La crisis de la República de Weimar


La gran crisis económica de 1929 abrió en Alemania una nueva etapa de dificultades políticas y sociales.

La repatriación masiva de capitales norteamericanos produjo la quiebra de bancos e industrias, un elevado número de parados (6 millones en 1932) y el empobrecimiento de amplias capas de la población.

La República de Weimar perdió a lo largo de esos años el escaso crédito popular que le quedaba, al tiempo que renacían los fantasmas de la posguerra. En las elecciones de 1932, los partidos de la Coalición de Weimar se hundieron, mientras que los nacionalsocialistas y los comunistas (KPD) se convertían en los grupos mayoritarios. En definitiva, los partidos antisistema ocupaban la mayor parte de los escaños del Reichstag.

 

A pesar del gran avance de los nazis, el Presidente de la República, el mariscal Hindenburg, se opuso, en un primer momento, a la designación de Hitler como canciller.
Sin embargo, las presiones de sus consejeros, del ejército, de la gran industria, así como el riesgo de un golpe de Estado acabaron con su oposición, nombrando a Hitler canciller el 30 de enero de 1933.

Este, como Mussolini, formó un gobierno de coalición con sólo dos ministros del NSDAP.
En pocos meses Hitler destruyó las instituciones de la República de Weimar.

Aprovechando el incendio del Reichstag, declaró fuera de la ley al Partido Comunista Alemán (KPD) y a los grupos de izquierda.

Además, aprovechando el artículo 48 de la Constitución de Weimar, obtuvo del Presidente un decreto por el que se declaraba el estado de emergencia. Los derechos y las libertades individuales quedaron suspendidas.

La República de Weimar


Entre los nacionalistas alemanes se difundió la idea de la responsabilidad de los socialistas y judíos en la revolución que favoreció la rendición alemana. Asimismo, consideraban el Tratado de Versalles un diktak (imposición).

De esta mentalidad surgiría el revanchismo alemán contra la democracias, que afectó en primer lugar a la suya.

La dureza de la crisis (1920-1923)

En julio de 1919 se elaboró, en la ciudad de Weimar, la nueva constitución que convertía a Alemania en un República federal (con autonomía de los länders) y presidencialista. Además, se aprobaba el sufragio universal, que incluía el femenino.

Sin embargo, el sistema electoral impedía la formación de mayorías parlamentarias.

El problema político de Alemania era la aceptación de las nuevas fronteras y el pago de las reparaciones de guerra. Esta situación se agravó en 1923 a causa de:

  • La ocupación del Ruhr por los franceses ante el impago de las reparaciones por parte de Alemania. Provocó una fuerte inflación que dejó a los sectores populares sin capacidad de compra.
  • Los intentos separatistas de Renania y Baviera, el malestar entre los militares y la crisis social por la difícil incorporación de los excombatientes a la vida civil.
En este contexto, se sucedieron intentonas golpistas por parte de la extrema derecha desde 1920: del general Lütwitz en Berlín (1920) y de Hitler en Munich (1923).

Los apoyos políticos entre 1923-1929

La República se apoyó durante sus dos primeros años en el SPD y en el Zentrum, organización de centro-derecha. En 1923 eligió como presidente del Gobierno y ministro de Asuntos Exteriores a Gustav Stresemann, del Partido Popular alemán, formación conservadora y democrática.

Así, se consiguió un Gobierno de gran coalición que obtuvo cierta estabilidad. Sus objetivos fueron normalizar las relaciones con Francia y equilibrar la situación económica y monetaria. De ahí surgió el Plan Dawes pactado entre los vencedores y Alemania que redujo las reparaciones y suavizó los plazos para pagarlas. Comenzó la recuperación económica alemana que permitió reducir el paro.

En este ambiente de entendimiento franco-alemán surgieron, a su vez, los acuerdos de Locarno. El pacto de Locarno (1925), cuyos artífices fueron Stresemann y Briand, buscaba fijar las fronteras de Europa:

  • Alemania reconoció la pérdida de Alsacia y de Lorena.
  • Francia se retiró de la cuenca del Ruhr.
  • Se flexibilizaron las reparaciones de guerra alemanas.
  • Se admitió a Alemania en la Sociedad de Naciones.
Quedaba un asunto pendiente: la aceptación por parte de Alemania de las fronteras orientales.

Locarno serenó los ánimos y empujó una cierta recuperación económica europea.

Además, tanto Francia como Alemania se comprometían a someter a un tribunal de Justicia Internacional aquellos litigios que no pudieran resolver de forma amistosa. El complemento de Locarno fue el proyecto de paz duradera: el pacto Briand-Kellog, mediante el cual los firmantes renunciaban y condenaban la guerra. Lo firmaron 65 naciones, entre ellas Alemania.

El fin de la República de Weimar (1929-1933)

La muerte de G. Stresemann (1929) se produjo en el peor momento, justo cuando comenzaban los efectos de la depresión del 29 y la consiguiente radicalización política. Cayó la producción, huyeron los capitales extranjeros, se devaluó la moneda, se disparó la inflación y volvió el desempleo en toda su crudeza.

