Sacar a Lenin de «una botella»


«Lenin sabía que el era el hombre que podía hacerlo, que, de hecho, era el único que podía hacerlo. Pero se hallaba en Suiza, “como encerrado en una botella”. Si alguno de los gobiernos imperialistas fuera tan tonto como para ayudarle a salir de allí y le ofreciera la oportunidad de pasar a la acción…” El primer capítulo de El pacto con el diablo finaliza explicando algo que, a todas luces, parece evidente: Lenin jamás hubiera llegado a tiempo a Rusia sin la ayuda alemana. Es más, habría tenido que esperar al final del conflicto para trasladarse desde Suiza a su tierra natal; y, sin duda, en un contexto de paz, no hubiera podido llevar a cabo su tan ansiada revolución.

Los bolcheviques necesitaban a su líder, pero este estaba al otro lado de un frente impermeable que resultaba imposible traspasar. Tan sólo la larga mano del II Reich podía llevar a Lenin a Rusia, y así fue. Alemania quería librarse del frente oriental, y para eso nada mejor que ese exiliado ruso. Por tanto, a pesar de sus diferencias, a pesar de ser diablos el uno para el otro, la revolución y el káiser se necesitaban. Fueron los alemanes los que sacaron a Ulianov de su botella suiza –sólo ellos podían hacerlo- hasta trasladarlo en un tren blindado más allá del frente de batalla. Fueron ellos los que despertaron al demonio revolucionario; y fue este el que aceptó la ayuda del diablo imperial. Como bien narra esta obra de Sebastian Haffner, este no fue el último pacto entre ambos.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[5] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

La victoria en el último momento


“El conde Von Brockdorff-Rantzau esperaba de la misión de Lenin la victoria en el último momento”. Las élites del II Reich se embarcaron en la aventura revolucionaria de los bolcheviques con el objetivo de ganar la Gran Guerra. La paz con la Rusia revolucionaria permitiría a los alemanes orientar todo su potencial militar del frente ruso hacia el francés. Es decir, un eficaz aprovechamiento de esos refuerzos podía decantar la suerte del conflicto del lado germano “en el último momento”. Nos encotramos, pues, ante una de las “locuras” ideadas por el alto mando alemán a lo largo de los últimos meses de guerra: la alianza con la revolución, su peor enemigo. Esta iba a permitir, según sus planes, vencer de forma milagrosa una guerra que ya duraba tres largos años.

Sebastian Haffner describe en otra de sus obras –Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial– algunos de los principales errores del II Reich a lo largo del conflicto. Alemania, presa de su ansia de triunfo, fue cayendo cada vez en un pozo más profundo donde, dadas las circunstancias, era lícito probar todas las opciones; incluso la de negociar con el diablo. La victoria se convirtió en el único objetivo, todo lo demás quedaba supeditado a ello. En esa ristra de pecados enunciados por el autor el apoyo a Lenin ocupa el quinto lugar.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[5] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

El viaje de Lenin y los abuelos de las repúblicas alemanas


“Hay que tener en cuenta que los aliados de Lenin y comadronas de la revolución de Octubre fueron la derecha alemana, el imperio del káiser, los abuelos políticos y sociales de la República Federal de hoy en día. La izquierda alemana, que por aquel entonces –por lo menos de palabra- no era ni socialista ni revolucionaria, los líderes del movimientos obrero, los abuelos de la actual RDA, no tuvieron nada que ver con todo eso”. Esta sugerente cita de Sebastian Haffner –hay que tener en cuenta que su redacción es de 1988, año en el que Alemania continuaba dividida- deja al desnudo lo antinatural que era el apoyo del Reich alemán a la revolución bolchevique. No sólo la derecha prestó un total apoyo a su principal enemigo ideológico, sino que la propia izquierda se abstuvo de participar en el proyecto.

Las élites aristocráticas del imperio alemán pactaron con la revolución para eliminar a Rusia del juego de la Gran Guerra. Fue un acuerdo demente, de eso no cabe duda. Sin embargo, resulta más sorprendente a primera vista la repugnancia mostrada por la socialdemocracia del SPD ante tales planes. Este partido, tan activo a la hora de apoyar a la nación en el conflicto bélico, no dudó en manifestar su antipatía hacia la figura de Lenin. En resumen, los “abuelos” de la futura Alemania occidental abrazaron durante unos pocos meses de 1917 la causa bolchevique, mientras que la futura república comunista alemana (RDA) la repudió como si se tratase del mismísimo diablo.

