La crisis de la República de Weimar


La gran crisis económica de 1929 abrió en Alemania una nueva etapa de dificultades políticas y sociales.

La repatriación masiva de capitales norteamericanos produjo la quiebra de bancos e industrias, un elevado número de parados (6 millones en 1932) y el empobrecimiento de amplias capas de la población.

La República de Weimar perdió a lo largo de esos años el escaso crédito popular que le quedaba, al tiempo que renacían los fantasmas de la posguerra. En las elecciones de 1932, los partidos de la Coalición de Weimar se hundieron, mientras que los nacionalsocialistas y los comunistas (KPD) se convertían en los grupos mayoritarios. En definitiva, los partidos antisistema ocupaban la mayor parte de los escaños del Reichstag.

 

A pesar del gran avance de los nazis, el Presidente de la República, el mariscal Hindenburg, se opuso, en un primer momento, a la designación de Hitler como canciller.
Sin embargo, las presiones de sus consejeros, del ejército, de la gran industria, así como el riesgo de un golpe de Estado acabaron con su oposición, nombrando a Hitler canciller el 30 de enero de 1933.

Este, como Mussolini, formó un gobierno de coalición con sólo dos ministros del NSDAP.
En pocos meses Hitler destruyó las instituciones de la República de Weimar.

Aprovechando el incendio del Reichstag, declaró fuera de la ley al Partido Comunista Alemán (KPD) y a los grupos de izquierda.

Además, aprovechando el artículo 48 de la Constitución de Weimar, obtuvo del Presidente un decreto por el que se declaraba el estado de emergencia. Los derechos y las libertades individuales quedaron suspendidas.

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El nacionalsocialismo alemán: segunda parte


Al término de la Primera de Primera Guerra Mundial, las potencias occidentales trataron de retornar a la normalidad anterior a 1914. Sin embargo, las consecuencias del conflicto dieron lugar a la crisis de postguerra, que se prolongó hasta mediados de la siguiente década. Una vez superados, en apariencia, los desequilibrios económicos, los países occidentales vivieron un periodo de crecimiento que conocemos con el nombre de “los felices años veinte”. Esa prosperidad tocó a su fin en 1929, con el crack bursátil que desembocó en la Gran Depresión. A partir de entonces el mundo fue, poco a poco, caminando hacia un segundo conflicto general.

En este vídeo se explican los principales acontecimientos de la Alemania nazi previos a la Segunda Guerra Mundial. En las siguientes clases se completa esta información con una introducción al periodo y material dedicado la crisis de postguerra en su conjunto, la inflación y el desempleo, las reparaciones de guerra y la deuda, la crisis de la democracia, los felices años veinte, las relaciones internacionales en ese periodo, la cultura de masas, el camino hacia la Depresión, el crack de 1929, las consecuencias del crack bursátil, la expansión de la Depresión, el New Deal, las características del fascismo, el fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán (primera parte).

 

La República de Weimar


Entre los nacionalistas alemanes se difundió la idea de la responsabilidad de los socialistas y judíos en la revolución que favoreció la rendición alemana. Asimismo, consideraban el Tratado de Versalles un diktak (imposición).

De esta mentalidad surgiría el revanchismo alemán contra la democracias, que afectó en primer lugar a la suya.

La dureza de la crisis (1920-1923)

En julio de 1919 se elaboró, en la ciudad de Weimar, la nueva constitución que convertía a Alemania en un República federal (con autonomía de los länders) y presidencialista. Además, se aprobaba el sufragio universal, que incluía el femenino.

Sin embargo, el sistema electoral impedía la formación de mayorías parlamentarias.

El problema político de Alemania era la aceptación de las nuevas fronteras y el pago de las reparaciones de guerra. Esta situación se agravó en 1923 a causa de:

  • La ocupación del Ruhr por los franceses ante el impago de las reparaciones por parte de Alemania. Provocó una fuerte inflación que dejó a los sectores populares sin capacidad de compra.
  • Los intentos separatistas de Renania y Baviera, el malestar entre los militares y la crisis social por la difícil incorporación de los excombatientes a la vida civil.
En este contexto, se sucedieron intentonas golpistas por parte de la extrema derecha desde 1920: del general Lütwitz en Berlín (1920) y de Hitler en Munich (1923).

