Los balcanes en el siglo XX (1918-1999)

Artículo publicado por Historia en Presente el 21 de junio de 2008.


En los tres meses de vida que tiene este blog he dedicado muchos artículos a la problemática balcánica. Dos hechos han sido los responsables de esa atención especial: la independencia de Kosovo, que recientemente ha aprobado su Constitución, y las elecciones serbias del pasado mes de mayo, con sus consecuencias para la futura adhesión de ese país a la UE. Con el fin de aportar una visión global acerca de las cuestiones tratadas, me ha parecido oportuno publicar el presente artículo en mi blog. Lo escribí en febrero de 2008 para la Tribuna del Club Lorem-Ipsum.

El final de la Gran Guerra acabó con el sueño de la Monarquía Dual austrohúngara. Su derrota en el conflicto puso fin al estado de los Habsburgo, surgiendo a partir de este un nuevo mapa de la Europa centro-oriental. Serbia, gran rival de los austriacos en los territorios balcánicos, fue una de las grandes beneficiadas en su proceso de descomposición.

Bajo el nombre de Yugoslavia surgió un gran estado que agrupaba en su seno a croatas, eslovenos, albaneses, macedonios, montenegrinos, italianos, bosnios y serbios. Se trataba de una estructura política artificial, una cesión de las potencias de la Triple Alianza a las pretensiones expansionistas de los serbios.

Los postulados nacionales de tipo wilsoniano no se tuvieron en cuenta a la hora de establecer este nuevo estado; y, por si fuera poco, en lugar de procederse al reparto del poder entre los grupos que lo integraban, todo quedó bajo la batuta de Serbia. A lo largo de este artículo trataremos de explicar el desarrollo histórico de Yugoslavia: un Estado que surgió de manera artificial al término de una guerra y que, en medio de una década conflictiva, desapareció sin dejar rastro.

La situación yugoslava durante el periodo de entreguerras (1918-1939) nos puede ayudar a entender mejor el papel jugado por serbios y croatas en la Guerra Nacionalsocialista (1939-1945). Estos últimos, como segunda etnia más importante dentro del estado, mostraron su malestar -cuando no insubordinación- ante el fuerte centralismo serbio.

De esta manera, al comienzo de las operaciones militares llevadas a cabo por alemanes e italianos en los Balcanes, no dudaron en unirse a las potencias del Eje en calidad de fuerzas colaboracionistas. Surgió así, bajo el amparo del Reich hitleriano, el estado ustacha. Este se mantuvo, en constante enfrentamiento con los chetniks y los partisanos serbios, hasta el repliegue de las tropas alemanas.

El final de la II Guerra Mundial dejó paso a la denominada Europa de Yalta, en donde se daba carta de naturaleza a la división del Continente.

Los soviéticos, mediante la táctica frentepopulista, amparada por la presencia en media Europa del Ejército Rojo, establecieron gobiernos afines en Hungría, Rumania, Bulgaria, Polonia, Checoslovaquia, Alemania Oriental y Albania. Yugoslavia no se quedó al margen del fenómeno bipolar que afectó al mundo entre 1945 y 1991. Sin embargo, siguió un desarrollo un tanto peculiar.

El poder alcanzado por los partisanos de Jose Broz (Tito) durante el conflicto, hizo innecesaria la presencia de la URSS para liberar los territorios yugoslavos. A esto hay que añadir las buenas relaciones que, por aquel entonces, tenían Stalin y Tito. De esta manera, Yugoslavia siempre vivió un poco al margen de las directrices soviéticas.

Poco a poco las relaciones entre Moscú y Belgrado se fueron enfriando hasta el punto de llegar al nivel de enemistad en 1948. La no aceptación de varios puntos de la doctrina estalinista supuso la expulsión de Yugoslavia del Kominform. El gobierno de Tito recuperó entonces sus relaciones con Occidente, y pasó a formar parte del grupo de estados no alineados. A lo largo de las décadas siguientes las relaciones entre Yugoslavia y la URSS estuvieron marcadas por la desconfianza y por los reproches mutuos.

Los yugoslavos apoyaron en la medida de lo posible cualquier tipo de autonomía con respecto a Moscú por parte de los gobiernos orientales (Hungría, Polonia, Checoslovaquia…), mientras que los soviéticos siempre mantuvieron su amenaza militar sobre los territorios balcánicos. Tan sólo la muerte de Tito y la llegada al poder de Mijaíl Gorbachov destensaron un tanto las relaciones de dos estados que, por aquel entonces, se encontraban ya en un periodo terminal.

El final del comunismo en Yugoslavia coincidió cronológicamente con el del resto de países del bloque soviético. Sin embargo, el cambio de régimen disto mucho de ser pacífico.

Entre los condicionantes históricos de la guerra de Yugoslavia hay que destacar, en primer lugar, los problemas generados en el proceso de sustitución del estado comunista. Los restantes países de la Europa central y oriental también se enfrentaron a este reto, pero otros factores, como el nacionalismo de los distintos territorios balcánicos o la actitud de algunas potencias occidentales, imposibilitaron ese proceso.

Dentro de la cuestión nacional, hay que destacar los siguientes aspectos: el problema religioso, el viraje ideológico de los comunistas hacia el nacionalismo, la identificación de divisiones étnicas como fronteras políticas, y el papel desestabilizador de las oligarquías y del nacionalismo populista.

Las presiones serbias sobre la autonomía de Kosovo y Vojvodina marcaron el inicio de la descomposición de Yugoslavia como edificio estatal unificado. Los nacionalistas de Slobodan Milosevic alcanzaron el objetivo de hacerse con la mayoría de los votos dentro del entramado federal, pero despertaron con esto el sentimiento nacional entre los demás miembros.

De esta manera, y a pesar de que el Ejército Popular yugoslavo actuó a lo largo de esos años como prolongación del gobierno serbio, Eslovenia y Croacia abandonaron Yugoslavia entre 1991 y 1992. No obstante, Milosevic no renunció a su idea de la Gran Serbia; es más, la ausencia de Croacia y Eslovenia le permitía actuar con más libertad en favor de sus propios intereses. Le llegó entonces el turno a Bosnia, territorio que serbios y croatas no dudaron en repartirse.

Sólo la actuación internacional pudo poner fin a un conflicto que en 1995 llevaba ya tres años sembrando de cadáveres los Balcanes. La ineficaz intervención europea, y el colapso de la ONU ante el veto de Rusia, obligaron a los norteamericanos a intervenir de manera unilateral. Los acuerdo de Dayton y la presencia militar internacional pusieron fin a la guerra de Bosnia, que se establecía como estado independiente. Perdida también Macedonia, las apetencias del nacionalismo serbio se dirigieron de nueva hacia Kosovo, donde los movimientos en favor de la autonomía de la región iban tomando fuerza.

Finalmente, los serbios se decidieron a iniciar una guerra que tenía como fin último expulsar a la etnia albanesa del territorio kosovar. Una vez más, la reacción de la comunidad internacional, hacia lo que de hecho era una limpieza étnica, fue lenta e ineficaz. Tan sólo la actuación de los EE.UU. evitó la catástrofe. En 1999, Belgrado era sometido a un duro bombardeo; poco después caía el régimen de Milosevic.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus -2006.

[3] La Europa balcánica. Yugoslavia, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días; Ricardo M. Martín de la Guardia y Guillermo A. Pérez Sánchez – Madrid – Síntesis – 1997.

[4] La trampa balcánica; Francisco Veiga – Barcelona – Grijalbo – 2002.

[5] Los conflictos yugoslavos. Una introducción; Carlos Taibo y José Carlos Lechado – Madrid – Fundamentos – 1993.

[6] Guerra en Kosovo; Carlos Taibo – Madrid – Catarata – 2002.

[7] Los conflictos de los Balcanes a finales del siglo XX; Enrique Fojón -GEES – 18 de septiembre de 2002.

[8] Adiós, Milosevich, no vuelvas; Manuel Coma – GEES – 15 de marzo de 2006.

Apuntes sobre el genocidio armenio

Artículo publicado por Historia en Presente el 17 de junio de 2008.


En el presente artículo abordo una de las cuestiones más polémicas en la actual candidatura turca a la Unión Europea: el genocidio armenio de 1915. No tenía previsto escribir sobre esto por el momento, pero gracias a los comentarios de Citoyen en mi último post sobre Turquía –“La carta turca y sus peligros”– he decidido profundizar sobre la cuestión. El siguiente artículo no es más que una breve introducción a la masacre de armenios durante la Gran Guerra, por eso le doy la denominación de “apuntes”; espero publicar en los próximos meses algo más profundo en relación al tema.

