La independencia de Hispanoamérica: los movimientos precursores


Después de la derrota de Napoleón en 1815, las potencias absolutistas pretendieron restaurar en Europa el sistema anterior a la Revolución Francesa. El símbolo de esa política fue, sin lugar a dudas, el Congreso de Viena. Ahora bien, tanto los liberales como buena parte de los defensores de la ideología nacionalista se opusieron a esas medidas, protagonizando las oleadas revolucionarias de 1820, 1830 y 1848. En esta clase se aborda el origen del nacionalismo italiano, clave para su posterior construcción como estado unificado. La materia se complementa con otros vídeos dedicados al Congreso de Viena y la Restauración, la ideología liberal y el nacionalismolas oleadas revolucionarias, el origen del nacionalismo italiano, el proceso de unificación de Italia, la situación de Alemania a mediados del siglo XIX y su constitución como estado. Además, teniendo en cuenta la coincidencia cronológica, se incluyen también varios vídeos sobre la independencia de Hispanoamérica: las causas del proceso, las primeras insurrecciones y la independencia definitiva.

 

La independencia de Iberoamérica

El inmediato antecedente de la independencia de Iberoamérica fue, sin lugar a dudas, la rebelión de las Trece Colonias de Norteamérica. El ejemplo de sus vecinos septentrionales, y el propio descontento de la burguesía criolla iberoamericana ejercieron un impulso decisivo sobre el proceso secesionista.

Otra de las causas de la independencia de estos territorios fue el apoyo exterior del que gozaron los sublevados; especialmente británico y norteamericano.

Sin embargo, el factor desencadenante fue la invasión napoleónica de la península Ibérica y la caída de las instituciones monárquicas de la España ocupada, que sin duda dio mayor autonomía a unas colonias deseosas de lograr la independencia.

La emancipación del Cono Sur

Río de la Plata era, por su prosperidad mercantil e industrial, la mejor dispuesta, de entre las colonias españolas, para alcanzar la independencia. De esta manera, gracias a la forja de un hondo sentimiento nacional, y al descontento por la dependencia comercial con respecto a la metrópoli, prendió con facilidad el fuego de la sublevación.

En 1810 se constituyó la Junta Patriótica de Buenos Aires, que, tras destituir al virrey, declaró la independencia de Río de la Plata.

Posteriormente, el movimiento independentista se fue, poco a poco consolidando ante el fracaso de las fuerzas de la reacción fernandina. Finalmente, las victorias militares de San Martín culminaron un proceso que pronto se extendió a Chile.

La Gran Colombia, el sueño de Bolívar

Mientras todo eso sucedía en la actual Argentina, más al norte –en Venezuela- se desarrolló un movimiento que presenta ciertos paralelismo con el anterior. Así, también en 1810, la Junta de Caracas inició el proceso de independencia.

Sin embargo, al tiempo que dentro de la Junta iba destacando la figura de Simón Bolívar, los rebeldes fueron derrotados por la contraofensiva realista (1814), que echó por tierra los planes de independencia.

Fue precisamente en el exilio cuando Bolivar concibió su proyecto de una América unida e independiente. Así pues, a la menor oportunidad, los independentistas criollos volvieron a la carga, logrando una serie de victorias consecutivas sobre los ejércitos españoles, que a la postre les valió el control sobre Venezuela y Colombia. Por fin, Bolivar podía comenzar a construir su ansiada “Gran Colombia”.

Perú, la caída de la fortaleza española

Perú era el gran bastión de los españoles en América: el lugar desde el cual se habían sofocado todas las rebeliones hasta ese momento. Sin embargo, tras los triunfos de Bolivar al norte, y de San Martín al sur, el virreinato se encontraba en una posición comprometida: entre dos frentes.

Así, atacados por los dos frentes, y perjudicados también por la inestabilidad de la metrópoli, que vivía en plena efervescencia del Trienio Liberal, Perú fue atacado.

