Historia de un alemán (1914-1933)


He publicado una larga serie de artículos en los que repaso los aspectos, a mi juicio, más interesantes de la Historia de Alemania entre 1914 y 1933. Para ello he apoyado en Historia de un alemán (1914-1933), obra del historiador y periodista Sebastian Haffner. He agrupado los textos en los siguientes capítulos:

Historia de un alemán
La Gran Guerra
La Revolución de 1918
La República de Weimar entre 1919 y 1923
El año inhumano (1923)
La época de Stresemann
El fin del sistema de Weimar
La revolución legal
Los mecanismos de represión
El consenso y la propaganda
La Transformación Sociocultural
La situación de los no-nazis

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La vida cotidiana en el infierno

Sebastian_HaffnerArtículo de Luís Fernando Moreno publicado por El País el 29 de noviembre de 2001.

El 2 de enero de 1999 fallecía en Berlín, su ciudad natal, el gran publicista Sebastian Haffner, a la edad de 91 años. Su verdadero nombre era Raimund Pretzel y provenía de una familia acomodada. Su padre, un funcionario prusiano que poseía una excelente biblioteca con más de 10.000 volúmenes, le transmitió su pasión por los libros, pero también lo ayudó a adquirir la sensatez necesaria para observar el mundo con sentido común. El muchacho estudió jurisprudencia y, a sus 25 años, era ya pasante en el Tribunal Imperial de Justicia; con cierta probabilidad, su carrera hubiera sido la de un alto y brillante funcionario de Estado de no haber llegado Hitler al poder en Alemania, el 30 de enero de 1933.

Aunque aquel joven rubio y bien parecido no era de origen judío, sino “ario”, y no tenía nada que temer en ese sentido de los nazis, que incluso le hubiesen permitido medrar en la Administración, en 1938 eligió el camino del exilio trasladándose a Inglaterra. Allí trabajó para The Observer como periodista y, tras estallar la Segunda Guerra Mundial, publicó Germany: Jekyll.

Y ya como Sebastian Haffner regresa a su patria en 1954, donde trabaja para Die Welt y, después, durante muchos años, para el semanario Stern. Aparte de sus polémicos artículos de análisis histórico-político -la pacata izquierda germana siempre consideró a Haffner un columnista “de derechas”, dados sus inveterados ataques al comunismo de la RDA-, publicó títulos tan señeros como Churchill, Die November Revolution, Anmerkungen zu Hitler o el único de sus libros aparecido en España, hoy descatalogado: El pacto del diablo (Bruguera), sobre las relaciones germano-soviéticas.

Entre el legado de Haffner, los albaceas hallaron un texto inédito que llevaba por título Historia de un alemán. El original databa de 1939. Apenas publicado en Alemania, el pasado año 2000, el inédito de Haffner se convirtió en un gran éxito de ventas, y es que su contenido resultó ser apasionante. Mezcla de reflexión ensayística y autobiografía, Haffner intentaba explicarse, por una parte, las razones que habían posibilitado el ascenso de Hitler al poder, y con este fin repasaba con admirable claridad y concisión la historia de Alemania desde 1914 hasta aquel momento. Por otra parte, el autor se centraba en su propia vivencia durante los meses que siguieron a aquel acontecimiento fatídico y que tan graves consecuencias traería consigo.

Fue el instinto, la “nariz”, lo que previno en contra de los nazis a aquel chico culto, despabilado, individualista y celoso de su libertad, que era Raimund Pretzel a sus 25 años, en 1933. En modo alguno podía adherirse a un régimen que se inmiscuía sustancialmente en la vida privada de las personas, que se proponía dirigir sus movimientos, controlar las amistades, los gustos y, principalmente, el pensamiento de todos. Aquel joven, que incluso en cierta ocasión se había declarado “más bien de derechas”, sentía que había algo que “olía mal” en los nuevos señores: su retórica, su cinismo, la brutalidad de sus acciones. Pero ese olfato para discernir entre lo carente de valor y aquello que sí lo poseía, desgraciadamente -se lamenta el autor-, era ajeno a la mayoría de los alemanes.

