Presentación: La Revolución Francesa


Durante el curso 2016-2017 elaboré este Prezi para explicar en 1º de Bachillerato la Revolución Francesa. Posteriormente he realizado algunos ajustes que me han servido para ponerlo de fondo en algunos de los vídeos sobre esa material. Para consultar la presentación haz click aquí.

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La crisis del Antiguo Régimen y las revoluciones inglesas


VÍDEOS DE CARÁCTER OBLIGATORIO


Introducción al Antiguo Régimen
La Monarquía Absoluta
La sociedad estamental: nobleza y clero
La sociedad estamental: estado llano
La economía preindustrial
El régimen demográfico antiguo
Las nuevas teorías económicas
Los fundamentos de la Ilustración
Los ilustrados y sus obras
Las revoluciones inglesas del siglo XVII: primera parte
Las revoluciones inglesas del siglo XVII: segunda parte
El pensamiento político de John Locke


MATERIAL PARA AMPLIAR


Introducción al Antiguo Régimen
Luis XIV de Hyacinthe Rigaud
Luis XIV en el Museo del Prado
Luis XIV, el rey de los tacones rojos
Vatel: el poder de la monarquía sobre la nobleza
Vatel: la humillación de la nobleza ante el monarca absoluto
Vatel: la desigualdad entre estamentos
Vatel: el contraste entre los privilegiados y el pueblo llano
Caricaturas de la sociedad estamental
El Estatúder en el gobierno de las Provincias Unidas
La revolución inglesa en el cine: juicio y ejecución de Carlos I Estuardo
Resumen del pensamiento político de James Harrington
Breve biografía de John Locke
La libertad política en John Locke
La tolerancia religiosa en John Locke
La crisis del Antiguo Régimen
La Enciclopedia francesa y sus principales autores
Montesquieu y la división de poderes
El origen de la sociedad en Rousseau 

La proclamación de la República y la Convención


En 1789 estalló en Francia una revolución que terminó, en primer lugar, con la Monarquía y, en segundo término, con la vida de los propios reyes. Después de esos acontecimientos, la I República Francesa terminó por convertirse en el Imperio Napoleónico, que se mantuvo hasta 1815. En esta clase se aborda la proclamación de la República y la Convención. En los restantes vídeos se explican las causas de la Revolución Francesa, la Monarquía Constitucional, el Directorio, el Consulado y el Imperio Napoleónico.

 

Los inicios de la Revolución Francesa


En 1789 estalló en Francia una revolución que terminó, en primer lugar, con la Monarquía y, en segundo término, con la vida de los propios reyes. Después de esos acontecimientos, la I República Francesa terminó por convertirse en el Imperio Napoleónico, que se mantuvo hasta 1815. En esta clase se aborda el comienzo del proceso revolucionario y la Monarquía Constitucional. En los restantes vídeos se explican las causas de la Revolución Francesa, la etapa de la Convención, el Directorio, el Consulado y el Imperio Napoleónico.

 

Las causas de la Revolución Francesa

En 1789 estalló en Francia una revolución que terminó, en primer lugar, con la Monarquía y, en segundo término, con la vida de los propios reyes. Después de esos acontecimientos, la I República Francesa terminó por convertirse en el Imperio Napoleónico, que se mantuvo hasta 1815. En esta clase se explican las principales causas del proceso revolucionario; mientras que en los siguientes vídeos se abordan cada una de sus etapas: la Monarquía Constitucional, la Convención, el Directorio, el Consulado y el Imperio Napoleónico.

