El nacionalsocialismo alemán: segunda parte


Al término de la Primera de Primera Guerra Mundial, las potencias occidentales trataron de retornar a la normalidad anterior a 1914. Sin embargo, las consecuencias del conflicto dieron lugar a la crisis de postguerra, que se prolongó hasta mediados de la siguiente década. Una vez superados, en apariencia, los desequilibrios económicos, los países occidentales vivieron un periodo de crecimiento que conocemos con el nombre de “los felices años veinte”. Esa prosperidad tocó a su fin en 1929, con el crack bursátil que desembocó en la Gran Depresión. A partir de entonces el mundo fue, poco a poco, caminando hacia un segundo conflicto general.

En este vídeo se explican los principales acontecimientos de la Alemania nazi previos a la Segunda Guerra Mundial. En las siguientes clases se completa esta información con una introducción al periodo y material dedicado la crisis de postguerra en su conjunto, la inflación y el desempleo, las reparaciones de guerra y la deuda, la crisis de la democracia, los felices años veinte, las relaciones internacionales en ese periodo, la cultura de masas, el camino hacia la Depresión, el crack de 1929, las consecuencias del crack bursátil, la expansión de la Depresión, el New Deal, las características del fascismo, el fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán (primera parte).

 

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Los grandes debates de la Segunda Internacional


Tres fueron los grandes debates que ocuparon las sesiones de la Segunda Internacional:

La colaboración con los partidos burgueses y la crisis revisionista. Esta surgió a raíz de la participación de algunos socialistas en gobiernos formados por partidos burgueses y también a partir de la formulación de las tesis revisionistas de Bernstein. El resultado fue la condena explícita del revisionismo y de la participación en gobiernos burgueses, aunque se admitía esa posibilidad en casos extremos. A comienzos del siglo XX, la postura revisionista se fue abriendo paso hasta convertirse, pocas décadas después, en predominante dentro de los partidos socialistas.

La cuestión colonial y el imperialismo. El movimiento socialista se había manifestado desde el principio, y en especial en el Congreso de Stuttgart (1907), a favor de la igualdad de razas y en contra de la esclavitud. En Stuttgart se enfrentaron:

  • Los que saludaban la idea colonizadora como elemento integrante de la meta civilizadora a la que aspiraba el socialismo (E. David).
  • Los que defendían el sistema colonial, pero criticaban la barbarie de los colonizadores (H. van Kol).
  • Los que condenaban el colonialismo como una forma degradada de capitalismo (K. Kautsky).

El Congreso se adhirió a esta última postura, imponiendo a todos los partidos el deber de combatir, en todas sus formas, la explotación colonial.

El impacto de la I Guerra Mundial.

El problema de la guerra fue el que más afectó a la Internacional, hasta el punto de poner en duda su propia existencia. En principio, la Internacional se había mostrado pacifista y condenaba las guerras entre potencias capitalistas, considerando como un deber del proletariado la lucha para evitarlas.

Ahora bien, cuando estalló la guerra mundial, la mayoría de los partidos socialistas quedaron también embargados por la ola nacionalista que recorrió Europa. La ilusión colectiva por alcanzar la victoria le llevó a votar a favor de los créditos de guerra y a apoyar a los gobiernos nacionales. Los esfuerzos para impedir la guerra habían fracasado y con ellos la Internacional entraba en un impasse del que le costaría mucho salir.

El II Reich antes de la I Guerra Mundial

La victoria de Prusia sobre Austria en la década de 1860, así como la consolidación de una Alemania bajo el influjo prusiano, hicieron posible la unificación de los territorios alemanes. Sin embargo, la nueva Alemania presentaba una enorme heterogeneidad, que, al fin y al cabo, resultaba problemática para el proyecto unificador.

A partir de 1870, bajo la batuta de Prusia, los alemanes iniciaron un largo camino que los habría de llevar del federalismo a la unidad.

En primer lugar, se procedió a desterrar toda posible referencia a una alianza de monarquías constitucionales, potenciándose la monarquía constitucional imperial, cuyo principal organismo representativo era el Reichtag.

En cierto modo, en este proceso homogenizador, se tendió a la prusianización del Imperio. Esto se plasmó rápidamente en un claro autoritarismo, centrado en la figura del canciller, en un cierto conservadurismo, y en la preponderancia de la burocracia prusiana.