¿Se puede justificar un genocidio?

A la hora de abordar las cuestiones relativas al genocidio armenio son muchos los historiadores, políticos y periodistas que han tratado de relacionarlo con el Holocausto judío de la Segunda Guerra Mundial.

En la última década algunos autores, basándose en los peculiares lazos históricos existentes entre Alemania y Turquía, han defendido la inspiración nacionalsocialista en la experiencia otomana para llevar a cabo la labor genocida antisemita. Otros, sin llegar a tanto, han unido ambos acontecimientos en base a la cantidad de víctimas generadas: las limpiezas étnicas más “exitosas” de la Historia. Sin embargo, salvo en el contexto bélico de ambos, los paralelismos brillan por su ausencia.

Casi cien años después de la tragedia los europeos pide cuentas a Turquía. Esta República, sólo en parte heredera del poder otomano, ha de responder por los actos cometidos en nombre de un sultán que ella misma derrocó [6]. Europa, anacrónica como ninguna a pesar de su rica herencia histórica, olvida una y otra vez que, mientras libraba una guerra de grandes proporciones, el Imperio Otomano tuvo que luchar contra una minoría étnica en su retaguardia.

Es más, los europeos olvidan, de nuevo, que fueron justamente ellos los que, con el fin de alcanzar la victoria en la Gran Guerra, favorecieron las ansias nacionalistas armenias hasta los límites del paroxismo. Olvidan, y ya van tres, que las armas utilizadas por la “quinta columna” armenia venían directamente de Rusia, Gran Bretaña y Francia.

Mencionar el genocidio armenio sin situarlo en su contexto es, a mi juicio, una muestra de mala fe y una prueba de falta de juicio.

El Imperio Otomano fue el único contendiente del conflicto de 1914 que hubo de hacer frente a una guerra de contrainsurgencia en el interior de sus fronteras, a causa de los levantamientos nacionales árabe y armenio. Mientras se enfrentaba a los rusos en Sarikamis y a los británicos en Gallípoli y Cesifonte, tenía que poner un ojo en el interior de sus territorios por miedo a la peligrosa minoría armenia. Y, como bien demostraron los acuerdo de paz de Sevres, la Sublime Puerta se jugaba mucho en la Primera Guerra Mundial: sobre la mesa estaba la propia supervivencia como estado [2].

Las sombras que rodean al genocidio armenio son quizás las grandes culpables de las increíbles historias que circulan en torno a ese acontecimiento. La falta de información, fruto de la mentira y la ocultación, ha generado un sinfín de leyendas que a la larga no ha hecho más que perjudicar a los genocidas. Fue precisamente Turquía la que trató de ocultar todos los detalles relacionados con la matanza de armenios para así evitar la reprimenda internacional. Con esto no hicieron otra cosa que abrir las puertas a las habladurías que, poco a poco, fueron superando a la tan temida realidad.

Después de la labor de maquillaje realizada por los turcos, llegaron los todopoderosos cronistas europeos a construir una gran historia, falsa también, pero grandiosa por la magnitud y crueldad de la catástrofe. Occidente ha visto, en esa gran mentira, el renacer del turco despiadado de época Moderna. Más tarde llegó el Holocausto; a los enemigos de Turquía les faltó tiempo para comparar ambos hechos.

El asesinato de miles de personas no es justificable, pero de ahí a compararlo con la maquina de muerte nazi hay un mundo. Las cifras, motivaciones y desarrollo de ambos genocidios fueron totalmente distintas. La acción de los otomanos no tenía en su origen prejuicios racistas; defendían la seguridad del Imperio frente a un movimiento nacionalista e insurgente. Además, no hemos de olvidar que esa rebelión se produjo en un momento crítico para el poder otomano, que libraba una dura guerra desde 1914.

Por el contrario, los judíos jamás buscaron destruir Alemania. Fue el Reich alemán el que inicio las hostilidades, y no por cuestiones de seguridad estatal; era el racismo el que guiaba la mano de los verdugos nacionalsocialistas. El genocidio armenio, cuyo origen fue una simple deportación de miles de personas, supuso –que no es poco ni justificable- la eliminación de los enemigos del Imperio. El Holocausto, por contra, no se limitó a exterminar a los judíos de la Europa central y oriental.

Primero los humilló, después los torturó y, más tarde, procedió a su eliminación. Es evidente que la persecución antisemita contenía un alto grado de sadismo.

Ningún genocidio es justificable; cada pueblo es responsable de su Historia y de las limpiezas étnicas que sus antepasados llevaron a cabo. Turquía ha de reconocer la barbarie de 1915, ha de pedir perdón y rendir homenaje a las víctimas. Sin embargo, Europa actúa de modo irresponsable cuando pide cuentas excesivas a los turcos. Sin duda es un trago difícil para ellos, no se lo compliquemos más. Hemos de dejar de compararlo con el Holocausto, ampliar nuestras miras para comprender el contexto del momento, y reconocer nuestra responsabilidad en la catástrofe [6].

De la convivencia al odio: Armenia entre dos siglos

Desde la Guerra de Crimea (1854-1856) hasta la Primera Guerra Mundial todos los enemigos del Imperio Otomano siguieron una táctica homogénea con respecto a las minorías étnicas presentes en su territorio: fomentar en ellos el sentimiento nacionalista hasta provocar el surgimiento de la insurrección armada. En respuesta a esa política rusa con respecto a los armenios en el conflicto de 1854, los otomanos declararon la igualdad de derechos de esta etnia en relación a los turcos.

Además, pasaron a ser considerados minoría protegida, y empezaron a ocupar numerosos cargos importantes en la administración imperial. Sin embargo, las raíces del movimiento de liberación armenio se habían fortalecido lo suficiente como para rechazar las ventajas de su nuevo estatus dentro del Imperio.

En la guerra que libraron otomanos y rusos entre 1877 y 1878, encontramos a grupos de voluntarios armenios entre los ejércitos del invasor eslavo. El propio patriarca armenio de Constantinopla, Jrimian, hizo un llamamiento a la revuelta de su pueblo contra el poder otomano [3].

Sin embargo, una vez terminado el conflicto con la aplastante victoria de Rusia, los zares mostraron cuánto apreciaban la existencia de un Caballo de Troya dentro del territorio otomano. A pesar de las presiones armenias, se negaron a negociar en el Tratado de San Stefano la independencia de la región. Era mejor mantener la pelota en el tejado turco para aprovecharse de ello en futuras ocasiones. Pero no sólo a Rusia le interesaba que Armenia siguiera dentro del Imperio Otomano. Las potencias reunidas en la Conferencia de Berlín (1885) tampoco cedieron a la petición de los representantes armenios.

Por tanto, la convivencia entre armenios y otomanos estaba rota a finales del XIX; el odio y la desconfianza eran las notas dominantes en sus relaciones. La negativa obtenida en San Stefano y Berlín llevó a los independentistas por la vía de la rebelión y el terrorismo. Pretendían llamar la atención de la comunidad internacional; hacer inevitable la intervención de alguna potencia occidental o de la propia Rusia. Además, la habitual desproporción de la respuesta otomana a cada una de esas actividades favorecía la consecución de ese objetivo.

A este respecto, cabe destacar las matanzas protagonizadas por los milicianos imperiales de origen kurdo durante el otoño de 1895. Hechos como este no se repitieron hasta el genocidio de 1915.

Los acontecimientos que hemos relatado anteriormente no impidieron, sin embargo, que los independentistas caucásicos colaborasen con el grupo de los Jóvenes Turcos en su lucha contra la política imperial. El sultán era tenido por aquel entonces como enemigo común tanto de movimientos nacionales como de reformistas.

Así, cuando estos últimos se hicieron con el control del Imperio en 1909, las acciones violentas entre uno y otro bando tendieron a desaparecer. Aunque no nos engañemos, a esas alturas la situación era muy difícil de encauzar; se trataba tan sólo de una tregua, un periodo que los armenios otorgaban a los Jóvenes Turcos para buscar una solución a su problema. Lógicamente, como en casi todas las cuestiones relacionadas con el nacionalismo, esto resultó imposible.

Los acontecimientos bélicos y las deportaciones

La guerra de 1914 proporcionó a los armenios una nueva oportunidad para levantarse contra el poder otomano. En cuanto se inició el conflicto los incidentes comenzaron a sucederse en la retaguardia. Esto, lógicamente, incomodaba en exceso el buen desarrollo de las operaciones militares. La situación llegó al límite tras la derrota del III y IV ejército imperial frente a las tropas rusas en la batalla Sarikamis [3]. Numerosos pueblos armenios se levantaron contra las autoridades otomanas, y los milicianos independentistas, armados con material ruso, cortaron las comunicaciones de los principales caminos.

