El desempleo de masas en la Gran Depresión


En febrero de 2007 escribí para la web del Club Lorem-ipsum una crítica de El desempleo de masas. Palabras, imágenes y sonidos, obra de José Ramón Díez Espinosa, profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Valladolid (UVa). Después emprendí la tarea de llevar a cabo un repaso más detallado del libro; capítulo a capítulo. Los enlaces a estos artículos son los siguientes:

Comentarios a El desempleo de masas en la Gran Depresión
Realidad y representación del desempleo de masas durante la Gran Depresión I
Realidad y representación del desempleo de masas durante la Gran Depresión II
Realidad y representación del desempleo de masas durante la Gran Depresión III
Aprendiendo el oficio de desempleado
La notificación de despido
La búsqueda de un nuevo empleo

El salario del desempleado: el subsidio
Las preguntas de cada día: ¿qué comer?, ¿dónde dormir?
Cuando el estómago vacío es un problema
Un techo y cuatro paredes donde cobijarse
Y, además, transtornos psicológicos
El tiempo es el peor enemigo

El viaje del pesimismo al fatalismo
Votos del hambre, marchas del dolor
Pardos y rojos se disputan la última esperanza de Alemania
Apatía y marchas de hambre del desempleado británico

El hambre no conduce a la revuelta en los Estados Unidos
Epílogo: empleo y desempleo de masas durante los años treinta

El modelo yugoslavo VII

Para eludir los efectos del bloqueo , la diplomacia yugoslava dirigió sus esfuerzos hacia Occidente, y a partir de 1951 comenzaron a llegar importantes ayudas de los EE.UU. y el Reino Unido. Estas ayudas, concedidas en el contexto de guerra fría para evitar el retorno de Yugoslavia al bloque soviético, permitieron que el país reorganizase el comercio exterior, modernizase la agricultura, desarrollase la industria y equipase el ejército con armamento eficaz.

José Carlos Lechado y Carlos Taibo, Los conflictos yugoslavos, p. 26.

Las caricaturas de Mahoma en Jyllands-Posten

Inmediatamente después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, el diario francés «Le Monde» publicó un artículo en el que declaraba que «Hoy todos somos americanos». Tras el episodio de las caricaturas danesas, varios diarios europeos publicaron titulares con la leyende «Hoy todos somos daneses». Pues bien, ¿lo somos? Y si lo somos, ¿qué significa realmente, en la práctica, esa declaración? ¿Somos todos daneses ahora? Sí, en el sentido de que la libertad de expresión, acción e investigación (libertad en la que se incluyen también los resultados de las decisiones democráticas) no debe sucumbir a la violencia o a la amenaza del empleo de ésta. Pero, en ese sentido, no deben preocuparnos únicamente los grupos que actúan por motivos religiosos. Cabe aplicar el mismo principio a los activistas en defensa de los derechos de los animales que amenazan o atacan instalaciones científicas, por ejemplo.

¿Hoy somos todos daneses? Sí, si esa declaración significa también hacer frente al dogmatismo y a la intolerancia. En el contexto de la religión, de los que se trata es de enfrentarse al fundamentalismo, de no permitir que una pequeña minoría de fieles hable en nombre de la mayoría de seguidores de una confesión religiosa. Sobre los hombros de los líderes moderados de todas las religiones recae una gran responsabilidad.

Anthony Giddens, Europa en la era global, p. 173.

Los años de la catástrofe


La crisis tuvo como primera consecuencia el aumento del índice de paro, que en pocos años se disparó en todos los países occidentales. La pobreza, las colas para conseguir empleo, los barrios marginales… todo eso se fue generalizando según avanzaba la crisis; cada vez era mayor el número de desempleados y, por tanto, también se incrementaban estas manifestaciones. Aquellos que perdían su empleo se encontraban casi irremediablemente condenados a la pobreza, ya que en la mayoría los estados no existían sistemas de protección, y en los pocos donde si había éste se encontraba desbordado.

Ésta situación, la pobreza y la impotencia, tuvo también su reflejo en el arte y en el entretenimiento. Los problemas del momento se llevaron al cine, desde donde muchos cineastas trataban de aportar sus soluciones. Éste fue por ejemplo el caso de King Vidor que en Our daily bread proponía un regreso al medio rural para vivir de la agricultura. Sin embargo, tal como se narra en El camino del tabaco (E. Caldwell) y en Las uvas de la ira (J. Steinbeck), la situación de la mayoría agricultores era más bien ruinosa. También surgieron canciones hablando de la crisis, como Brother, Can You Spare a Dime? de Rudy Vallee (1932). De esta manera, no es de extrañar que aumentara notablemente el número de vagabundos, personas que recorrían el país en busca de comida y trabajo. Éste es el caso de los hobos que protagonizan El emperador del norte.

Ocaso del capitalismo liberal.

Entre los factores económicos que hicieron posible el derrumbamiento de la actividad económica hay que señalar:

– La espectacular contracción de la producción industrial.

– La violenta caída de los precios en el sector primario.

