Experiencia cómic 2018


Como sucedió durante el curso 2016-2017, el alumnado de Historia del Mundo Contemporáneo del IES Juan Martín el Empecinado ha vuelto a elaborar cómics de temática histórica este año. A ello dedicamos varias sesiones de los meses de mayo y junio. Si bien, por alguna de las temáticas tratadas, se descubrirá que algunos estudiantes decidieron adelantar el trabajo a finales de octubre.

El proyecto se desarrolló íntegramente en el aula, siendo el programa Comic Life nuestra principal herramienta. Previamente, los alumnos debían escoger uno de los temas propuestos, elaborar un guión y seleccionar las imágenes a incluir en las viñetas.

A continuación dejo una serie de enlaces que recogen, tanto la entrada publicada con motivo del proyecto de 2017, como los trabajos del alumnado de este curso:

Experiencia Cómic 2017
La independencia de los Estados Unidos
La Revolución Francesa
Napoleón Bonaparte
Benito Mussolini
El Putsch de Múnich
Pearl Harbor
Diario de Giosué, una historia del Holocausto

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Describe la evolución de la dictadura de Primo de Rivera, desde el Directorio militar al civil y su final


SEXAGÉSIMO SÉPTIMO ESTÁNDAR DEL TEMARIO QUE, DE ACUERDO CON LO ESTIPULADO POR LA CONSEJERÍA DE EDUCACIÓN DE CASTILLA Y LEÓN, PODRÁ SER OBJETO DE EXAMEN EN LA EBAU, ANTIGUA SELECTIVIDAD.

A mediados de septiembre de 1923, el capitán general de Cataluña, Miguel Primo de Rivera, lideró un golpe de Estado contra el gobierno constitucional, al que logró derribar sin apenas resistencia. Se inauguró entonces un régimen político con tintes regeneracionistas y similar al de otros regímenes autoritarios de la Europa de entreguerras; especialmente en lo relativo al intervencionismo estatal y el corporativismo. La dictadura de Primo de Rivera se presentó como un régimen temporal dirigido a solucionar, en un corto margen de tiempo, los principales problemas que padecía el país. Ahora bien, dentro del estatismo propio de unas estructuras autoritarias, el sistema evolucionó, siendo posible distinguir dos fases bien diferenciadas dentro del mismo: el Directorio Militar (1923-1925) y el Directorio Civil (1925-1930).

En la primera de esas dos etapas se disolvieron las Cortes y se decretó el estado de guerra, quedando en suspenso la Constitución de 1876. Además, se prohibieron las actividades de sindicatos y partidos políticos, al tiempo que se establecieron fuertes medidas represivas contra los grupos anarquistas, comunistas y nacionalistas. En lo relativo al gobierno local, los ayuntamientos quedaron disueltos, siendo sustituidos por las llamadas juntas de vocales asociados. Estos cargos, estrechamente vinculados al sistema caciquil propio de la Restauración, eran designados por los mayores contribuyentes del municipio.

Sin lugar a dudas el gran éxito de la dictadura en ese primer periodo fue la victoria en el conflicto marroquí, que comenzó a fraguarse en 1925 con el desembarco de Alhucemas. La ofensiva conjunta acordada entre España y Francia permitió someter a los rifeños liderados por Abd el-Krim, pacificando así el protectorado.

Precisamente ese año se inauguró la segunda fase de la dictadura, en la que un gobierno de carácter civil sustituyo al militar. Con esa medida, Miguel Primo de Rivera pretendía mantenerse en el poder durante un periodo de tiempo más largo y, a su vez, manifestaba su deseo de establecer un régimen político de corte autoritario siguiendo el modelo de la Italia de Mussolini. Con ese fin había fundado en 1924 la Unión Patriótica, un grupo político de derechas que, mediante la propaganda, debía lograr apoyo popular para la dictadura.

Primo de Rivera profundizó en la construcción de su proyecto político con la convocatoria de la Asamblea Nacional Consultiva en 1926. Este organismo, compuesto por representantes del Gobierno, la Administración del Estado y la Unión Patriótica, tenía como objetivo elaborar una nueva ley fundamental. Se trataba, al fin y al cabo, de una institución totalmente controlada por la dictadura y, por tanto, con escasa capacidad real de decisión.