Los soldados derrotados en Sarikamis quedaron aislados entre el frente y una retaguardia hostil en el Caucaso. A esto se unió la conquista de la ciudad de Van por parte de los contingentes armenios. La situación no era cómoda para Estambul, que procedió a escarmentar a sus díscolos súbditos; las tropas kurdas y circasianas se lanzaron contra el territorio armenio. Estas masacres marcaron el inicio un genocidio que los afectados sitúan en millón y medio de muertos.

Los hechos narrados hasta el momento constituyen la parte de la historia que nunca se suele relatar. Los acontecimientos posteriores son, por el contrario, más conocidos por todos; si bien es verdad que las cifras varían en función del narrador de turno. El 24 de abril de 1915, el jefe del Estado Mayor otomano, Enver Pasa, aprobó un plan para dispersar a los armenios por el territorio imperial [3]. El objetivo era que la población de esa etnia no superase, en ninguna circunscripción, el diez por ciento del total de la misma. No obstante, parece que detrás de la orden se escondía un claro deseo de ejecutar de manera masiva a la población civil armenia.

La deportación, realizada en pleno verano por un territorio árido y agreste, acabó con la vida de la mayor parte de esas personas; trescientas mil según los historiadores turcos.

A la crueldad de esas jornadas realizadas a pie hemos de añadir los escasos suministros recibidos por los armenios a lo largo de su viaje, así como la ausencia de atenciones sanitarias. Por tanto, el genocidio se llevó a cabo, en su mayor parte, sin violencia. Al Imperio Otomano le bastó con inventarse una deportación sin retorno.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] El turco. Diez siglos a las puertas de Europa; Francisco Veiga – Barcelona – Debate – 2007.

[4] Turquía, entre Occidente y el Islam: una historia contemporánea; Glòria Rubiol – Barcelona – Viena -2004.

[5] Turquía: el largo camino hacia Europa; Delia Contreras – Madrid – Instituto de Estudios Europeos – 2004.

[6] Turquía: Atatürk camina hacia Europa; Carlos González Martínez – Luz y Taquígrafos – Mayo de 2007.

Kosovo: albaneses, serbios y demás interesados

 Artículo publicado por Historia en Presente el 13 de junio de 2008.


Tal como anuncié al publicar mi último artículo –“Kosovo: una discrepancia historiográfica”– voy a dedicar unos pocos párrafos a los aspectos más significativos de la Historia kosovar durante el XIX. No trato de ofrecer con esto un repaso exhaustivo y cronológico de cómo se fueron sucediendo los acontecimientos. Mi objetivo es dar algunas pinceladas que ayuden a comprender el devenir histórico de la región a largo de ese siglo.

A mi entender, el rasgo más significativo de este periodo, y seguramente de los últimos seiscientos años en los Balcanes, es la influencia de las potencias exteriores en el conflicto local. Así lo reflejo en el texto y en el título, donde las palabras “demás interesados” hacen referencia a Rusia, Austria-Hungría y el Imperio Otomano.

La progresiva retirada de “el hombre enfermo”

El Imperio Otomano, tan temido por la Europa de los siglos XVI y XVII, fue perdiendo poder de manera progresiva hasta los años inmediatamente anteriores a la Revolución Francesa (1789). Por aquel entonces, el gigante oriental comenzó a ser conocido en las cancillerías europeas como “el hombre enfermo” [5]. Su estado de postración era algo evidente a los ojos de los demás países, donde se esperaba con ansia y temor su más que previsible desmembración. Ansia por las ganancias territoriales y económicas que esto traería consigo; temor por la amenaza que eso suponía para el equilibrio pactado entre las principales potencias.

Europa jugó durante todo el XIX a mantener, más o menos de forma artificial, el poderío otomano. Juego que no siempre se respetó; el nacimiento de Grecia es, tal vez, el mejor ejemplo de esto.

Con alguna que otra pérdida territorial y, sobre todo, con su prestigio por los suelos, el Imperio Otomano se mantuvo como pudo hasta la Primera Guerra Mundial. El Tratado de Sevres [5], punto de partida del moderno estado turco, supuso a su vez la sentencia de muerte contra “el hombre enfermo”. Sus territorios, con excepción de Anatolia –no respetada en su totalidad- quedaron convertidos en protectorados, nuevas naciones, y ampliaciones de las ya existentes.

No obstante, en lo relativo a Serbia y Kosovo, la desmembración otomana posterior al conflicto de 1914 carece de importancia; ambos territorios, por sus propios medios o con la ayuda exterior, se habían sacudido el control de la Sublime Puerta un siglo antes. Es más, la última oportunidad del Imperio Otomano para influir en los Balcanes fue también previa a la Primera Guerra Mundial: el conflicto contra la Liga Balcánica. En él los otomanos sufrieron una humillante y rápida derrota a manos de Serbia y Bulgaria [4].

La batalla de Kosovo-Polje (1389) marcó el inicio de la influencia musulmana en los Balcanes; si bien el control no se hizo efectivo hasta el siglo XVI.

A la sombra del poder oriental los albaneses islamizados comenzaron a hacerse fuertes en la región de Kosovo [7]. Los serbios sufrieron la represión otomana en toda su crudeza, pero mantuvieron su predominio demográfico en el territorio kosovar hasta bien entrado el XIX. El Imperio Otomano continúo siendo en ese siglo un factor importante en el desarrollo histórico de los Balcanes en general y de Kosovo en particular. Sin embargo, su poder, cada vez más endeble, topo con dos poderosos rivales: Austria-Hungría y Rusia.

Los austrohúngaros como potencia balcánica

Las sucesivas derrotas militares del Imperio Austrohúngaro frente a Piamonte en 1859 -norte de Italia- y Prusia en 1866 -en el seno del territorio imperial alemán-, acabaron por forzar una reorientación de la política exterior de la Monarquía Dual. El centro de gravedad de Viena giró hacia los Balcanes, donde ejerció una notable influencia hasta la Primera Guerra Mundial.

Tanto serbios como albaneses se vieron afectados por la intromisión -deseada en muchos casos- de esta nueva potencia en su particular pugna. En los primeros momentos, los serbios pensaron que la presencia austríaca favorecería sus intereses. Por esa razón, buena parte de los habitantes de Kosovo pertenecientes a esa etnia emigraron a los territorios septentrionales con el fin de buscar la protección de los Habsburgo [7]. En ese preciso instante comenzó a producirse un cambio decisivo para la futura Serbia: su centro de gravedad, que desde la Edad Media se había situado en la región de Kosovo, comenzó a trasladarse hacia Belgrado.

De esta forma, los albaneses, que continuaban llegando en grandes grupos provenientes de las comarcas montañosas, fueron ganando terreno en la lucha por la región kosovar.

Por tanto, la influencia austrohúngara sobre los Balcanes resultó nefasta en la lucha de Serbia por mantener la supremacía en Kosovo. En un primer momento las preferencias de la población autóctona por los territorios del norte –bajo la protección de los Habsburgo- provocó el éxodo que hemos descrito en el anterior párrafo. Más tarde, cuando el nacionalismo serbio comenzó a resultar peligroso para la Monarquía Dual, esta se encargó de favorecer a los albaneses, que no sólo intensificaron su emigración al territorio kosovar, sino también al norte de Macedonia y a la comarca de Nis [7]

Las ambiciones de Rusia y la intervención internacional

El Tratado de San Stefano (1878), que puso fin a la guerra entre Rusia y el Imperio Otomano, consagró a la primera de ellas como potencia balcánica. Los rusos llevaban varias décadas aprovechándose de la debilidad mostrada por la Sublime Puerta [5]. En un primer momento se conformaban con obtener una salida al mar por su territorio meridional (mar Negro y mar Mediterráneo); sin embargo, extender su influencia a los Balcanes era un caramelo demasiado apetitoso como para dejarlo escapar. Su victoria militar sobre los otomanos le permitió cumplir ambos sueños.

La presencia de Rusia en la región no sólo supuso un freno importante para la expansión austrohúngara, sino que impulsó un proceso yugoslavista liderado por los serbios –sus “hermanos” del sur-, en cuyo territorio se incluía la mayor parte de Kosovo (el resto quedó repartido entre Montenegro y el Imperio Otomano).

Poco duraron, sin embargo, las estructuras configuradas a partir de San Stefano. A comienzos de 1879 Las potencias de la Europa occidental y central comenzaron a presionar a Rusia para que redujera su presión sobre “el hombre enfermo”. Las consecuencias de este hecho fueron considerables para Kosovo, que fue devuelto al Imperio Otomano ese mismo año. De esta forma se cumplieron las exigencia de la “Liga de Prizren”, fundada en 1878 en esa misma ciudad [7].

