La doble vida en la Alemania nazi

Tercer_ReichArtículo de Cristina Losada -resumen de Alemania: Jekill y Hyde– publicado por La ilustración Liberal en julio de 2005.

Sebastian Haffner termina de escribir este libro en abril de 1940, ocho meses después del ataque de Hitler a Polonia que marca el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Como informa su primer editor, se imprime antes de que los nazis invadieran los Países Bajos. Antes también de que Churchill se hiciera cargo de la jefatura del Gobierno británico, cosa que ocurriría en mayo, tras la ocupación de Holanda y Bélgica, lo que conferiría más claridad y determinación a la dirección de la guerra, algo que Haffner echa de menos en las potencias occidentales en el momento en que escribe.

El autor, que ha huido de Alemania en 1938, siendo una víctima aria del nazismo, está refugiado en Inglaterra. Su objetivo es suministrar a la propaganda británica y francesa datos tan útiles como los que las fotos aéreas de la línea Sigfrido proporcionan a la artillería aliada. Por propaganda entiende algo más que las octavillas y emisiones radiofónicas. Haffner tiene claro que en las guerras modernas el aspecto militar es, al menos, tan importante como la guerra psicológica. Hay que convencer a la gente de la necesidad de luchar, de la causa por la que se lucha. Hay que desarmar intelectualmente al enemigo. Y a esa labor deben coadyuvar las palabras, los gestos y los propios acontecimientos militares.

El análisis en que sustentará sus recomendaciones se divide en los siguientes tramos: Hitler, los dirigentes nazis, los nazis, la población leal, la población desleal, la oposición y los emigrantes. La suya es una visión desde dentro, tal y como reza el subtítulo del libro. Y da respuesta a la pregunta que surge invariablemente cuando se trata el ascenso del nazismo: ¿cómo fue posible que un pueblo como el alemán cayera en las garras de una pandilla de rufianes como los nazis?

De entrada, desmonta las ideas convencionales acerca de Hitler. Es un error, dice, tratar de entenderlo como “un tender acoplado a la locomotora de una idea o de un movimiento”. Hitler no se siente vinculado a los objetivos que anuncia. La única idea consistente que se oculta tras la política de Hitler es Hitler. Y más útil resulta juzgarle “considerando la historia alemana y europea como parte de su vida privada”.

Eso sí, “fue una casualidad trágica para todo el mundo que la miseria personal de Hitler coincidiera con la miseria alemana en el año 1919”. Alemania, como aquel hombre hundido en la escoria, no reaccionó ante la derrota afrontándola, buscando sus propios errores y rectificando, sino con exasperación, terquedad y odio. Y puede decirse que Hitler es Alemania “en el sentido de que responde a la idea alemana de un poderoso, articula la exasperación alemana y satisface cierta tendencia de los alemanes a lo teatral”.

El autor, que está convencido de que los dirigentes nazis y el régimen nazi no sobrevivirían sin Hitler, prevé ya que el Führer se suicidará “cuando se acabe el juego”. Pues “posee exactamente el valor y la cobardía necesarios para un suicidio por desesperación”.

¿Quiénes son los nazis? La actitud hacia los judíos es el rasgo inconfundible. Y señala un aspecto sobre el que volverá en Historia de un alemán: el objetivo principal del antisemitismo es ser una “señal oculta y de secreto vinculante”, como un asesinato ritual permanente, y anular la conciencia de la segunda generación de nazis.

El autor esboza el retrato, que redondeará en la Historia, de la primera generación de nazis. La que vivió la Gran Guerra como un espectacular acontecimiento deportivo. La que carecía de talento y aptitud para la vida privada y la felicidad personal. La juventud “sin formación y sin ganas de aprender, [que] rechazaba como ridículo e insignificante todo lo que suponía un esfuerzo y era demasiado refinado para su paladar, acostumbrado a una dieta monótona”.

Una juventud, en fin, para la que iba a ser una satisfacción “poder pisarle el cuello a ese extraño mundo del espíritu, la civilización, la burguesía”, acabar con la familia, con los frailes, con los judíos… Para esa generación, con el gran juego de la guerra, la vida volvía a tener sentido.

La segunda generación está formada por hombres a los que se ha extirpado la conciencia, la inteligencia y el alma sin necesidad ya de un pretexto ideológico. Es gente para la que el asesinato, la tortura y la destrucción no suponen “el caos voluptuoso”, sino “el nuevo orden”. Una generación que juzga muy semejante a la segunda generación bolchevique. “En muchos sentidos, Rusia es hoy ya nazi”.

Pero, ¿a qué viene lo de Jeckyll y Hyde? El acertijo que Alemania plantea al mundo, dice, es éste: viven allí millones de personas normales y civilizadas, honradas y amables, y se cometen atrocidades con su consentimiento y, siempre, sin su expresa desaprobación. Es la doble personalidad de la población leal al régimen. Aunque se queja y sufre, quiere la continuidad de los nazis. Son los devotos del Kaiser y el Reich que no admiten que se ha producido un cambio esencial con el desembarco de los nazis.

Haffner examina la propaganda nazi: nadie la cree, pero es efectiva. Genera imágenes y asociaciones imaginarias que ocultan la realidad. No pretende convencer, sino impresionar. No apela a la razón, sino a los sentimientos y la fantasía. Y ello encuentra terreno abonado en el poco desarrollado sentido de la realidad que poseen los alemanes leales. Y en su “apoliticismo”.

El patriotismo de los leales, que les lleva a coincidir con las proclamas de los nazis, no es amor a la patria sino obsesión por ella. Una obsesión que no han creado los nazis: ella ha creado a los nazis. Haffner investiga la leyenda histórica del Reich y concluye que los nazis encajaron a la perfección en la misma. Mientras que la República de Weimar no pudo gobernar “contra ese monstruo asesino [que] seguía moviéndose (…) hacia una nueva guerra y hacia nuevos pillajes”.

¿Y la otra mitad, la población desleal, que desea la derrota y el castigo de los nazis? También debe llevar una doble vida. Se encuentra indefensa, desorganizada y desesperada. Parte de la responsabilidad es de las potencias occidentales, que han hecho más por desmoralizarla –el Acuerdo de Munich de 1938– que por animarla. Frente a quienes creen que son cobardes por no rebelarse, Haffner señala que todos los días hay individuos heroicos que se sacrifican. Pero el régimen ha desarrollado un mecanismo que imposibilita una rebelión masiva. A los desleales sólo les queda la vida privada, el pequeño círculo de amigos. Y aún así. Cada persona está aislada y vigilada. La parte del pueblo hostil a los nazis no ve ninguna posibilidad de derrocarlos. Y prefiere emigrar antes que hacer la revolución.

El autor critica acerbamente la política de las potencias occidentales hacia los emigrantes alemanes y los refugiados judíos. El cierre de puertas a unos y otros hizo que los alemanes perdieran la confianza en el mundo occidental. Hay en Alemania, dice, quienes, “cuando son pisoteados por los hombres de las SS en Buchenwald, al menos mueren con la tranquilidad de tener en regla los papeles con los que podrían haber viajado al país de la libertad en 1942 o 1943… de haber sobrevivido”.

Haffner concluye este libro, escrito con sentido de urgencia, de impecable factura literaria, advirtiendo del peligro de las actitudes apaciguadores y de compromiso que detecta en Inglaterra y Francia. Sólo hay un camino: eliminar el régimen y castigar a los nazis por sus crímenes. Y acabar con el Reich”.

La vida cotidiana en el infierno

Sebastian_HaffnerArtículo de Luís Fernando Moreno publicado por El País el 29 de noviembre de 2001.

El 2 de enero de 1999 fallecía en Berlín, su ciudad natal, el gran publicista Sebastian Haffner, a la edad de 91 años. Su verdadero nombre era Raimund Pretzel y provenía de una familia acomodada. Su padre, un funcionario prusiano que poseía una excelente biblioteca con más de 10.000 volúmenes, le transmitió su pasión por los libros, pero también lo ayudó a adquirir la sensatez necesaria para observar el mundo con sentido común. El muchacho estudió jurisprudencia y, a sus 25 años, era ya pasante en el Tribunal Imperial de Justicia; con cierta probabilidad, su carrera hubiera sido la de un alto y brillante funcionario de Estado de no haber llegado Hitler al poder en Alemania, el 30 de enero de 1933.

