Teorías sobre el imperialismo


En términos generales, las corrientes de análisis sobre el fenómeno imperialista pueden agruparse en torno a cuatro variables.

La primera sitúa el énfasis en los aspectos económicos del imperialismo y comprende tanto la posición liberal como la marxista. Se centra en las consecuencia de la crisis de 1870 -medidas proteccionistas, necesidad de mercados y de materias primas- y en las mejoras tecnológicas y los excedentes de producción propios de la segunda revolución industrial.

Objeción a esta explicación: la expansión colonial no es siempre rentable.

La segunda conecta el imperialismo con un complejo ideológico que vincula lo que supone que son actitudes básicas del ser humano. El afán de dominio y la lucha por la supervivencia sustentados por teorías sobre biología, superioridad racial, valores éticos y normas estéticas.

La tercera se sustenta en consideraciones militares y estratégicas ligadas al conjunto de teorías y prácticas comprendidas bajo la noción de “geopolítica”.

La cuarta es puramente ideológica y cultural, y posee connotaciones de tipo mesiánico fundadas en creencias como el providencialismo político, la superioridad de una determinada civilización, la conversión religiosa…

Anuncios

El origen de la sociedad en Rousseau


Para Rousseau, el origen de la sociedad, con sus instituciones, formas de organización y leyes, está en la defensa de la propiedad individual.

Sin embargo, a diferencia de otros pensadores liberales, como Locke o Voltaire, no lo considera como algo propio de la naturaleza humana, sino como una ruptura del estado de naturaleza inicial.

El filósofo francés afirma que la propiedad privada se encuentra en la base de los males de su tiempo.

Por esa razón dedica buena parte de sus esfuerzos a explicar el origen de este fenómeno y sus consecuencias.

Primera etapa de la socialización

Rousseau distingue dos periodos dentro del proceso de socialización.

El primero de ellos supone el abandono del estado de naturaleza inicial, una etapa en la que el hombre, en una situación muy cercana a la de los animales, se preocupaba únicamente por la supervivencia.

El ser humano fue alejado de esa situación como consecuencia de factores naturales -tales como cambios climáticos u otros desastres que endurecieron las condiciones de vida- y demográficos. La necesidad de adaptarse a esa situación cambiante, de superar las limitaciones impuestas por la naturaleza, llevó a una multiplicación y especialización de las tareas.

El citado aumento de los trabajos conduce, en este primer momento de la socialización, a estrechar las relaciones entre los hombres en base a la dependencia.

A su vez, en ese mismo contexto, aparecen uniones más complejas que la propia familia: los poblados.

En definitiva, la aparición de grupos humanos con tareas especializadas en su seno no es mala de por sí; es artificial, pero no va contra la naturaleza humana.

Sin embargo, esa unión a la que conduce la necesidad va abriendo, poco a poco, las puertas de la desigualdad. Y ésta se hará patente en la segunda etapa de la socialización.

Segunda etapa de la socialización

La aparición de la agricultura marca el inicio del segundo periodo de la socialización.

El ser humano abandona el estado de barbarie, basado en la caza y en una ganadería muy primaria, para dar lugar a la civilización.

Con la civilización no sólo se intensifica la división del trabajo surgida en la etapa anterior, sino que aparece la propiedad.

La desigualdad social, por tanto, toma forma, y con ella aparece también la rivalidad entre los hombres por acaparar bienes y recursos.

En ese contexto de inseguridad latente, la apropiación va unida a la violencia, siendo los fuertes los que someten a los débiles.

Y una vez asentado su poder, imponen las leyes y la organización política, que obliga a toda la sociedad a cooperar para mantener el orden establecido.

Se pasa, pues, de una desigualdad basada en la fuerza a otra fundamentada en la riqueza, el poder y una educación orientada a mantener el sistema.

La crítica de la sociedad

Rousseau nos presenta una crítica de la sociedad de su tiempo. Se opone al progreso material, la propiedad, la riqueza, el desarrollo de la ciencia, la educación… es decir, todo aquello que contribuye a mantener la desigualdad social.

De esta manera, tanto en el Discurso sobre las artes y las ciencias como en el Discurso sobre el origen de la desigualdad, pone en cuestión la fuerza –base del régimen señorial- y la riqueza –fundamento del orden burgués- como formas justas de organizar la sociedad.

En definitiva, no sólo critica a la sociedad y a la economía, sino también a la cultura, a la que acusa de encubrimiento ideológico.

No obstante, Rousseau cree que, una vez abandonado el estado de naturaleza, es imposible volver a él. Por tanto, no se trata de volver al hombre natural anterior a los procesos de socialización, sino que se ha de tomar un camino distinto dentro de la civilización; un camino que elimine la desigualdad.

Discurso de Alejandro Lerroux

¿Revolución sin fronteras? A los «jóvenes bárbaros», vanguardia de sus fuerzas, dirigió Lerroux la exhortación titulada «¡Rebeldes, rebeldes!», breviario del radicalismo barcelonés:

«Rebelaos contra todo: no hay nada o casi nada bueno. Rebelaos contra todos: no hay nadie o casi nadie justo.