Después de referirse brevemente a las tres décadas que transcurrieron entre el fin de la Primera Guerra Mundial y el advenimiento de Hitler: la inflación, la era Stresemann y, finalmente, los años postreros de la República de Weimar, en tonos que recuerdan lejanamente a El mundo de ayer, de Zweig, Haffner describe magistralmente el infierno en que, en cuestión de días, se convirtió la vida diaria en el Reich. De repente, “la masa lo invadió todo: lo bárbaro se convirtió en cotidiano; lo chato y obtuso, la falta de nouance, de valour se tornó general”. Desde entonces sólo cupo lo “pesado y artificial, lo colectivo aplastó el pensamiento individual; la libertad fue abolida y comenzó el dominio de la oscuridad y el terror”. “El infierno” se convirtió en norma para los ciudadanos que se negaron a colaborar activa o pasivamente con aquella ideología bombástica y fundamentalista. El ambiente se estrechó cada vez más en torno a los espíritus libres y fueron nulas las posibilidades de resistir individualmente a esa especie de Goliat portaesvásticas en que se convirtió la nación entera.

Detrás de las aclamaciones de júbilo al paso de escuadras de jóvenes uniformados, tras el obligatorio saludo a la romana -cualquiera que se abstuviera de alzar el brazo en público recibía una paliza-, oculto bajo la fanfarria militar, se escondía o bien la necedad de un pueblo sin conciencia, machacado por la ideología, o bien el miedo. De súbito, el denominado “pueblo de los poetas y los pensadores” dejó de serlo, pues tanto poetas y pensadores acabaron en los campos de concentración o huyendo al extranjero. “La cultura descendió de golpe hasta niveles ínfimos”, sofocada por el hervidero de consignas, por los discursos de los ideólogos; de pronto, dejó de producirse “algo que mereciera la pena”.

Moralmente, la nación entera se desquició, y no sólo cuantos fueron señalados como víctimas; también quienes se unieron a los nazis, bien por cortedad, mero oportunismo o, simplemente, para salvar la vida, cayeron en una espiral de terror y chantaje emocional, y cuando quisieron salir de ella ya no lo lograron: Hitler y sus centuriones, pero también la gran mayoría de sus conciudadanos, los succionaron hacia un atroz vórtice de dominio. Así, por pura inconsciencia, muchas personas se vieron convertidas en cómplices del gran crimen contra la humanidad perpetrado por Alemania. Y es que, constata Haffner, para los ciudadanos “normales” fue más cómodo dejarse trastornar por aquel régimen extremadamente nacionalista, populista y racista que oponer resistencia; no en vano, se imponía en toda la nación aquel carácter general que era el denominador común de una gran parte de los alemanes de la época: falta de coraje civil, “instinto de rebaño” (en palabras de Nietzsche) y, sobre todo, una marcada incapacidad sustancial de disfrutar de una vida de sosiego y felicidad individuales; nada temía más el burgués medio que “el vacío y el aburrimiento”; así, el horror vacui junto a la estupidez y los difusos deseos de “salvación” lo enjaezaron de tal forma que se convirtió en presa fácil de las ideologías de todo cuño.

Entreverada con tales ideas y reflexiones acaso un tanto generales pero que dan en el clavo, Haffner narra, además, en su impresionante documento -magníficamente traducido al castellano- una tibia historia de amor: la del narrador y una muchacha judía, acaso el trasunto literario de la mujer que lo seguiría a Inglaterra y que más tarde sería su primera esposa: Erika Hirsch. Asimismo, relata el avatar de su mejor amigo, también de origen semita, jurista como él, y ya sin la más mínima posibilidad de vivir con normalidad en Alemania, donde bajo los auspicios de la nueva barbarie legal se ordenaba al pueblo que diese rienda suelta a su ancestral antisemitismo.

