#15M. La hora de la moderación


En artículos anteriores he tratado de reflexionar sobre los acontecimientos que, desde el pasado mes de mayo, han marcado el desarrollo de la plataforma cívica 15M. En ellos se abordaban cuestiones como el nacimiento de nuevas formas de protesta –los movimientos del siglo XXI-, la influencia de las redes sociales en su modus operandi, o los que, a mi juicio, han sido los principales errores y aciertos de la Indignación.

Desde la publicación, el pasado 25 de mayo, de mi segundo artículo “#15M. El ocaso de la Indignación”, he utilizado una clasificación tripartita en lo que se refiere a la postura de la sociedad española ante el 15M.

Por un lado estarían los enemigos de toda reforma, que he denominado “inmovilistas”. El segundo grupo, quizás al que más palabras he dedicado hasta ahora, es el de los “radicales” o partidarios de un cambio quasi-revolucionario. Por último, dentro de esta división, -he de reconocerlo que es bastante simplista- estarían los “moderados”. Los partidarios de una serie de reformas que, sin cambiarlo, devuelvan el vigor al sistema político son, precisamente, los protagonistas de este artículo.

En los siguientes párrafos trataré de describir, de manera sencilla, el programa de la moderación. Para llevar a cabo esa tarea he creído necesario partir de dos premisas: las deficiencias del sistema político actual y el desencuentro entre moderados y radicales a la hora de encontrar soluciones a esos problemas.

Sentando las bases para la democracia necesaria

En el campo de la moderación tiene cabida la esperanza, el deseo de buscar un sistema político más abierto y cercano a la ciudadanía. Sin embargo, una mezcla de sentido común y miedo a tomar caminos sin retorno, nos lleva a más de uno a desconfiar de las utopías. Los partidarios de una reforma moderada -de un acuerdo, no ideológico, de mínimos- sabemos que no existe sistema político perfecto.

Por esa razón, entendemos que la democracia de 1978 debe ser reformada, pero respetada en algunas de sus líneas generales.

El tránsito pacífico del régimen franquista a una democracia liberal y pluralista debe ser valorado en su justa medida. Las deficiencias con las que nació el sistema de la Transición, así como el proceso degenerativo que ha sufrido en las últimas décadas, no justifican el cambio total y radical de un modelo que nos ha permitido vivir en libertad y paz durante más de treinta años. La moderación reconoce esos méritos a la democracia de 1978, pero no esconde sus errores.

Se trata, por tanto, de una postura intermedia entre el empeño del inmovilismo por justificar los desajustes del sistema y la tabula rasa que pretenden imponer los radicales. Los moderados entienden que la historia de un país importa en la construcción de su futuro, pero sostienen que eso no debe atar de manera irremisible a las generaciones venideras.

Es necesario respetar y valorar el sistema de la Transición, pero abandonando ese miedo a abrir la Caja de Pandora constitucional. Las reformas son necesarias, pues un modelo que no es capaz de regenerarse está condenado, tarde o temprano, a ser sustituido por otro.

La nueva fachada democrática

Tal como hemos indicado, la moderación se construye sobre dos pilares: el respeto a la historia y el convencimiento de que es necesaria una reforma. La democracia española ha de ponerse al día para ser capaz de hacer frente a los retos que le presenta el siglo XXI.

Parece claro que, con la aparición de las nuevas tecnologías, la relación entre política y ciudadanía está destinada a cambiar. Los mensajes de dirección única están condenados a desaparecer, dando lugar a una comunicación bidireccional y a formas de democracia más participativas.

Sin embargo, antes de abordar la compleja cuestión de la democracia 2.0 –en referencia a la web 2.0-, España necesita reformar algunas otras cuestiones que son, de por sí, una rémora para un modelo 1.0. Llegamos, por tanto, al programa de mínimos del que tanto se hablaba en los últimos días de la acampada de Sol. Tres son los puntos básicos que definen esta reforma: separación real de poderes, transparencia de la actividad política y reforma de la ley electoral.

La separación de poderes, recogida en la Constitución de 1978, es de dudosa existencia en un país donde los partidos manejan sin ningún tipo de pudor el legislativo, el ejecutivo y el judicial.

Es cierto que las leyes se aprueban en el Parlamento. Sin embargo, la disciplina interna de las distintas facciones ahoga cualquier tipo de disidencia y, con ella, buena parte de la voz de los representados. En definitiva, el Congreso de los Diputados y del Senado no son más que instituciones al servicio de Ferraz o Génova, en función de quien tenga mayoría parlamentaria.

El poder ejecutivo necesita, por su parte, el respaldo de las Cortes para constituirse como gobierno. Es decir, una vez más son los partidos políticos los que, al controlar a los diputados, tienen la última palabra. Y no sólo la última, sino también la primera: son los partidos políticos los que eligen, a veces sin ningún tipo de democracia interna, a los candidatos que los españoles debemos votar.

Y, por último, son también los partidos políticos los que, desde mediados de la década de 1980, eligen a los miembros del Tribunal Constitucional. Se han convertido, al fin y el cabo, en una especie de Leviatán hobbesiano capaz de cambiar el modus operandi del sistema de 1978 sin mover una sola coma de nuestra ley fundamental. Estamos, pues, ante un claro ejemplo de degeneración de la democracia; ante un proceso al que, sin lugar a dudas, es necesario poner freno.

Los partidos, dueños y señores de la situación, se convierten en grandes estructuras clientelares donde todos buscan llevarse a la boca una parte del pastel.

De esta manera, el deseo de servir a la sociedad se desvirtúa hasta límites insospechados, transformándose en una especie de cacería en la que únicamente importa ocupar un sillón. De ahí a la corrupción o, al menos, a la falta de transparencia, sólo hay un paso.