En 1928 el NSDAP sólo consiguió el 2,6% de los votos, mientras que en 1930 ya alcanzaba el 18% y en julio de 1932 el 37,3%, siendo la fuerza más votada. Finalmente, en marzo de 1933, siendo ya Hitler canciller, alcanzó el 43,9%. Aunque más lentamente, también creció el KPD: 10,6% en 1928, 14,3% en 1930 y 16,9% en julio de 1932.

Al mismo tiempo, se producía la caída de los partidos moderados de centro (liberales, populares y Zentrum) y de izquierda (SPD).

La autosugestión de la sociedad

La autosugestión era un elemento crucial en el proceso de condicionamiento totalitario. La adaptación a las formas de conducta exigidas se producían a menudo como anticipación de las órdenes oficiales, más que como consecuencia de ellas. Mientras el castigo aplicado a los delitos no estaba definido como tal por las leyes, ocurría que, en apariencia, los ciudadanos obedecían los mandatos del estado por su propia voluntad, pues lo que determinaba inmediatamente su conducto no era la promulgación de ninguna ukase sino su sensación de inquietud. Esta progresiva limitación de la autonomía individual podía imponerse con notable facilidad en una sociedad en una sociedad en la cual la propia estimación del individuo no deriva tanto de la sensación de libertad como de su función profesional o de su papel dentro de la familia. Este hecho contribuye también a explicar la preferencia de la nación por un buen gobierno (es decir: un gobierno eficaz) antes que por el autogobierno. Se daba, además, una carencia de anticuerpos capaces de resistir el contagio de la ideología nazi. La oposición habría necesitado una contra-ideología viable, más allá de la simple no aceptación de la doctrina corrientemente impuesta. Pero los recuerdos de la debacle republicana pesaban obsesivamente sobre todas las opiniones políticas; ni siquiera los socialdemócratas, situados ahora en la ilegalidad, se planteaban un retorno a los mecanismos de Weimar después de la eventual desaparición de Hitler.

Richard Grunberger, Historia social del III Reich, p. 34.

El ineludible final de la República de Weimar

Aun negando al III Reich el carácter de ineludible que a veces se le atribuye, es difícil dejar de considerar ineludible el fin de la República de Weimar. La inmadurez política del pueblo alemán (especialmente de la élite), la deformación del sistema social y el mal funcionamiento de la economía se unieron para dar lugar a su colapso. Pero la forma concreta que tomó este colapso no estaba en modo alguno predeterminada. En Alemania (donde, por cierto, los verdugos desempeñaban su función con sombrero de copa y levita), los verdugos de la democracia hubieran podido llevar igualmente galones dorados que camisas pardas, pues los minoritarios gobiernos republicanos de 1932 se vieron ante la alternativa de instaurar una rígida dictadura presidencial apoyada por las armas o someterse al movimiento nazi, de amplio apoyo popular.

La vía adoptada el 30 de enero de 1933 (el día de la llamada «toma del poder») era, de hecho, la más democrática, por absurdo que esto pueda parecer. Aunque Hitler no pudo dar a Alemania el anunciado Milenio, la arrastró a pesar de sus débiles protestas, a la era de las masas.

Richard Grunberger, Historia social del Tercer Reich, p. 26.

La doble vida en la Alemania nazi

Tercer_ReichArtículo de Cristina Losada -resumen de Alemania: Jekill y Hyde– publicado por La ilustración Liberal en julio de 2005.

Sebastian Haffner termina de escribir este libro en abril de 1940, ocho meses después del ataque de Hitler a Polonia que marca el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Como informa su primer editor, se imprime antes de que los nazis invadieran los Países Bajos. Antes también de que Churchill se hiciera cargo de la jefatura del Gobierno británico, cosa que ocurriría en mayo, tras la ocupación de Holanda y Bélgica, lo que conferiría más claridad y determinación a la dirección de la guerra, algo que Haffner echa de menos en las potencias occidentales en el momento en que escribe.

El autor, que ha huido de Alemania en 1938, siendo una víctima aria del nazismo, está refugiado en Inglaterra. Su objetivo es suministrar a la propaganda británica y francesa datos tan útiles como los que las fotos aéreas de la línea Sigfrido proporcionan a la artillería aliada. Por propaganda entiende algo más que las octavillas y emisiones radiofónicas. Haffner tiene claro que en las guerras modernas el aspecto militar es, al menos, tan importante como la guerra psicológica. Hay que convencer a la gente de la necesidad de luchar, de la causa por la que se lucha. Hay que desarmar intelectualmente al enemigo. Y a esa labor deben coadyuvar las palabras, los gestos y los propios acontecimientos militares.

