Wael Ghonim

Esta entrada forma parte de un conjunto de artículos que he escrito sobre el origen y desarrollo de la «Primavera Árabe» en Túnez y Egipto. Para leer los restantes textos dedicados a esta cuestión, haz clic aquí.


En el seno de una familia cairota de clase media nació, el 23 de diciembre de 1980, Wael Said Abbas Ghonim. Siendo todavía un niño, sus padres se trasladaron Dubai, ciudad de los Emiratos Árabes Unidos donde Ghonim pasó los trece primeros años de su vida. Sus conocimientos en materia informática le permitieron colaborar, desde los dieciocho años, en Islamway.com, una empresa dedicada a la apertura de sitios web en el mundo árabe.

Desde esa modesta ocupación dio, en 2002, el salto al departamento de marketing de Gawar.com, un servidor de correo electrónico bastante extendido en Medio Oriente.

A los veinticuatro, Wael Ghonim no sólo había obtenido su primer título universitario -la licenciatura de ingeniería informática por la Universidad de El Cairo-, sino que también había adquirido un marcado espíritu emprendedor. Un año después, en 2005, abandonó el departamento de marketing de Gawar.com para fundar su propio portal con información financiera de Medio Oriente: Mubasher.info. Mientras desempeñaba la tarea de gerente de esta empresa, cursó en la Universidad Americana de El Cairo un MBA en Marketing y Finanzas.

Tras una década dedicado a diversas actividades dentro del mundo de las nuevas tecnologías, Google.INC se cruzó en la vida de este joven egipcio. En 2008, con apenas veintiocho años, Wael Ghonim se convirtió en trabajador de uno de los gigantes de la informática a nivel mundial.

En 2010, apenas unos meses antes de poner en marcha la página de Facebook “Mi nombre es Khaled Saeed”, fue nombrado director de Marketing de Google.INC para Medio Oriente y África del Norte.

A las puertas de la tercera década de su vida, se abría ante Wael Said Abbas Ghonim un futuro prometedor en el sector de las nuevas tecnologías. Las circunstancias, sin embargo, iban a encargarse de llevarle por otro camino: el de la lucha cívica contra el régimen de Hosni Mubarak.

Desconocemos en qué momento desperto ese anhelo por convertir su país en un estado de derecho. Sin embargo, su primer compromiso lo adquirió en la primavera de 2010, poco después de convertirse en director de Marketing de Google.INC. Ghonim colaboró de manera activa en la campaña electoral del opositor Mohamed El Baradei, encargándose, entre otras cosas, de crear y actualizar su perfil de Facebook.

En los días de la revolución egipcia podía verse aún una imagen en el perfil del informático con el siguiente pie de foto: “Mi nombre es Wael Ghonim y apoyo públicamente a El Baradei”. Sobre el texto aparecía él junto al líder de la oposición. De ese “mi nombre es Wael Ghonim…” al “Mi nombre es Khaled Saeed” pasaron menos de tres meses.

A partir de entonces cambió de nombre a la hora de hacer oposición -adoptó ElShaheed (el mártir) como apodo- pero sin abandonar sus armas. Internet seguía siendo su hábitat natural, y desde allí pretendía llevar al pueblo a la calle.

El 23 de enero de 2011, desde el aeropuerto Al Maktoum de Dubai, Wael Ghonim tomaba un vuelo con destino a El Cairo. Su objetivo: participar en “El Día de la Ira”, la protesta masiva contra el régimen de Hosni Mubarak que él mismo había contribuido a organizar.

Al igual que Asmaa Mahfouz, del Movimiento Juvenil 6 de Abril, participó con miles de jóvenes egipcios en una jornada que marcaría el inicio de la revolución. El éxito de esa convocatoria le convenció de la necesidad de continuar adelante. Por esta razón, desde la página homenaje a Khaled Shaeed, promovió una nueva protesta para el 28 de enero.

En la víspera de esa jornada, Wael Ghonim escribía el siguiente mensaje en Facebook: “Nuestro día es mañana. Dios mío, trabajemos para congreguemos a ese millón de personas”. Poco después de teclear esas palabras en su ordenador, era arrestado en plena calle por cuatro agentes de la Mujabarat, el servicio de inteligencia egipcio.

El hombre que había encendido la chispa de la revolución iba a pasar once días incomunicado y, por consiguiente, al margen de la evolución del incendio que él mismo había iniciado. Mientras, al desconocer su paradero, tanto su familiares como los responsables de Google.INC., lo buscaban por los hospitales de El Cairo.