Semejante maraña de encuentros y desencuentros es fácilmente comprensible si tenemos en cuenta la evolución de la propia socialdemocracia alemana. A lo largo del reinado de Guillermo II el partido había ido encontrando su lugar dentro del sistema –el control del Reichstag-, se había acomodado dentro de él hasta el punto de renunciar a sus raíces revolucionarias. Es comprensible, pues, que al “tibio” SPD le horrorizasen sobremanera los planteamientos extremistas de Lenin. Además, para todos aquellos que todavía conservasen algo de ese espíritu revolucionario –destacan en ese campo los miembros del escindido USPD- la victoria alemana en el conflicto, favorecida por la guerra en un solo frente, era un freno para la construcción del socialismo en Alemania. Cabe destacar, al llegar a este punto, lo lejos que sus postulados estaban de los planteamientos de Alexander Helphand.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[5] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

La figura de Alexander Helphand


“Al igual que Lenin, Helphand aspiraba a la revolución mundial y tenía como objetivo una Europa socialista. Pero a diferencia de Lenin, nunca tuvo dudas ni escrúpulos respecto a que el camino que debían seguir para alcanzar ese objetivo era la alianza incondicional con la Alemania imperial, porque ésta, según el razonamiento de Helphand, paulatinamente se volvería socialista, sin revolución alguna, puesto que ya estaba encaminada hacia ello. El Partido Socialdemócrata (SPD) iría cogiendo las riendas de la guerra, y la victoria alemana sería de hecho su victoria”.

Alexander Helphand, revolucionario ruso que a comienzos de la Gran Guerra había colaborado con Trotski, era partidario de la alianza con el II Reich. Según sus postulados la situación alemana llevaba inevitablemente a que el SPD se hiciese con el poder de forma incruenta. Alemania se volvería entonces socialista y, tras un más que deseable triunfo en el conflicto bélico, extendería por toda Europa este sistema. Por el contrario, Rusia si iba a necesitar de una revolución para librarse del yugo zarista; la gran nación de la estepa no estaba preparada –como bien predijo Marx- para acoger el sistema socialista. Por tanto, aceptar la ayuda alemana para “revolucionar” las tierras rusas, era la mejor opción según Helphand. Además, con los bolcheviques en el poder, Rusia abandonaría la guerra, facilitando así el triunfo de la futura Alemania del SPD.

Lenin no compartía muchos de los planteamientos de Helphand. Veía necesario llevar a cabo una revolución en Rusia, pero también en Alemania. Creía que esta era la nación más importante para el desarrollo del socialismo, pero defendía que su triunfo en la Gran Guerra sólo beneficiaba a los fines imperialistas del Reich. Sostenía que el SPD no llegaría al poder y que, en caso de conseguirlo, no construirían un país socialista. Los socialdemócratas le producían sarpullidos al líder de los bolcheviques; los consideraba traidores de la clase obrera: odiados enemigos. Y entre ellos estaba el doctor Alexander Helphand. El alto mando alemán creyó acertar al utilizarlo como intermediario en su relación con Lenin. Sin embargo, ese error les costó la negativa de este hasta febrero de 1917. Finalmente, a causa de la urgencia, ambos llegaron a un acuerdo. No obstante, eso no sirvió para que el bolchevique modificara su opinión sobre la tibia socialdemocracia.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[5] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

El pacto de los dos diablos


“Una alianza cuyos objetivos por ambas partes estaban enormemente alejados: Lenin quería la revolución mundial, incluida la revolución contra el imperio del káiser alemán, y sus socios alemanes perseguían la victoria y la hegemonía en Europa de dicho imperio. Sin embargo, los objetivos inmediatos coincidían: ambas partes deseaban un gobierno revolucionario en Rusia y una oferta de paz por parte del mismo; y las dos esperaban aprovecharse de la otra parte para alcanzar sus objetivos”. Mediante esta cita Sebastian Haffner nos muestra como, a pesar de su coincidencia circunstancial, los fines de ambas partes eran diametralmente opuestos. Cada una de ellas tenía la sensación de estar llegando a un acuerdo con su peor enemigo, con el diablo; y eso les llenaba –en ese momento y en las décadas posteriores- de vergüenza.