Aunque aquel joven rubio y bien parecido no era de origen judío, sino “ario”, y no tenía nada que temer en ese sentido de los nazis, que incluso le hubiesen permitido medrar en la Administración, en 1938 eligió el camino del exilio trasladándose a Inglaterra. Allí trabajó para The Observer como periodista y, tras estallar la Segunda Guerra Mundial, publicó Germany: Jekyll.

Y ya como Sebastian Haffner regresa a su patria en 1954, donde trabaja para Die Welt y, después, durante muchos años, para el semanario Stern. Aparte de sus polémicos artículos de análisis histórico-político -la pacata izquierda germana siempre consideró a Haffner un columnista “de derechas”, dados sus inveterados ataques al comunismo de la RDA-, publicó títulos tan señeros como Churchill, Die November Revolution, Anmerkungen zu Hitler o el único de sus libros aparecido en España, hoy descatalogado: El pacto del diablo (Bruguera), sobre las relaciones germano-soviéticas.

Entre el legado de Haffner, los albaceas hallaron un texto inédito que llevaba por título Historia de un alemán. El original databa de 1939. Apenas publicado en Alemania, el pasado año 2000, el inédito de Haffner se convirtió en un gran éxito de ventas, y es que su contenido resultó ser apasionante. Mezcla de reflexión ensayística y autobiografía, Haffner intentaba explicarse, por una parte, las razones que habían posibilitado el ascenso de Hitler al poder, y con este fin repasaba con admirable claridad y concisión la historia de Alemania desde 1914 hasta aquel momento. Por otra parte, el autor se centraba en su propia vivencia durante los meses que siguieron a aquel acontecimiento fatídico y que tan graves consecuencias traería consigo.

Fue el instinto, la “nariz”, lo que previno en contra de los nazis a aquel chico culto, despabilado, individualista y celoso de su libertad, que era Raimund Pretzel a sus 25 años, en 1933. En modo alguno podía adherirse a un régimen que se inmiscuía sustancialmente en la vida privada de las personas, que se proponía dirigir sus movimientos, controlar las amistades, los gustos y, principalmente, el pensamiento de todos. Aquel joven, que incluso en cierta ocasión se había declarado “más bien de derechas”, sentía que había algo que “olía mal” en los nuevos señores: su retórica, su cinismo, la brutalidad de sus acciones. Pero ese olfato para discernir entre lo carente de valor y aquello que sí lo poseía, desgraciadamente -se lamenta el autor-, era ajeno a la mayoría de los alemanes.

Después de referirse brevemente a las tres décadas que transcurrieron entre el fin de la Primera Guerra Mundial y el advenimiento de Hitler: la inflación, la era Stresemann y, finalmente, los años postreros de la República de Weimar, en tonos que recuerdan lejanamente a El mundo de ayer, de Zweig, Haffner describe magistralmente el infierno en que, en cuestión de días, se convirtió la vida diaria en el Reich. De repente, “la masa lo invadió todo: lo bárbaro se convirtió en cotidiano; lo chato y obtuso, la falta de nouance, de valour se tornó general”. Desde entonces sólo cupo lo “pesado y artificial, lo colectivo aplastó el pensamiento individual; la libertad fue abolida y comenzó el dominio de la oscuridad y el terror”. “El infierno” se convirtió en norma para los ciudadanos que se negaron a colaborar activa o pasivamente con aquella ideología bombástica y fundamentalista. El ambiente se estrechó cada vez más en torno a los espíritus libres y fueron nulas las posibilidades de resistir individualmente a esa especie de Goliat portaesvásticas en que se convirtió la nación entera.

Detrás de las aclamaciones de júbilo al paso de escuadras de jóvenes uniformados, tras el obligatorio saludo a la romana -cualquiera que se abstuviera de alzar el brazo en público recibía una paliza-, oculto bajo la fanfarria militar, se escondía o bien la necedad de un pueblo sin conciencia, machacado por la ideología, o bien el miedo. De súbito, el denominado “pueblo de los poetas y los pensadores” dejó de serlo, pues tanto poetas y pensadores acabaron en los campos de concentración o huyendo al extranjero. “La cultura descendió de golpe hasta niveles ínfimos”, sofocada por el hervidero de consignas, por los discursos de los ideólogos; de pronto, dejó de producirse “algo que mereciera la pena”.

Moralmente, la nación entera se desquició, y no sólo cuantos fueron señalados como víctimas; también quienes se unieron a los nazis, bien por cortedad, mero oportunismo o, simplemente, para salvar la vida, cayeron en una espiral de terror y chantaje emocional, y cuando quisieron salir de ella ya no lo lograron: Hitler y sus centuriones, pero también la gran mayoría de sus conciudadanos, los succionaron hacia un atroz vórtice de dominio. Así, por pura inconsciencia, muchas personas se vieron convertidas en cómplices del gran crimen contra la humanidad perpetrado por Alemania. Y es que, constata Haffner, para los ciudadanos “normales” fue más cómodo dejarse trastornar por aquel régimen extremadamente nacionalista, populista y racista que oponer resistencia; no en vano, se imponía en toda la nación aquel carácter general que era el denominador común de una gran parte de los alemanes de la época: falta de coraje civil, “instinto de rebaño” (en palabras de Nietzsche) y, sobre todo, una marcada incapacidad sustancial de disfrutar de una vida de sosiego y felicidad individuales; nada temía más el burgués medio que “el vacío y el aburrimiento”; así, el horror vacui junto a la estupidez y los difusos deseos de “salvación” lo enjaezaron de tal forma que se convirtió en presa fácil de las ideologías de todo cuño.

Entreverada con tales ideas y reflexiones acaso un tanto generales pero que dan en el clavo, Haffner narra, además, en su impresionante documento -magníficamente traducido al castellano- una tibia historia de amor: la del narrador y una muchacha judía, acaso el trasunto literario de la mujer que lo seguiría a Inglaterra y que más tarde sería su primera esposa: Erika Hirsch. Asimismo, relata el avatar de su mejor amigo, también de origen semita, jurista como él, y ya sin la más mínima posibilidad de vivir con normalidad en Alemania, donde bajo los auspicios de la nueva barbarie legal se ordenaba al pueblo que diese rienda suelta a su ancestral antisemitismo.

Con el nacionalsocialismo, entraron en vigor nuevas leyes que excluían a los funcionarios judíos de la Administración y ordenaban a los “arios” boicotear todo negocio regentado por judíos e incluso a los profesionales autónomos como médicos o abogados pertenecientes a aquella “raza maldita”. Miles de familias judías se vieron, pues, de la noche a la mañana sin posibilidades de subsistencia, y escasos fueron los “arios” que se atrevieron a desobedecer las órdenes recibidas.

Sebastian Haffner: un autor imprescindible

Jekill_HideArtículo publicado por Ferblog el 16 de septiembre de 2005.

“Acabo de leer el último libro, hasta donde yo conozco, publicado por Destino, de Sebastian Haffner (1907-1999). Se titula Alemania: Jekyll y Hyde (1933: el nazismo visto desde dentro). Para los que aún no lo conozcan, permítanme recomendarles a este autor, alemán de nacimiento y compromiso, exiliado por razones perfectamente descriptibles –por decencia, básicamente-, al Reino Unido. Imprescindible su soberbia Historia de un alemán, pero también sus Anotaciones sobre Hitler y su breve y penetrante biografía de Winston Churchill (todas en la misma editorial).

El libro que les cito, en perfecta sintonía con otros de tema alemán, presenta una incisiva radiografía de Alemania en el punto álgido del nazismo. Quizá a algunos no les descubra nada pero, como mínimo, merece atención la fecha en la que fue escrito. Haffner traza con precisión el retrato de la Alemania sojuzgada… en 1940, que es la fecha de primera publicación en Inglaterra. La prosa de Haffner es sencilla, elegante y precisa. Apunta en palabras claras ideas que ayudan a desentrañar el misterio que aún nos afanamos en entender: ¿cómo fue posible? Desde el verdadero y profundo amor por una patria que surge del conocimiento auténtico (no de la glorificación absurda ni del pesimismo irracional), Haffner muestra, a quien quisiera verlo, el rostro complejo de Alemania. No la exculpa, claro, pero tampoco permite que los demás se libren alegremente de sus responsabilidades. Reprocha, con toda razón, a los abogados de las “políticas de apaciguamiento” uno de los peores crímenes: el de haber robado la esperanza a los que no tenían ya más que eso. Haciéndose acreedores al desprecio de las generaciones posteriores, los entonces dirigentes de Francia e Inglaterra privaron a los pocos alemanes que aún hubieran podido resistir de la razón principal para ello: la expectativa de una ayuda exterior –Haffner juzgaba, y el tiempo le dio la razón, que sólo un impulso externo podría derribar al régimen nazi.