El análisis en que sustentará sus recomendaciones se divide en los siguientes tramos: Hitler, los dirigentes nazis, los nazis, la población leal, la población desleal, la oposición y los emigrantes. La suya es una visión desde dentro, tal y como reza el subtítulo del libro. Y da respuesta a la pregunta que surge invariablemente cuando se trata el ascenso del nazismo: ¿cómo fue posible que un pueblo como el alemán cayera en las garras de una pandilla de rufianes como los nazis?

De entrada, desmonta las ideas convencionales acerca de Hitler. Es un error, dice, tratar de entenderlo como “un tender acoplado a la locomotora de una idea o de un movimiento”. Hitler no se siente vinculado a los objetivos que anuncia. La única idea consistente que se oculta tras la política de Hitler es Hitler. Y más útil resulta juzgarle “considerando la historia alemana y europea como parte de su vida privada”.

Eso sí, “fue una casualidad trágica para todo el mundo que la miseria personal de Hitler coincidiera con la miseria alemana en el año 1919”. Alemania, como aquel hombre hundido en la escoria, no reaccionó ante la derrota afrontándola, buscando sus propios errores y rectificando, sino con exasperación, terquedad y odio. Y puede decirse que Hitler es Alemania “en el sentido de que responde a la idea alemana de un poderoso, articula la exasperación alemana y satisface cierta tendencia de los alemanes a lo teatral”.

El autor, que está convencido de que los dirigentes nazis y el régimen nazi no sobrevivirían sin Hitler, prevé ya que el Führer se suicidará “cuando se acabe el juego”. Pues “posee exactamente el valor y la cobardía necesarios para un suicidio por desesperación”.

¿Quiénes son los nazis? La actitud hacia los judíos es el rasgo inconfundible. Y señala un aspecto sobre el que volverá en Historia de un alemán: el objetivo principal del antisemitismo es ser una “señal oculta y de secreto vinculante”, como un asesinato ritual permanente, y anular la conciencia de la segunda generación de nazis.

El autor esboza el retrato, que redondeará en la Historia, de la primera generación de nazis. La que vivió la Gran Guerra como un espectacular acontecimiento deportivo. La que carecía de talento y aptitud para la vida privada y la felicidad personal. La juventud “sin formación y sin ganas de aprender, [que] rechazaba como ridículo e insignificante todo lo que suponía un esfuerzo y era demasiado refinado para su paladar, acostumbrado a una dieta monótona”.

Una juventud, en fin, para la que iba a ser una satisfacción “poder pisarle el cuello a ese extraño mundo del espíritu, la civilización, la burguesía”, acabar con la familia, con los frailes, con los judíos… Para esa generación, con el gran juego de la guerra, la vida volvía a tener sentido.

La segunda generación está formada por hombres a los que se ha extirpado la conciencia, la inteligencia y el alma sin necesidad ya de un pretexto ideológico. Es gente para la que el asesinato, la tortura y la destrucción no suponen “el caos voluptuoso”, sino “el nuevo orden”. Una generación que juzga muy semejante a la segunda generación bolchevique. “En muchos sentidos, Rusia es hoy ya nazi”.

Pero, ¿a qué viene lo de Jeckyll y Hyde? El acertijo que Alemania plantea al mundo, dice, es éste: viven allí millones de personas normales y civilizadas, honradas y amables, y se cometen atrocidades con su consentimiento y, siempre, sin su expresa desaprobación. Es la doble personalidad de la población leal al régimen. Aunque se queja y sufre, quiere la continuidad de los nazis. Son los devotos del Kaiser y el Reich que no admiten que se ha producido un cambio esencial con el desembarco de los nazis.

Haffner examina la propaganda nazi: nadie la cree, pero es efectiva. Genera imágenes y asociaciones imaginarias que ocultan la realidad. No pretende convencer, sino impresionar. No apela a la razón, sino a los sentimientos y la fantasía. Y ello encuentra terreno abonado en el poco desarrollado sentido de la realidad que poseen los alemanes leales. Y en su “apoliticismo”.

El patriotismo de los leales, que les lleva a coincidir con las proclamas de los nazis, no es amor a la patria sino obsesión por ella. Una obsesión que no han creado los nazis: ella ha creado a los nazis. Haffner investiga la leyenda histórica del Reich y concluye que los nazis encajaron a la perfección en la misma. Mientras que la República de Weimar no pudo gobernar “contra ese monstruo asesino [que] seguía moviéndose (…) hacia una nueva guerra y hacia nuevos pillajes”.

¿Y la otra mitad, la población desleal, que desea la derrota y el castigo de los nazis? También debe llevar una doble vida. Se encuentra indefensa, desorganizada y desesperada. Parte de la responsabilidad es de las potencias occidentales, que han hecho más por desmoralizarla –el Acuerdo de Munich de 1938– que por animarla. Frente a quienes creen que son cobardes por no rebelarse, Haffner señala que todos los días hay individuos heroicos que se sacrifican. Pero el régimen ha desarrollado un mecanismo que imposibilita una rebelión masiva. A los desleales sólo les queda la vida privada, el pequeño círculo de amigos. Y aún así. Cada persona está aislada y vigilada. La parte del pueblo hostil a los nazis no ve ninguna posibilidad de derrocarlos. Y prefiere emigrar antes que hacer la revolución.