El auge económico finisecular

El primer factor que facilitó el gran desarrollo de la economía alemana fue la formación de un importante mercado nacional, cuyas bases fueron: el Zollverein, el desarrollo de la red ferroviaria y otras medidas unitarias, como el Derecho Comercial, las tasas, y los pesos y medidas.

Otro elemento fundamental fue el desarrollo de los instrumentos básicos de unidad monetaria y financiera, plasmados en la creación de una moneda única (el marco), y la conversión del Real Banco de Prusia en el Banco del Imperio.

Vistos estos factores, podemos estructurar la evolución económica alemana en dos fases: el boom de 1871-1873 y la época proteccionista.

En el primero de estos periodos, la economía de Alemania se vió favorecida tanto por la victoria militar sobre Francia como por una coyuntura económica favorable. La crisis financiera puso fin a esta fase de crecimiento, dando paso a unos años de paralización económica.

Durante el segundo de estos periodos se confió, para salir de la crisis y evitar fenómenos similares en el futuro, en una política proteccionista. De esta manera, Alemania logró retomar el camino del progreso económico, si bien no con tanto éxito como en la etapa anterior a la crisis.

La política del canciller Bismarck

En lo que se refiere a política interior, la actuación del canciller Bismarck se puede englobar en torno al plan del Kulturkampf, que trataba de eliminar cualquier peligro en el interior de Alemania.

En consecuencia, tanto grupos católicos como socialdemócratas fueron considerados como sospechosos por parte del gobierno.

Con respecto al catolicismo se produjo una separación radical entre Iglesia y Estado, lo que suponía el control estatal de la enseñanza y del clero por parte del gobierno. No obstante, a finales de la década de 1870, ante la envergadura que tomaba el conflicto, el canciller dio marcha atrás en esta política.

En lo referente a la socialdemocracia, Bismarck toleró su actividad política, pero prohibiendo su propaganda, publicaciones y mítines. Al igual que con los católicos, la Kulturkampf también fracasó en este caso; es más, los socialdemócratas salieron fortalecidos de su choque con la cancillería.

En lo referente a la política social, a pesar de su enemistad con los socialdemócratas, Bismarck dio pasos importantes al instaurar un seguro de vejez, de enfermedad y de accidentes. Sin embargo, tampoco hay que ocultar las carencias de su programa, especialmente en lo que se refirió a los derechos de la mujer y de los niños.

La política exterior de Bismarck se caracterizó por la búsqueda, pacífica y sutil con las grandes potencias, de un espacio colonial propio para Alemania.

La política de Alemania después de Bismarck

Tras la dimisión del canciller Bismarck (1890) a causa de sus malas relaciones con el nuevo káiser Guillermo II, se produjeron cambios sustanciales en la política internacional alemana.

En política exterior, se puso fin a la citada sutileza diplomática alemana; a nivel interior, el canciller perdió poder en favor del káiser.

Esta época Alemania experimentó un importante crecimiento económico, que la llevaría a convertirse junto a EE.UU. y Gran Bretaña en la gran potencia comercial. No obstante, unida al crecimiento económico, se produjo una escalada belicista basada en el rearme y el endurecimiento de la política internacional.

Toda esta tendencia provocó el rechazo de buena parte de los grupos políticos alemanes. Sin embargo, el camino estaba ya tomado: Alemania entró en la guerra en un momento de auge económico pero con numerosos problemas internos pendientes.

Aceleración del ritmo histórico


El estallido de la guerra no trajo consigo únicamente el enfrentamiento entre las grandes potencias mundiales en el conflicto más sangriento que hasta entonces había visto la Humanidad, sino que también favoreció la aceleración del ritmo histórico. Los nuevos fenómenos surgidos durante el periodo bélico acabaron por derribar las estructuras políticas, económicas, sociales y culturales del mundo contemporáneo; siendo así imposible una vuelta al orden vigente en el periodo anterior a la Gran Guerra.

Oleadas revolucionarias y crisis.

