Dimensión internacional de la Revolución de los Jazmines

Esta entrada forma parte de un conjunto de artículos que he escrito sobre el origen y desarrollo de la «Primavera Árabe» en Túnez y Egipto. Para leer los restantes textos dedicados a esta cuestión, haz clic aquí.


El efecto dominó

La Revolución de los Jazmines fue seguida en todo el mundo, pero con especial atención por la población de los países árabes. Desde el inicio de las protestas, miles de ciudadanos de esas naciones se manifestaron en apoyo del pueblo tunecino. Más tarde, cuando este les mostró la ruta para terminar con las dictaduras, emprendieron ellos mismos el camino.

Las declaraciones de Amr Musa, secretario general de la Liga Árabe, a los pocas horas de la huida de Ben Alí resultaron proféticas: “La sociedad árabe tiene unos elementos de construcción, actuación y reacción similares, así que no podemos simplemente considerar a Túnez como un incidente aislado”.

En términos similares a los utilizados por Amr Musa se expresaba el intelectual argelino Iman Uenzar: “Quizás no habrá catarata de derrocamientos, pero la fiebre social se contagiará. Tendremos disturbios sociales más intensos y frecuentes que hasta la fecha”.

Por su parte, Mohamed Lagab, analista político y profesor de Políticas en la Universidad de Argel, afirmaba, en declaraciones a Reuters, que “Túnez es ahora el modelo a seguir para todos los árabes. La época de los dictadores y las dictaduras ha terminado».

En Egipto, Hamdy Hassan, portavoz de los Hermanos Musulmanes, grupo islamista con más arraigo en el país, lanzaba un aviso a los regímenes del norte de África: «Intuimos de que habrá una explosión que impactará a los países árabes como ha sucedido en Túnez”.

Conscientes quizás de los peligros que traía consigo la Revolución de los Jazmines, muchos gobiernos árabes optaron por una política de silencio informativo.

Incluso en Marruecos, desde los primeros días de enero, las autoridades prohibieron la celebración de actos en apoyo a Túnez. Fue el único país que tomó una medida semejante. Por contra, como excepción que confirma la regla, el líder libio Muammar al-Gaddafi se solidarizó con las reivindicaciones del pueblo tunecino. Paradoja del destino, pues, hasta la fecha, es el único dictador del norte de África ejecutado como consecuencia de la Primavera Árabe.

Los medios de comunicación del mundo musulmán no secundaron ese silencio. En Líbano, el diario de izquierdas As Safir se mostró favorable a la expansión de la revolución a otros países del entorno: “deseamos que esta primera revolución popular del siglo XXI sea un modelo para el cambio en el mundo árabe esperado desde hace mucho tiempo”. Por su parte, el colaborador de Le Quotidien d`Oran, Kamel Daud, escogía un llamativo “Sueño con ser tunecino” como título para su columna.

En la misma línea se expresaba El Watan, periódico argelino de corte liberal, en un editorial titulado “¡Viva el efecto dominó!: Túnez es un sueño para millones de argelinos privados de libertad y democracia”. Por su parte, con un tono más moderado, el semanario marroquí Maroc Hebdo consideraba que Túnez no era un caso aislado.

La figura de Mohamed Bouazizi estuvo muy presente en las incipientes protestas de otros países del entorno. En Argelia, cuatro personas optaron por expresar su descontento quemándose a lo bonzo, si bien ninguno de ellos llegó a fallecer. El primero, registrado el miércoles 12 de enero en la localidad de Bordj Menaïel, era un padre de familia numerosa que trabajaba como agente de las fuerzas de seguridad.

H. Samir, natural de la ciudad de Jijel, eligió para inmolarse el mismo día de la huida de Ben Alí. Mohsen Bouterfif, lo hizo el día 15 de enero en Boujadra, una localidad cercana a la frontera con Túnez. Por último, el domingo día 16, Senuci Tuat se situó frente a la sede de las fuerzas de seguridad de Mostaganem, localidad situada a 350 kilómetros de Argel, y, derramando gasolina sobre sus piernas, se prendió fuego.

Las inmolaciones comenzaron en Egipto el día 17 de enero, con Abdou Abdel-Moneim Jaafar, natural de Shibin el Qanater, como protagonista.

Al día siguiente, tres egipcios más decidieron quemarse a lo bonzo: Mohammed Farouk Hassan y Mohammed Ashour Sorour, en El Cairo, y Ahmed Hashim al-Sayyed, en Alejandría. Este último falleció en el acto. El 17 de enero fue también el día elegido por Yaghoub Uld Dahud para quemarse a lo bonzo frente al Senado de Nuakchot, capital de Mauritania. Este empresario de cuarenta años, cansado del trato discriminatorio que el gobierno daba a su tribu, decidió protestar rociando su coche con gasolina, encerrándose en él y prendiéndole fuego.

Situaciones similares a las citadas de Argelia, Egipto y Mauritania fueron repitiéndose en la mayor parte de los países árabes durante la segunda mitad del mes de enero. En líneas generales, todos estos sucesos tuvieron dos rasgos comunes: su cercanía temporal con el final del régimen de Ben Alí y una inmediata reacción favorable por parte de la población.