 

 

 

 

Descripción de José Fouché, en «Fouché, el genio tenebroso» de Stefan Zweig


«Todos, o casi todos los que estuvieron en primer plano durante la época de los Estado Generales y la Asamblea Legislativa, están hoy olvidados o han sido víctimas del odio. El cadáver de Mirabeu, ayer aún en el Panteón, ha sido sacado oprobiosamente de él; Lafayette, hace pocas semanas aún festejado en triunfo como padre de la patria, es ya hoy traidor; Custine, Pètion, hace pocas semanas todavía celebrados se escurren ya temerosos hacia la sombra de la opinión pública (…). Mientras otros se atan a sus convicciones, a sus palabras y gestos públicos, él, oculto y temeroso de la luz, se mantiene interiormente libre y se convierte así en el polo persistente en la sucesión de los fenómenos. Los girondinos caen, Fouché sigue, los jacobinos son ahuyentados, Fouché sigue, el Directorio, el Consulado, el Imperio, la Monarquía y otra vez el Imperio desaparecen y sucumben; pero él siempre permanece, el único, Fouché, gracias a su refinada contención y gracias a su audaz valor unido a su absoluta falta de carácter, a su imperturbable falta de convicciones».

La reina ante el patíbulo, en «María Antonieta» de Stefan Zweig


«La carreta se detiene delante del patíbulo. Tranquila y sin auxilio de nadie, «con aire aún más sereno que al salir de la prisión», asciende la reina, rechazando toda ayuda, las escaleras de tablas del cadalso; sube exactamente con la misma halada facilidad, calzando sus negros zapatos de satén de tacones altos, por esta última escalera, como en otro tiempo por las escalinatas de mármol de Versalles. Ahora, por encima del repulsivo verbeneo de las gentes, una última mirada que se pierde en el cielo. ¿Reconoce, al otro lado de la plaza, en medio de la neblina otoñal, las Tullerías, en las que ha vivido y sufrido indecibles dolores? ¿Recuerda todavía, en estos últimos minutos, el día en que estas mismas muchedumbres la saludaron con entusiasmo, en el mismo jardín, como heredera del trono? No se sabe. Nadie conoce los últimos pensamientos de un moribundo».

El destino de Luis XVII, en «María Antonieta» de Stefan Zweig


«Por fin -¡pequeño e insuficiente consuelo!- descubre María Antonieta que, por una única ventana de la escalera de la torre, en el tercer piso, puede acecharse aquella parte del patio en la cual juega a veces el delfín. Y allí se está durante horas enteras, innumerables veces y con frecuencia en vano, esta mujer que en otro tiempo fue reina de todo un reino, a la espera de ver si puede descubrir fugazmente en el patio de su prisión, de una manera furtiva, un aspecto de la clara silueta querida. El niño, que no sospecha que desde un ventanuco enrejado sigue cada uno de sus movimientos la mirada, con frecuencia turbia por el llanto, de su madre, juega alegre y despreocupado. El muchacho se va adaptando velozmente, demasiado velozmente, a su ambiente nuevo; ha olvidado, en su alegre abandono, de quién es hijo, qué sangre corre por sus venas y cuál es su nombre. Valiente y en voz alta, sin sospechar su sentido, canta la Carmagnole y el Ça ira, que le ha enseñado Simón y sus compañeros; lleva la gorra roja de los sans-culottes…»

La ejecución de Luis XVI, en «María Antonieta» de Stefan Zweig


«A lo lejos redoblan los tambores de los regimientos en marcha, aumenta cada vez más la luz, llega a ser día claro; cada vez se acerca más la hora que privará a los niños de su padre y a ella del respetable, bondadoso y circunspecto compañero de tantos años. Prisionera en su habitación, con los despiadados guardias delante de la puerta, no le es permitido a la desdichada mujer bajar los pocos peldaños que la separan del esposo, no le es permitido oír ni ver nada de todo lo que ocurre, e, imaginadas, las cosas son quizás mil veces más espantosas que en la realidad misma. Después, y de repente, hay en el piso de abajo un espantoso silencio. El rey ha dejado la habitación, la pesada carroza rueda llevándolo hacia el patíbulo. Y una hora más tarde, la guillotina ha dado a María Antonieta un nuevo nombre: en otros tiempos fue archiduquesa de Austria, después delfina, por último reina de Francia; ahora es la viuda Capeto».