– La crisis de los fundamentos del liberalismo: proteccionismo y abandono del patrón oro.

Pero además de ese derrumbamiento de la actividad económica, hay que señalar también el desmantelamiento del sistema mundial de comercio multilateral en base a tres medidas:

– Incremento de la protección aduanera; resulta ineficaz porque la llevaron a cabo todas las naciones.

– Establecimiento de restricciones cuantitativas a las mercancías.

– Firma de tratados bilaterales o regionales.

Así, en un principio se pensó que la solución radicaba en la no-intervención estatal. Sin embargo, tras el fracaso de esta política, se acabó por tomar el modelo Keynesiano, donde el Estado intervenía cada vez más en la economía, jugando en algunos países un papel protagónico. Encontramos, aún así, dos modelos dentro de éste intervensionismo estatal:

– Autárquico; seguido por Alemania, Italia y Japón.

– Temporal; seguido por EE.UU. (New Deal) y Gran Bretaña.

Gracias a estas políticas se detuvo el declive mundial, del que, sin embargo, las potencias no acabaron de recuperarse hasta 1939: el rearme y la guerra trajeron, paradójicamente, la solución a la crisis.

Comprensión de la catástrofe.

El fenómeno que se vivió durante aquellos años era, sin lugar a dudas, excepcional para la época: se trataba de una crisis universal y de una duración inusitada. Además, en lo referente a la naturaleza de las fuerzas represivas, encontramos dos elementos que convergen a lo largo de esos años:

– Fuerzas reales (producción y consumo): existen desajustes entre la oferta y la demanda, es decir, superproducción o subconsumo.

– Fuerzas monetarias: existe un problema con el dinero en circulación, ya que los distintos países, encabezados por los EE.UU., llevaron a cabo una política deflacionaria. De está manera, la restricción en un periodo en el que se hacía necesario el gasto, tuvo consecuencias fatales

En lo que se refiere a los orígenes de la crisis, al foco transmisor, hay que señalar que el crack de la bolsa de Nueva York (24 de octubre de 1929) no fue ni el origen ni la primera manifestación de la misma. El panorama de la depresión fue sin duda bastante más complejo, ya que, antes de 1929, se apreciaba ya un cierto estancamiento en la economía de algunos países. Podemos interpretar esto como un síntoma del cambio en la coyuntura económica anterior al crack neoyorquino.

No obstante, fuese cual fuese el centro difusor de la crisis, lo cierto es que los EE.UU. actuaron como difusor -por vía comerciales y financieras- y amplificador de la misma. La crisis que afectó a Norteamérica -primera potencia industrial, primera potencia exportadora, y segunda potencia importadora- tuvo rápidas consecuencias en los demás países, ya que los americanos dejaron de ofrecer préstamos y de importar productos. Además de esto, las naciones europeas se vieron también afectadas por la repatriación de los capitales de los EE.UU.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[4] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[5] Las uvas de la ira; John Steinbeck – Madrid – Cátedra – 1995.

El americanismo


El hundimiento europeo y el espectacular desarrollo alcanzado por los EE.UU. durante esos años, fueron las principales causas de la aparición de la leyenda de América:

(Georg Grosz, Un sí menor y un NO mayor) “…las noticias americanas que imprimían los periódicos alemanes causaban sensación. Cuando sucedía algo increíble ¿dónde sucedía? Siempre en Norteamérica, país de posibilidades ilimitadas. ¿Dónde si no podían existir aquellas riquezas fabulosas, dónde podía uno, fuese cual fuese su procedencia, empezar limpiando zapatos, repartiendo periódicos o fregando platos, para acabar indefectiblemente siendo multimillonario, tanto si se lo proponía uno como si no? (…) De Norteamérica nos llegaban las historias más descabelladas. Decían que había allí ciruelas del tamaño de la palma de la mano, cultivadas de modo que, al dirigirles una palabra determinada, se abrían y escupían automáticamente el hueso”.

En el anterior fragmento Georg Grosz nos describe cómo se veía desde el Viejo Continente al gigante americano, cómo y por qué se le admiraba. EE.UU. era, para los europeos, sinónimo de industrialización y nuevas posibilidades. Sin embargo, si bien es verdad que buena parte de la leyenda era real, no es menos cierto que la mitificación de la vida americana alcanzó en ocasiones cotas de irrealidad muy altas. Aún así, no cabe duda de que Norteamérica era el nuevo centro del mundo, el lugar donde surgieron las tendencias culturales, económicas y políticas preponderantes durante los años veinte:

(Georg Grosz, Un sí menor y un NO mayor) “De Norteamérica nos llegaba el americanismo, término muy citado y discutido, que hablaba de un progreso técnico y civilizador avanzado que, bajo la guía de los Estados Unidos, alcanzaba al mundo entero. Nuevas formas de racionalización, lo que solía llamarse eficacia, una publicidad comercial según el modelo americano (advertising and selling), el servicio al cliente (service), el famoso sep smiling, el proceso moderno de trabajo en el que se descompone la tarea en determinadas partes aisladas, calculadas con precisión, los sistemas de Taylor, Ford y demás, todo eso procedía de Norteamérica”.

