Turquía: Atatürk camina hacia Europa

Presento a continuación un texto que escribí en mayo de 2007 para la revista digital «Luz y Taquígrafos». El sexto número de esta publicación se dedicó, con motivo del Día de Europa -9 de mayo-, al proceso de integración europeo. Yo me decidí, animado por los recientes acontecimientos de abril y mayo, a tratar la cuestión turca dentro del marco de su posible incorporación a la Unión Europea. Este es el resultado.


La Historia de los turcos es la de un pueblo que lleva casi mil años llamando a las puertas de Europa. Constituyen el recuerdo de una antigua amenaza para la entonces llamada Cristiandad, pero también el de un muro de contención contra las imprevisibles y devastadoras incursiones centroasiáticas. Forman parte de la tradición histórica de nuestro entorno; sin embargo, somos muy diferentes. Han sido durante mucho tiempo el límite oriental del mundo europeo. Y, como habitantes de una tierra de frontera, han desarrollado aspectos culturales propios de nuestro ámbito, pero también del de otros pueblos situados más allá de ese limes. Tal vez esa peculiar situación geográfica sea la responsable de que hoy por hoy los europeos veamos al turco como un extraño.

No obstante, aunque también participan de otras tradiciones culturales, ellos se consideran parte de Europa. Y lo cierto es que, tal vez, pesen más las similitudes que las diferencias.

Turquía comenzó hace más de ochenta años su proceso de occidentalización. De la mano de Mustafa Kemal Atatürk se iniciaron una serie de reformas tendentes a desislamizar el Estado y proporcionar a la población una educación moderna y de carácter liberal. Incluso, en ese afán por abandonar las viejas tradiciones, el líder turco llegó a prohibir el alfabeto árabe, imponiéndose como oficial el de tipo occidental. Tras la Segunda Guerra Mundial, Turquía se convirtió en una pieza clave en el escenario de Guerra Fría como aliada de los Estado Unidos. Eso explicaría las abundantes ayudas que recibió del Plan Marshall, y su elección como miembro del Consejo de Europa en 1949. No obstante, su entrada en el proyecto comunitario se frustró en tres ocasiones –1973, 1981 y 2004- por la desidia de sus gobernantes y las dificultades internas.

Entre estas últimas destaca una que, a día de hoy, todavía preocupa notablemente en Bruselas. Se trata de la continua intromisión del ejército en la vida política del país. Desde los años de gobierno de Atatürk, los militares han cumplido el papel de defensores de la democracia y la laicidad del Estado. Esto explicaría un fenómeno que en Occidente, cuya Historia casi siempre ha funcionado en el sentido contrario, difícilmente podemos entender: el ejército es el garante del liberalismo republicano. Así ha sucedido hasta la década de 1980, cuando se produjo el último de los cuatro golpes militares vividos por Turquía desde el final de la Gran Guerra. Es cierto que desde entonces el estamento militar no ha vuelto a tomar el control directo del país, pero su sombra –como bien se ha podido comprobar a raíz de la crisis presidencial de este año- siempre ha estado presente en la vida política nacional.

Turquía pretende ahora acercarse a la Unión Europea, y esta, consciente de la complejidad de la cuestión, elude responder de forma inmediata. Los miembros comunitarios no quieren precipitarse a la hora de dar entrada a un gigante tan peculiar en el seno de Europa. Por su parte, los turcos, de la mano del islamista Recep Tayyip Erdogan, repiten la misma jugada que durante siglos han utilizado para alcanzar sus objetivos: presionar al adversario –en este caso futuro aliado- jugándose todo a una carta. Sin embargo, como tantas veces les ha sucedido en la Historia a los gobiernos turcos y otomanos, se han encontrado con divisiones dentro de su propio territorio: son muchos los turcos que no quieren entrar en Europa. Y, para complicar la cuestión, son más los europeos que no desean ver dentro del proceso integrador a los hijos de la media luna.

Turquía frente a Europa

Las negociaciones para la adhesión de Turquía a la Unión Europea como miembro de pleno derecho se iniciaron el 3 de octubre de 2005. El largo camino de los turcos hacia el paneuropeísmo parecía estar llegando a su fin cuarenta años después. Sin embargo, los ciudadanos europeos hemos abierto un debate completamente nuevo: se trata de dilucidar si queremos tener a los antiguos otomanos dentro de nuestro proceso integrador. Y, como suele suceder en los casos en que la prensa no especializada toma la batuta, la discusión está marcada por la ignorancia y los viejos prejuicios.

De pronto han resurgido de las páginas de la Historia las figuras de los antiguos sultanes que ponían cerco a Viena y asaltaban naves venecianas en el Mediterráneo Oriental. La atención de nuestros ojos se ha centrado en su retraso socioeconómico y en el auge de los movimientos islamistas en todo Próximo Oriente. Se han magnificado las diferencias al tiempo que se tapan las numerosas similitudes. En definitiva, muchos europeos estamos dando la espalda a los esfuerzos turcos que, sin ser suficientes, no merecen tal desprecio por nuestra parte.

Nos olvidamos de aquellos sultanes que negociaron con Europa, que respetaron a los cristianos de sus territorios, que frenaron las hordas asiáticas dispuestas a terminar con la cultura occidental… Reprochamos a los gobernantes turcos la deplorable situación de su país mientras dejamos entrar en la Unión a naciones –véase el caso rumano- con similar nivel de desarrollo. Les cerramos las puertas por miedo al Islam sin percatarnos de que un aliado poderoso dentro del mundo musulmán sería beneficioso para la propia Europa.

Cierto es que en la actualidad todavía le queda a Turquía un largo trecho por recorrer en su andadura hacia la Unión Europea.

No obstante, lo curioso es que a esta nación no se le perdona ninguno de sus errores y carencias, mientras que otros países en situaciones similares pudieron integrarse fácilmente en el ámbito europeo sin demasiados reproches. Es más, los turcos tienen una mayor riqueza que aportar a Europa, tanto en el ámbito geoestratégico como en el cultural. A mi juicio, Turquía está llamada a ser la puerta de Europa en sus futuras relaciones con el Islam. Y eso incluye tanto el avispero de Oriente Próximo como toda la franja costera del norte de África. También es, por tradición histórica, uno de lo grandes protagonistas de la región que más quebraderos de cabeza ha dado a Europa: los Balcanes. Turquía vendría a cerrar el círculo creado con la integración de los antiguos países del Este, al tiempo que daría a la Unión un mayor potencial diplomático y militar. El peso de los europeos en política exterior se vería sumamente reforzado con la presencia turca.