Quizá lo más aterrador que se puede entrever en el cuadro pintado por Haffner, algo por otra parte corroborado luego por otros estudios, es que todo el esfuerzo intelectual de comprensión, todas las horas invertidas en buscar una respuesta convincente a la pregunta de cómo fue posible que el país más civilizado de Europa –idea esta, por cierto, sobre la que Haffner también tiene sus propias e interesantes opiniones- retrocediera a la más absoluta de las barbaries puede ser un modo de eludir la trágica evidencia de que tras todo eso no hay… nada. O, quizá, todo lo más, mecanismos mucho más sencillos de lo que quisiéramos.

Hubo factores coadyuvantes, sí, y tuvieron su influencia. Pero ninguno de ellos tiene poder explicativo suficiente. Ninguno de ellos es, por sí mismo, causal. Nada es explicable si no se hubiese cruzado en el camino de los alemanes la figura infernal de Adolf Hitler. Y aquí, de nuevo, la nada. No había nada especial en este infradotado, como no fuera su instinto de supervivencia, su odio animal. Hitler es un personaje absurdo. Lo cual nos lleva a varias conclusiones, a cual más inquietante, a saber: primero: que, una vez más, se demuestra el poder de la singularidad, la capacidad de los pocos para imponerse a los muchos (inciso: quedan falsadas de nuevo las interpretaciones marxistas o, en general, simplificadoras), segundo: que el azar desempeña un importante papel en la historia –consecuencia inmediata de lo anterior ya que, en sí, no hay vida humana singular que no sea contingente; siempre que algo depende de alguien en concreto, puede afirmarse que, en términos históricos, es tanto como decir que ocurre por casualidad- y tercero: no es ya que en la vida sucedan cosas absurdas, carentes de todo fundamento lógico y racional, sino que, por añadidura, suelen pasar relativamente a menudo.

Dios me libre de establecer comparaciones odiosas, pero la lectura del libro de Haffner me llevó instintivamente a pensar en la España contemporánea –y en otros ejemplos, que los ha habido, los hay y los habrá, de cómo lo absurdo, lo manifiestamente irracional, se enseñorea de la vida de los pueblos y las personas-. Me llevó, una vez más, a temer por todos aquellos que siguen diciéndose a sí mismos que determinadas cosas como, por ejemplo, un proceso de descomposición de nuestro país “no pueden suceder”.

Me pregunto qué demonios quiere decir “no pueden”. Supongo que, en definitiva, quienes así hablan, que no son pocos, quieren decir que eso es absurdo y que las cosas absurdas no suceden. Los catedráticos de economía ya han demostrado, por ejemplo, que la secesión de Euskadi no parece ser beneficiosa para los propios vascos. Ítem más, la presencia de elementos no democráticos en ese lugar –que no sólo sobrevivirían al proceso secesionista, sino que resultarían reforzados- hace temer por los derechos individuales incluso más que lo que se debe temer siempre que el nacionalismo es una fuerza política preponderante. Así pues, hay buenas razones para tentarse la ropa. ¿Es eso motivo suficiente para concluir que semejante cosa no puede suceder? Si nos atenemos a la historia, parece que no. Obvio decir que entre la sociedad vasca y la sociedad alemana descrita por Haffner hay muchas diferencias, pero también ciertas similitudes. También él nos explica que, como por otra parte era de esperar, tampoco allí había blanco y negro (pese a que, en rigor, hubiera debido haberlo, y aquí está la clave de la degeneración moral: lo que a los alemanes se les planteaba no era una elección política ordinaria, sino la disyuntiva de elegir entre el mal absoluto o cualquier otra cosa), sino una amplia gama de actitudes – como le gusta decir al PNV, entre “los extremos”… entre los extremos, se dan todos los grados de la indecencia, claro.

¿Acaso no ocupa, hoy, la presidencia del gobierno, un personaje manifiestamente poco capaz? Ya sé que los políticos españoles no son para tirar cohetes, sin excepción pero, ¿es lógico que haya llegado tan arriba uno de los más inanes? Hasta entre los poco dotados hay clases. Es posible que los dirigentes del partido socialista hayan urdido un plan maquiavélico para, de entre ellos, elegir uno particularmente mediocre, mientras los más válidos se dedican a otros menesteres más remuneradores, más discretos o yo qué sé. Es posible que todo sea el resultado de una auténtica conspiración. Pero quizá todo esto no es más que una forma de no querer aceptar que las cosas absurdas suceden. Y ahí está, en la ONU, un tipo que nunca debió pasar de secretario regional de cuarta categoría (ahora que lo pienso, la ONU tampoco es tan mal foro para él – bueno ustedes me entienden…)”.

El Churchill de Sebastian Haffner y la Guerra Fría

Winston_ChurchillArtículo de Juan Antonio González Fuentes publicado en OjosDePapel el 19 de abril de 2007.

Caminando la pasada semana por las calles de París, me tropecé de repente con la expresiva y lograda estatua que en la capital gala tiene el militar, escritor y político inglés Winston Churchill. Y entonces, observándola, me vinieron a la cabeza las diversas biografías que de él existen y sus escritos políticos o recuerdos, reeditados constantemente en nuestro país, sobre todo últimamente, cuando los libros sobre la II Guerra Mundial y su contexto proliferan con algún éxito de ventas.

Hay biografías de Churchill magníficas, y en mi biblioteca tengo algunas de ellas. Pero entre todas, quizá por ser la más literaria, la más asequible, tiene un lugar especial en mi memoria la que escribió el periodista y novelista alemán Sebastian Haffner, Winston Churchill. Una biografía, editada hace algunos años por la editorial barcelonesa Destino, y que seguro aún puede encontrarse en las mejores librerías.

El Winston Churchill de Haffner, según cuentan los créditos, apareció en 1967, es decir, sólo dos años después de la muerte del inglés. Este dato no debe pasar desapercibido para ningún lector, dado que el juicio del autor no pudo estar refrendado ni por el tiempo, ni por la montaña de bibliografía que ha ido generándose en torno al polifacético aristócrata.

Sabedor de estas circunstancias, y de que él no era historiador, sino periodista, Haffner no se empeñó en dejarnos una biografía con vocación de definitiva. Por eso el subtítulo del libro, “una biografía”, se ajusta a lo que ofrecen sus páginas, dejando el terreno abierto a la posibilidad de “otras” incursiones en la vida de sir Winston. Nuestro biógrafo enfocó su mirada hacia una sola faceta del personaje, la del hombre con formación y vocación militar que intenta poner en práctica ambas desde el ejercicio del poder político. Quedan así sin tocar apenas por Haffner aspectos tales como la dedicación a la escritura o la vida parlamentaria, facetas de la vida de Churchill que presentan sin duda un gran interés.

Así, Haffner nos muestra a un hombre cuyas cualidades sólo podían brillar con total intensidad en los momentos de crisis social absoluta, es decir, en tiempos de guerra. Una inagotable energía dirigida hacia el trabajo, sobresalientes dotes de estratega, ciega convicción en los principios que defendía, innata valentía personal, seguridad en sí mismo y en sus ideas, capacidad de riesgo, una sutil inteligencia analítica, y la suficiente carga de inconsciencia propia de los que han nacido para ser héroes, son algunas de las aptitudes que poseía Churchill y que facilitaron el que se colocase en primera línea de mando cuando Inglaterra lo necesitó, fundamentalmente durante los terribles primeros años de la II Guerra Mundial, y muy en especial durante el periodo 1940-42, cuando ejerció a la vez de Primer Ministro y ministro de defensa.

Sin embargo, según Haffner, estas mismas “cualidades” dificultaban a Churchill su adecuado desenvolvimiento político en tiempos de paz. Su bulliciosa energía, su hambre de mando y protagonismo, hacían de él un incómodo compañero de partido, además de un miembro de gobierno que, aunque valioso, se mostraba poco dócil para los Primeros Ministros con los que trabajó: Asquith, Lloyd George o Neville Chamberlain.

