Gavrilo Princip, los orígenes de un nacionalista


Puedes leer la continuación de este texto en el siguiente enlace: La planificación y ejecución de los atentados de Sarajevo.

1894. En el enclave de Oblijaj, al noroeste de Bosnia, nacía Gavrilo, el cuarto hijo de Petar Princip y su esposa Marija. Partiendo de orígenes humildes, el cabeza de familia había logrado alcanzar cierto prestigio entre sus vecinos gracias a su empleo en el servicio postal austríaco. Compatibilizaba ese trabajo con la tarea que habían desempeñado sus antepasados: la agricultura. Aún así, los Princip no escapaban a la dureza de las condiciones de vida de la época y, mucho menos, a la pobreza, común denominador en la pequeña aldea. En pocos años, Gavrilo vio enterrar a seis de sus nueve hermanos, lo que sin duda dejó una profunda huella en su carácter. El joven bosnio se volvió taciturno, rasgo que unido a su carácter enfermizo y la debilidad de su anatomía, le hacían parecer insignificante e inofensivo. Sin embargo, eso cambiaba cuando la política, y más en concreto el destino de Bosnia, se convertían en el centro de una conversación. El personaje tímido se transformaba, dando paso a una inusitada verborrea que pronto le hizo granjearse fama de radical.

La vida que se iniciaba en el verano de 1894 hubiera transcurrido sin grandes sobresaltos de no ser por una serie de circunstancias que empujaron a Gavrilo al gran torrente de la historia. El hijo de Petar y Marija podía haber gastado sus días en una remota región de Bosnia, entre discusiones políticas y encendidas proclamas nacionalistas. Sin más público que los campesinos que frecuentaban las tabernas de la comarca. Pero decidió pasar a la acción, una acción que, materializada en el asesinato de los archiduques de Austria, hizo temblar los cimientos de la antigua Europa. Ningún gran estadista había oído jamás hablar de la pequeña Oblijaj, y mucho menos de las humildes familias campesinas que la habitaban. Apenas veinte años después, las principales potencias iban a la guerra utilizando como pretexto un acto perpetrado por Gavrilo Princip. La historia, tantas veces caprichosa e impredecible, puso sus ojos en un joven bosnio salido de un lugar que el mundo jamás había oído nombrar y que, seguramente tras él, nunca vuelva a aparecer como centro de la tragedia humana.

A comienzos del siglo XX, Bosnia importaba poco en las cancillerías de los estados más poderosos. Gran Bretaña, Francia y Alemania tenían puestos sus ojos en la gran expansión colonial que llevó a los imperios europeos a dominar tres quintas partes del globo. Tan sólo Austria y Rusia parecían tener cierto interés en la situación geopolítica de los Balcanes, pero pocos podían predecir que allí se encendería la mecha que los llevaría a la mayor guerra jamás vivida hasta entonces. Ahora bien, el orgullo de todos esos países se había incrementado tanto en las últimas décadas, que cualquier acontecimientos que hiriera la vanidad nacional podía provocar una catástrofe. Por esa y otras razones, quizás sea excesivo culpar a Gavrilo Princip del estallido de la Gran Guerra. Sin embargo, desde Homero el ser humano necesita poner rostro al origen de las catástrofes. De esta manera, de igual modo que Paris, al raptar a Helena, llevó a su patria a un duro conflicto con los aqueos, ese joven nacido en Oblijaj, con su idea romántica de liberar Bosnia del yugo austríaco, condujo a los hombres de su tiempo a una carnicería que terminó por reducir el mundo decimonónico a unas cenizas similares a las de la antigua Troya.