Con el nacionalsocialismo, entraron en vigor nuevas leyes que excluían a los funcionarios judíos de la Administración y ordenaban a los “arios” boicotear todo negocio regentado por judíos e incluso a los profesionales autónomos como médicos o abogados pertenecientes a aquella “raza maldita”. Miles de familias judías se vieron, pues, de la noche a la mañana sin posibilidades de subsistencia, y escasos fueron los “arios” que se atrevieron a desobedecer las órdenes recibidas.

La época Stresemann


«Había comenzado la única época de paz que ha vivido mi generación en Alemania: un periodo de seis años comprendidos entre 1924 y 1929, en el que Stresemann dominó la política alemana desde la cartera de Exteriores: “La época de Stresemann” (…) De repente la política dejó de ser una razón por la cual tirarse los trastos a la cabeza. Aproximadamente a partir de 1926 no hubo absolutamente nada digno de ser discutido (…) Sin embargo, en aquel momento sucedió algo extraño: (…) resultó que toda una generación de alemanes no supo qué hacer con un regalo consistente en gozar de una vida privada en libertad. Alrededor de veinte generaciones de niños y jóvenes alemanes habían estado acostumbrados a que el ámbito de lo público les suministrara gratis, por así decirlo, todo el contenido de sus vidas, la esencia de sus emociones más profundas, del amor y del odio, del júbilo y de la tristeza, pero también de todos los hechos sensacionales y cualquier estado de excitación, aunque vinieran acompañados de pobreza, hambre, muerte, confusión y peligro».

La época Stresemann constituyó el segundo momento, en esta ocasión más prolongado, de la estabilidad que vivieron los alemanes tras los sucesos de 1914. Sin embargo, bajo esta superficie aparentemente en calma se mantenía un sustrato peligroso, cuyas características no dejaban de resultar sorprendentemente parecidas a las de la Gran Guerra, el putsch de Kapp, o la intentona muniquesa de Hitler.

En su opinión, toda una generación de alemanes acostumbrados a las emociones de la última década, no fue capaz de adaptarse y aceptar la normalidad impuesta por Stresemann.

El fin de la crisis.

«Entonces ocurrió algo extraño. Un día empezó a propagarse el increíble cuento de que pronto volvería a haber dinero “de valor constante” y al poco tiempo el rumor se hizo realidad (…) Unas semanas antes Stresemann se había convertido en canciller. La política se volvió mucho más tranquila de repente. Nadie hablaba ya de la caída del Reich. Las “agrupaciones” se retiraron a regañadientes a una especie de hibernación (…) Los redentores se esfumaron de las ciudades (…) Los directores de banco de veintiún años tuvieron que volver a buscar plazas como auxiliares y los alumnos de último curso tuvieron que volver a conformarse con su paga de veinte francos (…) El aire estaba impregnado de un ambiente de resaca, pero también de cierto alivio».

Tras la locura de 1923, Alemania volvió a la calma. Todas y cada una de las extravagancias, dificultades e incoherencias que habían marcado el llamado “año inhumano” fueron desapareciendo: la inflación, el problema diplomático con Francia, la vuelta de las agrupaciones políticas, la aparición de los líderes apocalípticos, las crisis políticas y territoriales, la inversión de los roles, la pasión por la juventud…

La crisis y sus múltiples manifestaciones se esfumaron; incluso ya no se oían rumores. La tranquilidad llegó a Alemania de la mano de Stresemann. Sin embargo, 1923 dejó plantada en la conciencia de los alemanes una peligrosa semilla de rencor: la certeza de que la República fue la responsable de todas las desgracias.

La fiebre por el deporte.