Llegamos por fin al que, desde mi punto de vista, es el quid de la cuestión: la reforma de la ley electoral. Quizás cuando se confeccionó la norma que actualmente rige en nuestra democracia se buscaba dar solidez a los gobiernos salidos de las elecciones. Sin embargo, vistas las consecuencia, parace que lo más razonable a estas alturas es, precisamente, lo contrario.

En primer lugar, parece claro que una ley que favoreciera menos a los grandes partidos representaría mejor la diversidad ideológica y regional del Estado.

En segundo término, un mayor reparto del poder contribuiría a desmantelar, al menos en parte, ese Leviatán del que hablábamos anteriormente. Y, por último, no es descabellado pensar que, una mayor fragmentación del poder, debería fomentar esa cultura del acuerdo y del consenso que tanto hemos echado en falta los ciudadanos en la última década.

En definitiva, la estructura y el poder de los partidos políticos en la actualidad aparecen como los grandes enemigos para la existencia de una democracia real. La solución a ese grave problema parece estar en un mayor reparto del poder, imposible con la actual ley electoral.

El “secuestro” de Sol y el «renacer» del 19J

Llegados a este punto, cabe plantearse por qué los moderados tienen tan poco protagonismo dentro del 15M. El proceso mediante el cual los radicales se han hecho con el control de la protesta –a mi me gusta denominarlo “el secuestro de Sol”- se explica en base a tres factores: la tradicional capacidad de la izquierda para movilizarse de forma rápida y eficaz, la apatía de la derecha, y la existencia de grupos de revolucionarios profesionales.

Antes de nada, es necesario incidir en el carácter neutral del 15M. Como bien indicaba recientemente en un artículo el profesor Enrique Dans, este fenómeno posee un carácter metodológico, no ideológico.

Sin embargo, dentro de esa neutralidad, cada persona lleva dentro sus propias convicciones que, voluntaria o involuntariamente, acaban tiñendo de un color determinado la blancura de todo movimiento cívico. Esto de por sí no sería grave si existiera cierto equilibrio entre las diversas ideologías dentro del movimiento. El problema surge cuando en el seno de esa neutralidad primigenia empiezan a ser mayoritarios los partidarios de unas determinadas ideas.

En el 15M ha sucedido exactamente eso: las personas de izquierdas –no confundir con afiliados a partidos de esa ideología- son una abrumadora mayoría. Esto ha sido posible, en primer término, por la gran capacidad de movilización que existe dentro de ese grupo; y, en segundo lugar, por la resaca del efecto ZP. La izquierda en España se ha encontrado huérfana, sin deseos de votar a sus antiguos líderes. Ante esta situación, han visto en el 15M una forma de canalizar su actividad política.

El predominio de la izquierda en las protestas por una democracia real se ha visto favorecido, a su vez, por apatía de la derecha.

A una tradición poco callejera se ha unido la previsible victoria electoral. Mientras muchas personas de izquierdas se lanzaron a las plazas como última esperanza, las de derechas todavía conservaban una última opción: la victoria del Partido Popular en los próximos comicios generales. Quizás Mariano Rajoy no nos saque del agujero en el que estamos, pero sus votantes todavía tienen esa esperanza.

Llegados a este punto, podría pensar el lector que identifico a la derecha con los moderados y a la izquierda con los radicales. Nada de eso. Considero que cualquier ideologización del 15M es susceptible de ser denominada radical. Este proceso se ha producido en una dirección muy concreta, la del grupo predominante.

Sin embargo, en caso de haber sido mayoritaria la derecha, e ideologizarse este fenómeno en esa dirección, también deberíamos hablar de radicalización. La moderación debe ser neutral, y centrada, como decíamos antes, en un programa de mínimos basado en una reforma metodológica de nuestra democracia.

La tercera razón de la radicalización del 15M, y sin duda la más importante, es la existencia de grupos de revolucionarios profesionales que han marcado la dirección del movimiento. Al margen de la presencia de personas con ideología de derechas o de izquierdas, existe un pequeño grupo dedicado exclusivamente –profesionalmente- a la protesta. Estos, aunque sean una minoría, han logrado hacerse con el control gracias a su mejor organización y a su dedicación exclusiva al movimiento.

 En mi artículo “De Sol a sol. Los siete pecados de la Indignación” explicaba que la mayor parte de las personas que apoyan la protesta no son revolucionarios profesionales. Sin embargo, aquellos que trabajan y tienen responsabilidades familiares, tienen muy difícil seguir el día a día del movimimiento. Eso únicamente pueden hacerlo aquellos que viven de la revolución: los grupos organizados.

La manifestación del 19J fue una clara demostración de esto. A ella acudieron, en domingo, personas descontentas con la situación actual. Ahora bien, la mayor parte de los que se concentraron ese día en Neptuno no pueden dedicarle muchas horas al 15M. Así es como esta cae en manos de los grupos organizados.

Todo esto me lleva a concluir que, sin un triunfo de la moderación, todo esto acabará convirtiéndose, si no lo es ya, en un movimiento de protesta de un grupo determinado.

De Sol a sol. Los siete pecados capitales de la Indignación


Hace más de dos semana que escribí mis dos primeras reflexiones sobre el movimiento del 15M. En ese corto periodo de tiempo han pasado muchas cosas, si bien algunas de ellas venían anunciadas ya en “#15M. El ocaso de la Indignación”. Por esa razón, he creído conveniente escribir este tercer artículo. En él, una vez más, busco denunciar los excesos de Sol, pero también el valor –presente y futuro- de este movimiento.

Pienso que el 15M tiene elementos muy interesantes, y no sólo para el análisis, sino para la praxis política y ciudadana.

Tal como indiqué en “#15M. Los movimientos sociales del siglo XXI”, es un error de bulto pretender ignorar lo que ha sucedido y sigue sucediendo. Ahora bien, la acampada de Sol ha perdido algunos de sus elementos primigenios y, sobre todo, ha perdido buena parte de la popularidad que tenía en los días previos a las elecciones del 22 de mayo.