Al poco de cumplir los trece años, mientras esas grandes potencias se disputaban el dominio del mundo, Gavrilo abría los horizontes del suyo. Petar y Marija, aprovechando la buena marcha del negocio de exportación de madera iniciado en Sarajevo por Jovo, el segundo de sus hijos, le enviaron a la capital una vez finalizados sus estudios básicos. La idea inicial era preparar al joven para el ingreso en la academia militar, un destino que, teniendo en cuenta los humildes orígenes familiares, suponía un notable ascenso en la escala social. Por supuesto, todo ello hubiera sido imposible sin la ayuda de Jovo, que en pocos años se había convertido en el sostén de los Princip. Ese incremento de peso en la economía familiar también llevaba aparejado un aumento de su poder de decisión. De esta manera, al percatarse de que Gavrilo no reunía las condiciones físicas necesarias para ingresar en el ejército, decidió matricularlo en la Escuela de Comercio. Fue sin duda un acierto, ya que su hermano no sólo tenía una anatomía inadecuada para ese tipo de vida, sino que su nacionalismo bosnio favorecía en poco su ingreso en el ejército imperial austríaco.

Apenas llevaba un curso en la Escuela de Comercio cuando tuvo lugar el acontecimiento que marcó de manera decisiva su destino: el Imperio Austrohúngaro, que hasta entonces sólo ejercía el control militar sobre Bosnia, se anexionaba el territorio. Las manifestaciones, unidas en ocasiones a disturbios graves, se sucedieron durante el otoño de 1908 en las ciudades importantes del país. Incluso tuvieron eco fuera de sus fronteras, especialmente en la vecina Serbia que desde tiempo atrás reclamaba la formación de una gran nación eslava que agrupara a los pueblos de los Balcanes. Gavrilo participó intensamente en la protesta, e incluso, en una de las cargas de la caballería austríaca, estuvo a punto de resultar herido de gravedad. Por suerte para él, el sable del jinete rasgó únicamente sus ropas, quedando su filo a escasos milímetros de su piel.

Aquellas manifestaciones le permitieron entrar en contacto con otros jóvenes nacionalistas, muchos de ellos miembros de la Joven Bosnia. Esta organización de carácter nacionalista, compuesta fundamentalmente por estudiantes, constituyó el germen de la célula terrorista que en 1914 asesinó al archiduque Francisco Fernando y a su esposa, Sofía Chotek. Por aquel entonces el ideólogo del grupo era Vladimir Gaćinović, un joven ensayista cuatro años mayor que Princip. Con sus escritos y encendidos discursos, este serbo-bosnio hizo calar entre sus compañeros la doctrina del tiranicidio. A partir de ese momento, el asesinato de toda autoridad austríaca, en tanto que representante de la tiranía, no solo quedó justificado, sino que se convirtió en el medio fundamental de la Joven Bosnia para alcanzar el gran objetivo: la libertad de la patria y su unión con los pueblos eslavos del sur para formar Yugoslavia.

Precisamente mientras tenían lugar los disturbios de 1908, un simpatizante de la Joven Bosnia planeaba asesinar al emperador Francisco José aprovechando su visita a la ciudad de Mostar. Su nombre era Bogdan Žerajić, y, como es sabido, nunca llevó a término su plan. Pero eso no fue impedimento para que, plenamente convencido de la eficacia del tiranicidio, se viera envuelto en un nuevo atentado dos años después. En esa ocasión, el objetivo de este estudiante de Leyes era Marijan Varešanin, gobernador austríaco en Bosnia, a quien pretendía disparar durante la apertura de la Dieta que debía tener lugar el 10 de junio en Sarajevo. En el momento decisivo, Žerajić descargó con rabia cinco balas de su revolver sobre el gobernador. El sexto proyectil lo reservó para sí, quitándose la vida de un tiro en la cabeza. La víctima del atentado, sin embargo, salió indemne gracias a la poca pericia del terrorista en el manejo del arma.

El fracaso de Bogdan Žerajić, lejos de desanimar a los miembros de la Joven Bosnia, reforzó su convencimiento en que ese era el camino a seguir. La organización tenía ahora su primer mártir, cuya tumba se convirtió en centro de peregrinación para sus compañeros. De hecho, Gavrilo realizaría numerosas visitas al lugar. Allí juró dedicar su vida a la liberación de Bosnia y honrar su memoria realizando un atentado similar contra las autoridades imperiales.