Este grupo de trescientos delegados albaneses, en su mayoría de carácter conservador, manifestaron su deseo de retornar al redil otomano. La situación de dependencia con respecto a Estambul se mantuvo hasta 1912, momento en el que la Liga Balcánica derrotó militarmente a la Sublime Puerta. Según los Acuerdos de Londres, firmados al final de la contienda, el territorio kosovar pertenecía a Serbia.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus -2006.

[3] La Europa balcánica. Yugoslavia, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días; Ricardo M. Martín de la Guardia y Guillermo A. Pérez Sánchez – Madrid – Síntesis – 1997.

[4] La trampa balcánica; Francisco Veiga – Barcelona – Grijalbo – 2002.

[5] El turco. Diez siglos a las puertas de Europa; Francisco Veiga – Barcelona – Debate – 2007.

[6] Los conflictos yugoslavos. Una introducción; Carlos Taibo y José Carlos Lechado – Madrid – Fundamentos – 1993.

[7] Guerra en Kosovo; Carlos Taibo – Madrid – Catarata – 2002.

Kosovo: una discrepancia historiográfica

Artículo publicado por Historia en Presente el 9 de junio de 2008.


Voy a completar el repaso iniciado en este blog sobre la cuestión de Kosovo con dos artículos más. El primero de ellos –el que publico hoy- aborda el tema desde una perspectiva historiográfica; es decir, la interpretación del pasado de la región desde el punto de vista de los historiadores serbios y albaneses. El segundo de ellos, que publicaré en las próximas semanas, tratará de recoger los aspectos más significativos de la Historia kosovar durante el siglo XIX. Para escribir ambos textos me he basado en la información contenida en los libros que cito en la bibliografía. Sin embargo, debo reconocer que estos artículos siguen muy de cerca los planteamientos del profesor Carlos Taibo en “Guerra en Kosovo”.

Kosovo según los albaneses

Los historiadores albaneses consideran a su etnia descendiente directa de los ilirios de época clásica. La provincia romana de Iliria ocupaba el territorio que va desde el Danubio hasta el Adriático, alcanzando su límite septentrional en la actual Macedonia. Este pueblo se vio obligado a retroceder hacia la costa como consecuencia de las invasiones eslavas del siglo VI [6]. Sin embargo, con la conquista otomana de los Balcanes, pudieron regresar a su antiguo hogar en los siglos XV y XVI.

La historiografía albanesa sostiene que, bajo la protección del Islam, la región de Kosovo comenzó a repoblarse de albaneses. Desde ese momento superaron a los eslavos, convirtiéndose en la etnia mayoritaria de la región; situación que se mantiene hoy día.

Según la visión albanesa expuesta anteriormente, los serbios serían una etnia invasora y ajena a Kosovo y al resto de los Balcanes. Estos habrían desarrollado a lo largo de varios siglos, y especialmente a partir del XIX, una labor claramente hostil a la población autóctona. Su gran pecado habría sido tratar de dividir a los albaneses en distintos estados –Kosovo, Macedonia, Montenegro, Albania…- con el fin de obstaculizar la construcción de un gran estado propio [4].

Kosovo según los serbios

Los historiadores serbios, como es lógico, discrepan de la visión expuesta anteriormente. Según ellos, los albaneses no serían más que el conjunto de pueblos suroccidentales de los Balcanes que en su cruce de los ilirios formaron un nuevo grupo étnico. Reconocen la presencia de estos en la costa del Adriático en épocas anteriores a las invasiones eslavas. Sin embargo, niegan su relación con Kosovo hasta bien entrado el siglo XVII; es decir, al amparo de las conquistas otomanas. La historiografía de serbia los acusa de jugar, hasta el siglo XIX, el papel de punta de lanza de la colonización islámica que tanto mal les hizo.

Por tanto, para los serbios Kosovo es un territorio que les pertenece por “derechos históricos” desde que, en el año 1389, se libró la batalla de Kosovo-Polje [3].

Ellos se consideran la población autóctona de la región. Es más, la represión a la que se vieron sometidos durante siglos no ha hecho más que acrecentar el mito de la vinculación del espíritu de Serbia a Kosovo, así como el odio al invasor albanés. Esto último no sólo surge de la oposición entre ambas etnias; también se basa en el carácter oportunista de los albaneses; primero se aprovecharon de la presencia otomana, y más tarde se mostraron fieles servidores del poder autro-húngaro [6], claramente contrario a los serbios.

Breve conclusión

Es indudable el carácter nacionalista de los dos puntos de vista expuestos anteriormente; razón por la que no podemos fiarnos a pies juntillas de ninguno de ellos. Sin embargo, una lectura crítica de los postulados de cada grupo nos permite ver algo de luz en medio de tantos argumentos contrapuestos. Parece evidente que los albaneses, bien fueran ilirios o miembros de otra etnia, estaban en los Balcanes antes de la llegada de los serbios. Controlaban tan sólo una pequeña región cercana al Adriático que, tal vez, llegase hasta el propio Kosovo.

Esta claro, ya que lo afirman ambas versiones, que los albaneses fueron desplazados hacia el oeste por la invasión eslava del siglo VI.

Con la llegada musulmana, y gracias a su conversión mayoritaria al Islam y a su fidelidad a la Sublime Puerta, recuperaron algunos de sus antiguos territorios. No obstante, parece inexacto considerar que ya en el siglo XVII eran mayoría en Kosovo; sobre la cuestión mantengo lo enunciado en mi artículo De Kosovo a Kosova: una visión demográfica. En este sostenía que hasta mediados XIX los serbios habían sido la etnia mayoritaria de la región [3].

Además, parece poco creíble la postura albanesa de considerar que sus antepasados volvieron diez siglos después a sus antiguos territorios. Puede que en el pasado hubieran habitado allí, pero de ahí a tener conciencia de regresar al hogar mil años después es poco probable.

En definitiva, el pasado de ambos pueblos se entrecruza constantemente a lo largo de los últimos siglos. En muchas ocasiones adquiere un carácter mítico, y siempre, en ambos casos, un tono victimista. Nos encontramos, pues, ante un clásico puzzle balcánico en el que la Historia se utiliza y transforma para convencer al resto del mundo de lo honorable de la propia postura.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus -2006.

[3] La Europa balcánica. Yugoslavia, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días; Ricardo M. Martín de la Guardia y Guillermo A. Pérez Sánchez – Madrid – Síntesis – 1997.

[4] La trampa balcánica; Francisco Veiga – Barcelona – Grijalbo – 2002.

[5] Los conflictos yugoslavos. Una introducción; Carlos Taibo y José Carlos Lechado – Madrid – Fundamentos – 1993.

[6] Guerra en Kosovo; Carlos Taibo – Madrid – Catarata – 2002.

La cocina serbia en los noventa

 Artículo publicado por Historia en Presente el 5 de junio de 2008.


El objetivo de este artículo es aportar a los lectores una visión general acerca de la política interna serbia de los años noventa. En el fondo se trata de un repaso de los resultados electorales y grupos políticos durante esa década. Vendría a completar, pues, la información de dos artículos anteriores: “Serbia después de Milosevic (2000-2008)” y “Una crónica de las elecciones serbias” (mayo de 2008).

Pido disculpas por el caos cronológico de mis publicaciones, ya que esta última entrega del repaso al panorama político serbio es temporalmente anterior a las otras dos. A modo de disculpa sólo puedo decir que los acontecimientos –las elecciones serbias del pasado 11 de mayo- me han obligado a hacerlo así.

A modo de introducción: la llegada de Milosevic al poder

Con independencia de los vaivenes de partidos minoritarios o de la disparidad en las alianzas de gobierno, los resultados electorales serbios a lo largo de la década de 1990 se caracterizaron por la hegemonía de los socialistas liderados por Slobodan Milosevic. Los fundamentos de la aventura política de este personaje hemos de buscarlos en lo que Paul Garde denominó “revolución cultural serbia” [4].

Esta se basó en el Memorándum redactado en 1986 por un grupo de responsables de la Academia de las Ciencias de Serbia.

Su representante más conocido era el escritor nacionalista Dobrica Cosic. Este documento denunciaba la discriminación de la que, según los autores, eran objeto los serbios en la provincia autónoma de Kosovo. Posteriormente, ya dentro de la obra política del gobierno Milosevic, las reivindicaciones se extendieron a otros territorios de la Federación Yugoslava en los que la presencia, mayoritaria o no, de serbios era significativa.

