Historia de Japón | De Hirohito a Naruhito


¿Qué sucedió en Japón después de la Primera Guerra Mundial? En este episodio abordamos los reinados de Hirohito, Akihito y Naruhito

ESTRUCTURA DEL VÍDEO:

  • 0:24. La democracia Taishō.
  • 2:14. La Segunda Guerra Sino-Japonesa.
  • 4:05. El bombardeo de Pearl Harbor.
  • 5:44. La guerra en el Pacífico.
  • 8:00. Los kamikazes y las bombas de Hiroshima y Nagasaki.
  • 10:02. La ocupación y el Tratado de San Francisco.
  • 11:43. Japón en la segunda mitad del siglo XX.

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BIBLIOGRAFÍA:

  1. Breve historia de Japón; Mikiso Hane – Alianza.
  2. Religiones de Japón; Michiko Yusa – Akal.
  3. Samuráis, la historia de los grandes guerreros de Japón; Stephen Turnbull – Libsa.

DIAPOSITIVAS DEL VÍDEO:

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La Revolución de 1905


Durante los primeros años del siglo XX, Rusia sufrió una profunda crisis económica que agravó aún más sus diferencias. Como consecuencia de una crisis de sobreproducción, la demanda disminuyó y se retrajeron las inversiones extranjeras. Las condiciones de vida se hicieron más duras, tanto en el campo, donde un par de malas cosechas empeoraron la situación, como en la ciudad.

El resultado fue un importante movimiento reivindicativo que se extendió por todo el Imperio.

En esta coyuntura de crisis, el Estado ruso se vio implicado en una guerra con Japón, su gran rival en Asia. Los japoneses no estaban de acuerdo con el expansionismo ruso en la zona de Manchuria, así que decidieron atacar la base naval rusa de Port Arthur.

La guerra fue un desastre para el ejército ruso y las derrotas militares se fueron sucediendo. Los problemas económicos y las dificultades exteriores fueron suficientes para unir a todos los sectores de oposición al zar en una demanda de mejores condiciones de vida y democratización del sistema.

La revolución de 1905 fue el primer gran intento de convertir el Imperio Ruso en una monarquía parlamentaria y constitucional. La chispa que encendió la revolución fue la manifestación pacífica ante el Palacio de Invierno de más de 100.000 personas reclamando reformas sociales, libertades y una Asamblea Constituyente. La manifestación fue disuelta a tiros por la guardia cosaca con el resultado de mil muertos y dos mil heridos.

El acontecimiento será recordado con el nombre de “Domingo Sangriento”.

Tras estos hechos, la revuelta se extendió rápidamente. Los bolcheviques promovieron huelgas en muchos centros industriales, mientras los eseritas estimularon la agitación campesina reclamando la propiedad colectiva de la tierra. Al movimiento revolucionario se unieron algunas insurrecciones de soldados, siendo la más conocida la del acorazado “Potemkin”. Por su parte, los delegados liberales de la zemstva aprovecharon el descontento general para reclamar el sufragio universal.

Con la movilización surgió una nueva organización de masas, los soviets (consejos), que a la larga tendrían una gran trascendencia en la historia de Rusia. Los soviets eran asambleas de delegados de las fábricas y de las organizaciones obreras, constituidos como instituciones democráticas espontáneas.

En medio de una población casi analfabeta, los métodos expeditivos que empleaban (votación a mano alzada, asambleas públicas, elección directa de los órganos superiores…) acercaron la política a las masas. Los primeros soviets surgieron en San Petersburgo y Moscú, extendiéndose rápidamente por los centros industriales más importantes de Rusia.

Ante el peligro de una guerra civil, Nicolás II se vio obligado a ceder, y en el Manifiesto de Octubre se comprometió a convocar una asamblea nacional (Duma) elegida por sufragio universal. El zar también se comprometió a garantizar el respeto de las libertades públicas.

No obstante, con el tiempo se vio que las reformas eran más aparentes que reales. El sufragio se organizó de manera corporativa e indirecta para impedir una posible victoria de la oposición. Además, el sistema era constitucional, pero no parlamentario, pues los ministros no eran responsables ante la Duma y el zar tenía iniciativa a la hora de legislar.

En 1914 parecía que el Estado zarista había puesto fin a los problemas. El poder absoluto del zar permanecía intacto, el orden había sido restablecido, el progreso industrial se había reanudado con gran fuerza y los problemas del campo se habías apaciguado ligeramente.

Sin embargo, la difícil coyuntura de la I Guerra Mundial volvió a pones de manifiesto las contradicciones del sistema.

