Identifica el ámbito geográfico del carlismo y explica su ideario y apoyos sociales


TRIGÉSIMO OCTAVO ESTÁNDAR DEL TEMARIO QUE, DE ACUERDO CON LO ESTIPULADO POR LA CONSEJERÍA DE EDUCACIÓN DE CASTILLA Y LEÓN, PODRÁ SER OBJETO DE EXAMEN EN LA EBAU, ANTIGUA SELECTIVIDAD.

A la hora de analizar el carlismo, se ha de hacer referencia, en primer lugar, a los territorios peninsulares en los que alcanzó un mayor grado de aceptación. En líneas generales, el pretendiente Carlos María Isidro recibió un importante apoyo del ámbito rural y las pequeñas ciudades de Navarra y las provincias vascas, donde fue fundamental la labor realizada por el bajo clero local. Otro factor clave para entender el arraigo de su causa en esos territorios fue su tradicionalismo de corte foralista. La defensa de los fueros le granjeó también el apoyo de buena parte de la población catalana y aragonesa, que ansiaba recuperar los derechos y leyes propias que les habían sido arrebatados con los Decretos de Nueva Planta tras la Guerra de Sucesión.

Precisamente la defensa de los regímenes forales fue uno de los principales elementos del programa ideológico del carlismo. A este se ha de añadir la defensa de la religión, el absolutismo monárquico y los privilegios sociales propios del Antiguo Régimen. En definitiva, el pretendiente a la corona mostraba su rechazo frontal al ideario liberal y al conjunto de reformas que se habían iniciado en España a raíz de las Cortes de Cádiz.

Los grupos sociales que respaldaron de forma más significativa la causa carlista fueron, precisamente, los defensores del Antiguo Régimen y el tradicionalismo foralista. Aquellos, en definitiva, que se oponían con más fuerza a las reformas emprendidas por el liberalismo. De entre ellos es preciso destacar al estamento clerical -especialmente entre el bajo clero y en el ámbito rural-, a los grupos nobiliares más afectados por la abolición del régimen señorial, al campesinado pobre del noreste peninsular y a las clases medias defensoras del tradicionalismo y los fueros.

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Bloque 7. La Restauración Borbónica: implantación y afianzamiento de un nuevo Sistema Político (1874-1902)


Conjunto de estándares del temario de 2º de Bachillerato pertenecientes al Bloque 7, que aborda la explicación del sistema político de la Restauración. Aunque he mantenido la numeración original, para la prueba EBAU del curso 2017-2018 no serán objeto de examen en Castilla y León el segundo, el quinto y el sexto.

  1. Explica los elementos fundamentales del sistema político ideado por Cánovas.
  2. Especifica las características esenciales de la Constitución de 1876.
  3. Resume el origen y evolución del catalanismo, el nacionalismo vasco y el regionalismo gallego.
  4. Analiza las diferentes corrientes ideológicas del movimiento obrero y campesino español, así como su evolución durante el último cuarto del siglo XIX.
  5. Describe el origen, desarrollo y repercusiones de la tercera guerra carlista.
  6. Explica la política española respecto al problema de Cuba.
  7. Especifica las consecuencias para España de la crisis del 98 en los ámbitos económico, político e ideológico.

Bloque 6. La conflictiva construcción del Estado Liberal (1833-1874)


Conjunto de estándares del temario de 2º de Bachillerato pertenecientes al Bloque 6, que aborda el reinado de Isabel II y el Sexenio Democrático. Aunque he mantenido la numeración original, para la prueba EBAU del curso 2017-2018 no serán objeto de examen en Castilla y León el segundo y el séptimo.