Éste admirado modelo de producción americano se basaba en tres pilares fundamentales:

– El crecimiento la oferta fruto del desarrollo de la producción en masa. Esto permitía, en base al aumento de la productividad, incrementar las ganancias.

– Para colocar esa oferta era necesaria una demanda que la absorbiese. Por tanto, se hizo imprescindible que la población tuviera mayor capacidad adquisitiva con el fin de aumentar también su consumo.

– Se hizo necesario el desarrollo de sistemas internacionales de relaciones comerciales, en base a la libre circulación de mercancías, y financieras; es decir, la existencia de un sistema monetario estable.

Producción en masa.

Se procedió a racionalizar la producción mediante los siguientes mecanismos:

– Proceso de mecanización; el trabajo humano y de la máquina de vapor fue sustituido por el de los motores eléctricos. Además, en el campo de las fuentes de energía, el carbón perdió la primacía a favor de la electricidad y el petróleo.

– Estandarización de los productos; se redujo la oferta a un tipo de materias tipo, es decir, se unificaron los modelos productivos con el fin de facilitar y acelerar los procesos de fabricación. Éste fenómeno nos lo describe ampliamente el periodista español Julio Camba en un capítulo de La ciudad automática.

– Organización más racional del trabajo; se aplicaron los principios de Taylor: cronometrar los tiempos de cada operación con el fin de establecer un ritmo estándar; eliminación de los tiempos muertos y de los movimientos inútiles; cálculo de cada movimiento; mano de obra no especializada, ya que los movimientos a realizar, en general muy sencillos, no la requerían. De éstos obreros inexpertos nos habla Louise Ferdinand Céline en Viaje al fondo de la noche cuando narra cómo, a pesar de sus limitaciones, fue contratado en la fábrica de automóviles Ford en Detroit.

– Organización en cadena del trabajo siguiendo el método fordista, es decir, descomponiendo éste en procesos. Tanto la narración de Louise Ferdinand Céline en Viaje al fondo de la noche como el film de Charles Chaplin Tiempos modernos, son buenos ejemplos de esto.

– Concentración empresarial, bien por medio de trust, holding o konzert, que acabó por generar grandes empresas. Este proceso se vio favorecido, además, por los avances tecnológicos, productivos, y por la necesidad de controlar a la competencia.

Consumo y sociedad de masas.

El segundo aspecto a tener en cuenta era el consumo; es decir, que la demanda absorbiese la oferta empresarial. Con éste fin se desarrollaron los siguientes mecanismos:

– Imparable progreso de la publicidad, que pasó a utilizar medios como la prensa, la radio, los carteles y los luminosos. Se realizaron importantes inversiones en éste campo, que, como se fue comprobando más adelante, acabaron siendo muy rentables. Los principales productos anunciados fueron: los alimentos, los chocolates, los chicles, las bebidas, los tabacos, los productos de belleza e higiene, los perfumes, la ropa y los complementos, el menaje y el hogar, el sonido, los automóviles, las camionetas, y los complementos para vehículos.

– Creció la capacidad adquisitiva de la población gracias al desarrollo del crédito y la caída en desuso de la costumbre del ahorro. Se trataba de poner de moda el consumo-disfrute, en el que jugó un papel fundamental la facilidad dada al consumidor de poder comprar a plazos. De ésta manera, las sociedades de crédito y el crédito mismo se extendieron por el mundo, generalizándose el endeudamiento. Todo éste complejo sistema permitió que la demanda creciera enormemente, ya que la mayoría de la población tenía acceso a casi todos los productos.

– Los cambios en las condiciones de vida, en el trabajo y en el grado de urbanización –mayor durante éstos años-, permitió que se desarrollara con fuerza la civilización de masas.

– El desarrollo de los medios de comunicación fue otro de los factores que posibilitó el aumento de la demanda y la aparición de la cultura de masas. La prensa, la radio, el cine, la industria del ocio… todos se adecuaron a los nuevos tiempos, pasando a formar parte de todo éste engranaje publicitario. Al igual que la sociedad, los medios sufrieron un importante cambio: surgió la prensa de masas, portadora de grandes titulares y rebosante de sensacionalismo; la radio, medio de comunicación estrella de la época, se generalizó entre la población, llegando a convertirse en un medio accesible para todos; y el cine por su parte se convirtió en un importante elemento de ocio.

– Todo esto permitió la difusión del americanismo como forma de cultura: música, moda, entretenimientos…

Marco internacional.

Hemos señalado anteriormente, a modo de tercer elemento necesario para el desarrollo del americanismo, la importancia de que existiese un marco institucional que aportase la seguridad necesaria para las transacciones internacionales. De ésta manera, y tras el caos de la posguerra, se trató de restablecer el patrón oro y reducir la inflación en las distintas naciones con el fin de poder poner en marcha estos mecanismos. Se buscaba, en definitiva, volver a la normalidad económica de la preguerra que tan difícil estaba resultando alcanzar. Los dirigentes de los distintos estados pusieron las bases de éste proceso en la Conferencia Internacional de Génova (1922), donde se acordó como fin para todos los países:

– Alcanzar la estabilidad monetaria.