Las potencias extra-europeas: los EE.UU. y Japón


El siglo XIX vio crecer el poder de dos Estados extraeuropeas destinados a convertirse en dos grandes potencias a lo largo del siglo XX: los Estados Unidos y Japón.

Estos dos países reclamaron su papel en la conquista colonial, y lo hicieron sobre todo en el área que creían que le correspondía con más derechos que a los europeos. Los japoneses veían en el Pacífico y en la parte oriental del continente asiático su área natural de expansión. Los EE.UU. tenían como principal objetivo el dominio económico del continente americano, según las bases de la Doctrina Monroe.

Fue en estas dos zonas donde intentaron ocupar el lugar de las potencias europeas.

Gracias a su potencial económico -en 1913 poseía el 36% de la producción industrial del mundo-, Estados Unidos se consideró preparado para iniciar su expansión territorial. De esta manera, en el último tercio del siglo XIX, marcó las líneas maestras de su política colonial.

En primer lugar, se trató de un imperialismo de proximidad: América Central, América del Sur y el Caribe fueron las regiones que recibieron más directamente su influencia. Además, presentó una segunda originalidad que lo diferenciaba del imperialismo europeo y que anunciaba el tipo de dominio colonial del siglo XX: el neocolonialismo. Este se caracterizaba, no tanto por la conquista territorial y el control político directo, sino por la influencia y la sumisión económica.

Los norteamericanos estuvieron interesados en dominar determinados países y en someterlos a sus intereses económicos. Para ello utilizaron los gobiernos débiles y corruptos de las oligarquías locales y, en ocasiones, la intervención militar. Así, hacia 1870 comenzó la expansión de sus intereses financieros en la zona del Caribe, creando lo que se llamó el “área dólar”.

En 1898, con la excusa de la voladura del acorazado “Maine”, declararon la guerra a España y destruyeron su armada en Cuba y Filipinas. España se vio obligada a reconocer la independencia de Cuba y cedió Puerto Rico y Filipinas a EE.UU. También en 1898 los norteamericanos ocuparon las islas Hawai, en el Pacífico.

Japón inició su industrialización a partir de la revolución Meiji (1867-1912) y, en paralelo a su crecimiento económico, comenzó su expansión territorial.

La necesidad de proveerse de materias primas, vitales para un país falto de recursos naturales, y la búsqueda de mercados para sus productos, condujeron a Japón por la senda del colonialismo. Así, la intervención japonesa en Corea provocó la guerra con China (1894-1895), que fue derrotada y tuvo que ceder a los japoneses Formosa y Port Arthur. A su vez, China tuvo que renunciar a la soberanía sobre Corea, que se convirtió en zona de influencia nipona.

El expansionismo japonés chocó también con los intereses rusos en la zona, lo que provocó un enfrentamiento entre ambos en 1904 y 1905, con una sorprendente victoria de Japón. Esta victoria, además de otorgarle el control incuestionable sobre Corea y Manchuria, supuso la entrada de Japón en el club de las potencias imperialistas, en pie de igualdad con las europeas.

El Japón contemporáneo hasta 1945

Artículo publicado por Historia en Presente el 10 de julio de 2008.


La semana pasada publicaba un artículo sobre la Historia de China entre 1800 y 1949. En esta ocasión, teniendo en cuenta la intensa relación entre el gigante asiático y sus vecinos nipones, me he decidido a escribir algo acerca de Japón en esas mismas fechas. Como se comprueba a lo largo de las siguientes líneas, las referencias a China son constantes.

Japón a comienzos del siglo XIX

Japón era a principios del periodo contemporáneo un país agrícola. Sin embargo, aunque era heredero cultural de China, no estaba tan lastrado por la tradición como esta. La estructura japonesa, que presentaba rasgos propios de la jerarquización feudal, estaba abierta a un rápido desarrollo; tan sólo era necesario ponerlo en marcha. Hemos dicho que Japón debía buena parte de su identidad a la aportación del gigante continental.

No obstante, a diferencia de los chinos, los japoneses no despreciaban las virtudes militares, sino todo lo contrario. Además, aunque existía un rechazo al extranjero, veían con buenos ojos la práctica del comercio, que era controlado por el grupo de los daimíos.