En definitiva, la Revolución de los Jazmines habían demostrado que los regímenes dictatoriales del mundo árabe eran más frágiles de lo esperado. A partir de entonces, no faltaron ciudadanos dispuestos a iniciar la protesta quemándose a lo bonzo, ni tampoco personas que secundaran sus actos con manifestaciones multitudinarias.

A partir del 25 de enero, Egipto se convirtió en el nuevo centro de la opinión pública internacional. Una manifestación convocada por diversas organizaciones a través de las redes sociales iba a dar lugar al segundo derrocamiento de la Primavera Árabe.

Los jóvenes egipcios que, el día 14 de enero, gritaban aquello de “Ben Alí, vete ya, y de paso llévate a Mubarak”, acabaron cumpliendo su objetivo apenas un mes después. Pero no sólo se produjeron revueltas “a la tunecina” en el país del Nilo, sino también en Palestina, Arabia Saudí, Jordania, Marruecos, Siria… Pocos días después de la manifestación en Egipto, miles de personas eran convocadas, mediante SMS, a una gran concentración en la ciudad de Yeda (Arabia Saudí).

Los manifestantes se enfrentaron a los agentes de seguridad que trataron de disolverlos, siendo detenidos más de cien ciudadanos. Al mismo tiempo, en Ammán, capital de Jordania, un gran número de ciudadanos acudían a la convocatoria de los Hermanos Musulmanes para pedir la bajada del precio de los productos alimenticios y elecciones libres.

Construyendo un nuevo paradigma revolucionario

Pocas semanas antes de la Revolución de los Jazmines, podían contarse con los dedos de una mano las personas que creían posible el fin inmediato del régimen tunecino. Los acontecimientos que tuvieron lugar en el país mediterráneo a caballo entre 2010 y 2011, han cambiado de forma decisiva nuestra percepción de la realidad social del Magreb.

Sin embargo, no sólo se ha visto afectado ese paradigma, sino también el propio concepto de revolución, así como la política exterior de buena parte de los países occidentales.

Hasta los acontecimientos de la Primavera Árabe, las dictaduras del Magreb eran percibidas como algo sólido e inamovible. La posibilidad de que fueran derrocadas por una revolución popular se veía como algo remoto, y, en todo caso protagonizado por grupos islamistas. En esa situación, Occidente prefería apoyar a los regímenes de esos países antes que verlos sometidos a la Sharia.

Los sucesos de Túnez acabaron con esa hipótesis. En enero de 2011, Ben Alí cayó con sorprendente facilidad, y no por la acción de los grupos islamistas –de hecho, la actividad del partido Ennahdha fue muy escasa durante esos días-, sino por el descontento de los ciudadanos de a pie.

Por tanto, las dictaduras del norte de África no eran ni tan sólidas como se decía, ni el último baluarte contra la expansión de la Sharia. Siendo así las cosas, parece evidente que Occidente, sosteniendo esos regímenes poco respetuosos con los derechos humanos, ha sido un obstáculo para la democracia en los países árabes.

Además, el nuevo paradigma se alimenta de dos elementos desconocidos hasta ahora en el norte de África: la autonomía del ejército y el uso de las nuevas tecnologías como medios de convocatoria y plataformas para la coordinación de la protesta.

Analizando el caso tunecino, observamos que Ben Alí sólo optó por abandonar el poder cuando descubrió que no tenía el respaldo de los altos mandos militares. Por cierto, situación muy similar a la vivida por Hosni Mubarak un mes después en Egipto.

El ejército tunecino, al fin y al cabo, desempeñó un papel fundamental en la Revolución de los Jazmines; y no sólo eso, sino que también mostró un camino alternativo a los militares de otros países. En definitiva, se erigieron en árbitros de la pugna entre el régimen y el pueblo, inclinando la balanza, finalmente, del lado de este último.

El uso de las nuevas tecnologías, y muy especialmente las redes sociales, constituyó otro elemento novedoso de la revuelta tunecina. Sin lugar a dudas, su papel como medios de convocatoria, ha cambiado notablemente la noción de revolución que teníamos hasta la fecha.

Pero su rol no se limito a lo meramente organizativo. Gracias a la última generación de dispositivos móviles, los manifestantes pudieron grabar videos y hacer fotografías que, de forma inmediata, eran subidas a la red. De esta manera, en todo el país, y en el mundo entero, cualquiera podía acceder a ese material gráfico.

Ahora bien, si por algo se caracterizó la Revolución de los Jazmines fue por su carácter bloguero. Las bitácoras tuvieron, si cabe, una mayor importancia en los acontecimientos de Túnez que las redes sociales.

De entre ellas, cabe destacar A tunisian girl desde donde Lina Ben Mhenni, una joven de 27 años, combatió el régimen de Ben Alí. Incluso un año antes de la inmolación de Mohamed Bouazizi ya había empezado a desafiar al gobierno junto con otros blogueros del país. Por desempeñar esa labor fueron perseguidos, detenidos y torturados. Pero su perseverancia obtuvo sus frutos cuando, en diciembre de 2010, el pueblo tunecino se levantó contra el dictador.