Europa también ha de entonar el mea culpa

Una de las cuestiones que más ha perjudicado a Turquía en este debate sobre su posible entrada en la Unión Europea ha sido la relativa al genocidio armenio. No pretendo quitar hierro a un asunto tan grave como este, pero pienso que exige atender a numerosos matices. Armenia pertenecía desde siglos atrás al Imperio Otomano, y sus habitantes habían convivido pacíficamente con los turcos. Incluso habían llegado a desempeñar altas responsabilidades de gobierno.

No obstante, a finales del XIX, al tiempo que el territorio de los sultanes era invadido por el nacionalismo turcomano, los armenios rescataron del baúl de la Historia su propia identidad. Reclamaban un Estado-nación propio, algo que el gobierno de Estambul no podía permitir. La actuación imperial para detener el movimiento independentista no estuvo exenta de actos represivos. Sin embargo, hasta 1915 la situación estuvo marcada por una relativa normalidad.

Fue en la Gran Guerra cuando las autoridades otomanas, previendo el peligro quintacolumnista que el pueblo armenio constituía en la frontera con Rusia, se decidieron a internar a miles de personas en campos de prisioneros. Se esperaba para el verano de 1915 una invasión zarista que contase con el apoyo incondicional de la población de Armenia; por esa razón se optó por trasladar a los habitantes de esta región al sur del Imperio. No se trataba de una operación de exterminio como la que llevarían a cabo los nazis treinta años después, pero todo acabó en tragedia.

La causas de esta catástrofe, no del todo involuntaria, fueron la escasez de suministros que asoló Anatolia desde esa fecha hasta el final de la contienda, el odio al “traidor armenio”, y la dureza física que suponía trasladar por el desierto a miles de personas famélicas con el calor del verano a sus espaldas. La mayor parte de los deportados sucumbieron de camino a su destino, y los que quedaron vivos acabaron por encontrar la muerte en los propios campos de prisioneros.

Las cifras oficiales hablan de un millón y medio de seres humanos desaparecidos; aunque los turcos rebajan ese número a doscientos mil.

No se trató, aunque muchas veces se ha querido ver así, de un plan para exterminar la nación Armenia. Y, aunque así fuera, eso justificaría poco el empeño occidental por lastrar a los turcos con semejante losa. Fue el Imperio Otomano, y no la República de Turquía, la que llevó a cabo tales actos. La nueva nación democrática y laica surgida tras la Gran Guerra hizo todo lo posible por alejarse de la herencia imperial. Sería, pues, una situación similar a la de los alemanes cuando renegaron del Tercer Reich. La diferencia es que a Alemania se le permitió dar ese paso, mientras que en el caso turco miramos con recelo y desconfianza ese deseo por olvidar el pasado.

Desde Bruselas se exige a Turquía que pida perdón por el exterminio armenio de 1915. Sin embargo, los europeos nos olvidamos con demasiada facilidad de los años del imperialismo. Naciones como Inglaterra, Italia, Francia o Alemania tienen tras de sí –incluso en el siglo XX- una larga lista de víctimas equiparable, si no superior, a la de los turcos. Hoy todos nos sentamos juntos para construir una Europa más justa y solidaria; nos horrorizamos por los errores cometidos en el pasado, y procuramos evitar que se repitan ¿Acaso no debemos dar la misma oportunidad a la República Turca? Han de pedir perdón, eso está claro, pero esperemos que ahí termine el acoso contra la candidatura de los turcos.

Actualidad: la crisis presidencial de 2007

En las últimas semanas Turquía ha sido noticia por el enfrentamiento entre islamistas y kemalistas. Los primeros, agrupados en torno a la formación política mayoritaria en el Parlamento –Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP)-, trataron de llevar a la presidencia de la República a Abdullah Gül, Ministro de Exteriores del ejecutivo Erdogan. Por su parte, la oposición –Partido Republicano del Pueblo (CHP)-, con el apoyo del Ejército y del Tribunal Constitucional, logró bloquear ese nombramiento. En definitiva, el país ha atravesado la mayor crisis institucional y política de los últimos veinte años.

Estas pocas líneas resumen los hechos acaecidos en Turquía a lo largo del malogrado proceso de investidura de Abdullah Gül. No obstante, detrás de cada una de esas palabras se vislumbra cuál es la situación actual de la política turca; reflejo, al fin y al cabo, de su desarrollo a lo largo del siglo XX. El kemalismo sirvió en su momento para modernizar la nación y librarla de las ataduras de la confesionalidad más estricta. Sin embargo, ochenta años después, su discurso choca con la libertad religiosa defendida por las democracias occidentales. Atatürk, en su afán por desislamizar Turquía, pisoteó muchos derechos reconocidos como fundamentales por la Carta de los Derechos Humanos y los propios postulados del liberalismo democrático.

Ahí es donde se sitúan los llamados islamistas del Partido de la Justicia y el Desarrollo. No son, como piensan los altos mandos del ejército turco –de ahí su oposición al AKP-, radicales ni fundamentalistas; tampoco han de ser considerados continuadores de las formaciones políticas fundadas por Necmettin Erbakan. Los actuales gobernantes de Turquía son republicanos y demócratas que defienden un ligero, a la par que necesario, viraje en la política kemalista. Desean vivir en una nación laica –que no laicista-; un país que reconozca los derechos de las religiones, incluida la musulmana. Y son precisamente estos hombres los que desean ardientemente entrar en la Unión Europea.

La élite kemalista, ahogada en su nacionalismo laicista, mira con recelo a Bruselas.

Desde Occidente se mira con desconfianza a los miembros del actual gobierno turco por tratarse de islamistas. Sin embargo, esa denominación no tiene, como en otras naciones musulmanas, un carácter radical. Son personajes contrarios al laicismo predominante en Turquía. No quieren volver al Estado-religión de otras épocas y lugares, sino establecer una aconfesionalidad respetuosa con las creencias. Por esa razón miran a Europa. Esperan que ella ayude a consolidar su democracia, a hacerla más estable. Buscan también en la Unión un respaldo a sus reivindicaciones en pro de la libertad individual; en este caso referida a la expresión religiosa.

Por su parte, no quedan dudas, tras las últimas declaraciones de las autoridades comunitarias, de que Bruselas prefiere a Abdullah Gül al frente de Turquía. Una vuelta de la élite kemalista al poder reavivaría las llamas del nacionalismo turco, contrario a la integración de la República en Europa. El futuro es incierto, aunque todo parece indicar que el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) volverá a imponerse sobre las destartaladas filas socialdemócratas en las elecciones del próximo mes de julio. Para entonces, con el sólido respaldo de las urnas, Recep Tayyip Erdogan podrá operar el cambio que necesita Turquía para encaminarse definitivamente a Europa.