Por el norte llegaron los ejércitos de Bolivar, y por el sur los de San Martín, que, tras entrevistarse en Guayaquil, vencieron a los españoles en Ayacucho (1824).

La peculiar independencia de Nueva España

La peculiaridad de la independencia de Nueva España fue que, en un principio, no la protagonizó la oligarquía criolla, sino por las clases bajas indígenas. De hecho, la burguesía, por miedo a la revolución, se unió a la metrópoli en su empeño por someter a los sublevados.

No obstante, tras el triunfo del Trienio Liberal en la Península, esa misma oligarquía favorable hasta entonces a la metrópoli, desarrollo un intenso movimiento subversivo antiliberal, y, en consecuencia, antiespañol.

Encabezados por Agustín de Iturbide, y bajo los tres puntos del Plan de Iguala – defensa de la religión católica, independencia de Nueva España, y unión de los habitantes del virreinado, tanto peninsulares como criollos-, los rebeldes lograron su independencia en apenas seis meses (1822).

A este fenómeno secesionista se unió posteriormente el de los territorios centroamericanos -denominados también como Provincias Unidas de América Central- que se mantuvieron unidos a Colombia hasta 1905.

La independencia de las colonias portuguesas

El proceso independentista de Brasil presenta todavía más peculiaridades que el estudiado anteriormente. En primer lugar porque varía la metrópoli –Portugal-, y en segundo término porque, a finales del siglo XVIII, a causa del control comercial por parte de portugueses e ingleses (Tratado de Mathuen, 1703), apenas existía oligarquía autóctona. En definitiva, podemos afirmar que los protagonistas de la secesión fueron los portugueses residentes en la colonia.

Los sucesos arrancaron con la huida de Juan VI, rey de Portugal, a Brasil durante la invasión napoleónica de la península Ibérica. En esa etapa, los dominios portugueses se gobernaron desde la colonia, que gracias a esto experimentó importante desarrollo económico, político y de las mentalidades.

Finalmente, tras el fin de la ocupación francesa y la vuelta del rey portugués a la metrópoli, Brasil se niega a volver a ser tratada como colonia. De esta manera, ante las pretensiones portuguesas, nombraron rey a Pedro I, hijo de Juan VI, y declararon su independencia.

La independencia de Argentina

Esta entrada no es más que una crítica-resumen a «La independencia de Argentina», obra que el historiador y académico Edberto Óscar Acevedo publicó en 1992.


El proceso de independencia del virreinato de Río de La Plata fue, sin lugar a dudas, el más complejo de todos los que se dieron en las antiguas colonias hispánicas.

En él confluyeron elementos tan dispares, contradictorios y convulsos como los enfrentamientos entre unitarios y federalistas, la rivalidad entre el ámbito bonaerense y el interior, la lucha contra los ejércitos españoles, las intervenciones inglesas, y las sucesivas amputaciones territoriales.

Nos encontramos, pues, ante un fenómeno traumático para Argentina que lastró su desarrollo político y económico hasta finales del siglo XIX. Un proceso de difícil comprensión para todo aquel que trate de acercarse a él. Por esa razón, son tan valiosas obras como la de Edbertó Óscar Acevedo; trabajos que, con infinita paciencia, logran desenmarañar hechos tan complejos como los acaecidos en el antiguo virreinato hispánico. Además, al propio grueso de la obra, hay que añadir dos excelentes anexos:

  • Una cronología de los acontecimientos argentinos.
  • Un conjunto de breves biografías de los principales protagonistas.
Los planteamientos de Acevedo en torno a las causas que propiciaron la independencia del Río de La Plata son, en su mayoría, idénticos a los enunciados por Jaime Delgado en su obra sobre la emancipación hispanoamericana.