Una segunda tesis defendida por Haffner hace referencia a la capacidad de Churchill para atisbar en el horizonte futuros acontecimientos políticos; capacidad favorecida por la sagaz lectura de los datos de primera mano que manejaba, por su vasto conocimiento de la historia, y por el tan acertado retrato psicológico que sabía dibujar no ya sólo de sus enemigos, sino también de aquellos a los que las circunstancias habían colocado entre sus aliados.

Los ejemplos más relevantes del caso son tres. Primero, la asunción resignada del final de Gran Bretaña como lider del mundo occidental. Segundo, la toma definitiva del relevo en dicho papel por los EE.UU., quienes salieron de la II Guerra Mundial como la indiscutible primera potencia militar y económica de Occidente, algo a lo que Winston Churchill no puso ninguna traba u objeción política, trabajando antes bien por afianzar unas sólidas bases sobre las que Inglaterra pudiera ejercer ante el mundo de amigo predilecto del gigante americano. El tercero, y en principio el más significativo de los ejemplos, hace referencia al por entonces aliado soviético. Haffner se muestra convencido de que Churchill, tras la entrada en la guerra de los EE.UU., intuyó que ganar el conflicto iba a ser ya sólo cuestión de tiempo, y que una vez aniquilada la Alemania nazi, el principal problema al que tendrían que enfrentarse los aliados “occidentales” sería el planteado por el reforzado posicionamiento de la también vencedora Unión Soviética. Tras los acontecimientos de Pearl Harbour y sus inmediatas consecuencias en el campo militar y político, Churchill supo que había que luchar no sólo para derrotar a los ejércitos del Eje, además había que hacerlo con la mirada puesta en adquirir una posición de ventaja estratégica-territorial frente al creciente poder soviético, y siempre con la clara conciencia de que a medio plazo iba a ser ineludible un pulso entre Occidente y la URSS.

Aquí radica la principal razón por la que el Churchill estratega propuso a los EE.UU el definitivo desembarco aliado en Italia y no donde al final se produjo, en Normandía. Churchill pretendía avanzar más rápido hacia el corazón del territorio alemán y toda la Europa central, buscando no dar opciones a que los soviéticos conquistasen estos espacios y los mantuvieran bajo su influencia tras la guerra. Sin embargo, los dirigentes norteamericanos, con una sociedad sensibilizada ante las cuantiosas bajas acaecidas en sus fuerzas, preferían que buena parte del esfuerzo bélico lo llevasen sobre sus espaldas los rusos en el frente oriental, y como sabemos, finalmente decidieron desembarcar en la costa atlántica francesa, con el objetivo de atrapar a los alemanes entre dos frentes abiertos. Esta decisión cambió para siempre la historia y confirmó los presagios del político inglés con respecto a la futura política mundial. Puede afirmarse que los pilares de la Guerra Fría se construyeron con arena de las playas normandas.

Estaba tan convencido Churchill de que la URSS sería el inmediato enemigo a combatir, que como apunta Haffner, el Primer Ministro incluso pensó en utilizar a los derrotados soldados alemanes como fuerza de choque de los aliados occidentales con el fin de empujar a los rusos hacia sus fronteras y confinarlos en ellas, impidiendo así su presencia en la nueva Europa que comenzaba entonces a gestarse. Como es sabido estas ideas nunca se pusieron en práctica, y el final de la guerra dibujó un escenario político y territorial parecido al pronosticado por Churchill en sus peores augurios. Un escenario cuyos rasgos más característicos no se vieron ostensiblemente modificados hasta el incuestionable derrumbe del imperio soviético en las dos últimas décadas del pasado siglo. Así, lo que de este libro quizá llamará más la atención del lector es la capacidad de análisis geo-político demostrada por Churchill en momentos tan poco favorables para la reflexión; y también su empeño en la defensa de los valores éticos y políticos sobre los que se asienta Occidente, cuestión que en nuestros días se presenta revestida de una notoria actualidad.

No es la de Haffner la mejor biografía de Churchill, y no creo que el autor albergase esa intención cuando la escribió. Pero esta “modesta biografía” sí me parece que tiene la virtud de ofrecer una entretenida aproximación al Churchill estadista, siendo su lectura muy recomendable tanto para quienes deseen iniciarse en el universo del inglés, como para quienes quieran pasar, sencillamente, un buen rato junto a un libro.

Turquía: Atatürk camina hacia Europa

Presento a continuación un texto que escribí en mayo de 2007 para la revista digital «Luz y Taquígrafos». El sexto número de esta publicación se dedicó, con motivo del Día de Europa -9 de mayo-, al proceso de integración europeo. Yo me decidí, animado por los recientes acontecimientos de abril y mayo, a tratar la cuestión turca dentro del marco de su posible incorporación a la Unión Europea. Este es el resultado.


La Historia de los turcos es la de un pueblo que lleva casi mil años llamando a las puertas de Europa. Constituyen el recuerdo de una antigua amenaza para la entonces llamada Cristiandad, pero también el de un muro de contención contra las imprevisibles y devastadoras incursiones centroasiáticas. Forman parte de la tradición histórica de nuestro entorno; sin embargo, somos muy diferentes. Han sido durante mucho tiempo el límite oriental del mundo europeo. Y, como habitantes de una tierra de frontera, han desarrollado aspectos culturales propios de nuestro ámbito, pero también del de otros pueblos situados más allá de ese limes. Tal vez esa peculiar situación geográfica sea la responsable de que hoy por hoy los europeos veamos al turco como un extraño.

No obstante, aunque también participan de otras tradiciones culturales, ellos se consideran parte de Europa. Y lo cierto es que, tal vez, pesen más las similitudes que las diferencias.

Turquía comenzó hace más de ochenta años su proceso de occidentalización. De la mano de Mustafa Kemal Atatürk se iniciaron una serie de reformas tendentes a desislamizar el Estado y proporcionar a la población una educación moderna y de carácter liberal. Incluso, en ese afán por abandonar las viejas tradiciones, el líder turco llegó a prohibir el alfabeto árabe, imponiéndose como oficial el de tipo occidental. Tras la Segunda Guerra Mundial, Turquía se convirtió en una pieza clave en el escenario de Guerra Fría como aliada de los Estado Unidos. Eso explicaría las abundantes ayudas que recibió del Plan Marshall, y su elección como miembro del Consejo de Europa en 1949. No obstante, su entrada en el proyecto comunitario se frustró en tres ocasiones –1973, 1981 y 2004- por la desidia de sus gobernantes y las dificultades internas.

Entre estas últimas destaca una que, a día de hoy, todavía preocupa notablemente en Bruselas. Se trata de la continua intromisión del ejército en la vida política del país. Desde los años de gobierno de Atatürk, los militares han cumplido el papel de defensores de la democracia y la laicidad del Estado. Esto explicaría un fenómeno que en Occidente, cuya Historia casi siempre ha funcionado en el sentido contrario, difícilmente podemos entender: el ejército es el garante del liberalismo republicano. Así ha sucedido hasta la década de 1980, cuando se produjo el último de los cuatro golpes militares vividos por Turquía desde el final de la Gran Guerra. Es cierto que desde entonces el estamento militar no ha vuelto a tomar el control directo del país, pero su sombra –como bien se ha podido comprobar a raíz de la crisis presidencial de este año- siempre ha estado presente en la vida política nacional.

Turquía pretende ahora acercarse a la Unión Europea, y esta, consciente de la complejidad de la cuestión, elude responder de forma inmediata. Los miembros comunitarios no quieren precipitarse a la hora de dar entrada a un gigante tan peculiar en el seno de Europa. Por su parte, los turcos, de la mano del islamista Recep Tayyip Erdogan, repiten la misma jugada que durante siglos han utilizado para alcanzar sus objetivos: presionar al adversario –en este caso futuro aliado- jugándose todo a una carta. Sin embargo, como tantas veces les ha sucedido en la Historia a los gobiernos turcos y otomanos, se han encontrado con divisiones dentro de su propio territorio: son muchos los turcos que no quieren entrar en Europa. Y, para complicar la cuestión, son más los europeos que no desean ver dentro del proceso integrador a los hijos de la media luna.

