Cambios sociales y demográficos | La sociedad de clases y la transición demográfica


En este episodio de la serie dedicada a la Historia de 4º de ESO se explican las principales características de la sociedad de clases, así como los cambios relacionados con la transición demográfica y las grandes migraciones de finales del XIX. Además, el vídeo incluye un apartado dedicado a la burguesía y el proletariado.

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ESTRUCTURA DEL VÍDEO:

  • 0:20. La sociedad de clases.
  • 1:37. La burguesía y el proletariado.
  • 3:30. La transición demográfica.
  • 4:22. Los indicadores demográficos.
  • 6:18. Las grandes migraciones.

BIBLIOGRAFÍA:

  1. Historia Contemporánea; Javier Paredes – Ariel.
  2. La era de la revolución; Eric Hobsbawm – Crítica.
  3. Historia 4º de ESO – Santillana.
  4. Historia del Mundo Contemporáneo – Oxford.

DIAPOSITIVAS DEL VÍDEO:

#EstoEsGeografía. Las migraciones: origen y destino


Clase pensada para alumnos de 3º de ESO dentro de una experiencia de flipped learning. En este vídeo está dedicado al estudio de los movimientos migratorios entre países y continentes. Esta información se complementa con una serie de vídeos dedicados al estudio de la población, el crecimiento de la población, las migraciones, las tendencias demográficas en Europa y la población española.

#EstoEsGeografía. Las migraciones: factores y tendencias


Clase pensada para alumnos de 3º de ESO dentro de una experiencia de flipped learning. En este vídeo se abordan las causas y consecuencias de las migraciones. Esta información se complementa con una serie de vídeos dedicados al estudio de la población, la evolución de la demografía mundial, los países de recepción de migrantes, las tendencias demográficas en Europa y la población española.

 

#EstoEsGeografía. El estudio de la población


Clase pensada para alumnos de 3º de ESO dentro de una experiencia de flipped learning. En este vídeo está dedicado al estudio de la población u  los principales indicadores demográficos. Esta información se complementa con una serie de vídeos dedicados al crecimiento de la población, las migraciones y los países de recepción de migrantes, las tendencias demográficas en Europa y la población española.

La población


VÍDEOS DE CARÁCTER OBLIGATORIO


El estudio de la población 
El crecimiento de la población mundial
Las migraciones: factores y tendencias
Las migraciones: origen y destino
La diversidad demográfica de Europa
Tendencias demográficas en España

Presentación: La población


Durante el curso 2013-2014 elaboré este Prezi para explicar en 3º de ESO el tema de la población mundial y española. Posteriormente he realizado algunos ajustes que me han servido para ponerlo de fondo en algunos de los vídeos sobre esa materia. Para consultar la presentación haz click aquí.

 

 

Los cambios demográficos del siglo XIX


Desde los últimos años del siglo XVIII hasta los primeros del XX, Europa experimentó un crecimiento demográfico continuo. Esto facilitó que su población pasará de 110 millones de habitantes en 1700, a 423 en 1900. Se trató, por tanto, del mayoría aumento de población en la historia del Viejo Continente.

Ese cambio fue posible gracias a factores como la mejora de la sanidad, la expansión de una cultura más higiénica, y el crecimiento económico experimentado por varios de los países europeos durante ese periodo.

Esto, en palabras de los expertos en demografía, facilitó el tránsito de un ciclo demográfico antiguo a otro moderno.

El paso al ciclo demográfico moderno

La demografía de tipo antiguo se caracterizaba por un crecimiento de población lento e irregular. Esto se debía a la existencia de una alta natalidad (35-40%), una alta mortalidad (30-40%), y la aparición de grandes crisis provocadas por hambres, guerras y epidemias.

A finales del siglo XVIII se inició un periodo de tránsito entre ese modelo y el conocido como ciclo moderno. La demografía de tránsito se caracterizaba por un crecimiento de población rápido y continuo.

Esto se debía al mantenimiento de una natalidad alta, al descenso de la mortalidad, y a la práctica desaparición de grandes crisis.

Con la consolidación del crecimiento económico y el cambio de mentalidad en la sociedad europea, surgieron notables modificaciones con respecto al modelo demográfico anterior. El descenso de la natalidad, y la reducción al mínimo de la mortalidad, acabaron por configurar una demografía de crecimiento lento y tendente al envejecimiento de la población.