El autor critica acerbamente la política de las potencias occidentales hacia los emigrantes alemanes y los refugiados judíos. El cierre de puertas a unos y otros hizo que los alemanes perdieran la confianza en el mundo occidental. Hay en Alemania, dice, quienes, “cuando son pisoteados por los hombres de las SS en Buchenwald, al menos mueren con la tranquilidad de tener en regla los papeles con los que podrían haber viajado al país de la libertad en 1942 o 1943… de haber sobrevivido”.

Haffner concluye este libro, escrito con sentido de urgencia, de impecable factura literaria, advirtiendo del peligro de las actitudes apaciguadores y de compromiso que detecta en Inglaterra y Francia. Sólo hay un camino: eliminar el régimen y castigar a los nazis por sus crímenes. Y acabar con el Reich”.

La Transformación Sociocultural


«Preguntaba con gran ingenuidad por bares y cabarés cerrados hacía tiempo, por actores que habían dejado de existir. Por supuesto que había leído muchas cosas en los periódicos, pero la realidad era muy distinta entonces, tal vez menos sensacionalista, pero mucho más difícil de entender y más dura de soportar. Las banderas con la cruz gamada estaban por todas partes, al igual que los uniformes pardos, de los que no era posible escapar: en el autobús, en el café, en la calle, en el Tiergarten, se extendían por doquier como un ejército de ocupación. El ruido constante de tambores, la música marcial día y noche… era extraño, Teddy seguía aguzando el oído y preguntaba qué era lo que estaba ocurriendo (…) Además estaban los carteles rojos que anunciaban ejecuciones y aparecían casi todas las mañanas pegados en las columnas junto a los del cine y los restaurantes de verano…»

En la labor de transformación sociocultural llevada a cabo por los nacionalsocialistas podemos distinguir dos fases. La primera consistió en la destrucción de las bases del sistema de Weimar. La otra buscó construir sobre esas ruinas, en expandir la ideología del nuevo régimen. De esta manera, se trató de fomentar la aceptación, por parte del pueblo, de la cultura del NSDAP. Un imaginario basado en el espíritu de sacrificio, el heroísmo, el mito germánico y el neoclasicismo.

Las asociaciones profesionales.

«A la mañana siguiente el periódico trajo este titular: “Convivencias para pasantes”. Todos los pasantes que estuviesen preparando el segundo examen de Estado serían convocados una vez concluida la parte escrita para asistir a unos encuentros en los cuales, además de realizar entrenamientos militares y mantener una sana convivencia, recibirían una formación ideológica y se prepararían para hacer frente a su futuro como jueces de la nación alemana».

Con el fin de ampliar su control sobre la sociedad alemana el régimen nacionalsocialista estableció que todos los trabajadores del Reich debían suscribirse a asociaciones profesionales. Estas, realmente, dependían del partido: eran correas de transmisión entre el NSDAP y la sociedad.

Mediante la agrupación de los miembros de cada profesión en organizaciones de trabajadores, se lograba adoctrinarles de una manera más sencilla. El ejemplo que Sebastian Haffner nos narra en el fragmento anterior es tan solo un ejemplo de ese interés del Estado por formar ideológicamente a sus trabajadores.

La depuración en el funcionariado.

«Los campos de concentración ya se habían convertido en instituciones y todos estábamos invitados a acostumbrarnos a esta nueva situación y a cuidar nuestro lenguaje. La “unificación”, es decir, la designación de nazis para que ocupasen todos los puestos dentro de las diversas autoridades, administraciones locales, grandes negocios, juntas directivas de clubes y asociaciones, continuó (…) se llevaba a cabo de forma sistemática y casi meticulosa y ordenada a través de leyes y disposiciones, y no mediante “acciones aisladas” salvajes e imprevisibles. La revolución adquirió un carácter funcionarial».

Pronto afectó el proceso de depuración, tanto por razones étnicas como ideológicas, a la administración pública alemana. Aquellos que se consideraban peligrosos para el régimen eran relevados de sus cargos, que rápidamente se ocupaban con simpatizantes del partido. De esta manera, en un breve periodo de tiempo, ser nacionalsocialista se convirtió en una tarjeta de presentación imprescindible para ser funcionario público.

Ya en 1933, Haffner nos habla de la exclusión de los judíos de las funciones públicas y del rápido ascenso de los miembros del partido dentro de la administración. La revolución, tal como indica en el fragmento reproducido anteriormente, adquirió un carácter funcionarial. Es decir, en muchos casos eran esos miles de funcionarios los que, desde la más estricta legalidad -dentro del aparato estatal-, llevaban a cabo las acciones revolucionarias.

La depuración cultural.

