (1966)-, y como el pueblo soberano expresaba su oposición mediante el mecanismo del referéndum –Constitución Europea (2005)-.

La otra característica a tener en cuenta es que, salvo en la crisis de 1966, el gobierno francés, favorable a la profundización en la integración, se encontró con la oposición institucional o popular. Resulta frecuente en todo este periplo histórico encontrarse con una Francia dividida; con un poder ejecutivo que no es respaldado en el momento adecuado por los diputados o el electorado. Las consecuencias de los sucesivos rechazos franceses a los proyectos europeos también han sido de los más dispares:

  • En 1954 perdieron la iniciativa en la construcción comunitaria.
  • En 1966 el general De Gaulle logró reducir las exigencias de la Comisión, retrasando así la aparición del Estado Federal Europeo.
  • En 2005 dejaron a toda la Unión paralizada y a la espera del resultado de las elecciones presidenciales de 2007.
En fin, el peso de Francia en la Unión Europea es, aunque muchos quieran negarlo, enorme.

El primer portazo que Francia dio al proceso de integración fue su rechazo a la Comunidad Europea de Defensa (CED) en 1954. Robert Schuman y Jean Monet, ingenieros de la CECA, presentaron a las naciones europeas un nuevo proyecto que buscaba complementar al primer triunfo comunitario. El objetivo era crear un sistema de defensa común, cuestión que no solo respaldaban los seis gobiernos integrantes, sino también los EE.UU.

Los franceses, pues, lanzaron un nuevo reto a Europa, y esta lo aceptó. Sin embargo, fue la propia Francia la que impidió que la Comunidad de Defensa se hiciera realidad. La, en apariencia, alianza imposible entre guallistas y comunistas, facilitó que la Asamblea Nacional se mostrara contraria al nuevo proyecto europeo.

Con la crisis de 1954 Francia perdió la iniciativa en el proceso de construcción europeo.

Desde ese momento fueron otros los encargados de sacar a Europa del atolladero con un nuevo proyecto comunitario. La Conferencia de Messina (1956) y los posteriores Tratados de Roma (1957) no tuvieron a los franceses como protagonistas. Fue principalmente el genio de Paul Henri Spaak el que sustituyó a Schuman y Monet en esa labor de ingeniería.

Francia ya no era la locomotora ideológica y simbólica de Europa; París dejaba de ser su capital en beneficio de Bruselas. El rechazo de la Asamblea Nacional a la Comunidad de Defensa marcó el inicio de una nueva etapa para el proceso de integración; un periodo en el que, sin dejar de ser importante, Francia abandonaba su posición de predominio.