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Historia Moderna: el pensamiento político español

Breve repaso al pensamiento político de la Monarquía Hispánica en la Edad Moderna a partir de la obra de Antonio Feros, profesor de Historia en la Universidad de Pennsylvania.


El duque de Lerma. Realeza y privanza en la España de Felipe III nos introduce, con el capítulo titulado Confrontación ideológica y división faccional, en los años finales del valimiento de Lerma. Antonio Feros trata de explicar en esas páginas como, desde 1610, el valido fue perdiendo prestigio, tanto de cara a la Corte como, lo que es más importante, de cara al monarca.

No obstante, más que la propia caída del duque de Lerma, el desprestigio de sus “hechuras” por cuestiones de corrupción, o el poder de sus enemigos, Feros centra su línea argumental en la lucha en torno a la ideología política: desprestigiar al valido -cuestionar su poder- hubiera resultado una tarea más ardua si sus opositores no hubieran contado con un respaldo ideológico sólido con el que hacer valer su postura.

Verdad es que, tras varios años como principal responsable de la política hispánica, Lerma tenía numerosos enemigos –personajes deseosos de verle lejos de los puestos de gobierno- capaces de desarrollar una intensa oposición a la figura del valido. Sin embargo, no es menos cierto que, tanto tiempo en el poder, había permitido al duque granjearse la amistad de muchos hombres influyentes y controlar mejor todos los resortes del Estado, incluyendo dentro de estos los que le permitían continuar gozando de los favores de Felipe III.

Por tanto, hemos de concluir afirmando que las ideas políticas de la época –los postulados de los pensadores españoles de la Contrarreforma- tuvieron un papel decisivo en el hundimiento del valido y, por consiguiente, en el cambio de rumbo de la política de la Monarquía Hispánica.

El pensamiento político predominante en España desde los Reyes Católicos presentaba, como una de sus principales características, un marcado carácter antiabsolutista. En estos teóricos se apreciaba una clara preferencia por un gobierno monárquico, pero siempre orientado a alcanzar el bien común. Se trataba, pues, de un modelo en el que –seguimos para explicarlo al P. Suárez- el poder delegado al monarca no venía directamente de Dios, sino que –por voluntad divina- recaía en el pueblo. De esta manera, era el Reino el que otorgaba al gobernante su poder.

A este límite que impedía alcanzar el absolutismo, se unían otros como la defensa del destronamiento del tirano –presente desde el erasmista Alfonso de Valdés-, que alcanzaba su culmen con la teoría del regicidio del P. Mariana; el respeto de los derechos y libertades individuales que debían primar sobre la acción del Estado; o la necesidad de que la actuación política se desarrollase acorde a los postulados de la moral cristiana. En resumen, tradicionalmente, y más en esos años, los teóricos españoles habían sido partidarios un modelo de gobierno mixto de tipo aristotélico. Por esa razón, la actuación política de Lerma –su omnipotencia, arbitrariedad y escaso respeto a muchas de las instituciones del Estado- resultaba fácilmente cuestionable desde los puntos de vista teórico y moral.

Sin embargo, el gobierno de Lerma no solo contradecía a la teoría política española en lo referente a sus posturas absolutistas; tampoco coincidía con los contrarreformistas en lo referente a la Razón de Estado y la moralidad de los actos del monarca.

Uno de los principales representantes de este pensamiento, Pedro de Rivadeneyra, consideraba que el error de Maquiavelo había consistido en suponer incompatibles la razón natural y la religión. De esta manera, el italiano había introducido al pensamiento político en un tortuoso camino que admitía la amoralidad –o incluso inmoralidad- de los actos del gobernante. En opinión de los antimaquiavélicos españoles, eso solo podía conducir a la tiranía y la aberración: a que el monarca perdiera el respeto de sus súbditos.

Eso, llevado al caso concreto del valido, era justamente lo que había ocurrido con el duque de Lerma: controlaba el gobierno a su antojo -en muchas ocasiones entrando en contradicción con la moral cristiana-, y eso le había granjeado el odio de buena parte de la nobleza y del pueblo. Por supuesto, esto lo aprovecharon sus enemigos –Aliaga, Uceda, Zuñiga…- para desgastar, ante el rey y ante el Reino, la figura del valido; para culpar de la situación del Estado a su persona y su inmoralidad en lo referente a la política. Además, para apoyar esta labor de desprestigio con hechos irrefutables, los enemigos de Lerma contaban con los casos de corrupción de las propias “hechuras” del valido, donde cabe destacar el caso de Rodrigo Calderón.

De esta forma, debajo de esa punta de iceberg que era la lucha por el poder y el favor real dentro de las distintas facciones aristocráticas, se encontraba un rico pensamiento político heredero del fracasado erasmismo, de la brillante Escuela de Salamanca y de la pujante neoescolástica. En el fondo lo que se planteaban los politólogos españoles a finales del XVI y principios del XVII, era la búsqueda de la conformidad de un gobierno fuerte y eficaz con la moral y la religión cristiana. Se trataba, pues, de justificar la necesidad del respeto a esas normas básicas que, de hecho –como vimos con Rivadeneyra-, creían necesarias para el desarrollo de un buen gobierno. Así, encontramos como las posturas de los teóricos españoles difieren en lo referente a esta cuestión.

Todos mostraron su repulsa a los planteamientos de Maquiavelo, sin embargo, en su intento por reconciliar la política con la moral religiosa tomaron diversos caminos:
  • Los eticistas o tradicionalistas defendieron la plena subordinación de la política a la moral y la religión.
  • Los tacitistas o neoestoicistas se decantaron por la búsqueda de un gobierno racional, postura ya tomada por el autor de El Príncipe, pero sin postular, como el italiano había recomendado, la confrontación entre política y ética.
  • Los demás pensadores, como afirma Maravall, oscilaron entre ambos campos en función de las cuestiones a tratar.
  • Por último, cabe destacar la gran originalidad del pensamiento expuesto por G. Botero en Della ragione di Stato. En sus páginas el italiano defendía la armonía entre razón y fe, por lo que concluía que toda actuación según la fe obtendría los mejores resultados políticos. Este autor venía, pues, a afirmar que la mejor Razón de Estado consistiría en obedecer los mandatos divinos. No obstante, y ahí se encuentra la genialidad de Botero, se cuidó mucho de subordinar la política a la religión; defendía la autonomía de ambas, pero no por ello las declaraba contrarias.

¿Políticos honrados?