En los comentarios a los artículos anteriores me han dado la enhorabuena abundantes lectores. Se lo agradezco profundamente. No obstante, y como es lógico en cualquier escrito de opinión, he sido criticado por los enemigos acérrimos del 15M y por los defensores a ultranza del movimiento. No espero nada distinto en este caso, y tampoco voy a cambiar de política en lo que se refiere a libertad de expresión: todo comentario no ofensivo será publicado, entre otras cosas porque es lícito discrepar y bueno debatir.

De la esperanza a la constitución de un movimiento radical

Hace apenas un mes que comenzó a tomar forma el movimiento 15M. Un corto periodo de tiempo en el que, sin embargo, todo ha transcurrido muy deprisa. A ese ritmo desenfrenado que tan difícil nos lo pone a los que tratamos de seguir día a día los acontecimientos y reflexionar sobre la cuestión, hemos de añadir el enorme dinamismo de la protesta que, en constante metamorfosis, invade nuevos ámbitos de la vida política, informativa y social.

En los primeros días, el 15M aparecía ante la mayor parte de los españoles como un movimiento renovador, como una ráfaga de aire fresco que venía a poner solución a algunas deficiencias de nuestro sistema político.

Los promotores de esta plataforma supieron tocar algunas cuestiones claves en las que existía –y existe- un consenso generalizado. Con esta postura, que algunos denominamos moderada, se ganaron el apoyo de la mayoría. La idea romántica de una juventud responsable y trabajadora que, con el apoyo de sus mayores, toma la calle y exige un cambio a unos dirigentes supuestamente corrompidos y apoltronados en sus sillones, atraía a la ciudadanía.

Un mes después las cosas han cambiado. Ahora es la mayoría del pueblo español la que no soporta por más tiempo al 15M; un movimiento que, tomando una deriva radical, se aleja cada día más de ese consenso mayoritario. La protesta, aunque afirma seguir siendo la voz del pueblo, hace tiempo que ha dejado de representarlo. Actualmente es tan sólo un grupo más, con ideas muy respetables, pero ya no nos representa a todos.

Algunos verán esta metamorfosis del 15M como algo positivo, pues ha logrado dar cierta concreción y cohesión a un movimiento excesivamente abierto en los primeros días. No obstante, buena parte de la población piensa que se ha perdido una oportunidad irrepetible de reformar el sistema.

Los siete pecados capitales del 15M

Desde el 15 de mayo hasta el 15 de junio el movimiento de protesta ha seguido en su metamorfosis una única dirección: la que va de la moderación y el consenso a la radicalidad y la ilegalidad como modo de acción. Esta transformación se ha producido día a día, de tal modo que, en la actualidad, cabe distinguir siete causas que explican por qué el 15M ha perdido el apoyo de la mayor parte de la ciudadanía.

El primer pecado de los Indignados fue convertir en foros de debate político unas comisiones que tenía, en principio, la función de organizar la logística de la acampada.

Se pasó así de una protesta que exigía a los dirigentes la reforma del sistema, a una serie de mini-asambleas legislativas que se autoconstituían como voz del pueblo negando, por tanto, el carácter representativo de la clase política.

A partir de ahí, fruto de las discusiones propias de todo debat, se fueron añadiendo a las propuestas iniciales otras que abandonaban senda de la moderación y del consenso. La Puerta del Sol, donde los radicales iban ganando voz día a día, se fue alejando de las exigencias del conjunto de la sociedad para convertirse en altavoz de una serie de grupos antisistema.

Antes incluso de las elecciones del 22 de mayo había tomado forma ya la ciudad de las asambleas; un espacio supuestamente abierto donde, emulando al ágora griega, cada uno podía expresar libremente su opinión. La teoría suena muy bien, pero ¿era así realmente? Lo cierto es que no. Los radicales pusieron en práctica la vieja táctica que tan bien les funciona, por ejemplo, en las asambleas universitarias. En las reuniones se hablaba y se dejaba hablar, incluso se votaba sobre algunas cuestiones. Sin embargo, buena parte de las decisiones importantes se tomaban cuando los moderados se habían ido ya para casa.

Ese es, sin duda, el segundo pecado capital del 15M: la táctica asamblearia de los radicales y la desidia por parte de los moderados.

Cuando todas esas personas que, por responsabilidades familiares o laborales, tenían que marcharse de las largas discusiones del ágora, los “irresponsables” –entiendase por tales los que no tienen hijos ni trabajo- tomaban el control de la situación y decidían. De esta forma, poco a poco, los moderados se sintieron cada vez más alejados del movimiento, por lo que dejaron de acudir al ágora. Esta se convirtió de manera definitiva en un foro dominado por los radicales.

Llegados a este punto, más de uno podría tachar a los moderados de poco comprometidos con la protesta; y, en cierto modo, no le faltaría razón. Sin embargo, para aquellos que trabajan de sol a sol, para los que tienen niños pequeños, familia u otro tipo de responsabilidades, no resulta fácil competir con los revolucionarios profesionales.

Llegamos, al fin, al tercero de los errores del 15M: prolongar las acampadas más días de los necesarios.

El jueves 19 de mayo el efecto-acampada ya había logrado sus objetivos. La opinión pública estaba centrada en la Puerta del Sol, esperando que de allí saliera algo concreto. Pero lo cierto es que no salió nada salvo el deseo de continuar en las tiendas.

El “yes we camp” que esgrimían en sus primeros días los Indignados se convirtió, con el paso del tiempo, en un reclamo para personajes de los más diversos pelajes. Pronto Sol se llenó, ya no de indignados, sino de ocupas, antisistema y profesionales de la protesta. Por tanto, no es que los moderados no estuvieran comprometidos con el 15M.