Teorías explicativas del tránsito demográfico

Distinguimos dos tipos teóricos que tratan de explicar los cambios demográficos del siglo XIX: los centrados en el factor mortalidad, y aquellos que hacen hincapié en el aumento de la mortalidad.

El primero de estos modelos defiende que el crecimiento demográfico fue, principalmente, consecuencia del descenso de la mortalidad. Esta disminución surgió a causa de las mejoras sanitarias e higiénicas, los avances en la medicina, y la mejora del nivel de vida.

El tipo centrado en la natalidad defiende que, tras una crisis demográfica, como venía siendo habitual durante el medievo y la modernidad, se produjo un aumento de la natalidad; a esto se unió el descenso de la mortalidad. La consecuencia de ambos fenómenos fue un crecimiento demográfico sin precedentes.

Las grandes migraciones y el auge de las ciudades

La enorme movilidad de la población europea durante este periodo se debió principalmente al empuje demográfico, a la mejora del sistema de transportes, y a los cambios económicos que se estaban produciendo, tanto los referentes a los distintos sectores, como los de tipo regional.

De esta forma, se fueron desarrollando las grandes migraciones, tanto regionales como interregionales. Estas, si bien comenzaron a mediados del XVIII, no alcanzaron su cenit hasta el periodo que va desde 1850 a 1930.

Por su parte, el crecimiento de la población urbana estuvo muy ligado al desarrollo del mercado, la especialización económica y la concentración empresarial. Mientras que en el Antiguo Régimen predominaba el poblamiento de tipo rural, desde el siglo XVIII se advierte una inversión de las tendencias a favor del asentamiento urbano.

Así, en el tránsito del XIX al XX, nos encontramos ante un mundo occidental mayoritariamente urbano, en el que existen 135 ciudades con más de 100.000 habitantes.

El desarrollo económico como impulsor de la demografía

El enorme crecimiento demográfico experimentado por los países desarrollados durante este periodo, con el consiguiente incremento de productores y consumidores, trajo consigo importantes consecuencias positivas para la economía y el desarrollo industrial.

Sin embargo, no está de más una matización de esta afirmación, ya que la demografía no deja de ser un factor complejo y, en numerosas ocasiones, contradictorio.

En último término, si bien la revolución demográfica fue un factor fundamental para que se produzca la industrialización, también es verdad que podría haber sido causa de su estrangulación.

Este incremento de población, para que se dé la revolución industrial, ha de llegar en el momento adecuado en cada región, y ha de contar con posibilidades de emigración y de apertura al mercado internacional

La situación de los no-nazis


«La situación de los alemanes no nazis durante el verano de 1933 fue ciertamente una de las más difíciles en las que se puede encontrar el ser humano (…) Todo el que se negara a ser nazi tenía ante sí un panorama nefasto (…) Dicho panorama encierra a su vez sus propias tentaciones… El demonio tiende muchas redes: unas gruesas para las almas rudas y otras finas para las más delicadas».

En la parte final de su libro, Sebastian Haffner nos presenta cuales eran las vías de escape que les quedaban a aquellos alemanes que, en los primeros momentos de la revolución, se habían mostrado contrarios a Hitler. De esta forma, en unas pocas páginas, quedan reflejadas las posturas de los alemanes ante el régimen: la adhesión, la emigración interior –representada por la desesperación-, el aislamiento y la huída a la ilusión, y la emigración.

La adhesión al partido.

«Al mismo tiempo todos los días nos instaban no ya a rendirnos, sino a pasarnos al bando contrario. Bastaba un pequeño pacto con el diablo para dejar de pertenecer al equipo de los prisioneros y perseguidos y pasar a formar parte del grupo de los vencedores y perseguidores (…) Hoy son miles los que pululan por Alemania, los nazis con mala conciencia, hombres que soportan el peso de la insignia de su partido al igual que Macbeth carga con la púrpura de su corona, personas que, cual borregos al matadero, han de llevar sobre los hombros un cargo de conciencia tras otro mientras su mirada furtiva busca en vano alguna posibilidad de escapar. Beben y toman pastillas para dormir, no se atreven a pensar, ni siquiera saben si han de anhelar o temer el fin de la época nazi, gente que, cuando llegue ese día, seguramente deseará no haber pertenecido a ella».

