El desempleo de masas en la Gran Depresión


En febrero de 2007 escribí para la web del Club Lorem-ipsum una crítica de El desempleo de masas. Palabras, imágenes y sonidos, obra de José Ramón Díez Espinosa, profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Valladolid (UVa). Después emprendí la tarea de llevar a cabo un repaso más detallado del libro; capítulo a capítulo. Los enlaces a estos artículos son los siguientes:

Comentarios a El desempleo de masas en la Gran Depresión
Realidad y representación del desempleo de masas durante la Gran Depresión I
Realidad y representación del desempleo de masas durante la Gran Depresión II
Realidad y representación del desempleo de masas durante la Gran Depresión III
Aprendiendo el oficio de desempleado
La notificación de despido
La búsqueda de un nuevo empleo

El salario del desempleado: el subsidio
Las preguntas de cada día: ¿qué comer?, ¿dónde dormir?
Cuando el estómago vacío es un problema
Un techo y cuatro paredes donde cobijarse
Y, además, transtornos psicológicos
El tiempo es el peor enemigo

El viaje del pesimismo al fatalismo
Votos del hambre, marchas del dolor
Pardos y rojos se disputan la última esperanza de Alemania
Apatía y marchas de hambre del desempleado británico

El hambre no conduce a la revuelta en los Estados Unidos
Epílogo: empleo y desempleo de masas durante los años treinta

Cincuenta y cuatro años de dictadura

Esta entrada forma parte de un conjunto de artículos que he escrito sobre el origen y desarrollo de la «Primavera Árabe» en Túnez y Egipto. Para leer los restantes textos dedicados a esta cuestión, haz clic aquí.


El gobierno de Habib Burguiba

1878. El entendimiento entre británicos y franceses había legitimado a estos últimos para hacerse el país. Los nuevos señores del Mediterráneo Occidental –no hemos de olvidar que Francia gobernaba Argelia y extendía su protectorado hasta Marruecos- respetaron la figura del bey otomano, pero privando a su poseedor de cualquier poder. El gobierno era cuestión exclusiva de los cargos nombrados por la metrópoli.

Veinticinco años después, en agosto de 1903, nacía en Monastir Habib Burguiba, el hombre que iba a llevar a Túnez a su independencia.

En la década de 1930, Habib Burguiba pasó a formar parte del grupo nacionalista Destour, del que pronto se separó, participando en la fundación del Neo-Destour. Su defensa de la autonomía tunecina, así como de la idea de una independencia negociada con Francia, le granjearon numerosos apoyos dentro del partido.

De esta manera, en 1933 se convirtió en su máximo dirigente, imponiendo sus postulados de corte socialista. Durante dos décadas, con Guerra Mundial y ocupación alemana incluida, el Neo-Destour continuó su lucha por la independencia.

Finalmente, en 1954, comenzaron las negociaciones entre el gobierno francés y los representantes del nacionalismo tunecino. En agosto de 1956, la metrópoli aceptó retirar tanto sus fuerzas militares como los funcionarios de la administración colonial, al tiempo que, bajo la tutela de París, Habib Burguiba era nombrado primer ministro. Sin embargo, el líder del Neo-Destour no respetó el acuerdo. En mayo del año siguiente rompía relaciones con Francia y anulaba los poderes políticos del bey Muhammad VIII al-Amin.

En el mes de julio de 1957, proclamaba la República de Túnez bajo su presidencia.

Una vez en el poder, Habib Burguiba puso en marcha su proyecto de socialismo árabe. Siguiendo el modelo soviético de economía planificada, llevó a cabo un intenso proceso nacionalizador a lo largo de la década de 1960. A su vez, introdujo la colectivización y el control estatal sobre la producción y el precio de los alimentos.

Todo esto condujo a un incremento de la burocracia, al tiempo que la inflación se disparaba. En medio de una situación económica crítica, y ante el riesgo de que estallara una revolución popular, Habib Burguiba abandonó sus postulados socialistas e inició un proceso de liberalización económica.