Tras los primeros meses de euforia y exaltación nacional, aquella guerra que en teoría iba a ser rápida y victoriosa parecía alargarse. De esta manera, la duración del conflicto, el poco previsible término del mismo a corto plazo, las dificultades en el frente y en la retaguardia, y los errores políticos y militares de determinados mandos, condujeron a crear un enorme descontento entre la población de las potencias combatientes. Como indica S. Haffner en el siguiente fragmento, la revolución fue preparándose poco a poco:

(Sebastian Haffner, Historia de un alemán) “Y entonces, a partir de octubre, empezó a avecinarse la revolución. Ésta fue preparándose poco a poco, como la guerra, con palabras y conceptos nuevos que de repente zumbaban en el aire y, lo mismo que la guerra, al final la revolución llegó casi por sorpresa”.

El fin del consenso social y político logrado en el verano de 1914, abrió una etapa de crisis y revoluciones dentro de los países contendientes. De la adaptación del gobierno a las estructuras vigentes y a las reivindicaciones de sus ciudadanos dependía que se tratase de lo primero –crisis- o de lo segundo –revolución-. Sin embargo, para facilitar la comprensión de estos fenómenos, seguiremos un criterio cronológico en su descripción:

-Revoluciones socialista y conflictos profesionales (mil novecientos diecisite y mil novecientos dieciocho) manifestados en: movimientos huelguistas en Rusia, Suecia, Alemania, Austria, Italia y Gran Bretaña; motines militares en Rusia, Francia, Alemania, Italia, Gran Bretaña, Austria, Bulgaria, Turquía y Portugal; y revoluciones bolcheviques en Rusia y Finlandia.

– Estallido socialdemócrata (otoño de mil novecientos dieciocho) en Alemania, Hungría, Suecia, Dinamarca, Holanda, Suiza y Noruega.

– Revoluciones comunistas en Centroeuropa -Alemania, Hungría y Austria-, y agitaciones marginales en Italia, Francia y Gran Bretaña (1919).

Factores desestabilizadores.

En contra de lo que se pensó en un principio, la oleada revolucionaria del final de la Gran Guerra no se limitó al espacio ruso; es más, Rusia ni siquiera fue el origen. Por tanto, con el fin de extraer un modelo aplicable a los distintos países beligerantes, hemos de buscar los factores comunes de la crisis:

– Factor psicológico; las repercusiones de una guerra larga y los efectos negativos de la propaganda, tornaron la euforia de los primeros días del conflicto en desilusión. Tanto entre las trincheras como en la retaguardia crecía la indignación y, de forma global, la sensación de vivir una guerra inútil. Los frentes se estabilizaron, favoreciendo la falta de actividad de los propios soldados, entre los que aumentaba día tras día la desmoralización, la indisciplina y las deserciones.

– Factor político; por su parte, los movimientos pacifistas fueron tomando fuerza. De esta forma podemos distinguir tres tendencias: a título individual, cuyos principales representantes fueron B. Russel, R. Rolland, S. Zweig, Guilboux…; de inspiración católica, de la mano del Papa Benedicto XV; y de inspiración socialista, mediante la convocatoria de tres congresos: primero uno para los partidos socialistas de los países neutrales, celebrado en Copenhague (1915); después otro para los partidos socialistas de cada uno de los bloques por separado, en Londres y Viena respectivamente; y por último se convocó uno de carácter general en Estocolmo, que nunca llegó a realizarse.

-Factor económico; la escasez de alimentos, plasmada en las largas colas para recoger los cupones de racionamiento, las listas de productos racionados, y las “recetas milagrosas” recogidas en los periódicos, propició que naciera un nuevo frente de guerra: la retaguardia. Faltaban alimentos, el vestuario era escaso y la población se hacinaba en incómodos y pequeños alojamientos. Además, los ciudadanos comprobaban también como iban perdiendo poder adquisitivo; es decir, como subían más los precios que los salarios. El jefe de la policía berlinesa nos aporta una visión global de las consecuencias de la guerra en la retaguardia:

“…nadie aquí puede aguantar por mucho tiempo con las raciones entregadas, y menos cuando las raciones de pan, de materias grasas, de patatas y de carne se han ido viendo reducidas varias veces ya (…) Durante el verano se ha ido pasando con lo que se ha tenido y podido, pero para el invierno hay centenares de miles de personas que se encuentran ante un problema insoluble: cómo –con unos modestos recursos- vestirse y calzarse; para ello hay que hacer cola noches enteras ante las tiendas de calzados (…) Hay una carestía tal de pequeños y medianos apartamentos, que no hay la menor perspectiva de poder preparar un fuego y un techo a los soldados que volverán a Berlín al acabarse la guerra”.