Pero su situación en Sarajevo se complicaba por momentos. Con motivo de las protestas de 1912, cometió la imprudencia de recorrer el instituto amenazando, con un puño de metal, a todos los que no habían participado. Gavrilo, quien en su afán por ganar adeptos para la causa de Bosnia había pasado por todas las aulas, fue expulsado inmediatamente. No sólo su vida académica se vio afectada. Pronto se percató de que la policía austríaca, considerándolo un agitador y un terrorista en potencia, vigilaba sus movimientos. De esta manera, en mayo decidió trasladarse a Belgrado, capital de Serbia, con el fin de terminar allí sus estudios.

Los inicios de Gavrilo Princip como agitador coincidieron en el tiempo con la aparición en Serbia de Unificación o Muerte, una sociedad secreta más conocida como Mano Negra. El líder indiscutible era el coronel Dragutin Dimitrijević, cuyo nombre clave era Apis. Bajo sus órdenes actuaban una serie de altos oficiales del ejército que, al margen del gobierno, dirigían operaciones que tenían por fin la unificación de los Balcanes en una gran nación eslava. Uno de aquellos hombres era el comandante Vojislav Tankosić, con quien Gavrilo Princip se entrevistó a los pocos meses de abandonar Sarajevo. El motivo de ese encuentro fue el empeño del bosnio por alistarse en el ejército y participar así, en la guerra que Serbia y Bulgaria acababan de iniciar contra el Imperio Otomano. Su primera tentativa tuvo lugar en Belgrado, donde el comité militar de la ciudad le rechazó a causa de su baja estatura. Gavrilo no se rindió. Quería participar de manera activa en la construcción de la gran nación balcánica, y entendía que en ese momento el mejor modo de hacerlo era combatir junto a los serbios. Por tanto, solicitó una entrevista con Tankosić, cuyo ejército estaba estacionado en Prokuplje, en la frontera que por aquel entonces Serbia compartía con los otomanos. Gavrilo viajó en vano, pues su debilidad física y su escasa estatura llevaron al miembro de la Mano Negra a rechazarlo de inmediato.

Los caminos de Tankosić y Princip volverían a cruzarse dos años después, generando tal seísmo en la vida de la vieja Europa que, aún hoy, sus consecuencias son perceptibles. Ahora bien, tras su entrevista de 1912, mientras el primero de ellos iniciaba una campaña triunfal que terminaría por sepultar el poder otomano en los Balcanes, el joven bosnio, profundamente abatido, emprendía el viaje de regreso a Belgrado.

Gavrilo tardó varios días en recuperarse de aquella decepción. Se sentía humillado y no paraba de maldecir su suerte, esa que le había deparado un cuerpo endeble que, aún en tiempos de necesidad, era rechazado por el ejército serbio. Pero como en otras ocasiones, la fase depresiva tocó a su fin cuando apareció ante él una nueva meta, una nueva forma de servir a su gran objetivo nacionalista. Cuando Živojin Rafajlović, uno de los pocos amigos que tenía en Belgrado, le recomendó para ingresar en un campo de entrenamiento militar, Princip volvió a sentir el ardor de la sangre en sus venas. Su espíritu romántico despertó, lanzándose de manera frenética y obsesiva a su nueva tarea. Durante varias semanas participó en unas maniobras dirigidas a formar militarmente a jóvenes bosnios para una futura insurrección contra el poder austríaco. Allí Gavrilo practicó tanto lanzamiento de bombas como puntería con armas de fuego, destrezas que, de cara al atentado contra los archiduques, fueron de gran utilidad.

