La vida cotidiana en el infierno

Sebastian_HaffnerArtículo de Luís Fernando Moreno publicado por El País el 29 de noviembre de 2001.

El 2 de enero de 1999 fallecía en Berlín, su ciudad natal, el gran publicista Sebastian Haffner, a la edad de 91 años. Su verdadero nombre era Raimund Pretzel y provenía de una familia acomodada. Su padre, un funcionario prusiano que poseía una excelente biblioteca con más de 10.000 volúmenes, le transmitió su pasión por los libros, pero también lo ayudó a adquirir la sensatez necesaria para observar el mundo con sentido común. El muchacho estudió jurisprudencia y, a sus 25 años, era ya pasante en el Tribunal Imperial de Justicia; con cierta probabilidad, su carrera hubiera sido la de un alto y brillante funcionario de Estado de no haber llegado Hitler al poder en Alemania, el 30 de enero de 1933.

Aunque aquel joven rubio y bien parecido no era de origen judío, sino “ario”, y no tenía nada que temer en ese sentido de los nazis, que incluso le hubiesen permitido medrar en la Administración, en 1938 eligió el camino del exilio trasladándose a Inglaterra. Allí trabajó para The Observer como periodista y, tras estallar la Segunda Guerra Mundial, publicó Germany: Jekyll.

Y ya como Sebastian Haffner regresa a su patria en 1954, donde trabaja para Die Welt y, después, durante muchos años, para el semanario Stern. Aparte de sus polémicos artículos de análisis histórico-político -la pacata izquierda germana siempre consideró a Haffner un columnista “de derechas”, dados sus inveterados ataques al comunismo de la RDA-, publicó títulos tan señeros como Churchill, Die November Revolution, Anmerkungen zu Hitler o el único de sus libros aparecido en España, hoy descatalogado: El pacto del diablo (Bruguera), sobre las relaciones germano-soviéticas.

Entre el legado de Haffner, los albaceas hallaron un texto inédito que llevaba por título Historia de un alemán. El original databa de 1939. Apenas publicado en Alemania, el pasado año 2000, el inédito de Haffner se convirtió en un gran éxito de ventas, y es que su contenido resultó ser apasionante. Mezcla de reflexión ensayística y autobiografía, Haffner intentaba explicarse, por una parte, las razones que habían posibilitado el ascenso de Hitler al poder, y con este fin repasaba con admirable claridad y concisión la historia de Alemania desde 1914 hasta aquel momento. Por otra parte, el autor se centraba en su propia vivencia durante los meses que siguieron a aquel acontecimiento fatídico y que tan graves consecuencias traería consigo.

Fue el instinto, la “nariz”, lo que previno en contra de los nazis a aquel chico culto, despabilado, individualista y celoso de su libertad, que era Raimund Pretzel a sus 25 años, en 1933. En modo alguno podía adherirse a un régimen que se inmiscuía sustancialmente en la vida privada de las personas, que se proponía dirigir sus movimientos, controlar las amistades, los gustos y, principalmente, el pensamiento de todos. Aquel joven, que incluso en cierta ocasión se había declarado “más bien de derechas”, sentía que había algo que “olía mal” en los nuevos señores: su retórica, su cinismo, la brutalidad de sus acciones. Pero ese olfato para discernir entre lo carente de valor y aquello que sí lo poseía, desgraciadamente -se lamenta el autor-, era ajeno a la mayoría de los alemanes.

Después de referirse brevemente a las tres décadas que transcurrieron entre el fin de la Primera Guerra Mundial y el advenimiento de Hitler: la inflación, la era Stresemann y, finalmente, los años postreros de la República de Weimar, en tonos que recuerdan lejanamente a El mundo de ayer, de Zweig, Haffner describe magistralmente el infierno en que, en cuestión de días, se convirtió la vida diaria en el Reich. De repente, “la masa lo invadió todo: lo bárbaro se convirtió en cotidiano; lo chato y obtuso, la falta de nouance, de valour se tornó general”. Desde entonces sólo cupo lo “pesado y artificial, lo colectivo aplastó el pensamiento individual; la libertad fue abolida y comenzó el dominio de la oscuridad y el terror”. “El infierno” se convirtió en norma para los ciudadanos que se negaron a colaborar activa o pasivamente con aquella ideología bombástica y fundamentalista. El ambiente se estrechó cada vez más en torno a los espíritus libres y fueron nulas las posibilidades de resistir individualmente a esa especie de Goliat portaesvásticas en que se convirtió la nación entera.

Detrás de las aclamaciones de júbilo al paso de escuadras de jóvenes uniformados, tras el obligatorio saludo a la romana -cualquiera que se abstuviera de alzar el brazo en público recibía una paliza-, oculto bajo la fanfarria militar, se escondía o bien la necedad de un pueblo sin conciencia, machacado por la ideología, o bien el miedo. De súbito, el denominado “pueblo de los poetas y los pensadores” dejó de serlo, pues tanto poetas y pensadores acabaron en los campos de concentración o huyendo al extranjero. “La cultura descendió de golpe hasta niveles ínfimos”, sofocada por el hervidero de consignas, por los discursos de los ideólogos; de pronto, dejó de producirse “algo que mereciera la pena”.

