Bloque 7. La Restauración Borbónica: implantación y afianzamiento de un nuevo Sistema Político (1874-1902)


Conjunto de estándares del temario de 2º de Bachillerato pertenecientes al Bloque 7, que aborda la explicación del sistema político de la Restauración. Aunque he mantenido la numeración original, para la prueba EBAU del curso 2017-2018 no serán objeto de examen en Castilla y León el segundo, el quinto y el sexto.

  1. Explica los elementos fundamentales del sistema político ideado por Cánovas.
  2. Especifica las características esenciales de la Constitución de 1876.
  3. Resume el origen y evolución del catalanismo, el nacionalismo vasco y el regionalismo gallego.
  4. Analiza las diferentes corrientes ideológicas del movimiento obrero y campesino español, así como su evolución durante el último cuarto del siglo XIX.
  5. Describe el origen, desarrollo y repercusiones de la tercera guerra carlista.
  6. Explica la política española respecto al problema de Cuba.
  7. Especifica las consecuencias para España de la crisis del 98 en los ámbitos económico, político e ideológico.
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Analiza las causas, principales hechos y consecuencias de la intervención de España en Marruecos entre 1904 y 1927


SEXAGÉSIMO QUINTO ESTÁNDAR DEL TEMARIO QUE, DE ACUERDO CON LO ESTIPULADO POR LA CONSEJERÍA DE EDUCACIÓN DE CASTILLA Y LEÓN, PODRÁ SER OBJETO DE EXAMEN EN LA EBAU, ANTIGUA SELECTIVIDAD.

Con el fin de analizar de forma sintética y ordenada las causas, acontecimientos y repercusiones de la política española con respecto a Marruecos durante el primer tercio del siglo XX, distinguiremos dos fases o marcos temporales bien diferenciados. En primer término se abordará el periodo que va de 1904 a la Semana Trágica (1909), siendo objeto de la segunda parte el estudio de la primera mitad de los años veinte, con sucesos como el Desastre de Annual (1921) y el Desembarco de Alhucemas (1925).

Después de la pérdida de las últimas colonias en el año 1898, la intervención en Marruecos pasó a ser uno de los principales ejes de la política exterior española. La clase política, y la sociedad en su conjunto, percibieron el establecimiento de un protectorado al otro lado del Estrecho como una forma de salir del aislamiento internacional y recuperar el prestigio nacional perdido tras el conflicto con los Estados Unidos. Ahora bien, no fijaron las respectivas zonas de influencia con Francia hasta la Conferencia de Algeciras de 1906. En ella a España le correspondió la zona norte, que incluía la riqueza minera del conflictivo territorio del Rif.

En 1909, como consecuencia del recrudecimiento de los enfrentamientos entre las tropas españolas y los rifeños, el gobierno decidió enviar refuerzos mediante la movilización de los reservistas barceloneses. Esto desencadenó una oleada de protestas, que alcanzaron su máximo nivel de tensión con la huelga general y las manifestaciones acaecidas en los días en que las tropas embarcaban. En este contexto, se produjo en Marruecos la emboscada en el Barranco del Lobo, con numerosas bajas entre los soldados españoles. La principal consecuencia de este acontecimiento fue la transformación de la huelga en una protesta con barricadas y grupos armados que se enfrentaron a las fuerzas del orden en Barcelona. El gobierno actuó con rapidez y excesiva dureza para poner fin a la revuelta, lo que llevó a Alfonso XIII a pedir la dimisión al presidente Antonio Maura.

El otro marco temporal objeto de análisis va de 1921 a 1925. En el primero de esos años, el gobierno español tomó la decisión de someter de forma definitiva su zona del protectorado, por lo que el general Silvestre inició la ocupación de la región de Yebala, en el sector central del Rif. Sin embargo, las tropas españolas, con el fin de ocupar rápidamente la bahía de Alhucemas, se internaron demasiado en un territorio montañoso que, además, estaba alejado de sus bases de aprovisionamiento. De esta manera, el líder rifeño Abd el-Krim derrotó a los españoles en Annual, donde murieron y desaparecieron unos 10.000 soldados, entre ellos el propio general Silvestre.