A las cuestiones políticas hemos de añadir las de carácter económico y social. Sobre las primeras es importante señalar que España se aprovechó de la coyuntura expansiva del periodo que conocemos como los felices años veinte. Los objetivos económicos de la dictadura fueron, fundamentalmente, impulsar el desarrollo de la industria nacional a través de la concesión de ayudas y una marcada política proteccionista. Ese intervencionismo estatal en la economía culminó con el fomento de las obras públicas y la creación de monopolios de titularidad pública, de entre los que destacaron CAMPSA (Compañía Arrendataria del Monopolio de Petróleos) y la CTNE (Compañía Telefónica Nacional de España).

En el ámbito social hay que destacar que, en gran medida gracias a la represión ejercida por las fuerzas de orden público, la conflictividad obrera fue escasa. A esto también contribuyó de manera decisiva la legislación laboral y las políticas sociales iniciadas por una dictadura de claro corte paternalista. De hecho, las medidas de Primo de Rivera contaron con el apoyo de la UGT, el principal sindicato socialista.

Ahora bien, la dictadura fue perdiendo apoyos de manera progresiva a partir de 1926; especialmente, aunque pueda resultar paradójico, entre los militares. Esto se debió, fundamentalmente a la aprobación por parte del gobierno de la normativa que reformaba el procedimiento de ascenso por antigüedad. A esto hemos de añadir la oposición al régimen por parte de los intelectuales, periodistas y otros grupos sociales que, de manera mayoritaria, se adhirieron al republicanismo. De esta manera, ante la falta de apoyos y consciente de haber perdido la confianza del rey Alfonso XIII, Miguel Primo de Rivera presentó su dimisión en enero de 1930.

La aparición del nacionalsocialismo alemán


En 1919, el mecánico ferroviario Anton Dexler, fundó el Partido Obrero Alemán (DAP), al que pocos meses después se afilió Adolf Hitler. En 1920, ya bajo una notable influencia hitleriana, se aprobó el programa de 25 puntos del que pasó a denominarse Partido Obrero Nacional Socialista Alemán (NSDAP).

El programa del NSDAP abogaba, como el fascismo italiano, por un Estado nacional fuerte que suprimiese la lucha de clases mediante un socialismo nacional anticapitalista. Sin embargo, la idea clave del nacionalsocialismo era la preservación de la pureza racial y la eliminación de los enemigos de Alemania: Los socialistas (anticomunismo), los demócratas (antiparlamentarismo) y los judíos (antisemitismo).

Rechazaban con energía el Tratado de Versalles y perseguían la unión de todos los alemanes en una Gran Alemania dotada del espacio vital (lebensraum) necesario para su desarrollo.

Una vez fracasó el “putsch de la cervecería” (Münich, 1923), Hitler escribió en la cárcel su programa político: Mi Lucha (Mein Kampf).

A finales de 1924 preparó ya de forma metódica la conquista del poder. Reforzó su control sobre el partido y fundó una nueva organización paramilitar: las SS. Reorganizó el partido dotándolo de una gran capacidad propagandística, transformarlo en un movimiento de masas.

A su vez, adoptó la táctica pseudolegalista y parlamentaria, es decir, esperar a llegar al poder aparentando respetar la legalidad. Limitó los principios socialistas y anticapitalistas a la lucha contra la dominación financiera judía con el fin de tranquilizar a las clases conservadoras industriales, terratenientes y financieras.

El estado fascista italiano


El partido fascista, a pesar de su creciente influencia, fue despojado de poder político. Se convirtió en un mero órgano burocrático de propaganda y encuadramiento de las masas. El poder residía solo en el Duce, Mussolini, asistido por el Gran Consejo Fascista que, desde 1928, era el órgano constitucional supremo que decidía la composición de la Cámara.

Además, el Gran Consejo Fascista poseía la atribución de nombrar al sucesor del Duce, aunque supeditado al dictador. Simultáneamente a la instauración del Estado totalitario fascista, que aspiraba a controlar todas las organizaciones y actividades sociales italianas, se instituyó:

  • Un sistema corporativo en las relaciones laborales a través de la Carta del Trabajo (1927).
  • El encuadramiento de las masas, especialmente la juventud, en organizaciones fascistas.
  • Los Balillas y Grupos Universitarios Fascistas para los más jóvenes y para los adultos la Opera Nazionale Dopolaboro.
  • La reforma de la enseñanza, con fines propagandísticos e ideológicos, a través de la reforma escolar Gentile (1923) y la creación del Instituto Fascista de Cultura y la Academia de Italia.
  • Un control de todas las artes puestas al servicio del Estado, del que debían exaltar su grandeza y pervivencia en comparación con la degeneración del arte burgués y de las vanguardias.