Con este panorama una de las pocas soluciones que se les presentaba a los habitantes de las ciudades era buscar, en la frontera y en las zonas rurales, los bienes a los que no tenían acceso. Así relata E. M. Remarque una de esas expediciones al ámbito rural en busca de alimentos:

(E. M. Remarque, Después) “Los merodeadores se reúnen en la estación ya al atardecer y por la noche, para internarse de madrugada por las aldeas. Nosotros salimos en el primer tren para que nadie se nos adelante… Nos cruzamos con enjambres enteros de merodeadores, rondando en torno a los corrales como avispas hambrientas alrededor de un panal de miel. Viéndolos comprendemos que los aldeanos se exasperen y nos insulten. La necesidad no conoce límites. Seguimos andando, a pesar de todo; de unas partes nos echan, en otras sacamos algo, coincidimos con otros competidores que nos insultan, como nosotros los insultamos a ellos y así vamos haciendo la jornada. Por la tarde nos reunimos todos en la taberna, donde nos hemos dado cita. El botín no es grande. Un par de libras de patatas, un poco de harina, unos cuantos huevos, manzanas, algunas verduras y carne. A Willy es al único a quien le hace sudar la carga. Es el último que llega, y viene con media cabeza de cerdo bajo el brazo. Por los bolsillos le asoman otros cuantos paquetes. Lo que no trae es abrigo. Lo cambió por las vituallas, fiando en que tiene otro en casa y en que algún día vendrá la primavera…”

Por último vamos a proceder a analizar los efectos de la guerra en los países beligerantes y en los neutrales. En las naciones combatientes la producción se orientó a las necesidades de la guerra -economía de guerra-, acentuándose el comercio interno ante las dificultades que presentaba el exterior. Además se apreció un claro descenso de la inversión. En los países neutrales se produjo una reactivación del comercio exterior ante la demanda de los países beligerantes. Ésta exigía un importante aumento de la productivo, que condujo a un rápido proceso de enriquecimiento. Sin embargo, las naciones no beligerantes tuvieron que enfrentarse a dos graves problemas: la sustitución de los bienes que habitualmente importaban por otros de fabricación nacional, y el desabastecimiento de los propios mercados por la mayor rentabilidad de la exportación.

La euforia de la catástrofe.

Dos factores, la duración y dureza del conflicto -en el frente y en la retaguardia-, hicieron posible que de la “euforia de la catástrofe” se pasase a la “catástrofe de la euforia”. Poco a poco se fue generalizando el malestar hacia el conflicto; surgieron así importantes movimientos contrarios al mismo que exigían a los gobernantes la paz. En éste contexto se propagaron, además, las ideas revolucionarias, por lo que podemos afirmar que durante los últimos meses de guerra se vivió un ambiente prerrevolucionario. Pues bien, en el caso alemán, ante la más que previsible derrota militar, todo esto se acentuó notablemente. Sebastian Haffner, como testigo de estos sucesos, nos va narrando en sus memorias como vivió él ese cambio de ánimos en la retaguardia:

(Sebastian Haffner, Historia de un alemán) “Por aquel entonces tampoco me pasó inadvertido el hecho de que, con el trascurso del tiempo, muchos, muchísimos, casi todos se habían formado una opinión respecto de la guerra distinta a la mía, si bien mi postura había sido inicialmente la más generalizada (…) oía a las mujeres quejarse y pronunciar palabras malsonantes dando muestras de una gran disconformidad”.

También E. Glaeser en Los que teníamos doce años nos describe los efectos de la guerra en la retaguardia:

“La guerra comenzaba a saltar por encima del frente y a hincar su garra en los pueblos. El hambre hizo flaquear aquella hermosa unión de los primeros días y hasta los hermanillos se robaban unos a otros sus raciones (…) pronto las mujeres que esperaban delante de las tiendas, formando largas colas oscuras, hablaban ya más del hambre de sus niños que de la guerra o de los peligros de sus maridos en el frente”.