Además de la pérdida de buena parte del territorio ocupado en los años anteriores, el desastre de Annual tuvo importantes consecuencias políticas. De entre ellas, sin lugar a dudas, cabe destacar el golpe de Estado de Primo de Rivera, que puso fin al sistema parlamentario. En gran medida el cambio de régimen se debió a la necesidad de ocultar el contenido del informe sobre las responsabilidades de Annual elaborado por una comisión presidida por el general Picasso.

Durante la dictadura, ante la dificultad para recuperar las zonas perdidas, España optó en un primer momento por una política de contención para impedir la expansión de la zona rebelde. Posteriormente se llegó a un acuerdo con el gobierno francés para organizar una acción conjunta que, en 1925, hizo posible que se desarrollará una gran operación de desembarco en Alhucemas. En los meses que siguieron a ese acontecimiento, los rebeldes rifeños no dejaron de retroceder hasta la rendición final de Abd el-Krim en 1927 ante las tropas francesas.

Especifica las consecuencias para España de la crisis del 98 en los ámbitos económico, político e ideológico


QUINCUAGÉSIMO CUARTO ESTÁNDAR DEL TEMARIO QUE, DE ACUERDO CON LO ESTIPULADO POR LA CONSEJERÍA DE EDUCACIÓN DE CASTILLA Y LEÓN, PODRÁ SER OBJETO DE EXAMEN EN LA EBAU, ANTIGUA SELECTIVIDAD.

Si bien la derrota en la guerra de 1898 con los Estados Unidos, unida a la pérdida de las últimas colonias, no condujo a un cambio de régimen o de gobierno, provocó la aparición del movimiento regeneracionista. En su origen, además del desastre militar y colonial, fue esencial el impulso de buena parte de la intelectualidad y algunos políticos de la época. El objetivo fundamental de los regeneracionistas era poner en marcha un replanteamiento general de la situación de España a partir de la modernización social, la superación del atraso cultural y la dignificación de la actividad política.

Ahora bien, es necesario señalar que el llamado “Desastre del 98” fue más un estado de ánimo, una crisis moral e ideológica, que una realidad política y económica. De hecho, en los años siguientes el sistema de la Restauración continuó funcionando como lo había hecho hasta la fecha; sin sobresaltos que pusieran en cuestión su vigencia. A esto se ha de añadir que las consecuencias económicas de la pérdida colonial resultaron ser menores de lo previstas. Al fin y al cabo, España ya no tenía que afrontar el cuantioso gasto que suponían el ejército y la administración colonial. También se hizo evidente que los territorios de ultramar no aportaban demasiados beneficios a la economía española; e incluso durante los primeros años se dejaron notar las consecuencias beneficiosas de la repatriación de capitales, los llamados “capitales indianos”.

Como se ha indicado anteriormente, en el campo ideológico las consecuencias afectaron al estado de ánimo de la nación. Las élites intelectuales, y de manera especial la Generación del 98, se vieron afectada por el derrotismo, pesimismo y victimismo posterior a la derrota en la guerra. Además la prensa extranjera se empeñó en presentar a España como un país en decadencia, con una economía atrasada y un sistema político corrupto.

Explica la política española respecto al problema de Cuba


QUINCUAGÉSIMO TERCER ESTÁNDAR DEL TEMARIO QUE, DE ACUERDO CON LO ESTIPULADO POR LA CONSEJERÍA DE EDUCACIÓN DE CASTILLA Y LEÓN, PODRÁ SER OBJETO DE EXAMEN EN LA EBAU, ANTIGUA SELECTIVIDAD.

Una correcta compresión de la política española en Cuba ha tener en cuenta el contexto internacional de finales del XIX, caracterizado por el auge del imperialismo y el creciente expansionismo de los Estados Unidos. De hecho, la nación americana, que había iniciado su proceso de conversión en una gran potencia industrial y militar tras la Guerra de Secesión (1861-1865), desempeñó un papel fundamental en el desarrollo y desenlace del conflicto cubano.