Lo que sucedió es que llevaron la plataforma a un campo donde los radicales tenían todas las de ganar. Una acampada más corta -de algo menos de una semana, por ejemplo- que hubiera sido capaz de presentar a la ciudadanía y a las Cortes un programa de mínimos, hubiera dado el protagonismo a los moderados.

El cuarto pecado capital del 15M fue no respetar la jornada de reflexión. Dentro de la deriva radical que ha tomado el movimiento, la ruptura con la legalidad juega un papel clave.

Pues bien, la primera acción ilegal de gran calado fue desobedecer a la Junta Electoral y permanecer en la plaza durante el sábado 21 de mayo. Quizás en ese momento muchos moderados no se dieran cuenta –yo si lo hice, y mis compañeros de desayuno de ese mismo día son testigos de ello-, pero se había abierto de la veda de la desobediencia como sistema. Se abandonaron los cauces legales de participación ciudadana y se extendió entre los Indignados el gusto por las acciones ilegales. El origen de todo eso fue, sin duda, la decisión de mantenerse en la Puerta del Sol durante la jornada de reflexión.

Las acciones ilegales, consecuencia de ese cuarto pecado, constituyen lo que he querido denominar como el quinto error del 15M. El más representativo de todos ellos es, sin lugar a dudas, el acoso al Congreso de los Diputados.

Imágenes de personas insultando a políticos que, en la mayoría de los casos, no son corruptos, hicieron que muchos españoles se indignaran precisamente contra los Indignados. Es más, lo ciudadanos han acabado por hartarse de ese movimiento que se creía legitimado para saltarse las leyes.

Sin lugar a dudas, lo que más molestó a la opinión pública fue que el 15M no respetara el mayor símbolo de la representación ciudadana: el Parlamento. Puede que los españoles no estemos del todo de acuerdo con algunas cosas de nuestro sistema político, y puede que critiquemos, con razón, a muchos de nuestros representantes. Ahora bien, no respetar la institución legislativa es no respetar al pueblo que la ha elegido. En definitiva, aquellas reuniones y protestas frente al Congreso no sólo atacaban a los políticos, sino al pueblo que pretendía, a mediados de mayo, representar el 15M.

Para encontrar el sexto pecado capital hemos de retroceder un poco en el tiempo; en concreto, hasta la noche electoral.

El día 22 de mayo los resultados de las elecciones autonómicas y municipales arrojaban un grado de participación algo inferior al de anteriores comicios, pero muy alejado del vuelco que esperaban los promotores del 15M. Ese día Sol inició un proceso de desconexión con la realidad, de enfado con una ciudadanía a la que denominaron “narcotizada”. Se encerraron en sí mismos y convirtieron su causa en algo más cercano al orgullo personal que al deseo de mejorar el sistema. Los Indignados juraron odio eterno a los políticos esa noche, a las mujeres y hombres que les habían ganado la partida del 22 de mayo.

Las consecuencias de la jornada electoral son más que evidentes: el movimiento se radicalizó, reforzó su voluntad de seguir en Sol, cogió de manera definitiva gusto por las acciones ilegales, criminalizó a la clase política, despreció a una ciudadanía que no había sabido entenderles… En definitiva, ese día se profundizó en algunos de los otros pecados capitales y se sentaron las bases para otros. Una vez más, en la base de todo estaba el error.

La equivocación de pensar que el 15M debía tener unas repercusiones inmediatas, que los españoles iban a entenderles en el plazo de una semana y, por tanto, cambiar su voto de toda la vida para apoyarles a ellos. En lugar de plantearse unos resultados a largo plazo, se centraron en obtener un buen resultado en unas elecciones donde poco podían conseguir. La decepción era, en un planteamiento cortoplacista, lo más probable; y fue lo que a la postre sucedió. Llegó la tristeza de haber perdido, y con ella un rencor que todavía exhiben cuando insultan a los políticos por las calles de las principales ciudades de España.

El último pecado capital del 15M ha sido la criminalización de la clase política y de los empresarios y banqueros.

En lugar de centrarse en determinadas acciones de fraude y corrupción tomaron el todo por la parte, simplificando la realidad hasta alcanzar cotas de auténtica puerilidad. El mismo error que cometieron los inmovilistas al denominar el 15M como un movimiento de vagos y “perroflautas”, lo cometieron estos al criminalizar a todos los políticos.

 La verdadera voz del pueblo

Sin embargo, la simplificación y las descalificaciones no terminaron ahí. Quizás porque se sentían acorralados, puede que incomprendidos o, tal vez, dueños de la verdad suprema, muchos Indignados comenzaron a mostrar altas cotas de intolerancia con los ciudadanos que no pensaban como ellos. Se inició, en cierto modo, una persecución contra los reformistas moderados que se mostraban molestos con la deriva radical de la plataforma.

Se acusaba a los moderados de criticar el 15M desde su sillón, de no estar en las asambleas y de ser infiltrados dentro del movimiento. Sin embargo, son precisamente ellos los que, trabajando de sol a sol, hacen posible que este país siga funcionando. Esos a los que se acusa de estar en su sillón son los que se levantan todos los días cuando las calles están todavía cubiertas de oscuridad; son los que trabajan ocho horas para mantener a su familia.

Aquellos a los que se acusa de estar en un sillón mientras el “pueblo” lucha, son los que, al llegar a casa después de una larga jornada laboral, tienen que cambiar pañales, dar de cenar a los niños y convencerles de que se metan en la cama.

Si eso es ser un infiltrado, un traidor o un comodón, yo lo soy. No dudo que haya personas así dentro del 15M. Ahora bien, lo que abunda en ese movimiento hoy por hoy son personas que no tienen más resposabilidad que lanzarse a la protesta o permanecer en una tienda de campaña. Cada uno es libre de hacer lo que quiera, por supuesto, pero no es de recibo faltar al respeto a gente que no está de acuerdo con unas determinadas ideas; y mucho menos mentir diciendo que están en el sillón mientras otros luchan por sus supuestos derechos.