Podríamos decir que política es el arte de aplicar en cada época de la historia las medidas que las circunstancias exigen. Siendo la habilidad para descubrirlas la que marca las diferencias entre los dirigentes corrientes y los grandes hombres.

Considero que es la misma historia la que reclama la aparición de estos personajes. Como si en esos momentos el desarrollo de los acontecimientos, para no estancarse, requiriera de un valioso estadista.

No cabe duda que el periodo posterior a la II Guerra Mundial constituyó una auténtica plantación de hábiles políticos: personas que trataron de manejar con el mayor cuidado y acierto una situación muy delicada. Robert Schuman, jefe del gobierno francés a principios de los cincuenta, fue uno de esos protagonistas.

Su labor como pionero de la unidad europea le valió la admiración de muchos correligionarios en su época y el título de “padre de Europa” en la actualidad.

Este franco-germano tenía muy claro el papel de nuestro continente en el mundo cuando afirmaba que la Europa unida prefiguraría la solidaridad universal del futuro. Sostenía que el Viejo Continente, recién salido del horror de seis años de guerra, sabría mostrar al resto del planeta la senda que conduce a la paz. De ahí su incansable defensa de la negociación como la solución a los problemas internacionales. Ahora que la Unión Europea extiende sus brazos más allá de lo que fue el Telón de Acero se entiende perfectamente su postura.

Robert Schuman, profundamente católico, supo descubrir las raíces cristianas de Europa; esas que tanto viene reclamando en las últimas décadas K. Wojtyla. Esto se debía a su percepción del cristianismo como una doctrina ampliable a todos los ámbitos de la vida humana.

Este gran estadista ha demostrado al mundo que ser cristiano y dedicarse a la política no es incompatible. Por esa razón recientemente se ha abierto su proceso de beatificación, que situará al primer presidente del parlamento europeo como ejemplo para todos los políticos.

“Necesitamos más dirigentes como él” apuntaba Jacques Paragon, secretario general del Institut Saint-Benoît.

Con la coherencia de su vida, Robert Schuman pone la réplica a las funestas palabras de R. Reagan. El americano solía comentar que la política era la segunda profesión más baja, guardando una estrecha similitud con la primera. Seguramente el ex presidente de los Estados Unidos nunca pensó en poner en práctica los valores cristianos a la hora de desempeñar su labor como político.

El turco. Diez siglos a las puertas de Europa


En noviembre de 2006 veía la luz El turco. Diez siglos a las puertas de Europa, último trabajo del profesor Francisco Veiga; una libro llamado a convertirse en obra de referencia para los estudios de Historia de Turquía en el mundo castellano-parlante. En sus más de seiscientas páginas el lector se sumerge en el poco conocido túnel histórico turco para realizar un largo viaje que le llevará desde los mitos fundacionales de este pueblo hasta las puertas del siglo XXI.

Ahí radica el gran mérito del autor, sabe guiarnos con una prosa ligera a través de diez complejos siglos.

El trabajo de documentación es sin lugar a dudas admirable, pero posee un valor superior la capacidad del autor para organizar esa información. Consigue que el libro resulte ameno y comprensible para personas no iniciadas en la materia; y, al mismo tiempo, ofrece a los conocedores del fenómeno turco un trabajo serio en el que poder profundizar en sus conocimientos. Hoy por hoy, para conocer al turco en su historia y costumbres, es imprescindible acudir a la obra del profesor Veiga.

Desde las primeras páginas se descubre el inmenso reto al que el autor se lanzó cuando inició este trabajo. Resulta llamativo que una sola persona sea capaz de condensar, en un único volumen, tal cantidad de información. No obstante, es aún más admirable hacerlo de tal manera que un público como el hispano, tan poco versado y lleno de prejuicios en lo relativo a la cuestión turca, pueda comprenderlo a la perfección.

Francisco Veiga no nos ofrece en esta obra una visión de la Historia de Turquía; ni siquiera un panorama conjunto de esta con los imperios y estructuras políticas anteriores. Nos lleva de la mano ante el turco, un personaje cercano a la par que desconocido; un compañero en nuestro viajes histórico situado a medio camino entre nuestro mundo y el oriental. En definitiva, una figura que desde hace décadas –y más especialmente desde el año 2005- está llamando a la puerta del proceso integrador europeo.

Al finalizar la lectura uno se queda con la sensación de que el autor ha logrado su objetivo. Se ha sobrepuesto a la difícil tarea de recoger en el papel -con palabras- la esencia de Turquía en su Historia. Es más, consigue también dejar dentro del lector el “gusanillo” de lo turco; le convence de que se trata de un mundo que merece la pena conocer.

Nos encontramos, pues, ante un trabajo centrado en la figura del turco, pero no en solitario. Francisco Veiga lo resume a la perfección en el título de la obra: Turquía y sus antecedentes históricos son los protagonistas, pero siempre en relación con el ámbito europeo. Es verdad que tanto el mundo islámico como el oriental están presentes a lo largo de los capítulos del libro.

Sin embargo, la orientación hacia el occidente parece evidente.

El autor orienta su labor desde la perspectiva del presente; y no sólo por las pretensiones europeístas de la actual República de Turquía. Basa esa posición en seis siglos de intensas relaciones. Un contacto que, durante los últimos doscientos años, ha estado marcado por el afán turco de imitar a los europeos. A pesar de la amplitud temática y cronológica de la obra, el profesor Veiga muestra desde la misma introducción un claro interés por justificar la candidatura de Turquía a la Unión Europea. Es más, no trata de ocultarlo; manifiesta que en el origen de sus investigaciones están los sucesos más recientes de la Historia turca y sus relaciones con Europa.

No obstante, su afán por defender la entrada de Turquía en la Unión Europea no resta valor al conjunto de la obra.

Esta es rica en argumentos a favor de la integración de los turcos en el proceso integrador, pero también en otros aspectos históricos y culturales que nada tienen que ver con esa cuestión. El autor se detiene tal vez más en la Historia actual, protagonista tanto en la introducción como en las conclusiones. Pero se muestra riguroso en todos y cada uno de los temas que aborda su trabajo. Esto permite al lector conocer al turco en mil años de devenir histórico para, posteriormente, valorar con cierto conocimiento de causa las interesantes opiniones de Francisco Veiga sobre la situación del momento.

Francia ante el fracaso de la CED


El 9 de mayo de 1950 Robert Schuman, ministro de exteriores galo, lanzaba a los Estados europeos una ambiciosa propuesta: la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA). Un año después seis países –Francia, Alemania, Italia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo- firmaban este tratado en París, y elegían a otro francés, Jean Monnet, como Alta Autoridad de este organismo. La andadura europea comenzaba, y lo hacía con el impulso de una gran nación: Francia.