«El mundo en el que había vivido iba desvaneciéndose, desaparecía, iba haciéndose invisible día a día de forma evidente y en medio de un silencio absoluto. Casi a diario podía notarse cómo desaparecía y se hundía un fragmento más de ese mundo (…) Las personas cuyos nombres habían estado en boca de todos, cuyos libros habíamos leído y cuyos discursos habíamos comentado se esfumaron (…) a partir de entonces los libros desaparecieron de las librerías y de las bibliotecas (…) Numerosos periódicos y revistas desaparecieron de los quioscos, pero mucho más inquietante fue lo que ocurrió con los que permanecieron».

Desde el mismo momento de su ascensión al poder, Hitler puso especial interés en depurar la cultura alemana, en eliminar el arte “degenerado” surgido durante la etapa de Weimar. De esta manera, se procedió a la rápida y eficaz tarea de desprestigiar a estos autores y eliminar sus obras. No obstante, los esfuerzos de los nazis no se detuvieron ahí. Tras el triunfo de la destrucción cultural, le llegó el turno a la creación de la nueva cultura: la nacionalsocialista.

En su obra, Sebastian Haffner describe esta sustitución de la famosa cultura de Weimar y la aparición de la nazi de diversas maneras. El fragmento anterior refleja muy bien como percibió el intelectual alemán estos cambios: el mundo en el que había vivido se iba desvaneciendo, poco a poco, con pequeñas “desapariciones” diarias.

Bibliografía:

[1] Historia de un alemán; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2005.

[2] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[3] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[4] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[5] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[6] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[7] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

[8] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[9] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[10] El desempleo de masas en la Gran Depresión. Palabras, imágenes y sonidos; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 2006.

La revolución legal


«Por la mañana el titular rezó: “El presidente del Reich convoca a Hitler”, lo cual hizo que sintiéramos cierto enojo nervioso e impotente (…) Alrededor de las cinco llegaron los diarios vespertinos: “Constituido el gabinete de concentración nacional: Hitler es nombrado canciller del Reich” (…) ¿En qué consiste una revolución? Los expertos en Derecho político afirman lo siguiente: una revolución consiste en alterar una Constitución a través de medios no previstos por ella. Si nos atenemos a una definición tan escueta, la “revolución” nazi de marzo de 1933 no fue tal, pues todo transcurrió dentro de la más estricta “legalidad”, a través de los medios que sí estaban previstos por la Constitución».

En un principio nada había cambiado en Alemania, el nuevo gobierno no era más que la cuarta experiencia del régimen presidencialista. Además, a pesar de que Hitler era canciller, los nazis apenas ocupaban puestos relevantes en el nuevo ejecutivo: era más bien un gobierno de tipo conservador. Sin embargo, lentamente, se fue forjando la transformación de Alemania. Una serie de cambios operados dentro de la más estricta legalidad, que a la postre resultaron ser revolucionarios.

Sebastian Haffner nos relata, paso a paso, cómo se fue realizando esa transformación de Alemania. Cómo los nazis, utilizando los medios puestos a su disposición por la Constitución de Weimar, encaminaron a los alemanes por la senda de la revolución legal. Pero además, nos narra también sus impresiones sobre los hechos, y cómo estos afectaron a su vida. Describe la impotencia de los que veían lo que estaba sucediendo y no eran capaces de detenerlo; la frustración de aquellos que, sin éxito, trataban de hacer ver a muchos contemporáneos la gravedad de los acontecimientos.

El incendio del Reichstag.

«Han sido pocos los acontecimientos históricos actuales que “me he perdido” por completo, como el incendio del Reichstag (…) No fue hasta el día siguiente cuando leí en el periódico que el Reichstag estaba ardiendo. Hasta el mediodía no tuve noticias de las detenciones. Más o menos al mismo tiempo fue publicada la disposición de Hindenburg que anulaba la libertad de expresión y el secreto postal y telefónico de los ciudadanos y, a cambio, otorgaba a la policía pleno derecho a efectuar registros domiciliarios, incautaciones y arrestos».

El incendio del Reichstag, perpetrado teóricamente por un militante comunista, dio al gobierno de Hitler la excusa perfecta para avanzar de una manera rápida y efectiva en su tarea revolucionaria. De esta forma, gracias a las disposiciones de urgencia decretadas por el presidente del Reich, los nazis pudieron comenzar sus tareas de control y represión sobre la población y las agrupaciones socio-políticas.

En su obra, Sebastian Haffner hace especial hincapié en señalar que esos cambios –la falta de libertad de expresión, la supresión del secreto postal, los arrestos masivos…- no fueron acogidos con desagrado por parte de los alemanes. Es más, existía una opinión pública favorable. El incendio del Reichstag parecía justificar su aplicación. Así, una vez más –y no será la última-, nos encontramos con que este hombre, en lucha contra el Estado totalitario, se ve traicionado por la insolidaridad y la miopía de sus propios conciudadanos.

La «traición» de los partidos.