Finalmente, tres días después del primer “Día de la Despedida”, también conocido por los fieles al régimen como “El Día de la Lealtad”, Wael Ghonim fue liberado.

El 7 de febrero la multitud reunida en la Plaza de Tahrir lo recibió como a un héroe. Al ser preguntado por su detención, el ejecutivo de Google.INC. afirmó que en ningún momento había sido objeto de tortura. Si bien había permanecido aislado y con los ojos vendados la mayor parte de ese periodo. Así lo describía él en la página de Facebook sobre Khaled Saeed: “Nadie me amenazó ni me torturó. Los agentes de la seguridad que me interrogaron salieron el último día con lágrimas en los ojos. A la hora de liberarme, algunos me abrazaron y se alegraban de ver a jóvenes que aman y se preocupan por Egipto”.

El triunfo de la revolución

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Una semana del mes de enero había bastado para demostrar tanto la importancia de las redes sociales como plataformas para la protesta como la indefensión del régimen egipcio ante semejante novedad.

Además, el movimiento iniciado el día 25 había ido ganando apoyos en las jornadas siguientes, hasta el punto de gozar de cierta simpatía en determinados ambientes del ejército. La caída de Mubarak parecía inminente, tan sólo hacía falta un último empujón.

Conscientes del estado de shock en el que se encontraba el régimen, los opositores se conjuraron para no dejar pasar la oportunidad: era necesario rematar la revolución cuanto antes. Con ese fin, se programó para el primero de febrero una marcha que pretendía reunir a un millón de participantes. Según datos de Al Jazeera, el objetivo se cumplió con creces: dos millones de personas acudieron ese día a la convocatoria de El Cairo.

Una vez más, el epicentro de la manifestación fue la plaza de Tahrir. Desde allí, bajo la atenta mirada de unos soldados cada vez más comprensivos con las exigencias del pueblo, los opositores se dirigieron al palacio presidencial. El objetivo era, tal como se podía leer en los cientos de pancartas que portaban, pedir la dimisión de Hosni Mubarak.

La situación, no obstante, era delicada, pues un empecinamiento del presidente por mantenerse en el poder podía conducir a una guerra civil entre partidarios de uno y otro bando.

A principios de febrero la actitud de Mubarak podía conducir a una transición pacífica, como la que se había producido Túnez, o a un conflicto bélico similar al que meses después vivió Libia.

Al respecto cabe destacar las palabras que, ese mismo día, pronunciaba en una entrevista Mohamed el-Baradei: «Ahora Mubarak debería abandonar el país para evitar que se extienda la violencia (…) la negociación no llegará hasta que se acepten las exigencias de los egipcios, y la primera de ellas es que el presidente Mubarak abandone el cargo. Deseo ver un Egipto en paz; si el presidente se va, entonces todo se desarrollará correctamente».

Los temores de El Baradei empezaron a tomar forma apenas veinticuatro horas después. El día 2 de febrero los habitantes de El Cairo fueron testigos directos de los duros enfrentamientos que, a base de piedras y palos, protagonizaron los partidarios de Mubarak y los opositores al régimen. La plaza de Tahrir fue el principal escenario de una auténtica batalla campal que ni siquiera el ejército pudo detener. La lucha de ese miércoles dejó como legado un nuevo muerto y más de medio millar de heridos.

El viernes 4 de febrero, tal como había sucedido la semana anterior, la salida de la mezquita se convertía en una oportunidad única para organizar una nueva manifestación.

Así lo percibieron los opositores que, a las puertas del propio palacio presidencial, exigieron el final de la dictadura, en lo que bautizaron como el “Viernes de la Despedida”. Sin embargo, el régimen no se iba a dejar sorprender tan fácilmente en esta ocasión. Los fieles a Mubarak convocaron una contra-manifestación que denominaron el “Día de la Lealtad”.

Ambas marchas coincidieron, como dos días antes, en la plaza de Tahrir. Fue necesaria la intervención de el ejército que, haciendo uso de las tanquetas, dividió a los dos grupos. Tan sólo se produjeron tumultos sin relevancia en una jornada donde la tensión existente podía haber llevado a algo mucho más grave.

Según estimaciones de Al Jazeera, más de un millón de opositores se congregaron en la plaza de Tahrir, y muchos de ellos pasaron allí la noche. Además, otras de las principales ciudades del país celebraron también su particular “Viernes de la Despedida”. De entre ellas hay que destacar una vez más a la segunda ciudad del país, Alejandría, que registró una asistencia de medio millón de personas según datos de Al Jazeera.