A esto hemos de añadir la política inmovilista de los gobiernos españoles con respecto a la isla y las demandas de sus pobladores. Un importante sector de la clase dirigente peninsular era partidaria de no ceder a ninguna presión reformadora planteada por los cubanos, que cada vez exigían un mayor grado de autonomía. De hecho, aunque la esclavitud en Cuba quedó abolida en 1886, las Cortes rechazaron la propuesta de descentralización presentada en 1893.

De esta manera, los intereses norteamericanos en la isla, unidos a la errática política española, llevó a que en 1895 se produjera una nueva insurrección de corte independentista. Se inició así una nueva guerra en Cuba, que enfrentó, en primer término, al ejército español con los nacionalistas cubanos, y más tarde a España con los Estados Unidos. La derrota de 1898 significó la pérdida definitiva, no solo de la isla caribeña, sino también de Puerto Rico y Filipinas.

Las fuerzas de oposición al zarismo


Las primeras corrientes importantes de oposición al zarismo se desarrollaron en el campo ruso hacia la segunda mitad del siglo XIX. El primer movimiento que cabe destacar fue el creado por los denominados “nihilistas”, grupo inicialmente de carácter intelectual, que posteriormente evolucionó hacia el terrorismo.

Sin embargo, el movimiento más importante en las últimas décadas del siglo fue el populismo (narodniki), que se oponía a la industrialización masiva, defendiendo la reforma de las comunidades rurales. Inspirados en el pensamiento de Bakunin, los populistas fundaron “Tierra y Libertad”, una organización que concretó sus esfuerzos en la acción directa.

Su persistencia en perpetrar atentados contra Alejandro II alcanzó sus frutos en 1881, año en el que el zar moría víctima de las bombas terroristas.

Fue entre los años finales del siglo XIX y los comienzos del XX cuando surgieron las corrientes de oposición que dieron lugar a la formación de los dos partidos políticos que más influencia ejercieron en el movimiento revolucionario.

El primero fue el Partidos Socialista Revolucionario (SR o eserita), con gran influencia entre los campesinos. Fundado en 1901, recogió la tradición del populismo, especialmente en lo que hace referencia a la defensa de los campesinos como clase revolucionaria. Propugnaba la necesidad de destruir el zarismo y de instaurar una sociedad colectivista de base rural.

El segundo, fundado por Plejanov en 1898, fue el Partido Obrero Socialdemócrata Ruso, de tendencia marxista y afiliado a la II Internacional. Entre sus miembros destacaba Vladimir Ilich Uliánov (Lenin), que fue quien adaptó el marxismo a las condiciones específicas de Rusia y el gran artífice de la revolución de 1917.

Hacia 1903 surgieron dentro del partido dos tendencias, mencheviques y bolcheviques, que en 1912 se escindieron definitivamente. Unos y otros aceptaban el esquema marxista de la revolución, que preveía la necesidad de derribar el orden feudal como paso previo a la destrucción del orden burgués por parte del proletariado. Sin embargo, las discrepancias surgieron a la hora de analizar el papel que debía desempeñar la burguesía en la revolución y el carácter que debía tener el partido.

  • Respecto al primer punto, los mencheviques defendían una separación muy clara entre la revolución burguesa y la revolución socialista. Los bolcheviques, en cambio, partían de la base de la incapacidad de la burguesía para protagonizar una revolución propia.
  • Respecto al segundo punto, los mencheviques defendían un partido de masas según el modelo de la socialdemocracia europea. Los bolcheviques concebían un partido de combate, formado por revolucionarios profesionales y con una férrea disciplina.
La corriente liberal y democrática se formó más lentamente y siempre fue más débil, pues en Rusia la burguesía era poco numerosa.

Los sectores liberales se desarrollaron dentro de los zemstva cuando algunos comenzaron a defender la necesidad de establecer un régimen constitucional. En 1905 se fundó el Partido Constitucionalista Demócrata (Kadet) que se oponía a cualquier tipo de acción revolucionaria y propugnaba la necesidad de luchar dentro del marco legal para alcanzar la democracia.