Del juego del trapecista a los años de la “tranquilidad”

El predominio del Partido Socialista serbio, al igual que en resto de los países balcánicos de tradición oriental, se vio reforzado a finales de los ochenta y principios de los noventa. Al mismo tiempo, la figura del líder carismático iba tomando cuerpo en la persona de Slobodan Milosevic. Poco a poco, el presidente de Serbia fue absorbiendo en su ámbito étnico el culto a la personalidad propio del fallecido Tito [1].

Sin embargo, las sucesivas derrotas en los conflictos con Eslovenia y Croacia, rompieron el sueño nacionalista del pueblo serbio. Así, a principios de los noventa, la oposición al régimen se organizó en una amplia coalición denominada Movimiento Democrático de serbia (DEPOS). Había comenzado lo que algunos autores denominan “el juego del trapecista”; un periodo de varios meses en el que Milosevic tuvo que defender con uñas y dientes su posición política.

Desde algunos medios occidentales se llegó a hablar del fin de Slobo; sin embargo, la habilidad política del “trapecista” le permitió sortear los peligros.

La oposición democrática boicoteó las elecciones al parlamento federal del 31 de mayo de 1992. En ellas el Partido Socialista obtuvo 73 de los 138 escaños en disputa. Sin embargo, el hecho más significativo de los comicios fue el ascenso del Partido Radical de Seselj, que hasta ese momento había apoyado al gobierno socialista. Los resultados pusieron en guardia al presidente Milosevic, que se dispuso a cortar de raíz el crecimiento de los radicales.

El primer acto fue la disolución del parlamento el 20 de octubre de 1993 y la convocatoria de elecciones para el 19 de diciembre. La victoria de los socialistas fue clara: 123 de los 250 escaños; si bien se vieron empañadas por las quejas del resto de formaciones políticas. Los radicales de Seselj fueron los grandes derrotados; obtuvieron tan sólo 39 actas parlamentarias, siendo superados por la coalición opositora DEPOS (45 escaños). Por su parte, el Partido Demócrata de Zoran Djindjic obtuvo 29 actas parlamentarias [4].

Los resultados electorales venían a completar la tela de araña tejida por Milosevic para asegurarse el poder en Serbia durante muchos años. Previamente, en marzo de 1993 había logrado la destitución de Milan Panic como cabeza del gobierno federal, poniendo en su lugar a Radoje Kontic, fiel al Partido Socialista. A esto hemos de añadir un relevo de similares características al frente de la presidencia de la Federación Yugoslava. El 25 de junio de 1993, Zoran Lilic, hasta entonces presidente socialista del parlamento serbio, sustituyó a Cosic, poco dócil a los deseos de Milosevic [4].

Todos sus rivales internos estaban fuera de combate; les había llegado el turno a los exteriores.

Serbia necesitaba cambiar su mala imagen internacional. Los acuerdos de Dayton, la paz de Bosnia de 1995, fueron el escenario ideal para la rehabilitación del país y de su líder [3]. Curiosamente, el mismo presidente norteamericano que le tendió la mano en esa ocasión, Bill Clinton, le condenó casi cuatro años más tarde. El conflicto de Kosovo puso fin a la etapa de tranquilidad. El presidente serbio volvió a ejercer de trapecista, pero en esta ocasión no tuvo tanta suerte.

Los últimos episodios electorales y la caída de Milosevic

La candidatura de Vojislav Kostunica a la presidencia federal, fruto de la reunificación de la oposición serbia apoyada incondicionalmente por las potencias occidentales, marcó el inicio del declinar de Milosevic. Tras una larga polémica, en la que el aparato de poder de los socialistas hizo todo lo posible por ocultar la derrota de su líder, las fuentes oficiales confirmaron la victoria de la oposición casi un mes después de los comicios de septiembre del 2000 [6].

El seis de octubre de ese mismo año una revolución democrática acababa con el régimen nacionalista de Slobodan Milosevic.

Los serbios se levantaron contra el hombre que había conducido al país a cuatro guerras balcánicas (1991-1995) y a un enfrentamiento con la OTAN a causa de los sucesos de Kosovo (1997-1999). Dos meses después, con el inestimable apoyo occidental, la oposición alcanzó un claro triunfo en las legislativas. Zoran Djindjic, del Partido Demócrata, se convertía así en primer ministro de la república. Sin embargo, hasta la llegada al poder del actual presidente Borislav Tadic, las autoridades serbias no entregaron a Milosevic a las autoridades internacionales.

Bibliografía:

[1] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus -2006.

[2] La Europa balcánica. Yugoslavia, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días; Ricardo M. Martín de la Guardia y Guillermo A. Pérez Sánchez – Madrid – Síntesis – 1997.

[3] La trampa balcánica; Francisco Veiga – Barcelona – Grijalbo – 2002.

[4] Los conflictos yugoslavos; Carlos Taibo y José Carlos Lechado – Fundamentos – 1994.

[5] Los conflictos de los Balcanes a finales del siglo XX; Enrique Fojón -GEES – 18 de septiembre de 2002.

[6] Adiós, Milosevich, no vuelvas; Manuel Coma – GEES – 15 de marzo de 2006.

La carta turca y sus peligros

Artículo publicado por Historia en Presente el 1 de junio de 2008.


Llevamos más de dos años dándole vueltas a la cuestión turca. En numerosos círculos se ha discutido, y se sigue discutiendo, acerca de la conveniencia de la entrada de Turquía en la Unión Europea. Con este artículo trato de aportar una visión histórica del problema, al tiempo que advierto –siguiendo la línea marcada por Anthony Giddens en “Europa ante la era global”- de las consecuencias negativas de tener a los turcos de espaldas al proyecto europeísta.

He de reconocer que este texto no es más que la refundición –en ocasiones copia- de varios artículos que había escrito ya sobre la cuestión. Principalmente me he basado en dos: “Turquía: Atatürk camina hacia Europa” y “Turquía si, pero más tarde”. Ambos se encuentran en la bibliografía que he añadido al final.

Turquía: currículum vitae

El proceso de occidentalización llevado a cabo por el primer presidente de Turquía, Mustafa Kemal Atatürk, está a punto de cumplir noventa años. Durante ese periodo, y especialmente en sus inicios, se llevaron a cabo una serie de reformas tendentes a desislamizar el Estado y proporcionar a la población una educación moderna y de carácter liberal. Incluso, en ese afán por abandonar las viejas tradiciones, el líder turco llegó a prohibir el alfabeto árabe, imponiéndose como oficial el de tipo occidental [1]. Además, es evidente que el devenir histórico fue favorable para el desarrollo de esos planes reformistas.

Tras la Segunda Guerra Mundial, y en pleno escenario de Guerra Fría, Turquía se convirtió en una pieza clave como aliada de los Estado Unidos.

Eso explicaría las abundantes ayudas que recibió del Plan Marshall, y su elección como miembro del Consejo de Europa en 1949. A los turcos parece faltarles tan sólo una importante pieza para completar su puzzle: la entrada en la Unión Europea. La adhesión de Turquía al proyecto Europeo, bien por desidia de sus gobernantes o por las dificultades internas del país, se frustró en tres ocasiones: 1973, 1981 y 2004 [1].

Sin embargo, el 3 de octubre de 2005 se iniciaron por fin las negociaciones para admitir a Turquía como miembro del proyecto europeísta [4].

En relación a estas, hemos de indicar algo de lo que son plenamente conscientes muchos dirigentes de la Unión: los turcos pueden aportar una gran riqueza al proceso de integración europea, tanto en el ámbito geoestratégico como en el cultural. Turquía está llamada a ser la puerta de Europa en sus futuras relaciones con el Islam. Y eso incluye tanto el avispero de Oriente Medio como toda la franja costera del norte de África.

También es, por tradición histórica, uno de lo grandes protagonistas de la región que más quebraderos de cabeza ha dado a Europa: los Balcanes. Turquía vendría a cerrar el círculo creado con la integración de los antiguos países del Este, al tiempo que daría a la Unión un mayor potencial diplomático y militar. El peso de los europeos en política exterior se vería sumamente reforzado con la presencia turca [5].

Turquía si, pero todavía no

El 1 de mayo de 2004 se producía la mayor ampliación en la historia de la Unión Europea. Este organismo supranacional acogía en su seno a diez estados más: Letonia, Estonia, Lituania, Polonia, República Checa, Eslovaquia, Hungría, Eslovenia, Malta y Chipre. Casi tres años después, con la integración de Rumania y Bulgaria, surgía la Europa de los veintisiete. Además, las negociaciones para adhesión de Croacia y Macedonia comenzaron a dar sus primeros frutos a mediados de 2007.