La Primavera Árabe


A finales de 2010 comenzó en Túnez una oleada revolucionaria que, a lo largo de los meses siguientes, fue extendiéndose por varios países del norte de África y Asia Menor. Ese proceso, que conocemos con el nombre de «Primavera Árabe», tuvo incluso su influencia en Occidente, con protestas y acampadas como la de la Puerta del Sol en Madrid o la de Wall Street en Nueva York.

Precisamente con motivo de la aparición del movimiento español #15M, escribí en este blog una serie de artículos sobre la cuestión. Textos que dieron lugar a un proyecto más amplio, tanto en contenido como en participantes, que nunca llegó a finalizarse. Del naufragio de ese libro que trataron de promocionar los responsables de Actually Notes, tan sólo llegué a completar dos capítulos, los referidos a Túnez y Egipto. Han pasado dos años desde que los terminé, y pienso que lo mejor es compartirlos en Historia en Comentarios:

Túnez: la Revolución de los Jazmines
Cincuenta y cuatro años de dictadura
Los comienzos de la Primavera Árabe
Dimensión internacional de la Revolución de los Jazmines
Túnez después de Ben Alí

La revolución egipcia: todos somos khaled Saeed
Nuevos faraones sobre el país del Nilo
Mi nombre es Khaled Said
El Día de la Ira
El pulso por el poder
El triunfo de la revolución
Wael Ghonim
Egipto en la era post-Mubarak

Egipto en la era post-Mubarak

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*Esta texto se terminó de escribir en marzo de 2012, por lo que no incluye los acontecimientos históricos posteriores a esa fecha.


La revolución en manos del ejército

El mensaje televisado de Omar Suleiman anunciando la renuncia del presidente Hosni Mubarak devolvió temporalmente la calma a las plazas y calles de Egipto. El poder se entregó, de manera temporal, al Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas. Este, mediante un comunicado hecho público el 12 de febrero se comprometía a «traspasar pacíficamente el poder, en el marco de un sistema democrático, a una autoridad civil». Es decir, a convocar elecciones legislativas para la constitución de una nueva cámara que tuviese como misión fundamental la redacción de una constitución para el país.

Al abrigo de la nueva autoridad militar, los distintos grupos de oposición comenzaron a prepararse para las primeras elecciones de la era post-Mubarak. El mejor organizado de todos era, sin lugar a dudas, el partido de los Hermanos Musulmanes.

El largo periodo de clandestinidad al que se habían visto relegados los islamistas durante los treinta años de dictadura no había sido suficiente para terminar con su prestigio entre determinados sectores de la sociedad. Los resultados de las elecciones de 2005, a las que habían concurrido bajo otras siglas obteniendo el 20% de los escaños, constituían buena prueba de ello.

Entre los restantes grupos políticos con posibilidades de obtener representación parlamentaria destacaba el partido laico Al Ghad, bajo el liderazgo de Ayman Nur; la Coalición de Jóvenes de la Revolución, formada por algunas de las organizaciones responsables de las revueltas; el partido de Mohamed el-Baradei, Premio Nobel de la Paz y ex Director General de la Agencia Internacional de la Energía Atómica; y el Partido Nour, otro grupo integrista, en este caso de corte salafista.

Además, algunas de las principales figuras del régimen no descartaban su participación en los comicios. Este era el caso del diplomático Amr Musa o del propio ex vicepresidente Omar Suleiman.

Mientras tanto, el nuevo hombre fuerte de Egipto, si bien de manera interina, era Mohamed Hussein Tantawi, mariscal que ostentaba la presidencia del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas.

En su haber, al margen de su historial militar, cabe destacar su condición de ministro de Defensa y Armamento desde 1991, así como de viceprimer ministro desde el 31 de enero de 2011. Sobre él recaía la compleja tarea de lleva al país a un régimen democrático, sin despertar por el camino los recelos de los revolucionarios, islamistas, aliados occidentales o del propio ejército al que representaba.

Si bien las manifestaciones disminuyeron en las primeras semanas tras la marcha de Mubarak, pronto la tensión volvió a ser frecuente en las calles. A comienzos de marzo la crisis económica se convirtió en la protagonista de las protestas de miles de egipcios. Los bajos salarios y el alto índice de paro, monopolizaron unas consignas que poco a poco fueron volviéndose más críticas con el gobierno interino y con el mariscal Tantawi.

La frustración por la falta de recursos acabó por transformarse en un clamor contra la lentitud con la que las autoridades estaban llevando a cabo la transición política. En las calles y plazas del país comenzaba a circular la sospecha de que habían hecho la revolución para cambiar un dictador, Mubarak, por otro, Tantawi.

Lo cierto es que, a la mala situación económica de finales de 2010, se unían las consecuencias negativas que para el sector del turismo había tenido la revolución de enero y febrero de 2011.

La crisis política se dejó notar en el producto interior bruto de Egipto, que se contrajo un 7% en ese periodo. Además, la ausencia de turistas afectó a casi dos millones de trabajadores, lo que suponía elevar la tasa de desempleo por encima del 10%. El gobierno, temiendo que esta situación llevase a un estancamiento de la economía que contribuiría a elevar la pobreza y, por ende, la tensión social, pidió al Fondo Monetario Internacional un préstamo de tres mil millones de dólares. Buena parte de estos fondos fueron dirigidos, de manera inmediata an aumento en los subsidios de alimentos y comestibles.