De las Tullerías a la Asamblea Nacional, en «María Antonieta» de Stefan Zweig


«Mientras tanto son ya las siete de la mañana, ha llegado la vanguardia de los sublevados, una partida desordenada de gentes mal armadas, no temibles por sus capacidades guerreras, sino sólo por su indomable resolución. Algunos de ellos se reúnen ya delante del puente levadizo. La resolución no puede ser dilatada por más tiempo. Roederer, el procurador general, percibe su responsabilidad. Ya una hora antes ha aconsejado al rey que se traslade a la Asamblea Nacional y se ponga bajo su protección. Pero entonces María Antonieta habla furiosa: «Señor mío, tenemos aquí bastantes fuerzas, y ha llegado por fin el momento de saber quién debe obtener el triunfo, si el rey o los sublevados, si la Constitución o los revolucionarios». Mas el mismo rey no encuentra ahora ninguna enérgica palabra. Respirando penosamente, permanece sentado en su sillón, con azorada mirada, y espera no sabe para qué; sólo quiere prolongar aún la situación, no decidir el momento. Entonces vuelve otra vez Roederer, con su banda sobre el pecho, que en todas partes le abre el paso; algunos consejeros municipales le acompañan. «Sire -dice enérgicamente a Luis XVI-, Vuestra Majestad no tiene ya ni cinco minutos que perder; no hay ya ninguna otra seguridad para ella sino en la Asamblea Nacional». «Pero no veo todavía mucha gente en la plaza del Carrousel», responde Luis XVI, que angustiosamente quiere ganar tiempo. «Sire, una inmensa muchedumbre llega de los arrabales, arrastrando doce cañones».

«Un consejero municipal, un comerciante de encajes en cuya casa la reina, en otros tiempos, había realizado compras con frecuencia, une las suyas a las advertencias de Roederer: «Cállese usted, señor. Deje hablar al procurador general», le suelta al instante, como una ducha, María Antonieta (siempre siente igual cólera cuando alguien a quien ella no aprecia quiere salvarla). Se vuelve entonces hacia Roederer: «Pero, señor, tenemos una fuerza armada». «Señora, todo París está en marcha, la acción es inútil; la resistencia, imposible».María Antonieta no puede dominar ya su excitación; la sangre se le sube al rostro. Tiene que dominarse para no estallar contra aquellos hombres en toda su debilidad, ninguno de los cuales muestra un pensamiento viril. Pero la responsabilidad es inmensa; en presencia del rey de Francia, una mujer no debe dar órdenes para el combate. Espera, pues, la decisión del eternamente indeciso. Levanta éste por fin su pesada cabeza, mira a Roederer durante algunos segundos, después suspira y dice, feliz de haber resuelto: «¡Vámonos!».Y por medio de las filas nobles que lo contemplan sin ningún aprecio, ante sus soldados suizos, a quienes olvida decir algunas palabras para que sepan si deben o no combatir, por medio de la muchedumbre del pueblo, cada vez más compacta, que injuria públicamente al rey, a su mujer y a los escasos fieles, y hasta los amenaza, abandona Luis XVI, sin combate, sin una tentativa de resistencia, el palacio edificado por sus antepasados y que jamás debe volver a pisar. Recorren el jardín, delante el rey con Roederer, detrás la reina del brazo del ministro de Marina, con su hijito al lado. Se dirigen con indigna prisa hacia el manège cubierto, donde en otro tiempo se divertía con cabalgatas la corte, alegre y despreocupada, y donde ahora la Asamblea Nacional del pueblo presencia, orgullosa, cómo un rey, temblando por su vida, busca su protección sin haber luchado. Son aproximadamente doscientos pasos de camino. Pero con estos doscientos pasos, María Antonieta y Luis XVI han caído irreparablemente del poder. Ha terminado la monarquía».