Reflexiones sobre el #15M y los movimientos sociales del siglo XXI


Como consecuencia de las protestas de la primavera de 2011, he escrito esta serie de artículos que, desde una perspectiva analítica, tratan de arrojar algo de luz sobre la importancia de estos nuevos movimientos.

#15M. Los movimientos sociales del siglo XXI
#15M. El ocaso de la Indignación
De Sol a sol. Los siete pecados capitales de la Indignación
#15M. La hora de la moderación
Sobre el #15M y las redes sociales
#15M. La historia de la acampada de Sol
#15M. De Twitter a la calle
#15M ¿Cómo funcionan los movimientos sociales del siglo XXI
#15M. DemocraciaRealYa vs Movimientos Sociales del Siglo XXI
#15M. Breve historia de una protesta novedosa
#15M. Entre el consenso de mínimos y el maximalismo
#15M ¿A la revolución por el agotamiento?#15M 
#15M. La financiación de la JMJ
#JMJ. Un movimiento social del siglo XXI alternativo

#JMJ. Un movimiento social del siglo XXI alternativo

Al día siguiente de escribir mi artículo sobre la financiación de la JMJ, los editores de «Ruta 42» me invitaron a escribir una crónica del evento. Lo cierto es que no me compremetí en un primer momento: respondí con una incógnita. Sin embargo, a mi regreso de Madrid eran tantas las cosas que tenía que decir que no pude resistirme a la tentación de plasmar sobre el papel mis impresiones sobre este encuentro.

Una vez más he insertado esta entrada dentro de las dedicadas a los movimientos sociales del siglo XXI. La razón de está decisión es sencilla: creo que las JMJ, si bien con un carácter distinto a los demás, puede incluirse dentro de este grupo. Precisamente esa diferencia es la que me lleva a darle la denominación de «alternativo», en la que no pretendo en ningún momento dar a entender una oposición de este con respecto a los demás.

Aunque todo lo que vivimos durante esos días no se puede recoger en apenas dos folios, espero que el artículo sea de vuestro agrado.

JMJ Madrid 2011: una experiencia inolvidable

Sorprende que un octogenario como Joseph Ratzinger haya conseguido reunir en Cuatro Vientos a la mayor multitud en la historia de este país. Aún durante el pontificado de Karol Wojtyla podía argumentarse que se trataba de un hombre con un carisma especial, un gran comunicador. No es mi intención restar virtudes a Benedicto XVI, pero su perfil está muy alejado del típico fenómeno de masas.

Quizás deberíamos empezar a pensar que no son Karol ni Joseph los que mueven a millones de peregrinos, sino que hay algo detrás. De hecho, ni uno ni otro hablan de sí mismos en las JMJ. El protagonista de sus discursos es un tercer hombre: Jesucristo.

Sólo en ese contexto se entiende el acontecimiento que, durante esta última semana, ha tenido lugar en el madrileño parque de El Retiro. Doscientos confesionarios llenos y colas de miles de personas, muchas de ellas ajenas a la JMJ que, en ese ambiente especial, decidieron abrir su corazón al perdón de Dios. Los católicos no somos distintos a los demás ciudadanos; no somos perfectos, pero tenemos la suerte de poder reconocer nuestras culpas, repararlas en la medida de lo posible y empezar de nuevo el camino con más alegría si cabe. El perdón, al fin y al cabo, tiene una fuerza difícil de medir.

Desde mi llegada a la capital en la tarde del viernes fui testigo del cariño con el que los ciudadanos de Madrid han recibido a los peregrinos. La oposición de los primeros días de agosto -provocada por informaciones contradictorias y, en buena medida, malintencionadas- dio paso a una complicidad entre madrileños y jóvenes, fruto de la alegría y el buen humor que suele acompañar a las JMJ. Siempre hay tristes excepciones, pero lo habitual eran los saludos, aplausos, abrazos, ofrecimientos, conversaciones agradables… ¡Gracias, Madrid!

El sábado por la mañana los madrileños volvieron a mostrar su hospitalidad cuando caminábamos desde el metro de Aluche a Cuatro Vientos. Mientras miles de banderas de los cinco continentes avanzaban hermanadas hacia el aeródromo, muchas personas del barrio salían a los balcones a aplaudir y nos tiraban agua para aliviar el intenso calor del mediodía.

Lo agradecían los coreanos y los brasileños, los italianos y los nigerianos, los franceses y, por supuesto, los chinos.

A ellos en concreto quiero dedicar unas palabras, pues pocas cosas me emocionaron tanto como ver a representantes de un país que, durante décadas, ha perseguido a la Iglesia. Cualquier católico que esté medianamente informado sobre lo que han sufrido –y sufren- los cristianos de China, no puede evitar que la emoción le embargue al levantar la mirada y ver una bandera roja de ese país rodeada por cientos de orientales sonriendo.