Una vez solventada la papeleta económica, el gobierno de Tantawi inició una serie de actuaciones con el fin de dar a entender a la población que la transición real estaba en marcha. En primer lugar, el mariscal ratificó que su único objetivo era conducir al país a unas elecciones legislativas que le llevaran a convertirse en una democracia.

Al mismo tiempo, para de demostrar el compromiso del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas con la revolución, se despidieron a más de cien policías de alto rango por los actos llevados a cabo contra los manifestantes de la plaza de Tahrir en el mes de enero. Además, se condenó a muerte a un policía por el asesinato de varios manifestantes durante la jornada del 28 de enero, y se condenó a doce años de prisión al ex ministro del Interior, Habib El Adly.

En el viaje emprendido por Tantawi para romper los puentes con el régimen de Hosni Mubarak cabe destacar el propio juicio del antiguo dirigente egipcio. En el mes de agosto, bajo la atenta mirada de millones de televidentes, el octogenario dictador comparecía por primera vez ante un tribunal.

Permaneció toda la vista tumbado en una camilla y acompañado por sus hijos Gamal y Alaa, también acusados de corrupción.

La agenda democrática egipcia

A finales de 2011, en los meses de noviembre y diciembre, la Junta Militar cumplió su promesa de convocar elecciones legislativas. Los comicios se llevaron a cabo en tres rondas –dos en noviembre y una en diciembre-, de tal modo que los ciudadanos acudían a las urnas en una fecha u otra en función de su territorio de residencia.

Ahora bien, ni siquiera reinó la calma en el país durante el periodo electoral. Un grupo de personas volvió a acudir a la plaza de Tahrir para protestar contra lo que consideraban un secuestro de su revolución. Estos manifestantes, muy inferiores en número a los reunidos en los meses de enero y febrero, acusaban a la Junta Militar de retrasar la transición democrática, al tiempo que denunciaban su alianza con el partido Libertad y Justicia (FJP) de los Hermanos Musulmanes.

La protesta de estos jóvenes no andaba del todo desencaminada, puesto que no es descabellado pensar que un ejército con más de medio siglo de gobierno a sus espaldas le cueste dejar el poder y los privilegios que ello conlleva.

Sin embargo, el tiempo ha terminado por demostrar que la Junta Militar no pretendía mantener el poder, sino pilotar el cambio político de tal modo que no afectara negativamente a sus intereses. De ahí que muchos analistas hayan afirmado que el modelo turco era el preferiodo del mariscal Tantawi y de sus correligionarios. Según este esquema, el ejército se convertiría en el defensor de la república y garante de la constitución frente a las desviaciones de los grupos extremistas que pudieran llegar a hacerse con el poder.

En esa situación, sobre cualquier gobierno con ambiciones demasiado reformistas, pendería la espada de Damocles del ejército. Esto es lo que sucede en Turquía desde que, en el año 2002, el partido islamista Justicia y Desarrollo (AKP) ganara las elecciones legislativas llevando a su candidato, Recep Tayyip Erdogan, al cargo de primer ministro del país.

En Egipto, con las encuestas dando la victoria al partido Libertad y Justicia (FJP), primo hermano del AKP turco, no era extraño pensar por aquel entonces en una posible alianza entre los militares y los islamistas.

Un pacto que permitiría a los primeros conservar ciertos privilegios y, a los segundos, llegar al poder; si bien bajo la tutela y vigilancia del ejército.

Tal como indicaban las encuestas, los grupos islamistas fueron los grandes triunfadores de las elecciones legislativas. Sus dos ramas, el partido Libertad y Justicia (FJP), con un 47% de los escaños, y el partido Nour de los salafistas, con un 23%, sumaban el 70 % de los asientos de la nueva cámara legislativa. No obstante, esa superioridad en la cámara no les otorgaba más poder que el propio del legislativo, puesto que el ejecutivo permanecerá en manos de la Junta Militar hasta las elecciones presidenciales previstas para junio de 2012.

El 24 de enero, trescientos sesenta y cuatro días después de la Jornada de la Ira, se reunían por primera vez los quinientos ocho miembros del nuevo parlamento egipcio. Previamente, en una carta dirigida al Consejo de ministros y hecha pública por la prensa del país, el mariscal Tantawi renunciaba al poder legislativo en favor de la nueva asamblea. A su vez, especificaba que el parlamento debía ser el encargado de nombrar una comisión constitucional que redactara la nueva Carta Magna.

Desde entonces Egipto sigue una apretada agenda que le encamina, en principio, hacia un régimen democrático vigilado por el ejército.

En mayo de 2012 debe estar terminado el texto constitucional, y, un mes después, se llevarán a acabo las elecciones presidenciales. Mientras tanto, no hay que descartar que se produzcan nuevas protestas, como la de la plaza de Tahrir en el primer aniversario de la revolución, o incluso actos violentos, como los acaecidos en Port Said durante un partido de fútbol o en octubre contra la comunidad cristina copta de El Cairo.