«…la traición cobarde de los dirigentes de todos los partidos y organizaciones en quienes confió el cincuenta y seis por ciento de los alemanes que votó contra los nazis el 5 de marzo de 1933 (…) La traición fue total, generalizada y sin excepción, desde la izquierda hasta la derecha».

El fracaso electoral del partido nacionalsocialista en las elecciones de marzo de 1933 pareció frenar momentáneamente las aspiraciones de Adolf Hitler. Sin embargo, lejos de detenerse ante semejante revés, el canciller alemán ensayó vías alternativas para hacerse con la mayoría del Reichstag y lograr así que este aprobase la ley de plenos poderes. Finalmente, mediante habilidosas maniobras, el partido nacionalsocialista logró maniatar a las demás formaciones políticas. Estas tuvieron que elegir entre votar a favor de nueva ley o abandonar el parlamento.

Surge así el reproche de Sebastian Haffner a los estadistas del momento: habla de la traición de los políticos. El día de Potsdam, la sumisión del Zentrum, la prohibición y persecución del KPD y del SPD… fueron acontecimientos vistos con mirada muy crítica por parte del autor. Afirma que los votantes de estos partidos, más de la mitad de los alemanes, se sintieron traicionados por sus dirigentes. Se encontraron de pronto sin una dirección política clara -una “bandera”- con la que oponerse eficazmente a Hitler. Eso explicaría que muchos de ellos pasaran a engrosar las filas del nacionalsocialismo

La «traición» de las agrupaciones paramilitares.

«Las agrupaciones políticas actuaron igual que los partidos (…) En ningún momento se notó la influencia de este Reichsbanner, nada en absoluto. Desapareció sin dejar rastro, como si jamás hubiera existido (…) El Stahlhelm, las fuerzas paramilitares de los nacionalistas alemanes, aceptó ser “unificado” primero y disuelto después».

En su tarea de suprimir todas las asociaciones paramilitares con el fin de consagrar el monopolio de la SA y las SS, los nacionalsocialistas apenas encontraron oposición. Los preparativos, las horas de entrenamiento y de concienciación, los esfuerzos por formar grupos armados capaces de controlar la calle… todo resultó ser vano. Las agrupaciones políticas, en contra de lo esperado, se disolvieron sin resistencia.

Este hecho sorprende poderosamente al autor, que no entiende cómo fue posible semejante desbandada. No obstante, a modo de explicación, trata de establecer una similitud y conexión entre la traición de los partidos y la de las agrupaciones paramilitares. Al fin y al cabo, las segundas dependían de la dirección de las primeras. Como consecuencia, muchos miembros de los grupos disueltos pasaron a formar parte de las asociaciones nazis.

Bibliografía:

[1] Historia de un alemán; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2005.

[2] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[3] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[4] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[5] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[6] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[7] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

[8] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[9] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[10] El desempleo de masas en la Gran Depresión. Palabras, imágenes y sonidos; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 2006.

El fin del sistema de Weimar


«Hay pocas cosas más extrañas que la tranquilidad indiferente y engreída con la que nosotros, yo y mis semejantes, contemplamos el inicio de la revolución nazi en Alemania como si estuviéramos en el palco de un teatro, viendo un proceso cuyo objetivo, al fin y al cabo, era exactamente borrarnos de la faz de la tierra».

En este capítulo, Haffner aborda los prolegómenos de la revolución nacionalsocialista: los tres años de régimen presidencialista. Durante esta etapa, el presidente Paul von Hindenburg fue nombrando, de manera arbitraria, a los cancilleres del Reich. Esto marcó sin duda el principio del fin de la República, cuyas bases fueron desmontándose pieza a pieza.

En unas pocas páginas, se nos describe la etapa de Brüning en el poder. Éste hombre, aupado a la cancillería por el presidente Hindenburg –primer ensayo, el más duradero, de su experiencia presidencialista- resultó ser el único capaz de detener a Hitler en su camino hacia el poder. En definitiva, un personaje que, tratando de defender la República, la llevó a su final. Su destitución condujo a Alemania a una situación caótica que hacía inminente el asalto nacionalsocialista a la cancillería:

«Según tengo entendido el régimen de Brüning fue el primer estudio y, por así decirlo, el modelo de una forma de gobierno imitada desde entonces en muchos países de Europa: una semidictadura ejercida en nombre de la democracia como defensa frente a una dictadura auténtica (…) Brüning no tenía verdaderos seguidores. Se le “toleraba”. Representaba un mal menor (…) parecía ser el único escudo frente a Hitler».

El crecimiento nacionalsocialista.

«El 14 de septiembre de 1930 tuvieron lugar las elecciones al Reichstag en las que los nazis pasaron de ser un partido ridículo y escindidos a ocupar la segunda posición, de doce mandatos a ciento siete. A partir de ese día la figura que acaparó la atención de la época de Brüning ya no fue él mismo, sino Hitler. La pregunta ya no fue: ¿seguirá Brüning?, sino: ¿llegará Hitler?»