– Restablecer la convertibilidad de las monedas en oro.

En lo que respecta al primer elemento, hay que señalar que afectaba principalmente, aunque no exclusivamente, a la Europa centro-oriental. De ésta forma, entre 1921 y 1924, se sanearon las finanzas de Polonia, los países bálticos, Checoslovaquia, Hungría y Alemania. Además, con el fin de solucionar los problemas de las indemnizaciones de guerra, se negoció con los alemanes el Plan Dawes, que debía regir desde ese momento el pago de las reparaciones.

En lo referente al segundo aspecto, cabe subrayar que se confirmó la supremacía americana como centro financiero mundial en detrimento de Londres. Los EE.UU. pasaban a ser el principal inversor del mundo, destacando sus inversiones en Europa, América del Sur, Canadá y la India. Con estas medidas se logró alcanzar, por fin, una estabilidad sobre la que se pudo edificar el entramado económico de los años veinte.

Deficiencias del sistema

El sistema económico surgido en la Conferencia Internacional de Génova se mantuvo vigente durante la década de los años veinte. Sin embargo, a causa de diversos factores, no acabó de funcionar a la perfección. Los principales elementos que impidieron el desarrollo de éste modelo económico, y por tanto su pervivencia, fueron:

– El constante estado de depresión económica que se vivió de los años veinte, cuya principal manifestación fue el elevado precio de los productos.

– La escasa adaptación de la estructura económica europea al modelo americano. Europa, poco desarrollada en los sectores industriales en auge, continuó rigiéndose por el modelo británico, es decir, el de preguerra.

– Limitaciones de la demanda a causa del alto número de desempleados, el elevado índice de pobreza, la ruina de los agricultores, y la escasa capacidad adquisitiva de buena parte de la población.

– Otros obstáculos que impidieron éste desarrollo fueron: el proteccionismo y altos aranceles existentes, la interrupción de los trasvases migratorios ante la nueva política de EE.UU. hacia los inmigrantes, y el mal funcionamiento del sistema de pagos.

A largo plazo, la consecuencia de estos desequilibrios del sistema será la llegada de la Gran Depresión.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[4] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[5] La ciudad automática; Julio Camba – Madrid – Espasa-Calpe – 1950.

[6] Viaje al fondo de la noche; Louise Ferdinand Céline – 1932.

[7] Un sí menor y un No mayor; Georg Grosz – Madrid – Anaya – 1991.

La crisis social y económica


El orden vigente hasta 1914, basado en una economía capitalista, una estructura jurídico-constitucional de tipo liberal, una hegemonía social de la burguesía, y un marcado eurocentrismo, se quebró tras el fin de la Gran Guerra. En los años posteriores al conflicto éste sistema sufrió un constante proceso de erosión, surgiendo así importantes alternativas de tipo económico, político, social y mental:

– En el ámbito político fueron apareciendo ideologías antisistema tales como el comunismo, el autoritarismo y el fascismo.

– En materia económica, aparte de los desajustes surgidos tras el final de la guerra, también se desarrollaron alternativas al capitalismo, tales como el socialismo y la autarquía.

– En lo social la burguesía perdió el protagonismo exclusivo, pasando a compartir éste con la nueva clase emergente: el proletariado.

– Durante éstos años Europa perdió la supremacía sobre el mundo: el poder financiero de Londres y la potencia industrial alemana fueron sustituidos por el nuevo gigante americano, que pasó a convertirse en la primera potencia mundial.

El declive de Europa.

Con el final de la Gran Guerra, las grandes potencias mundiales tenían que enfrentarse a los trastornos y problemas provocados por más de cuatro años de enfrentamientos. Al coste demográfico, entre 50 y 60 millones de afectados, hay que añadir que justamente dentro de ese grupo se encontraban los grupos más productivos de la fuerza de trabajo; es decir, los varones jóvenes que marcharon al frente. Sin embargo, no sólo los militares se vieron afectados por la guerra, también murieron civiles, de entre los cuales muchos fallecieron a causa de la epidemia de gripe de 1918-19. En fin, las naciones beligerantes sufrieron las consecuencias de un importante descenso demográfico, dentro del cual habría que tener en cuenta también a los no nacidos durante ese periodo.

Además, la guerra trajo consigo otros problemas, como son la disminución de las reservas de capital, el desgaste del material y de la maquinaria, la insuficiente renovación de los equipos y el freno a la inversión. Todo esto contribuyó a lastrar el despegue del sistema productivo y económico de las potencias beligerantes, las cuales, además, tenían que hacer frente a las deudas contraídas durante los años de enfrentamiento. Estuvieron, pues, los primeros años veinte marcados por un continuo proceso inflacionista y por la contracción del producto.