Los apoyos políticos entre 1923-1929

La República se apoyó durante sus dos primeros años en el SPD y en el Zentrum, organización de centro-derecha. En 1923 eligió como presidente del Gobierno y ministro de Asuntos Exteriores a Gustav Stresemann, del Partido Popular alemán, formación conservadora y democrática.

Así, se consiguió un Gobierno de gran coalición que obtuvo cierta estabilidad. Sus objetivos fueron normalizar las relaciones con Francia y equilibrar la situación económica y monetaria. De ahí surgió el Plan Dawes pactado entre los vencedores y Alemania que redujo las reparaciones y suavizó los plazos para pagarlas. Comenzó la recuperación económica alemana que permitió reducir el paro.

En este ambiente de entendimiento franco-alemán surgieron, a su vez, los acuerdos de Locarno. El pacto de Locarno (1925), cuyos artífices fueron Stresemann y Briand, buscaba fijar las fronteras de Europa:

  • Alemania reconoció la pérdida de Alsacia y de Lorena.
  • Francia se retiró de la cuenca del Ruhr.
  • Se flexibilizaron las reparaciones de guerra alemanas.
  • Se admitió a Alemania en la Sociedad de Naciones.
Quedaba un asunto pendiente: la aceptación por parte de Alemania de las fronteras orientales.

Locarno serenó los ánimos y empujó una cierta recuperación económica europea.

Además, tanto Francia como Alemania se comprometían a someter a un tribunal de Justicia Internacional aquellos litigios que no pudieran resolver de forma amistosa. El complemento de Locarno fue el proyecto de paz duradera: el pacto Briand-Kellog, mediante el cual los firmantes renunciaban y condenaban la guerra. Lo firmaron 65 naciones, entre ellas Alemania.

El fin de la República de Weimar (1929-1933)

La muerte de G. Stresemann (1929) se produjo en el peor momento, justo cuando comenzaban los efectos de la depresión del 29 y la consiguiente radicalización política. Cayó la producción, huyeron los capitales extranjeros, se devaluó la moneda, se disparó la inflación y volvió el desempleo en toda su crudeza.

En 1928 el NSDAP sólo consiguió el 2,6% de los votos, mientras que en 1930 ya alcanzaba el 18% y en julio de 1932 el 37,3%, siendo la fuerza más votada. Finalmente, en marzo de 1933, siendo ya Hitler canciller, alcanzó el 43,9%. Aunque más lentamente, también creció el KPD: 10,6% en 1928, 14,3% en 1930 y 16,9% en julio de 1932.

Al mismo tiempo, se producía la caída de los partidos moderados de centro (liberales, populares y Zentrum) y de izquierda (SPD).

Las fases del conflicto: el hundimiento de los Imperios Centrales


La derrota militar.

El 9 de enero de 1918, el presidente T. W. Wilson hizo público un programa de paz sin vencedores ni vencidos. Este incluía, entre otras cosas, el derecho de autodeterminación de las nacionalidades y un proyecto para una organización internacional.

Sin embargo, libres del frente oriental desde marzo, los alemanes hicieron un último esfuerzo bélico en el oeste. Lanzaron cuatro ofensivas sucesivas, pero no lograron triunfar.

A comienzos de agosto, las tropas aliadas –incluidas las norteamericanas- iniciaron su ofensiva. El frente alemán se desmoronó ante la superioridad del enemigo, pero también por la baja moral de las tropas.

La rendición.

Entre septiembre y noviembre se rindieron los aliados de Alemania. Bulgaria en septiembre, el Imperio Otomano en octubre (armisticio de Mudros) y Austria-Hungría en noviembre (armisticio de Villa Giusti).

Cuando la derrota militar era inevitables, el 8 de noviembre estalló en Berlín un movimiento revolucionario. Cayó la monarquía y un nuevo gobierno, encabezado por el socialdemócrata Friedrich Ebert, firmó el armisticio el 11 de noviembre de 1918.