Moralmente, la nación entera se desquició, y no sólo cuantos fueron señalados como víctimas; también quienes se unieron a los nazis, bien por cortedad, mero oportunismo o, simplemente, para salvar la vida, cayeron en una espiral de terror y chantaje emocional, y cuando quisieron salir de ella ya no lo lograron: Hitler y sus centuriones, pero también la gran mayoría de sus conciudadanos, los succionaron hacia un atroz vórtice de dominio. Así, por pura inconsciencia, muchas personas se vieron convertidas en cómplices del gran crimen contra la humanidad perpetrado por Alemania. Y es que, constata Haffner, para los ciudadanos “normales” fue más cómodo dejarse trastornar por aquel régimen extremadamente nacionalista, populista y racista que oponer resistencia; no en vano, se imponía en toda la nación aquel carácter general que era el denominador común de una gran parte de los alemanes de la época: falta de coraje civil, “instinto de rebaño” (en palabras de Nietzsche) y, sobre todo, una marcada incapacidad sustancial de disfrutar de una vida de sosiego y felicidad individuales; nada temía más el burgués medio que “el vacío y el aburrimiento”; así, el horror vacui junto a la estupidez y los difusos deseos de “salvación” lo enjaezaron de tal forma que se convirtió en presa fácil de las ideologías de todo cuño.

Entreverada con tales ideas y reflexiones acaso un tanto generales pero que dan en el clavo, Haffner narra, además, en su impresionante documento -magníficamente traducido al castellano- una tibia historia de amor: la del narrador y una muchacha judía, acaso el trasunto literario de la mujer que lo seguiría a Inglaterra y que más tarde sería su primera esposa: Erika Hirsch. Asimismo, relata el avatar de su mejor amigo, también de origen semita, jurista como él, y ya sin la más mínima posibilidad de vivir con normalidad en Alemania, donde bajo los auspicios de la nueva barbarie legal se ordenaba al pueblo que diese rienda suelta a su ancestral antisemitismo.

Con el nacionalsocialismo, entraron en vigor nuevas leyes que excluían a los funcionarios judíos de la Administración y ordenaban a los “arios” boicotear todo negocio regentado por judíos e incluso a los profesionales autónomos como médicos o abogados pertenecientes a aquella “raza maldita”. Miles de familias judías se vieron, pues, de la noche a la mañana sin posibilidades de subsistencia, y escasos fueron los “arios” que se atrevieron a desobedecer las órdenes recibidas.

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Los mecanismos de represión


“Hoy ya no se va a ninguna parte con comentarios escépticos. Lo único que se consigue es cavar la propia tumba. No cometa el error de creer que se puede actuar contra los fascistas. ¡Y menos haciéndoles oposición abierta! ¡Créame! Tal vez conozca a los fascistas mejor que usted. Ahora nosotros, los republicanos, tenemos que bailar al son que nos tocan”.

Los aparatos de represión del Reich tenían como objetivo principal luchar contra todo lo que ponía en peligro, o amenazaba, a la comunidad nacional. De esta forma, mediante una hábil coordinación de los tres mecanismos represivos fundamentales –la policía política, los jueces y el propio pueblo alemán-, se lograba mantener la supremacía y monopolio de la doctrina nacionalsocialista. Todos aquellos individuos que -ideológica o étnicamente- se consideraban peligrosos, eran duramente reprimidos.

Desde su experiencia personal, Sebastian Haffner nos describe el ambiente de la sociedad alemana durante los primeros meses de 1933. Cómo en este fue influyendo poco a poco la presión del aparato represivo. Se nos muestra una sociedad alemana víctima y cómplice al mismo tiempo de esa coerción, que llegó a convertirse en algo omnipresente en apenas unas semanas.

El aparato policial.

«Tienen permiso para irse a casa – contestó, y casi retrocedí bruscamente al escuchar el tono tan amenazante con el que había hablado, lento, gélido y malicioso. Lo miré a la cara y volví a retroceder bruscamente (…) ya no era un rostro humano en absoluto, sino más bien la cara de un cocodrilo. Había visto el rostro de las SS».

Con la llegada de Hitler al poder, y especialmente tras la muerte del presidente Hindenburg (1934), Alemania se transformó en un Estado policial. Organizaciones como la SA, las SS o la Gestapo eran las encargadas de llevar a término las tareas represoras. Así, estas policías cumplían un doble objetivo: perseguir el delito político y actuar, de manera preventiva, contra los posibles enemigos del régimen.