Cuando las jornadas de entrenamiento en Vranje tocaron a su fin, Princip volvió a Belgrado. Allí, sin demasiados sobresaltos, transcurrió el siguiente año. Un periodo de tiempo en el que, sin éxito, se presentó en varias ocasiones al examen de acceso a los estudios de bachillerato. Pero esa relativa paz se vio alterada en marzo de 1914. La momentánea coincidencia de intereses de la Mano Negra y la Joven Bosnia, unida a las obligaciones de representación del heredero a la corona imperial austríaca, el archiduque Francisco Fernando, brindaron a Gavrilo la oportunidad que estaba esperando. Desde ese momento, se entregó de lleno a los preparativos de una acción terrorista que marcaría su destino y el de toda una generación.

Las fuerzas de oposición al zarismo


Las primeras corrientes importantes de oposición al zarismo se desarrollaron en el campo ruso hacia la segunda mitad del siglo XIX. El primer movimiento que cabe destacar fue el creado por los denominados “nihilistas”, grupo inicialmente de carácter intelectual, que posteriormente evolucionó hacia el terrorismo.

Sin embargo, el movimiento más importante en las últimas décadas del siglo fue el populismo (narodniki), que se oponía a la industrialización masiva, defendiendo la reforma de las comunidades rurales. Inspirados en el pensamiento de Bakunin, los populistas fundaron “Tierra y Libertad”, una organización que concretó sus esfuerzos en la acción directa.

Su persistencia en perpetrar atentados contra Alejandro II alcanzó sus frutos en 1881, año en el que el zar moría víctima de las bombas terroristas.

Fue entre los años finales del siglo XIX y los comienzos del XX cuando surgieron las corrientes de oposición que dieron lugar a la formación de los dos partidos políticos que más influencia ejercieron en el movimiento revolucionario.

El primero fue el Partidos Socialista Revolucionario (SR o eserita), con gran influencia entre los campesinos. Fundado en 1901, recogió la tradición del populismo, especialmente en lo que hace referencia a la defensa de los campesinos como clase revolucionaria. Propugnaba la necesidad de destruir el zarismo y de instaurar una sociedad colectivista de base rural.

El segundo, fundado por Plejanov en 1898, fue el Partido Obrero Socialdemócrata Ruso, de tendencia marxista y afiliado a la II Internacional. Entre sus miembros destacaba Vladimir Ilich Uliánov (Lenin), que fue quien adaptó el marxismo a las condiciones específicas de Rusia y el gran artífice de la revolución de 1917.

Hacia 1903 surgieron dentro del partido dos tendencias, mencheviques y bolcheviques, que en 1912 se escindieron definitivamente. Unos y otros aceptaban el esquema marxista de la revolución, que preveía la necesidad de derribar el orden feudal como paso previo a la destrucción del orden burgués por parte del proletariado. Sin embargo, las discrepancias surgieron a la hora de analizar el papel que debía desempeñar la burguesía en la revolución y el carácter que debía tener el partido.

  • Respecto al primer punto, los mencheviques defendían una separación muy clara entre la revolución burguesa y la revolución socialista. Los bolcheviques, en cambio, partían de la base de la incapacidad de la burguesía para protagonizar una revolución propia.
  • Respecto al segundo punto, los mencheviques defendían un partido de masas según el modelo de la socialdemocracia europea. Los bolcheviques concebían un partido de combate, formado por revolucionarios profesionales y con una férrea disciplina.
La corriente liberal y democrática se formó más lentamente y siempre fue más débil, pues en Rusia la burguesía era poco numerosa.

Los sectores liberales se desarrollaron dentro de los zemstva cuando algunos comenzaron a defender la necesidad de establecer un régimen constitucional. En 1905 se fundó el Partido Constitucionalista Demócrata (Kadet) que se oponía a cualquier tipo de acción revolucionaria y propugnaba la necesidad de luchar dentro del marco legal para alcanzar la democracia.