Sin embargo, la escasez no sólo afectó a la retaguardia; la penosa situación en la que se encotraban las tropas del frente, embarcadas en una inútil guerra de trincheras desde cuatro años atrás, acabo por minar también la moral de los soldados. Veamos como describe E. M. Remarque el frente alemán durante los últimos meses de guerra:

(E. M. Remarque, Sin novedad en el frente) “…nabos cortados en seis trozos y cocidos tan sólo en agua; pequeñas zanahorias llenas, todavía, de tierra. Las patatas picadas son ya un manjar exquisito y la suprema delicia es una sopa de arroz, muy clara, en la que, se supone, deben nadar unos pequeños pedazos de tendón de buey. Sin embargo, están cortados a trocitos tan menudos que no es posible encontrarlos. Naturalmente nos lo comemos todo. Si alguien, por casualidad, se siente tan opulento que no termina de rebañar el plato, hay diez más que esperan hacerlo con mucho gusto. Tan sólo los restos que la cuchara no puede coger caen, junto con el agua del fregadero, en los barriles de basura. También alguna vez pueden mezclarse pieles de zanahoria, unos pedazos de pan enmohecidos y otras porquerías”.

En definitiva, la población y los soldados de las distintas naciones combatientes estaban hartos de la guerra que con tanto júbilo habían acogido en un principio. Anhelaban la paz, la vuelta a la normalidad, el fin de la escasez… El conflicto dejó grabado un sentimiento de rechazo ante la guerra en la conciencia de sus contemporáneos; todos coincidían en que la paz era necesaria, en que aquella catástrofe no debía repetirse:

(E. Toller, Una juventud en Alemania) “El pueblo sólo piensa en la paz. Se ha pasado demasiado tiempo pensando en la guerra y creyendo en la victoria… El pueblo no quiere pasar un nuevo invierno en guerra, no quiere volver a pasar hambre y frío en habitaciones sin calefacción, no quiere más sangre, está harto de morirse de hambre y desangrarse. El pueblo quiere la paz”.

(E. Glaeser, Paz) “La paz ¿Qué era la paz? Era estar allí, estar en casa. Estar en la era, detrás del mostrador, en la mesa, a la hora de comer; en la iglesia a la hora de Misa (…) estar en casa y poder decir: vámonos a la cama, y apagar la luz y dar las buenas noches, poseerse, repelerse, amarse, odiarse, pero estar allí juntos: eso era la paz (…) anhelaban volver a aquella paz y a aquel orden que en agosto del 14 habían perdido en un falso arrebato de entusiasmo. Ansiaban retornar al hogar y volver a sentarse en las viejas sillas”.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[5] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.

[6] Historia de un alemán; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[7] Paz; Ernst Glaeser – Madrid – Cenit – 1930.

[8] Los que teníamos doce años; Ernst Glaeser – Madrid – Cenit – 1929.

[9] Sin novedad en el frente; Erich Maria Remarque – Barcelona – Edhasa – 2007.

[10] Una juventud en Alemania; Ernst Toller – Buenos Aires – Imán – 1937.

La República entre 1919 y 1923


«Curiosamente, la República se mantuvo. “Curiosamente” es la palabra correcta y justa en vista de que, a más tardar, a partir de la primavera de 1919, la defensa de la República estuvo exclusivamente en manos de sus enemigos, pues, por aquel entonces, todas las organizaciones revolucionarias militantes habían sido abatidas, sus dirigentes estaban muertos, sus miembros diezmados, y sólo los Freicorps llevaban armas; los Freicorps que, en realidad, eran ya unos buenos nazis, sólo que sin el nombre. ¿Por qué no derrocaron a sus débiles dirigentes e instauraron ya entonces un Tercer Reich? Apenas les habría resultado difícil”.

La socialdemocracia -elemento predominante de la revolución de noviembre- llevó a cabo, una vez logrados sus objetivos, una amplia tarea anticomunista con el fin de evitar que en Alemania se repitieran los sucesos del octubre ruso. De esta forma, además de tratar de llevar la iniciativa revolucionaria mediante el control de los consejos de obreros, intentaron ganarse el apoyo de los poderes del antiguo régimen imperial: el ejército y la burguesía. Finalmente la República respaldada por los socialdemócratas se mantuvo, pero a costa de importantes concesiones a las fuerzas de la reacción. Desde ese momento, y especialmente a partir de 1923, estas controlaron los resortes del nuevo régimen.

El putsch de Kapp.