Este cúmulo de acontecimientos, así como la tajante oposición del presidente francés, han hecho resurgir el debate acerca de la conveniencia o inconveniencia de la entrada de Turquía en la Unión. En principio la respuesta es afirmativa, pero parece que Europa no acaba de hacerla efectiva. Esto levanta suspicacias entre los políticos y la población turca, que temen una marcha atrás en el proceso de integración [6].Es evidente que el acceso de Turquía a la Unión Europea genera divisiones entre los países miembros. Estas no son injustificadas, ya que los motivos para apoyar o rechazar la adhesión turca son abundantes.

No obstante, todos –los a favor y los en contra- entienden que factores como el tamaño, la localización geográfica, el nivel de desarrollo económico y el carácter de sociedad predominantemente islámica, dificultan la entrada de este país en las instituciones europeas.

El problema podría plantearse cuando la actitud esquizofrénica de la Unión acabe desencantando a los propios turcos. Esto nos dejaría una Turquía de espaldas a Europa y, seguramente, a las puertas del fundamentalismo islámico. La Unión Europea debería respaldar mucho más incondicionalmente la decisión que ya ha tomado: aceptar a Turquía como candidata al ingreso. Muchos europeístas de Turquía, de diversas tendencias del espectro político, se sienten decepcionadas por la poco entusiasta acogida que Europa les ha dispensado. Los turcos son miembros de todas las organizaciones europeas salvo la UE, y pertenece a la OTAN desde su fundación.

Además, es miembro del Consejo de Europa desde los primeros años de la posguerra. No hay duda de que existen obstáculos importantes que superar antes de que el ingreso de Turquía pueda hacerse realidad; seguramente pase más de un lustro antes de que los representantes de ese estado se siente con los demás como miembro de pleno derecho. Sin embargo, si la Unión le diera la espalda a Turquía en ese momento, el resultado podría ser una disminución del ritmo de crecimiento del país, así como una mayor polarización política y una sociedad resentida que tendería a mirar hacia el este antes que hacia el oeste. Quienes hablan actualmente de poner obstáculos a la entrada de Turquía deberían reflexionar [2].

Si su postura triunfa, tendremos a las puertas de Europa un estado lleno de problemas, dividido y, posiblemente, antagonista.

Una Turquía democrática, liberal y próspera como estado miembro de la Unión es una perspectiva mucho más atractiva que una Turquía en quiebra y en actitud introspectiva. Turquía necesita unos años para completar su transformación, y Europa un tiempo para construir una estructura donde quepan los turcos. Sin embargo, eso no nos ha de llevar a decir no a la integración de ese país. La respuesta ha de ser afirmativa, pero sin hacerla realidad hasta que no llegue el momento oportuno para ambos negociadores.

Bibliografía:

[1] El turco. Diez siglos a las puertas de Europa; Francisco Veiga – Barcelona – Debate – 2007.

[2] Europa en la era global; Anthony Giddens – Barcelona – Paidós. Estado y sociedad – 2007.

[3] Turquía, entre Occidente y el Islam: una historia contemporánea; Glòria Rubiol – Barcelona – Viena -2004.

[4] Turquía: el largo camino hacia Europa; Delia Contreras – Madrid – Instituto de Estudios Europeos – 2004.

[5] Turquía: Atatürk camina hacia Europa; Carlos González Martínez – Luz y Taquígrafos – Mayo de 2007.

[6] Turquía si, pero más tarde; Carlos González Martínez– Planisferio – 25 de mayo de 2008.

Sobre la Historia y el cine II

Artículo publicado por Historia en Presente el 27 de mayo de 2008.


Continuamos con las reflexiones acerca de la relación entre Historia y cine. En la primera parte de este artículo –“Sobre la Historia y el cine I”– nos centrábamos en la importancia de la imagen para conocer y dar a conocer el pasado. En esta segunda el objetivo es analizar la influencia del cine sobre la sociedad y sus miembros.

La influencia del cine histórico sobre el espectador

“Consecuentemente, como historiadores hemos de estudiar los films como productos de consumo; hemos de intentar analizar la influencia que la organización requerida para producir y vender las películas tienen sobre las mismas”. [1]

Hasta el momento hemos abordado la cuestión del cine histórico desde el ámbito de los estudiosos del pasado. El centro del debate lo ha ocupado su validez como fuente para la construcción del discurso histórico o su uso como lenguaje divulgativo de esos contenidos. Este epígrafe, tal como indica su título, presenta la cuestión desde otro punto de vista, el del espectador.

Hablamos de personas con escasos conocimientos acerca de la temática que se trata; con ningún o escaso interés por observar la película con ojos críticos. Son gente más fácil de influenciar por el contenido del film, y es poco probable que acudan a fuentes bibliográficas para ampliar o corregir los conocimientos que han adquirido gracias a él. Por tanto, la visión que van a tener de un acontecimiento o de un personaje histórico se va a limitar a lo que observan en la gran pantalla.

Es evidente que la televisión y el cine tienen mucha más influencia sobre la sociedad que los historiadores. Las personas forman su composición de la Historia a través de lo que observan en la pantalla y, en ocasiones, con algún libro que cae en sus manos. Los films tienen una capacidad divulgativa infinitamente mayor que la de los estudiosos del pasado, por grandes que sean sus conocimientos o por muy vendidos que sean sus libros.

En definitiva, los que forman la conciencia histórica de las personas no son los historiadores, sino la industria del cine.

Eso no nos debe llevar a la conclusión de que todo está perdido, sino todo lo contrario: si hay cine histórico es porque la Historia atrae a los espectadores; les interesa. La cuestión pasa a ser qué hacer con el gigante audiovisual; pregunta a la que ya respondimos más arriba. Se trata de influir en las producciones que traten temas históricos, en asesorar a los profesionales del cine para evitar que den una visión distorsionada de la Historia.

En la mayor parte de los casos los historiadores son poco comprensivos con los directores de cine y demás personas responsables de la realización de un film histórico. Hemos de ser conscientes de las dificultades que supone trasladar un acontecimiento del pasado a la gran pantalla, de las limitaciones y ventajas de este proceso, y de las condiciones en las que se mueven los responsables de producción.

El cine histórico, por la complejidad de su temática, se encuentra en la mayor parte de los casos unido a las superproducciones. Esta gran inversión requiere, para ser rentable, una comercializadas a escala mundial, lo cual limita notablemente la manera de tratar el relato; ha de hacerse atractivo en culturas diversas y para un público heterogéneo.

Además, la estructura dramática que requiere toda narración fílmica –planteamiento, nudo y desenlace- es ajena al mundo de la Historia. Ahí no existe una estructura clara; el relato está abierto y las causas del desenlace se nos escapan. Otro de los factores que condicionan la realización de producciones históricas es el relativo al tiempo utilizado. El cine narra en presente, mientras que, salvo cuando usamos el presente histórico, la Historia se escribe en pasado.

En definitiva, a un historiador, por lo general, no le van a convencer las películas con temática histórica; no obstante, ha de ser comprensivo, pues la tarea de realización no es fácil. Además, ese film que el considera imperfecto influye, en la mayor parte de los casos, mucho más que las investigaciones históricas puestas por escrito.

La influencia del cine sobre la sociedad

“Entre los diversos aspectos que debemos tener en cuenta para aprender a juzgar un film histórico, ninguno es tan importante como el de la invención. Es el punto central, la palabra clave para entender la historia como relato filmado y, por ello, el más controvertido. De hecho, es el que separa más al cine histórico de los ensayos, que, en principio, evitan la ficción (aunque aceptan la ficción principal que supone considerar que la gente, los movimientos y las naciones viven hechos con un desarrollo lineal y moral). Si podemos encontrar un mecanismo que nos permita aceptar y juzgar las invenciones que cada film comporta, entonces podremos aceptar las alteraciones menores -omisiones y combinación de distintos episodios- que hacen que la historia en imágenes sea tan diferente de la impresa en los textos”. [4]

A los historiadores les ha de interesar la visión que los grandes medios de masas, en especial el cine, dan sobre la materia que trabajan.

Esa es una cuestión que hemos tratado en el apartado anterior. Sin embargo, la influencia de estos sobre sus receptores no sólo ha de ser motivo de preocupación, sino de estudio. Y no exclusivamente en el campo del cine histórico, sino en todos aquellos films del pasado considerados de interés por el historiador de un determinado tema. Al referirnos a Siegfried Krakauer decíamos que el cine era reflejo de la sociedad que lo producía y consumía. Podemos completar esa afirmación al defender su importancia como agente de la Historia.