Las tensiones internacionales previas a la Primera Guerra Mundial


En el verano de 1914 estallaba el que, hasta la Segunda Guerra Mundial, fue el conflicto más importante y destructivo de la historia de la humanidad. Más de treinta naciones de todo el mundo, así como sus imperio coloniales, se enfrentaron en una guerra que se cobró más de diez millones de muertos. Su final, en 1918, dio lugar a un nuevo panorama mundial, marcado por la decadencia de las potencias europeas, el ascenso norteamericano y el comienzo de una era de incertidumbre, crisis y miedo. En esta clase se abordan las tensiones prebélicas, quedando las restantes para cuestiones como la introducción a la Guerra, la Paz Armada, el sistema de alianzas, el estallido del conflicto, los contendientes y los principales frentes de la Gran Guerra. También hay apartados dedicados a su evolución (1914, 1915, 1916, 1917 y 1918) y consecuencias. Este repaso finaliza con un vídeo sobre los tratados de paz y otro sobre la fundación de la Sociedad de Naciones.

Las crisis diplomáticas previas al conflicto


Entre 1905 y 1914 estallaron diferentes disputas territoriales que consolidaron los dos bloques: Triple Alianza (Alemania, Austria e Italia) y Triple Entente o aliados (Francia, Rusia y Reino Unido).

La primera crisis fue colonial y se produjo en Marruecos.

En 1905, Alemania se opuso al acuerdo franco-británico del año anterior porque cerraba su posibilidad de establecerse en el norte de África. Para solucionarlo se convocó la Conferencia de Algeciras en 1906, que aceptó el reparto del territorio de Marruecos entre España y Francia.

A su vez, imponía la internacionalización de la economía de la zona. Esto propició que España se comprometiera con Francia y Reino Unido en caso de amenaza, lo que suponía su alejamiento de la órbita alemana. De otro lado, Rusia firmó un acuerdo con Reino Unido en 1907 para resolver sus problemas en Persia y Afganistán.

La segunda crisis se localizó en los Balcanes en 1908, cuando Austria se anexionó Bosnia-Herzegovina a costa del Imperio Otomano.

Ante el apoyo de Alemania, Rusia y Serbia tuvieron que ceder, pero aumentó la enemistad entre estos Estados.

La tercera crisis se originó otra vez en territorio marroquí, en 1911.

Se produjeron rebeliones contra el sultán de Marruecos, que pidió ayuda a Francia. Los franceses ocuparon Fez y, en compensación, los españoles ocuparon Larache y Alcazarquivir. Estas actuaciones vulneraban lo decidido en la Conferencia de Algeciras, por lo que Alemania trasladó el cañonero Panther a Agadir.

La crisis se solucionó con la cesión a Alemania de territorios congoleños y guineanos con el fin de que reconociera la nueva situación marroquí.

La cuarta crisis tuvo lugar de nuevo en los Balcanes.

En 1912, Bulgaria, Serbia y Grecia declararon la guerra al Imperio Otomano para conseguir la liberación de Macedonia. Una vez alcanzado ese objetivo, los tres países se enemistaron, iniciando una nueva guerra entre ellos de la que Serbia saldría triunfadora.

Las potencias extra-europeas: los EE.UU. y Japón


El siglo XIX vio crecer el poder de dos Estados extraeuropeas destinados a convertirse en dos grandes potencias a lo largo del siglo XX: los Estados Unidos y Japón.

Estos dos países reclamaron su papel en la conquista colonial, y lo hicieron sobre todo en el área que creían que le correspondía con más derechos que a los europeos. Los japoneses veían en el Pacífico y en la parte oriental del continente asiático su área natural de expansión. Los EE.UU. tenían como principal objetivo el dominio económico del continente americano, según las bases de la Doctrina Monroe.

Fue en estas dos zonas donde intentaron ocupar el lugar de las potencias europeas.

Gracias a su potencial económico -en 1913 poseía el 36% de la producción industrial del mundo-, Estados Unidos se consideró preparado para iniciar su expansión territorial. De esta manera, en el último tercio del siglo XIX, marcó las líneas maestras de su política colonial.

