Explica las alternativas políticas que se proponían tras la muerte de Franco, y quiénes defendían cada una de ellas


NONAGÉSIMO CUARTO ESTÁNDAR DEL TEMARIO QUE, DE ACUERDO CON LO ESTIPULADO POR LA CONSEJERÍA DE EDUCACIÓN DE CASTILLA Y LEÓN, PODRÁ SER OBJETO DE EXAMEN EN LA EBAU, ANTIGUA SELECTIVIDAD.

Existe un acuerdo global a la hora de situar la transición española dentro de la “tercera ola” democratizadora enunciada por Samuel P. Huntington. Asimismo, se observa un amplio consenso en torno a la labor realizada, que consistía en desmantelar el viejo régimen, dar voz institucional a la oposición democrática, reconocer a los partidos políticos, los derechos de los sindicatos y el derecho de catalanes y vascos a ser culturalmente diferentes y políticamente autónomos, todo esto sin provocar una reacción autoritaria por parte del ejército y del búnker franquista, sin desatar los viejos demonios históricos de la primera y de la segunda República española y de todas las guerras civiles de la España contemporánea.

Ahora bien, para una mejor compresión de ese proceso de cambio, es preciso describir la situación política del país a la muerte del General Franco. En ese contexto distinguimos tres grandes proyectos: continuismo, reforma y ruptura. El primero de ellos, al que se adscribían los grupos más involucionistas de la administración estatal -el bunker-, se caracterizó por una defensa a ultranza del régimen político tal y como se había forjado durante la Guerra Civil y los años de posguerra; es decir, sin admitir ningún tipo de cambio en lo relativo a la organización del poder, las Leyes Fundamentales y los derechos y libertades de la ciudadanía. En el otro extremo se situaban los partidarios de romper con el pasado franquista e instaurar en España una democracia a través de un proceso de cambio político en el que, si bien no era lo deseado, no se renunciaba a la vía revolucionaria. Dentro de ese grupo se situaban los grupos de izquierdas, con especial protagonismo del PSOE y del PCE, así como los nacionalistas periféricos.

Por último, en una posición intermedia entre las otras dos posturas, se situaban los reformistas, grupo integrado tanto por los aperturistas del régimen como por la oposición mas moderada; democristianos, liberales y socialdemócratas fundamentalmente. Su objetivo, al igual que el de los rupturistas, era la sustitución de la dictadura del general Franco por un régimen democrático con sufragio universal, la desaparición de la represión y la división de poderes que ello conlleva. Sin embargo, entendían que ese proceso debía realizarse desde la legalidad franquista –“de la Ley a la Ley”-, desmontando piedra a piedra el régimen dictatorial sin rupturas ni discontinuidades.

Desde el primer momento se hizo evidente que los ciudadanos deseaban, de forma mayoritaria, la democratización del país, pero sin sacrificar la paz y el orden. Esto sólo dejaba una posibilidad, la reforma, que fue el camino seguido por el proceso de transición hasta la aprobación, el 15 de diciembre de 1976, de la Ley para la Reforma Política. En ese periodo de casi trece meses, los españoles fueron testigos de cómo, tanto el búnker como la oposición rupturista al régimen, fracasaban en sus respectivos proyectos.

No obstante, una vez llevada a cabo la reforma legal desde arriba, los reformistas del régimen no podían continuar el tránsito a un orden democrático sin la ayuda de la oposición. Necesitaban atraerse a los sectores más moderados de entre las filas rupturistas, lo que supuso aceptar buena parte de sus postulados. De esta manera, el cambio político pudo llevarse a cabo porque ambos proyectos, reformista y rupturista, cedieron en determinados aspectos con el fin de constituir un régimen democrático. De hecho, la democratización del país era la meta común de los dos grupos, que tan sólo diferían en la manera de llevarlo a cabo. A este respecto, podemos decir que en un principio, por la lógica del momento ya enunciada anteriormente, se impuso la vía reformista; sin embargo, más adelante comenzaron a integrarse también algunos rasgos del proyecto rupturista.

ESTRUCTURA DEL VÍDEO:

  • 0:24. ¿En qué consistió la Transición Española?
  • 1:14. Los proyectos políticos a la muerte de Franco: continuismo, reforma y ruptura.
  • 2:21. El triunfo de la reforma.
  • 3:40. La construcción de la democracia española.

BIBLIOGRAFÍA:

  1. Historia de España 2 – Editorial Anaya.
  2. Historia de España – Editorial Vicens Vives.
  3. Historia de España Contemporánea; José Luis Comellas – Rialp.

DIAPOSITIVAS DEL VÍDEO:

La República de Weimar


Entre los nacionalistas alemanes se difundió la idea de la responsabilidad de los socialistas y judíos en la revolución que favoreció la rendición alemana. Asimismo, consideraban el Tratado de Versalles un diktak (imposición).

De esta mentalidad surgiría el revanchismo alemán contra la democracias, que afectó en primer lugar a la suya.

La dureza de la crisis (1920-1923)

En julio de 1919 se elaboró, en la ciudad de Weimar, la nueva constitución que convertía a Alemania en un República federal (con autonomía de los länders) y presidencialista. Además, se aprobaba el sufragio universal, que incluía el femenino.

Sin embargo, el sistema electoral impedía la formación de mayorías parlamentarias.