La Alemania de Bismarck


Al tiempo que se desarrollaba la expansión imperialista, cada una de las potencias europeas desarrolla su propia política internacional -rivalidades, alianzas y conflictos bélicos- dentro del Viejo Continente. A esa cuestión, así como a la situación interna de esos estados, está dedicado este conjunto de vídeos. Después de la introducción, en esta clase abordaremos la situación de Alemania e finales del XIX. Este apartado también incluye vídeos dedicados a la Inglaterra Victoriana, la Tercera República Francesa, la Rusia de los zaresRusia de los zares, el Imperio Austrohúngaro y el territorio otomano. Esto se complementa con otros vídeos dedicados a potencias no europeas, como los EE.UU., Japón y China.

 

La toma del poder II: dos objetivos de la revolución legal


 En primer término, Adolf Hitler logró que el presidente Paul von Hindenburg decretase las disposiciones de excepción del 4 y del 28 de febrero; limitación de la libertad de prensa y asamblea, y derogación de la totalidad de las libertades constitucionales respectivamente. Además, estas también estipulaban la intervención del gobierno central en los länder por cuestiones de seguridad.

En segundo lugar, los nazis se sirvieron del propio Reichstag para lograr que este librase al ejecutivo del control del legislativo. De esta manera, a modo de primer intento, se convocaron elecciones con carácter de plebiscito para el 5 de marzo. Sin embargo, el gobierno no alcanzó los resultados esperados. Aunque poseía mayoría absoluta, no obtenía los dos tercios necesarios para la reforma constitucional. Fue entonces cuando Adolf Hitler se decidió a intentarlo por otra vía: la búsqueda de apoyos y la eliminación de los posibles obstáculos políticos.

En primer lugar, inició la persecución de los comunistas del KPD; justificada por el incendio del Reichstag perpetrado, supuestamente, por miembros de este grupo político. Así narra estos hechos uno de los miembros del partido comunista:

(A. Koestler, La escritura invisible) “…en la noche del incendio del Reichstag, cuando Goering asestó un golpe mortal al Partido Comunista alemán, los grupos se dispersaron y toda aquella estructura tan elaborada se disolvió en el Reich (…) Pocos meses después todo había terminado. Nuestro largo adiestramiento para la conspiración y los preparativos, que duraron años, para tal emergencia, se manifestaron en unas pocas horas totalmente inútiles. Thälmann, el jefe del partido, y la mayor parte de sus lugartenientes fueron descubiertos en sus escondites, tan cuidadosamente preparados, y arrestados en los primeros días de la catástrofe. El Comité Central tuvo que emigrar. Una larga noche caía sobre Alemania”.

Sin embargo, las consecuencias del incendio del Reichstag no sólo afectaron a los activistas y simpatizantes del KPD, el conjunto de la población alemana tuvo que acostumbrarse a un mayor control del Estado, a una constante presencia de este en su existencia cotidiana:

(Sebastian Haffner, Historia de un alemán) “Han sido pocos los acontecimientos históricos actuales que me he perdido por completo, como el incendio del Reichstag (…) No fue hasta el día siguiente cuando leí en el periódico que el Reichstag estaba ardiendo. Hasta el mediodía no tuve noticias de las detenciones. Más o menos al mismo tiempo fue publicada la disposición de Hindenburg que anulaba la libertad de expresión y el secreto postal y telefónico de los ciudadanos y, a cambio, otorgaba a la policía pleno derecho a efectuar registros domiciliarios, incautaciones y arrestos”.

El segundo objetivo de Hitler fue lograr el apoyo de la derecha a la reforma constitucional, que se plasmó en los actos del día de Potsdam: una capitulación vergonzosa de los nacionalistas y los conservadores que constituyó, en opinión de Sebastian Haffner, una auténtica traición al electorado:

(Sebastian Haffner, Historia de un alemán) “…la traición cobarde de los dirigentes de todos los partidos y organizaciones en quienes confió el cincuenta y seis por ciento de los alemanes que votó contra los nazis el 5 de marzo de 1933 (…) La traición fue total, generalizada y sin excepción, desde la izquierda hasta la derecha”.

Por último, los nacionalsocialistas trataron por todos los medios de silenciar a las formaciones católicas, que actuaron bajo la presión del concordato que Alemania firmaba en esos días con la Santa Sede.