En lo que se refiere al aspecto social, estos años estuvieron marcados por una enorme inestabilidad, que sin lugar a dudas favoreció el aumento de la incertidumbre. Distinguimos dos etapas dentro de ésta crisis social:

– Crisis del final de la guerra; caracterizada por la ruptura del consenso prebélico –“catástrofe de la euforia”- y por la generalización de los desórdenes, bien en forma de huelgas, motines militares o revoluciones bolcheviques.

– Fin de la guerra; las tensiones contenidas durante el periodo bélico explotaron al término de éste. De ésta forma, en algunos países se fueron produciendo revoluciones, y en otros, a causa de su capacidad de acomodación, reformas se produjo una profunda reestructuración de la correlación de fuerzas.

El coste de la guerra.

Como último factor de ésta gran crisis de posguerra, hay que señalar los efectos negativos de las decisiones de algunos gobiernos. Las desacertadas medidas de los dirigentes mundiales, o la ausencia de las mismas, se plasmaron en los siguientes campos:

– Político; errores sustentados en dos pilares, las directrices de los acuerdos de paz y el aislamiento de los EE.UU., que impidió el desarrollo de un programa general de ayuda a los países afectados.

– Económico; desde un principio los estadistas trataron de dejar a un lado la economía de guerra para volver al sistema vigente en 1914. Sin embargo, eso resultó más difícil de lo esperado: tras el auge inicial, provocado por la demanda reprimida durante el tiempo de guerra, surgió una grave recesión -a partir de 1920- caracterizada por el descenso de precios, de la producción y de la demanda. De ésta manera, se produjo un rápido aumento del desempleo. En ésta situación, los gobiernos tomaron dos posturas distintas para solventar la crisis: política de deflación o “apretarse el cinturón” para volver a gozar de la prosperidad de los años anteriores a la Gran Guerra; o mantener el déficit presupuestario por razones políticas y sociales; no castigar más a los ciudadanos.

El problema fue la falta de concordancia entre ambos sistemas, por eso no funcionó. Los primeros redujeron las exportaciones y establecieron préstamos a alto interés; mientras que los otros eligieron exportar y pedir préstamos. La deflación dio buenos resultados, al tiempo que el déficit presupuestario constituyó una trampa mortal para los gobiernos que lo abrazaron. Nada pudieron hacer ante el proteccionismo y la política de créditos caros de las otras potencias.

Esto agravó los problemas de los países centroeuropeos, que se sumieron de pronto en el caos de la inmediata posguerra. La mayor manifestación de esto fue la hiperinflación de Austria y Alemania. Éstos, además de ser países beligerantes derrotados, ser sometidos a amputaciones territoriales y al pago de fuertes indemnizaciones, fueron también víctimas de la locura económica de aquellos años.

Por tanto la política social, el no querer que la población continuara sufriendo, acabó por hundir más a estos países y a sus propios ciudadanos. El ambicioso proyecto social alemán cayó víctima de un déficit presupuestario excesivo, cuyas consecuencias fueron: el aumento progresivo del precio de la vida y la inflación e hiperinflación. En el año 1923 -“el año inhumano”- Alemania sufrió de una manera brutal las consecuencias de esa crisis. Su retraso en el pago de las reparaciones, la firmeza en no pagar a Francia, y la resistencia pasiva de los obreros del Ruhr, abrieron las puertas del infierno para la nación germana:

(Stefan Zweig, El mundo de ayer) “Viví días en que pagué cincuenta mil marcos por el periódico de la mañana, y cien mil por el de la tarde. El que tenía que cambiar dinero extranjero, distribuía la conversión por horas, pues a las cuatro recibía multiplicada la suma que se pagaba a las tres, y a las cinco, varias veces más que sesenta minutos antes. Recuerdo que entonces remití un manuscrito a mi editor, fruto de un año de trabajo, y casi creí asegurarme pidiendo el pago por adelantado del porcentaje correspondiente a diez mil ejemplares. Pero cuando recibí el cheque, éste cubría apenas el importe que una semana antes había gastado en el franqueo del paquete de cuartillas. Los billetes de tranvía costaban millones de marcos; el papel moneda, del banco del Reich, se transportaba en camiones a los demás bancos, y quince días después se encontraban billetes de cien mil marcos flotando en un desagüe (…) por doquier se hacía evidente que a todo el mundo le resultaba insoportable aquella sobreexcitación, aquel enervante tormento diario en el potro de la inflación, como también era evidente que toda la nación, cansada de la guerra, en realidad anhelaba orden y sosiego, un poco de seguridad y de vida burguesa, y que en secreto odiaba a la República, no porque reprimiera esta libertad desordenada, sino, al contrario, porque aflojaba demasiado las riendas. Quien vivió aquellos meses y años apocalípticos, hastiado y enfurecido, notaba que a la fuerza tenía que producirse una reacción, una reacción terrible (…) los oficiales degradados se organizaban en sociedades secretas; los pequeños burgueses que se sentían estafados en sus ahorros se asociaron en silencio y se pusieron a disposición de cualquier consigna que prometiera orden. Nada fue tan funesto para la República Alemana como su tentativa idealista de conceder libertad al pueblo e incluso a sus propios enemigos (…) Nada envenenó tanto al pueblo alemán, nada encendió tanto su odio y lo maduró tanto para el advenimiento de Hitler como la inflación”.