Sin embargo, La independencia de Argentina añade un elemento más a esa ristra de factores: la crisis de autoridad que provocaron los intentos de invasión ingleses de 1806 y 1807. Casi todos los virreinatos y capitanías experimentaron un fenómeno similar en sus propias carnes, pero ninguno de manera tan radical y temprana como el bonaerense. La mayoría de ellos no fueron conscientes de la crítica situación de España hasta la disolución de la Junta Suprema en Cádiz tras la arrolladora contraofensiva napoleónica.

Cinco años antes los argentinos ya habían vivido esos hechos de una manera distinta, con el ataque a su tierra por parte de Inglaterra. Y lo que es más importante, habían sido capaces de organizarse y vencer de manera autónoma, al margen de la autoridad española. El autor señala tres aspectos presentes en estos acontecimientos que marcaron el futuro desarrollo del proceso independentista:

  • La centralidad de Buenos Aires.
  • La incapacidad española manifestada en la persona del virrey Sobremonte.
  • La conciencia de patria surgida entre los rioplatenses.
Estos elementos, unidos a la recién descubierta capacidad de autogobierno, guiaron a los criollos, deseosos de detentar el poder, hacia la independencia.

Tras situar el inicio del proceso emancipador en las consecuencias de las invasiones inglesas de 1806 y 1807, Edbertó Oscar Acevedo recorre brevemente los grupos ideológicos y partidos en los que se dividía la élite social del Río de La Plata. Con escasas variaciones, estos personajes fueron los que en 1810 comandaron el proceso que llevó a la convocatoria del cabildo abierto y a la destitución del virrey.

El Motín de Aranjuez tuvo sus consecuencias en el ámbito rioplatense –destaca el cambio en el poder virreinal: de Santiago de Liniers a Hidalgo de Cisneros-; sin embargo, el polvorín bonaerense no acabó de encenderse hasta el triunfo de la contraofensiva napoleónica en la península Ibérica. La delicada situación de Cádiz y la disolución de la Junta Suprema en la isla de León fueron los dos acontecimientos que acabaron por convencer a los rioplatenses –también a Carlos María Alvear y José de San Martín- de la necesidad de seguir su propio camino.

El autor deja muy claro que, aunque existieron antecedentes importantes, el camino hacia la independencia no se comenzó a recorrer andar con todas sus consecuencia hasta la convocatoria del cabildo que debía nombrar una nueva Junta para el Río de La Plata. Cierto es que durante los primeros años no se declaró la independencia –principalmente a causa de la división en el seno de la élite criolla y por la incertidumbre provocada por la situación española-, pero se actuó como si esta existiera.

Los enfrentamientos con el virrey de Perú vendrían a confirmar esta tesis. A Hidalgo de Cisneros podían deponerlo con apariencia de legalidad, ya que lo había nombrado la desaparecida Junta sevillana; pero el caso de Abascal era distinto. Se trataba, aunque muchos no lo quisieran ver así, de una rebelión encubierta contra las autoridades españolas.

La elección de una Junta emancipada de las autoridades peninsulares constituía, a juicio del autor, una clara muestra de los deseos de autonomía que recorrían Hispanoamérica durante esos años. Se trataba de un movimiento protagonizado por la élite criolla que, aprovechando la ruina de la metrópoli, trató de hacer realidad sus sueños de poder.

Sin embargo, la nueva junta rioplatense iba a tener que enfrentarse a un importante número de problemas que, lógicamente, lastraron el proceso independentista. A la guerra con los realistas, cuyos mayores exponentes eran los virreyes Abascal y Elió, se unía la propia fragmentación territorial del antiguo virreinato.

Montevideo, Córdoba y Paraguay se alejaron muy pronto de la ruta marcada por el movimiento bonaerense. Distinto camino, aunque con idénticas consecuencias, siguió el Alto Perú.

La derrota de Belgrano ante Goyeneche y la posterior intervención bolivariana privaron al ámbito rioplatense de una de sus regiones más codiciadas. Además, las rivalidades internas entre las distintas facciones -unitarios y federalista, savedristas y morenistas, republicanos y monárquicos…- y los partidarios de los diversos caudillos, hacían difícil la eficaz gobernación de los territorios emancipados.