«Uno de estos presagios, malinterpretado en extremo e incluso fomentado y elogiado públicamente, fue la obsesión por el deporte que se adueñó de la juventud alemana en aquella época (…) Asistía a cualquier acontecimiento deportivo, conocía a todos los corredores y la mejor marca de cada uno, por no hablar de la lista de récords alemanes y mundiales, que habría sido capaz de recitar en sueños. La información deportiva desempeñaba el papel que diez años atrás habían representado los partes de guerra (…) No se les ocurrió que aquello era simplemente una forma de practicar y mantener vivo el encanto del juego de la guerra y la antigua representación del gran combate emocionante entre naciones, y que en modo alguno se “liberaban” “instintos bélicos”. No fueron conscientes de la conexión entre ambos hechos ni tampoco de la recaída».

Mientras todos estos acontecimientos se sucedían en la vida política alemana, la que Haffner llama “generación de los nazis” iba creciendo. Aquellos que de niños participaron en el juego de la guerra, y que de adolescentes sufrieron en sus propias carnes –para bien o para mal- la locura del “año inhumano”, se enfrentaron de pronto con un nuevo reto: el deporte.

Las competiciones deportivas se convirtieron en el sustitutivo de aquel entusiasmo que había embargado a los jóvenes en 1914 y 1923. En definitiva, dejando vivo el germen del belicismo, la República desaprovechó, una vez más, la oportunidad de formar una generación verdaderamente republicana.

El regreso a la inseguridad.

«Al día siguiente los periódicos traían este titular: “Stresemann +”. Nosotros al leerlos notamos un gélido sobresalto. ¿Quién iba a dominar a las bestias a partir de ahora? (…) Insultos en las columnas de los anuncios; uniformes diarreicos en las calles y rostros molestos ante ellos por primera vez; los silbidos y el traqueteo de una música marcial estridente y ordinaria. En la Administración, desconcierto; en el Reichstag, alboroto; los periódicos llenos de información sobre una crisis de Gobierno lenta e inacabable».

La desaparición de Stresemann marcó el inicio de una nueva etapa de convulsiones para Alemania. Tal vez Haffner exagera un poco al atribuir a la muerte de este político casi todo el peso de la “vuelta a la inseguridad”; sin embargo, no cabe duda de que este hecho tuvo su peso a la hora de iniciarse la crisis. Fue este un largo proceso de deterioro del sistema parlamentario alemán que culminó en 1933 con el ascenso de Hitler a la cancillería.

Pero, especialmente, fue un periodo de grandes cambios en la vida diaria de los alemanes. La crisis económica, el desempleo, la reaparición de las agrupaciones políticas, y la falta de reacción por parte de los sucesivos gobiernos fueron algunos de los rasgos que marcaron esos tres años de convulsiones.

Bibliografía:

[1] Historia de un alemán; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2005.

[2] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[3] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[4] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[5] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[6] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[7] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

[8] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[9] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[10] El desempleo de masas en la Gran Depresión. Palabras, imágenes y sonidos; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 2006.

El conde Brockdorff-Rantzau:el papel de la aristocracia prusiana


“Brockdorff-Rantzau, un hombre tan orgulloso de su nobleza que incluso menospreciaba a la familia Brockdorff y utilizaba sólo su segundo apellido, de más antiguo abolengo; era tan soberbio que no diferenciaba entre bolcheviques y burgueses capitalistas”.

Dos hombres jugaron un importante papel en las relaciones germano-soviéticas a lo largo de esos años: Georgy Chicherin, ministro de asuntos exteriores ruso, y el conde Ulrich von Brockdorff-Rantzau, embajador alemán en Moscú. Sebastián Haffner dedica varios párrafos de este capítulo al segundo de ellos. En el fondo, lo que trata de hacernos ver el autor es el buen entendimiento entre la aristocracia alemana y los bolcheviques; relación que se rastrea desde el inicio de la Revolución Soviética, prolongándose hasta el ascenso de Adolf Hitler.

Para argumentar esta postura, no sólo se recurre en la obra al embajador en Moscú, sino también a Hans von Seeckt –padrino de la colaboración militar- y Maltzan –artífice de Rapallo-. Además, como contrapunto, se cita el nombre de Gustav Stresemann como liberal con prejuicios antibolcheviques.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[3] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[4] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.