Mientras tanto, en el palacio presidencial todo era silencio. De sus salones, pasillos y despachos no salía ninguna declaración pública, nada que arrojara luz sobre las intenciones de Hosni Mubarak. La cabeza visible del régimen, salvo breves entrevistas a medios extranjeros, no hizo acto de presencia hasta el día 10 de febrero, casi una semana después del “Viernes de la Despedida”.

En un discurso televisado, el presidente desmintió los rumores que anunciaban su inminente salida del poder.

Reconocía el descontento del pueblo egipcio y sus deseos de cambio, pero imponía un calendario a su medida para llevar a cabo la ansiada transición: Mubarak manifestó su intención de dejar el poder en el mes de septiembre. Hasta entonces delegaría sus funciones ejecutivas en el vicepresidente Omar Suleiman, que sería el encargado de organizar las elecciones, reformar la constitución y derogar la Ley de Emergencia de 1981.

La instalación de varias pantallas gigantes permitió a los opositores que permanecían en la plaza de Tahrir seguir en directo la declaración pública de Mubarak. Todos esperaban que el presidente anunciara su renuncia inmediata. De ahí que, tras las primeras palabras la expectación inicial se tornara en indignación al hacerse evidente que no sería así. Esa misma noche se convocó un nuevo “Día de la Despedida” para la jornada siguiente.

Los egipcios volvieron a salir a la calle un viernes más para exigir la dimisión inmediata del presidente Mubarak. Argumentaban que las medidas de reforma anunciadas en la declaración pública del día anterior llegaban tarde y era insuficientes.

Mientras miles de personas iniciaban a mediodía una nueva concentración, Al Arabiya informó que el presidente había abandonado el país con toda su familia. La noticia fue seguida con espectación por todo el país, si bien pronto se descubrió que la información no era correcta.

Al parecer, el que había salido del país era Youssef Butros Gali, antiguo ministro de Finanzas. Según fuentes gubernamentales, Hosni Mubarak permanecía en Egipto. En concreto se había desplazado a Sharm el Sheij, ciudad del Sinaí, para descansar tras los agitados días que había vivido.

Un nuevo viernes de concentraciones, unido al malentendido sobre la huída del presidente, acabó por derribar definitivamente el régimen. El encargado de anunciar su defunción fue el vicepresidente Omar Suleimán. En un breve comunicado se dirigía a la nación para informar de que Hosni Mubarak abandonaba definitivamente el poder. En su lugar, el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, dirigido por el ministro de Defensa, Hussein Tantawi, sería el encargado de supervisar la transición.

La plaza de Tahrir, desde el 25 de enero principal escenario de las protestas, se convirtió en una auténtica fiesta. El sacrificio de Khaled Saeed no había sido en vano. Su labor a través de la red y su asesinato a manos de la policía habían encendido la mecha de la revolución. Es difícil imaginar el cambio político en Egipto, el final de treinta años de dictadura, sin la figura de este martir.

Sin embargo, la primavera egipcia tuvo otros protagonistas. Ha llegado el momento de hablar del organizador en la sombra: Wael Ghonim.

El Día de la Ira

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Tres fueron los factores que llevaron a cientos de miles de habitantes de El Cairo a congregarse el 25 de enero de 2011 –“El Día de la Ira”- para protestar contra el régimen.

El primero de ellos fue, sin lugar a dudas, el descontento generalizado -si bien más intenso entre los jóvenes- por la falta de libertad política y la crisis económica. A los abusos de la autoridad, cuyo paradigma era el asesinato de Khaled Saeed, se unían una tasa de paro del 9.7%, -afectaba a casi ocho millones de personas-, algo más de dieciséis millones de egipcios viviendo bajo el umbral de la pobreza (20% de la población), y un alto índice de corrupción gubernamental: un 3.1 para el año 2010 sobre 10 en el Índice de Percepción de Corrupción.

El segundo elemento que hizo posible la protesta del 25 de enero fue la canalización de ese descontento a través de las redes sociales. En concreto, la labor de la página “Kullum Khaled Saeed” y el empeño de su creador por utilizarla como medio para ganar adeptos y plataforma para llevarlos a la protesta en la calle.

Por tanto, no es aventurado afirmar que sin la muerte de Khaled Saeed y la actividad de Wael Ghonim, “El Día de la Ira” no hubiera tenido lugar; o, al menos, no tal y como lo conocemos.

Ahora bien, no hemos de olvidar el apoyo del que gozó la convocatoria por parte de otros grupos opositores como el Movimiento Juvenil 6 de Abril y la coalición Kifaya. El primero de ellos surgió en la ciudad de Mahallah en solidaridad con los trabajadores del sector textil que se habían declarado en huelga a mediados de 2010. Por su parte, Kifaya había sido fundado en 2004 como grupo político opositor al régimen de Hosni Mubarak y partidario de reformas que condujeran al país hacia la democracia.