Poco antes de entrar en el aeródromo nos detuvimos en una oficina de la organización para comprar nuestra acreditación y la mochila del peregrino con todo su contenido. En total, 55 euros y el orgullo de poder decir con conocimiento de causa: “esta mochila la he pagado yo”. Por fin, ya dentro de Cuatro Vientos, fuimos testigos de un espectáculo poco común: serbios y croatas –enemigos hace apenas una década- bailaban juntos al son de canciones tradicionales, palestinos y judíos se tumbaban juntos a descansar mientras compartían suelo y agua, miles de personas llenaban las capillas y no eran pocos los que continúan allí la avalancha de confesiones de El Retiro.

En definitiva, cánticos, lecturas, oraciones, conversaciones… amenizaron nuestra espera. Esta mereció la pena, pues el Benedicto XVI dedicaba esas horas a visitar un centro para personas deficientes. Tras un emocionante discurso de uno de esos muchachos, el Papa pronunciaba unas palabras que se me han quedado grabadas: “Una sociedad que no acepta a los que sufren, no es una sociedad humana; nuestra sociedad necesita de vuestro ejemplo”.

A las 20.00 llegó Benedicto XVI a Cuatro Vientos. Por aquel entonces ya no cabía un alfiler en el aeródromo, lo que provocó que más de 150.000 personas tuvieran que seguir los actos desde fuera del recinto.

Esto no les desanimó, sino que, plantando sus tiendas en una amplia vaguada, se prepararon para acompañarnos a todos a pesar de tan gran contradicción. De entre estas cabe destacar la gran tormenta que nos calló encima durante más de veinte minutos. Respondimos con cantos, aplausos y alegría, demostrando una vez más que esta no depende de las circunstancias, sino que sale de dentro.

Tampoco se libró Benedicto XVI de los efectos de la tormenta. Ante la atónita mirada de Rouco, el viento se llevaba el solideo papal. Sin embargo, este permanecía impasible, mirando el ejemplo de cientos de miles de jóvenes que no se movían de allí. El cardenal arzobispo de Madrid le sugirió volver a la nunciatura, pero la respuesta del Papa fue firme: “Nos quedamos”. Y allí estuvo hasta que paró la tormenta, mirando esa multitud a la que poco después, haciendo uso de cierta dósis de humor, felicitaba por “haber vencido a la tormenta”.

Gracias a una brisa cálida que sopló durante más de una hora, pudimos secar todas nuestras pertenencias y meternos en el saco como si nada hubiera pasado. Sin embargo, no todos aprovecharon la noche para dormir. Muchas personas pasaron horas rezando en las capillas habilitadas para tal fin, y no pocos sacrificaron sus horas de sueño entre tertulias, cánticos y juegos de cartas. Eso si, ningún incidente.

En España solemos relacionar la presencia de grandes grupos de jóvenes con la palabra disturbios. Por eso quizás ha sorprendido que más de millón y medio de jóvenes no generáramos ningún tipo de incidente durante las veinticuatro horas que permanecimos en Cuatro Vientos. La buena educación y la obediencia a los organizadores y fuerzas de seguridad fueron quizás el secreto de ese triunfo.

Los datos del SAMUR están ahí: un millón y medio de jóvenes en el país del botellón y ningún paciente atendido por cuestiones relacionadas con el exceso de alcohol.

A la mañana siguiente, con más ojeras de lo habitual, asistimos a la Misa celebrada por el Papa. Desde el sector D5, en pleno centro de la explanada se podía contemplar a la multitud extenderse por los cuatro puntos cardinales. Sin embargo, lo verdaderamente grande no era el número de asistentes. Si fueron un millón o dos, millón y medio o quinientos mil, carece de importancia. Lo trascendental de esa multitud era su piedad, el silencio que mantuvo durante toda la celebración. Estando allí percibías que los que te rodeaban -ya fueran alemanes, canadienses o libaneses- no estaban simplemente asistiendo a una celebración, sino que estaban rezando intensamente.

A las 12.00 terminó la celebración, y con ella mi participación en la JMJ. Llegaba el momento de partir y dejar atrás una experiencia inolvidable. Todos nos llevábamos de Cuatro Vientos nuestros propósitos de mejora, nuestras sanas inquietudes y un sinfín de imágenes en la retina. Nos íbamos, al fin y al cabo, con la esperanza de estar en la JMJ de Río de Janeiro 2013, aunque mucho tendremos que ahorrar para semejante viaje.

#15M. La financiación de la JMJ

El siguiente artículo precisa de una aclaración, ya que no es mi intención, ni mucho menos, comparar la JMJ con el 15M. Sin embargo, este artículo tiene su origen en otro de Ruta42 que lo hacía. La redacción entendió mi mensaje, se portó muy bien y me invitó a colaborar.

Teniendo en cuenta el origen del artículo, la posición contraria a la JMJ de parte del 15M, y mi incapacidad para buscarle un hueco en otra sección del blog, decidí que la del 15M podía ser buena opción. Espero que disfrutéis del artículo.