La omnipresencia de los uniformes pardos, el miedo que inspiraban los miembros de los cuerpos policiales y paramilitares nacionalsocialistas, y la brutalidad de las operaciones de los mismos, fueron algunas de las características que, de la represión policial, podemos encontrar en Historia de un alemán. Se trataba, pues, de un régimen respaldado por el terror, contra el que, el ciudadano -el individuo- poco o nada podía hacer. Haffner refleja muy bien en su obra como el estado de aturdimiento en que se encontraban los alemanes, y la sorpresa ante estos acontecimientos, hicieron imposible o muy difícil la reacción.

El aparato judicial.

«Alguien rompió el silencio mantenido: “Las SA” (…) Al parecer casi todas las reuniones se habían suspendido. Los jueces se habían quitado la toga y habían salido del edificio en actitud humilde y civilizada, bajando por una escalera franqueada por filas de miembros de la SA. Sólo en la sala de abogados se había producido un altercado».

La Justicia también se vio afectada por el ascenso nacionalsocialista hasta el punto de llegar a convertirse en un elemento más del aparato coercitivo del Estado. El poder judicial perdió su independencia, y pasó a estar enteramente sujeto al ejecutivo. Además, la legislación de la República dejó de tener vigencia: la ley era la voluntad del Führer.

Como pasante en el tribunal cameral prusiano, Haffner fue testigo de primera mano de la sumisión del aparato judicial alemán al régimen hitleriano. Su obra es un importante testimonio de cómo, ya en 1933, los jueces fueron sometidos al terror nazi; de cómo las leyes se vieron alteradas a voluntad del nuevo ejecutivo; y, finalmente, de cómo fueron apareciendo los nuevos magistrados adeptos al régimen que, poco a poco, coparon los principales puestos de responsabilidad dentro de la administración de justicia.

La delación.

“Me temo que no es muy consciente de que hoy día las personas como usted representan un peligro latente para el Estado, y que éste tiene el derecho y el deber de tomar las medidas correspondientes, a más tardar en el momento en que uno de ustedes se atreva a llegar al punto de oponer una resistencia abierta” Esto fue lo que dijo lenta y juiciosamente, al estilo de un comentario del Código Civil. Mientras, me clavaba una mirada de acero en los ojos. “¿Así que usted tiene la intención de denunciarme a la Gestapo como enemigo público?” Fue más o menos entonces cuando Von Hagen y Hirsch se echaron a reír, tratando de que todo quedase en una broma. Sin embargo, esta vez Holz les desbarató los planes. En voz baja y premeditada dijo: “Confieso que llevo algún tiempo preguntándome si no es ésa mi obligación”.

La denuncia no constituyó un hecho aislado dentro de la Alemania nacionalsocialista; los afines al régimen participaban de ella. Esto posibilitaba un amplio control sobre la sociedad y la privacidad de las personas. La población formaba parte del régimen: se vigila a sí misma.

Este aspecto de la represión del régimen hitleriano queda bastante bien reflejado en la obra de Sebastian Haffner. A la aparición de personajes dispuestos a delatar a sus conciudadanos se une el miedo –la inseguridad y la desconfianza- a ser objeto de esas denuncias. El autor logra crear en las páginas de su libro la ambientación necesaria para que el lector se haga idea de cómo era el ambiente entre los ciudadanos del III Reich.

La política racial.

«El primer acto intimidatorio fue el boicot impuesto a los judíos el primero de abril de 1933 (…) En los días siguientes se tomaron medidas complementarias: todos los negocios “arios” debían despedir a los empleados judíos. A continuación: todos los negocios judíos debían hacer lo propio. Sus dueños estaban obligados a seguir pagando los sueldos y salarios de sus empleados “arios” mientras los negocios permaneciesen cerrados a causa del boicot. Dichos propietarios tenían que retirarse totalmente y solicitar la presencia de gerentes “arios”… Al mismo tiempo comenzó la “campaña informativa” contra los judíos».

No cabe duda de que el problema de la pureza racial -especialmente la cuestión del antisemitismo- fue uno de los pilares básicos de la ideología nacionalsocialista. Sin embargo, pronto fueron conscientes los líderes nazis de que este objetivo tenía que ser llevado a cabo de manera progresiva, por medio de pequeñas dósis que pudieran ser digeridas por la sociedad sin levantar grandes protestas. Así arrancó un proceso que, a base de agresiones bien calculadas, acabó llevando a los judíos a los campos de exterminio.

En Historia de un alemán -memorias que no pasan de 1933- sólo se nos narran los primeros sucesos antisemitas acaecidos en Alemania durante el III Reich. Se relata el boicot a los negocios judíos y su verdadera repercusión. También se menciona la exclusión del funcionariado de los semitas y se describe la propaganda esgrimida contra ellos. No obstante, tal vez lo más valioso de todo sean las constantes referencias a cómo la ideología antisemita fue calando en la sociedad alemana, en ocasiones en forma de justificaciones ante la dura represión.

Bibliografía:

[1] Historia de un alemán; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2005.

[2] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[3] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[4] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[5] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[6] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[7] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

[8] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[9] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[10] El desempleo de masas en la Gran Depresión. Palabras, imágenes y sonidos; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 2006.