La primera opción que se les presentaba a estos alemanes era unirse a su enemigo. Es decir, pasar a engrosar las filas del nacionalsocialismo. Como podemos leer en el fragmento anterior, no resultaba fácil renunciar al modelo que ofrecía la omnipresente propaganda nazi: la tentación de dejar de ser perseguidos, de acabar con el sufrimiento personal y familiar, y pasar a gozar de las comodidades y la euforia que la pertenencia a la comunidad nacional ofrecía al individuo. Sin embargo, Haffner afirma que esa traición a la propia conciencia, ese falso espejismo que esos individuos aceptaron como forma de vida, tendría en un futuro repercusiones graves para ellos.

La desesperación.

«La segunda tentación consistía en la amargura, en el propio abandono masoquista al odio, al sufrimiento y a un pesimismo sin barreras (…) En algunos casos conduce al suicidio. Pero son muchas más las personas que se organizan para ser capaces de vivir con ella, digamos que torciendo el gesto (…) el único placer oscuro que les queda es deleitarse en la descripción de las atrocidades (…) Por último, hay un estrecho camino que lleva directamente desde este punto al nazismo: una vez que todo da igual, todo está perdido y se ha ido al diablo, ¿por qué no actuar guiados por el más iracundo cinismo y sumarse personalmente al bando de los demonios?»

El mero hecho de considerar imposible escapar de la omnipresencia del régimen nacionalsocialista constituía en sí mismo la puerta de entrada a otra de las “tentaciones” que acosaban al individuo: la desesperación. De hecho, la rendición de la persona ante el Estado se convirtió en un acontecimiento habitual en la Alemania hitleriana. Según el autor, ésta actitud podía conducir a dos caminos bien diferenciados, el suicidio y la adhesión al régimen. Estos eran, al mismo tiempo, muy similares, ya que ambos constituían una renuncia a la propia existencia.

El aislamiento.

«La segunda tentación consistía en la amargura, en el propio abandono masoquista al odio, al sufrimiento y a un pesimismo sin barreras (…) En algunos casos conduce al suicidio. Pero son muchas más las personas que se organizan para ser capaces de vivir con ella, digamos que torciendo el gesto (…) el único placer oscuro que les queda es deleitarse en la descripción de las atrocidades (…) Por último, hay un estrecho camino que lleva directamente desde este punto al nazismo: una vez que todo da igual, todo está perdido y se ha ido al diablo, ¿por qué no actuar guiados por el más iracundo cinismo y sumarse personalmente al bando de los demonios?»

El mero hecho de considerar imposible escapar de la omnipresencia del régimen nacionalsocialista constituía en sí mismo la puerta de entrada a otra de las “tentaciones” que acosaban al individuo: la desesperación. De hecho, la rendición de la persona ante el Estado se convirtió en un acontecimiento habitual en la Alemania hitleriana. Según el autor, ésta actitud podía conducir a dos caminos bien diferenciados, el suicidio y la adhesión al régimen. Estos eran, al mismo tiempo, muy similares, ya que ambos constituían una renuncia a la propia existencia.

La huída a la ilusión.

«…recurrir a medidas de consuelo y alivio tras las que se esconde el anzuelo del demonio. Una de ellas, la favorita de los de mayor edad, consistía en huir hacia un mundo de ilusión (…) trataban de demostrarse a diario a sí mismos y a los demás que era imposible que todo aquello continuase, adoptaban la pose típica del sabelotodo (…) consistía en estar al margen de la situación y observarlo todo con aires de superioridad (…) Una vez alcanzados los éxitos que siempre habían calificado de imposibles, reconocieron su derrota».

Otra posible respuesta ante el acoso nazi era, a juicio del autor, despreciarlos a ellos y, sobre todo, a la locura de su régimen. Pasar a vivir de la ilusión de la caída del nacionalsocialismo. Todos aquellos que opinaban que Hitler no se mantendría en el poder demasiado tiempo, los que insistían en que aquello caería por su propio peso –incluso poniendo fecha al suceso-, engrosaban las listas de este grupo.