Así pues, el 23 de marzo de 1933, los nacionalsocialistas lograron su objetivo: que el Reichstag sancionara la ley de plenos poderes por cuatro años. Así lo narró, como una gran victoria para el pueblo alemán, el diario oficial nacionalsocialista…

(Völkischer Beobachter, 23 de marzo de 1933) “…los deseos del pueblo alemán colmados: el Parlamento entrega el poder a Adolf Hitler (…) revancha histórica de Hitler sobre los hombres de noviembre. Día memorable para el Reichstag alemán. Capitulación del sistema parlamentario a favor de una nueva Alemania”.

…y de ésta otra manera, como un paso más hacia el inminente Estado totalitario de partido único, lo vieron los socialdemócratas:

(O. Wels, portavoz del partido socialdemócrata) “…jamás en la historia del Reichstag alemán, desde que éste existe, se han visto excluidos de los asuntos públicos los representantes nacionales en tal medida como sucede ahora. Y esta exclusión aumentará más todavía si se aprueba la nueva ley de concesión de plenos poderes”.

Ésta iniciativa, aprobada sin apenas oposición, confirmaba la desaparición del parlamento como órgano legislativo y de control. Además, la ley llegó a prorrogarse tres veces consecutivas, es decir, duró los doce años del Reich.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Historia de un alemán; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[4] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.

[5] Hitler: una biografía; Joachim Fest – Barcelona – Planeta – 2005.

[6] Historia social del Tercer Reich; Richard Grundberger – Madrid – Ariel – 1999.

[7] La escritura invisible; Arthur Koestler – Madrid – Debate – 2000.

La revolución legal


«Por la mañana el titular rezó: “El presidente del Reich convoca a Hitler”, lo cual hizo que sintiéramos cierto enojo nervioso e impotente (…) Alrededor de las cinco llegaron los diarios vespertinos: “Constituido el gabinete de concentración nacional: Hitler es nombrado canciller del Reich” (…) ¿En qué consiste una revolución? Los expertos en Derecho político afirman lo siguiente: una revolución consiste en alterar una Constitución a través de medios no previstos por ella. Si nos atenemos a una definición tan escueta, la “revolución” nazi de marzo de 1933 no fue tal, pues todo transcurrió dentro de la más estricta “legalidad”, a través de los medios que sí estaban previstos por la Constitución».

En un principio nada había cambiado en Alemania, el nuevo gobierno no era más que la cuarta experiencia del régimen presidencialista. Además, a pesar de que Hitler era canciller, los nazis apenas ocupaban puestos relevantes en el nuevo ejecutivo: era más bien un gobierno de tipo conservador. Sin embargo, lentamente, se fue forjando la transformación de Alemania. Una serie de cambios operados dentro de la más estricta legalidad, que a la postre resultaron ser revolucionarios.

Sebastian Haffner nos relata, paso a paso, cómo se fue realizando esa transformación de Alemania. Cómo los nazis, utilizando los medios puestos a su disposición por la Constitución de Weimar, encaminaron a los alemanes por la senda de la revolución legal. Pero además, nos narra también sus impresiones sobre los hechos, y cómo estos afectaron a su vida. Describe la impotencia de los que veían lo que estaba sucediendo y no eran capaces de detenerlo; la frustración de aquellos que, sin éxito, trataban de hacer ver a muchos contemporáneos la gravedad de los acontecimientos.

El incendio del Reichstag.

«Han sido pocos los acontecimientos históricos actuales que “me he perdido” por completo, como el incendio del Reichstag (…) No fue hasta el día siguiente cuando leí en el periódico que el Reichstag estaba ardiendo. Hasta el mediodía no tuve noticias de las detenciones. Más o menos al mismo tiempo fue publicada la disposición de Hindenburg que anulaba la libertad de expresión y el secreto postal y telefónico de los ciudadanos y, a cambio, otorgaba a la policía pleno derecho a efectuar registros domiciliarios, incautaciones y arrestos».