  1. Especifica las causas y consecuencias de las dos primeras guerras carlistas.
  2. Representa una línea del tiempo desde 1833 hasta 1874, situando en ella los principales acontecimientos históricos.
  3. Describe las características de los partidos políticos que surgieron durante el reinado de Isabel II.
  4. Resume las etapas de la evolución política del reinado de Isabel II desde su minoría de edad, y explica el papel de los militares.
  5. Compara las desamortizaciones de Mendizábal y Madoz, y especifica los objetivos de una y otra. 
  6. Especifica las características de la nueva sociedad de clases y compárala con la sociedad estamental del Antiguo Régimen.
  7. Compara el Estatuto Real de 1834 y las Constituciones de 1837 y 1845.
  8. Describe las características esenciales de la Constitución democrática de 1869.
  9. Identifica los grandes conflictos del Sexenio y explica sus consecuencias políticas.

Identifica el ámbito geográfico del carlismo y explica su ideario y apoyos sociales


A la hora de analizar el carlismo, se ha de hacer referencia, en primer lugar, a los territorios peninsulares en los que alcanzó un mayor grado de aceptación. En líneas generales, el pretendiente Carlos María Isidro recibió un importante apoyo del ámbito rural y las pequeñas ciudades de Navarra y las provincias vascas, donde fue fundamental la labor realizada por el bajo clero local. Otro factor clave para entender el arraigo de su causa en esos territorios fue su tradicionalismo de corte foralista. La defensa de los fueros le granjeó también el apoyo de buena parte de la población catalana y aragonesa, que ansiaba recuperar los derechos y leyes propias que les habían sido arrebatados con los Decretos de Nueva Planta tras la Guerra de Sucesión.

Precisamente la defensa de los regímenes forales fue uno de los principales elementos del programa ideológico del carlismo. A este se ha de añadir la defensa de la religión, el absolutismo monárquico y los privilegios sociales propios del Antiguo Régimen. En definitiva, el pretendiente a la corona mostraba su rechazo frontal al ideario liberal y al conjunto de reformas que se habían iniciado en España a raíz de las Cortes de Cádiz.

Los grupos sociales que respaldaron de forma más significativa la causa carlista fueron, precisamente, los defensores del Antiguo Régimen y el tradicionalismo foralista. Aquellos, en definitiva, que se oponían con más fuerza a las reformas emprendidas por el liberalismo. De entre ellos es preciso destacar al estamento clerical -especialmente entre el bajo clero y en el ámbito rural-, a los grupos nobiliares más afectados por la abolición del régimen señorial, al campesinado pobre del noreste peninsular y a las clases medias defensoras del tradicionalismo y los fueros.

Describe el origen desarrollo y repercusiones de la Tercera Guerra Carlista


QUINCUAGÉSIMO SEGUNDO ESTÁNDAR DEL TEMARIO QUE, DE ACUERDO CON LO ESTIPULADO POR LA CONSEJERÍA DE EDUCACIÓN DE CASTILLA Y LEÓN, PODRÁ SER OBJETO DE EXAMEN EN LA EBAU, ANTIGUA SELECTIVIDAD.

El exilio de Isabel II como consecuencia de la Gloriosa Revolución de 1868, así como la evolución política del Sexenio Democrático (1868-1874), dieron un nuevo impulso al carlismo. La causa del nuevo pretendiente, Carlos VII, se vio reforzada, tanto por la presencia en el trono de una dinastía ajena al país –la Casa de Saboya-, como por el apoyo de buena parte de la derecha; especialmente los moderados y neocatólicos.

Para entender la persistencia del conflicto carlista a lo largo del siglo XIX y, de manera especial, en el periodo que nos ocupa, hay que tener en cuenta tres factores:

  • El rechazo del campesinado a las formas de producción capitalista.
  • La resistencia de los antiguos territorios forales al centralismo liberal.
  • La postura contraria a la secularización, promovida por los liberales, de la religiosidad tradicional.

Si bien el conflicto bélico se inició en 1872, no se generalizó en el territorio vasco y navarro hasta el año siguiente. De hecho, una vez se produjo la entrada de Carlos VII en España, en esos territorios forales se organizó un Estado alternativo con legislación e instituciones propias. Ahora bien, al no prosperar los levantamientos protagonizados por los carlistas en otros territorios de la Península, su efecto se fue diluyendo poco a poco.