Sin embargo, cuando se demostró que el nacionalsocialismo no sólo se aferraba al poder, sino que alcanzaba los éxitos que ningún otro gobierno había logrado obtener, se derrumbaron. De esta forma, estos individuos derrotados pasaron a formar parte de cualquiera de los otros colectivos anteriormente mencionados.

La emigración.

«No, eso de replegarse en la vida privada no funcionó en absoluto. Daba igual donde intentara aislarse uno, pues en todas partes volvía a encontrarse con aquello de lo que pretendía huir. Me di cuenta de que la revolución nazi había suprimido la antigua división entre política y vida privada (…) Si de verdad se quería escapar a sus efectos, solo había una solución posible: el distanciamiento físico, la emigración, despedirse del país al que uno pertenece por nacimiento, idioma y educación y renunciar a todo vínculo patriótico».

El autor defiende que la única solución para salvaguardar la libertad personal en esa “especie de duelo” entre el Estado y el individuo es la emigración de éste último. Sesbastian Haffner sostiene en su obra que dentro del propio régimen nacionalsocialista era imposible mantenerse inviolable, ya que el Estado lo invadía todo. De esta forma, romper con el propio país se presentaba como el único camino. Esto vendría respaldado por algo que indicábamos más arriba: la nación había pasado a identificarse totalmente con la comunidad nacional, y esta con el partido.

Bibliografía:

[1] Historia de un alemán; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2005.

[2] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[3] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[4] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[5] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[6] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[7] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

[8] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[9] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[10] El desempleo de masas en la Gran Depresión. Palabras, imágenes y sonidos; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 2006.

Aliá: Historia de la emigración judía a Palestina

Artículo publicado por Historia en Presente el 16 de julio de 2008.


Al iniciar el proyecto de “Historia en Presente”, tenía claro que una de las cuestiones centrales del mismo iba a ser Oriente Próximo, y en concreto el Estado de Israel. Por diversas razones he tardado mucho en iniciar el repaso a la problemática de Palestina; otros temas como Kosovo, Serbia o Turquía han copado la mayor parte de mis esfuerzos. Sin embargo, con casi varios meses de retraso sobre la fecha del sexagésimo aniversario de la fundación de Israel, presento el primer artículo dedicado al mismo. Se trata de un repaso histórico de la emigración judía a Palestina.

Los emigrantes rusos y la primera aliá

La emigración al territorio palestino se inició a finales del siglo XIX; sus protagonistas fueron los judíos de la Europa oriental y balcánica.

En el ambiente opresivo que se respiraba dentro de los confines de la inmensa Rusia se fue formando, poco a poco, un modesto y desorganizado movimiento migratorio. Por medio de este, entre 1882 y 1891, llegaron a los casi despoblados distritos otomanos de Palestina algo más de 25.000 jóvenes obreros y estudiantes judíos. Su objetivo principal era redimir a su pueblo de las consecuencias negativas de la ya milenaria diáspora.

Pretendían construir en su antigua patria, condenada a una situación de pobreza y atraso, un nuevo estado sobre la base del trabajo agrícola. Además, entre sus tareas prioritarias se encontraba la recuperación de la lengua hebrea.

Esta primera aliá de época contemporánea, nombre con el que se conoce a las sucesivas emigraciones judías a Palestina, tuvo escasas repercusiones en su momento. Empezó a adquirir importancia a raíz de los movimientos sionistas que se desarrollaron poco después de la misma. Sin los hechos posteriores, la epopeya que conocemos hoy día, esta migración de judíos orientales, no hubiera pasado de mera anécdota en el gran libro de la Historia.

El surgimiento del problema judío y la segunda aliá

Las consecuencias del affaire Dreyfus convencieron a los judíos occidentales de que la ansiada asimilación era un objetivo demasiado arduo como para seguir persiguiéndolo. Se demostró que el antisemitismo, mito que ellos mismos también habían ayudado a forjar a lo largo de varios siglos, no era tan sólo un fenómeno propio de las sociedades poco desarrolladas –la Rusia de los zares era el ejemplo más característico hasta la fecha-, sino que también se daba en la Europa occidental.