El Día de la Ira

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Tres fueron los factores que llevaron a cientos de miles de habitantes de El Cairo a congregarse el 25 de enero de 2011 –“El Día de la Ira”- para protestar contra el régimen.

El primero de ellos fue, sin lugar a dudas, el descontento generalizado -si bien más intenso entre los jóvenes- por la falta de libertad política y la crisis económica. A los abusos de la autoridad, cuyo paradigma era el asesinato de Khaled Saeed, se unían una tasa de paro del 9.7%, -afectaba a casi ocho millones de personas-, algo más de dieciséis millones de egipcios viviendo bajo el umbral de la pobreza (20% de la población), y un alto índice de corrupción gubernamental: un 3.1 para el año 2010 sobre 10 en el Índice de Percepción de Corrupción.

El segundo elemento que hizo posible la protesta del 25 de enero fue la canalización de ese descontento a través de las redes sociales. En concreto, la labor de la página “Kullum Khaled Saeed” y el empeño de su creador por utilizarla como medio para ganar adeptos y plataforma para llevarlos a la protesta en la calle.

Por tanto, no es aventurado afirmar que sin la muerte de Khaled Saeed y la actividad de Wael Ghonim, “El Día de la Ira” no hubiera tenido lugar; o, al menos, no tal y como lo conocemos.

Ahora bien, no hemos de olvidar el apoyo del que gozó la convocatoria por parte de otros grupos opositores como el Movimiento Juvenil 6 de Abril y la coalición Kifaya. El primero de ellos surgió en la ciudad de Mahallah en solidaridad con los trabajadores del sector textil que se habían declarado en huelga a mediados de 2010. Por su parte, Kifaya había sido fundado en 2004 como grupo político opositor al régimen de Hosni Mubarak y partidario de reformas que condujeran al país hacia la democracia.

De hecho, Asmaa Mahfouz, un joven de 26 años que había participado en la formación del Movimiento Juvenil 6 de Abril, publicó un video en Facebook pocos días antes del 25 de enero. En él se dirigía a los internautas egipcios con las siguientes palabras: “Estoy haciendo este video para darles un simple mensaje: queremos ir a la plaza Tahrir el 25 de enero. Iremos allí a exigir nuestros derechos fundamentales. Simplemente queremos nuestros derechos, nada más. Voy a ir el 25 de enero, y distribuiré octavillas por la calle. No voy a prenderme fuego. Si las fuerzas de seguridad quieren prenderme fuego, que vengan y lo hagan. Si te consideras hombre, ven conmigo el 25 de enero. Quien diga que las mujeres no deberían ir a las manifestaciones porque las van a golpear, que se ahorre el honor y la hombría y venga conmigo el 25 de enero”.

Los sucesos de Túnez fueron, no sólo la tercera de las causas a las que nos venimos refiriendo, sino también la chispa que encendió el polvorín egipcio.

El 17 de diciembre de 2010, el joven vendedor ambulante Mohamed Bouazizi decidió protestar contra los abusos de las autoridades, la corrupción y la situación económica, quemándose a lo bonzo frente a la policía. Con ese lamentable suceso dió comienzo la revolución de los jazmines. Apenas un mes después, el 14 de enero de 2011, caía el régimen de Ben Alí.

La influencia de los acontecimientos de Túnez sobre la revolución egipcia se hace evidente cuando repasamos las fechas de las cuatro inmolaciones registradas en el país del Nilo: una de ellas se produjo el 17 de enero, la de Abdou Abdel-Moneim Jaafar, y las tres restantes el día 18 -Mohammed Farouk Hassan, Ahmed Hashim al-Sayyed y Mohammed Ashour Sorour.

Es decir, tuvieron lugar una vez hubo triunfado la revolución de los jazmines. El modo de protesta de estas cuatro personas fue, además, el mismo que el utilizado por el tunecino Mohamed Bouazizi: quemarse a lo bonzo; si bien el único fallecido fue Ahmed Hashim al-Sayyed, natural de Alejandría.

Por tanto, cuando los egipcios se echaron a la calle el día 25 de enero para expresar su descontento, contaban con el triunfo de la experiencia tunecina, así como con el apoyo virtual de cientos de miles de internautas. La gran incógnita de los convocantes era si de verdad ese clamor popular de la red se transformaría en una manifestación masiva en el “mundo real”.

La respuesta la encontraron en la plaza de Tahrir de El Cairo, con algo más de 15.000 asistentes; pero también en otras ciudades como Alejandría, Asuán, Ismailia o Mahallah.

La policía tenía órdenes de evitar la manifestación de la plaza de Tahrir con todos los medios a su alcance. De ahí que intentaran dispersar a la multitud con gases lacrimógenos y cañones de agua. La población respondió con piedras, y pronto aquel escenario se convirtió en una batalla campal. El saldo: cientos de heridos y un policía muerto. Tampoco Suez, donde apenas una semana antes ya se habían producido disturbios, se libró de la violencia entre población y fuerzas de seguridad. En este caso, el enfrentamiento acabó con la vida de dos manifestantes.