¿Cómo se financia la Jornada Mundial de la Juventud?

Todos somos conscientes de la difícil coyuntura económica que atraviesa nuestro país. Cientos de miles de españoles sufren a diario las consecuencias de una crisis que, lejos de afectar exclusivamente al ámbito productivo y financiero, parace extenderse también al político y cultural.

En este contexto, muchos han optado por ejercer su derecho a la protesta, exigiendo en la calle un cambio de rumbo. Sin embargo, el mensaje de estos movimientos -dentro de los que destaca el 15M- aún no ha encontrado una recepción adecuada entre la clase política nacional.

En esta situación de crisis parece lógico que se produzca un recorte en los gastos públicos superfluos –no los necesarios y los relacionados con el bienestar-, y así lo han percibido los citados movimientos.

Ahí es donde, mal informados o, incluso, manipulados por determinadas fuentes de información, algunos ciudadanos han asociado la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) con ese tipo de desembolsos estatales.

Los medios de comunicación tienen una gran responsabilidad, pues surten a la ciudadanía de un derecho fundamental: la información. Por esa razón, sosprende que muchos de ellos publiquen datos erróneos sobre la JMJ y su financiación; artículos y columnas que, en una situación de crisis como la que hemos descrito, pueden provocar conflictos sociales que poco ayudan a sacarnos del agujero económico, político y cultural en el que nos encontramos.

Por no hablar del espectáculo de intolerancia religiosa y crispación que España puede dar al mundo en los próximos días.

Ante las acusaciones que se han vertido contra la Jornada de la Juventud -a la que se tilda de “gasto público inútil”- hay que indicar, en primer lugar, que este evento se autofinancia, no recibiendo ni un solo euro de las arcas del Estado. El presupuesto de la JMJ es de 50 millones, de los que un 75% se recauda con la cuota de inscripción de los casi 2 millones de asistentes (la cuota mínima es de 30 euros), y un 25% de donaciones privadas. Por tanto, no existe esa subvención pública directa de la que tanto han hablado determinadas personas, organismos y medios de comunicación.

De entre las donaciones privadas, cabe destacar la aportación de los patricinadores –El Corte Inglés, Grupo Prisa, Banco Santander, Iberia, Movistar, Coca-Cola…-, agrupados en la fundación “Madrid Vivo”. Estas empresas, al ser declarada la JMJ de “interés excepcional” por la ley presupuestaria, se benefician de degravaciones fiscales.

Al respecto hay que indicar que esa denominación no supone un privilegio, pues son numerosos los actos que, así calificados, se celebran en nuestro país. Podríamos entrar al debate sobre si la Jornada de la Juventud aporta algún beneficio a la sociedad. Sin embargo, tan sólo el número de participantes –muy superior al de los restantes actos de “interés excepcional”- convertiría esa polémica en algo ridículo.

Ahora bien, si aún así se quiere poner en duda el beneficio cultural y social de la JMJ, podríamos defenderla acudiendo a datos económicos. Se calcula que, sólo en Impuestos sobre el Valor Añadido (IVA), este evento aportará a las arcas públicas 60 millones de euros.

A esto hemos de añadir los más de 6 millones de beneficios que obtendrá el sector de la hostelería y el pequeño comercio de la capital. Estos datos se magnifican, además, si tenemos en cuenta que agosto es, tradicionalmente, el peor mes del año para el empleo madrileño.

Es cierto, no obstante, que los entes públicos colaboran en la seguridad de los actos, y también ceden determinados lugares para la celebración de los actos de la JMJ. Ahora bien, todos los gastos relacionados con la puesta a punto de las instalaciones, así como de su limpieza posterior, corren a cargo de la organización. Si tenemos en cuenta los beneficios económicos antes descritos, la aportación estatal parece lógica.

Tampoco es cierto que el Estado deba cargar con los gasto de alojamiento de Joseph Ratzinger.

La Nunciatura Apostólica -embajada del Estado Vaticano en España- será su lugar de residencia durante la Jornada de la Juventud. Por tanto, su estancia y demás gastos personales serán sufragados por la Santa Sede.

En resumen, cientos de miles de españoles han sido mal informados a lo largo de la última semana sobre un evento que, de por sí, traerá enormes beneficios sociales, económicos y culturales. Esto ha creado el caldo de cultivo propicio para una intolerancia religiosa que, además de manchar la imagen de nuestra sociedad cara a la comunidad internacional, contribuye a fragmentarla y a crear rencores enconados.

La situación de crisis en la que nos encontramos es algo muy delicado. Por esa razón, medios de comunicación, líderes políticos y organizaciones de diversa índole, deben mostrarse responsables de sus actos. Falsear la información, en ocasiones con fines ideológicos y partidistas, va contra los derechos ciudadanos. Esto, que de por sí debería generar el rechazo por parte de todos, se agrava como falta si tenemos en cuenta que señala como culpable del sufrimiento –o de parte de él- a un grupo concreto.