 

Desde el punto de vista económico, el Estado totalitario corporativo italiano inauguró una política intervencionista en la economía.

A raíz de la crisis de 1929 se emprendió un programa de autarquía con el objetivo de reducir las importaciones, fortalecer la propia moneda y aumentar la producción. Para ello se acometió lo que el propio Mussolini denominó como “las grandes batallas”. La del trigo fue una de las más significativas y consistió en evitar las importaciones aumentando la producción mediante la extensión de las zonas cultivadas. El régimen fascista inició, a su vez, un ambicioso programa de obras públicas y un relanzamiento de la industria militar.

El nacionalsocialismo alemán: primera parte


Al término de la Primera de Primera Guerra Mundial, las potencias occidentales trataron de retornar a la normalidad anterior a 1914. Sin embargo, las consecuencias del conflicto dieron lugar a la crisis de postguerra, que se prolongó hasta mediados de la siguiente década. Una vez superados, en apariencia, los desequilibrios económicos, los países occidentales vivieron un periodo de crecimiento que conocemos con el nombre de “los felices años veinte”. Esa prosperidad tocó a su fin en 1929, con el crack bursátil que desembocó en la Gran Depresión. A partir de entonces el mundo fue, poco a poco, caminando hacia un segundo conflicto general.

En este vídeo se resumen la evolución del nacionalsocialismo alemán desde el final de la Primera Guerra Mundial hasta el nombramiento de Hitler como canciller en 1933. En las siguientes clases se completa esta información con una introducción al periodo y material dedicado la crisis de postguerra en su conjunto, la inflación y el desempleo, las reparaciones de guerra y la deuda, la crisis de la democracia, los felices años veinte, las relaciones internacionales en ese periodo, la cultura de masas, el camino hacia la Depresión, el crack de 1929, las consecuencias del crack bursátil, la expansión de la Depresión, el New Deal, las características del fascismo, el fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán (segunda parte).

 

La República de Weimar


Entre los nacionalistas alemanes se difundió la idea de la responsabilidad de los socialistas y judíos en la revolución que favoreció la rendición alemana. Asimismo, consideraban el Tratado de Versalles un diktak (imposición).

De esta mentalidad surgiría el revanchismo alemán contra la democracias, que afectó en primer lugar a la suya.

La dureza de la crisis (1920-1923)

En julio de 1919 se elaboró, en la ciudad de Weimar, la nueva constitución que convertía a Alemania en un República federal (con autonomía de los länders) y presidencialista. Además, se aprobaba el sufragio universal, que incluía el femenino.

Sin embargo, el sistema electoral impedía la formación de mayorías parlamentarias.

El problema político de Alemania era la aceptación de las nuevas fronteras y el pago de las reparaciones de guerra. Esta situación se agravó en 1923 a causa de:

  • La ocupación del Ruhr por los franceses ante el impago de las reparaciones por parte de Alemania. Provocó una fuerte inflación que dejó a los sectores populares sin capacidad de compra.
  • Los intentos separatistas de Renania y Baviera, el malestar entre los militares y la crisis social por la difícil incorporación de los excombatientes a la vida civil.
En este contexto, se sucedieron intentonas golpistas por parte de la extrema derecha desde 1920: del general Lütwitz en Berlín (1920) y de Hitler en Munich (1923).

Los apoyos políticos entre 1923-1929

La República se apoyó durante sus dos primeros años en el SPD y en el Zentrum, organización de centro-derecha. En 1923 eligió como presidente del Gobierno y ministro de Asuntos Exteriores a Gustav Stresemann, del Partido Popular alemán, formación conservadora y democrática.

Así, se consiguió un Gobierno de gran coalición que obtuvo cierta estabilidad. Sus objetivos fueron normalizar las relaciones con Francia y equilibrar la situación económica y monetaria. De ahí surgió el Plan Dawes pactado entre los vencedores y Alemania que redujo las reparaciones y suavizó los plazos para pagarlas. Comenzó la recuperación económica alemana que permitió reducir el paro.