Las obras cinematográficas del pasado les pueden servir a los historiadores tanto para estudiar una determinada sociedad como para conocer la influencia de la gran pantalla sobre la misma. Si nos preocupa la visión que actualmente dan las películas sobre determinados acontecimientos históricos, nos han de interesar también los valores que transmitían en el pasado. La temática tratada por el cine en cada época y lugar, así como la forma de presentarlo, no son una cuestión baladí.

Las pautas para el análisis de una producción cinematográfica que presenta J. M. Caparrós en Análisis histórico de los films de ficción no es exclusivo de las películas actuales; se puede aplicar al cine del pasado. Y ha de hacerse tanto para comprender esa sociedad como para conocer de qué forma se veía influida por la gran pantalla. Más difícil, seguramente, sea llegar a conocer el grado de esa influencia.

Conclusiones: fuente, lenguaje y agente

“Un partidario de la radio y de la película como medios de enseñanza ha escrito un libro: The decline of the writen word (El ocaso de la palabra escrita), en donde, con alegre convicción, vaticina un porvenir próximo en el cual los niños se alimentarán con reproducciones cinematográficas y con palabras habladas. ¡Enrome paso hacia la barbarie! ¡Eficacísimo medio para paralizar en la juventud el pensamiento y mantenerla en un estado de puerilidad y además, probablemente, sumergirla en profundo aburrimiento!” . [5]

Tras varios párrafos alabando la grandeza del cine y su utilidad para la construcción y divulgación de la Historia, la cita de Johan Huizinga nos puede servir para volver a poner los pies en el suelo. Suscribo todo los afirmado en las páginas anteriores, pero precisa de una matización. La defensa hecha de los medios audiovisuales como instrumentos validos para el trabajo del historiador no significa que estos sean los únicos o los más importantes. Hemos de valorar el cine en su justa medida. Puede que mi afán por atacar algunos prejuicios existentes me haya llevado en algún momento a dar al cine una importancia mayor que a otras fuentes o trabajos de Historia. Sin embargo, no es esa mi opinión.

A lo largo de las páginas anteriores hemos tratado el cine como fuente para el trabajo del historiador; tanto en lo referente a documentos históricos como a películas comerciales de épocas pasadas.

En este último ámbito distinguíamos aquellas que reflejaban a la sociedad de la época de las que trataban de influir en ellas; lo cual no quiere decir que ambos aspectos no se encontraran presentes en la mayor parte de las producciones cinematográficas. También extendíamos nuestro análisis a su capacidad de divulgar, bien por medio de documentales como por la vía del cine histórico. Hemos defendido, al fin y al cabo, el valor del cine como fuente, lenguaje y agente de la Historia.

Bibliografía:

[1] Análisis histórico de los films de ficción; José María Caparrós Lera y Sergio Alegre- Barcelona – 1999.

[2] Fotogramas de papel y libros de celuloide: el cine y los historiadores. Algunas consideraciones; Julio Montero.

[3] El pasado como espectáculo: reflexiones sobre las relación entre la Historia y el cine; José-Vidal Pélaz López – Valladolid – Universidad de Valladolid – 2008.

[4] El pasado en imágenes. El desafío del cine a nuestra idea de la historia; Robert A. Rosenstone – Barcelona – Ariel – 1997.

[5] Entre las sombras del mañana; Johan Huizinga – Barcelona – Península – 2007.

Sobre la Historia y el Cine I

 Artículo publicado por Historia en Presente el 23 de mayo de 2008.


En el siguiente artículo trato de analizar la compleja relación existente entre Historia y cine. Pienso que la temática es adecuada para este blog, pues la gran pantalla es el medio de divulgación -también en contenidos históricos- más importante en la actualidad. Esto, no cabe duda, afecta a nuestra visión del pasado, bien sea reciente o lejano. 

Esta entrada tiene una segunda parte que puede leerse pulsando en el enlace: «Sobre la Historia y el Cine II».

Algunos aspectos previos

“Y el cine es la gran tentación. El cine, el medio de expresión contemporáneo capaz de tratar el pasado y atraer a grandes audiencias. ¿No parece evidente que éste es el formato en el que elaborar trabajos históricos que lleguen al gran público? ¿Se pueden hacer films históricos que satisfagan a los que hemos dedicado nuestras vidas a entender, analizar y recrear el pasado con palabras? ¿No hará el cine cambiar nuestra concepción de la historia? ¿Estamos dispuestos a ello? La cuestión se resume así: ¿Es posible explicar la historia en imágenes sin que perdamos todos la dignidad profesional e intelectual?” [4]

Las luces se apagan y da comienzo la película. La tendencia general es de curiosidad; una mínima tensión se deja sentir en medio de la oscuridad. Tendemos a recostarnos un poco más en la butaca: es imprescindible estar cómodo para poder poner los cinco sentidos en la enorme pantalla. Durante un tiempo las imágenes nos arrastran por vidas ajenas que, poco a poco, vamos haciendo propias. Nos identificamos con algunos de los personajes; a veces, con casi todos. Se van creando lazos con ellos. Tras un periodo variable, la “evasión” toca a su fin.

En medio de la música, vuelven a encenderse las luces. Ha terminado todo, pensamos. Pero, ¿realmente es así? Pienso que no. Ese tiempo frente a la pantalla, viviendo experiencias ajenas, admirando personajes, observando sus gestos, aptitudes y costumbres, han dejado un poso en nosotros. El cine no es sólo un entretenimiento. Nos transmite pensamientos y modos de conducta; influye en nuestro comportamiento y en nuestra manera de ver el mundo. Es, en palabras de Rosenstone, un desafío.

Cuando los hermanos Lumière presentaron La llegada del tren, no sólo descubrían al mundo un modo de entretenimiento más. El desafío estaba presente en el Salon Indien del Gran Café de París aquel 28 de diciembre de 1895.

Desde ese día a la narración se le abría un nuevo campo para comunicarse. El paso de lo oral a lo escrito –la invención de la escritura en torno al IV milenio antes de Cristo- ha sido tenido tradicionalmente como una de las grandes revoluciones de la Historia humana. En una situación similar se encontrarían la invención de la imprenta por parte de Johannes Gütemberg en el siglo XV o la aparición de la fotografía en el XIX.

Considerar a esas imágenes móviles, al cine en definitiva, como una revolución no parece del todo descabellado. El sueño de los hermanos Lumière y de todos los que han seguido sus pasos desde entonces era avanzar un poco más en el afán humano por contar historias, transmitir experiencias, exponer ideas. El oficio de narrar se vio, pues, perfeccionado con la aparición del séptimo arte.

Hablamos más arriba de desafío. Es cierto lo que hemos comentado hasta ahora: el cine abre puertas –posibilidades- al narrador. No obstante, también le enfrenta a nuevos problemas y conflictos. La complicación, una vez resuelta por el que cuenta, se traslada al receptor. Este, además de tratar de entender el mensaje que se le transmite, ha de defenderse de él, de sus engaños. Todo relato posee una pequeña dosis de ilusión necesaria para atraer al oyente.

El problema del cine –quizás su ventaja- es que en él ese artificio parece más real. Los medios que posee la imagen móvil, y más aún en la actualidad, le permiten crear ficciones tan presentables que llegan, incluso, a confundirse con la realidad.

La influencia de todo esto sobre el espectador es, si este no tiene un mínimo sentido crítico, enorme. Por esa razón, en el momento en que se encienden las luces y suena la música, no termina todo. Lo que hemos visto nos interpela, nos afecta. Lógicamente, el efecto se multiplica cuando en la mente de los que elaboran la película está presente ese objetivo de influir, de inculcar ideas. En el caso de los documentales y films históricos, ese fin se presupone.

Cuando el desafío llega a la Historia

“No se puede entender la Edad Contemporánea sin estudiar la producción cinematográfica de cada momento. Es imposible comprender la Alemania de Hitler sin acercarnos a Leni Riefenstahl o a la trayectoria de la URSS sin conocer el cine de Eisenstein. Pero tampoco la América de Roosevelt sin Frank Capra, o si se apura el argumento, la de Bush, sin el cine de Michael Moore”. [3]

El desafío al que nos venimos refiriendo afecta de lleno a los profesionales de la Historia. Si hemos aceptado los textos y las fotografías como fuentes válidas para la construcción del discurso histórico, qué impedimento hay en utilizar con el mismo fin una grabación de tiempos pretéritos.

No se trata de menospreciar el documento tradicional, pero la comunidad de historiadores ha de ser consciente de la riqueza que aporta el cine a sus estudios.

La sucesión de imágenes nos ofrece una información que pocos textos o fotografías pueden igualar. Y, además, lo hace de forma sencilla; si se me permite, entra por los ojos. Esto no quiere decir que con el mero hecho de observar nos hayamos apropiado de toda la información presente en esa fuente. El cine precisa de un análisis; trabajo sobre y a partir de los fotogramas.