De hecho, Asmaa Mahfouz, un joven de 26 años que había participado en la formación del Movimiento Juvenil 6 de Abril, publicó un video en Facebook pocos días antes del 25 de enero. En él se dirigía a los internautas egipcios con las siguientes palabras: “Estoy haciendo este video para darles un simple mensaje: queremos ir a la plaza Tahrir el 25 de enero. Iremos allí a exigir nuestros derechos fundamentales. Simplemente queremos nuestros derechos, nada más. Voy a ir el 25 de enero, y distribuiré octavillas por la calle. No voy a prenderme fuego. Si las fuerzas de seguridad quieren prenderme fuego, que vengan y lo hagan. Si te consideras hombre, ven conmigo el 25 de enero. Quien diga que las mujeres no deberían ir a las manifestaciones porque las van a golpear, que se ahorre el honor y la hombría y venga conmigo el 25 de enero”.

Los sucesos de Túnez fueron, no sólo la tercera de las causas a las que nos venimos refiriendo, sino también la chispa que encendió el polvorín egipcio.

El 17 de diciembre de 2010, el joven vendedor ambulante Mohamed Bouazizi decidió protestar contra los abusos de las autoridades, la corrupción y la situación económica, quemándose a lo bonzo frente a la policía. Con ese lamentable suceso dió comienzo la revolución de los jazmines. Apenas un mes después, el 14 de enero de 2011, caía el régimen de Ben Alí.

La influencia de los acontecimientos de Túnez sobre la revolución egipcia se hace evidente cuando repasamos las fechas de las cuatro inmolaciones registradas en el país del Nilo: una de ellas se produjo el 17 de enero, la de Abdou Abdel-Moneim Jaafar, y las tres restantes el día 18 -Mohammed Farouk Hassan, Ahmed Hashim al-Sayyed y Mohammed Ashour Sorour.

Es decir, tuvieron lugar una vez hubo triunfado la revolución de los jazmines. El modo de protesta de estas cuatro personas fue, además, el mismo que el utilizado por el tunecino Mohamed Bouazizi: quemarse a lo bonzo; si bien el único fallecido fue Ahmed Hashim al-Sayyed, natural de Alejandría.

Por tanto, cuando los egipcios se echaron a la calle el día 25 de enero para expresar su descontento, contaban con el triunfo de la experiencia tunecina, así como con el apoyo virtual de cientos de miles de internautas. La gran incógnita de los convocantes era si de verdad ese clamor popular de la red se transformaría en una manifestación masiva en el “mundo real”.

La respuesta la encontraron en la plaza de Tahrir de El Cairo, con algo más de 15.000 asistentes; pero también en otras ciudades como Alejandría, Asuán, Ismailia o Mahallah.

La policía tenía órdenes de evitar la manifestación de la plaza de Tahrir con todos los medios a su alcance. De ahí que intentaran dispersar a la multitud con gases lacrimógenos y cañones de agua. La población respondió con piedras, y pronto aquel escenario se convirtió en una batalla campal. El saldo: cientos de heridos y un policía muerto. Tampoco Suez, donde apenas una semana antes ya se habían producido disturbios, se libró de la violencia entre población y fuerzas de seguridad. En este caso, el enfrentamiento acabó con la vida de dos manifestantes.

“El Día de la Ira” se había convertido en la mayor muestra de descontento popular de la historia del régimen de Hosni Mubarak. El gobierno comenzaba a ser consciente de que de la red a la calle había sólo un paso. De ahí que entre las primeras medidas tomadas por las autoridades estuviera el cierre de Twitter en todo el espacio egipcio.

Además, fuentes gubernamentales se apresuraron a culpar de los hechos al grupo islamista de los Hermanos Musulmanes. El objetivo, como es lógico, era señalar a los radicales para dar la impresión de que se trataba de un hecho aislado y que el pueblo egipcio seguía siendo fiel al régimen. Sin embargo, esas medidas fueron insuficientes, por lo que el gobierno de Egipto se vio obligado a cortar totalmente internet, siendo el primer país de la historia en tomar esa medida.

Una vez recuperado de las emociones vividas el día anterior, Asmaa Mahofouz, del Movimiento Juvenil 6 de Abril, grababa el siguiente mensaje: «Lo que aprendimos ayer es que somos nosotros los que tenemos el poder, no ellos. La fuerza está en la unidad y no en la división. Ayer vivimos los mejores momentos de nuestras vidas».