La victoria del animal laborans

Porque si a las varias actividades dentro de la vita activa no se les aplicara más prueba que la experiencia de estar activo, ni otra medida que el alcance de la pura actividad, pudiera ocurrir que el pensamiento como tal las superara a todas. Quien tiene cualquier experiencia en esta materia sabe la razón que asistía a Catón cuando dijo: Numquam se plus agere quam nihil cum ageret, numquam minus solum esse quam cum solus esset («Nunca está nadie más activo que cuando no hace nada, nunca está menos solo que cuando está consigo mismo).

Hannah Arendt, La condición humana, p. 349.

 

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El auge de la duda cartesiana

En la religión no fue la creencia en la salvación o en el más allá lo que inmediatamente se perdió, sino la certitudo salutis, y esto ocurrió en todos los países protestantes en los que la caída de la Iglesia Católica había eliminado la última institución ligada a la tradición que, donde su autoridad no fue desafiada, se mantuvo entre el choque de la modernidad y las masas de creyentes.

Hannah Arendt, La condición humana, p. 304-305.

Los judíos y la sociedad II

Inglaterra no conocía ni las masas judías ni la pobreza judía, puesto que había admitido a los judíos siglos después de su expulsión en la Edad Media; los judíos portugueses que se instalaron en Inglaterra en el siglo XVIII eran ricos y cultos. Sólo al final del siglo XIX, cuando los pogromos en Rusia  dieron paso a las modernas emigraciones, penetró en Londres la pobreza judía y, junto con esta, la diferencia entre las masas judías y sus hermanos acomodados. En la época de Disraeli, la cuestión judía, en su forma continental, resultaba completamente desconocida, porque en Inglaterra sólo vivían judíos gratos al estado. En otras palabras, los «judíos de excepción» no eran conscientes de ser excepciones como sus hermanos continentales. Cuando Disraeli despreciaba la «perniciosa doctrina de los tiempos modernos, la igualdad natural de los hombres», seguía conscientemente los pasos de Burke, que había «preferido los derechos de un inglés a los derechos del hombre», pero ignoraba la situación presente entonces en la que los derechos de todos habían sido reemplazados por los derechos de unos pocos.

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, p. 146-147.

Los judíos y la sociedad I

Bejamin Disraeli, cuyo principal interés en la vida fue su carrera como lord Beaconsfield, se distinguía por dos cosas: en primer lugar, por la dádiva de los dioses que los modernos llaman banalmente suerte y que en otros períodos reverenciaban como una diosa llamada Fortuna, y, en segundo lugar, más íntima y maravillosamente relacionada con la Fortuna de lo que pudiera explicarse, por su grande y despreocupada inocencia de mente y de imaginación que hace imposible clasificarlo como advenedizo, aunque nunca pensó seriamente en nada que no fuera su carrera. Su inocencia le hacía advertir lo estúpido que hubiera sido sentirse un déclassé y también que era mucho más interesante para él y para los demás, además de mucho más útil para su carrera, acentuar su condición de judío «vistiéndose de un modo diferente, peinando sus cabellos con extravagancia y adoptando formas excéntricas de expresión y lenguaje». Se preocupó más apasionadamente y más descaradamente que cualquier otro intelectual judío de ser admitido en círculos cada vez más elevados de la sociedad; fue el único entre ellos que descubrió el secreto de preservar la suerte, ese milagro natural del estado de paria, y que supo desde el principio que no había que humillarse para «remontarse desde lo alto hasta lo más alto».

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, p. 144-145.

Los judíos, el estado-nación y el nacimiento del antisemitismo VIII

Mientras que los políticos y los autores serios se ocupaban entonces de la cuestión judía menos que en cualquier otro momento desde la emancipación, y mientras que el antisemitismo desaparecía casi enteramente de la escena política visible, los judíos se convirtieron en símbolos de la sociedad como tal y en objeto de odio para todos aquellos a quienes la sociedad no aceptaba. El antisemitismo, tras haber perdido su base en las condiciones especiales que habían influido en su desarrollo durante el siglo XIX, podía ser libremente elaborado por charlatanes y fanáticos en esa fantástica mezcla de verdades a medias y salvajes supersticiones que emergió en Europa después de 1914, la ideología de todos los elementos frustrados y resentidos.

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, p. 125-126.

Los judíos, el estado-nación y el nacimiento del antisemitismo VII

Cuando, tras la derrota de 1940, el antisemitismo francés alcanzó su oportunidad suprema bajo el gobierno de Vichy, tuvo un carácter definitivamente anticuado y, para sus fines principales, más bien inútil, algo que los escritores alemanes nazis jamás dejaron de subrayar. No poseyó influencia en la formación del nazismo y siguió siendo más significativo en sí mismo que como factor histórico activo en la catástrofe final.

La razón principal de estas limitaciones generales fue la de que los partidos antisemitas, aunque violentos en la escena nacional, carecían de aspiraciones supranacionales. Pertenecían, al fin y al cabo, al más antiguo y más completamente desarrollado de los estado-nación de Europa. Ninguno de los antisemitas trató siquiera de organizar seriamente un «partido por encima de los partidos» o de apoderarse del estado como partido y sin otra finalidad que los intereses del partido. Los pocos intentos de coup d´etat que pueden ser atribuidos a la alianza entre antisemitas y altos jefes del ejército fueron ridículamente inadecuados y abiertamente tramados. En 1898 fueron elegidos miembros del Parlamento, tras varias campañas antisemitas, unos diecinueve antisemitas, pero ésta fue una cota máxima que jamás volvió a ser alcanzada y a partir de la cual el declive fue rápido.