A mediados de la década de 1970, Túnez había recobrado buena parte de la tranquilidad y prosperidad perdida durante la etapa de políticas marxistas.

Fue, sin duda, la época dorada del gobierno de Habib Burguiba, que incluso logró que el Parlamento votara a favor de su nombramiento como “presidente vitalicio”. Sin embargo, desde 1980 su salud fue deteriorándose poco a poco, hasta el punto de impedirle desempeñar con normalidad las tareas de gobierno. Cada vez se apoyaba más en Zine El Abidine Ben Alí, en quien recaían buena parte de las decisiones importantes.

En 1985, Ben Alí, que por entonces desempeñaba el cargo de jefe de la policía secreta, fue nombrado primer ministro. Las dificultades de Burguiba para desempeñar su labor, así como el creciente poder de Ben Alí, llevaron a este último a dar un golpe de Estado en 1987.

El cambio de régimen se llevó a cabo sin violencia y no supuso ningún trauma para el país. Incluso se respetó la figura del ex presidente, que vivió el resto de sus días bajo arresto domiciliario. Hasta el día de su fallecimiento, el 6 de abril del año 2000, Habib Burguiba contó con una asistencia médica acorde a sus necesidades.

Ben Alí en el poder

Tras el llamado “golpe de Estado médico” del 7 de noviembre de 1987, Ben Alí gobernó Túnez durante más de veintitrés años. Durante ese periodo, el dictador supo mantener el complicado equilibrio entre la brutal represión y la prosperidad económica. Cuando esta última se desplomó, la supuesta legitimidad tecnocrática del régimen se desvaneció, dejándolo sólo ante la ira del pueblo.

Desde el primer momento tuvo especial interés en justificar su poder. Presentó ante los tunecinos el acto de traición contra su mentor -padre de la patria- como un acto de salvación nacional.

La propaganda del régimen se esforzó por disfrazar el golpe de Estado de acontecimiento incruento y necesario para la gobernabilidad del país. A su vez, quiso dar un tinte de democracia a su férrea dictadura. En primer lugar, renunció al cargo de “presidente vitalicio” instituido por Burguiba. A su vez, convocó hasta cinco elecciones presidenciales, de las que siempre resultó vencedor con más de un noventa por ciento de los votos.

Como tantos otros dictadores del mundo musulmán, Ben Alí supo presentarse ante los líderes occidentales como un mal necesario. Las protestas de Europa y los EE.UU. ante la violación de los derechos humanos o el fraude electoral, siempre fueron tímidas, pues lo veían como un muro de contención de las posturas más radicales. Al fin y al cabo, su régimen respetaba el status quo internacional y se mostraba abierto a las políticas neoliberales.

Derrocarle hubiera supuesto, según la mentalidad de los gobiernos occidentales, dejar el país en manos de los islamistas del partido Ennahdha.

El comienzo del siglo XXI no hacía presagiar nada malo para el régimen. La clase media, clave para evitar cualquier conflicto, se había incrementado notablemente con respecto a las dos décadas anteriores. Túnez, donde la mayoría de sus diez millones de habitantes estaban ocupados en el sector turístico, aparecía ante el mundo como un país relativamente moderno, con la mujer incorporada al mundo laboral y un importante porcentaje de población universitaria.

Además, en el ámbito político, mediante la reforma constitucional de 2002, Ben Alí había eliminado la clausula que le impedía presentarse a las sucesivas reelecciones. Por último, los atentados del 11 de septiembre, así como la guerra abierta entre los EE.UU. y el islamismo internacional, le convertían en un aliado natural para la política de George Bush.

Sin embargo, la crisis económica iniciada en verano de 2007 iba a llevarse por delante todas las previsiones de los analistas políticos.