El gran pecado del 15M, el que encierra en sí mismo, a todos los demás es la falta de respeto hacia parte de ese pueblo al que se pretendía representar. Eso es lo que ha llevado a los Indignados a perder el apoyo de la ciudadanía: han pasado de ser la voz del pueblo a ser la de un grupo muy concreto. Desde mi punto de vista, el único futuro que, hoy por hoy, tiene el 15M es representar a una minoría.

#15M. El ocaso de la Indignación

Para leer otros artículos sobre el 15M y los movimientos sociales del siglo XXI, pulsa aquí.


El 15 de mayo miles de ciudadanos salieron a la calle para pedir un cambio. Todos ellos tenían una idea común: el sistema político, la democracia española de 1978, necesitaba una profunda reforma. Quizás ese día pasaron desapercibidos, pero cuando las acampadas, especialmente la de la Puerta del Sol, comenzaron a coger fuerza, se convirtieron en noticia.

Durante varios días eclipsaron en los medios de comunicación a los protagonistas de la campaña electoral, llenaron Twitter con sus tweets y retweets, y, sobre todo, se ganaron las simpatías de millones de personas en todo el mundo.

Sin embargo, una semana después, la amenaza acecha al movimiento de protesta: la radicalidad de algunos planteamientos, la pérdida del consenso inicial, la desconfianza entre algunos de ellos, el miedo al desalojo, el derrotismo, el cansancio o el creciente protagonismo de algunos grupos organizados afectan negativamente al 15M. Es más, la plataforma no sólo se debilita por dentro. Ha perdido también parte del protagonismo mediático que la vio nacer y, lo que es más importante, empieza a resultar incomprensible para el pueblo que ellos dicen representar.

En mi comienzo está mi fin

Uno de los errores fundamentales de los indignados ha sido olvidar su punto de partida: un programa de mínimos que, debido a su sentido común, era aceptado por buena parte de la población. El movimiento del 15M daba voz a una idea que muchos españoles respaldaban: el sistema político necesita reformas.

Su proyecto, por tanto, no iba más allá de la reforma de la Ley Electoral, un mayor control sobre la actividad y el gasto de la actividad política, una nueva relación entre ciudadanos y partidos, y la independencia real del Poder Judicial. En definitiva, ideas que buena parte de los españoles suscribiríamos desde hace muchos años y que, únicamente las redes sociales, el descontento con la marcha de la economía y la decisión valiente de un grupo primigenio de indignados, hizo salir a la luz pública.

La sencillez de esas primeras ideas permitieron que el movimiento creciera y que buena parte de la población les brindara su apoyo. Incluso los partidos –muchos de ellos buscando un mayor respaldo electoral- se mostraron comprensivos con los protagonistas de la protesta.

Al respecto, hay que tener en cuenta que, en los primeros días del movimiento 15M no se pedía la cabeza de los políticos, sino que encabezaran ellos mismos las reformas.

No obstante, la responsabilidad que sentían sobre sus hombros, el saber que eran objeto de atención en todo el país, les hizo perder el norte. Del consenso de mínimos se pasó a un sinfín de peticiones, o mejor dicho, exigencias. Proyectos que, en muchos casos, estaban lejos del sentido común exibido durante los primeros días del movimiento. Las asambleas logísticas pasaron a convertirse en entes pseudolegislativos, de los que salían propuestas más propias de grupos minoritarios.

Stefan Zweig cuenta en una de sus obras que María Estuardo, antes de dirigirse al patíbulo, dejó escrito: “en mi comienzo está mi fin”. Con independencia de los motivos que impulsaron a esta reina de Escocia a plasmar esa frase en un papel, y también al margen de lo que interpreta el autor, queda claro que el movimiento 15M olvidó su punto de partida, su comienzo, y eso le ha llevado al fin. Los indignados supieron en su momento interpretar los deseos de la ciudadanía, pero fue sólo un instante, como un espejismo que después dejó paso a propuestas que ya no tenían el respaldo del pueblo.

Perdiendo el tren de la moderación

El jueves por la tarde podía oírse en la madrileña Puerta del Sol: “Nosotros somos el pueblo”. Para aquellos que hemos profundizado un poco en el estudio de la Historia, esa frase nos suele traer malos recuerdos. Cuando una persona o colectivo se han elevado tanto que pretenden ser ellos la voz del popular, las consecuencias no suelen ser buenas.

Dejando de lado esos temores propios de experiencias pretéritas, lo cierto es que Sol necesitaba al pueblo para sobrevivir.

El 15M quería ser el pueblo; esa era su única fuerza, su única fuente de legitimidad ante las instituciones a las que exigía un cambio. No le valía con tener la simpatía popular, ni tampoco esa tolerancia de quien deja a unos chiquillos hacer travesuras porque resultan simpáticos. No. La protesta necesitaba a la ciudadanía.

En esta situación, aquellas actitudes que excedieran la moderación, las llevadas a cabo como quien no tiene nada que perder, resultaban totalmente erróneas y llevaban al movimiento hacia su perdición. Quizás los indignados no tenían nada que perder, y tal vez muchos de ellos simpatizaban con las ideas más radicales, pero ellos necesitaban al pueblo, y este era moderado.

Mientras Sol se autoproclamaba asamblea constituyente, los indignados no se percataban de que buena parte de la ciudadanía tenía mucho que perder ante el triunfo de las ideas radicales. Cada panfleto pseudolegislativo que salía de las comisiones alejaba, centímetro a centímetro al verdadero pueblo de su supesta voz. Ese programa de mínimos se había ido transformando en un complejo Leviatán que, lejos de acercarles al triunfo, les hundía cada vez más en las profundidades de su propia soledad.