Acevedo hace especial hincapié en el periodo de los dos triunviratos y en los inspiradores de ambos: el primero de ellos seguía las directrices del hábil Bernardino Rivadavia, mientras que el segundo era un constructo de la Logia Lautaro. El autor también nos deja una opinión muy tajante acerca del Congreso de Tucumán (1816-1819) y la constitución forjada en su seno.

Aparte de la evidente inspiración en la obra legislativa gaditana, destaca su carácter utópico en medio de un ambiente caótico: un excelente ropaje que no se adecuaba a la realidad existente en el ámbito rioplatense. Sin embargo, con independencia de sus carencias, los hechos de Tucumán acabaron por consolidar la independencia de los antiguos territorios virreinales. Podríamos resumir la actividad del Congreso con las siguientes palabras de Edbertó Oscar Acevedo:

“Habían declarado la independencia, pero no supieron organizar el país”.

Los representantes de Tucumán no quisieron cerrar las puertas a ningún sistema político. Su indecisión a la hora de decantarse por monarquía o república, por federalismo o unitarismo, acabó por legar al pueblo una nación sin una forma de estado y de gobierno definida. Esto a la postre resultó fatal para el proyecto de las Provincias Unidas

Tras su repaso al Congreso de Tucumán, Acevedo realiza un breve repaso de la Historia argentina hasta la llegada al poder de Juan Manuel Rosas. Se trata, pues, de un periodo de diez años en los que no sólo se limita a relatar narrar los hechos bonaerenses; el autor también nos narra el destino –la independencia y construcción estatal- de los demás territorios pertenecientes al antiguo virreinato rioplatense.

Finalmente, a modo de conclusión, la obra se detiene en una serie de cuestiones de carácter teórico: la identidad nacional, el federalismo y el liberalismo, las dificultades de la independencia, y la desintegración territorial.

San Martín, el libertador del sur

Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 20 de abril de 2007.


“La vida de San Martín es un destacado ejemplo del efecto del desconsuelo de la España náufraga –de Trafalgar a la invasión napoleónica-, de cuyo hundimiento, que se consideró irremediable, trató de salvarse como argentino, aferrándose a una tabla de salvación americana”.

En la obra del profesor Ramos Pérez se percibe la vida de José de San Martín como dividida en dos etapas bien diferenciadas: aquella en la que sirve como militar a la Corona española, y el periodo en el que lucha por la independencia de su tierra natal. El viaje que le llevó, con escalas en Lisboa y Londres, de Cádiz a Buenos Aires en 1811 marcaría, pues, la frontera entre ambas.

La cita que se ofrece al principio del texto, extraída de la introducción de la biografía, justifica precisamente esta afirmación. En la primera parte de su vida San Martín es víctima del “desconsuelo de la España náufraga”, y en la segunda se aferra “a una tabla de salvación americana”. Sin embargo, no hemos de pensar, y así nos lo hace entender el autor, que en la vida de este gran personaje se produjo una enorme ruptura entre su servicio a España y su lucha por la independencia americana.

El desarrollo personal, ideológico y militar del “libertador del Sur” fue algo continuo: su experiencia española le facilitará su posterior tarea iberoamericana.

José de San Martín se forjó militarmente en las guerras de finales del siglo XVIII en las que España se vio inmersa. Hay que destacar también otra experiencia adquirida por el joven americano durante esos años: empezó a ser consciente de que el imperio hispánico se encontraba en plena decadencia, indefenso ante los ataques exteriores.

Vio claramente como las demás potencias europeas, especialmente los británicos, esperaban sacar el mayor provecho de esa debilidad. Y lo que es más importante, los diplomáticos españoles estaban dispuestos a sacrificar los territorios americanos para salvar la integridad ibérica. Ejemplo de esto fue, en concreto, la cesión de Santo Domingo a Francia. Además, San Martín se sintió defraudado por la errática y extraña política exterior de España en la última década de siglo.