El incendio del Reichstag, perpetrado teóricamente por un militante comunista, dio al gobierno de Hitler la excusa perfecta para avanzar de una manera rápida y efectiva en su tarea revolucionaria. De esta forma, gracias a las disposiciones de urgencia decretadas por el presidente del Reich, los nazis pudieron comenzar sus tareas de control y represión sobre la población y las agrupaciones socio-políticas.

En su obra, Sebastian Haffner hace especial hincapié en señalar que esos cambios –la falta de libertad de expresión, la supresión del secreto postal, los arrestos masivos…- no fueron acogidos con desagrado por parte de los alemanes. Es más, existía una opinión pública favorable. El incendio del Reichstag parecía justificar su aplicación. Así, una vez más –y no será la última-, nos encontramos con que este hombre, en lucha contra el Estado totalitario, se ve traicionado por la insolidaridad y la miopía de sus propios conciudadanos.

La «traición» de los partidos.

«…la traición cobarde de los dirigentes de todos los partidos y organizaciones en quienes confió el cincuenta y seis por ciento de los alemanes que votó contra los nazis el 5 de marzo de 1933 (…) La traición fue total, generalizada y sin excepción, desde la izquierda hasta la derecha».

El fracaso electoral del partido nacionalsocialista en las elecciones de marzo de 1933 pareció frenar momentáneamente las aspiraciones de Adolf Hitler. Sin embargo, lejos de detenerse ante semejante revés, el canciller alemán ensayó vías alternativas para hacerse con la mayoría del Reichstag y lograr así que este aprobase la ley de plenos poderes. Finalmente, mediante habilidosas maniobras, el partido nacionalsocialista logró maniatar a las demás formaciones políticas. Estas tuvieron que elegir entre votar a favor de nueva ley o abandonar el parlamento.

Surge así el reproche de Sebastian Haffner a los estadistas del momento: habla de la traición de los políticos. El día de Potsdam, la sumisión del Zentrum, la prohibición y persecución del KPD y del SPD… fueron acontecimientos vistos con mirada muy crítica por parte del autor. Afirma que los votantes de estos partidos, más de la mitad de los alemanes, se sintieron traicionados por sus dirigentes. Se encontraron de pronto sin una dirección política clara -una “bandera”- con la que oponerse eficazmente a Hitler. Eso explicaría que muchos de ellos pasaran a engrosar las filas del nacionalsocialismo

La «traición» de las agrupaciones paramilitares.

«Las agrupaciones políticas actuaron igual que los partidos (…) En ningún momento se notó la influencia de este Reichsbanner, nada en absoluto. Desapareció sin dejar rastro, como si jamás hubiera existido (…) El Stahlhelm, las fuerzas paramilitares de los nacionalistas alemanes, aceptó ser “unificado” primero y disuelto después».

En su tarea de suprimir todas las asociaciones paramilitares con el fin de consagrar el monopolio de la SA y las SS, los nacionalsocialistas apenas encontraron oposición. Los preparativos, las horas de entrenamiento y de concienciación, los esfuerzos por formar grupos armados capaces de controlar la calle… todo resultó ser vano. Las agrupaciones políticas, en contra de lo esperado, se disolvieron sin resistencia.

Este hecho sorprende poderosamente al autor, que no entiende cómo fue posible semejante desbandada. No obstante, a modo de explicación, trata de establecer una similitud y conexión entre la traición de los partidos y la de las agrupaciones paramilitares. Al fin y al cabo, las segundas dependían de la dirección de las primeras. Como consecuencia, muchos miembros de los grupos disueltos pasaron a formar parte de las asociaciones nazis.

Bibliografía:

[1] Historia de un alemán; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2005.

[2] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[3] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[4] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[5] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[6] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[7] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

[8] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[9] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[10] El desempleo de masas en la Gran Depresión. Palabras, imágenes y sonidos; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 2006.

La revolución de 1918


«Y entonces, a partir de octubre, empezó a avecinarse la revolución. Ésta fue preparándose poco a poco, como la guerra, con palabras y conceptos nuevos que de repente zumbaban en el aire y, lo mismo que la guerra, al final la revolución llegó casi por sorpresa».