La Puerta del Sol tenía cada vez más inquilinos, pero ya no representaba al pueblo. Radicales, aventureros y ahogados por su propio e inesperado éxito se reunían entre festivales improvisados, asambleas de papel mojado y enrevesadas propuestas.

La ciudadanía, por su parte, seguía su propio camino. Habían pasado de apoyarles a, simple y llanamente, respetarles. Sin embargo, el respeto no les servía para nada a los representantes del 15M: el respaldo del pueblo era imprescindible, y lo habían perdido. Con sus ideas radicales habían perdido el tren de la moderación, y con él el de las reformas. Ya no eran la voz del pueblo, sino un grupo de personas indignadas y con algunas ideas peligrosas. Y así, llegó el ocaso a la madrileña plaza de Sol.

El Sol poniéndose en las calles

El sábado 21, jornada de reflexión, ellos eran los protagonistas. Pero, sin saberlo, ese mismo día transformaron el carácter de su protagonismo: pasaron de ser una protesta moderada a otra de carácter ilegal. La experiencia de estar fuera de la ley los sedujo, y ahí empezó su camino hacia el aislamiento.

El primer paso para abandonar la moderación fue, aunque muchos no opinen lo mismo, violar la jornada de reflexión.

En Sol brillaba la protesta, pero en las calles el ocaso del 15M comenzó a hacerse evidente en las últimas horas del sábado. El pueblo, fuente inagotable de legitimación, se alejaba del movimiento de protesta. El gran divorcio se consumo el domingo. Los medios de comunicación que en su día habían consentido su protagonismo, les daban de pronto la espalda. La actualidad no estaba ya en Sol, sino en la jornada electoral, en la participación, los resultados y las reacciones de los nuevos protagonistas. Los políticos, eclipsados durante casi una semana, volvían a la palestra.

Sin embargo, el 15M había perdido, no sólo la iniciativa de la información, sino también la popular. A su viraje radical que tan poco gustó a la ciudadanía, se unió el empeño de Sol por concentrar el debate en las cifras de abstención, votos en blanco o apoyo a los partidos minoritarios. Dejaron de ser una protesta que pedía a los partidos una reforma en algunos puntos del sistema político a enfrentarse a ellos, cual fuerza electoral, en las urnas. Dejaron su programa de mínimos para vender unas propuestas tendentes al radicalismo.

Al final, perdieron en las urnas, a donde nunca debieron acudir, y, más importante aún, perdieron al pueblo. En la noche del 22 de mayo, mientras Génova celebraba su victoria, Sol se preparaba para dormir. El silencio tomaba la plaza, pero no para realizar un necesario examen de conciencia. El 15M se refugiaba en sí mismo, se aislaba más, se sentía incomprendido, quizás incluso agredido.

Aunque ellos no lo supieran en ese momento, el camino hacia su final había comenzado.: Sol y la calle ya no eran lo mismo.

Sobre Saturno y sus satélites

Las revoluciones, al igual que Saturno en el relato mitológico, tienen la mala constumbre de devorar a sus propios hijos. El 15M, aunque no queda claro aún si es revolución o protesta, no ha sido distinto. Los más moderados han sido los primeros en caer. Más tarde o más temprano, con o sin escarnio público, han ido abandonando poco a poco un movimiento que no aguantaba por más tiempo su tibieza.

El Terror, en esta ocasión, no sabe de guillotinas. Utiliza un arma más sutil, pero con consecuencias globales: internet y, especialmente, Twitter. Las protestas contra la radicalidad que tomaba el movimiento, las que reclamaban un retorno a los primeros principios del 15M, han sido ahogados en un mar de tweets contra los que poco se podía hacer salvo preparar la retirada. Los hijos de Saturno han abandonado el campo de batalla.

Ahora simplemente esperan el ocaso de Sol y una nueva oportunidad que les permita volver a reclamar, de manera moderada, sus reformas.

En algún momento entre el jueves 19 y el domingo 22, el 15M se convirtió en Saturno. El momento exacto es difícil de establecer, si bien los más moderados comenzaron a abandonarles en la noche del sábado. Quizás ese sea el mejor indicador de la transformación, de la deriva hacia el radicalismo.

Sol, y algunos movimientos similares en otras grandes ciudades españolas, sufrieron un cambio notable durante el pasado fin de semana. Sin embargo, hubo otros que no cambiaron: los satélites de Saturno. Las pequeñas ciudades, aquellas que se sumaron al 15M de manera tardía, fueron tomadas desde el primer momento por grupos radicales organizados. Incluso, en algunos casos, estos se trasladaban de unas ciudades a otras para tomar el mando de la protesta en distintos puntos.

Los moderados perdieron así muchas capitales de provincia, y con ello, fuerza en Madrid. Las noticias que llegaban a Sol desde sus satélites daban alas a los más extremistas: la protesta que se extendía por la mayor parte de las pequeñas y medianas capitales de provincia era claramente radical. A esto hay que añadir otro elemento perjudicial para los moderados: la población de esas ciudades comenzó a percibir el 15M como un movimiento antisistema y, por tanto, peligroso.

El futuro: la noche no es infinita

La Historia, como buena maestra, nos enseña que muy pocos movimientos de protesta triunfan en su primer intento ¿Por qué el Sol debería ser distinto? Se han cometido errores, pero también es cierto que, incluso con una trayectoria impecable, el triunfo no estaba asegurado. El espíritu del 15M ha de tener continuidad, ha aprender de la experiencia y plantearse nuevos retos.

Los movimientos por un cambio volverán, ya sea con el nombre #democraciarealya o #conotronombredistinto. Deberán ser respetuosos con el programa de mínimos, deberan contar con los partidos, deberan mostrar moderación… y si no lo hacen y fracasan, vendrán otros. Una de las afirmaciones con más fundamento que se han hecho estos días en Sol es que este movimiento era imparable. Es así porque el camino está abierto, porque nos han mostrado a todos un nuevo canal de comunicación y de protesta: las redes sociales.