La principal consecuencia de la derrota carlista fue la supresión del sistema foral vasco en 1876; es decir, un nuevo proceso de centralización protagonizado por el liberalismo. A su vez, esto abrió el camino para la transformación del viejo foral en un nacionalismo de base étnica, católica y xenófoba.

Resume el origen y evolución del catalanismo, el nacionalismo vasco y el regionalismo gallego


QUINCUAGÉSIMO ESTÁNDAR DEL TEMARIO QUE, DE ACUERDO CON LO ESTIPULADO POR LA CONSEJERÍA DE EDUCACIÓN DE CASTILLA Y LEÓN, PODRÁ SER OBJETO DE EXAMEN EN LA EBAU, ANTIGUA SELECTIVIDAD.

El proyecto de Estado unitario forjado por los liberales españoles durante los primeros dos tercios del XIX, no fue aceptado en todos los territorios. Su rechazo en Cataluña, el País Vasco y Galicia dio origen a los regionalismos periféricos que, con el tiempo, desarrollaron sus propias formas de nacionalismo. A lo largo de las siguientes líneas se pretende abordar cada uno de ellos, prestando especial atención a sus orígenes, fundamentos y desarrollo hasta comienzos del siglo XX.

El nacionalismo catalán decimonónico presentaba, en sus orígenes, un evidente rechazo a la concepción de nación uniforme propia del modelo canovista. Sin embargo, frente a esa idea surgieron dos concepciones que, sin ser del todo antagónicas, se mostraron irreconciliables. De un lado estaba el modelo conservador, que defendía una Cataluña singular dentro de una España plural -sus principales representantes fueron la Unión Catalanista, fundada en 1891, y la Lliga Regionalista, de 1901-, y del otro, el republicanismo federal catalán.

La cuestión foral fue, sin lugar a dudas, el eje fundamental de confrontación entre el Estado liberal y las provincias vascas. Ahora bien, en el origen del ideario nacionalista en ese territorio también desempeñaron un papel clave las guerras carlistas y el proceso de industrialización. De hecho, el principal promotor del Partido Nacionalista Vasco (PNV) fue Sabino Arana, un acérrimo defensor de Carlos VII antes de fundar ese grupo político en 1895.

Al igual que los restantes regionalismos periféricos, el gallego no adquirió importancia hasta los últimos años del XIX. De hecho, aunque la Asociación Regionalista Gallega de Santiago se fundó en 1890, no logró implantarse con fuerza en el territorio hasta los comienzos del siglo XX.

Identifica los grandes conflictos del Sexenio y explica sus consecuencias políticas


CUADRAGÉSIMO SÉPTIMO ESTÁNDAR DEL TEMARIO QUE, DE ACUERDO CON LO ESTIPULADO POR LA CONSEJERÍA DE EDUCACIÓN DE CASTILLA Y LEÓN, PODRÁ SER OBJETO DE EXAMEN EN LA EBAU, ANTIGUA SELECTIVIDAD.

En el periodo de la historia de España que conocemos como Sexenio Democrático (1868-1874), además de producirse un cambio de dinastía –sustitución de los Borbones por la casa de Saboya- y proclamarse la república, coincidieron temporalmente tres conflictos que tuvieron importantes consecuencias en las siguientes décadas.

El primero fue el estallido de la Guerra de los Diez Años (1868-1878), conocida también como la Guerra Larga de Cuba. Esta dio comienzo con el Grito de Yara, protagonizado por Carlos Manuel de Céspedes, y tocó a su fin con la paz de Zanjón, ya en el periodo de la Restauración. A pesar del acuerdo alcanzado entre el Ejército Libertador y las tropas españolas, el conflicto volvió a abrirse en 1895, logrando Cuba su independencia tres años después.