En primer lugar, se trató de un imperialismo de proximidad: América Central, América del Sur y el Caribe fueron las regiones que recibieron más directamente su influencia. Además, presentó una segunda originalidad que lo diferenciaba del imperialismo europeo y que anunciaba el tipo de dominio colonial del siglo XX: el neocolonialismo. Este se caracterizaba, no tanto por la conquista territorial y el control político directo, sino por la influencia y la sumisión económica.

Los norteamericanos estuvieron interesados en dominar determinados países y en someterlos a sus intereses económicos. Para ello utilizaron los gobiernos débiles y corruptos de las oligarquías locales y, en ocasiones, la intervención militar. Así, hacia 1870 comenzó la expansión de sus intereses financieros en la zona del Caribe, creando lo que se llamó el “área dólar”.

En 1898, con la excusa de la voladura del acorazado “Maine”, declararon la guerra a España y destruyeron su armada en Cuba y Filipinas. España se vio obligada a reconocer la independencia de Cuba y cedió Puerto Rico y Filipinas a EE.UU. También en 1898 los norteamericanos ocuparon las islas Hawai, en el Pacífico.

Japón inició su industrialización a partir de la revolución Meiji (1867-1912) y, en paralelo a su crecimiento económico, comenzó su expansión territorial.

La necesidad de proveerse de materias primas, vitales para un país falto de recursos naturales, y la búsqueda de mercados para sus productos, condujeron a Japón por la senda del colonialismo. Así, la intervención japonesa en Corea provocó la guerra con China (1894-1895), que fue derrotada y tuvo que ceder a los japoneses Formosa y Port Arthur. A su vez, China tuvo que renunciar a la soberanía sobre Corea, que se convirtió en zona de influencia nipona.

El expansionismo japonés chocó también con los intereses rusos en la zona, lo que provocó un enfrentamiento entre ambos en 1904 y 1905, con una sorprendente victoria de Japón. Esta victoria, además de otorgarle el control incuestionable sobre Corea y Manchuria, supuso la entrada de Japón en el club de las potencias imperialistas, en pie de igualdad con las europeas.

La ocupación de Asia


La expansión por Asia y Extremo Oriente presentó, relativamente, pocas dificultades. Además, se trató de un escenario donde las rutas del Índico cobraron gran importancia.

Mientras Francia extendía su dominio por el Sureste asiático, Gran Bretaña ocupaba Birmania y creaba un protectorado en Afganistán, con el que intentaba controlar y detener las apetencias rusas.

Con la presencia occidental en Asia fueron, sin embargo, dos imperios milenarios los que se vieron afectados en forma más espectacular e importante: China y Japón. En ambos casos, la evolución de su propia historia se vio cortada radical y dramáticamente, iniciándose un nuevo periodo que en cada uno de los casos siguió un camino muy distinto.

En China, la situación llevó a extremos especialmente tensos, ocasionando una resistencia nacional que estalló por primera vez en las llamadas Guerras del Opio.

El definitivo advenimiento de la República en 1912 se debió a los desordenes sociales y a la intervención extranjera durante el siglo XIX, hechos que erosionaron por completo a la estática e inamovible civilización.

Como a China, el encuentro de Japón con el mundo occidental en el siglo XIX fue traumático y forzado. Sin embargo, su principal efecto no fue la descomposición, sino su crecimiento y desarrollo social, político y económico.

Una transformación previsible, al imponerse Occidente sobre una sociedad equilibrada y estable.

Sobre este desarrollo económico se edificó, a su vez, un patriotismo imperialista ávido de emular los avances europeos.

Béla Király

Este texto forma parte de un conjunto de breves biografías que he elaborado sobre la Revolución Húngara de 1956. Para ver la lista completa, pincha aquí.