El 15M se equivocó en su deriva radical, pero acertó en las reclamaciones primigenias y en la forma de organización. Ese es su legado.

Además, con independencia de lo que suceda en España, queda claro que, a nivel mundial, ha nacido una nueva generación de movimientos sociales. El siglo XXI ha liquidado, a comienzos de su segunda década, los movimientos asociativos heredados de los setenta. Estos, absorbidos por la comodidad del propio sistema, han dejado paso a nuevos cauces para la participación de la ciudadanía.

Los movimientos sociales del siglo XXI, basados en el uso de las redes sociales y de las nuevas tecnologías, están llamados a protagonizar el futuro. Veremos como, a lo largo de los próximos años, y con las reclamaciones más dispares, se multiplican las protestas organizadas a través de estos nuevos canales.

La red social no aisla a las personas, sino todo lo contrario. Soy de los que opinan que no son más que una prolongación de la vida real en internet. No obstante, los movimientos de esta primavera demuestran que, en ocasiones, es la vida real la que se convierte en prolongación de la red social.

#15M. Los movimientos sociales del siglo XXI

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Quizás sea demasiado pronto para sacar conclusiones sobre los acontecimientos que han protagonizado en los últimos meses jóvenes de las dos orillas del Mediterráneo. Es apresurado pretender entenderlos en toda su amplitud, pero se hace necesaria una primera comprensión que permita enmarcar un modus operandi que, lejos de ser algo aislado y temporal, está llamado a protagonizar las protestas sociales de las próximas décadas.

En esta breve reflexión trato de aportar mi punto de vista sobre estos acontecimientos. Se trata, en definitiva, de la opinión de una persona que no pertenece a ninguno de los grupos que han llevado adelante estas protestas. Sin embargo, si mi opinión posee algún valor, ese es el de la reflexión, el seguimiento exhaustivo de estos grupos y de sus actuaciones, así como la labor de comparación con otros fenómenos similares, ya sean contemporáneos o pretéritos.

Dos peligros: la utopía y el desprecio

Mi punto de partida es la desconfianza ante los partidarios de una u otra postura; la huida, al fin y al cabo, de las simplificaciones y del afán de poner etiquetas.

No estamos ante un movimiento que vaya a solucionar todos nuestros problemas llevándonos al paraíso terrenal. Las utopías, por desgracia, siempre nos han conducido a callejones sin salida, a lugares más inhóspitos que aquellos de los que salíamos. Tampoco es cierto que los profesionales de la política sean todos unos sinvergüenzas, ni que el sistema, ya sea político o económico, esté totalmente corrompido y deba ser cambiado –derribado- de arriba a abajo.

Lógicamente, no todos los que protestan piensan así, pero entre algunos de ellos se aprecia una tendencia hacia esa peligrosa utopía, hacia ese querer cambiarlo todo sin contar de donde venimos.

A los historiadores, como es lógico, eso nos produce escalofríos que, según pasan las horas, se transforman en auténtico pánico.

Ahora bien, la simplificación puede tomar otro camino: el desprecio. Las protestas de Sol pueden solucionarse en las mentes más cerradas con la simple descalificación. Es un grave error acusar al movimiento del 15M de turba izquierdista tendente al botellón; de vagos que, por no buscar trabajo, son capaces de irrumpir en nuestras vidas únicamente para molestar; de personajes, al fin y al cabo, despreciables e indignos de nuestra atención.

En la plataforma del 15M hay personas muy válidas. La mayoría de ellos son universitarios, incluso algunos con estudios de posgrado y masters en las más diversas materias. En Sol no hay gente borracha, no hay violencia, no hay ideologías políticas predominantes, lo único que existe es deseo de cambio.  Incluso no son todos desempleados, pues buena parte de los protagonistas de este movimiento son personas que se turnan para compatibilizar sus horarios de trabajo con su presencia en la protesta.

Tampoco son vagos, y buena muestra de ello es el curriculum vitae de algunos de los promotores o el hecho de que hayan logrado ser autónomos en cuestiones como la electricidad. Por no hablar de los servicios de alimentación, guardería, coordinación con las fuerzas de orden público, limpieza, distribución de artículos de primera necesidad, información o alojamiento.

La verdadera importancia del 15M

En la jornada de reflexión –sábado 21 de mayo- las cuestiones en torno a la protesta de Sol se centraban en dos puntos: la abstención electoral y la continuidad del movimiento. De esta manera, el triunfo o fracaso de estos grupos se medirá a partir del domingo en torno a esas dos coordenadas.

Si pensamos así, nos equivocamos. Esas no son las verdaderas claves de lo que está pasando. Creo que la repercusión del 15M en las urnas será mínima, y no vaticino una larga vida a estos grupos. Pero, a pesar de todo, su importancia es demasiado grande como para que pase desapercibida.

No estamos asistiendo a una protesta de unos grupos determinados contra una situación determinada en un lugar determinado, sino al nacimiento de una nueva manera de encauzar el descontento.

Han nacido unos nuevos canales de protesta y una nueva manera de actuar por parte de la ciudadanía. En definitiva, estamos ante el alumbramiento de unos movimientos sociales, los del siglo XXI, cuyo protagonismo amenaza con dejar sin validez a los antiguos modelos asociativos.

Los movimientos sociales del siglo XXI

En la década de los setenta comenzaron a tomar fuerza los llamados Nuevos Movimientos Sociales, con un especial protagonismo de campos como el ecologismo, el feminismo y el pacifismo. Estos, sin perder validez en algunos de sus postulados, iniciaron el siglo XXI en un campo distinto al de su origen. Ya no pertenecían al mundo de la protesta sino que, integrados en las instituciones, habían pasado a formar parte de la estructura contra la que, en sus incios, protestaban.