Turquía frente a Europa

Las negociaciones para la adhesión de Turquía a la Unión Europea como miembro de pleno derecho se iniciaron el 3 de octubre de 2005. El largo camino de los turcos hacia el paneuropeísmo parecía estar llegando a su fin cuarenta años después. Sin embargo, los ciudadanos europeos hemos abierto un debate completamente nuevo: se trata de dilucidar si queremos tener a los antiguos otomanos dentro de nuestro proceso integrador. Y, como suele suceder en los casos en que la prensa no especializada toma la batuta, la discusión está marcada por la ignorancia y los viejos prejuicios.

De pronto han resurgido de las páginas de la Historia las figuras de los antiguos sultanes que ponían cerco a Viena y asaltaban naves venecianas en el Mediterráneo Oriental. La atención de nuestros ojos se ha centrado en su retraso socioeconómico y en el auge de los movimientos islamistas en todo Próximo Oriente. Se han magnificado las diferencias al tiempo que se tapan las numerosas similitudes. En definitiva, muchos europeos estamos dando la espalda a los esfuerzos turcos que, sin ser suficientes, no merecen tal desprecio por nuestra parte.

Nos olvidamos de aquellos sultanes que negociaron con Europa, que respetaron a los cristianos de sus territorios, que frenaron las hordas asiáticas dispuestas a terminar con la cultura occidental… Reprochamos a los gobernantes turcos la deplorable situación de su país mientras dejamos entrar en la Unión a naciones –véase el caso rumano- con similar nivel de desarrollo. Les cerramos las puertas por miedo al Islam sin percatarnos de que un aliado poderoso dentro del mundo musulmán sería beneficioso para la propia Europa.

Cierto es que en la actualidad todavía le queda a Turquía un largo trecho por recorrer en su andadura hacia la Unión Europea.

No obstante, lo curioso es que a esta nación no se le perdona ninguno de sus errores y carencias, mientras que otros países en situaciones similares pudieron integrarse fácilmente en el ámbito europeo sin demasiados reproches. Es más, los turcos tienen una mayor riqueza que aportar a Europa, tanto en el ámbito geoestratégico como en el cultural. A mi juicio, Turquía está llamada a ser la puerta de Europa en sus futuras relaciones con el Islam. Y eso incluye tanto el avispero de Oriente Próximo como toda la franja costera del norte de África. También es, por tradición histórica, uno de lo grandes protagonistas de la región que más quebraderos de cabeza ha dado a Europa: los Balcanes. Turquía vendría a cerrar el círculo creado con la integración de los antiguos países del Este, al tiempo que daría a la Unión un mayor potencial diplomático y militar. El peso de los europeos en política exterior se vería sumamente reforzado con la presencia turca.

Europa también ha de entonar el mea culpa

Una de las cuestiones que más ha perjudicado a Turquía en este debate sobre su posible entrada en la Unión Europea ha sido la relativa al genocidio armenio. No pretendo quitar hierro a un asunto tan grave como este, pero pienso que exige atender a numerosos matices. Armenia pertenecía desde siglos atrás al Imperio Otomano, y sus habitantes habían convivido pacíficamente con los turcos. Incluso habían llegado a desempeñar altas responsabilidades de gobierno.

No obstante, a finales del XIX, al tiempo que el territorio de los sultanes era invadido por el nacionalismo turcomano, los armenios rescataron del baúl de la Historia su propia identidad. Reclamaban un Estado-nación propio, algo que el gobierno de Estambul no podía permitir. La actuación imperial para detener el movimiento independentista no estuvo exenta de actos represivos. Sin embargo, hasta 1915 la situación estuvo marcada por una relativa normalidad.

Fue en la Gran Guerra cuando las autoridades otomanas, previendo el peligro quintacolumnista que el pueblo armenio constituía en la frontera con Rusia, se decidieron a internar a miles de personas en campos de prisioneros. Se esperaba para el verano de 1915 una invasión zarista que contase con el apoyo incondicional de la población de Armenia; por esa razón se optó por trasladar a los habitantes de esta región al sur del Imperio. No se trataba de una operación de exterminio como la que llevarían a cabo los nazis treinta años después, pero todo acabó en tragedia.

La causas de esta catástrofe, no del todo involuntaria, fueron la escasez de suministros que asoló Anatolia desde esa fecha hasta el final de la contienda, el odio al “traidor armenio”, y la dureza física que suponía trasladar por el desierto a miles de personas famélicas con el calor del verano a sus espaldas. La mayor parte de los deportados sucumbieron de camino a su destino, y los que quedaron vivos acabaron por encontrar la muerte en los propios campos de prisioneros.

Las cifras oficiales hablan de un millón y medio de seres humanos desaparecidos; aunque los turcos rebajan ese número a doscientos mil.

No se trató, aunque muchas veces se ha querido ver así, de un plan para exterminar la nación Armenia. Y, aunque así fuera, eso justificaría poco el empeño occidental por lastrar a los turcos con semejante losa. Fue el Imperio Otomano, y no la República de Turquía, la que llevó a cabo tales actos. La nueva nación democrática y laica surgida tras la Gran Guerra hizo todo lo posible por alejarse de la herencia imperial. Sería, pues, una situación similar a la de los alemanes cuando renegaron del Tercer Reich. La diferencia es que a Alemania se le permitió dar ese paso, mientras que en el caso turco miramos con recelo y desconfianza ese deseo por olvidar el pasado.

Desde Bruselas se exige a Turquía que pida perdón por el exterminio armenio de 1915. Sin embargo, los europeos nos olvidamos con demasiada facilidad de los años del imperialismo. Naciones como Inglaterra, Italia, Francia o Alemania tienen tras de sí –incluso en el siglo XX- una larga lista de víctimas equiparable, si no superior, a la de los turcos. Hoy todos nos sentamos juntos para construir una Europa más justa y solidaria; nos horrorizamos por los errores cometidos en el pasado, y procuramos evitar que se repitan ¿Acaso no debemos dar la misma oportunidad a la República Turca? Han de pedir perdón, eso está claro, pero esperemos que ahí termine el acoso contra la candidatura de los turcos.

Actualidad: la crisis presidencial de 2007

En las últimas semanas Turquía ha sido noticia por el enfrentamiento entre islamistas y kemalistas. Los primeros, agrupados en torno a la formación política mayoritaria en el Parlamento –Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP)-, trataron de llevar a la presidencia de la República a Abdullah Gül, Ministro de Exteriores del ejecutivo Erdogan. Por su parte, la oposición –Partido Republicano del Pueblo (CHP)-, con el apoyo del Ejército y del Tribunal Constitucional, logró bloquear ese nombramiento. En definitiva, el país ha atravesado la mayor crisis institucional y política de los últimos veinte años.

Estas pocas líneas resumen los hechos acaecidos en Turquía a lo largo del malogrado proceso de investidura de Abdullah Gül. No obstante, detrás de cada una de esas palabras se vislumbra cuál es la situación actual de la política turca; reflejo, al fin y al cabo, de su desarrollo a lo largo del siglo XX. El kemalismo sirvió en su momento para modernizar la nación y librarla de las ataduras de la confesionalidad más estricta. Sin embargo, ochenta años después, su discurso choca con la libertad religiosa defendida por las democracias occidentales. Atatürk, en su afán por desislamizar Turquía, pisoteó muchos derechos reconocidos como fundamentales por la Carta de los Derechos Humanos y los propios postulados del liberalismo democrático.

Ahí es donde se sitúan los llamados islamistas del Partido de la Justicia y el Desarrollo. No son, como piensan los altos mandos del ejército turco –de ahí su oposición al AKP-, radicales ni fundamentalistas; tampoco han de ser considerados continuadores de las formaciones políticas fundadas por Necmettin Erbakan. Los actuales gobernantes de Turquía son republicanos y demócratas que defienden un ligero, a la par que necesario, viraje en la política kemalista. Desean vivir en una nación laica –que no laicista-; un país que reconozca los derechos de las religiones, incluida la musulmana. Y son precisamente estos hombres los que desean ardientemente entrar en la Unión Europea.

La élite kemalista, ahogada en su nacionalismo laicista, mira con recelo a Bruselas.