Sin embargo, por qué limitarnos a imágenes móviles de un suceso histórico cuando podemos recurrir al cine de cada época para conocer mejor esa sociedad, sus anhelos, los mensajes que les llegaban a partir de la gran pantalla… Tal como indicaba Siegfried Kracauer en su ensayo sobre el cine de la República de Weimar, este es el medio artístico que mejor refleja la mentalidad de una nación. No sólo de las personas que acuden masivamente a las salas, sino de sus propios dirigentes, de los hombres y mujeres que marcan las orientaciones culturales de cada época con uno u otro fin.

El hecho de que cada película, sea cual sea su temática, tenga un valor histórico es de una importancia capital. Si pretendemos conocer a las personas de una época y un lugar determinado debemos saber qué gustos tenían, qué leían, qué comía, cuál era su sueldo, cómo eran sus viviendas… y qué iban a ver al cine. Esas películas –seguimos con Kracauer- reflejan sus anhelos, pero también los elementos que influían en su vida, en su manera de pensar y actuar.

Los profesionales de la Historia cometerían un gran error si se mantuvieran al margen de un fenómeno tan rico como el cine. Abandonar esta fuente para su trabajo no sólo perjudicaría la calidad de los mismos, sino que dejaría este enorme campo a los académicos de otras áreas que, sin duda, no tendrán ningún prejuicio en explotar. Los historiadores terminarían por aislarse en su mundo de fuentes escritas que, insisto, son necesarias, pero no son las únicas.

El valor de las imágenes del pasado, bien realizadas con fines documentales o como entretenimiento, comienza a ser reconocido por numerosos investigadores. Sin embargo, no debemos darle una importancia excesiva. Basarnos, principal o exclusivamente, en el cine a la hora de realizar un trabajo de Historia sería cometer el mismo error en dirección inversa. El trabajo del historiador ha de integrar el mayor número de fuentes que sea posible. El cine, con todos sus defectos y virtudes, no deja de ser un elemento más entre el material de investigación.

El cine como lenguaje de la Historia

“El historiador profesional es el consumidor principal de las publicaciones históricas, al menos en España. Quizá sea éste uno de los motivos de las reducidas tiradas –salvo excepciones- de este tipo de libros. Sólo cuando un título desborda el interés –los intereses- del reducido círculo de los historiadores profesionales llega a ser popular”. [2]

En el epígrafe anterior analizábamos brevemente el papel del cine como fuente histórica. Lo estudiábamos desde dos perspectivas: la del documento que refleja realidades acaecidas en el pasado, y la del film que tiene como objetivo entretener al espectador. A continuación nos detendremos en otro atributo del cine: su valor como transmisor de la Historia, como trabajo acabado en lugar de cómo fuente.

Si nos preguntásemos que nos resulta más cómodo leer un libro o ver una película, casi todos escogeríamos la segunda opción. Eso, orientado al campo de la divulgación, y entendiendo esta como una de la misiones de los historiadores, nos lleva a una conclusión clara: la Historia necesita utilizar el canal audiovisual para darse a conocer. En ocasiones, las personas que investigan pueden llegar a pensar que la sociedad, o más bien las personas que la componen, están obligadas a leer, o al menos conocer, el objeto y resultado de su trabajo. No cabe duda de que un poco de cultura le viene bien a todo el mundo; pero pretender que gente con otros problemas y obligaciones lea libros largos, tediosos y demasiado específicos, es mucho pedir.

Cabe plantearle al señor investigador la posibilidad de facilitar a los demás el acceso a su trabajo; y qué mejor medio que el cine.

Eso no significa que los historiadores deban organizarse para constituir empresas productoras de películas, pero han de buscar influir en el mundo del cine. Ese peso se concreta de dos maneras: promoviendo la elaboración de films con un contenido histórico, y supervisando trabajos de otras personas con el objetivo de que den una visión realista de los hechos pretéritos.

Las críticas al cine como transmisor de la Historia son, desde el ámbito académico, todavía mayores que aquellas referidas a su valor como fuente. A los historiadores les suele incomodar que otras personas, o incluso los propios profesionales de la Historia, se dediquen a presentar trabajos cinematográficos relacionados con su especialidad, bien en forma de documentales o como películas con pretensiones de historicidad. Sin embargo, parece que no es tanto un problema de los responsables de las productoras como una necesidad –demanda- de los propios consumidores.

A las personas nos atrae la Historia, queremos conocer más sobre determinados aspectos, situaciones o personajes de la misma.

Ese es un fenómeno que, con la llegada del cine, parece amenazar a los expertos de las distintas temáticas históricas; es como si creyeran que les van a arrebatar algo que tienen como propio. La realidad es bien distinta: se le da la posibilidad de contribuir, de dar a conocer su trabajo. Esa tarea es para los historiadores, y si ellos no la llevan a cabo, otros la harán. Seguirán apareciendo películas de cine histórico y documentales sobre diversas épocas, civilizaciones, y acontecimientos. Los profesionales de la Historia pueden criticar ese tren -dejar que pase, sin más- o ponerse al frente de ese proceso. En definitiva, nos encontramos de nuevo ante el desafío que describíamos más arriba.

La negación del cine como documento histórico

“El filósofo Ian Jarvie, autor de dos ensayos sobre cine y sociedad, defiende una postura totalmente opuesta. Las imágenes sólo pueden transmitir “tan poca información” y padecen tal “debilidad discursiva” que es imposible plasmar ningún tema histórico en la pantalla. La historia, explica, no consiste en “una narración descriptiva de aquello que sucedió” sino en “las controversias entre historiadores sobre lo que pasó, por qué sucedió y su significado”. Aunque es cierto que “un historiador podría explicar su punto de vista por medio de una película o de una novela, ¿cómo podría defenderlo, introducir notas al pie y refutar a sus críticos?” [4]

Los académicos que niegan al cine el estatus de documento histórico le acusan, por motivos evidentes, de tender a comprimir la información del pasado. Argumentan que la historia presentada en la pantalla es lineal y cerrada como consecuencia de los objetivos del director y de la propia incapacidad de los films para expresar la compleja realidad. Cabe preguntarse si realmente existen trabajos históricos que logren atrapar en sí mismos toda la complejidad de un periodo pasado.

Sin poner en duda la existencia de una realidad, de una verdad histórica, me parece demasiado pretencioso creer que podemos llegar a conocerla al cien por cien. Si el cine, con todas sus carencias, presenta al espectador algo de esa realidad, bienvenido sea. Tampoco los libros de Historia escritos por el máximo experto en una determinada cuestión lograrán aportarnos una visión total de los acontecimientos.

No obstante, hay algo de cierto en la cita sobre Ian Jarvie que reproducimos al inicio del epígrafe. El documental se presenta al espectador como algo cerrado. Esto afecta notablemente a su capacidad de generar debate. Surge como creación inamovible, que no requiere del visto bueno de la comunidad científica. Las imágenes se visten de tal forma que resulta muy difícil negar la verdad de lo que se nos presenta; parece tan real que no genera ningún tipo de duda o inquietud.

Además, mientras todo libro o artículo histórico muestra en algún apartado del mismo las fuentes utilizadas para su realización, el documental no suele informarnos acerca del origen de su información. Es, en cierto modo, como algo venido de los alto que hemos de aceptar por su belleza, amenidad y perfección técnica.

De todo lo dicho con anterioridad se puede extraer una conclusión: el cine es un medio eficaz para dar a conocer la Historia, pero no puede compararse con el libro.

Ambos son muy diferentes. El primero divulga mejor, pero genera menos debate que el segundo. El texto da la impresión de ser más académico, mientras que la imagen es más agradable al aficionado a la Historia. Eso en lo relativo al cine como lenguaje histórico, porque en lo que a fuentes se refiere no tiene porque ser de menor valor que los documentos escritos. En ese último caso dependerá de la calidad e importancia de la fuente ante la que nos encontremos.

Bibliografía:

[1] Análisis histórico de los films de ficción; José María Caparrós Lera y Sergio Alegre- Barcelona – 1999.

[2] Fotogramas de papel y libros de celuloide: el cine y los historiadores. Algunas consideraciones; Julio Montero.

[3] El pasado como espectáculo: reflexiones sobre las relación entre la Historia y el cine; José-Vidal Pélaz López – Valladolid – Universidad de Valladolid – 2008.

[4] El pasado en imágenes. El desafío del cine a nuestra idea de la historia; Robert A. Rosenstone – Barcelona – Ariel – 1997.