La Revolución de 1905


Durante los primeros años del siglo XX, Rusia sufrió una profunda crisis económica que agravó aún más sus diferencias. Como consecuencia de una crisis de sobreproducción, la demanda disminuyó y se retrajeron las inversiones extranjeras. Las condiciones de vida se hicieron más duras, tanto en el campo, donde un par de malas cosechas empeoraron la situación, como en la ciudad.

El resultado fue un importante movimiento reivindicativo que se extendió por todo el Imperio.

En esta coyuntura de crisis, el Estado ruso se vio implicado en una guerra con Japón, su gran rival en Asia. Los japoneses no estaban de acuerdo con el expansionismo ruso en la zona de Manchuria, así que decidieron atacar la base naval rusa de Port Arthur.

La guerra fue un desastre para el ejército ruso y las derrotas militares se fueron sucediendo. Los problemas económicos y las dificultades exteriores fueron suficientes para unir a todos los sectores de oposición al zar en una demanda de mejores condiciones de vida y democratización del sistema.

La revolución de 1905 fue el primer gran intento de convertir el Imperio Ruso en una monarquía parlamentaria y constitucional. La chispa que encendió la revolución fue la manifestación pacífica ante el Palacio de Invierno de más de 100.000 personas reclamando reformas sociales, libertades y una Asamblea Constituyente. La manifestación fue disuelta a tiros por la guardia cosaca con el resultado de mil muertos y dos mil heridos.

El acontecimiento será recordado con el nombre de “Domingo Sangriento”.

Tras estos hechos, la revuelta se extendió rápidamente. Los bolcheviques promovieron huelgas en muchos centros industriales, mientras los eseritas estimularon la agitación campesina reclamando la propiedad colectiva de la tierra. Al movimiento revolucionario se unieron algunas insurrecciones de soldados, siendo la más conocida la del acorazado “Potemkin”. Por su parte, los delegados liberales de la zemstva aprovecharon el descontento general para reclamar el sufragio universal.

Con la movilización surgió una nueva organización de masas, los soviets (consejos), que a la larga tendrían una gran trascendencia en la historia de Rusia. Los soviets eran asambleas de delegados de las fábricas y de las organizaciones obreras, constituidos como instituciones democráticas espontáneas.

En medio de una población casi analfabeta, los métodos expeditivos que empleaban (votación a mano alzada, asambleas públicas, elección directa de los órganos superiores…) acercaron la política a las masas. Los primeros soviets surgieron en San Petersburgo y Moscú, extendiéndose rápidamente por los centros industriales más importantes de Rusia.

Ante el peligro de una guerra civil, Nicolás II se vio obligado a ceder, y en el Manifiesto de Octubre se comprometió a convocar una asamblea nacional (Duma) elegida por sufragio universal. El zar también se comprometió a garantizar el respeto de las libertades públicas.

No obstante, con el tiempo se vio que las reformas eran más aparentes que reales. El sufragio se organizó de manera corporativa e indirecta para impedir una posible victoria de la oposición. Además, el sistema era constitucional, pero no parlamentario, pues los ministros no eran responsables ante la Duma y el zar tenía iniciativa a la hora de legislar.

En 1914 parecía que el Estado zarista había puesto fin a los problemas. El poder absoluto del zar permanecía intacto, el orden había sido restablecido, el progreso industrial se había reanudado con gran fuerza y los problemas del campo se habías apaciguado ligeramente.

Sin embargo, la difícil coyuntura de la I Guerra Mundial volvió a pones de manifiesto las contradicciones del sistema.
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La Rusia de los zares: la autocracia zarista


A principios de siglo XX, el Imperio Ruso mantenía una monarquía absoluta en la que el zar aparecía investido de un poder autocrático que procedía de Dios, y en la que la arbitrariedad era la norma del Estado.

Nadie controlaba los actos del zar, que gobernaba por decreto (ukases) y ninguna institución protegía a los súbditos de la omnipotencia de un Estado que se sustentaba en cuatro pilares:

  • La burocracia, estructura administrativa que garantizaba el funcionamiento del inmenso Imperio Ruso. El sistema estaba corrupto y los funcionarios se habían convertido en una auténtica nobleza administrativa.
  • El ejército, instrumento esencial del expansionismo ruso sobre el resto de los territorios del Imperio. Sus mandos estaban exclusivamente reservados exclusivamente a la nobleza.
  • La Iglesia Ortodoxa, cuya cabeza era el propio zar, ejercía el papel de garante del orden y salvaguardia de las tradiciones.
  • La policía (ojrana), protagonista de un sistema represivo muy duro que garantizaba el mantenimiento del orden.
Hasta 1905, en tiempos del zar Nicolás II, no hubo en Rusia ninguna institución representativa a nivel nacional que sirviese de contrapeso al poder absoluto de los zares.

En el año 1846 se había aceptado la creación de unas asambleas territoriales, los llamados zemstva, que no eran representativas ante el poder, ya que solamente tenían algunas atribuciones a nivel local.

Con el mismo criterio, en el año 1870, se crearon las asambleas urbanas o dumas municipales, que eran elegidas por sufragio censitario. Sin embargo, ambos organismos estaban, de hecho, bajo la tutela de la Administración y eran controlados por la nobleza y los propietarios.