“El Día de la Ira” se había convertido en la mayor muestra de descontento popular de la historia del régimen de Hosni Mubarak. El gobierno comenzaba a ser consciente de que de la red a la calle había sólo un paso. De ahí que entre las primeras medidas tomadas por las autoridades estuviera el cierre de Twitter en todo el espacio egipcio.

Además, fuentes gubernamentales se apresuraron a culpar de los hechos al grupo islamista de los Hermanos Musulmanes. El objetivo, como es lógico, era señalar a los radicales para dar la impresión de que se trataba de un hecho aislado y que el pueblo egipcio seguía siendo fiel al régimen. Sin embargo, esas medidas fueron insuficientes, por lo que el gobierno de Egipto se vio obligado a cortar totalmente internet, siendo el primer país de la historia en tomar esa medida.

Una vez recuperado de las emociones vividas el día anterior, Asmaa Mahofouz, del Movimiento Juvenil 6 de Abril, grababa el siguiente mensaje: «Lo que aprendimos ayer es que somos nosotros los que tenemos el poder, no ellos. La fuerza está en la unidad y no en la división. Ayer vivimos los mejores momentos de nuestras vidas».

Los comienzos de la Primavera Árabe

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Mohamed Bouazizi, el joven que inició las protestas

En su vivienda de la turística ciudad de Sidi Bouzid, Menobia Bouazizi hacía esfuerzos por alimentar a sus siete hijos. En esa tarea contaba con la inestimable ayuda de su hijo Mohamed que, desde los diez años, ayudaba al sostenimiento de la familia vendiendo frutas y verduras por las calles. Así se las habían arreglado hasta la llegada de la crisis económica.

Pero, incluso en ese contexto, podían considerarse afortunados: mientras vecinos y amigos perdían sus empleos, con el consiguiente empobrecimiento, ellos contaban aún con el puesto de frutas y verduras.

A finales de 2010, Mohamed era un ciudadano más de un país que se hundía en lo más profundo de la crisis. Un informático de 26 años dentro de una masa anónima que sufría las consecuencias del desempleo y de la subida de precios de los productos básicos. Sin embargo, en apenas unos días iba a pasar a protagonizar los noticiarios de medio mundo.

El 17 de diciembre, la policía confiscó su mercancía argumentando que no contaba con los permisos necesarios para ejercer la venta ambulante.

Mohamed Bouazizi, consciente de que iban a quitarle la única fuente de recursos con la que contaba su familia, trató de resistirse. Ante la actitud tomada por el joven, los agentes procedieron a arrebatarle la fruta por la fuerza.

La primera reacción de Mohamed fue dirigirse a la sede de la autoridad local, donde presentó una queja formal. Sin embargo, su recurso se rechazó de inmediato. Fue en ese momento cuando, de manera inconsciente, tomó la decisión que iba a cambiar el rumbo de su país y de todo el norte de África.

Se dirigió a una tienda, compró una lata de pintura inflamable y, rociándose con ella frente al ayuntamiento, se prendió fuego. Fuera un intento real de suicidio o un simple acto de protesta que terminó en accidente, lo cierto es que este hecho acabó con Mohamed Bouazizi.

El 4 de enero de 2011, tras haber recibido la visita del mismísimo Ben Alí, su vida se apagaba en el hospital de Sidi Bouzid. No obstante, su muerte encendió la mecha del cambio.

A partir del 17 de diciembre, las protestas se extendieron por todo el país. La inmolación de Mohamed Bouazizi empujó a la calle a buena parte de la población, especialmente a los más jóvenes; no estaban dispuestos a convivir más con el desempleo –una tasa del 15%-, la corrupción de la clase política y la inflación.

Los enfrentamientos entre la policía y los manifestantes se convirtieron en algo común durante esos primeros días de revuelta. Los jóvenes gritaban consignas contra el gobierno y lanzaban piedras y cócteles molotov contra los agentes; mientras que estos, poco a poco, pasaron de las pelotas de goma y los gases lacrimógenos a la munición convencional.

Durante las dos semanas que siguieron a la inmolación de Mohamed Bouazizi, el número de manifestantes en las calles y plazas de Túnez fue incrementándose. Pero también los afectados por la brutalidad policial: veintiún muertos según el régimen entre el 17 y el 31 de diciembre, cifra que la oposición elevaba por encima de los cincuenta.

A pesar de todo, el pueblo tunecino se esforzó por enfrentarse a los obstáculos con la madurez que la gravedad de la situación exigía. De esta manera, con el objeto de evitar escenas de pillaje y la violación de la propiedad privada, se crearon “comités cívicos”.

Se trataba así de poner fin –o al menos limitar- a esas actuaciones que poco o nada tenían que ver con el espíritu de la protesta. Siguiendo esa misma línea, en las últimas jornadas de 2010, se produjo la adopción del jazmín como icono de la revolución. Esta flor, con un valor emblemático en el país mediterráneo, se erigía en símbolo de la tolerancia.

Al término de la segunda semana de protestas, el ejecutivo comenzó a sentir el aguijón de la presión internacional. El 2 de enero de 2011, comenzó la “Operación Túnez”, vinculada al movimiento Anonymous. El objetivo de la plataforma de internautas era colapsar los portales de las instituciones gubernamentales tunecinas como forma de apoyo a los manifestantes.