A esto hemos de añadir que, en 1872, aprovechando la difícil situación por la que atravesaba, los carlistas trataron de establecer un gobierno alternativo en Navarra y las provincias vascas. Se iniciaba así la Tercera Guerra Carlista, que finalizó en 1876 con la derrota del pretendiente Carlos VII. A consecuencia de ese conflicto, los dirigentes políticos de la Restauración iniciaron una tendencia centralizadora que puso fin al régimen foral vasco. En respuesta a esas medidas, el carlismo vasco-navarro viró hacia el foralismo y el nacionalismo de base étnica, católica y xenófoba.

El tercer conflicto fue el del movimiento cantonal, que comenzó en Cartagena en 1873 para difundirse, posteriormente, a otros territorios de la Península. Tanto los gobiernos republicanos de Nicolás Salmerón y Emilio Castelar emplearon la fuerza militar contra los cantones, si bien la rebelión tocó tras el golpe de Estado del general Pavía. La principal consecuencia de ese episodio fue la asociación, en el imaginario colectivo, del federalismo con el desorden y la anarquía.

Compara las desamortizaciones de Mendizábal y Madoz, y especifica los objetivos de una y otra


CUADRAGÉSIMO TERCER ESTÁNDAR DEL TEMARIO QUE, DE ACUERDO CON LO ESTIPULADO POR LA CONSEJERÍA DE EDUCACIÓN DE CASTILLA Y LEÓN, PODRÁ SER OBJETO DE EXAMEN EN LA EBAU, ANTIGUA SELECTIVIDAD.

La desamortización de Juan Álvarez Mendizábal (1836) coincidía con la llevada a cabo por Pascual Madoz (1855) en varios puntos. El primero de ellos es la filiación política los protagonistas, ambos miembros de partido progresista. Además, tanto los objetivos –analizados más abajo- como las consecuencias socioeconómicas de estos procesos, fueron muy similares. Por último, es necesario destacar que las desamortizaciones favorecieron especialmente a una clase social: la burguesía.

A la hora de establecer diferencias entre estos dos procesos, hay que detenerse primero analizar la situación de la Hacienda Estatal en cada uno de esos momentos. Mientras la desamortización de Mendizábal estuvo espoleada por la urgente necesidad económica de la Primera Guerra Carlistas, la de Madoz se desarrolló sin esos apuros. De esta manera, los ingresos de esta última no se destinaron a un esfuerzo bélico, sino a la industrialización del país y al trazado ferroviario.

En segundo lugar, se ha de hacer referencia a los afectados por estas medidas. Mientras en 1836 se desamortizaron solo bienes del clero, la de 1855 puede considerarse de carácter general, pues se incluyeron propiedades municipales y de la Iglesia.

Podemos resumir los objetivos de ambas desamortizaciones agrupándolos en cuatro grandes grupos:

  • Económicos; ampliar la cantidad de tierra disponible en el mercado.
  • Financieros; mejorar la Hacienda pública a través del dinero recaudado.
  • Políticos; ampliar el número de simpatizantes del liberalismo, creando un sector de propietarios que se sintieran unidos al régimen liberal isabelino, en el caso de la de Mendizábal.
  • Sociales; crear una clase media agraria de campesinos propietarios.

Resume las etapas de la evolución política del reinado de Isabel II desde su minoría de edad, y explica el papel de los militares


CUADRAGÉSIMO SEGUNDO ESTÁNDAR DEL TEMARIO QUE, DE ACUERDO CON LO ESTIPULADO POR LA CONSEJERÍA DE EDUCACIÓN DE CASTILLA Y LEÓN, PODRÁ SER OBJETO DE EXAMEN EN LA EBAU, ANTIGUA SELECTIVIDAD.

