Describe las características de los partidos políticos que surgieron durante el reinado de Isabel II


CUADRAGÉSIMO PRIMER ESTÁNDAR DEL TEMARIO QUE, DE ACUERDO CON LO ESTIPULADO POR LA CONSEJERÍA DE EDUCACIÓN DE CASTILLA Y LEÓN, PODRÁ SER OBJETO DE EXAMEN EN LA EBAU, ANTIGUA SELECTIVIDAD.

Durante el reinado de Isabel II (1833-1868), los partidos políticos más importantes fueron el demócrata, el progresista, la Unión Liberal, el moderado y el carlista. El orden de la relación anterior obedece a un criterio ideológico, siendo el primero de ellos el que se situaría en una posición más de izquierdas y el último el más a la derecha.

Los partidos decimonónicos presentaban numerosas diferencias con los actuales, pues se trataban de agrupaciones de personas influyentes y poderosas, los llamados notables. Es decir, tenían un fuerte componente individualista, cuyas principales consecuencias eran la división interna y el enfrentamiento entre sus líderes. Además, los partidos contaban con empresas de prensa afines a su ideología que estaban al servicio de sus intereses.

Estos partidos apenas tenían contacto con la realidad social de los grupos sociales más humildes, a los que, por lo general, tendían a ignorar. Esta circunstancia se veía favorecida por la escasa participación en las elecciones de una población mayoritariamente analfabeta y sumida en la pobreza, mera espectadora de la vida política centrada en Madrid y sus élites. Estas trataron por todos los medios de mantener vigente un sistema electoral en el que solo participaban los mayores contribuyentes y los grupos que contaban con una formación superior. El porcentaje de votantes osciló entre el 0,1 % y el 25% de los españoles entre 1834 y 1868.

Anuncios

Reflexiones sobre el #15M y los movimientos sociales del siglo XXI


Como consecuencia de las protestas de la primavera de 2011, he escrito esta serie de artículos que, desde una perspectiva analítica, tratan de arrojar algo de luz sobre la importancia de estos nuevos movimientos.

#15M. Los movimientos sociales del siglo XXI
#15M. El ocaso de la Indignación
De Sol a sol. Los siete pecados capitales de la Indignación
#15M. La hora de la moderación
Sobre el #15M y las redes sociales
#15M. La historia de la acampada de Sol
#15M. De Twitter a la calle
#15M ¿Cómo funcionan los movimientos sociales del siglo XXI
#15M. DemocraciaRealYa vs Movimientos Sociales del Siglo XXI
#15M. Breve historia de una protesta novedosa
#15M. Entre el consenso de mínimos y el maximalismo
#15M ¿A la revolución por el agotamiento?#15M 
#15M. La financiación de la JMJ
#JMJ. Un movimiento social del siglo XXI alternativo

Discurso de Alejandro Lerroux

¿Revolución sin fronteras? A los «jóvenes bárbaros», vanguardia de sus fuerzas, dirigió Lerroux la exhortación titulada «¡Rebeldes, rebeldes!», breviario del radicalismo barcelonés:

«Rebelaos contra todo: no hay nada o casi nada bueno. Rebelaos contra todos: no hay nadie o casi nadie justo.

Sed arrogantes… Sed imprudentes… Sed osados… Luchad, hermosa legión de rebeldes…

Jóvenes bárbaros de hoy, entrad a saco en la civilización decadente y miserable de este país sin ventura, destruid sus templos, acabad con sus dioses, alzad el velo a las novicias y elevadlas a la categoría de madres para virilizar la especie, penetrad en los registros de la propiedad y haced hogueras con sus papeles, para que el fuego purifique la infame organización social, entrad en los hogares humildes y levantad legiones de proletarios para que el mundo tiemble ante sus jueces despiertos.

Hay que hacerlo todo de nuevo, con los sillones empolvados, con las vigas humeantes de los viejos edificios derrumbados, pero antes necesitamos la catapulta que abata los muros y el rodillo que nivele los solares…

Seguid, seguid… No os detengáis ni ante los sepulcros ni ante los altares. No hay nada sagrado en la tierra… El pueblo es esclavo de la Iglesia… Hay que destruir la Iglesia… la tradición, la rutina, los derechos creados, los intereses conservadores, el caciquismo, el clericalismo, la mano muerta, el centralismo y la estúpida contextura de partidos y programas…

Muchachos, haced saltar todo eso como podáis… Luchad, matad, morid…»

Jesús Pabón, Cambó, p. 231 y 232.