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, p. 116-117.

Los judíos, el estado-nación y el nacimiento del antisemitismo VI

La completa falta de lealtad hacia su propio país y su gobierno, que los pangermanistas remplazaron por franca lealtad al Reich de Bismarck y el resultante concepto de la nacionalidad como algo independiente del estado y del territorio, condujo al grupo de Schoenerer a una verdadera ideología imperialista, en la que se halla la clave de su debilidad temporal y de su fuerza final. A ello se debe también el hecho de que el partido pangermanista en Alemania (los Alldeutschen), que nunca supero los límites de un chauvinismo corriente, permaneciera tan extremadamente suspicaz y poco inclinado a estrechar la mano que le tendían sus hermanos germanistas de Austria. Este movimiento austríaco apuntaba a algo más que a su elevación al poder como partido, a algo más que a la posesión de la maquinaria del estado. Quería una reorganización revolucionaria de Europa central en la que los alemanes de Austria, unidos y reforzados por los alemanes de Alemania, constituirían el pueblo dominante y en la que todos los demás pueblos de la zona serían mantenidos en el mismo tipo de servidumbre de las nacionalidades eslavas en Austria. Debido a esta estrecha afinidad con el imperialismo y al cambio fundamental que determinó en el concepto de la nacionalidad debemos aplazar el análisis del movimiento pangermanista austríaco. Éste ya no es, al menos en sus consecuencias, un simple movimiento preparatorio decimonónico; pertenece más que cualquier otro tipo de antisemitismo al curso de los acontecimientos del siglo XX.

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, p. 115-116.

Los judíos, el estado-nación y el nacimiento del antisemitismo V

La agitación de Schoenerer en esta cuestión significó el comienzo de un claro movimiento antisemita en Austria. La realidad es que este movimiento, en contraste con la agitación de Stoecker en Alemania, fue iniciado y dirigido por un hombre cuya sinceridad resultaba indudable y que por eso no se detuvo en la utilización del antisemitismo como arma propagandística, sino que desarrolló rápidamente una ideología pangermanista que había de influir sobre el nazismo más que cualquier otro tipo de antisemitismo alemán.

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, p. 114.

Los judíos, el estado-nación y el nacimiento del antisemitismo IV

Al finalizar el siglo, los efectos de los escándalos económicos de la década de los años setenta habían quedado atrás, y una era de prosperidad y de bienestar general, especialmente en Alemania, puso fin a las prematuras agitaciones de los años ochenta. Nadie podía predecir que este fin era sólo un respiro temporal, que todas las cuestiones políticas no resueltas, junto con todos los no apaciguados odios políticos, habían de redoblar en fuerza y violencia tras la Primera Guerra Mundial. Los partidos antisemitas en Alemania, tras sus éxitos iniciales, retornaron a la insignificancia; sus dirigentes, después de una breve agitación de la opinión pública, desaparecieron por la puerta trasera de la historia en la oscuridad de la confusión fanática y de la charlatanería curalotodo.

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, p. 112.

Los judíos, el estado-nación y el nacimiento del antisemitismo III

Estos primeros partidos antisemitas, aun siendo pequeños, se distinguieron inmediatamente de los demás partidos. Formularon la reivindicación original de que no era un partido entre los demás partidos, sino un partido «por encima de todos los partidos». En el estado-nación de clases y partidos, sólo el estado y el gobierno habían afirmado hallarse por encima de todos los partidos y clases y representar a la nación en su totalidad. Los partidos eran reconocidos como grupos cuyos diputados representaban los intereses de quienes les habían votado. Aunque luchaban por el poder, se entendía implícitamente que correspondía al gobierno establecer un equilibrio entre los intereses en conflicto y sus representantes. La reivindicación de los partidos antisemitas de hallarse «por encima de todos los partidos» anunciaba claramente su aspiración a convertirse en representantes de toda la nación, a conseguir el poder exclusivo, a tomar posesión de la maquinaria del estado, a remplazar al estado. Como, por otra parte, continuaban estando organizados como partidos, resultaba también claro que deseaban el poder del estado como un partido para que sus electores llegaran a dominar la nación.

El cuerpo político del estado-nación vino a existir cuando ya no había un grupo en posición de ejercer un poder político exclusivo, de forma tal que el gobierno asumió un dominio político que ya no dependía de factores sociales o económicos. Los movimientos revolucionarios de izquierda, que habían luchado por lograr un cambio radical de las condiciones sociales, jamás había tocado directamente esta suprema autoridad política. Habían desafiado sólo el poder de la burguesía y su influencia sobre el estado, y estaban por eso siempre dispuestos a someterse a la dirección del gobierno en los asuntos exteriores, en los que se hallaban en juego los intereses de una nación supuestamente unificada. Los numerosos programas de los grupos antisemitas, por otra parte, estaban, desde un principio, principalmente relacionados con los asuntos exteriores; su impulso revolucionario se hallaba dirigido contra el gobierno más que contra una clase social y estaban encaminados a destruir la estructura política del estado-nación mediante una organización partidista.

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, p. 107-108.