A su vez, por esas mismas fechas, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) hizo público un informe el que se criticaba duramente la acción de las fuerzas de seguridad. Los observadores internacionales consideraban que la mayor parte de los manifestantes expresaban su rechazo al régimen de manera pacífica, al tiempo que calificaban la respuesta del gobierno como algo violento y desproporcionado.

Por tanto, exigían a Ben Alí una investigación «transparente, creíble e independiente sobre la violencia y las muertes».

Las jornadas decisivas de la revolución

Entre el 4 y 11 de enero, el país vivió los días más tensos desde el comienzo de las protestas. Esa semana comenzó con el fallecimiento del propio Mohamed Bouazizi, bautizado como “padre de la revolución”. En medio del duelo del pueblo tunecino y las condolencias llegadas desde numerosos países democráticos, se anunció la convocatoria de una huelga general. A su vez, los manifestantes continuaron llenando las calles de forma más insistente.

Por su parte, el gobierno, superado por los acontecimientos, no tuvo más remedio que acudir al ejército para retomar el control de las calles.

El 7 de enero, consciente de que la situación se le iba de las manos, el régimen intentó frenar el empuje de la revolución actuando contra algunos de sus líderes. Ese día fueron detenidos algunos miembros destacados de partidos políticos, disidentes, periodistas… Entre ellos se encontraba el bloguero Slim Amamou, redactor de RedWriteWeb y promotor de una manifestación por la libertad de expresión en mayo de 2010.

La respuesta internacional no se hizo esperar. La Alta Comisionada de la ONU para Túnez manifestó su frontal rechazo ante la política de arrestos del régimen. Además, denunciaba la violencia física y psicológica a la que eran sometidos los detenidos, entre los que se encontraban “defensores de los derechos humanos, blogueros, y activistas”.

A pesar de las detenciones, Ben Alí no logró desarticular el movimiento opositor. El 8 de enero las protestas se repetían en las principales ciudades del país, y una vez más la dureza represora del gobierno se hacía notar: nueve muertos y seis heridos graves.

El día 11 la crispación llegó a niveles tan altos que Ben Alí optó por decretar el toque de queda en las ciudades de Béja, Gafsa, Kasserine y Telab. En veintitrés años de régimen, era la primera vez que se tomaba esa medida.

Ese mismo día, fue detenido en la ciudad de Cheba el periodista de Radio Kalima Ben Hassen. Agentes de las fuerzas especiales entraron de improviso en su domicilio particular y se lo llevaron arrestado sin orden judicial. En idénticas circunstancias se llevó a cabo, en la mañana del día 12, la detención de Hamma Hammami, ex director de diario Alternatives –prohibido por el régimen- y portavoz del Partido Comunista de los Obreros Tunecinos (PCOT).

Según su esposa, Radhia Nasraoui, los agentes irrumpieron en la vivienda “forzando la puerta de nuestro apartamento”. A continuación “lo registraron destrozando todo lo que encontraron a su paso”, y detuvieron a Hammami “delante de su propia hija”. Al parecer, el desencadenante de ambos hechos fue la actividad subversiva que los periodistas llevaban a cabo en la red social Facebook, desde donde animaban a salir a la calle y reclamaban la dimisión de Ben Alí.

Una vez libre de su cautiverio, el propio Hamma Hammami relataba las circunstancias que rodearon a su detención: “el martes día 10, el Partido Comunista Obrero Tunecino acababa de hacer pública una declaración exigiendo la salida de Ben Alí. Fuimos el único partido que la pedimos. La reacción del poder fue violenta. Una veintena de hombres irrumpieron en mi casa. Destrozaron la puerta de mi apartamento. Cogieron el ordenador de Radhia y una cámara de fotos. Me llevaron al ministerio del Interior, donde permanecí con las manos atadas hasta mi liberación”.

Ante la evidencia de los hechos y la presión internacional, el gobierno tunecino fue, poco a poco, suavizando su postura. Del toque de queda y del despliegue militar por las calles –días en los que se denominaba “actos terroristas” a las manifestaciones-, se pasó a una política de conciliación. El miércoles 12 de enero, el primer ministro Mohamed Ghanuchi destituyó al responsable de Seguridad, Rafik Belhaj Kacem.

Este hecho marcó un hito en la evolución de los acontecimientos: el régimen comenzaba a ceder. Inmediatamente se anunció que los detenidos durante las protestas serían liberados.

El jueves 13 fue el propio Ben Alí el que salió a escena con el fin de apaciguar al pueblo. En un discurso a la nación, se comprometía a llevar a cabo lo antes posible reformas políticas y económicas. En concreto, aseguró que no se presentaría a la reelección, al tiempo que adelantaba una reducción de precios en los productos básicos. La declaración de Ben Alí incluía también la promesa de crear 300.000 puestos de trabajo y permitir la libertad de prensa.

Esa misma noche, los portales de internet que permanecían bloqueados desde el comienzo de la protesta volvieron a ser accesibles. Los tunecinos recuperaron el acceso a sitios web como Flickr, Youtube o Dailymotion, desde donde mostraron a todo el planeta las imágenes de su revolución.