Sed arrogantes… Sed imprudentes… Sed osados… Luchad, hermosa legión de rebeldes…

Jóvenes bárbaros de hoy, entrad a saco en la civilización decadente y miserable de este país sin ventura, destruid sus templos, acabad con sus dioses, alzad el velo a las novicias y elevadlas a la categoría de madres para virilizar la especie, penetrad en los registros de la propiedad y haced hogueras con sus papeles, para que el fuego purifique la infame organización social, entrad en los hogares humildes y levantad legiones de proletarios para que el mundo tiemble ante sus jueces despiertos.

Hay que hacerlo todo de nuevo, con los sillones empolvados, con las vigas humeantes de los viejos edificios derrumbados, pero antes necesitamos la catapulta que abata los muros y el rodillo que nivele los solares…

Seguid, seguid… No os detengáis ni ante los sepulcros ni ante los altares. No hay nada sagrado en la tierra… El pueblo es esclavo de la Iglesia… Hay que destruir la Iglesia… la tradición, la rutina, los derechos creados, los intereses conservadores, el caciquismo, el clericalismo, la mano muerta, el centralismo y la estúpida contextura de partidos y programas…

Muchachos, haced saltar todo eso como podáis… Luchad, matad, morid…»

Jesús Pabón, Cambó, p. 231 y 232.

 

 

 

¿Hasta dónde llega Europa?


En este último fragmento de discurso a los europeos, Robert Schuman expresa de forma breve las ideas fundamentales de su planteamiento, al tiempo que nos descubre sus esperanzas ante la futura Europa. La necesidad de construir una Unión basada en la democracia y los valores cristianos que la sustentan, la cuestión del Este, y la vocación reconciliadora de la Comunidad europea, son las cuestiones tratadas en esta “despedida”.

“Todos los países europeos han sido modelados por la civilización cristiana. Esa es el alma de Europa que hay que hacer que reviva. Todos esos países tienen vocación a unirse en la Comunidad europea, con la condición de que vivan bajo un régimen auténticamente democrático. Entonces podrán unirse a ella cuando quieran. En cuanto a los países de Europa central y oriental hoy privados de libertad por un régimen totalitario, se unirán a la Europa comunitaria, no lo dudemos, en cuanto puedan”.

“Que esta idea de una Europa reconciliada, unida y fuerte sea en adelante la consigna para las jóvenes generaciones deseosas de servir a una humanidad libre por fin del odio y del miedo, y que vuelve a aprender, después de demasiado largos desgarramientos, la fraternidad cristiana”.

Bibliografía:

[1] La Unión Europea: guiones para su enseñanza; Antonio Calonge Velázquez (Coord.) – Comares – Granada – 2004.

[2] El proceso de integración comunitario en marcha: de la CECA a los Tratados de Roma; Guillermo A. Pérez Sánchez – Comares – Granada – 2007.

[3] Por Europa; Robert Schuman – Encuentro – Madrid – 2006.

[4] Robert Schuman, padre de Europa (1886-1963); René Lejeune – Palabra – Madrid – 2000.

¿Una federación de Estados europeos? II


Los siguientes párrafos son una muestra más de ese afán de Robert Schuman por defender las identidades nacionales de los Estados miembros de la Unión. Europa no ha de absorver y unificar esas realidades históricas, sino edificar progresivamente a través de ellas un constructo de similares características.

“Europa no se hará en un día ni sin choques. Su edificación seguirá el camino de los espíritus. Nada perdurable se consigue con facilidad. Europa ya está en marcha. Y más allá de las instituciones existentes, la idea de Europa, el espíritu de solidaridad comunitaria, han echado raíces.

Esta idea “Europa” mostrará a todos las bases comunes de nuestra civilización; creará poco a poco unos lazos parecidos a los que en otro tiempo forjaron las patrias. Será la fuerza contra la que se quebrarán todos los obstáculos.

Sin embargo, no se trata de fusionar los Estados asociados, de crear un súper estado. Nuestros Estados europeos son una realidad histórica; sería imposible psicológicamente hacerlos desaparecer. Su diversidad es incluso una fortuna y no deseamos nivelarlos ni igualarlos. En nuestra idea, la política europea no contradice en absoluto el ideal patriótico de cada uno de nosotros”.

Bibliografía:

[1] La Unión Europea: guiones para su enseñanza; Antonio Calonge Velázquez (Coord.) – Comares – Granada – 2004.

[2] El proceso de integración comunitario en marcha: de la CECA a los Tratados de Roma; Guillermo A. Pérez Sánchez – Comares – Granada – 2007.

[3] Por Europa; Robert Schuman – Encuentro – Madrid – 2006.

[4] Robert Schuman, padre de Europa (1886-1963); René Lejeune – Palabra – Madrid – 2000.