Gavrilo Princip, los orígenes de un nacionalista


Puedes leer la continuación de este texto en el siguiente enlace: La planificación y ejecución de los atentados de Sarajevo.

1894. En el enclave de Oblijaj, al noroeste de Bosnia, nacía Gavrilo, el cuarto hijo de Petar Princip y su esposa Marija. Partiendo de orígenes humildes, el cabeza de familia había logrado alcanzar cierto prestigio entre sus vecinos gracias a su empleo en el servicio postal austríaco. Compatibilizaba ese trabajo con la tarea que habían desempeñado sus antepasados: la agricultura. Aún así, los Princip no escapaban a la dureza de las condiciones de vida de la época y, mucho menos, a la pobreza, común denominador en la pequeña aldea. En pocos años, Gavrilo vio enterrar a seis de sus nueve hermanos, lo que sin duda dejó una profunda huella en su carácter. El joven bosnio se volvió taciturno, rasgo que unido a su carácter enfermizo y la debilidad de su anatomía, le hacían parecer insignificante e inofensivo. Sin embargo, eso cambiaba cuando la política, y más en concreto el destino de Bosnia, se convertían en el centro de una conversación. El personaje tímido se transformaba, dando paso a una inusitada verborrea que pronto le hizo granjearse fama de radical.

La vida que se iniciaba en el verano de 1894 hubiera transcurrido sin grandes sobresaltos de no ser por una serie de circunstancias que empujaron a Gavrilo al gran torrente de la historia. El hijo de Petar y Marija podía haber gastado sus días en una remota región de Bosnia, entre discusiones políticas y encendidas proclamas nacionalistas. Sin más público que los campesinos que frecuentaban las tabernas de la comarca. Pero decidió pasar a la acción, una acción que, materializada en el asesinato de los archiduques de Austria, hizo temblar los cimientos de la antigua Europa. Ningún gran estadista había oído jamás hablar de la pequeña Oblijaj, y mucho menos de las humildes familias campesinas que la habitaban. Apenas veinte años después, las principales potencias iban a la guerra utilizando como pretexto un acto perpetrado por Gavrilo Princip. La historia, tantas veces caprichosa e impredecible, puso sus ojos en un joven bosnio salido de un lugar que el mundo jamás había oído nombrar y que, seguramente tras él, nunca vuelva a aparecer como centro de la tragedia humana.

A comienzos del siglo XX, Bosnia importaba poco en las cancillerías de los estados más poderosos. Gran Bretaña, Francia y Alemania tenían puestos sus ojos en la gran expansión colonial que llevó a los imperios europeos a dominar tres quintas partes del globo. Tan sólo Austria y Rusia parecían tener cierto interés en la situación geopolítica de los Balcanes, pero pocos podían predecir que allí se encendería la mecha que los llevaría a la mayor guerra jamás vivida hasta entonces. Ahora bien, el orgullo de todos esos países se había incrementado tanto en las últimas décadas, que cualquier acontecimientos que hiriera la vanidad nacional podía provocar una catástrofe. Por esa y otras razones, quizás sea excesivo culpar a Gavrilo Princip del estallido de la Gran Guerra. Sin embargo, desde Homero el ser humano necesita poner rostro al origen de las catástrofes. De esta manera, de igual modo que Paris, al raptar a Helena, llevó a su patria a un duro conflicto con los aqueos, ese joven nacido en Oblijaj, con su idea romántica de liberar Bosnia del yugo austríaco, condujo a los hombres de su tiempo a una carnicería que terminó por reducir el mundo decimonónico a unas cenizas similares a las de la antigua Troya.