Todo esto hubiera sido imposible sin el apoyo de los demás integrantes, pero el protagonismo francés parece claro.

Es más, incluso si nos remontamos a la prehistoria de las Comunidades Europea tenemos que destacar a otro político de ese país, Aristide Briand, como impulsor del proyecto. Europa siempre –incluso actualmente- ha estado mirando a Francia, y su construcción como proceso integrador ha dependido bastante de la actitud de aquel país. Por esa razón, en estos más de cincuenta años, los franceses han tenido tanto la fuerza de dar grandes impulsos a Europa, como la capacidad de frenarla introduciendo en su seno procesos de crisis.

Una de las características más curiosas de los sucesivos rechazos del Estado francés a las directrices marcadas por Europa es que cada vez lo ha hecho de un modo distinto. Hemos visto como lo vetaban en la Asamblea Nacional –Comunidad Europea de Defensa (1954)-, como sus representantes abandonaban los organismos comunitarios –crisis de la “silla vacía” (1966)-, y como el pueblo soberano expresaba su oposición mediante el mecanismo del referéndum –Constitución Europea (2005)-.

La otra característica a tener en cuenta es que, salvo en la crisis de 1966, el gobierno francés, favorable a la profundización en la integración, se encontró con la oposición institucional o popular. Resulta frecuente en todo este periplo histórico encontrarse con una Francia dividida; con un poder ejecutivo que no es respaldado en el momento adecuado por los diputados o el electorado. Las consecuencias de los sucesivos rechazos franceses a los proyectos europeos también han sido de los más dispares:

  • En 1954 perdieron la iniciativa en la construcción comunitaria.
  • En 1966 el general De Gaulle logró reducir las exigencias de la Comisión, retrasando así la aparición del Estado Federal Europeo.
  • En 2005 dejaron a toda la Unión paralizada y a la espera del resultado de las elecciones presidenciales de 2007.
En fin, el peso de Francia en la Unión Europea es, aunque muchos quieran negarlo, enorme.

El primer portazo que Francia dio al proceso de integración fue su rechazo a la Comunidad Europea de Defensa (CED) en 1954. Robert Schuman y Jean Monet, ingenieros de la CECA, presentaron a las naciones europeas un nuevo proyecto que buscaba complementar al primer triunfo comunitario. El objetivo era crear un sistema de defensa común, cuestión que no solo respaldaban los seis gobiernos integrantes, sino también los EE.UU.

Los franceses, pues, lanzaron un nuevo reto a Europa, y esta lo aceptó. Sin embargo, fue la propia Francia la que impidió que la Comunidad de Defensa se hiciera realidad. La, en apariencia, alianza imposible entre guallistas y comunistas, facilitó que la Asamblea Nacional se mostrara contraria al nuevo proyecto europeo.

Con la crisis de 1954 Francia perdió la iniciativa en el proceso de construcción europeo.

Desde ese momento fueron otros los encargados de sacar a Europa del atolladero con un nuevo proyecto comunitario. La Conferencia de Messina (1956) y los posteriores Tratados de Roma (1957) no tuvieron a los franceses como protagonistas. Fue principalmente el genio de Paul Henri Spaak el que sustituyó a Schuman y Monet en esa labor de ingeniería.

Francia ya no era la locomotora ideológica y simbólica de Europa; París dejaba de ser su capital en beneficio de Bruselas. El rechazo de la Asamblea Nacional a la Comunidad de Defensa marcó el inicio de una nueva etapa para el proceso de integración; un periodo en el que, sin dejar de ser importante, Francia abandonaba su posición de predominio.

La independencia de Argentina

Esta entrada no es más que una crítica-resumen a «La independencia de Argentina», obra que el historiador y académico Edberto Óscar Acevedo publicó en 1992.


El proceso de independencia del virreinato de Río de La Plata fue, sin lugar a dudas, el más complejo de todos los que se dieron en las antiguas colonias hispánicas.

En él confluyeron elementos tan dispares, contradictorios y convulsos como los enfrentamientos entre unitarios y federalistas, la rivalidad entre el ámbito bonaerense y el interior, la lucha contra los ejércitos españoles, las intervenciones inglesas, y las sucesivas amputaciones territoriales.

Nos encontramos, pues, ante un fenómeno traumático para Argentina que lastró su desarrollo político y económico hasta finales del siglo XIX. Un proceso de difícil comprensión para todo aquel que trate de acercarse a él. Por esa razón, son tan valiosas obras como la de Edbertó Óscar Acevedo; trabajos que, con infinita paciencia, logran desenmarañar hechos tan complejos como los acaecidos en el antiguo virreinato hispánico. Además, al propio grueso de la obra, hay que añadir dos excelentes anexos:

  • Una cronología de los acontecimientos argentinos.
  • Un conjunto de breves biografías de los principales protagonistas.
Los planteamientos de Acevedo en torno a las causas que propiciaron la independencia del Río de La Plata son, en su mayoría, idénticos a los enunciados por Jaime Delgado en su obra sobre la emancipación hispanoamericana.

Sin embargo, La independencia de Argentina añade un elemento más a esa ristra de factores: la crisis de autoridad que provocaron los intentos de invasión ingleses de 1806 y 1807. Casi todos los virreinatos y capitanías experimentaron un fenómeno similar en sus propias carnes, pero ninguno de manera tan radical y temprana como el bonaerense. La mayoría de ellos no fueron conscientes de la crítica situación de España hasta la disolución de la Junta Suprema en Cádiz tras la arrolladora contraofensiva napoleónica.

Cinco años antes los argentinos ya habían vivido esos hechos de una manera distinta, con el ataque a su tierra por parte de Inglaterra. Y lo que es más importante, habían sido capaces de organizarse y vencer de manera autónoma, al margen de la autoridad española. El autor señala tres aspectos presentes en estos acontecimientos que marcaron el futuro desarrollo del proceso independentista:

  • La centralidad de Buenos Aires.
  • La incapacidad española manifestada en la persona del virrey Sobremonte.
  • La conciencia de patria surgida entre los rioplatenses.
Estos elementos, unidos a la recién descubierta capacidad de autogobierno, guiaron a los criollos, deseosos de detentar el poder, hacia la independencia.

Tras situar el inicio del proceso emancipador en las consecuencias de las invasiones inglesas de 1806 y 1807, Edbertó Oscar Acevedo recorre brevemente los grupos ideológicos y partidos en los que se dividía la élite social del Río de La Plata. Con escasas variaciones, estos personajes fueron los que en 1810 comandaron el proceso que llevó a la convocatoria del cabildo abierto y a la destitución del virrey.