El periodo de inestabilidad atravesado por la República alemana facilitó el afloramiento de esas fuerzas antisistema que hasta el momento se habían mantenido, como sustrato -sin ser derrotadas del todo-, bajo la superficie de la aparente normalidad republicana. De esta manera, los sucesivos triunfos electorales del nacionalsocialismo a partir de 1930, no fueron más que el resultado de la buena gestión, por parte del partido nazi, de la crisis del sistema y de sus errores pasados.

Las consecuencias de este respaldo del electorado se hicieron notar rápidamente: las agrupaciones nacionalsocialistas se hicieron con las calles, el ambiente se torno enrarecido, y Hitler se convirtió en una posibilidad a tener en cuenta a la hora de formar gobierno, bien bajo un régimen parlamentario o bien bajo uno presidencialista, como a la postre resultó ser.

Von Papen y von Schleicher.

«En el verano de 1932 el ambiente se vició aún más. Después cayó Brüning de la noche a la mañana y sin motivo, y llegó el extraño interludio de Papen y Schleicher (…) Por entonces la República fue liquidada, la Constitución anulada, el Reichstag disuelto, reelegido, vuelto a disolver y vuelto a reelegir, los periódicos prohibidos, el Gobierno prusiano destituido, todos los puestos superiores de la Administración reasignados (…) los nazis ya habían ocupado las calles con sus uniformes, permitidos definitivamente, tiraban bombas, esbozaban listas de proscritos».

Los gobiernos de von Papen y von Schleicher constituyeron, como muy bien indica el autor, el último escalón en el proceso de supresión del orden republicano iniciado con Brüning. Haffner dedica pocos párrafos a estos dos personajes, a los que considera grises y poco significativos: antecedentes inmediatos de Hitler.

No obstante, se recrea más es describir el ambiente político y social de Alemania durante aquellos días: hace especial hincapié en mostrarnos como se vivió en las calles el inminente nombramiento de Hitler como canciller.

Bibliografía:

[1] Historia de un alemán; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2005.

[2] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[3] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[4] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[5] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[6] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[7] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

[8] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[9] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[10] El desempleo de masas en la Gran Depresión. Palabras, imágenes y sonidos; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 2006.

La época Stresemann


«Había comenzado la única época de paz que ha vivido mi generación en Alemania: un periodo de seis años comprendidos entre 1924 y 1929, en el que Stresemann dominó la política alemana desde la cartera de Exteriores: “La época de Stresemann” (…) De repente la política dejó de ser una razón por la cual tirarse los trastos a la cabeza. Aproximadamente a partir de 1926 no hubo absolutamente nada digno de ser discutido (…) Sin embargo, en aquel momento sucedió algo extraño: (…) resultó que toda una generación de alemanes no supo qué hacer con un regalo consistente en gozar de una vida privada en libertad. Alrededor de veinte generaciones de niños y jóvenes alemanes habían estado acostumbrados a que el ámbito de lo público les suministrara gratis, por así decirlo, todo el contenido de sus vidas, la esencia de sus emociones más profundas, del amor y del odio, del júbilo y de la tristeza, pero también de todos los hechos sensacionales y cualquier estado de excitación, aunque vinieran acompañados de pobreza, hambre, muerte, confusión y peligro».

La época Stresemann constituyó el segundo momento, en esta ocasión más prolongado, de la estabilidad que vivieron los alemanes tras los sucesos de 1914. Sin embargo, bajo esta superficie aparentemente en calma se mantenía un sustrato peligroso, cuyas características no dejaban de resultar sorprendentemente parecidas a las de la Gran Guerra, el putsch de Kapp, o la intentona muniquesa de Hitler.

En su opinión, toda una generación de alemanes acostumbrados a las emociones de la última década, no fue capaz de adaptarse y aceptar la normalidad impuesta por Stresemann.

El fin de la crisis.

«Entonces ocurrió algo extraño. Un día empezó a propagarse el increíble cuento de que pronto volvería a haber dinero “de valor constante” y al poco tiempo el rumor se hizo realidad (…) Unas semanas antes Stresemann se había convertido en canciller. La política se volvió mucho más tranquila de repente. Nadie hablaba ya de la caída del Reich. Las “agrupaciones” se retiraron a regañadientes a una especie de hibernación (…) Los redentores se esfumaron de las ciudades (…) Los directores de banco de veintiún años tuvieron que volver a buscar plazas como auxiliares y los alumnos de último curso tuvieron que volver a conformarse con su paga de veinte francos (…) El aire estaba impregnado de un ambiente de resaca, pero también de cierto alivio».

Tras la locura de 1923, Alemania volvió a la calma. Todas y cada una de las extravagancias, dificultades e incoherencias que habían marcado el llamado “año inhumano” fueron desapareciendo: la inflación, el problema diplomático con Francia, la vuelta de las agrupaciones políticas, la aparición de los líderes apocalípticos, las crisis políticas y territoriales, la inversión de los roles, la pasión por la juventud…

La crisis y sus múltiples manifestaciones se esfumaron; incluso ya no se oían rumores. La tranquilidad llegó a Alemania de la mano de Stresemann. Sin embargo, 1923 dejó plantada en la conciencia de los alemanes una peligrosa semilla de rencor: la certeza de que la República fue la responsable de todas las desgracias.