La expansión colonial francesa

Si hay un país que encarnaba el ambiente nacionalista e imperialista de la época, ese es Francia.

Al iniciarse la III República (1871), la presencia colonial de Francia se limitaba a enclaves pequeños y, sobre todo, dispersos. Algunas islas antillanas, parte de Guayana, Argelia, establecimientos en Senegal e Indochina, Camboya y Nueva Caledonia.

Tomando estos como punto de partida, llegaría a formar un imperio de primerísimo importancia en el contexto internacional. Para ello se conjugó la actividad de grupos colonizadores con el decidido apoyo de ciertos políticos, entre los que destaca la figura de Jules Ferry.

A partir de 1880 se puso en marcha el proyecto expansionista francés. El primer paso fue la expedición a Túnez, que acabó con la formación de un protectorado. A continuación, Ferry se propuso completar el dominio sobre Indochina, iniciado en la época de Napoleón III.
Se conquistaba Hanoi y se constituía un protectorado sobre Annam y Tonkin.

En 1888 se constituyó la Unión General Indochina, a la que en 1896 se incorporó el territorio del Alto Laos.

Es entonces, como consecuencia del avance francés, cuando Gran Bretaña se anexiona Birmania; especie de estado-tapón para defensa de sus posesiones.

También fue Jules Ferry el que dio orden de actuar sobre Madagascar, obligando a su soberano, mediante la fuerza, a aceptar el protectorado de Francia. La revuelta de 1896, de carácter nacionalista, fue la excusa aprovechada para convertir dicho protectorado en colonia. Utilizando un sistema parecido, se consiguió también la base estratégica de Djibuti, en Somalia.

Dado que el continente africano era el gran foco de interés de esos momentos, sobre él se proyectó también la ambición francesa, dando lugar a tensiones y conflictos con Gran Bretaña. A la presencia en Argelia y Túnez, se unió de manera paulatina la penetración francesa en los oasis saharianos. Mientras, por el río Senegal, se adentraban hacia el Sudán Occidental, conquistando la ciudad de Tombuctú en 1894. Dos años antes habían conquistado el reino de Dahomey, en la zona del Golfo de Guinea.

Por tanto, estaba claro que el centro del Imperio francés se estructuraba en el noroeste de África.

Para completar su dominio tan solo faltaba Marruecos, país que se mantenía independiente, aunque muy influido económicamente por Francia. Desde 1902, se inició una penetración pacífica, cuya consecuencia sería el establecimiento diez años más tarde de un protectorado compartido con España.

Trazada ya la política colonial en ese espacio africano, quedaba por unir estos territorios con los que Francia poseía en la costa del Índico. En este caso, el eje continuo de ocupación se trazaba de este a oeste del continente. En dos ocasiones a lo largo de este proceso, la rivalidad con Inglaterra por sus respectivas áreas de influencia había quedado patente.

Esa tensión saltó definitivamente en 1898.

El eje El Cairo-El Cabo de Inglaterra y el eje Este-Oeste de Francia por fuerza tenían que entrar en colisión en algún momento. En 1895, una expedición oficial dirigida por Marchand había partido del Congo, tomando posesión tres años más tarde de Fashoda, en el curso superior del Nilo.

Esta fue la primera ocasión en que Inglaterra vio seriamente amenazado su sueño imperial. El ejército colonial británico, comandado por Kitcherner, exigió a Marchand la evacuación de Fashoda. Tras un momento en que la política internacional se vio abocada a una crítica situación, Inglaterra impuso su criterio.

Al comenzar el siglo XX Francia se había convertido en una de las primeras potencias coloniales, dominando unos territorios catorce veces más extenso que la metrópoli.

Este imperio francés mantuvo unas características propias que lo personalizaban fuertemente. Francia era, dentro del continente europeo, el país donde menos se había dejado sentir la presión demográfica, debido a la temprana implantación de las normas de control. Esta situación le impedía crear colonias de poblamiento al modo británico.

Incluso los contingentes de población que se enviaron a lugares clave, como Túnez o Argelia eran relativamente pequeños. En contrapartida, la política de afrancesamiento de aquellos territorios fue importante y activa.