El Motín de Aranjuez tuvo sus consecuencias en el ámbito rioplatense –destaca el cambio en el poder virreinal: de Santiago de Liniers a Hidalgo de Cisneros-; sin embargo, el polvorín bonaerense no acabó de encenderse hasta el triunfo de la contraofensiva napoleónica en la península Ibérica. La delicada situación de Cádiz y la disolución de la Junta Suprema en la isla de León fueron los dos acontecimientos que acabaron por convencer a los rioplatenses –también a Carlos María Alvear y José de San Martín- de la necesidad de seguir su propio camino.

El autor deja muy claro que, aunque existieron antecedentes importantes, el camino hacia la independencia no se comenzó a recorrer andar con todas sus consecuencia hasta la convocatoria del cabildo que debía nombrar una nueva Junta para el Río de La Plata. Cierto es que durante los primeros años no se declaró la independencia –principalmente a causa de la división en el seno de la élite criolla y por la incertidumbre provocada por la situación española-, pero se actuó como si esta existiera.

Los enfrentamientos con el virrey de Perú vendrían a confirmar esta tesis. A Hidalgo de Cisneros podían deponerlo con apariencia de legalidad, ya que lo había nombrado la desaparecida Junta sevillana; pero el caso de Abascal era distinto. Se trataba, aunque muchos no lo quisieran ver así, de una rebelión encubierta contra las autoridades españolas.

La elección de una Junta emancipada de las autoridades peninsulares constituía, a juicio del autor, una clara muestra de los deseos de autonomía que recorrían Hispanoamérica durante esos años. Se trataba de un movimiento protagonizado por la élite criolla que, aprovechando la ruina de la metrópoli, trató de hacer realidad sus sueños de poder.

Sin embargo, la nueva junta rioplatense iba a tener que enfrentarse a un importante número de problemas que, lógicamente, lastraron el proceso independentista. A la guerra con los realistas, cuyos mayores exponentes eran los virreyes Abascal y Elió, se unía la propia fragmentación territorial del antiguo virreinato.

Montevideo, Córdoba y Paraguay se alejaron muy pronto de la ruta marcada por el movimiento bonaerense. Distinto camino, aunque con idénticas consecuencias, siguió el Alto Perú.

La derrota de Belgrano ante Goyeneche y la posterior intervención bolivariana privaron al ámbito rioplatense de una de sus regiones más codiciadas. Además, las rivalidades internas entre las distintas facciones -unitarios y federalista, savedristas y morenistas, republicanos y monárquicos…- y los partidarios de los diversos caudillos, hacían difícil la eficaz gobernación de los territorios emancipados.

Acevedo hace especial hincapié en el periodo de los dos triunviratos y en los inspiradores de ambos: el primero de ellos seguía las directrices del hábil Bernardino Rivadavia, mientras que el segundo era un constructo de la Logia Lautaro. El autor también nos deja una opinión muy tajante acerca del Congreso de Tucumán (1816-1819) y la constitución forjada en su seno.

Aparte de la evidente inspiración en la obra legislativa gaditana, destaca su carácter utópico en medio de un ambiente caótico: un excelente ropaje que no se adecuaba a la realidad existente en el ámbito rioplatense. Sin embargo, con independencia de sus carencias, los hechos de Tucumán acabaron por consolidar la independencia de los antiguos territorios virreinales. Podríamos resumir la actividad del Congreso con las siguientes palabras de Edbertó Oscar Acevedo:

“Habían declarado la independencia, pero no supieron organizar el país”.

Los representantes de Tucumán no quisieron cerrar las puertas a ningún sistema político. Su indecisión a la hora de decantarse por monarquía o república, por federalismo o unitarismo, acabó por legar al pueblo una nación sin una forma de estado y de gobierno definida. Esto a la postre resultó fatal para el proyecto de las Provincias Unidas

Tras su repaso al Congreso de Tucumán, Acevedo realiza un breve repaso de la Historia argentina hasta la llegada al poder de Juan Manuel Rosas. Se trata, pues, de un periodo de diez años en los que no sólo se limita a relatar narrar los hechos bonaerenses; el autor también nos narra el destino –la independencia y construcción estatal- de los demás territorios pertenecientes al antiguo virreinato rioplatense.

Finalmente, a modo de conclusión, la obra se detiene en una serie de cuestiones de carácter teórico: la identidad nacional, el federalismo y el liberalismo, las dificultades de la independencia, y la desintegración territorial.

La historiografía de los totalitarismos


Al hablar del totalitarismo como forma de organización política solemos distinguir entre regímenes de izquierdas y de derechas. Esta diferenciación tiene su base sólida: la filiación ideológica de los mismos. Sin embargo, a nadie se le escapa que detrás de cada uno de ellos se esconde un sustrato común. Descubrirlo al lector no es la misión de este breve artículo.

Sin embargo, me parecía imprescindible partir de esa premisa antes de abordar su verdadera temática. Los paralelismos entre el nacionalsocialismo y el socialismo real de tipo soviético –sin duda los representantes más paradigmáticos de ambas familias- son evidentes, y sus manifestaciones abundantes. Con ocasión de este escrito me interesa destacar tan sólo una: el total rechazo hacia la ideología democrático-liberal. Y más en concreto a su forma de entender y “hacer” la Historia.

En oposición al discurso histórico predominante en el siglo XIX, tanto los nazifascistas como los marxistas plantearon una nueva interpretación del pasado que, a su vez, abría las puertas a un futuro con sus respectivas ilusiones mesiánicas.

La historiografía de los totalitarismos es, pues, la cuestión a tratar en este artículo. No obstante, entiendo que abarcar ambos espectros ideológicos, con su respectiva amplitud cronológica y evolutiva, es una tarea que me excede en estos momentos. Por esa razón, he preferido centrarme tan sólo en el ámbito nazifascista. Nos centraremos en los años que van de 1914 a 1945 –inicio y final de las dos guerras mundiales-, época difícil para las ideología liberal y su manera de ver la Historia.

El auge de las llamadas morfologías históricas fue la nota predominante de este periodo. Teóricos como Spengler o Toynbee sostenían que la Historia se componía de regularidades repetidas a lo largo del tiempo.

Estos postulados, más ideológicos que científicos, hablaban de las distintas fases en el discurrir histórico, comparando estas con el desarrollo biológico de los organismos.