Al poco de cumplir los trece años, mientras esas grandes potencias se disputaban el dominio del mundo, Gavrilo abría los horizontes del suyo. Petar y Marija, aprovechando la buena marcha del negocio de exportación de madera iniciado en Sarajevo por Jovo, el segundo de sus hijos, le enviaron a la capital una vez finalizados sus estudios básicos. La idea inicial era preparar al joven para el ingreso en la academia militar, un destino que, teniendo en cuenta los humildes orígenes familiares, suponía un notable ascenso en la escala social. Por supuesto, todo ello hubiera sido imposible sin la ayuda de Jovo, que en pocos años se había convertido en el sostén de los Princip. Ese incremento de peso en la economía familiar también llevaba aparejado un aumento de su poder de decisión. De esta manera, al percatarse de que Gavrilo no reunía las condiciones físicas necesarias para ingresar en el ejército, decidió matricularlo en la Escuela de Comercio. Fue sin duda un acierto, ya que su hermano no sólo tenía una anatomía inadecuada para ese tipo de vida, sino que su nacionalismo bosnio favorecía en poco su ingreso en el ejército imperial austríaco.

Apenas llevaba un curso en la Escuela de Comercio cuando tuvo lugar el acontecimiento que marcó de manera decisiva su destino: el Imperio Austrohúngaro, que hasta entonces sólo ejercía el control militar sobre Bosnia, se anexionaba el territorio. Las manifestaciones, unidas en ocasiones a disturbios graves, se sucedieron durante el otoño de 1908 en las ciudades importantes del país. Incluso tuvieron eco fuera de sus fronteras, especialmente en la vecina Serbia que desde tiempo atrás reclamaba la formación de una gran nación eslava que agrupara a los pueblos de los Balcanes. Gavrilo participó intensamente en la protesta, e incluso, en una de las cargas de la caballería austríaca, estuvo a punto de resultar herido de gravedad. Por suerte para él, el sable del jinete rasgó únicamente sus ropas, quedando su filo a escasos milímetros de su piel.

Aquellas manifestaciones le permitieron entrar en contacto con otros jóvenes nacionalistas, muchos de ellos miembros de la Joven Bosnia. Esta organización de carácter nacionalista, compuesta fundamentalmente por estudiantes, constituyó el germen de la célula terrorista que en 1914 asesinó al archiduque Francisco Fernando y a su esposa, Sofía Chotek. Por aquel entonces el ideólogo del grupo era Vladimir Gaćinović, un joven ensayista cuatro años mayor que Princip. Con sus escritos y encendidos discursos, este serbo-bosnio hizo calar entre sus compañeros la doctrina del tiranicidio. A partir de ese momento, el asesinato de toda autoridad austríaca, en tanto que representante de la tiranía, no solo quedó justificado, sino que se convirtió en el medio fundamental de la Joven Bosnia para alcanzar el gran objetivo: la libertad de la patria y su unión con los pueblos eslavos del sur para formar Yugoslavia.

Precisamente mientras tenían lugar los disturbios de 1908, un simpatizante de la Joven Bosnia planeaba asesinar al emperador Francisco José aprovechando su visita a la ciudad de Mostar. Su nombre era Bogdan Žerajić, y, como es sabido, nunca llevó a término su plan. Pero eso no fue impedimento para que, plenamente convencido de la eficacia del tiranicidio, se viera envuelto en un nuevo atentado dos años después. En esa ocasión, el objetivo de este estudiante de Leyes era Marijan Varešanin, gobernador austríaco en Bosnia, a quien pretendía disparar durante la apertura de la Dieta que debía tener lugar el 10 de junio en Sarajevo. En el momento decisivo, Žerajić descargó con rabia cinco balas de su revolver sobre el gobernador. El sexto proyectil lo reservó para sí, quitándose la vida de un tiro en la cabeza. La víctima del atentado, sin embargo, salió indemne gracias a la poca pericia del terrorista en el manejo del arma.

El fracaso de Bogdan Žerajić, lejos de desanimar a los miembros de la Joven Bosnia, reforzó su convencimiento en que ese era el camino a seguir. La organización tenía ahora su primer mártir, cuya tumba se convirtió en centro de peregrinación para sus compañeros. De hecho, Gavrilo realizaría numerosas visitas al lugar. Allí juró dedicar su vida a la liberación de Bosnia y honrar su memoria realizando un atentado similar contra las autoridades imperiales.