A través de escuelas y misiones, difundieron su lengua, cultura, religión y forma de vida, constituyendo el legado más importante del colonialismo francés. Contrariamente a lo que ocurrió en el caso de Inglaterra, para Francia su Imperio no resultó rentable, pero constituyó su mayor orgullo.

El reparto de África


Si bien se dieron episodios anteriores de gran expansión europea, como fue el caso de la Monarquía Hispánica, la Corona de Portugal o el propio Imperio Británico en América del Norte, a partir de mediados del XIX los estados occidentales se lanzaron a la conquista del globo. Las cancillerías europeas se convirtieron en el escenario donde los territorios de otros continentes -el caso más significativo fue el de África- quedaban repartidos entre las potencias imperialistas. A su vez, la rivalidad por ocupar mayor espacio, por obtener mayores riquezas y, especialmente, por tener mayor prestigio internacional, condujo a una escalada del nacionalismo que, a principios del siglo XX llevaría al estallido de la Primera Guerra Mundial. En este vídeo se desarrolla el reparto de África y la Conferencia de Berlín (1884-1885). En las restantes clases se introduce la cuestiónse abordan las causas, se habla de los tipos de expansión colonial y de las consecuencias de esto en la política interna de Europa.

 

Breve historia de la III República Francesa


La caída del II Imperio Francés, como consecuencia de la derrota en la guerra contra Prusia, así como de la creciente oposición a Napoleón III, fue seguida de un breve periodo de caos e incertidumbre.

En esos días previos al establecimiento de la III República, podemos distinguir dos grupos políticos predominantes: moderados y radicales.

El primero de estos grupos, bajo la dirección de Thiers, estaba formado por antiguos monárquicos. Estos, conscientes de que la situación no era propicia para una restauración, se mostraban partidarios de una república conservadora. Además, defendían la necesidad de llegar a una paz rápida con Prusia que permitiera sobrevivir al nuevo régimen.

Los radicales, bajo el liderazgo de Gambetta, podrían ser considerados como los herederos finiseculares de los jacobinos. En lo que respecta a la guerra con Prusia, eran partidarios de la resistencia, pues pensaban que eso fortalecería a la República tal como había sucedido en 1791.

En febrero de 1871 se convocaron elecciones a la Asamblea Nacional Constituyente. Los comicios se saldaron con el triunfo de Thiers, si bien los radicales pudieron imponer algunas de sus ideas. Tras estos hechos, el nuevo gobierno, como ya había anunciado, se apresuró a pedir la paz a Prusia, que fue firmada en el Tratado de Frankfurt.

Sin embargo, antes de lograr su doble objetivo de alcanzar la paz exterior e interior, Thiers tuvo que enfrentarse a dos grandes problemas: las duras condiciones de paz impuestas por los alemanes, y la tendencia hacia la revolución de los parisinos.

Durante dos meses la capital del país estuvo gobernada por la Commune, que finalmente fue duramente reprimida por el gobierno.

Proyectos para restaurar la monarquía

Una vez estabilizado el régimen, se sucedieron una serie de tentativas con el fin de llevar a cabo la restauración en la figura de un rey. No obstante, todos estos proyectos fracasaron.

La división interna dentro de la familia monárquica, donde existían partidarios de los Borbones, de los Orleans y de los Bonaparte, así como las intrigas internas dentro del gobierno, cuya manifestación más importante fue la sustitución de Thiers por Mac Mahon, hicieron imposible que se llevase a cabo la restauración.

La consecuencia de este hecho fue la inmediata prolongación de los poderes de Mac Mahon por siete años más. La finalidad de este afianzamiento del militar monárquico en el poder, no era otra que mantener abiertas las puertas a una posible restauración posterior.

El fortalecimiento del ideal republicano

Mientras los monárquicos no hallaban una salida a la crisis en torno a la restauración, la República fue poco a poco afianzándose y sentando sus bases. Cada vez parecía más evidente que la única salida a la crisis política del país era aceptar el régimen republicano.