Si bien distinguimos cinco etapas en el reinado de Isabel II (1833-1868), hay que tener en cuenta que las dos primeras corresponden a la minoría de edad de la reina. Por tanto, el gobierno del país no recaía sobre su persona, sino en una regencia, ejercida en primer término por su madre y, más adelante, por el general Espartero. A continuación se describen brevemente cada una de ellas, haciendo especial hincapié en el protagonismo del estamento militar durante esos años.

En 1833, al fallecer el rey Fernando VII, se inició en España un periodo de convulsión política marcado por la minoría de edad de Isabel II, así como por el estallido y desarrollo de la Primera Guerra Carlista. Hasta 1840 la regencia estuvo en manos de la mujer del difunto monarca, la reina viuda María Cristina. De esta etapa cabe destacar, además del contexto bélico, la aprobación del Estatuto Real (1834), la desamortización de Mendizábal (1836) y la Constitución de 1837.

Ahora bien, el progresivo desgaste de la figura de la regente, unido al ascenso y popularidad del Baldomero Espartero, llevó a un relevo en la dirección de los asuntos del Estado tras la revolución de 1840. De esta manera, este general de ideología progresista llevó, de un modo autoritario, las riendas del país durante los siguientes tres años.

Ante los problemas políticos del final de la regencia de Espartero, se proclamó la mayoría de edad de Isabel II. De esta forma, en 1844 se inauguró el periodo que conocemos como la Década Moderada, caracterizada por el predominio en el gobierno de ese partido. Su principal representante, también un militar, el general Ramón María Narváez, el cual modeló un Estado centralizado y uniforme. Además, en 1845 se aprobó una nueva Constitución acorde a la ideología moderada.

En 1854, una revolución de carácter progresista obligó a la reina a nombrar un gobierno dirigido por ese partido. Este se mantuvo en el poder durante todo el Bienio Progresista (1854-1856), promoviendo medidas de corte económico como la desamortización de Madoz o la Ley de Ferrocarriles.

La última etapa del reinado de Isabel II se desarrolló de 1856 a 1868. Se caracterizó por el retorno del moderantismo al poder de la mano de la Unión Liberal, un grupo político fundado por el general Leopoldo O´Donnell. Fue un periodo de relativa estabilidad pero con gobiernos autoritarios que terminaron llevando a la Gloriosa Revolución de 1868 y al exilio francés de Isabel II.

Describe las características de los partidos políticos que surgieron durante el reinado de Isabel II


CUADRAGÉSIMO PRIMER ESTÁNDAR DEL TEMARIO QUE, DE ACUERDO CON LO ESTIPULADO POR LA CONSEJERÍA DE EDUCACIÓN DE CASTILLA Y LEÓN, PODRÁ SER OBJETO DE EXAMEN EN LA EBAU, ANTIGUA SELECTIVIDAD.

Durante el reinado de Isabel II (1833-1868), los partidos políticos más importantes fueron el demócrata, el progresista, la Unión Liberal, el moderado y el carlista. El orden de la relación anterior obedece a un criterio ideológico, siendo el primero de ellos el que se situaría en una posición más de izquierdas y el último el más a la derecha.

Los partidos decimonónicos presentaban numerosas diferencias con los actuales, pues se trataban de agrupaciones de personas influyentes y poderosas, los llamados notables. Es decir, tenían un fuerte componente individualista, cuyas principales consecuencias eran la división interna y el enfrentamiento entre sus líderes. Además, los partidos contaban con empresas de prensa afines a su ideología que estaban al servicio de sus intereses.

Estos partidos apenas tenían contacto con la realidad social de los grupos sociales más humildes, a los que, por lo general, tendían a ignorar. Esta circunstancia se veía favorecida por la escasa participación en las elecciones de una población mayoritariamente analfabeta y sumida en la pobreza, mera espectadora de la vida política centrada en Madrid y sus élites. Estas trataron por todos los medios de mantener vigente un sistema electoral en el que solo participaban los mayores contribuyentes y los grupos que contaban con una formación superior. El porcentaje de votantes osciló entre el 0,1 % y el 25% de los españoles entre 1834 y 1868.