La evolución japonesa es análoga a la de China. A lo largo de este periodo Japón hace concesiones a los países industrializados: cede una base a los holandeses en Nagasaki, permite la entrada de los norteamericanos en 1853, y otorga privilegios a Rusia tras ser derrotada militarmente. No obstante, en lugar de cerrarse más sobre sí mismo, tal como tendió a hacer el gobierno chino, Japón se sume en una profunda crisis. El final de esta marcó el comienzo del desarrollo de los nipones hasta llegar a convertirse en una gran potencia industrial, diplomática y militar.

La formación del imperio japonés: ruptura del aislacionismo

Tras la crisis originada por las derrotas y concesiones comerciales de la década de 1850, Japón emprendió el camino del desarrollo; un avance que le iba a equiparar en pocas décadas a las potencias occidentales. De esta forma, en la guerra que le enfrentó a China por el control de Corea y Manchuria (1894-1895), los japoneses obtuvieron un rápida y sorprendente victoria.

El éxito militar se repitió en el conflicto de 1904-1905 con Rusia por idénticos territorios. Cinco años más tarde, en 1910, Japón se anexionó Corea, y en 1914, aprovechando la Gran Guerra, las posesiones alemanas en el Océano Pacífico. Finalmente, los japoneses presentaron a China en 1915 una lista de veintiún peticiones. La aceptación de la misma suponía de hecho el control de la nación nipona sobre el gigante continental.

Las causas del imperialismo japonés que acabamos de describir hemos de buscarlas en la Revolución Meiji, que afectó a casi todos los campos de la vida política, económica, social y cultural de Japón.

A este hecho hemos de añadir la explosión demográfica experimentada por el país, el aumento de la producción de arroz y las consiguientes ganancias vía exportación, el rápido desarrollo industrial de esos años, las indemnizaciones de guerra aportadas por las naciones derrotadas… Además, los japoneses tomaron conciencia de que la escasez de materias primas en su propio territorio les obligaba a importarlas y, por tanto, para equilibrar la balanza de pagos debían exportar productos manufacturados. En definitiva, este desarrollo le permitió a Japón llevar una política de rechazo a la presencia occidental en extremo oriente algo similar a la Doctrina Monroe norteamericana.

El expansionismo japonés

Tras la Gran Guerra (1914-1918), Japón se integró en las corrientes políticas de Occidente. Fue uno de los protagonistas de los tratados de paz, en los que, como potencia victoriosa, sacó compensaciones; eso sí, no tantas como las que esperaba, lo que le llevó a formar bloque con la irredenta Italia. Los japoneses se vieron arrastrados también por la oleada democrática-liberal que sacudió el globo tras el conflicto. Esto obligó al gobierno imperial a introducir ligeros cambios en su propio sistema político. No obstante, esos ideales democráticos fueron barridos por la crisis de los años treinta.

En esos años, el poder militar, que nunca había llegado a someterse a las autoridades civiles, tomó el poder tras un breve periodo de rumores y “ruido de sables”.

Con un gobierno semifascista en el poder, los japoneses invadieron Manchuria en el año 1931, estableciendo en este territorio un estado satélite. Posteriormente, envalentonados con el progresivo repliegue británico en el Pacífico, presentaron nuevas exigencias a la China de Chiang Kai-shek, a la que finalmente declararon la guerra en 1937. Este conflicto se solapó con la II Guerra Mundial, en la que Japón se integró en virtud del pacto Antikomintern firmado con la Alemania nacionalsocialista y la Italia fascista.

El declive de la potencia japonesa en la guerra se inició con el mayor de sus éxitos: el bombardeo de Pearl Harbour.

El enfrentamiento con los EE.UU., caracterizado por numerosos enfrentamientos en las numerosas islas del Pacífico, terminó en derrota tras la batalla de Midway y los ataques atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki en verano de 1945. En los acuerdos de Potsdam y Yalta se sancionaba la pérdida, por parte de Japón, de los territorios ocupados en China, Formosa y Corea. Además, los norteamericanos ocuparon varias islas en el Pacífico a costa del poder japonés, que era obligado a desmilitarizarse y a establecer un régimen democrático de estilo anglosajón.

Bibliografía

[1] Historia Universal Contemporánea I y II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] La creación de Japón 1853-1964; Ian Buruma – Barcelona – Mondadori– 2003.

[4] Historia del Japón I. El fin del shogunato y el Japón Meiji, 1853-1912; J. Mutel – Barcelona – Vicens Vives– 1972.

[5] Japón en el siglo XX: de imperio militar a potencia económica; Luis Eugenio Togores Sánchez – Madrid – Arco-Libros– 2000.

[6] Historia del nacionalismo; Hans Kohn – México – Fondo de Cultura Económica – 1984.