En este ambiente de entendimiento franco-alemán surgieron, a su vez, los acuerdos de Locarno. El pacto de Locarno (1925), cuyos artífices fueron Stresemann y Briand, buscaba fijar las fronteras de Europa:

  • Alemania reconoció la pérdida de Alsacia y de Lorena.
  • Francia se retiró de la cuenca del Ruhr.
  • Se flexibilizaron las reparaciones de guerra alemanas.
  • Se admitió a Alemania en la Sociedad de Naciones.
Quedaba un asunto pendiente: la aceptación por parte de Alemania de las fronteras orientales.

Locarno serenó los ánimos y empujó una cierta recuperación económica europea.

Además, tanto Francia como Alemania se comprometían a someter a un tribunal de Justicia Internacional aquellos litigios que no pudieran resolver de forma amistosa. El complemento de Locarno fue el proyecto de paz duradera: el pacto Briand-Kellog, mediante el cual los firmantes renunciaban y condenaban la guerra. Lo firmaron 65 naciones, entre ellas Alemania.

El fin de la República de Weimar (1929-1933)

La muerte de G. Stresemann (1929) se produjo en el peor momento, justo cuando comenzaban los efectos de la depresión del 29 y la consiguiente radicalización política. Cayó la producción, huyeron los capitales extranjeros, se devaluó la moneda, se disparó la inflación y volvió el desempleo en toda su crudeza.

En 1928 el NSDAP sólo consiguió el 2,6% de los votos, mientras que en 1930 ya alcanzaba el 18% y en julio de 1932 el 37,3%, siendo la fuerza más votada. Finalmente, en marzo de 1933, siendo ya Hitler canciller, alcanzó el 43,9%. Aunque más lentamente, también creció el KPD: 10,6% en 1928, 14,3% en 1930 y 16,9% en julio de 1932.

Al mismo tiempo, se producía la caída de los partidos moderados de centro (liberales, populares y Zentrum) y de izquierda (SPD).

La crisis de la democracia


Al término de la Primera de Primera Guerra Mundial, las potencias occidentales trataron de retornar a la normalidad anterior a 1914. Sin embargo, las consecuencias del conflicto dieron lugar a la crisis de postguerra, que se prolongó hasta mediados de la siguiente década. Una vez superados, en apariencia, los desequilibrios económicos, los países occidentales vivieron un periodo de crecimiento que conocemos con el nombre de “los felices años veinte”. Esa prosperidad tocó a su fin en 1929, con el crack bursátil que desembocó en la Gran Depresión. A partir de entonces el mundo fue, poco a poco, caminando hacia un segundo conflicto general.

Este vídeo se aborda la crisis del sistema democrático durante esos años. En las siguientes clases se completa esta información con una introducción al periodo y material dedicado la crisis de postguerra en su conjunto, la inflación y el desempleo, las reparaciones de guerra y la deuda, los felices años veinte, las claves de las relaciones internacionales durante el periodo, la cultura de masas, el camino hacia la Depresión, el crack de 1929, las consecuencias del crack bursátil, la expansión de la Gran Depresión, el New Deal, las características del fascismo, el fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán (primera parte y segunda parte).

 

La expansión revolucionaria y la formación de la Tercera Internacional


El ejemplo de la Revolución Rusa hizo que en muchos lugares se iniciasen revueltas de carácter bolchevique con la pretensión de derrocar el orden burgués.

Las más importantes fueron las de los espartaquistas alemanes, dirigidos por Rosa Luxemburg y Kart Liebknecht, y la de los comunistas húngaros de Bela Kun.

Ambas fracasaron y fueron sofocadas, sobre todo la primera, con una cruenta represión.
A pesar de todo, los soviets confiaban todavía en la posibilidad de la expansión revolucionaria, al tiempo que veían clara la necesidad de crear un Partido Revolucionario Mundial, es decir, una Internacional.

Con esta intención, Lenin y su partido convocaron en enero de 1919 una conferencia internacional de partidos revolucionarios, que se inauguró el 3 de marzo, creando la III Internacional.

La formación de la III Internacional o Internacional Comunista (Komintern) avivó las disensiones internas entre los partidos socialistas, ya muy debilitados por la guerra.

La cuestión era decidir si tenían que adherirse a la Komintern o a la II Internacional socialista, reconstruida en febrero de 1919. La Internacional Comunista promulgó por entonces 21 condiciones para integrarse en su seno.

La aceptación o no de estas condiciones provocó en muchos países extranjeros la división de los partidos socialistas en una mayoría socialdemócrata y una minoría comunista. Entre 1920 y 1923 se fundaron en numerosos países pequeños partidos comunistas muy ligados a las orientaciones de Moscú.