«Un sábado por la mañana, mientras la Brigada Ehrhardt desfilaba bajo la Puerta de Brandenburgo, el Gobierno se fugó (…) Kapp, el líder del golpe, proclamó la República Nacional bajo la bandera negra, blanca y roja, los obreros iniciaron la huelga, el ejército se mantuvo “leal al Gobierno”, la nueva Administración no logró ponerse en marcha y, cinco días más tarde, Kapp volvió a dimitir. El Gobierno regresó y exigió a los obreros que reanudaran su labor, pero entonces éstos demandaron su salario (…) la reacción del Gobierno fue volver a dirigir sus leales tropas contra los obreros…»

El putsch de Kapp constituyó el golpe más importante que, desde las filas de la reacción, recibió la República. Haciendo uso de la Brigada Ehrhardt, Kapp marchó sobre Berlín, llegando a esta ciudad poco después de que el gobierno huyese. Sin embargo, las numerosas dificultades con la que el viejo militar se encontró y, especialmente, la movilización obrera, propiciaron el fracaso de la breve experiencia militar.

En su obra, Sebastian Haffner nos narra cómo percibió él los acontecimientos que rodearon al putsch –en general con incertidumbre y desconfianza-, y cómo estos dejaron sus secuelas en la joven República. De estas consecuencias señala dos:

– El surgimiento de una relativa enemistad entre la República y la clase obrera, reprimida tras el fracaso de Kapp.

– La aparición –o reaparición en el primer caso- del nacionalismo radical alemán y de la simbología antisemita.

Las agrupaciones juveniles.

«Fue entonces cuando se adscribieron a agrupaciones “de verdad”, como la Asociación Nacional de Jóvenes Alemanes o la Agrupación Bismarck (las Juventudes Hitlerianas no existían aún), y pronto exhibieron en el colegio puños americanos, porras e incluso “rompecabezas”, se vanagloriaban de haber participado en peligrosas salidas nocturnas (…) siempre lo mismo: un par de rayas que de forma sorprendente y satisfactoria componían un ornamento simétrico parecido a un cuadrado. Enseguida estuve tentado de imitarlo. “¿Qué es eso?”, le pregunté por lo bajo. “Símbolos antisemitas”, me susurró él en estilo telegráfico (…) Éste fue mi primer encuentro con la cruz gamada».

A raíz del putsch de Kapp fueron surgiendo asociaciones juveniles de carácter nacionalista. Poco a poco aglutinaron a su alrededor un buen número de jóvenes, que eran adoctrinados en la ideología de la respectiva agrupación. Como se aprecia en este fragmento extraído de Historia de un alemán, la violencia y la simbología -especialmente antisemita- eran dos características fundamentales de estas asociaciones. En relación con esto hay que añadir la importancia que sus miembros daban a la forma física, y el carácter militarista de estos grupos.

La época Rathenau.

«Un día, los periódicos de mediodía trajeron simple y llanamente el siguiente titular: “Asesinado el ministro de Asuntos Exteriores Rathenau”. Tuvimos la sensación de que el suelo se esfumaba bajo nuestros pies y ésta se intensificó al leer de qué forma tan extremadamente sencilla, carente de esfuerzo y casi obvia se había producido el hecho (…) Era obvio que el futuro no les pertenecía a los Rathenau, que se esforzaban por convertirse en personalidades excepcionales, sino a los Techov y Fischer, que simplemente aprendían a conducir y a disparar».

El primer atisbo de estabilidad del que pudieron gozar los alemanes tras la Gran Guerra fue la época de Rathenau. Sin embargo, como muy bien indica Sebastian Haffner en su libro, aquellos no eran años para gente como este ministro de Exteriores. Era la época de los que, por la fuerza, imponían sus criterios al conjunto de la población. Así, la figura que mantenía en pie a la República, se esfumó: asesinado por ser judío y dar estabilidad al régimen político alemán; esto -sobra decirlo- no favorecía nada a los grupos antisistema.

Además, como conclusión a este capítulo, el autor nos revela una idea que poco a poco comenzó a estar presente en las conciencias de los alemanes: “nada de lo que hace la izquierda funciona”. Se barruntaba, pues, la pérdida de credibilidad de la socialdemocracia que, al fin y al cabo, era el baluarte del sistema de Weimar.

Bibliografía:

[1] Historia de un alemán; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2005.

[2] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[3] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[4] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[5] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[6] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[7] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

[8] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[9] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[10] El desempleo de masas en la Gran Depresión. Palabras, imágenes y sonidos; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 2006.