El problema político de Alemania era la aceptación de las nuevas fronteras y el pago de las reparaciones de guerra. Esta situación se agravó en 1923 a causa de:

  • La ocupación del Ruhr por los franceses ante el impago de las reparaciones por parte de Alemania. Provocó una fuerte inflación que dejó a los sectores populares sin capacidad de compra.
  • Los intentos separatistas de Renania y Baviera, el malestar entre los militares y la crisis social por la difícil incorporación de los excombatientes a la vida civil.
En este contexto, se sucedieron intentonas golpistas por parte de la extrema derecha desde 1920: del general Lütwitz en Berlín (1920) y de Hitler en Munich (1923).

Los apoyos políticos entre 1923-1929

La República se apoyó durante sus dos primeros años en el SPD y en el Zentrum, organización de centro-derecha. En 1923 eligió como presidente del Gobierno y ministro de Asuntos Exteriores a Gustav Stresemann, del Partido Popular alemán, formación conservadora y democrática.

Así, se consiguió un Gobierno de gran coalición que obtuvo cierta estabilidad. Sus objetivos fueron normalizar las relaciones con Francia y equilibrar la situación económica y monetaria. De ahí surgió el Plan Dawes pactado entre los vencedores y Alemania que redujo las reparaciones y suavizó los plazos para pagarlas. Comenzó la recuperación económica alemana que permitió reducir el paro.

En este ambiente de entendimiento franco-alemán surgieron, a su vez, los acuerdos de Locarno. El pacto de Locarno (1925), cuyos artífices fueron Stresemann y Briand, buscaba fijar las fronteras de Europa:

  • Alemania reconoció la pérdida de Alsacia y de Lorena.
  • Francia se retiró de la cuenca del Ruhr.
  • Se flexibilizaron las reparaciones de guerra alemanas.
  • Se admitió a Alemania en la Sociedad de Naciones.
Quedaba un asunto pendiente: la aceptación por parte de Alemania de las fronteras orientales.

Locarno serenó los ánimos y empujó una cierta recuperación económica europea.

Además, tanto Francia como Alemania se comprometían a someter a un tribunal de Justicia Internacional aquellos litigios que no pudieran resolver de forma amistosa. El complemento de Locarno fue el proyecto de paz duradera: el pacto Briand-Kellog, mediante el cual los firmantes renunciaban y condenaban la guerra. Lo firmaron 65 naciones, entre ellas Alemania.

El fin de la República de Weimar (1929-1933)

La muerte de G. Stresemann (1929) se produjo en el peor momento, justo cuando comenzaban los efectos de la depresión del 29 y la consiguiente radicalización política. Cayó la producción, huyeron los capitales extranjeros, se devaluó la moneda, se disparó la inflación y volvió el desempleo en toda su crudeza.

En 1928 el NSDAP sólo consiguió el 2,6% de los votos, mientras que en 1930 ya alcanzaba el 18% y en julio de 1932 el 37,3%, siendo la fuerza más votada. Finalmente, en marzo de 1933, siendo ya Hitler canciller, alcanzó el 43,9%. Aunque más lentamente, también creció el KPD: 10,6% en 1928, 14,3% en 1930 y 16,9% en julio de 1932.

Al mismo tiempo, se producía la caída de los partidos moderados de centro (liberales, populares y Zentrum) y de izquierda (SPD).

Los últimos tiempos de Franco III

El «espíritu del 12 de febrero» consiguió algunos logros: una mayor libertad de prensa, reflejada en las revistas críticas hacia el Régimen, y una tolerancia de la oposición moderada (demócrata-cristianos, liberales, socialdemócratas y socialistas).

Pero la vigencia del «espíritu» fue efímera. El 28 de abril, Girón publicó un manifiesto en el diario falangista Arriba, en el que arremetía contra la libertad de prensa y la apertura.

Sólo existía «el espíritu del 18 de julio». El «gironazo» dio en la línea de flotación del Gobierno Arias. Pocos meses después, el presidente Arias volvería a las esencias franquistas, que en su corazón no había abandonado nunca. El 15 de junio de 1974, en un discursos en Barcelona, afirmaba con contundencia «que, en primer lugar, deseo reafirmar el protagonismo del Movimiento en el momento político presente (…). El Movimiento y el pueblo español son una misma cosa».

Salvador Sánchez-Terán, La Transición. Síntesis y claves, p.29.

La autosugestión de la sociedad

La autosugestión era un elemento crucial en el proceso de condicionamiento totalitario. La adaptación a las formas de conducta exigidas se producían a menudo como anticipación de las órdenes oficiales, más que como consecuencia de ellas. Mientras el castigo aplicado a los delitos no estaba definido como tal por las leyes, ocurría que, en apariencia, los ciudadanos obedecían los mandatos del estado por su propia voluntad, pues lo que determinaba inmediatamente su conducto no era la promulgación de ninguna ukase sino su sensación de inquietud. Esta progresiva limitación de la autonomía individual podía imponerse con notable facilidad en una sociedad en una sociedad en la cual la propia estimación del individuo no deriva tanto de la sensación de libertad como de su función profesional o de su papel dentro de la familia. Este hecho contribuye también a explicar la preferencia de la nación por un buen gobierno (es decir: un gobierno eficaz) antes que por el autogobierno. Se daba, además, una carencia de anticuerpos capaces de resistir el contagio de la ideología nazi. La oposición habría necesitado una contra-ideología viable, más allá de la simple no aceptación de la doctrina corrientemente impuesta. Pero los recuerdos de la debacle republicana pesaban obsesivamente sobre todas las opiniones políticas; ni siquiera los socialdemócratas, situados ahora en la ilegalidad, se planteaban un retorno a los mecanismos de Weimar después de la eventual desaparición de Hitler.

Richard Grunberger, Historia social del III Reich, p. 34.