El naufragio español, cuya plasmación más evidente fue la delicada situación de Cádiz durante la segunda ofensiva francesa, encaminó al hombre de armas hacia el destino que le deparaba la Historia: buscar la salvación en América. No se trataba, pues, de una traición a la Corona que defendía, la de los borbones. San Martín se retira de la península con el afán de servir a la patria de la manera que él entiende que ha de hacerlo.

El “libertador del Sur” recibió durante los años de servicio a España una excelente preparación para la misión que le esperaba. Tanto los conocimientos adquiridos en el ejército español, como los aprendidos en la lucha contra la moderna maquinaria bélica napoleónica, le permitieron desempeñar exitosamente su tarea al servicio de la independencia americana.

Sin embargo, José de San Martín desembarcó en Buenos Aires en el año 1811 con otras lecciones bien sabidas. En primer lugar, era consciente de la estrecha conexión entre los acontecimientos peninsulares y los de sus virreinatos. Todo lo que sucedía en los territorios europeos tenía sus consecuencias en América: era como un espejo donde se reflejaban importantes hechos como la batalla de Trafalgar, el Motín de Aranjuez y las Cortes de Cádiz.

En segundo término, como ya hemos indicado anteriormente, este militar llegaba a Río de la Plata con la imagen de una España arruinada, perdida. Viajaba a su tierra natal, no como un traidor, sino como un superviviente que trata de salvar lo que se mantiene en pie después de un desastre. Miraba por el bien de América sin ir contra la Corona de los borbones. Es más, sólo se embarcó para Buenos Aires cuando la derrota española parecía inevitable. Por eso, no es de extrañar que, con el regreso de Fernando VII, buscase una solución monárquica de tipo borbónico para el ámbito rioplatense.

Durante su estancia en América San Martín se limitó a cumplir las misiones que, como alto mando de tipo militar, le eran encomendadas. Sus intervenciones en política fueron sorprendentemente escasas para lo habitual en un hombre de su prestigio y con semejante poder. Estaba convencido de que el ejército no debía intervenir en la vida pública. Por esa razón, tan sólo hizo uso de la fuerza contra las autoridades constituidas cuando entendió que esta era necesaria para la estabilidad política.

Es más, una vez finalizadas las operaciones –vease su temprana intervención contra Pueyrredón-, desaparecía de escena dejando el protagonismo de la reconstrucción a los profesionales de la política. La estabilidad nacional era un valor fundamental en la ideología de San Martín, por eso no dudó nunca en sacrificar sus deseos o planes con el fin de conseguirla para su tierra.

Quizás el punto culminante de esta forma de actuar fuese su exilio a Europa tras la entrevista con Simón Bolívar.

José de San Martín se nos presenta, al fin y al cabo, como un hombre cumplidor, sacrificado y fiel. Nos encontramos ante un buen militar que, sin llegar a ser genial en el campo de batalla, supo organizar a la perfección sus ejércitos para lograr una victoria tras otra. Prudente en el arte de la política y en cada movimiento estratégico de tipo bélico, era también capaz de arriesgar en los momentos en los que la situación lo requería.

Esa mezcla de trabajo incasable, cautela y actuaciones fugaces conformaron la personalidad de ese soldado que llegó a Buenos Aires en 1811 tras curtirse en las guerras hispánicas. Fueron también esas tres características, unidas a una sorprendente capacidad de autorrenuncia, las que unos años después le empujaron a abandonar las tierras donde conquistó la gloria.

Bibliografía:

[1] San Martín, el libertador del sur; Demetrio Ramos Pérez – Madrid – Anaya – 1988.

[2] Historia Universal Contemporánea I; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[3] La emancipación de Hispanoamérica; Jaime Delgado Martín

[4] Las revoluciones hispanoamericanas 1808-1826; John Lynch – Barcelona – Ariel- 2008.