Desde Occidente se mira con desconfianza a los miembros del actual gobierno turco por tratarse de islamistas. Sin embargo, esa denominación no tiene, como en otras naciones musulmanas, un carácter radical. Son personajes contrarios al laicismo predominante en Turquía. No quieren volver al Estado-religión de otras épocas y lugares, sino establecer una aconfesionalidad respetuosa con las creencias. Por esa razón miran a Europa. Esperan que ella ayude a consolidar su democracia, a hacerla más estable. Buscan también en la Unión un respaldo a sus reivindicaciones en pro de la libertad individual; en este caso referida a la expresión religiosa.

Por su parte, no quedan dudas, tras las últimas declaraciones de las autoridades comunitarias, de que Bruselas prefiere a Abdullah Gül al frente de Turquía. Una vuelta de la élite kemalista al poder reavivaría las llamas del nacionalismo turco, contrario a la integración de la República en Europa. El futuro es incierto, aunque todo parece indicar que el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) volverá a imponerse sobre las destartaladas filas socialdemócratas en las elecciones del próximo mes de julio. Para entonces, con el sólido respaldo de las urnas, Recep Tayyip Erdogan podrá operar el cambio que necesita Turquía para encaminarse definitivamente a Europa.

Historia Moderna: el pensamiento político español

Breve repaso al pensamiento político de la Monarquía Hispánica en la Edad Moderna a partir de la obra de Antonio Feros, profesor de Historia en la Universidad de Pennsylvania.


El duque de Lerma. Realeza y privanza en la España de Felipe III nos introduce, con el capítulo titulado Confrontación ideológica y división faccional, en los años finales del valimiento de Lerma. Antonio Feros trata de explicar en esas páginas como, desde 1610, el valido fue perdiendo prestigio, tanto de cara a la Corte como, lo que es más importante, de cara al monarca.

No obstante, más que la propia caída del duque de Lerma, el desprestigio de sus “hechuras” por cuestiones de corrupción, o el poder de sus enemigos, Feros centra su línea argumental en la lucha en torno a la ideología política: desprestigiar al valido -cuestionar su poder- hubiera resultado una tarea más ardua si sus opositores no hubieran contado con un respaldo ideológico sólido con el que hacer valer su postura.

Verdad es que, tras varios años como principal responsable de la política hispánica, Lerma tenía numerosos enemigos –personajes deseosos de verle lejos de los puestos de gobierno- capaces de desarrollar una intensa oposición a la figura del valido. Sin embargo, no es menos cierto que, tanto tiempo en el poder, había permitido al duque granjearse la amistad de muchos hombres influyentes y controlar mejor todos los resortes del Estado, incluyendo dentro de estos los que le permitían continuar gozando de los favores de Felipe III.

Por tanto, hemos de concluir afirmando que las ideas políticas de la época –los postulados de los pensadores españoles de la Contrarreforma- tuvieron un papel decisivo en el hundimiento del valido y, por consiguiente, en el cambio de rumbo de la política de la Monarquía Hispánica.

El pensamiento político predominante en España desde los Reyes Católicos presentaba, como una de sus principales características, un marcado carácter antiabsolutista. En estos teóricos se apreciaba una clara preferencia por un gobierno monárquico, pero siempre orientado a alcanzar el bien común. Se trataba, pues, de un modelo en el que –seguimos para explicarlo al P. Suárez- el poder delegado al monarca no venía directamente de Dios, sino que –por voluntad divina- recaía en el pueblo. De esta manera, era el Reino el que otorgaba al gobernante su poder.

A este límite que impedía alcanzar el absolutismo, se unían otros como la defensa del destronamiento del tirano –presente desde el erasmista Alfonso de Valdés-, que alcanzaba su culmen con la teoría del regicidio del P. Mariana; el respeto de los derechos y libertades individuales que debían primar sobre la acción del Estado; o la necesidad de que la actuación política se desarrollase acorde a los postulados de la moral cristiana. En resumen, tradicionalmente, y más en esos años, los teóricos españoles habían sido partidarios un modelo de gobierno mixto de tipo aristotélico. Por esa razón, la actuación política de Lerma –su omnipotencia, arbitrariedad y escaso respeto a muchas de las instituciones del Estado- resultaba fácilmente cuestionable desde los puntos de vista teórico y moral.

Sin embargo, el gobierno de Lerma no solo contradecía a la teoría política española en lo referente a sus posturas absolutistas; tampoco coincidía con los contrarreformistas en lo referente a la Razón de Estado y la moralidad de los actos del monarca.

Uno de los principales representantes de este pensamiento, Pedro de Rivadeneyra, consideraba que el error de Maquiavelo había consistido en suponer incompatibles la razón natural y la religión. De esta manera, el italiano había introducido al pensamiento político en un tortuoso camino que admitía la amoralidad –o incluso inmoralidad- de los actos del gobernante. En opinión de los antimaquiavélicos españoles, eso solo podía conducir a la tiranía y la aberración: a que el monarca perdiera el respeto de sus súbditos.

Eso, llevado al caso concreto del valido, era justamente lo que había ocurrido con el duque de Lerma: controlaba el gobierno a su antojo -en muchas ocasiones entrando en contradicción con la moral cristiana-, y eso le había granjeado el odio de buena parte de la nobleza y del pueblo. Por supuesto, esto lo aprovecharon sus enemigos –Aliaga, Uceda, Zuñiga…- para desgastar, ante el rey y ante el Reino, la figura del valido; para culpar de la situación del Estado a su persona y su inmoralidad en lo referente a la política. Además, para apoyar esta labor de desprestigio con hechos irrefutables, los enemigos de Lerma contaban con los casos de corrupción de las propias “hechuras” del valido, donde cabe destacar el caso de Rodrigo Calderón.

De esta forma, debajo de esa punta de iceberg que era la lucha por el poder y el favor real dentro de las distintas facciones aristocráticas, se encontraba un rico pensamiento político heredero del fracasado erasmismo, de la brillante Escuela de Salamanca y de la pujante neoescolástica. En el fondo lo que se planteaban los politólogos españoles a finales del XVI y principios del XVII, era la búsqueda de la conformidad de un gobierno fuerte y eficaz con la moral y la religión cristiana. Se trataba, pues, de justificar la necesidad del respeto a esas normas básicas que, de hecho –como vimos con Rivadeneyra-, creían necesarias para el desarrollo de un buen gobierno. Así, encontramos como las posturas de los teóricos españoles difieren en lo referente a esta cuestión.

Todos mostraron su repulsa a los planteamientos de Maquiavelo, sin embargo, en su intento por reconciliar la política con la moral religiosa tomaron diversos caminos:
  • Los eticistas o tradicionalistas defendieron la plena subordinación de la política a la moral y la religión.
  • Los tacitistas o neoestoicistas se decantaron por la búsqueda de un gobierno racional, postura ya tomada por el autor de El Príncipe, pero sin postular, como el italiano había recomendado, la confrontación entre política y ética.
  • Los demás pensadores, como afirma Maravall, oscilaron entre ambos campos en función de las cuestiones a tratar.
  • Por último, cabe destacar la gran originalidad del pensamiento expuesto por G. Botero en Della ragione di Stato. En sus páginas el italiano defendía la armonía entre razón y fe, por lo que concluía que toda actuación según la fe obtendría los mejores resultados políticos. Este autor venía, pues, a afirmar que la mejor Razón de Estado consistiría en obedecer los mandatos divinos. No obstante, y ahí se encuentra la genialidad de Botero, se cuidó mucho de subordinar la política a la religión; defendía la autonomía de ambas, pero no por ello las declaraba contrarias.

¿Políticos honrados?


Podríamos decir que política es el arte de aplicar en cada época de la historia las medidas que las circunstancias exigen. Siendo la habilidad para descubrirlas la que marca las diferencias entre los dirigentes corrientes y los grandes hombres.

Considero que es la misma historia la que reclama la aparición de estos personajes. Como si en esos momentos el desarrollo de los acontecimientos, para no estancarse, requiriera de un valioso estadista.

No cabe duda que el periodo posterior a la II Guerra Mundial constituyó una auténtica plantación de hábiles políticos: personas que trataron de manejar con el mayor cuidado y acierto una situación muy delicada. Robert Schuman, jefe del gobierno francés a principios de los cincuenta, fue uno de esos protagonistas.

Su labor como pionero de la unidad europea le valió la admiración de muchos correligionarios en su época y el título de “padre de Europa” en la actualidad.