El ascenso de los EE.UU.

La situación de los EE.UU. contrastaba enormemente con la postración que se vivía en Europa. Esto fue debido entre otros factores a que la guerra no se desarrolló en suelo estadounidense. Sin embargo, los americanos aprovecharon tres ventajas más que les ofrecía el conflicto para crecer económicamente: sustituyeron a las importaciones europeas en los mercados, abastecieron a Europa durante la guerra y a las colonias desatendidas por sus metrópolis.

EE.UU. era, tras un proceso de crecimiento espectacular, la mayor potencia económica del mundo, la mayor potencia comercial -primera exportadora y segunda importadora-, y el mayor acreedor. Además, los americanos también aprovecharon ésta situación para, con su excedente comercial, liquidar los títulos estadounidenses en poder de extranjeros. No cabía duda, todo esto confirmaba que había despertado un gigante al otro lado del Atlántico.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[4] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[5] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.

El Churchill de Sebastian Haffner y la Guerra Fría

Winston_ChurchillArtículo de Juan Antonio González Fuentes publicado en OjosDePapel el 19 de abril de 2007.

Caminando la pasada semana por las calles de París, me tropecé de repente con la expresiva y lograda estatua que en la capital gala tiene el militar, escritor y político inglés Winston Churchill. Y entonces, observándola, me vinieron a la cabeza las diversas biografías que de él existen y sus escritos políticos o recuerdos, reeditados constantemente en nuestro país, sobre todo últimamente, cuando los libros sobre la II Guerra Mundial y su contexto proliferan con algún éxito de ventas.

Hay biografías de Churchill magníficas, y en mi biblioteca tengo algunas de ellas. Pero entre todas, quizá por ser la más literaria, la más asequible, tiene un lugar especial en mi memoria la que escribió el periodista y novelista alemán Sebastian Haffner, Winston Churchill. Una biografía, editada hace algunos años por la editorial barcelonesa Destino, y que seguro aún puede encontrarse en las mejores librerías.

El Winston Churchill de Haffner, según cuentan los créditos, apareció en 1967, es decir, sólo dos años después de la muerte del inglés. Este dato no debe pasar desapercibido para ningún lector, dado que el juicio del autor no pudo estar refrendado ni por el tiempo, ni por la montaña de bibliografía que ha ido generándose en torno al polifacético aristócrata.

Sabedor de estas circunstancias, y de que él no era historiador, sino periodista, Haffner no se empeñó en dejarnos una biografía con vocación de definitiva. Por eso el subtítulo del libro, “una biografía”, se ajusta a lo que ofrecen sus páginas, dejando el terreno abierto a la posibilidad de “otras” incursiones en la vida de sir Winston. Nuestro biógrafo enfocó su mirada hacia una sola faceta del personaje, la del hombre con formación y vocación militar que intenta poner en práctica ambas desde el ejercicio del poder político. Quedan así sin tocar apenas por Haffner aspectos tales como la dedicación a la escritura o la vida parlamentaria, facetas de la vida de Churchill que presentan sin duda un gran interés.

Así, Haffner nos muestra a un hombre cuyas cualidades sólo podían brillar con total intensidad en los momentos de crisis social absoluta, es decir, en tiempos de guerra. Una inagotable energía dirigida hacia el trabajo, sobresalientes dotes de estratega, ciega convicción en los principios que defendía, innata valentía personal, seguridad en sí mismo y en sus ideas, capacidad de riesgo, una sutil inteligencia analítica, y la suficiente carga de inconsciencia propia de los que han nacido para ser héroes, son algunas de las aptitudes que poseía Churchill y que facilitaron el que se colocase en primera línea de mando cuando Inglaterra lo necesitó, fundamentalmente durante los terribles primeros años de la II Guerra Mundial, y muy en especial durante el periodo 1940-42, cuando ejerció a la vez de Primer Ministro y ministro de defensa.

Sin embargo, según Haffner, estas mismas “cualidades” dificultaban a Churchill su adecuado desenvolvimiento político en tiempos de paz. Su bulliciosa energía, su hambre de mando y protagonismo, hacían de él un incómodo compañero de partido, además de un miembro de gobierno que, aunque valioso, se mostraba poco dócil para los Primeros Ministros con los que trabajó: Asquith, Lloyd George o Neville Chamberlain.

Una segunda tesis defendida por Haffner hace referencia a la capacidad de Churchill para atisbar en el horizonte futuros acontecimientos políticos; capacidad favorecida por la sagaz lectura de los datos de primera mano que manejaba, por su vasto conocimiento de la historia, y por el tan acertado retrato psicológico que sabía dibujar no ya sólo de sus enemigos, sino también de aquellos a los que las circunstancias habían colocado entre sus aliados.