La fiebre por el deporte.

«Uno de estos presagios, malinterpretado en extremo e incluso fomentado y elogiado públicamente, fue la obsesión por el deporte que se adueñó de la juventud alemana en aquella época (…) Asistía a cualquier acontecimiento deportivo, conocía a todos los corredores y la mejor marca de cada uno, por no hablar de la lista de récords alemanes y mundiales, que habría sido capaz de recitar en sueños. La información deportiva desempeñaba el papel que diez años atrás habían representado los partes de guerra (…) No se les ocurrió que aquello era simplemente una forma de practicar y mantener vivo el encanto del juego de la guerra y la antigua representación del gran combate emocionante entre naciones, y que en modo alguno se “liberaban” “instintos bélicos”. No fueron conscientes de la conexión entre ambos hechos ni tampoco de la recaída».

Mientras todos estos acontecimientos se sucedían en la vida política alemana, la que Haffner llama “generación de los nazis” iba creciendo. Aquellos que de niños participaron en el juego de la guerra, y que de adolescentes sufrieron en sus propias carnes –para bien o para mal- la locura del “año inhumano”, se enfrentaron de pronto con un nuevo reto: el deporte.

Las competiciones deportivas se convirtieron en el sustitutivo de aquel entusiasmo que había embargado a los jóvenes en 1914 y 1923. En definitiva, dejando vivo el germen del belicismo, la República desaprovechó, una vez más, la oportunidad de formar una generación verdaderamente republicana.

El regreso a la inseguridad.

«Al día siguiente los periódicos traían este titular: “Stresemann +”. Nosotros al leerlos notamos un gélido sobresalto. ¿Quién iba a dominar a las bestias a partir de ahora? (…) Insultos en las columnas de los anuncios; uniformes diarreicos en las calles y rostros molestos ante ellos por primera vez; los silbidos y el traqueteo de una música marcial estridente y ordinaria. En la Administración, desconcierto; en el Reichstag, alboroto; los periódicos llenos de información sobre una crisis de Gobierno lenta e inacabable».

La desaparición de Stresemann marcó el inicio de una nueva etapa de convulsiones para Alemania. Tal vez Haffner exagera un poco al atribuir a la muerte de este político casi todo el peso de la “vuelta a la inseguridad”; sin embargo, no cabe duda de que este hecho tuvo su peso a la hora de iniciarse la crisis. Fue este un largo proceso de deterioro del sistema parlamentario alemán que culminó en 1933 con el ascenso de Hitler a la cancillería.

Pero, especialmente, fue un periodo de grandes cambios en la vida diaria de los alemanes. La crisis económica, el desempleo, la reaparición de las agrupaciones políticas, y la falta de reacción por parte de los sucesivos gobiernos fueron algunos de los rasgos que marcaron esos tres años de convulsiones.

Bibliografía:

[1] Historia de un alemán; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2005.

[2] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[3] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[4] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[5] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[6] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[7] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

[8] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[9] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[10] El desempleo de masas en la Gran Depresión. Palabras, imágenes y sonidos; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 2006.

La República de Weimar y la cooperación militar con la Unión Soviética


Continuando con nuestro estudio de las relaciones entre la Reichswehr y el Ejército Rojo, cabe plantearse otra pregunta: ¿cómo fue posible la colaboración, de manera tan estrecha y en los años veinte y treinta, de un régimen democrático con la Unión Soviética? Sorprende ver a una democracia tan avanzada en cuestiones constitucionales enrolada en semejante colaboración militar. Además, hay que tener en cuenta que el alemán era un estado que para sobrevivir había tenido que derrotar a los comunistas en su propio territorio.

¿Qué sucedió para que todo esto fuera posible? ¿Qué llevó a la República de Weimar a romper lo que de manera sincera pactado en Versalles? Realmente, tal como nos dice Sebastián Haffner, no paso nada. No fueron los políticos republicanos los que suscribieron semejantes acuerdos. Ellos firmaron, no sin cierto cargo de conciencia, los papeles de Rapallo, nada más. Fue el ejército el que se mostró partidario de la colaboración con la Unión Soviética. Y lo pudo hacer porque, gracias a las maniobras de Erich Ludendorff al término de la Gran Guerra, la Reichwerh era un estado dentro del propio estado. Veamos como explica esto el autor:

“…durante la República de Weimar, el ejército alemán fue un estado dentro de otro estado hasta tal punto que, protegido frente al Parlamento y el gobierno podía llevar a cabo su propia política: una empresa del calibre de la política militar en Rusia por parte de la Reichwehr no hubiera sido posible de forma totalmente independiente de la política general”.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[3] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[4] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.