Pero su situación en Sarajevo se complicaba por momentos. Con motivo de las protestas de 1912, cometió la imprudencia de recorrer el instituto amenazando, con un puño de metal, a todos los que no habían participado. Gavrilo, quien en su afán por ganar adeptos para la causa de Bosnia había pasado por todas las aulas, fue expulsado inmediatamente. No sólo su vida académica se vio afectada. Pronto se percató de que la policía austríaca, considerándolo un agitador y un terrorista en potencia, vigilaba sus movimientos. De esta manera, en mayo decidió trasladarse a Belgrado, capital de Serbia, con el fin de terminar allí sus estudios.

Los inicios de Gavrilo Princip como agitador coincidieron en el tiempo con la aparición en Serbia de Unificación o Muerte, una sociedad secreta más conocida como Mano Negra. El líder indiscutible era el coronel Dragutin Dimitrijević, cuyo nombre clave era Apis. Bajo sus órdenes actuaban una serie de altos oficiales del ejército que, al margen del gobierno, dirigían operaciones que tenían por fin la unificación de los Balcanes en una gran nación eslava. Uno de aquellos hombres era el comandante Vojislav Tankosić, con quien Gavrilo Princip se entrevistó a los pocos meses de abandonar Sarajevo. El motivo de ese encuentro fue el empeño del bosnio por alistarse en el ejército y participar así, en la guerra que Serbia y Bulgaria acababan de iniciar contra el Imperio Otomano. Su primera tentativa tuvo lugar en Belgrado, donde el comité militar de la ciudad le rechazó a causa de su baja estatura. Gavrilo no se rindió. Quería participar de manera activa en la construcción de la gran nación balcánica, y entendía que en ese momento el mejor modo de hacerlo era combatir junto a los serbios. Por tanto, solicitó una entrevista con Tankosić, cuyo ejército estaba estacionado en Prokuplje, en la frontera que por aquel entonces Serbia compartía con los otomanos. Gavrilo viajó en vano, pues su debilidad física y su escasa estatura llevaron al miembro de la Mano Negra a rechazarlo de inmediato.

Los caminos de Tankosić y Princip volverían a cruzarse dos años después, generando tal seísmo en la vida de la vieja Europa que, aún hoy, sus consecuencias son perceptibles. Ahora bien, tras su entrevista de 1912, mientras el primero de ellos iniciaba una campaña triunfal que terminaría por sepultar el poder otomano en los Balcanes, el joven bosnio, profundamente abatido, emprendía el viaje de regreso a Belgrado.

Gavrilo tardó varios días en recuperarse de aquella decepción. Se sentía humillado y no paraba de maldecir su suerte, esa que le había deparado un cuerpo endeble que, aún en tiempos de necesidad, era rechazado por el ejército serbio. Pero como en otras ocasiones, la fase depresiva tocó a su fin cuando apareció ante él una nueva meta, una nueva forma de servir a su gran objetivo nacionalista. Cuando Živojin Rafajlović, uno de los pocos amigos que tenía en Belgrado, le recomendó para ingresar en un campo de entrenamiento militar, Princip volvió a sentir el ardor de la sangre en sus venas. Su espíritu romántico despertó, lanzándose de manera frenética y obsesiva a su nueva tarea. Durante varias semanas participó en unas maniobras dirigidas a formar militarmente a jóvenes bosnios para una futura insurrección contra el poder austríaco. Allí Gavrilo practicó tanto lanzamiento de bombas como puntería con armas de fuego, destrezas que, de cara al atentado contra los archiduques, fueron de gran utilidad.

Cuando las jornadas de entrenamiento en Vranje tocaron a su fin, Princip volvió a Belgrado. Allí, sin demasiados sobresaltos, transcurrió el siguiente año. Un periodo de tiempo en el que, sin éxito, se presentó en varias ocasiones al examen de acceso a los estudios de bachillerato. Pero esa relativa paz se vio alterada en marzo de 1914. La momentánea coincidencia de intereses de la Mano Negra y la Joven Bosnia, unida a las obligaciones de representación del heredero a la corona imperial austríaca, el archiduque Francisco Fernando, brindaron a Gavrilo la oportunidad que estaba esperando. Desde ese momento, se entregó de lleno a los preparativos de una acción terrorista que marcaría su destino y el de toda una generación.

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