Finalmente, la Tercera Internacional fue voluntariamente disuelta por Stalin en mayo de 1943, como muestra de buena voluntad ante sus aliados occidentales en la II Guerra Mundial.

Los restantes tratados de paz


Austria firmó en septiembre de 1919 el Tratado de Saint-Germain, que reducía su territorio al actual. Tuvo que reconocer la independencia de Hungría, Checoslovaquia, Polonia y Serbia. Cedió a Italia el Tirol sur, Trieste, Istria y parte de Dalmacia.

A Serbia se le concedió Bosnia-Herzegovina y Eslovenia.

Hungría firmó en 1920 el Tratado de Trianon. Entregaba Croacia y Eslabona a Serbia, Eslovaquia a Checoslovaquia y Transilvania a Rumanía.

En noviembre de 1920, Bulgaria se vio obligada a ceder a Grecia la Tracia oriental -perdiendo su salida al mar Egeo- y gran parte de Macedonia.

Turquía firmó en agosto de 1920 el Tratado de Sèvres, donde sufrió notables pérdidas territoriales:

  • Tracia oriental y las islas del mar Egeo pasaban a Grecia.
  • Rodas y el Dodecaneso se cedían a Italia.
  • Armenia se convertía en Estado independiente.
  • Kurdistán lograba su autonomía.

Siria, Líbano y Cilicia se convertían en mandatos franceses, mientras Iraq, Palestina y Transjordania pasaban a ser mandatos británicos.

El descontento por las condiciones del Tratado de Sèvres provoco un levantamiento nacionalista acaudillado por Mustafa Kemal.

El sultán fue depuesto y se reanudó la lucha contra los griegos, de tal modo que las sucesivas victorias turcas obligaron a revisar las condiciones de paz en el Tratado de Lausana (24 de julio de 1923).

Turquía recuperaba Tracia oriental y conservaba Asia Menor en su totalidad.

El Mundo de Ayer


En esta sección de Historia en Comentarios trato de ofrecer un repaso a la Historia europea de la primera mitad del siglo XX; o más bien desde la Primera hasta la Segunda Guerra Mundial, pasando por el llamado periodo de entreguerras y la revolución bolchevique.

Una cita de Stefan Zweig, extraída de El mundo de ayer. Memorias de un Europeo, nos sirve de introducción. Los escritos de este y otros hombres que vivieron todos esos sucesos nos acompañarán en nuestro “viaje”, cuya finalidad no es otra que descubrir a las personas de la época.

He dividido esta sección en cinco apartados: la Gran Guerrael mundo de postguerrael periodo de entreguerrasla experiencia soviética y el Tercer Reich. Les dejo con Stefan Zweig:

“Jamás me he dado tanta importancia como para sentir la tentación de contar a otros la historia de mi vida. Han tenido que pasar muchas cosas –acontecimientos, catástrofes y pruebas-, muchísimas más de lo que suele corresponderle a una misma generación, para que yo encontrara valor suficiente como para concebir un libro que tenga mi propio “yo” como protagonista o, mejor dicho, como centro (…) aunque, a decir verdad, tampoco será mi destino el tema de mi narración, sino el de toda una generación, la nuestra, la única que ha cargado con el peso del destino, como, seguramente, ninguna otra en la Historia (…) Tres veces me han arrebatado la casa y la existencia, me han separado de mi vida anterior y de mi pasado, y con dramática vehemencia me han arrojado al vacío, en ese “no sé adónde ir” que ya me resulta tan familiar.

(…) Cuando pronuncio de una tirada “mi vida”, maquinalmente me pregunto: “¿Cuál de ellas?” ¿La de antes de la guerra? ¿De la primera guerra o de la segunda? ¿O la vida de hoy? Otras veces me sorprendo a mí mismo diciendo “mi casa”, para descubrir en seguida que no sé a cuál de ellas me refiero: si a la de Bath o a la de Salzburgo, o, tal vez, al caserón paterno de Viena (…) En conversaciones con amigos más jóvenes, cada vez que les cuento episodios de la época anterior a la Primera Guerra me doy cuenta, por sus preguntas estupefactas, de hasta qué punto lo que para mí sigue siendo una realidad evidente, para ellos se ha convertido en histórico o inimaginable. Y el secreto instinto que mora dentro de mi ser les da la razón: se han destruido todos los puentes entre nuestro Hoy, nuestro Ayer y nuestro Anteayer».