Siguiendo este esquema, proponían la solución totalitaria como mejor sustitutivo para el “agotado” modelo liberal-burgués. Afirmaban que, tras la Gran Guerra (1914-1918), la Historia exigía un cambio brusco de sistema; era necesario echar mano de un nuevo proyecto. No es de extrañar que muchos defensores del totalitarismo de derechas se sirvieran de estas teorías para defender el advenimiento de regímenes nazifascistas.

En pleno siglo XX se generalizó la búsqueda de leyes “naturales” que tenían como fin explicar y predecir el comportamiento humano. Los propios títulos de las obras, o la denominación de esta corriente historiográfica –historiografía morfológica- nos hablan a las claras del trasfondo de este intento de encontrar factores suprahistóricos que rijan el desarrollo humano en su devenir temporal.

Pettrie publicaba en 1911 su famosa obra Las revoluciones de la civilización, en la que postulaba la existencia de siete civilizaciones mediterráneas en su desarrollo “biológico”; con su nacimiento, desarrollo y muerte. Spengler fue más allá: en 1922 publicó La decadencia de occidente. En este estudio aplicó los conceptos biológicos al caso concreto de la cultura occidental.

Siguiendo un modelo que daba a cada civilización una duración de más o menos mil años, concluía que la humanidad se encontraba en esos momentos a las puertas de una nueva era. A la luz de esta teoría se entiende mejor esa idea nacionalsocialista del Reich de los mil años. Sin embargo, resulta aún más sorprendente comprobar que la publicación del libro coincide con el ascenso al poder de Mussolini.

En los albores de la II Guerra Mundial, Toynbee aplicó los principios de la supervivencia de las especies a los pueblos. En definitiva, no sólo legitimaba el “lebensraum” –espacio vital- que perseguía Adolf Hitler, sino toda su teoría, contenida en Mein Kampf, sobre la lucha de razas como motor de la Historia. No obstante, a modo de defensa de estos autores, hemos tener en cuenta el momento histórico en el que se escribieron todas estas obras.

Existía una especie de conciencia profética generalizada, un afán de codificar el pasado en grandes estructuras ante la certeza de estar en un mundo que se desmoronaba.

Corrientes historiográficas en torno a la Revolución Francesa


En el presente artículo trataremos de abordar una cuestión compleja que, aún hoy día, genera grandes debates y controversias dentro del gremio de los historiadores. Explicar la realidad de los sucesos revolucionarios que tuvieron lugar en Francia a caballo entre el siglo XVIII y el XIX es, en la actualidad, una tarea compleja. Poco sabemos de algunos de los aspectos fundamentales; y, por si fuera poco, son abundantes las valoraciones contrapuestas de aquellos que conocemos al detalle.

No obstante, la mayor parte de los autores coinciden al afirmar que el proceso histórico abierto el 14 de julio de 1789 fue heredero del pensamiento político del XVIII y, al mismo tiempo, padre del desarrollo del siglo XIX.

Sin lugar a dudas, la Revolución Francesa tuvo consecuencias negativas; fueron abundantes los errores y excesos de sus protagonistas. Sin embargo, una visión global de todos esos acontecimientos nos llevan a concluir que el global de la misma arroja un resultado positivo; gracias a ella la transformación política y social de signo liberal y burgués experimentó un gran impulso.

Tampoco coinciden los autores a la hora de enumerar las causas de la revolución. A mi juicio, además del desarrollo del pensamiento político citado anteriormente, jugaron un papel fundamental el descontento de los privilegiados, el endeudamiento de la hacienda francesa, la derrota en la Guerra de los Siete Años, y las crisis campesionas finiseculares.

Tal vez por influencia de la historiografía marxista suele afirmarse que los acontecimientos revolucionarios franceses evolucionaron desde una situación de prerrevolución aristocrática a una revolución del Tercer Estado. Sea como fuere, la mayor parte de los autores coincide en la triple periodización de estos hechos históricos:

  • El constitucionalismo moderado (1789-1791).
  • La Convención, con el predominio de los girondinos (1791-92) y de los jacobinos (1793-94).
  • El Directorio (1795-1799).

Además, existe un amplio consenso dentro de la comunidad científica a la hora de destacar la importacia histórica de la Revolución Francesa. No obstante, por cuestiones ideológicas o de escuela, este se convierte en disenso al explicar los hechos o establecer valoraciones. A continuación trataremos de explicar este desacuerdo analizando brevemente las principales corrientes historiográficas con sus respectivos autores.

Corrientes historiográficas más destacadas

Sobre la historiografía conservadora del XIX poco diremos. Tan sólo destacar que con autores como Burke, Taine, Gaxotte o Aubrys, se iniciaron los estudios sobre la Revolución Francesa; y que, a consecuencia de la época y de las ideas de estos estudiosos, fue con una visión un tanto negativa hacia esos hechos.

Los historiadores liberales, especialmente Michelet y Aulard, pretendieron elevar a los revolucionarios al situarlos como herederos de la intelectualidad ilustrada.

Por tanto, la historiografía liberal trató por todos los medios de dignificar los acontecimientos franceses. Trataron de explicarlos como una necesidad histórica: un nuevo sistema político que se abría paso a expensas de otro caduco. Por esa razón, sin olvidar aspectos negativos como “el Terror”, hicieron especial hincapié en los textos más importantes -Declaración de Derechos y sucesivas constituciones- y en los hechos más atrayentes para la mentalidad romántica de la época (El pueblo en la calle, la Bastilla el 14 de julio).

Blanc, Jaurès, Mathiez, Labrousse, Rudé, Soboul y Lefebvre son los principales representantes de historiografía socialista en Francia.

El primero de ellos nos deja una visión más positiva de los jacobinos, al tiempo que considera muy negativa la etapa napoleónica. El segundo centra sus estudios en la lucha de clases de la Francia finisecular, prestando especial atención al ascenso de la burguesía.

Otros autores socialistas prefirieron prestar menos atención a la Historia de los grandes acontecimientos para centrarse en aspectos socioeconómicos. Ese fue el caso de Labrousse, volcado en el estudio de los salarios y los precios, y Rudé, especialista en mentalidades y opinión pública.

La mayor parte de los miembros de esta escuela considera que los verdaderos protagonistas de la Revolución Francesa fueron los pequeños productores. Según su visión, la burguesía siempre fue a la zaga de estos personajes, juegando un papel moderador. Así explican su apoyo a la monarquía constitucional y, con la caída de esta, a los girondinos.

Los historiadores marxistas suelen distinguir dos etapas a la hora de estudiar la Revolución Francesa: ascendente (1789-1794) y descendente o de reacción burguesa (desde 1795).