Nos sumergimos en la Revolución Alemana de 1918, cuestión sobre la que reflexiona Haffner en otra de sus monografías. En lo referente a los hechos de noviembre y a los sucesos acaecidos con posterioridad, el autor pone énfasis en los siguientes aspectos:

– Defiende que el nuevo orden político alemán nació, por diversas razones, herido de muerte.

– Afirma que la mala organización, la desconfianza y el miedo de los revolucionarios truncaron el proceso arrancado el 9 de noviembre.

– Asegura que, dentro de algunos grupos contrarrevolucionarios, generalmente defensores del autoritarismo, estaba el germen del nacionalsocialismo.

– Hace especial hincapié en la paradoja de que justamente estos grupos antisistema defendieran la revolución del ataque de otros grupos contrarios a la misma.

– Finalmente, explica, de forma detallada, cómo se vivió en Berlín el final de la guerra.

Estas serán pues las cuestiones que aborden los tres próximos artículos de Historia de un alemán.

El «fracaso» revolucionario.

“El estallido bélico (…) estuvo asociado para la mayoría a unos días inolvidables de máxima exaltación (…) mientras que la Revolución de 1918 (…) en realidad dejó recuerdos sombríos a casi todos los alemanes. Este contraste tuvo un efecto funesto sobre toda la historia alemana que estaba aún por llegar. Tan sólo la circunstancia de que la guerra hubiese estallado cuando hacía un tiempo de verano magnífico y la revolución surgiera bajo la niebla húmeda y fría de noviembre fue un duro hándicap para esta última”.

La conclusión a la que se llega tras leer los capítulos de Historia de un alemán referentes a la revolución de 1918 es que esta fracasó. Por diversas razones la República alemana nació herida de muerte, se convirtió en un cadáver. Con altibajos, fue a la deriva a lo largo de quince años, tras los que el nacionalsocialismo se encargó de decir “basta”.

La revolución que engendró la República estuvo marcada por dos aspectos de mal recuerdo para la población alemana: la derrota en la Gran Guerra y el gris noviembre de 1918. Estos factores y la falta de un amplio consenso que avalase la construcción del edificio republicano, pesaron sin duda durante todo el periodo del parlamentarismo alemán.

El caos y la contrarrevolución.

“Aquel domingo fue también la primera vez que oí un tiroteo (…) Estábamos en uno de los cuartos interiores, abrimos las ventanas y escuchamos lejana pero claramente el fuego entrecortado de unas ametralladoras (…) A partir de entonces comenzó un espectáculo en que los auténticos revolucionarios dieron unos cuantos golpes chapuceros y mal organizados, y los saboteadores decidieron poner la contrarrevolución encima de la mesa en forma de los llamados Freicorps”.

Otro aspecto a destacar acerca de la experiencia revolucionaria alemana de 1918 es que esta no alcanzó su plenitud. El caos de las primeras semanas y la ineficacia de los propios revolucionarios para defender y desarrollar su proyecto, favoreció el surgimiento de un movimiento contrarrevolucionario. Pero curiosamente fueron las fuerzas de la reacción las que permitieron la supervivencia de la revolución, eso sí, con un disfraz más moderado.

En ésta tarea de defensa de la revolución jugaron un papel fundamental las Freicorps. Sebastian Haffner no duda en definirlas como el antecedente de las brigadas de asalto nacionalsocialistas. Además, plantea una pregunta acerca de este grupo: ¿por qué no tomaron el poder en ese momento? No nos da respuesta, aunque tal vez cabe plantearse que no tenían en aquellos momentos un proyecto alternativo a la República. Esta se veía como un sistema pasajero –un mal menor- mientras se buscaba una solución mejor a la cuestión alemana.

El final del gran juego de la guerra.

«Entretanto estaba pendiente el final de la guerra. Tanto yo como cualquiera teníamos claro que la revolución equivalía al término de la guerra, y era evidente que se trataba de un desenlace sin victoria final (…) cuando me presenté en la comisaría de mi distrito a la hora habitual ya no había ningún parte de guerra (…) Pude ver lo que todos leían malhumorados y silenciosos. Lo que estaba expuesto era un periódico de edición temprana con el siguiente titular: “Firmado el alto al fuego”. Debajo figuraban las condiciones, una larga lista».