En el plazo de tres años, el desempleo y la pobreza se extendieron por Túnez, y el precio de los alimentos subió hasta alcanzar niveles desconocidos por la población del país. Al mismo tiempo, la conducta de algunos personajes del régimen, en especial de Leila Trabelsi –esposa de Ben Alí- y sus familiares, distaba mucho de ser ejemplar. Los casos de corrupción que salpicaban a la primera dama se multiplicaban: concesiones de grandes superficies comerciales y entidades bancarias, blanqueo de dinero, usurpación de bienes privados y apropiación de otros públicos a través de adjudicaciones fraudulentas… Finalmente, en diciembre de 2010, iba a dar comienzo un movimiento de protesta que acabaría por tumbar a Ben Alí y a su régimen. Todo comenzó con la inmolación de un joven desempleado: Mohamed Bouazizi.

¿Kemalismo contra islamismo en Turquía?

Artículo publicado en la sección Colaboraciones de La Segunda en mayo de 2007.


La crisis presidencial turca de 2007 parece haber terminado en tablas tras el primer asalto. Esos días a caballo entre abril y mayo finalizaron sin un claro triunfador en la lucha por el poder. El Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), liderado por el actual primer ministro – Recep Tayyip Erdogan-, no logró que Abdullah Gül alcanzase la presidencia de la nación. No obstante, tampoco la oposición kemalista del Partido Republicano del Pueblo (CHP) y el Ejército han conseguido desbancar a los islamistas del poder.

Hasta el próximo 22 de julio, fecha que la Junta Electoral ha establecido para la celebración de comicios anticipados, todo seguirá igual en Turquía: Ahmet Necdet Sezer continuará siendo presidente, y Erdogan primer ministro

¿Qué sucederá tras las elecciones? Esa es la gran pregunta que nadie acierta a contestar a día de hoy. Parece claro que, salvo sorpresas, los islamistas moderados de AKP reeditarán su mayoría en la Cámara. Sin embargo, no está del todo claro si ese nuevo triunfo desbloqueará la oposición a la designación de un presidente de ese partido. Es más, en caso de que se produjera un nuevo bloqueo, no habría que descartar la intervención de un Ejército ansioso por volver a ser el protagonista de la vida política turca. Y esto, bien lo sabemos, volvería a cerrar a Turquía las puertas de la Unión Europea durante muchos años. De momento lo más sensato es esperar a los sucesos del día electoral; sólo entonces podremos analizar de una manera más certera esta cuestión.

Nadie es capaz de predecir un futuro tan incierto como el de la alta política turca. No obstante, podemos analizar, basándonos en aspectos históricos, sociológicos e ideológicos, su situación actual. La Turquía de Mustafa Kemal inició tras la Gran Guerra su proceso de occidentalización. Este se manifestó en un sinfín de reformas que tenían como objetivo su modernización y conversión en una nación competitiva.

A la muerte de Kemal sus seguidores trataron de continuar su obra política, y para ello se basaron en dos pilares: el partido kemalista –actual CHP- y el Ejército. Los primeros defenderían a través de las urnas el Estado laicista y democrático impuesto por su fundador; y los segundos intervendrían militarmente cuando, tras la derrota electoral del kemalismo, sus rivales amenazaran con desmontar el sistema.

Sin embargo, este “modus operandi” ha ido degenerando poco a poco hasta convertirse en una simple excusa para que determinadas élites nacionales se mantengan en el poder.

El Partido Republicano Popular, que de unos años a esta parte se viene denominando socialdemócrata, es la cuna de los herederos de Atatürk e Ismet Ínönü. Deniz Baykal y los suyos son personajes que, acostumbrados a que sus antecesores controlaran los resortes del poder, no entienden porque ellos no han de hacerlo. Muestran en sus planteamientos una alarmante carencia de cultura democrática: no admiten la alternancia y el ascenso de figura ajenas a sus élites.