 

 

 

#15M. La hora de la moderación


En artículos anteriores he tratado de reflexionar sobre los acontecimientos que, desde el pasado mes de mayo, han marcado el desarrollo de la plataforma cívica 15M. En ellos se abordaban cuestiones como el nacimiento de nuevas formas de protesta –los movimientos del siglo XXI-, la influencia de las redes sociales en su modus operandi, o los que, a mi juicio, han sido los principales errores y aciertos de la Indignación.

Desde la publicación, el pasado 25 de mayo, de mi segundo artículo “#15M. El ocaso de la Indignación”, he utilizado una clasificación tripartita en lo que se refiere a la postura de la sociedad española ante el 15M.

Por un lado estarían los enemigos de toda reforma, que he denominado “inmovilistas”. El segundo grupo, quizás al que más palabras he dedicado hasta ahora, es el de los “radicales” o partidarios de un cambio quasi-revolucionario. Por último, dentro de esta división, -he de reconocerlo que es bastante simplista- estarían los “moderados”. Los partidarios de una serie de reformas que, sin cambiarlo, devuelvan el vigor al sistema político son, precisamente, los protagonistas de este artículo.

En los siguientes párrafos trataré de describir, de manera sencilla, el programa de la moderación. Para llevar a cabo esa tarea he creído necesario partir de dos premisas: las deficiencias del sistema político actual y el desencuentro entre moderados y radicales a la hora de encontrar soluciones a esos problemas.

Sentando las bases para la democracia necesaria

En el campo de la moderación tiene cabida la esperanza, el deseo de buscar un sistema político más abierto y cercano a la ciudadanía. Sin embargo, una mezcla de sentido común y miedo a tomar caminos sin retorno, nos lleva a más de uno a desconfiar de las utopías. Los partidarios de una reforma moderada -de un acuerdo, no ideológico, de mínimos- sabemos que no existe sistema político perfecto.

Por esa razón, entendemos que la democracia de 1978 debe ser reformada, pero respetada en algunas de sus líneas generales.

El tránsito pacífico del régimen franquista a una democracia liberal y pluralista debe ser valorado en su justa medida. Las deficiencias con las que nació el sistema de la Transición, así como el proceso degenerativo que ha sufrido en las últimas décadas, no justifican el cambio total y radical de un modelo que nos ha permitido vivir en libertad y paz durante más de treinta años. La moderación reconoce esos méritos a la democracia de 1978, pero no esconde sus errores.

Se trata, por tanto, de una postura intermedia entre el empeño del inmovilismo por justificar los desajustes del sistema y la tabula rasa que pretenden imponer los radicales. Los moderados entienden que la historia de un país importa en la construcción de su futuro, pero sostienen que eso no debe atar de manera irremisible a las generaciones venideras.

Es necesario respetar y valorar el sistema de la Transición, pero abandonando ese miedo a abrir la Caja de Pandora constitucional. Las reformas son necesarias, pues un modelo que no es capaz de regenerarse está condenado, tarde o temprano, a ser sustituido por otro.

La nueva fachada democrática

Tal como hemos indicado, la moderación se construye sobre dos pilares: el respeto a la historia y el convencimiento de que es necesaria una reforma. La democracia española ha de ponerse al día para ser capaz de hacer frente a los retos que le presenta el siglo XXI.

Parece claro que, con la aparición de las nuevas tecnologías, la relación entre política y ciudadanía está destinada a cambiar. Los mensajes de dirección única están condenados a desaparecer, dando lugar a una comunicación bidireccional y a formas de democracia más participativas.

Sin embargo, antes de abordar la compleja cuestión de la democracia 2.0 –en referencia a la web 2.0-, España necesita reformar algunas otras cuestiones que son, de por sí, una rémora para un modelo 1.0. Llegamos, por tanto, al programa de mínimos del que tanto se hablaba en los últimos días de la acampada de Sol. Tres son los puntos básicos que definen esta reforma: separación real de poderes, transparencia de la actividad política y reforma de la ley electoral.

La separación de poderes, recogida en la Constitución de 1978, es de dudosa existencia en un país donde los partidos manejan sin ningún tipo de pudor el legislativo, el ejecutivo y el judicial.

Es cierto que las leyes se aprueban en el Parlamento. Sin embargo, la disciplina interna de las distintas facciones ahoga cualquier tipo de disidencia y, con ella, buena parte de la voz de los representados. En definitiva, el Congreso de los Diputados y del Senado no son más que instituciones al servicio de Ferraz o Génova, en función de quien tenga mayoría parlamentaria.