En su discurso, el presidente tampoco olvido la brutal actuación de las fuerzas de orden público contra los manifestantes: ordenó de manera tajante a la policía que no disparara más sobre los ciudadanos.

Al mismo tiempo, prometió una investigación profunda e independiente para aclarar los hechos y exigir responsabilidades a los culpables. Sin embargo, sus palabras no lograron detener ni el avance de la revolución, ni la acción policial. Ese mismo día, manifestantes y fuerzas de seguridad volvieron a enfrentarse en las calles con un saldo de trece muertos.

A su vez, la presidenta de la Federación Internacional de Ligas de Derechos Humanos (FIDH), Souhayr Belhassen, declaraba que ocho personas más habían fallecido en las afueras de la capital. Este organismo aprovechó esa circunstancia para hacer pública una lista con los datos personales de sesenta y seis personas fallecidas desde el 17 de diciembre como consecuencia de la represión del régimen.

El 14 de enero, aprovechando el precepto islámico de acudir a la mezquita el viernes, se organizó una manifestación multitudinaria en la capital. Al salir de la oración, miles de tunecinos se concentraron en las calles para exigir el final del régimen. Bajo el lema “¡Fuera Ben Alí!”, los manifestantes avanzaron sin apenas oposición de las fuerzas de orden público.

Esa misma tarde, el Jefe de Estado Mayor de las Fuerzas Armadas se reunió con el presidente. Durante la conversación, Ahmed Chebir informó a Ben Alí de que el ejército no estaba dispuesto a mantenerlo en el poder en contra de la voluntad del pueblo.

Esta no era la primera muestra de deslealtad hacia su persona por parte de los militares. Dos días antes, el propio presidente se había visto obligado a destituir al Jefe de Estado Mayor, Rachib Ammar, por su negativa a dar la orden de disparar sobre los manifestantes. Es más, según testigos oculares, en determinados momentos de la revolución, los soldados defendieron a los ciudadanos de la acción policial.

Chebir recomendó a Ben Alí que abandonara el país. Este, viendo que no tenía otra salida, preparó su huida de manera precipitada. Durante las últimas horas del viernes 14 se especuló mucho acerca del destino definitivo del ya ex presidente tunecino. En un primer momento, se negoció la posibilidad de que recibiera asilo político en Francia. Sin embargo, el presidente Sarkozy descartó de forma inmediata y tajante la posibilidad de acogerlo en su país.

En esta situación, el avión presidencial se dirigió a Malta, lo que hizo sospechar a muchos que su destino definitivo estaría en algún país del Golfo Pérsico, como Dubai, Qatar o Bahrein. Finalmente, en el transcurso de una escala en el aeropuerto italiano de Cagliari, Ben Alí pudo hablar con el rey Abdalá de Arabia Saudí, que se mostró dispuesto a recibirlo.

No obstante, a la aventura del dictador tunecino aún le faltaba un patético epílogo que demuestra hasta qué punto, ignorando la evidencia, se aferraba al poder. Recién llegado a Arabia Saudí, telefoneó al presidente en funciones, Mohamed Ghanuchi. En la conversación, Ben Alí le manifestó su intención de volver a Túnez, inmediatamente, con el fin de retomar el mando.

Su antiguo colaborador, sorprendido por una decisión tan alejada de la realidad, le contestó que eso ya no era posible. Horas más tarde, Ghanuchi renunciaba a la presidencia en favor de la máxima autoridad del Parlamento, Fouad Mebaza, y formaba un nuevo gobierno de transición en el que ocupaba el cargo de primer ministro.

Las predicciones de Robert Godec, embajador norteamericano en Túnez, se habían cumplido. En un informe enviado a Hillary Clinton el 17 de julio de 2009, el diplomático mostraba sus dudas sobre la continuidad del régimen.

El texto íntegro fue hecho público por el portal Tunileaks, situado en el ámbito de Wikileaks, y en él se pueden leer párrafos como el siguiente: “El presidente Ben Alí está envejecido, su régimen sufre de esclerosis y no hay un claro sucesor. Muchos tunecinos están frustrados por la falta de libertad política y sienten rabia por la corrupción de la familia del presidente, por las elevadas tasas de desempleo y por las desigualdades regionales. El extremismo es una amenaza continua (…) Túnez es un estado policial, con escasa libertad de expresión o asociación, y con serios problemas de derechos humanos (…) Como consecuencia de todo esto, los riesgos para la estabilidad a largo plazo del régimen son crecientes».

La publicación de este y otros documentos en el portal de Julian Assange, llevó a la revista Foreign Policy a coquetear con la idea de una revuelta-Wikileaks. Sin embargo, estudiando los hechos detenidamente, parece evidente que los textos de Tunileaks tuvieron poca influencia en la reacción de los tunecinos.

En primer lugar, porque el régimen cerró el acceso a esa web, lo que complicó sobremanera la difusión de su contenido entre la población. Y, en segundo término, porque esa información no resultaba desconocida para ellos. El deterioro del régimen, la corrupción de la esposa de Ben Alí, el desempleo o el aumento de precio en los productos básicos formaban parte del día a día de los ciudadanos de Túnez.