Así, lentamente, se fueron aprobando las leyes fundamentales que acabarían formando parte de la Constitución de la III República francesa: liberalismo parlamentario, respeto a la opinión, defensa de la propiedad, interés por lo económico, existencia de dos cámaras…

Finalmente, la victoria de los republicanos de Gambetta en las elecciones de 1877, realizadas por sufragio universal, acabaron por consolidar el régimen republicano.

No obstante, aunque la jefatura del gobierno estaba en manos radicales, la presidencia siguió en manos de Mac Mahon hasta 1879.

La consolidación de la III República

A partir del año 1879, se consolidó definitivamente el régimen republicano y democrático en Francia. Pronto se dejaron notar las consecuencias de este hechos:

  • El poder ejecutivo quedó en manos del primer ministro, convirtiéndose el cargo de presidente de la República en algo casi honorífico.
  • Secularización de la vida pública francesa, que se manifestó principalmente en la expulsión de algunas congregaciones religiosas, y en la instauración de una enseñanza estatal laica y obligatoria.

Durante la presidencia de Gambetta se mantuvo cierta continuidad con respecto a la herencia de Mac Mahon. Esto redujo enormemente la tensión política y permitió la permanencia de los radicales en el poder durante un largo periodo de tiempo. Sin embargo, la mala coyuntura económica y el estancamiento de la industria francesa propiciaron su caída a mediados de la década de 1880.

Francia ante la crisis finisecular

La crisis paso factura a los radicales en las elecciones de 1885. De los comicios surgió un parlamento fragmentado y sin apenas capacidad de maniobra. Sin embargo, este hecho, y la falta de sutileza política de los conservadores, favoreció la posterior victoria política los radicales. Estos volvieron a ocupar el poder entre 1889 y 1898.

Esa esa década, la III República vivió algunos de los momentos más importantes de su corta historia, como la reconciliación con las monarquías europeas, la gran expansión colonial y la promulgación de una amplia legislación social.

Para terminar, hemos de citar otros cambios profundos de los últimos años del siglo XIX francés: la reconciliación del gobierno con los católicos, y el surgimiento del partido y sindicato socialista.

Los judíos, el estado-nación y el nacimiento del antisemitismo VII

Cuando, tras la derrota de 1940, el antisemitismo francés alcanzó su oportunidad suprema bajo el gobierno de Vichy, tuvo un carácter definitivamente anticuado y, para sus fines principales, más bien inútil, algo que los escritores alemanes nazis jamás dejaron de subrayar. No poseyó influencia en la formación del nazismo y siguió siendo más significativo en sí mismo que como factor histórico activo en la catástrofe final.

La razón principal de estas limitaciones generales fue la de que los partidos antisemitas, aunque violentos en la escena nacional, carecían de aspiraciones supranacionales. Pertenecían, al fin y al cabo, al más antiguo y más completamente desarrollado de los estado-nación de Europa. Ninguno de los antisemitas trató siquiera de organizar seriamente un «partido por encima de los partidos» o de apoderarse del estado como partido y sin otra finalidad que los intereses del partido. Los pocos intentos de coup d´etat que pueden ser atribuidos a la alianza entre antisemitas y altos jefes del ejército fueron ridículamente inadecuados y abiertamente tramados. En 1898 fueron elegidos miembros del Parlamento, tras varias campañas antisemitas, unos diecinueve antisemitas, pero ésta fue una cota máxima que jamás volvió a ser alcanzada y a partir de la cual el declive fue rápido.

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, p. 116-117.

Las fuerzas revolucionarias en tiempos de Nicolás II

Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 12 de febrero de 2008.


El contraste entre una Europa liberal y un Imperio Ruso absolutista y feudal suscitó, a mediados del XIX, una oposición al zarismo en el seno de una minoritaria clase intelectual que los rusos denominaban “intelligentsia”. Con frecuencia, esta se encontró aislada por carecer el país de una burguesía en la que apoyarse y de un proletariado al que dirigir su mensaje.

Dos grandes corrientes se perfilaron desde los primeros momentos: los occidentalistas, partidarios de imitar los logros del liberalismo occidental, y la “eslavófila”, contraria a los corrompidos modelos occidentales.