El poder ejecutivo necesita, por su parte, el respaldo de las Cortes para constituirse como gobierno. Es decir, una vez más son los partidos políticos los que, al controlar a los diputados, tienen la última palabra. Y no sólo la última, sino también la primera: son los partidos políticos los que eligen, a veces sin ningún tipo de democracia interna, a los candidatos que los españoles debemos votar.

Y, por último, son también los partidos políticos los que, desde mediados de la década de 1980, eligen a los miembros del Tribunal Constitucional. Se han convertido, al fin y el cabo, en una especie de Leviatán hobbesiano capaz de cambiar el modus operandi del sistema de 1978 sin mover una sola coma de nuestra ley fundamental. Estamos, pues, ante un claro ejemplo de degeneración de la democracia; ante un proceso al que, sin lugar a dudas, es necesario poner freno.

Los partidos, dueños y señores de la situación, se convierten en grandes estructuras clientelares donde todos buscan llevarse a la boca una parte del pastel.

De esta manera, el deseo de servir a la sociedad se desvirtúa hasta límites insospechados, transformándose en una especie de cacería en la que únicamente importa ocupar un sillón. De ahí a la corrupción o, al menos, a la falta de transparencia, sólo hay un paso.

Llegamos por fin al que, desde mi punto de vista, es el quid de la cuestión: la reforma de la ley electoral. Quizás cuando se confeccionó la norma que actualmente rige en nuestra democracia se buscaba dar solidez a los gobiernos salidos de las elecciones. Sin embargo, vistas las consecuencia, parace que lo más razonable a estas alturas es, precisamente, lo contrario.

En primer lugar, parece claro que una ley que favoreciera menos a los grandes partidos representaría mejor la diversidad ideológica y regional del Estado.

En segundo término, un mayor reparto del poder contribuiría a desmantelar, al menos en parte, ese Leviatán del que hablábamos anteriormente. Y, por último, no es descabellado pensar que, una mayor fragmentación del poder, debería fomentar esa cultura del acuerdo y del consenso que tanto hemos echado en falta los ciudadanos en la última década.

En definitiva, la estructura y el poder de los partidos políticos en la actualidad aparecen como los grandes enemigos para la existencia de una democracia real. La solución a ese grave problema parece estar en un mayor reparto del poder, imposible con la actual ley electoral.

El “secuestro” de Sol y el «renacer» del 19J

Llegados a este punto, cabe plantearse por qué los moderados tienen tan poco protagonismo dentro del 15M. El proceso mediante el cual los radicales se han hecho con el control de la protesta –a mi me gusta denominarlo “el secuestro de Sol”- se explica en base a tres factores: la tradicional capacidad de la izquierda para movilizarse de forma rápida y eficaz, la apatía de la derecha, y la existencia de grupos de revolucionarios profesionales.

Antes de nada, es necesario incidir en el carácter neutral del 15M. Como bien indicaba recientemente en un artículo el profesor Enrique Dans, este fenómeno posee un carácter metodológico, no ideológico.

Sin embargo, dentro de esa neutralidad, cada persona lleva dentro sus propias convicciones que, voluntaria o involuntariamente, acaban tiñendo de un color determinado la blancura de todo movimiento cívico. Esto de por sí no sería grave si existiera cierto equilibrio entre las diversas ideologías dentro del movimiento. El problema surge cuando en el seno de esa neutralidad primigenia empiezan a ser mayoritarios los partidarios de unas determinadas ideas.

En el 15M ha sucedido exactamente eso: las personas de izquierdas –no confundir con afiliados a partidos de esa ideología- son una abrumadora mayoría. Esto ha sido posible, en primer término, por la gran capacidad de movilización que existe dentro de ese grupo; y, en segundo lugar, por la resaca del efecto ZP. La izquierda en España se ha encontrado huérfana, sin deseos de votar a sus antiguos líderes. Ante esta situación, han visto en el 15M una forma de canalizar su actividad política.

El predominio de la izquierda en las protestas por una democracia real se ha visto favorecido, a su vez, por apatía de la derecha.

A una tradición poco callejera se ha unido la previsible victoria electoral. Mientras muchas personas de izquierdas se lanzaron a las plazas como última esperanza, las de derechas todavía conservaban una última opción: la victoria del Partido Popular en los próximos comicios generales. Quizás Mariano Rajoy no nos saque del agujero en el que estamos, pero sus votantes todavía tienen esa esperanza.