Cuando el fenómeno estalló con toda su virulencia en la Francia de la Revolución y de los Derechos del Hombre, cuando al calor del affaire Dreyfus las muchedumbres gritaban “¡muerte a los judíos!” por las calles de París, algunos intelectuales judíos que hasta la fecha se sentían despreocupadamente asimilados empezaron a sospechar que la emancipación de los hebreos de Europa era una quimera. Así, en el caso del “problema judío”, la crisis de la solución liberal allanó el camino a la solución nacional.

En esas fechas tomó cuerpo el movimiento sionista, cuyo líder más representativo fue Theodor Herzl.

Pocos años después, tras la muerte prematura de Theodor Herzl en el verano de 1904 y el rechazo de una oferta territorial de Londres en el África Oriental Británica (el llamado “proyecto Uganda”, aunque en realidad se trataba de una porción de Kenya), el movimiento sionista se vio inmerso, durante la década inmediatamente anterior a la Gran Guerra (1914-1918), en una ardua travesía del desierto.

En medio del parón diplomático, otros 40.000 jóvenes judíos de la Europa Oriental emprendieron el camino hacia Palestina, resueltos a levantar desde abajo, poco a poco, lo que Herzl el visionario había concebido desde arriba en una curiosa novela de anticipación, Antigua y nueva tierra (Altneuland), publicada en 1902. La historiografía ha etiquetado a ese contingente de inmigrantes como “la segunda aliá“.

La Declacración Balfour y las emigraciones de entreguerras

En noviembre de 1917, en medio de la enorme convulsión geopolítica de la Gran Guerra, el sionismo obtuvo el primer compromiso internacional relevante a favor de sus aspiraciones: la Declaración Balfour, a través de la cual el gobierno británico hacía suya y garantizaba su apoyo a la idea de crear en Palestina “un hogar nacional para el pueblo judío”, sin perjuicio de “los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías” en aquel territorio.

Es, desde luego, un compromiso ambiguo, contradictorio con las promesas hechas casi simultáneamente a los árabes para espolear su rebelión antiturca, y concebido por Londres más que nada para asegurar su futuro control sobre Palestina, frustrando toda aspiración francesa sobre el territorio.

Hitler y la quinta aliá

El sionismo, hijo de la fobia antijudía de Europa, recibió de la crisis política, social y moral europea de las décadas de 1930 y 1940 un impulso decisivo hacia la obtención de sus objetivos fundacionales.

En los ocho años comprendidos entre 1932 -en que el Partido Nacionalsocialista Alemán (NSDAP) obtuvo el 37,4% de los votos y se convirtió en la primera fuerza política del Reich alemán- y 1939 -en que Hitler desencadena por fin la Segunda Guerra Mundial (1939-1945)-, la amenaza directa del nazismo empujó hacia Palestina a 200.000 judíos centroeuropeos (alemanes, austríacos, checos…) que, sin ese peligro y sin las restricciones crecientes a la emigración hacia América, jamás habrían ido a establecerse allá abajo.

Fueron ellos quienes transformaron la precedente comunidad pionera judeopalestina en una sociedad de perfil completamente occidental, con sus clases medias, sus profesionales cualificados e incluso su incipiente burguesía; fueron ellos quienes convirtieron dicha sociedad (de unos 450.000 miembros en 1939, el 29 por ciento de la población total) en el embrión de un Estado. ¿Y cuál fue el motor de esa quinta aliá? Hitler. No es una coincidencia que sólo en 1935 -el año de promulgación de las Leyes Raciales de Nüremberg- arribasen a las costas palestinas 62.000 fugitivos de Europa.

Como era inevitable, la espectacular consolidación demográfica y económica del proyecto sionista desencadenó el miedo y la hostilidad de la comunidad árabe palestina, y nutrió una escalada de disturbios y violencias intercomunitarias que iba a culminar con la gran revuelta árabe de 1936 para convertirse en algo crónico.

La potencia mandataria, la Gran Bretaña, intentó, por medio de comisiones, planes y conferencias, propiciar una conciliación imposible y luego, cada vez más inquieta ante la cólera creciente de un mundo árabe cuyo apoyo frente a Hitler no le convenía enajenarse, decidió dar un vuelco a su política en Palestina. El Libro Blanco británico de mayo de 1939 cerraba las puertas del territorio a nuevos inmigrantes judíos, cuatro meses antes de que el Führer nazi convirtiese el continente europeo en una ratonera mortal para sus 8,5 millones de habitantes hebreos.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Jutd– Madrid – Taurus – 2006.