En definitiva, los Nuevos Movimientos Sociales habían dejado de ser canales de expresión de la ciudadanía para convertirse en instrumentos de los centros de poder. Este anquilosamiento, fruto a su vez de su triunfo, se manifestaba en cuestiones tan evidentes como la aparición de ministerios de Medio Ambiente, la imposición de la ideología de género o el desarrollo de la legislación tendente a la igualdad entre mujeres y hombres.

No cabe duda de que algunas de estas conquistas han resultado positivas. Sin embargo, nos han conducido al inevitable distanciamiento entre estos grupos y la sociedad civil. La respuesta a esta orfandad parace estar en una nueva generación de movimientos sociales, los del siglo XXI.

Estos surgen como los fenómenos asociativos de la juventud actual que, lejos de aceptar el modelo creado por sus padres, busca rebelarse contra él y fundar un nuevo paradigma.

Los movimientos sociales del siglo XXI surgieron en la primavera de 2011 en la revolución egipcia. Desde allí han ido extendiéndose y, ahora, amenazan por extenderse por el continente europeo. No cabe duda de que no son comparables las reclamaciones de los jovenes egipcios con las de los españoles, porque tampoco es comparable el régimen de Mubarak con la democracia de 1978. Sin embargo, los modos de actuación y los protagonistas de ambos movimientos presentan muchos rasgos en común.

En resumen, el contenido de la protesta no es lo que caracteriza a estos nuevos movimientos, sino su modus operandi.

El primer elemento común a las dos principales protestas, la egipcia y la española, es el protagonismo de las redes sociales. Ya sea Facebook –Egipto- o Twitter –España-, lo cierto es que estamos asistiendo al nacimiento de unos nuevos canales de comunicación y expresión capaces de conectar a miles de personas de los más diversos lugares sin necesidad de organizar ningún tipo de reunión.

La novedad, sin embargo, no es esa. La verdadera revolución se produce cuando los contenidos de la red rebosan y son capaces de tomar las calles. Los últimos acontecimientos nos demuestran que las redes sociales son, actualmente, un canal idóneo para convocar protestas.

El segundo rasgo en común es el descontento. En principio, tanto en Egipto como en España los manifestantes pretenden lograr cambios políticos, pues consideran que se encuentran ante un sistema que no funciona bien. Partiendo de la base de que no existe sistema político perfecto, hay que reconocer que el de 1978 se ha ido deteriorando notablemente en las tres últimas décadas.

No obstante, todos sabíamos que era así, y nadie salía a la calle. Cabe preguntarse por qué ahora. La respuesta es económica, no política. Únicamente la falta de trabajo, de dinero, la frustración… han llevado a la calle a personas que, desde hace décadas, sabían de sobra los problemas del sistema político.

La revolución egipcia y los movimientos del 15M español tienen un último rasgo en común: el protagonismo de la juventud.

Los jóvenes siempre han sido inconformistas y menos tendentes al pensamiento conservador que, lógicamente, poseen las personas mayores, con la vida hecha y sin mucha necesidad de cambio. Es más, estos últimos suelen temer ese cambio. No obstante, en el caso actual nos encontramos con dos elementos más que justifican el protagonismo de la juventud en los movimientos sociales del siglo XXI: el uso de las redes sociales y su frustración ante una crisis económica que les afecta, especialmente, a ellos.

Estos jóvenes han nacido con ordenadores en sus casas. De esta manera, desde pequeños se han ido familiarizando con el uso de la informática y, más tarde, con internet. Con el tiempo han ido apareciendo las redes sociales, y, justamente, han sido ellos los primeros en usarlas y los que con más fuerza han participado de este fenómeno.

Por tanto, es lógico que, ante unos movimiento que se mueven en las redes sociales, sean ellos los que lleven la voz cantante.

Pero además, los españoles entre los 25 y los 35 años han sido los más castigados por la crisis. No hemos de olvidar que un 50% de paro juvenil es un escándalo para cualquier país, y un drama para una generación entera. Generación que, además, lejos de obtener compresión, ha sido vilipendiada y etiquetada con las más diversas descalificaciones.

Es cierto que muchos de ellos viven con sus padres y que, por tanto, no pasan necesidad. Sin embargo, la frustración existe y es cada día más pesada, y el deseo de independencia se resiente. Hemos de tener en cuenta que, en muchos casos, hablamos de universitarios, personas de posgrado y masters; es decir, estamos ante buenos curriculums, no ante gente con el graduado escolar y poco más. Lo que no implica que no existan, como en toda generación, personas mal preparadas y con pocas ganas de trabajar.

Conclusión

Las protestas de primavera han conducido, por tanto, al nacimiento de un nuevo modelo asociativo que, lejos de ser algo temporal, ha llegado con vocación de permanencia. El futuro de los movimientos surgidos en torno a él es incierto. Únicamente el paso del tiempo y el desarrollo de cada una de las protestas en cada uno de los países nos darán una respuesta adecuada.

Lo que parece claro es que los Nuevos Movimientos Sociales de los años setenta, predominantes hasta la fecha, irán perdiendo protagonismo. Algunas de sus ideas, no obstante, quedarán recogidas en los programas de sus sustitutos: los movimientos sociales del siglo XXI.

Estos, con una nueva generación como protagonista y con las redes sociales como canal de comunicación, están llamados a canalizar la protesta ciudadana de las próximas décadas.

Ahora bien, todos estos movimientos no están exentos de peligros. La radicalización de los mismos es, sin duda, uno de los más importantes. La moderación debería ser la bandera de las protestas. Sólo a través de ella se puede dar credibilidad a las propias ideas y hacerlas aceptables para toda la sociedad, también para los no tan jóvenes.

Otro peligro es el de la absorción. Es decir, que la protesta caiga en manos de grupos organizados o, incluso, partidos políticos que, con fines distintos a los originales, traten de orientar el descontento hacia sus intereses particulares.