Llegados a este punto, podría pensar el lector que identifico a la derecha con los moderados y a la izquierda con los radicales. Nada de eso. Considero que cualquier ideologización del 15M es susceptible de ser denominada radical. Este proceso se ha producido en una dirección muy concreta, la del grupo predominante.

Sin embargo, en caso de haber sido mayoritaria la derecha, e ideologizarse este fenómeno en esa dirección, también deberíamos hablar de radicalización. La moderación debe ser neutral, y centrada, como decíamos antes, en un programa de mínimos basado en una reforma metodológica de nuestra democracia.

La tercera razón de la radicalización del 15M, y sin duda la más importante, es la existencia de grupos de revolucionarios profesionales que han marcado la dirección del movimiento. Al margen de la presencia de personas con ideología de derechas o de izquierdas, existe un pequeño grupo dedicado exclusivamente –profesionalmente- a la protesta. Estos, aunque sean una minoría, han logrado hacerse con el control gracias a su mejor organización y a su dedicación exclusiva al movimiento.

 En mi artículo “De Sol a sol. Los siete pecados de la Indignación” explicaba que la mayor parte de las personas que apoyan la protesta no son revolucionarios profesionales. Sin embargo, aquellos que trabajan y tienen responsabilidades familiares, tienen muy difícil seguir el día a día del movimimiento. Eso únicamente pueden hacerlo aquellos que viven de la revolución: los grupos organizados.

La manifestación del 19J fue una clara demostración de esto. A ella acudieron, en domingo, personas descontentas con la situación actual. Ahora bien, la mayor parte de los que se concentraron ese día en Neptuno no pueden dedicarle muchas horas al 15M. Así es como esta cae en manos de los grupos organizados.

Todo esto me lleva a concluir que, sin un triunfo de la moderación, todo esto acabará convirtiéndose, si no lo es ya, en un movimiento de protesta de un grupo determinado.

Los judíos, el estado-nación y el nacimiento del antisemitismo III

Estos primeros partidos antisemitas, aun siendo pequeños, se distinguieron inmediatamente de los demás partidos. Formularon la reivindicación original de que no era un partido entre los demás partidos, sino un partido «por encima de todos los partidos». En el estado-nación de clases y partidos, sólo el estado y el gobierno habían afirmado hallarse por encima de todos los partidos y clases y representar a la nación en su totalidad. Los partidos eran reconocidos como grupos cuyos diputados representaban los intereses de quienes les habían votado. Aunque luchaban por el poder, se entendía implícitamente que correspondía al gobierno establecer un equilibrio entre los intereses en conflicto y sus representantes. La reivindicación de los partidos antisemitas de hallarse «por encima de todos los partidos» anunciaba claramente su aspiración a convertirse en representantes de toda la nación, a conseguir el poder exclusivo, a tomar posesión de la maquinaria del estado, a remplazar al estado. Como, por otra parte, continuaban estando organizados como partidos, resultaba también claro que deseaban el poder del estado como un partido para que sus electores llegaran a dominar la nación.

El cuerpo político del estado-nación vino a existir cuando ya no había un grupo en posición de ejercer un poder político exclusivo, de forma tal que el gobierno asumió un dominio político que ya no dependía de factores sociales o económicos. Los movimientos revolucionarios de izquierda, que habían luchado por lograr un cambio radical de las condiciones sociales, jamás había tocado directamente esta suprema autoridad política. Habían desafiado sólo el poder de la burguesía y su influencia sobre el estado, y estaban por eso siempre dispuestos a someterse a la dirección del gobierno en los asuntos exteriores, en los que se hallaban en juego los intereses de una nación supuestamente unificada. Los numerosos programas de los grupos antisemitas, por otra parte, estaban, desde un principio, principalmente relacionados con los asuntos exteriores; su impulso revolucionario se hallaba dirigido contra el gobierno más que contra una clase social y estaban encaminados a destruir la estructura política del estado-nación mediante una organización partidista.

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, p. 107-108.

Heroísmo

Los partidos políticos de hoy apelan a todas las ideas fuertes y a los nobles instintos de que dan fe Trafalgar y las Termópilas: disciplina, obediencia, sacrificio. Pero no les basta ya el vocablo deber. Enarbolan la bandera del heroísmo. «El principio del fascismo es heroísmo; el de la burguesía es egoísmo». Eso decían los carteles electorales que cubrían las paredes en Italia durante la primavera de 1934. Es sencillo y elocuente como una proporción algebraica. Es cosa hecha y artículo de fe.

Johan Huizinga, Entre las sombras del mañana, p. 141