Por su parte, el Ejército ha terminado por convertirse en defensor de los intereses kemalistas, que no democráticos. Es más, sus abundantes injerencias en la actividad política –algunas, a mi juicio, justificadas- a lo largo del último siglo, les han dejado buen sabor de boca. Los altos cargos militares turcos se sienten a gusto dirigiendo a la acción gubernamental, bien por coacción o por acción directa.

Hemos descrito brevemente a uno de los dos oponentes en la lucha por el poder en Turquía; a continuación vamos a conocer a sus rivales. Lo primero que hay que determinar a la hora de hablar del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) es si realmente es un grupo islamista. En su origen la mayor parte de estos personajes –Erdogan y Gül incluidos- fueron seguidores de Necmettin Erbakan. Este si que fue un verdadero líder islamista; un hombre que aspiraba a que la política turca volviera a sus antiguas tradiciones religiosas.

No obstante, los actuales gobernantes de Turquía se alejaron bien pronto de los planteamientos de su antiguo líder y fundaron un nuevo partido que muchos denominan como islamismo moderado. Se trata de un grupo que defiende la continuidad del actual régimen turco –el kemalista- pero suavizando determinados aspectos laicistas que, a su juicio, rozan la paranoia antirreligiosa (ciertamente, Turquía no es hoy un Estado laico, sino laicista). Son partidarios de la modernización del país y de su integración en la Unión Europea.

Es más, con el ejecutivo Erdogan se han dado los pasos más importantes en el proceso integrador.

Dicho esto, cabe plantearse si realmente AKP es peligroso para la democracia. Mi opinión es que no ¿De dónde viene, pues, la oposición tan radical mostrada en los pasados días –¡y lo que nos queda!- por kemalistas y militares? Lo cierto es que la presidencia de la República es uno de los últimos bastiones que le queda a esta élite todopoderosa desde los tiempos de Mustafa Kemal Atatürk. Es lógico, pues, que se resistan a entregarlo. Aunque en su día les costó, han dejado en numerosas ocasiones que otros ocuparan el gobierno del país. Incluso han permitido que cayera en manos de islamistas radicales como el anteriormente citado Necmettin Erbakan.

Sin embargo, en este proceso de normalización política que dura ya más de ochenta años, todavía no han abandonado nunca la presidencia. Esa es la tecla que han tocado Erdogan y Gül, y parece que el kemalismo todavía no estaba maduro para aceptarlo. En fin, se trata de un paso más hacia el pluralismo; un requisito que algún día –puede que dentro de pocas semanas- Turquía tendrá que cumplir para ser una nación totalmente democrática.

Bibliografía:

[1] El turco. Diez siglos a las puertas de Europa; Francisco Veiga – Barcelona – Debate – 2007.

[2] Turquía, entre Occidente y el Islam: una historia contemporánea; Glòria Rubiol – Barcelona – Viena -2004.

Turquía si, pero más tarde

 Artículo publicado por El Planisferio el 25 de mayo de 2008.


El 1 de mayo de 2004 se producía la mayor ampliación en la historia de la Unión Europea. Este organismo supranacional acogía en su seno a diez estados más: Letonia, Estonia, Lituania, Polonia, República Checa, Eslovaquia, Hungría, Eslovenia, Malta y Chipre. Casi tres años después, con la integración de Rumania y Bulgaria, surgía la Europa de los veintisiete. Además, las negociaciones para adhesión de Croacia y Macedonia comenzaron a dar sus primeros frutos a mediados de 2007.

Este cúmulo de acontecimientos, así como la tajante oposición del presidente francés, han hecho resurgir el debate acerca de la conveniencia o inconveniencia de la entrada de Turquía en la Unión. En principio la respuesta es afirmativa, pero parece que Europa no acaba de hacerla efectiva. Esto levanta suspicacias entre los políticos y la población turca, que temen una marcha atrás en el proceso de integración.

Es evidente que el acceso de Turquía a la Unión Europea genera divisiones entre los países miembros.