[4] Europa en la era global; Anthony Giddens – Barcelona – Paidós. Estado y sociedad – 2007.

[5] Los orígenes del totalitarismo; Hannah Arendt – Madrid – Alianza -2006.

[6] Oriente Medio. Crisis y desafíos; Alain Duret – Barcelona – Salvat -1995.

[7] En defensa de Israel; VVAA – Barcelona – Libros Certeza – 2004.

Kosovo: albaneses, serbios y demás interesados

 Artículo publicado por Historia en Presente el 13 de junio de 2008.


Tal como anuncié al publicar mi último artículo –“Kosovo: una discrepancia historiográfica”– voy a dedicar unos pocos párrafos a los aspectos más significativos de la Historia kosovar durante el XIX. No trato de ofrecer con esto un repaso exhaustivo y cronológico de cómo se fueron sucediendo los acontecimientos. Mi objetivo es dar algunas pinceladas que ayuden a comprender el devenir histórico de la región a largo de ese siglo.

A mi entender, el rasgo más significativo de este periodo, y seguramente de los últimos seiscientos años en los Balcanes, es la influencia de las potencias exteriores en el conflicto local. Así lo reflejo en el texto y en el título, donde las palabras “demás interesados” hacen referencia a Rusia, Austria-Hungría y el Imperio Otomano.

La progresiva retirada de “el hombre enfermo”

El Imperio Otomano, tan temido por la Europa de los siglos XVI y XVII, fue perdiendo poder de manera progresiva hasta los años inmediatamente anteriores a la Revolución Francesa (1789). Por aquel entonces, el gigante oriental comenzó a ser conocido en las cancillerías europeas como “el hombre enfermo” [5]. Su estado de postración era algo evidente a los ojos de los demás países, donde se esperaba con ansia y temor su más que previsible desmembración. Ansia por las ganancias territoriales y económicas que esto traería consigo; temor por la amenaza que eso suponía para el equilibrio pactado entre las principales potencias.

Europa jugó durante todo el XIX a mantener, más o menos de forma artificial, el poderío otomano. Juego que no siempre se respetó; el nacimiento de Grecia es, tal vez, el mejor ejemplo de esto.

Con alguna que otra pérdida territorial y, sobre todo, con su prestigio por los suelos, el Imperio Otomano se mantuvo como pudo hasta la Primera Guerra Mundial. El Tratado de Sevres [5], punto de partida del moderno estado turco, supuso a su vez la sentencia de muerte contra “el hombre enfermo”. Sus territorios, con excepción de Anatolia –no respetada en su totalidad- quedaron convertidos en protectorados, nuevas naciones, y ampliaciones de las ya existentes.

No obstante, en lo relativo a Serbia y Kosovo, la desmembración otomana posterior al conflicto de 1914 carece de importancia; ambos territorios, por sus propios medios o con la ayuda exterior, se habían sacudido el control de la Sublime Puerta un siglo antes. Es más, la última oportunidad del Imperio Otomano para influir en los Balcanes fue también previa a la Primera Guerra Mundial: el conflicto contra la Liga Balcánica. En él los otomanos sufrieron una humillante y rápida derrota a manos de Serbia y Bulgaria [4].

La batalla de Kosovo-Polje (1389) marcó el inicio de la influencia musulmana en los Balcanes; si bien el control no se hizo efectivo hasta el siglo XVI.

A la sombra del poder oriental los albaneses islamizados comenzaron a hacerse fuertes en la región de Kosovo [7]. Los serbios sufrieron la represión otomana en toda su crudeza, pero mantuvieron su predominio demográfico en el territorio kosovar hasta bien entrado el XIX. El Imperio Otomano continúo siendo en ese siglo un factor importante en el desarrollo histórico de los Balcanes en general y de Kosovo en particular. Sin embargo, su poder, cada vez más endeble, topo con dos poderosos rivales: Austria-Hungría y Rusia.