Bela_Kiraly(1912-1989) Militar de carrera e historiador, Király combatió en la Segunda Guerra Mundial y al finalizar esta se integró en el Ejército Popular húngaro, en donde alcanzó el grado de teniente general y fue miembro de Estado Mayor. En 1951 cayó en desgracia y, acusado injustamente, fue procesado y condenado a muerte, pena que se le conmutó por la de cadena perpetua. En 1956 quedó en libertad. En el levantamiento popular de otoño de 1956 se sumó a los insurrectos y fue comandante de las fuerzas armadas de Budapest y de la Milicia Nacional. Con la derrota de la insurrección se exilió en los Estados Unidos y entre 1968 y 1982 fue profesor universitario en diferentes centros superiores estadounidenses. En 1989 regresó a Hungría. Entre sus publicaciones destaca, por sus aportaciones autobiográficas y documentales, especialmente significativas en el caso del levantamiento de octubre y noviembre de 1956, el libro Honvédségböl néphadsereg (Del Ejército Nacional Húngaro al Ejército Popular), Budapest, Co-Nexus, 1986.

János Kádár

Este texto forma parte de un conjunto de breves biografías que he elaborado sobre la Revolución Húngara de 1956. Para ver la lista completa, pincha aquí.


Janos_Kadar

(1912-1989) Militante comunista desde los primeros tiempos, János Kádár dirigió el Partido Comunista en el interior de Hungría desde la Segunda Guerra Mundial. Al finalizar ésta entró en el Comité Central y en Politburó del Partido con el cargo de vicesecretario general. Entre 1948 y 1950 fue Ministro del Interior. Un año después fue detenido y procesado bajo acusaciones falsas. Rehabilitado en 1954, se reincorporó a la organización comunista como responsable del distrito XIII de Budapest. En julio de 1956 recuperó su puesto en el Comité Central y el Politburó del Partido. Al comenzar el Gobierno de Nagy de octubre de 1956 fue designado Ministro de Estado y el 25 de octubre el Comité Central lo nombró secretario general del Partido. El desarrollo de la revuelta y el papel del Partido en los tiempos más recientes lo llevaron el 1 de noviembre a plantear su disolución para crear uno nuevo: el Partido Socialista Obrero Húngaro (PSOH).

En su comisión gestora participaron, además del propio Kádár como presidente, Imre Nagy, Zoltán Szánto, Géza Losonczy, Ferenc Donáth, Sándor Kopácsi y el prestigioso filósofo marxista György Lukács. Al mismo tiempo, Imre Nagy nombró un nuevo Gobierno en el que aparecía Kádár, quien a su vez preparaba un Gobierno alternativo. En esfecto, el 4 de noviembre János Kádár anunció en Szolnok la creación de un Gobierno “revolucionario, obrero y campesino” encabezado por él y auspiciado por la URSS. En su primer mensaje a través de Radio Szolnok al pueblo de Hungría, Kádár anunció que había solicitado ayuda militar a los soviéticos para terminar con la insurrección. Desde el 4 de noviembre de 1956 y hasta mayo de 1988 János Kádár fue el máximo dirigente del régimen socialista de Hungría en calidad de secretario general del PSOH; desde esa fecha hasta su muerte en junio de 1989 ocupó el cargo de presidente del Partido.

Austria-Hungría: de la Monarquía Dual a la desintegración (1867-1918)

 Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 16 de diciembre de 2007.


El siglo que va desde la derrota napoleónica en 1815 al comienzo de la Gran Guerra en 1914 estuvo marcado por el auge del nacionalismo en el continente europeo. En este contexto la monarquía de los Habsburgo sufrió no pocas dificultades para mantener unido su imperio plurinacional. Además, el XIX no fue únicamente la época de las naciones; lo fue también de la ideología liberal. Es bien sabido que, de igual forma, los austro-húngaros presentaban en este aspecto numerosas carencias.

Por lo tanto, unas estructuras arcaicas tuvieron que hacer frente durante casi cien años a las embestidas de las dos grandes corriente ideológicas del momento.

En esta batalla podemos distiguir claramente los elementos disgregadores de los que tendían a fortalecer el viejo sistema. Entre los primeros encontramos a las fuerzas liberales y democráticas del momento, y a los distintos pueblos que formaban parte del Imperio (germanos, eslavos del norte, eslavos del sur, magiares, rumanos e italianos). Dentro del segundo grupo estaban la propia Corona, el ejército, la burocracia, la alta nobleza, los grandes empresarios y los ciudadanos de las distintas etnias que se mantenían fieles al poder central.

