Historia de un alemán (1914-1933)


He publicado una larga serie de artículos en los que repaso los aspectos, a mi juicio, más interesantes de la Historia de Alemania entre 1914 y 1933. Para ello he apoyado en Historia de un alemán (1914-1933), obra del historiador y periodista Sebastian Haffner. He agrupado los textos en los siguientes capítulos:

Historia de un alemán
La Gran Guerra
La Revolución de 1918
La República de Weimar entre 1919 y 1923
El año inhumano (1923)
La época de Stresemann
El fin del sistema de Weimar
La revolución legal
Los mecanismos de represión
El consenso y la propaganda
La Transformación Sociocultural
La situación de los no-nazis

La República de Weimar y la cooperación militar con la Unión Soviética


Continuando con nuestro estudio de las relaciones entre la Reichswehr y el Ejército Rojo, cabe plantearse otra pregunta: ¿cómo fue posible la colaboración, de manera tan estrecha y en los años veinte y treinta, de un régimen democrático con la Unión Soviética? Sorprende ver a una democracia tan avanzada en cuestiones constitucionales enrolada en semejante colaboración militar. Además, hay que tener en cuenta que el alemán era un estado que para sobrevivir había tenido que derrotar a los comunistas en su propio territorio.

¿Qué sucedió para que todo esto fuera posible? ¿Qué llevó a la República de Weimar a romper lo que de manera sincera pactado en Versalles? Realmente, tal como nos dice Sebastián Haffner, no paso nada. No fueron los políticos republicanos los que suscribieron semejantes acuerdos. Ellos firmaron, no sin cierto cargo de conciencia, los papeles de Rapallo, nada más. Fue el ejército el que se mostró partidario de la colaboración con la Unión Soviética. Y lo pudo hacer porque, gracias a las maniobras de Erich Ludendorff al término de la Gran Guerra, la Reichwerh era un estado dentro del propio estado. Veamos como explica esto el autor:

“…durante la República de Weimar, el ejército alemán fue un estado dentro de otro estado hasta tal punto que, protegido frente al Parlamento y el gobierno podía llevar a cabo su propia política: una empresa del calibre de la política militar en Rusia por parte de la Reichwehr no hubiera sido posible de forma totalmente independiente de la política general”.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[3] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[4] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

El bacilo bolchevique de la aventura asiática

“Lo que sí contribuyó fue la propaganda rusa en la propia Rusia entre los soldados de los ejércitos orientales alemanes, muchos de los cuales introdujeron el bacilo bolchevique, según el testimonio de Ludendorff, cuando fueron trasladados al oeste o de vuelta a las guarniciones del país a lo largo de 1918; y especialmente entre los prisioneros de guerra alemanes, a los que los bolcheviques liberaban inmediatamente y les lavaron el cerebro”.

Sebastian Haffner enumera a lo largo del capítulo que nos ocupa las numerosas iniciativas llevadas a cabo por el gobierno soviético con el fin de hacer estallar la revolución en Alemania. Sin embargo, ninguna de ellas fue tan eficaz como la vuelta a casa de los soldados destacados en el frente oriental tras el triunfo de la revolución en Rusia.

Estos hombres llevaron a los hambrientos hogares alemanes imágenes idealizadas del nuevo experimento político surgido en el este. Sus narraciones sobre el pueblo ruso, unidas al hastío que sentía el pueblo hacia la guerra del káiser, fueron una auténtica bomba de relojería que, en el mes de noviembre de 1918, acabó por estallar en las calles de las principales ciudades.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] La revolución alemana de 1918-1919; Sebastian Haffner – Inédita – Barcelona – 2005.

[4] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[5] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[6] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

Séptimo pecado: la verdadera puñalada


“Tan sólo un año más tarde volvieron a presentarse los que en octubre y noviembre de 1918 habían huido tan miserablemente de su responsabilidad, y lo hicieron en calidad de acusadores. Los socialdemócratas a quienes ellos habían cargado con la responsabilidad de la derrota se convirtieron entonces en los “criminales de noviembre” que habían “apuñalado por la espalda al frente victorioso” y provocado la derrota, es más, la habían deseado”. Sebastián Haffner trata de desmontar en el último capítulo de su obra la leyenda de la “puñalada por la espalda”, descrita de forma bastante acertada en el párrafo anterior. Al mismo tiempo plantea lo que él llama la “verdadera puñalada”: efectuada por los altos mandos políticos y militares del Imperio Alemán contra sus opositores –socialdemócratas y democristianos fundamentalmente-, el ejército y la propia nación. La artimaña consistió, básicamente, en entregar el poder a otros justo cuando la derrota era inevitable e inminente. De esta forma, las manos de los verdaderos culpables aparecían limpias ante la Historia y el pueblo, quedando como responsables aquellos que se dejaron engañar al tomar las riendas del poder de modo ingenuo.

La Revolución de noviembre no afectó para nada al desenlace final de la guerra. La derrota alemana, una vez fracasada su última embestida sobre el frente occidental, era cuestión de tiempo. Las tropas norteamericanas e inglesas crecían con el paso de los meses, sin que los alemanes encontraran el modo de mantener por más tiempo la firmeza de sus líneas defensivas. Es más, desde el 29 de septiembre se estaba negociando el alto al fuego con el presidente Wilson. Por tanto, la paz deshonrosa para Alemania –el yugo de Versalles- lo forjaron los que después cargaron sobre los hombros de Weimar esa responsabilidad. No obstante, el séptimo “pecado” no consistió tan solo en afirmar que determinados parlamentarios deseaban la derrota para llevar a cabo la revolución. Eso, desde luego, era falso –se podría plantear solamente esta tesis para el caso de los futuros espartaquistas-; pero había más.

La Alemania imperial pudo llegar, una vez sumida en el pozo de la derrota, a una paz más favorable. Lo que sucedió fue que sus líderes, bien por miopía política o bien por la ya habitual huída de la realidad, no tomaron el camino adecuado. Los ejércitos alemanes tenían que haber abandonado Francia y Bélgica a principios de mayo con el fin de plantear una defensa seria y posible en el Rin. Esto obedecía no solo a la lógica militar, sino también diplomática: desde una posición fuerte se podría llegar a una paz más conveniente. Sin embargo, una vez más, el alto mando se mostró incapaz de reconocer la derrota; y eso incluía la cabezonería de no abandonar Bélgica, que en principio era simplemente un lugar de paso.

Haffner nos muestra a Ludendorff como responsable de estos hechos: un general omnipotente, con cierto trastorno mental a esas alturas del conflicto, y ejemplo claro de los dos males más nocivos de Alemania es la Gran Guerra, la huida de la realidad y la búsqueda de chivos expiatorios. Este militar, además de ejercer de comadrona de la puñalada, cometió dos “pecados” en el último momento: no retirarse al Rin y pedir, públicamente y sin ningún tipo de preparación política, el alto al fuego el 29 de septiembre. Este último suceso no solo desmoralizó a la nación entera –exhausta a esas alturas de conflicto-, sino que también mostró a los enemigos el agotamiento alemán. Eso sirvió para que las condiciones de paz fueran más duras, ya que los germánicos pasaron a ocupar una posición de debilidad también en lo diplomático.

El autor suaviza al final del capítulo la culpa de Ludendorff, ya que su ascenso vino causado por la renuncia a su obligación de gobernar de algunos políticos. Si el general se encontró en un momento de la guerra con todo el poder en sus manos fue, básicamente, porque casi le obligaron a aceptarlo; los demás no cumplieron con su obligación de gobierno.

Bibliografía:

[1] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[2] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[3] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.