Los ejemplos más relevantes del caso son tres. Primero, la asunción resignada del final de Gran Bretaña como lider del mundo occidental. Segundo, la toma definitiva del relevo en dicho papel por los EE.UU., quienes salieron de la II Guerra Mundial como la indiscutible primera potencia militar y económica de Occidente, algo a lo que Winston Churchill no puso ninguna traba u objeción política, trabajando antes bien por afianzar unas sólidas bases sobre las que Inglaterra pudiera ejercer ante el mundo de amigo predilecto del gigante americano. El tercero, y en principio el más significativo de los ejemplos, hace referencia al por entonces aliado soviético. Haffner se muestra convencido de que Churchill, tras la entrada en la guerra de los EE.UU., intuyó que ganar el conflicto iba a ser ya sólo cuestión de tiempo, y que una vez aniquilada la Alemania nazi, el principal problema al que tendrían que enfrentarse los aliados “occidentales” sería el planteado por el reforzado posicionamiento de la también vencedora Unión Soviética. Tras los acontecimientos de Pearl Harbour y sus inmediatas consecuencias en el campo militar y político, Churchill supo que había que luchar no sólo para derrotar a los ejércitos del Eje, además había que hacerlo con la mirada puesta en adquirir una posición de ventaja estratégica-territorial frente al creciente poder soviético, y siempre con la clara conciencia de que a medio plazo iba a ser ineludible un pulso entre Occidente y la URSS.

Aquí radica la principal razón por la que el Churchill estratega propuso a los EE.UU el definitivo desembarco aliado en Italia y no donde al final se produjo, en Normandía. Churchill pretendía avanzar más rápido hacia el corazón del territorio alemán y toda la Europa central, buscando no dar opciones a que los soviéticos conquistasen estos espacios y los mantuvieran bajo su influencia tras la guerra. Sin embargo, los dirigentes norteamericanos, con una sociedad sensibilizada ante las cuantiosas bajas acaecidas en sus fuerzas, preferían que buena parte del esfuerzo bélico lo llevasen sobre sus espaldas los rusos en el frente oriental, y como sabemos, finalmente decidieron desembarcar en la costa atlántica francesa, con el objetivo de atrapar a los alemanes entre dos frentes abiertos. Esta decisión cambió para siempre la historia y confirmó los presagios del político inglés con respecto a la futura política mundial. Puede afirmarse que los pilares de la Guerra Fría se construyeron con arena de las playas normandas.

Estaba tan convencido Churchill de que la URSS sería el inmediato enemigo a combatir, que como apunta Haffner, el Primer Ministro incluso pensó en utilizar a los derrotados soldados alemanes como fuerza de choque de los aliados occidentales con el fin de empujar a los rusos hacia sus fronteras y confinarlos en ellas, impidiendo así su presencia en la nueva Europa que comenzaba entonces a gestarse. Como es sabido estas ideas nunca se pusieron en práctica, y el final de la guerra dibujó un escenario político y territorial parecido al pronosticado por Churchill en sus peores augurios. Un escenario cuyos rasgos más característicos no se vieron ostensiblemente modificados hasta el incuestionable derrumbe del imperio soviético en las dos últimas décadas del pasado siglo. Así, lo que de este libro quizá llamará más la atención del lector es la capacidad de análisis geo-político demostrada por Churchill en momentos tan poco favorables para la reflexión; y también su empeño en la defensa de los valores éticos y políticos sobre los que se asienta Occidente, cuestión que en nuestros días se presenta revestida de una notoria actualidad.

No es la de Haffner la mejor biografía de Churchill, y no creo que el autor albergase esa intención cuando la escribió. Pero esta “modesta biografía” sí me parece que tiene la virtud de ofrecer una entretenida aproximación al Churchill estadista, siendo su lectura muy recomendable tanto para quienes deseen iniciarse en el universo del inglés, como para quienes quieran pasar, sencillamente, un buen rato junto a un libro.

Contexto y escenarios de la revolución liberal

Esta entrada forma parte de un conjunto de artículos sobre la España de Fernando VII. Para leer los restantes textos dedicados a esta cuestión, haz clic aquí.


A la hora de analizar la revolución liberal española de comienzos del XIX es necesario definir previamente el contexto de la misma atendiendo a tres escenarios distintos: intercontinental, continental y peninsular. Un breve esbozo de cada uno de estos campos nos permitirá, no sólo comprender mejor el desarrollo del liberalismo español, sino también comprobar que sin ellos este no hubiera sido posible.

Escenario intercontinental: revolución atlántica

La expansión de la ideología liberal a finales del siglo XVIII y principios del XIX fue un proceso en el que Europa y América caminaron a la par. Esto nos permite hablar de un fenómeno atlántico de ida y vuelta. En las Trece Colonias norteamericanas se dieron las primeras manifestaciones de liberalismo y constitucionalismo; y, curiosamente, en un contexto de guerra de independencia (1776-1783).

Los Estados Unidos sirvieron de campo de pruebas para las nuevas ideas políticas elaboradas por los teóricos europeos. De ahí, en forma de hechos, volvieron a su continente de origen. En 1789 la ideología liberal tomó cuerpo en Francia; en pocos años la revolución se expandió por el Viejo Mundo hasta la derrota de Napoleón en 1814.