Como consecuencia de la victoria sobre la revolución en 1848, se estableció en el Imperio una política centralista y absolutista; al tiempo que se procedió a la modernización de las estructuras económicas. No obstante, con la derrota en las guerras contra Italia (1859) y Prusia (1866) se hizo inevitable el cambio dentro de la estructura estatal. Nació así la Monarquía Dual.

Se redactó entonces una constitución que prometía la igualdad de derechos, y que obligaba, en el periodo de diez años, a convocar una votación en los territorios húngaros del Imperio con el fin de ratificar o rechazar la unión con Austria (Ausgleich). Además, el triunfo de Prusia puso fin a la influencia de los Habsburgo en territorio alemán. Esto obligó a los austríacos a reorientar su política expansionista hacia los Balcanes, que ya en esas fechas era uno de los puntos más conflictivos del mapa continental. Allí el Imperio chocó tanto con los intereses italianos en el Adriático, como con las ideas yugoslavistas de los propios serbios.

La situación de los Balcanes dentro del panorama internacional fue, hasta los primeros años del siglo XX, una cuestión de segundo orden.

Su cambio de status –la transformación de este en un problema de vital importancia para la paz- fue consecuencia de la intervención de las potencias extra-balcánicas en las luchas de los nacionalismos autóctonos ¿Qué potencias y qué nacionalismos? En el primer grupo destacaron Austria, Rusia, e Italia; y en el segundo Serbia –el sueño de la Gran Serbia- y Bulgaria.

Sin embargo, una guerra de proporciones similares a la de 1914-1918 no se produjo en un primer momento gracias a la vigencia del equilibrio bismarckiano. Fue con la ruptura de este –aproximadamente a partir de 1907- cuando comenzaron los problemas. La Monarquía Dual, aprovechando la debilidad exhibida por Rusia en su conflicto de 1905 con Japón, procedió a la anexión de Bornia-Herzegovina en 1908.

Esto produjo un enorme malestar en la Corte de Pedro I, que en aquellos mismos meses estaba embarcado en el proyecto de construcción de la Gran Serbia. A continuación los acontecimientos siguieron un desarrollo muy similar a los de 1914: se desató la cadena de alianzas, que involucró en el naciente conflicto a Alemania y Francia. Finalmente, la mediación británica y el sentido común de los gobernantes lograron frenar la escalada belicista.

El escollo se salvó en 1908, pero de la crisis se habían extraído enseñanzas muy útiles para el verano de 1914. Además, los bloques que más tarde se enfrentaron en la Gran Guerra quedaron perfectamente perfilados tras estos sucesos.

En 1912 tuvo lugar la guerra entre el Imperio Otomano y la Liga Balcánica. La causa: sacar el mayor provecho a la debilidad del primero en sus posesiones europeas. Los turcos resultaron derrotados, firmándose la Paz de Londres que, sin embargo, no puso fin a la guerra. Una vez vencido el “hombre enfermo” –nombre dado a los otomanos durante el siglo XIX- los miembros de la Liga se enfrentaron para repartirse el botín. Todo acabó con el triunfo de Serbia, que logró hacerse con la hegemonía tras la Paz de Bucarest.

Esto reavivó el recelo austro-húngaro hacia sus vecinos eslavos. Tan sólo hacía falta una afrenta como el atentado sobre el Archiduque Francisco Fernando, asesinado junto con su mujer el 28 de junio de 1914 por el estudiante Gabrilo Princep, para empujar a Europa a una catastrófica guerra civil. En esa ocasión volvió a desencadenarse el juego de las alianzas sin que nadie pudiera detenerlo.

La Gran Guerra duró cuatro años y provocó millones de muertos, entre ellos la Monarquía Dual de Austria-Hungría.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea I y II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.