Lenin incluso llegó a declinar la oferta alemana para colaborar en semejante proyecto. No obstante, las pobres circunstancias personales, el estallido de la revolución burguesa de febrero, y el convencimiento de que sin la ayuda del Reich no podría regresar a Rusia a tiempo, le impulsaron a aceptar los términos del acuerdo. El líder de la revolución de octubre tuvo que aceptar la humillación que suponía someterse a uno de sus grandes enemigos. Sin embargo, aún a riesgo de que le colgaran el sanbenito de agente alemán, participó en semajante experimento.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[5] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

La desarticulación de Rusia como objetivo


“…si querían revolucionar Rusia, desarticular el imperio del zar desde su interior, los bolcheviques eran el instrumento que había que utilizar. El resto de ex revolucionarios, al igual que los socialdemócratas alemanes, se habían convertido en patriotas de guerra; algunos aún querían derrocar al zar, pero con el argumento de que dirigía mal la guerra. Por supuesto, a Alemania eso no le servía de nada. Sólo los bolcheviques estaban absolutamente contra la guerra y dispuestos a hacer la revolución incluso durante la misma…” En sus tratos con Lenin el II Reich buscaba sacar a Rusia de la Gran Guerra para tener las manos libres en el este y poder volcar todo su potencial bélico en el frente occidental. Y, en 1917, los bolcheviques eran los únicos que, bajo la promesa de alcanzar la paz, buscaban la revolución para sacar a la nación del conflicto.

Sólo así podrían vencer en la guerra occidental. Este objetivo, nos indica Sebastian Haffner, se pudo haber alcanzado con el Nicolás II en el poder. Sin embargo, Alemania quería algo más; por eso llevó a cabo la grotesca decisión de aliarse con Lenin. El II Reich no quería una paz sin vencedores ni vencidos, deseaba ardientemente desarticular el podería ruso durante mucho tiempo. Para eso no servía el zar; había que recurrir a una revolución que instalara en el país un gobierno débil e incapaz de oponerse a los deseos expansionistas alemanes.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[5] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

El descubrimiento de Lenin


“Y es que en marzo de 1917, Lenin no era de ninguna manera la figura conocida mundialmente en la que se convirtió medio año después (…) las más altas instancias del Reich se ocuparon de este emigrante ruso medio muerto de hambre, y él trato con ellas de igual a igual. Medio año más tarde daría un giro a la historia mundial. Pero ¿cómo llegaron los alemanes a él?” Ciertamente Lenin no resultaba una amenaza inminente para el sistema zarista. No era más que un mediocre revolucionario exiliado en Suiza desde comienzos de la Gran Guerra. Allí malvivía y se deprimía en medio de una situación miserable desde el punto de vista material e intelectual. Sin embargo, en su peor momento, lo fueron a buscar a ese preciso lugar los grandes jerarcas del Reich alemán.

Al llegar a este punto Sebastian Haffner se pregunta cómo descubrieron los alemanes a Lenin. A modo de respuesta da un nombre, Kesküla: un joven estonio de origen alemán. Este personaje de tendencias políticas izquierdistas dibujo en la mente del II Reich la figura del único revolucionario enemigo de Nicolás II y de la Gran Guerra. Si los líderes germanos buscaban eliminar a Rusia de la contienda, su hombre estaba en Zúrich. La lectura de sus textos acabó por convercerlos de ello. Fue así como, desde noviembre de 1914, la opción revolucionaria bolchevique contó en los planes de guerra de los miembros del alto mando alemán. Fueron ellos los que, tras descubrir a Lenin, lo trasladaron a Rusia para que allí mostrara al mundo su valía como revolucionario. El mérito fue del bolchevique, pero sin el II Reich hubiera sido imposible el octubre ruso de 1917.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[5] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

Alemania y la Revolución Soviética


Iniciamos el repaso a El pacto con el diablo con el capítulo que lleva este título: Alemania y la Revolución Soviética. Los próximos siete artículos relacionados con este libro tratarán de resumir los elementos más importantes de ese epígrafe: El descubrimiento de Lenin, La desarticulación de Rusia como objetivo, El pacto de los dos diablos, La figura de Alexander Helphand, El viaje de Lenin y los abuelos de las repúblicas alemanas, La victoria en el último momento, y Sacar a Lenin de “una botella”. Sin embargo, como pequeña joya les dejo esta sugerente cita con la que Sebastian Haffner finaliza el capítulo al que nos referimos:

“En los retablos medievales que representan a Dios en su gloria, rodeado de querubines que lo alaban y los ejércitos celestiales, a menudo también se puede ver, en alguna esquina inferior, al diablo –sea en actitud de amenaza impotente o de veneración obligada-; la cuestión es que él forma parte del todo, sin él la creación no sería completa, realiza su contribución al mundo de Dios. Cuando la Unión Soviética celebra su acto fundacional, el éxito de la revolución de Octubre y el triunfo de Lenin, en el fondo bastaría con que adoptara esta costumbre de la antigua Iglesia. La Alemania imperial y sus herederos hasta la República Federal serían para Lenin los herederos del diablo; pero sin este diablo no hubiera habido revolución de Octubre ni Unión Soviética. También en su creación intervino la mano del diablo”.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[5] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

Introducción a «El pacto con el diablo»


En las próximas semanas voy a dedicar varios artículos a otro de los trabajos de Sebastián Haffner. El pacto con el diablo es un apasionante y ameno repaso a las relaciones germano-soviéticas entre 1914 y 1945. Un viaje a través de esos años que, sin ser exhaustivo, aborda las escenas fundamentales de las relaciones entre ambos Estados. En este libro el autor nos describe una vez más su peculiar visión de la Historia alemana; aspectos que ya venía tratando en otras de sus obras. Sin embargo, el carácter específico de El pacto con el diablo nos permite redescubrir esas ideas desde una óptica distinta. Además, Sebastián Haffner nos descubre otras cuestiones nuevas no recogidas en sus otros libros. Es, en definitiva, un trabajo que nos ayuda a profundizar aún más en la Historia de Alemania y la Unión Soviética en el siglo XX.

Como adelanto de este repaso les dejo con esta cita sacada del libro: “La historia de las relaciones entre Alemania y Rusia en el período de entreguerras es más apasionante que cualquier novela. Todo intento de buscar otro ejemplo de una ligazón tan mortal e íntima entre dos pueblos sería en vano. En la novela germano-rusa se ha probado y ejecutado casi cada variación pensable de posibles relaciones, incluidas las más extremas”.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[3] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

La escuela de Europa


En este conjunto de citas se adivina la preocupación de Robert Schuman por el desarrollo de la conciencia europea entre los ciudadanos y los gobiernos miembros. No se trata, como bien muchas veces afirmó, de negar las identidades nacionales, sino de reconocer la europeidad de todas ellas y enterrar los antagonismos existentes.

Nunca se dirá bastante: Europa no se hará ni únicamente ni principalmente con instituciones europeas; su creación marchará por el camino del espíritu con que se vaya haciendo. De ahí la importancia de una libre circulación de las ideas y de los hombres entre los países europeos; los países que se nieguen a ello se excluyen por principio ellos mismos de Europa. Al formular este principio, no ignoramos que de ningún modo la preocupación razonable por la seguridad, las precauciones temporales que se han de tomar contra el para, la necesidad de salvaguardar el secreto profesional, la propiedad literaria y artística. Lo que reprobamos es el proteccionismo sistemático practicado en detrimento de un libre intercambio que significa emulación, selección automática y confianza.

(…)

La desintoxicación de los manuales de Historia es una de las primeras necesidades. No está en contradicción ni con la libertad de pensamiento y de expresión de los adultos, ni con el verdadero patriotismo que debe ser enseñado a la juventud.

Con el pretexto de servir al sentimiento nacional y al culto de un pasado glorioso, se ignora con frecuencia el deber de ser imparcial y de ser veraz; se cree que hay que hacer sistemáticamente apología de lo que en realidad fue perfidia, explotación cínica de la fuerza y del terror; con demasiada frecuencia se achacan los errores a la nación rival.

Por el contrario, se debería enseñar las causas profundas de los antagonismos que han desgarrado a la humanidad; lo absurdo d elos sacrificios que tantas guerras dinásticas han impuesto a los pueblos que han pagado las ambiciones frívolas y el fanatismo.

Sin deseo de corregir retrospectivamente la Historia, nos resistimos al fatalismo que se resigna con una inevitable alternancia de demostraciones de fuerza.

La enseñanza debe predisponer al alumno para una visión menos pesimista, más constructiva del futuro.