El viaje del liberalismo no se detuvo en Europa. De la España invadida por los franceses entre 1808 y 1814 la revolución liberal volvió a saltar al otro lado del océano; en esta ocasión a Hispanoamérica (1808-1824). Allí el fenómeno fue tardío, y estuvo íntimamente relacionado con los sucesos españoles. Al igual que en el caso de las Trece Colonias, surgió en un contexto secesionista.

Escenario continental

Las conquistas napoleónicas favorecieron la expansión de las ideas liberales francesas por toda Europa. Sin embargo, este fenómeno desencadenó otro de no menor importancia: la reacción nacional-romántica. El rechazo al invasor marcó el inicio de la “época de las nacionalidades”. España a partir de 1808, Rusia desde 1812, y Alemania en 1813, fueron claros ejemplos de este tipo de manifestaciones.

Escenario peninsular

Como hemos indicado anteriormente, desde los primeros momentos de la invasión francesa surgió en España esa reacción nacional contra el agresor extranjero. En el seno de esta resistencia se llevó a cabo una revolución liberal propia –análoga a la que pretendían imponer los afrancesados-, cuya más alta manifestación fue la reunión de las Cortes en Cádiz con la consiguiente redacción constitucional (19 de marzo de 1812). Estos hechos, como es evidente, tuvieron importantes repercusiones en Hispanoamérica.

Bibliografía:

[1] Historia Contemporánea de España II; Javier Paredes (Coord.) – Madrid – Ariel – 2005.

[2] Historia Contemporánea de España II; José Luis Comellas – Madrid – Rialp – 1986.

[3] Historia de España; José Luis Martín, Carlos Martínez Shaw, Javier Tusell – Madrid – Taurus – 1998.

[4] Las Cortes de Cádiz; Federico Suárez Verdeguer – Madrid – Rialp – 1982.

Realidad y representación del desempleo de masas durante la Gran Depresión III


“Antaño construí una vía férrea y la hice funcionar / la hice luchar en rapidez con el tiempo. / Antaño construí una vía férrea, ahora se acabó. / Hermano, ¿puedes darme diez centavos? / Antaño construí una torre, hacia el sol, / ladrillo, remaches y cal; / Antaño construí una torre, ahora se acabó; / Hermano, ¿puedes darme diez centavos?”. Así comienza Hermano, ¿puedes darme diez centavos? (1932), de E. Y. Harburg y J. Gorney, una de las más famosas composiciones musicales sobre el desempleo de los años treinta. Sin embargo, no es la única letra que encontramos transcrita en las páginas dedicadas a la cuestión laboral en los Estados Unidos. En la página sesenta y uno podemos disfrutar de las estrofas de Lamento de Detroit (V. Spivey, 1936).

Al relatar la Gran Depresión en los Estados Unidos, José Ramón Díez Espinosa sigue un esquema parecido al que en las páginas anteriores utilizó al tratar de Gran Bretaña. El epígrafe se inicia con una cita de la novela de J. T. Farrell –El día del juicio, 1935-; sin embargo, tras explicar brevemente el argumento de esta obra, el autor nos conduce de nuevo al campo de los valores estadísticos. La comprensión de los mismos viene facilitada por dos tablas situadas en las páginas cincuenta y cuatro –evolución del desempleo en los Estados Unidos (1929-1939)- y cincuenta y cinco –diversas estimaciones sobre los valores máximos del desempleo en los Estados Unidos (Marzo de 1933)-.

En las páginas dedicadas a los Estados Unidos no encontramos ninguna fotografía, pero si referencias a novelas y artículos de opinión del momento. Al la ya citada El día del juicio hemos de destacar: La ciudad automática –J. Camba, 1932-, El paraíso norteamericano –E. E. Kisch, 1931-, y Hotel América –M. Leitner, 1930-. El autor también se sirve del cine y del teatro para ilustrar su explicación. Comenta dos películas de K. Vidor, The Crowd –1928- y Our daily bread –1934-, y una obra teatral de Clifford Odets, Waiting for Lefty –1935-. Finalmente, hemos de resaltar el trato especial que, lógicamente, se da en estas páginas a la crisis en la industria automovilística.

Bibliografía:

[1] El desempleo de masas en la Gran Depresión. Palabras, imágenes y sonidos; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 2006.

Tamás Aczél

Este texto forma parte de un conjunto de breves biografías que he elaborado sobre la Revolución Húngara de 1956. Para ver la lista completa, pincha aquí.


Tamas_Aczel(1921-1994) Escritor y periodista. En 1945 ingresó en el Partido Comunista y en la Alianza de Escritores Húngaros. Comprometido con la reforma del sistema, desde 1953 estuvo al lado de Imre Nagy. La derrota de la insurrección de 1956 lo llevó al exilio; instalándose en Londres, colaboró con Irodalmi Újság. A partir de 1966 fue profesor universitario en los Estados Unidos.