Estas no son injustificadas, ya que los motivos para apoyar o rechazar la adhesión turca son abundantes. No obstante, todos –los a favor y los en contra- entienden que factores como el tamaño, la localización geográfica, el nivel de desarrollo económico y el carácter de sociedad predominantemente islámica, dificultan la entrada de este país en las instituciones europeas. El problema podría plantearse cuando la actitud esquizofrénica de la Unión acabe desencantando a los propios turcos. Esto nos dejaría una Turquía de espaldas a Europa y, seguramente, a las puertas del fundamentalismo islámico.

La Unión Europea debería respaldar mucho más incondicionalmente la decisión que ya ha tomado: aceptar a Turquía como candidata al ingreso. Muchos europeístas de Turquía, de diversas tendencias del espectro político, se sienten decepcionadas por la poco entusiasta acogida que Europa les ha dispensado. Los turcos son miembros de todas las organizaciones europeas salvo la UE, y pertenece a la OTAN desde su fundación. Además, es miembro del Consejo de Europa desde los primeros años de la posguerra. No hay duda de que existen obstáculos importantes que superar antes de que el ingreso de Turquía pueda hacerse realidad; seguramente pase más de un lustro antes de que los representantes de ese estado se siente con los demás como miembro de pleno derecho.

Sin embargo, si la Unión le diera la espalda a Turquía en ese momento, el resultado podría ser una disminución del ritmo de crecimiento del país, así como una mayor polarización política y una sociedad resentida que tendería a mirar hacia el este antes que hacia el oeste.

Quienes hablan actualmente de poner obstáculos a la entrada de Turquía deberían reflexionar. Si su postura triunfa, tendremos a las puertas de Europa un estado lleno de problemas, dividido y, posiblemente, antagonista. Una Turquía democrática, liberal y próspera como estado miembro de la Unión es una perspectiva mucho más atractiva que una Turquía en quiebra y en actitud introspectiva. Turquía necesita unos años para completar su transformación, y Europa un tiempo para construir una estructura donde quepan los turcos. Sin embargo, eso no nos ha de llevar a decir no a la integración de ese país. La respuesta ha de ser afirmativa, pero sin hacerla realidad hasta que no llegue el momento oportuno para ambos negociadores.

Bibliografía:

[1] El turco. Diez siglos a las puertas de Europa; Francisco Veiga – Barcelona – Debate – 2007.

[2] Europa en la era global; Anthony Giddens – Barcelona – Paidós. Estado y sociedad – 2007.

[3] Turquía, entre Occidente y el Islam: una historia contemporánea; Glòria Rubiol – Barcelona – Viena -2004.

[4] Turquía: el largo camino hacia Europa; Delia Contreras – Madrid – Instituto de Estudios Europeos – 2004.

Los Tratados de Roma vistos desde Moscú

 Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 8 de abril de 2007.


Han pasado 50 años de la firma de los Tratados de Roma; un periodo de tiempo en el que el proceso integrador ha ido consolidándose. Este se ha enfrentado a no pocas dificultades. Una de ellas, sin lugar a dudas de las más difíciles de superar, ha sido la oposición de la Unión Soviética. Sin embargo, desde hace pocos años contemplamos un fenómeno impensable hace décadas: Europa se extiende más allá de lo que fuera el “Telón de Acero”.

La incorporación en mayo de 2004 y enero de 2007 de los países excomunistas al proyecto europeo ha venido a cumplir uno de los grandes sueños de las personas que, tras la II Guerra Mundial, iniciaron su construcción. Éste ha sido el gran triunfo de miles de occidentales. Pero también el de tantos otros ciudadanos del Este que, con su oposición desde el interior al régimen comunista, o con su actividad desde el exilio, han permitido la caída del totalitarismo de izquierdas en Europa.

Desde sus inicios -Tratado de París, 1951- el proceso integrador era visto por los líderes soviéticos como una amenaza para el “statu quo” de posguerra.