Los austrohúngaros como potencia balcánica

Las sucesivas derrotas militares del Imperio Austrohúngaro frente a Piamonte en 1859 -norte de Italia- y Prusia en 1866 -en el seno del territorio imperial alemán-, acabaron por forzar una reorientación de la política exterior de la Monarquía Dual. El centro de gravedad de Viena giró hacia los Balcanes, donde ejerció una notable influencia hasta la Primera Guerra Mundial.

Tanto serbios como albaneses se vieron afectados por la intromisión -deseada en muchos casos- de esta nueva potencia en su particular pugna. En los primeros momentos, los serbios pensaron que la presencia austríaca favorecería sus intereses. Por esa razón, buena parte de los habitantes de Kosovo pertenecientes a esa etnia emigraron a los territorios septentrionales con el fin de buscar la protección de los Habsburgo [7]. En ese preciso instante comenzó a producirse un cambio decisivo para la futura Serbia: su centro de gravedad, que desde la Edad Media se había situado en la región de Kosovo, comenzó a trasladarse hacia Belgrado.

De esta forma, los albaneses, que continuaban llegando en grandes grupos provenientes de las comarcas montañosas, fueron ganando terreno en la lucha por la región kosovar.

Por tanto, la influencia austrohúngara sobre los Balcanes resultó nefasta en la lucha de Serbia por mantener la supremacía en Kosovo. En un primer momento las preferencias de la población autóctona por los territorios del norte –bajo la protección de los Habsburgo- provocó el éxodo que hemos descrito en el anterior párrafo. Más tarde, cuando el nacionalismo serbio comenzó a resultar peligroso para la Monarquía Dual, esta se encargó de favorecer a los albaneses, que no sólo intensificaron su emigración al territorio kosovar, sino también al norte de Macedonia y a la comarca de Nis [7]

Las ambiciones de Rusia y la intervención internacional

El Tratado de San Stefano (1878), que puso fin a la guerra entre Rusia y el Imperio Otomano, consagró a la primera de ellas como potencia balcánica. Los rusos llevaban varias décadas aprovechándose de la debilidad mostrada por la Sublime Puerta [5]. En un primer momento se conformaban con obtener una salida al mar por su territorio meridional (mar Negro y mar Mediterráneo); sin embargo, extender su influencia a los Balcanes era un caramelo demasiado apetitoso como para dejarlo escapar. Su victoria militar sobre los otomanos le permitió cumplir ambos sueños.

La presencia de Rusia en la región no sólo supuso un freno importante para la expansión austrohúngara, sino que impulsó un proceso yugoslavista liderado por los serbios –sus “hermanos” del sur-, en cuyo territorio se incluía la mayor parte de Kosovo (el resto quedó repartido entre Montenegro y el Imperio Otomano).

Poco duraron, sin embargo, las estructuras configuradas a partir de San Stefano. A comienzos de 1879 Las potencias de la Europa occidental y central comenzaron a presionar a Rusia para que redujera su presión sobre “el hombre enfermo”. Las consecuencias de este hecho fueron considerables para Kosovo, que fue devuelto al Imperio Otomano ese mismo año. De esta forma se cumplieron las exigencia de la “Liga de Prizren”, fundada en 1878 en esa misma ciudad [7].

Este grupo de trescientos delegados albaneses, en su mayoría de carácter conservador, manifestaron su deseo de retornar al redil otomano. La situación de dependencia con respecto a Estambul se mantuvo hasta 1912, momento en el que la Liga Balcánica derrotó militarmente a la Sublime Puerta. Según los Acuerdos de Londres, firmados al final de la contienda, el territorio kosovar pertenecía a Serbia.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus -2006.

[3] La Europa balcánica. Yugoslavia, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días; Ricardo M. Martín de la Guardia y Guillermo A. Pérez Sánchez – Madrid – Síntesis – 1997.

[4] La trampa balcánica; Francisco Veiga – Barcelona – Grijalbo – 2002.

[5] El turco. Diez siglos a las puertas de Europa; Francisco Veiga – Barcelona – Debate – 2007.

[6] Los conflictos yugoslavos. Una introducción; Carlos Taibo y José Carlos Lechado – Madrid – Fundamentos – 1993.

[7] Guerra en Kosovo; Carlos Taibo – Madrid – Catarata – 2002.