La derrota de los Imperios Centrales en la Gran Guerra puso fin a la diversión de una generación de niños alemanes: “el juego de la guerra”. En apenas unos días estos jóvenes, y con ellos toda la sociedad germana, volvieron de lleno a la realidad cotidiana. Sin embargo, ésta no era la misma que habían vivido antes de 1914: el conflicto había cambiado el mundo, sus estructuras y la mentalidad de sus gentes. Y esto, en el caso de los vencidos, era aún más evidente. Al peso moral de la derrota se unían las duras condiciones de Versalles.

Bibliografía:

[1] Historia de un alemán; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2005.

[2] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[3] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[4] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[5] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[6] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[7] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

[8] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[9] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[10] El desempleo de masas en la Gran Depresión. Palabras, imágenes y sonidos; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 2006.

La Unión Soviética ante el ascenso de Hitler


Se suele decir que la consolidación del régimen nacionalsocialista en la Alemania de entreguerras fue posible gracias a la división existente en el seno de la izquierda; más en concreto entre socialdemócratas (SPD) y comunistas (KPD). Sebastián Haffner llega a afirmar en varias de sus obras que, aunque la facilitó, esa falta de entendimiento no la hubiera evitado la labor de Adolf Hitler. El propio autor llega a plantearse en su obra el porqué de la fobia de Stalin hacia el SPD, a los que tachaba de socialfascistas. La respuesta a esta pregunta es sencilla a la luz del artículo anterior. No obstante, tal vez el siguiente texto de Sebastián Haffner sea todavía más esclarecedor:

“Desde el punto de vista de Stalin, una subida al poder de Hitler, si llegaba, tampoco cambiaría nada; los nazis eran para él un partido capitalista como cualquier otro; pronto se darían cuenta de quién les convenía realmente. El único incordio eran los socialdemócratas, con su eterna fobia a los rusos y su eterna tendencia hacia Occidente”.

Tras leer este fragmento, se entiende mejor el porqué de la actitud soviética. El nacionalsocialismo no era más que otro partido capitalista de carácter conservador alemán. Y la Unión Soviética, desde los primeros momentos, había colaborado con este tipo de grupos de manera eficaz y rentable. El problema para Stalin eran los socialdemócratas; con ellos nunca había conseguido pactar nada. Pronto se dio cuenta de su error: Adolf Hitler no era ni conservador ni capitalista.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[3] La revolución alemana de 1918-1919; Sebastian Haffner – Inédita – Barcelona – 2005.

[4] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[5] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

El Partido Comunista y los «socialfascistas»


“Stalin ya no necesitaba una revolución comunista alemana; lo que necesitaba de Alemania se lo proporcionaba igualmente su acuerdo con la Alemania conservadora. Sólo debería preocuparse en el caso de que ese acuerdo se rompiera si en Alemania volvieran al poder los pro-occidentales, es decir, los socialdemócratas”.

El fracaso del Partido Comunista Alemán (KPD) en su labor revolucionaria de postguerra no supuso un gran contratiempo para el régimen soviético. Es más, se diluyo cuando Stalin promulgó la revolución socialista en un solo país. Esto no significó que los bolcheviques hubieran perdido su interés por Alemania. Simplemente hubo un cambio en el mismo: de bandera del socialismo mundial pasaba a ser fuente de ayudas y recursos para el socialismo ruso.

Los soviéticos se dieron cuenta bien pronto de que, con un gobierno conservador en Alemania, podían lograr los mismos resultados que con uno comunista. La experiencia de Karl Radek les aseguraba que el odio alemán a Versalles era lo suficientemente profundo como para acercarlos irremediablemente a Rusia. Sólo existía un problema: la posibilidad de que la República de Weimar fuese gobernada por un grupo político pro-occidental. Es decir, los socialdemócratas. Ellos fueron los que, en el Reichstag de 1926, denunciaron la colaboración militar con la Unión Soviética. No es de extrañar que entre los comunistas se les denominase socialfascistas.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[3] La revolución alemana de 1918-1919; Sebastian Haffner – Inédita – Barcelona – 2005.

[4] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[5] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.