Sin embargo, la oposición del Parlamento francés a la construcción de la Comunidad Europea de Defensa (1954) precipitó el fracaso de la misma. En un pacto extraño, gaullistas y comunistas -los primeros por miedo al rearme alemán y los segundos siguiendo órdenes del Partido Comunista de la Unión Soviética- echaron por tierra el que estaba llamado a ser el segundo gran paso de la nueva Europa.

Tras estos hechos el Kremlin bajó la guardia: el peligro paneuropeo parecía desvanecerse. Aún así, la consigna era clara: en caso de que el embrión de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero se fortaleciera habría que descargar contra él toda la artillería propagandística comunista. Los Tratados de Roma (1957) vinieron a corroborar los temores de Moscú. Desde entonces se inició un pulso que, con mayor o menor virulencia, acabó a finales de los años ochenta.

Las sucesivas incorporaciones de la Europa del Este a la Unión Europea son reflejo de la lucha de dos mundos contra la maquinaria soviética: el oriental buscaba emanciparse, y el occidental consolidarse.

El porqué de la actitud hostil de la URSS es, a primera vista, evidente. Los protagonistas de la construcción europea siempre dejaron claro que esta quedaba abierta a todo el Continente. Por su parte, Moscú veía en esas declaraciones una amenaza a su “imperio” de Estados satélite. Además, en plena pugna con los otros vencedores de la II Guerra Mundial por el futuro germano, el Kremlin no podía permitir que la República Federal de Alemania fuera una de las protagonistas en la configuración de las Comunidades Europeas.

Esto no sólo suponía reconocer la división del pueblo alemán en dos Estados, sino que también venía a demostrar la viabilidad de la mitad occidental. La Unión Soviética siempre había sido partidaria de un solo país de carácter neutral y, en su defecto, una República Democrática que demostrase su superioridad sobre la otra parte. Lógico que, ante las perspectivas abiertas por los tratados de París y Roma, surgiera la alarma entre las élites comunistas.

Los ideólogos soviéticos respondieron al fortalecimiento del constructo europeo con dos documentos: uno en 1957, formado por 17 tesis, y otro en 1962, de 32 puntos. Ambos están magistralmente estudiados en La URSS contra las Comunidades Europeas, obra de Ricardo M. Martín de la Guardia y Guillermo A. Pérez Sánchez.

En este libro también se resalta la importancia de la efeméride que celebramos: clave para el despegue de Europa que tanto revuelo levantó al otro lado del “Telón de Acero”. En definitiva se trata de una investigación que, bajo la excusa de ofrecer una explicación a los postulados soviéticos, repasa casi cuarenta años de coexistencia entre los proyectos europeos y el bloque comunista.

La situación actual del panorama comunitario y continental viene a desmentir muchos de los argumentos esgrimidos en su momento –algunos, incluso, han llegado hasta nuestros días- por intelectuales prosoviéticos. Las Comunidades Europeas no constituían la última resistencia del capitalismo contra el inevitable triunfo del socialismo real; entre otras cosas porque era éste el que estaba condenado al fracaso. Y, por supuesto, tampoco constituía una organización militarista auspiciada por los EE.UU. con el fin de derrotar a la URSS; hoy no existe dicho Estado y, a pesar de todo, Europa sigue su andadura.

Bibliografía:

[1] La URSS contra las Comunidades Europeas: la percepción soviética del mercado común (1957-1962); Ricardo M. Martín de la Guardia, Guillermo A. Pérez Sánchez – Valladolid- Universidad – 2005.

[2] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[3] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[4] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus -2006.

[5] La Unión Europea: guiones para su enseñanza; Antonio Calonge Velázquez (Coord.) – Comares – Granada – 2004.

[6] El proceso de integración comunitario en marcha: de la CECA a los Tratados de Roma; Guillermo A. Pérez Sánchez – Comares – Granada – 2007.