Este franco-germano tenía muy claro el papel de nuestro continente en el mundo cuando afirmaba que la Europa unida prefiguraría la solidaridad universal del futuro. Sostenía que el Viejo Continente, recién salido del horror de seis años de guerra, sabría mostrar al resto del planeta la senda que conduce a la paz. De ahí su incansable defensa de la negociación como la solución a los problemas internacionales. Ahora que la Unión Europea extiende sus brazos más allá de lo que fue el Telón de Acero se entiende perfectamente su postura.

Robert Schuman, profundamente católico, supo descubrir las raíces cristianas de Europa; esas que tanto viene reclamando en las últimas décadas K. Wojtyla. Esto se debía a su percepción del cristianismo como una doctrina ampliable a todos los ámbitos de la vida humana.

Este gran estadista ha demostrado al mundo que ser cristiano y dedicarse a la política no es incompatible. Por esa razón recientemente se ha abierto su proceso de beatificación, que situará al primer presidente del parlamento europeo como ejemplo para todos los políticos.

“Necesitamos más dirigentes como él” apuntaba Jacques Paragon, secretario general del Institut Saint-Benoît.

Con la coherencia de su vida, Robert Schuman pone la réplica a las funestas palabras de R. Reagan. El americano solía comentar que la política era la segunda profesión más baja, guardando una estrecha similitud con la primera. Seguramente el ex presidente de los Estados Unidos nunca pensó en poner en práctica los valores cristianos a la hora de desempeñar su labor como político.

El turco. Diez siglos a las puertas de Europa


En noviembre de 2006 veía la luz El turco. Diez siglos a las puertas de Europa, último trabajo del profesor Francisco Veiga; una libro llamado a convertirse en obra de referencia para los estudios de Historia de Turquía en el mundo castellano-parlante. En sus más de seiscientas páginas el lector se sumerge en el poco conocido túnel histórico turco para realizar un largo viaje que le llevará desde los mitos fundacionales de este pueblo hasta las puertas del siglo XXI.

Ahí radica el gran mérito del autor, sabe guiarnos con una prosa ligera a través de diez complejos siglos.

El trabajo de documentación es sin lugar a dudas admirable, pero posee un valor superior la capacidad del autor para organizar esa información. Consigue que el libro resulte ameno y comprensible para personas no iniciadas en la materia; y, al mismo tiempo, ofrece a los conocedores del fenómeno turco un trabajo serio en el que poder profundizar en sus conocimientos. Hoy por hoy, para conocer al turco en su historia y costumbres, es imprescindible acudir a la obra del profesor Veiga.

Desde las primeras páginas se descubre el inmenso reto al que el autor se lanzó cuando inició este trabajo. Resulta llamativo que una sola persona sea capaz de condensar, en un único volumen, tal cantidad de información. No obstante, es aún más admirable hacerlo de tal manera que un público como el hispano, tan poco versado y lleno de prejuicios en lo relativo a la cuestión turca, pueda comprenderlo a la perfección.

Francisco Veiga no nos ofrece en esta obra una visión de la Historia de Turquía; ni siquiera un panorama conjunto de esta con los imperios y estructuras políticas anteriores. Nos lleva de la mano ante el turco, un personaje cercano a la par que desconocido; un compañero en nuestro viajes histórico situado a medio camino entre nuestro mundo y el oriental. En definitiva, una figura que desde hace décadas –y más especialmente desde el año 2005- está llamando a la puerta del proceso integrador europeo.

Al finalizar la lectura uno se queda con la sensación de que el autor ha logrado su objetivo. Se ha sobrepuesto a la difícil tarea de recoger en el papel -con palabras- la esencia de Turquía en su Historia. Es más, consigue también dejar dentro del lector el “gusanillo” de lo turco; le convence de que se trata de un mundo que merece la pena conocer.

Nos encontramos, pues, ante un trabajo centrado en la figura del turco, pero no en solitario. Francisco Veiga lo resume a la perfección en el título de la obra: Turquía y sus antecedentes históricos son los protagonistas, pero siempre en relación con el ámbito europeo. Es verdad que tanto el mundo islámico como el oriental están presentes a lo largo de los capítulos del libro.

Sin embargo, la orientación hacia el occidente parece evidente.

El autor orienta su labor desde la perspectiva del presente; y no sólo por las pretensiones europeístas de la actual República de Turquía. Basa esa posición en seis siglos de intensas relaciones. Un contacto que, durante los últimos doscientos años, ha estado marcado por el afán turco de imitar a los europeos. A pesar de la amplitud temática y cronológica de la obra, el profesor Veiga muestra desde la misma introducción un claro interés por justificar la candidatura de Turquía a la Unión Europea. Es más, no trata de ocultarlo; manifiesta que en el origen de sus investigaciones están los sucesos más recientes de la Historia turca y sus relaciones con Europa.

No obstante, su afán por defender la entrada de Turquía en la Unión Europea no resta valor al conjunto de la obra.

Esta es rica en argumentos a favor de la integración de los turcos en el proceso integrador, pero también en otros aspectos históricos y culturales que nada tienen que ver con esa cuestión. El autor se detiene tal vez más en la Historia actual, protagonista tanto en la introducción como en las conclusiones. Pero se muestra riguroso en todos y cada uno de los temas que aborda su trabajo. Esto permite al lector conocer al turco en mil años de devenir histórico para, posteriormente, valorar con cierto conocimiento de causa las interesantes opiniones de Francisco Veiga sobre la situación del momento.

Francia ante el fracaso de la CED


El 9 de mayo de 1950 Robert Schuman, ministro de exteriores galo, lanzaba a los Estados europeos una ambiciosa propuesta: la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA). Un año después seis países –Francia, Alemania, Italia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo- firmaban este tratado en París, y elegían a otro francés, Jean Monnet, como Alta Autoridad de este organismo. La andadura europea comenzaba, y lo hacía con el impulso de una gran nación: Francia.

Todo esto hubiera sido imposible sin el apoyo de los demás integrantes, pero el protagonismo francés parece claro.

Es más, incluso si nos remontamos a la prehistoria de las Comunidades Europea tenemos que destacar a otro político de ese país, Aristide Briand, como impulsor del proyecto. Europa siempre –incluso actualmente- ha estado mirando a Francia, y su construcción como proceso integrador ha dependido bastante de la actitud de aquel país. Por esa razón, en estos más de cincuenta años, los franceses han tenido tanto la fuerza de dar grandes impulsos a Europa, como la capacidad de frenarla introduciendo en su seno procesos de crisis.

Una de las características más curiosas de los sucesivos rechazos del Estado francés a las directrices marcadas por Europa es que cada vez lo ha hecho de un modo distinto. Hemos visto como lo vetaban en la Asamblea Nacional –Comunidad Europea de Defensa (1954)-, como sus representantes abandonaban los organismos comunitarios –crisis de la “silla vacía” (1966)-, y como el pueblo soberano expresaba su oposición mediante el mecanismo del referéndum –Constitución Europea (2005)-.

La otra característica a tener en cuenta es que, salvo en la crisis de 1966, el gobierno francés, favorable a la profundización en la integración, se encontró con la oposición institucional o popular. Resulta frecuente en todo este periplo histórico encontrarse con una Francia dividida; con un poder ejecutivo que no es respaldado en el momento adecuado por los diputados o el electorado. Las consecuencias de los sucesivos rechazos franceses a los proyectos europeos también han sido de los más dispares:

  • En 1954 perdieron la iniciativa en la construcción comunitaria.
  • En 1966 el general De Gaulle logró reducir las exigencias de la Comisión, retrasando así la aparición del Estado Federal Europeo.
  • En 2005 dejaron a toda la Unión paralizada y a la espera del resultado de las elecciones presidenciales de 2007.
En fin, el peso de Francia en la Unión Europea es, aunque muchos quieran negarlo, enorme.

El primer portazo que Francia dio al proceso de integración fue su rechazo a la Comunidad Europea de Defensa (CED) en 1954. Robert Schuman y Jean Monet, ingenieros de la CECA, presentaron a las naciones europeas un nuevo proyecto que buscaba complementar al primer triunfo comunitario. El objetivo era crear un sistema de defensa común, cuestión que no solo respaldaban los seis gobiernos integrantes, sino también los EE.UU.

Los franceses, pues, lanzaron un nuevo reto a Europa, y esta lo aceptó. Sin embargo, fue la propia Francia la que impidió que la Comunidad de Defensa se hiciera realidad. La, en apariencia, alianza imposible entre guallistas y comunistas, facilitó que la Asamblea Nacional se mostrara contraria al nuevo proyecto europeo.