Tanto Mazauric como Markow, principales expertos de esta escuela en la cuestión que nos ocupa, basan sus estudios en los postulados del materialismo histórico. En lo que se refiere a la lucha de clases como motor de la Historia, afirman que, debido a la existencia de varios grupos dentro de la propia revolución, esta estuvo marcada por una constante lucha entre los mismos.

Además, aplican los conceptos de estructura y superestructura al Antiguo Régimen, llegando a afirmar que la caída del mismo fue fruto del desfase de las mismas. Estos autores prestan especial atención en sus estudios a los “sans culottes”, a los que atribuyen un pensamiento proto-comunista. No obstante, reconocen que, en la coincidencia coyuntural de intereses, los burgueses fueron los grandes beneficiados.

La postura revisionista y los principales controversias

Tras haber analizado los planteamientos teóricos de cuatro grandes visiones historiográficas, nos centraremos en el repaso de las Interpretaciones revisionistas.

En primer lugar, los autores revisionistas -grupo complejo en el que encontramos estudiosos que van desde mediados del XIX a mediados del XX- atacan duramente la concepción de la revolución como una crisis exclusivamente política. Algunos de ellos, caso de Tocqueville, Godechot, Fouret y Richet, recalcan la herencia de la Ilustración, y consideran la etapa jacobina como un exceso de la revolución. Además, dan gran valor a los hechos posteriores a 1795.

Finalmente, enumeraremos los que, actualmente, son los núcleos de conflicto en la investigación histórica; las cuestiones que marcan el debate historiográfico.

En primer lugar, la controversia sobre los cambios estructurales que la inician; a lo que hemos de añadir la confrontación sobre la clase social “motor” del proceso. También son importantes aspectos como la cuestión de la refeudalización como causa de la revolución, la teoría de las revoluciones atlánticas, y la polémica jacobina. Los autores tampoco se ponen de acuerdo a la hora de definir los acontecimientos francese como un conjunto de revoluciones o como evolución temporal de la misma.

Las fuerzas revolucionarias en tiempos de Nicolás II

Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 12 de febrero de 2008.


El contraste entre una Europa liberal y un Imperio Ruso absolutista y feudal suscitó, a mediados del XIX, una oposición al zarismo en el seno de una minoritaria clase intelectual que los rusos denominaban “intelligentsia”. Con frecuencia, esta se encontró aislada por carecer el país de una burguesía en la que apoyarse y de un proletariado al que dirigir su mensaje.

Dos grandes corrientes se perfilaron desde los primeros momentos: los occidentalistas, partidarios de imitar los logros del liberalismo occidental, y la “eslavófila”, contraria a los corrompidos modelos occidentales.

Esta última centraba sus esfuerzos en ensalzar las virtudes del campesinado ruso, al tiempo que pretendía implantar un socialismo de carácter agrario. En su seno surgieron, además, los dos movimientos socializantes más típicamente rusos: el nihilismo y el populismo.

El nihilismo, término acuñado por Ivan Turgéniev en su novela Padres e hijos, cuajó en 1862 con el movimiento de “La joven Rusia”. Este defendía la acción terrorista como la única forma de destruir el orden social y político existente. Nos encontramos, pues, ante un planteamiento muy cercano al anarquismo de Bakunin. En la década de 1870 surgió un movimiento populista -“narodnik”-, que reconocía en el campesinado ruso la fuerza revolucionaria por excelencia y el futuro protagonista de la revolución.

No obstante, el fracaso del populismo en su acercamiento al campesinado ruso provocó su escisión. Por un lado Voluntad del Pueblo, grupo mayoritario anclado en la acción terrorista y responsable del asesinato del zar Alejandro II en 1881; y por el otro un grupo minoritario que acabó por formar en 1890 el Partido Socialista Revolucionario o social-revolucionarios.

A comienzos del siglo XX frente a los decimonónicos defensores de una vía revolucionaria distinta a la del resto de Europa Occidental, aparecieron corrientes ideológicas y partidos de clara inspiración occidentalista.

De un lado, la corriente liberal se plasmó en la constitución, en 1905, del Partido Constitucional-Demócrata o partido Kadet. Su objetivo era transformar el Imperio zarista en un régimen de carácter constitucional basado en el respeto a las libertades individuales. Eran partidarios tanto de una reforma agraria liberal como de una amplia autonomía para los territorios polacos, finlandeses y ucranianos. Su principal líder fue Miliukov.

De otro lado, las corrientes socialistas revolucionarias estaban integradas por el Partido Socialista Revolucionario (PSR o “eseritas”) y por el Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (POSDR). El primero se constituyó en 1901 bajo las tesis populistas del socialismo agrario. Sostenían que la revolución en Rusia sería política, y traería consigo el fin de la autocracia zarista. Además, sus protagonistas habrían de ser los campesinos, no los burgueses.

Eran partidarios de un Estado federal que conciliase los intereses de las diversas nacionalidades del Imperio Ruso. Sus hombres más representativos fueron Tchernov y Kerenski.

La trayectoria del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso es más compleja e interesante por sus repercusiones futuras. Sus orígenes se remontan a 1883, con la creación, por parte de Giorgi Plejánov, de Unión de lucha para la liberación de la clase obrera. A este grupo se unió, en 1888, el joven Vladimir Ilich Ulianov, conocido más tarde con el nombre de Lenin.

Ambos rechazaron de los populistas y de los socialrevolucionarios el agrarismo utópico; dando por sentado que la sociedad rusa de finales del XIX era capitalista. En el congresos clandestino celebrado en Minsk (1898) fundaron el POSDR de clara inspiración marxista. Sin embargo, en el seno del segundo congreso del partido, celebrado entre Bruselas y Londres en 1903, surgieron dos tendencias enfrentadas: mencheviques y bolcheviques.

Los primeros afirmaban que la revolución burguesa era un paso necesario para llegar al pleno desarrollo del capitalismo y de un proletariado numeroso capaz de encabezar la segunda fase de la revolución, la socialista-proletaria. Por ello, se inclinaban por una organización del partido abierta tanto a militantes como simpatizantes. Su líder fue Martov.

Los bolcheviques, liderados por Lenin, sostenían que la burguesía rusa era demasiado débil e incapaz de realizar su revolución.

Era el proletariado el que debía encabezarla, buscando para ello la alianza con el campesinado. En consecuencia, la militancia en el partido debía restringirse a quienes acatasen su programa, sometiéndose a su férrea disciplina. El objetivo primordial era la conquista revolucionaria del poder político para el inmediato establecimiento de la dictadura del proletariado.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea I y II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] La Rusia de los zares; Alejandro Muñoz-Alonso – Madrid – Espasa – 2007.