Esta última centraba sus esfuerzos en ensalzar las virtudes del campesinado ruso, al tiempo que pretendía implantar un socialismo de carácter agrario. En su seno surgieron, además, los dos movimientos socializantes más típicamente rusos: el nihilismo y el populismo.

El nihilismo, término acuñado por Ivan Turgéniev en su novela Padres e hijos, cuajó en 1862 con el movimiento de “La joven Rusia”. Este defendía la acción terrorista como la única forma de destruir el orden social y político existente. Nos encontramos, pues, ante un planteamiento muy cercano al anarquismo de Bakunin. En la década de 1870 surgió un movimiento populista -“narodnik”-, que reconocía en el campesinado ruso la fuerza revolucionaria por excelencia y el futuro protagonista de la revolución.

No obstante, el fracaso del populismo en su acercamiento al campesinado ruso provocó su escisión. Por un lado Voluntad del Pueblo, grupo mayoritario anclado en la acción terrorista y responsable del asesinato del zar Alejandro II en 1881; y por el otro un grupo minoritario que acabó por formar en 1890 el Partido Socialista Revolucionario o social-revolucionarios.

A comienzos del siglo XX frente a los decimonónicos defensores de una vía revolucionaria distinta a la del resto de Europa Occidental, aparecieron corrientes ideológicas y partidos de clara inspiración occidentalista.

De un lado, la corriente liberal se plasmó en la constitución, en 1905, del Partido Constitucional-Demócrata o partido Kadet. Su objetivo era transformar el Imperio zarista en un régimen de carácter constitucional basado en el respeto a las libertades individuales. Eran partidarios tanto de una reforma agraria liberal como de una amplia autonomía para los territorios polacos, finlandeses y ucranianos. Su principal líder fue Miliukov.

De otro lado, las corrientes socialistas revolucionarias estaban integradas por el Partido Socialista Revolucionario (PSR o “eseritas”) y por el Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (POSDR). El primero se constituyó en 1901 bajo las tesis populistas del socialismo agrario. Sostenían que la revolución en Rusia sería política, y traería consigo el fin de la autocracia zarista. Además, sus protagonistas habrían de ser los campesinos, no los burgueses.

Eran partidarios de un Estado federal que conciliase los intereses de las diversas nacionalidades del Imperio Ruso. Sus hombres más representativos fueron Tchernov y Kerenski.

La trayectoria del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso es más compleja e interesante por sus repercusiones futuras. Sus orígenes se remontan a 1883, con la creación, por parte de Giorgi Plejánov, de Unión de lucha para la liberación de la clase obrera. A este grupo se unió, en 1888, el joven Vladimir Ilich Ulianov, conocido más tarde con el nombre de Lenin.

Ambos rechazaron de los populistas y de los socialrevolucionarios el agrarismo utópico; dando por sentado que la sociedad rusa de finales del XIX era capitalista. En el congresos clandestino celebrado en Minsk (1898) fundaron el POSDR de clara inspiración marxista. Sin embargo, en el seno del segundo congreso del partido, celebrado entre Bruselas y Londres en 1903, surgieron dos tendencias enfrentadas: mencheviques y bolcheviques.

Los primeros afirmaban que la revolución burguesa era un paso necesario para llegar al pleno desarrollo del capitalismo y de un proletariado numeroso capaz de encabezar la segunda fase de la revolución, la socialista-proletaria. Por ello, se inclinaban por una organización del partido abierta tanto a militantes como simpatizantes. Su líder fue Martov.

Los bolcheviques, liderados por Lenin, sostenían que la burguesía rusa era demasiado débil e incapaz de realizar su revolución.

Era el proletariado el que debía encabezarla, buscando para ello la alianza con el campesinado. En consecuencia, la militancia en el partido debía restringirse a quienes acatasen su programa, sometiéndose a su férrea disciplina. El objetivo primordial era la conquista revolucionaria del poder político para el inmediato establecimiento de la dictadura del proletariado.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea I y II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] La Rusia de los zares; Alejandro Muñoz-Alonso – Madrid – Espasa – 2007.