Con la crisis de 1954 Francia perdió la iniciativa en el proceso de construcción europeo.

Desde ese momento fueron otros los encargados de sacar a Europa del atolladero con un nuevo proyecto comunitario. La Conferencia de Messina (1956) y los posteriores Tratados de Roma (1957) no tuvieron a los franceses como protagonistas. Fue principalmente el genio de Paul Henri Spaak el que sustituyó a Schuman y Monet en esa labor de ingeniería.

Francia ya no era la locomotora ideológica y simbólica de Europa; París dejaba de ser su capital en beneficio de Bruselas. El rechazo de la Asamblea Nacional a la Comunidad de Defensa marcó el inicio de una nueva etapa para el proceso de integración; un periodo en el que, sin dejar de ser importante, Francia abandonaba su posición de predominio.

La independencia de Argentina

Esta entrada no es más que una crítica-resumen a «La independencia de Argentina», obra que el historiador y académico Edberto Óscar Acevedo publicó en 1992.


El proceso de independencia del virreinato de Río de La Plata fue, sin lugar a dudas, el más complejo de todos los que se dieron en las antiguas colonias hispánicas.

En él confluyeron elementos tan dispares, contradictorios y convulsos como los enfrentamientos entre unitarios y federalistas, la rivalidad entre el ámbito bonaerense y el interior, la lucha contra los ejércitos españoles, las intervenciones inglesas, y las sucesivas amputaciones territoriales.

Nos encontramos, pues, ante un fenómeno traumático para Argentina que lastró su desarrollo político y económico hasta finales del siglo XIX. Un proceso de difícil comprensión para todo aquel que trate de acercarse a él. Por esa razón, son tan valiosas obras como la de Edbertó Óscar Acevedo; trabajos que, con infinita paciencia, logran desenmarañar hechos tan complejos como los acaecidos en el antiguo virreinato hispánico. Además, al propio grueso de la obra, hay que añadir dos excelentes anexos:

  • Una cronología de los acontecimientos argentinos.
  • Un conjunto de breves biografías de los principales protagonistas.
Los planteamientos de Acevedo en torno a las causas que propiciaron la independencia del Río de La Plata son, en su mayoría, idénticos a los enunciados por Jaime Delgado en su obra sobre la emancipación hispanoamericana.

Sin embargo, La independencia de Argentina añade un elemento más a esa ristra de factores: la crisis de autoridad que provocaron los intentos de invasión ingleses de 1806 y 1807. Casi todos los virreinatos y capitanías experimentaron un fenómeno similar en sus propias carnes, pero ninguno de manera tan radical y temprana como el bonaerense. La mayoría de ellos no fueron conscientes de la crítica situación de España hasta la disolución de la Junta Suprema en Cádiz tras la arrolladora contraofensiva napoleónica.

Cinco años antes los argentinos ya habían vivido esos hechos de una manera distinta, con el ataque a su tierra por parte de Inglaterra. Y lo que es más importante, habían sido capaces de organizarse y vencer de manera autónoma, al margen de la autoridad española. El autor señala tres aspectos presentes en estos acontecimientos que marcaron el futuro desarrollo del proceso independentista:

  • La centralidad de Buenos Aires.
  • La incapacidad española manifestada en la persona del virrey Sobremonte.
  • La conciencia de patria surgida entre los rioplatenses.
Estos elementos, unidos a la recién descubierta capacidad de autogobierno, guiaron a los criollos, deseosos de detentar el poder, hacia la independencia.

Tras situar el inicio del proceso emancipador en las consecuencias de las invasiones inglesas de 1806 y 1807, Edbertó Oscar Acevedo recorre brevemente los grupos ideológicos y partidos en los que se dividía la élite social del Río de La Plata. Con escasas variaciones, estos personajes fueron los que en 1810 comandaron el proceso que llevó a la convocatoria del cabildo abierto y a la destitución del virrey.

El Motín de Aranjuez tuvo sus consecuencias en el ámbito rioplatense –destaca el cambio en el poder virreinal: de Santiago de Liniers a Hidalgo de Cisneros-; sin embargo, el polvorín bonaerense no acabó de encenderse hasta el triunfo de la contraofensiva napoleónica en la península Ibérica. La delicada situación de Cádiz y la disolución de la Junta Suprema en la isla de León fueron los dos acontecimientos que acabaron por convencer a los rioplatenses –también a Carlos María Alvear y José de San Martín- de la necesidad de seguir su propio camino.

El autor deja muy claro que, aunque existieron antecedentes importantes, el camino hacia la independencia no se comenzó a recorrer andar con todas sus consecuencia hasta la convocatoria del cabildo que debía nombrar una nueva Junta para el Río de La Plata. Cierto es que durante los primeros años no se declaró la independencia –principalmente a causa de la división en el seno de la élite criolla y por la incertidumbre provocada por la situación española-, pero se actuó como si esta existiera.

Los enfrentamientos con el virrey de Perú vendrían a confirmar esta tesis. A Hidalgo de Cisneros podían deponerlo con apariencia de legalidad, ya que lo había nombrado la desaparecida Junta sevillana; pero el caso de Abascal era distinto. Se trataba, aunque muchos no lo quisieran ver así, de una rebelión encubierta contra las autoridades españolas.

La elección de una Junta emancipada de las autoridades peninsulares constituía, a juicio del autor, una clara muestra de los deseos de autonomía que recorrían Hispanoamérica durante esos años. Se trataba de un movimiento protagonizado por la élite criolla que, aprovechando la ruina de la metrópoli, trató de hacer realidad sus sueños de poder.

Sin embargo, la nueva junta rioplatense iba a tener que enfrentarse a un importante número de problemas que, lógicamente, lastraron el proceso independentista. A la guerra con los realistas, cuyos mayores exponentes eran los virreyes Abascal y Elió, se unía la propia fragmentación territorial del antiguo virreinato.

Montevideo, Córdoba y Paraguay se alejaron muy pronto de la ruta marcada por el movimiento bonaerense. Distinto camino, aunque con idénticas consecuencias, siguió el Alto Perú.

La derrota de Belgrano ante Goyeneche y la posterior intervención bolivariana privaron al ámbito rioplatense de una de sus regiones más codiciadas. Además, las rivalidades internas entre las distintas facciones -unitarios y federalista, savedristas y morenistas, republicanos y monárquicos…- y los partidarios de los diversos caudillos, hacían difícil la eficaz gobernación de los territorios emancipados.

Acevedo hace especial hincapié en el periodo de los dos triunviratos y en los inspiradores de ambos: el primero de ellos seguía las directrices del hábil Bernardino Rivadavia, mientras que el segundo era un constructo de la Logia Lautaro. El autor también nos deja una opinión muy tajante acerca del Congreso de Tucumán (1816-1819) y la constitución forjada en su seno.

Aparte de la evidente inspiración en la obra legislativa gaditana, destaca su carácter utópico en medio de un ambiente caótico: un excelente ropaje que no se adecuaba a la realidad existente en el ámbito rioplatense. Sin embargo, con independencia de sus carencias, los hechos de Tucumán acabaron por consolidar la independencia de los antiguos territorios virreinales. Podríamos resumir la actividad del Congreso con las siguientes palabras de Edbertó Oscar Acevedo:

“Habían declarado la independencia, pero no supieron organizar el país”.

Los representantes de Tucumán no quisieron cerrar las puertas a ningún sistema político. Su indecisión a la hora de decantarse por monarquía o república, por federalismo o unitarismo, acabó por legar al pueblo una nación sin una forma de estado y de gobierno definida. Esto a la postre resultó fatal para el proyecto de las Provincias Unidas

Tras su repaso al Congreso de Tucumán, Acevedo realiza un breve repaso de la Historia argentina hasta la llegada al poder de Juan Manuel Rosas. Se trata, pues, de un periodo de diez años en los que no sólo se limita a relatar narrar los hechos bonaerenses; el autor también nos narra el destino –la independencia y construcción estatal- de los demás territorios pertenecientes al antiguo virreinato rioplatense.

Finalmente, a modo de conclusión, la obra se detiene en una serie de cuestiones de carácter teórico: la identidad nacional, el federalismo y el liberalismo, las dificultades de la independencia, y la desintegración territorial.