La situación de los no-nazis


«La situación de los alemanes no nazis durante el verano de 1933 fue ciertamente una de las más difíciles en las que se puede encontrar el ser humano (…) Todo el que se negara a ser nazi tenía ante sí un panorama nefasto (…) Dicho panorama encierra a su vez sus propias tentaciones… El demonio tiende muchas redes: unas gruesas para las almas rudas y otras finas para las más delicadas».

En la parte final de su libro, Sebastian Haffner nos presenta cuales eran las vías de escape que les quedaban a aquellos alemanes que, en los primeros momentos de la revolución, se habían mostrado contrarios a Hitler. De esta forma, en unas pocas páginas, quedan reflejadas las posturas de los alemanes ante el régimen: la adhesión, la emigración interior –representada por la desesperación-, el aislamiento y la huída a la ilusión, y la emigración.

La adhesión al partido.

«Al mismo tiempo todos los días nos instaban no ya a rendirnos, sino a pasarnos al bando contrario. Bastaba un pequeño pacto con el diablo para dejar de pertenecer al equipo de los prisioneros y perseguidos y pasar a formar parte del grupo de los vencedores y perseguidores (…) Hoy son miles los que pululan por Alemania, los nazis con mala conciencia, hombres que soportan el peso de la insignia de su partido al igual que Macbeth carga con la púrpura de su corona, personas que, cual borregos al matadero, han de llevar sobre los hombros un cargo de conciencia tras otro mientras su mirada furtiva busca en vano alguna posibilidad de escapar. Beben y toman pastillas para dormir, no se atreven a pensar, ni siquiera saben si han de anhelar o temer el fin de la época nazi, gente que, cuando llegue ese día, seguramente deseará no haber pertenecido a ella».

La primera opción que se les presentaba a estos alemanes era unirse a su enemigo. Es decir, pasar a engrosar las filas del nacionalsocialismo. Como podemos leer en el fragmento anterior, no resultaba fácil renunciar al modelo que ofrecía la omnipresente propaganda nazi: la tentación de dejar de ser perseguidos, de acabar con el sufrimiento personal y familiar, y pasar a gozar de las comodidades y la euforia que la pertenencia a la comunidad nacional ofrecía al individuo. Sin embargo, Haffner afirma que esa traición a la propia conciencia, ese falso espejismo que esos individuos aceptaron como forma de vida, tendría en un futuro repercusiones graves para ellos.

La desesperación.

«La segunda tentación consistía en la amargura, en el propio abandono masoquista al odio, al sufrimiento y a un pesimismo sin barreras (…) En algunos casos conduce al suicidio. Pero son muchas más las personas que se organizan para ser capaces de vivir con ella, digamos que torciendo el gesto (…) el único placer oscuro que les queda es deleitarse en la descripción de las atrocidades (…) Por último, hay un estrecho camino que lleva directamente desde este punto al nazismo: una vez que todo da igual, todo está perdido y se ha ido al diablo, ¿por qué no actuar guiados por el más iracundo cinismo y sumarse personalmente al bando de los demonios?»

El mero hecho de considerar imposible escapar de la omnipresencia del régimen nacionalsocialista constituía en sí mismo la puerta de entrada a otra de las “tentaciones” que acosaban al individuo: la desesperación. De hecho, la rendición de la persona ante el Estado se convirtió en un acontecimiento habitual en la Alemania hitleriana. Según el autor, ésta actitud podía conducir a dos caminos bien diferenciados, el suicidio y la adhesión al régimen. Estos eran, al mismo tiempo, muy similares, ya que ambos constituían una renuncia a la propia existencia.

El aislamiento.

«La segunda tentación consistía en la amargura, en el propio abandono masoquista al odio, al sufrimiento y a un pesimismo sin barreras (…) En algunos casos conduce al suicidio. Pero son muchas más las personas que se organizan para ser capaces de vivir con ella, digamos que torciendo el gesto (…) el único placer oscuro que les queda es deleitarse en la descripción de las atrocidades (…) Por último, hay un estrecho camino que lleva directamente desde este punto al nazismo: una vez que todo da igual, todo está perdido y se ha ido al diablo, ¿por qué no actuar guiados por el más iracundo cinismo y sumarse personalmente al bando de los demonios?»

El mero hecho de considerar imposible escapar de la omnipresencia del régimen nacionalsocialista constituía en sí mismo la puerta de entrada a otra de las “tentaciones” que acosaban al individuo: la desesperación. De hecho, la rendición de la persona ante el Estado se convirtió en un acontecimiento habitual en la Alemania hitleriana. Según el autor, ésta actitud podía conducir a dos caminos bien diferenciados, el suicidio y la adhesión al régimen. Estos eran, al mismo tiempo, muy similares, ya que ambos constituían una renuncia a la propia existencia.

La huída a la ilusión.

«…recurrir a medidas de consuelo y alivio tras las que se esconde el anzuelo del demonio. Una de ellas, la favorita de los de mayor edad, consistía en huir hacia un mundo de ilusión (…) trataban de demostrarse a diario a sí mismos y a los demás que era imposible que todo aquello continuase, adoptaban la pose típica del sabelotodo (…) consistía en estar al margen de la situación y observarlo todo con aires de superioridad (…) Una vez alcanzados los éxitos que siempre habían calificado de imposibles, reconocieron su derrota».

Otra posible respuesta ante el acoso nazi era, a juicio del autor, despreciarlos a ellos y, sobre todo, a la locura de su régimen. Pasar a vivir de la ilusión de la caída del nacionalsocialismo. Todos aquellos que opinaban que Hitler no se mantendría en el poder demasiado tiempo, los que insistían en que aquello caería por su propio peso –incluso poniendo fecha al suceso-, engrosaban las listas de este grupo.

Sin embargo, cuando se demostró que el nacionalsocialismo no sólo se aferraba al poder, sino que alcanzaba los éxitos que ningún otro gobierno había logrado obtener, se derrumbaron. De esta forma, estos individuos derrotados pasaron a formar parte de cualquiera de los otros colectivos anteriormente mencionados.

La emigración.

«No, eso de replegarse en la vida privada no funcionó en absoluto. Daba igual donde intentara aislarse uno, pues en todas partes volvía a encontrarse con aquello de lo que pretendía huir. Me di cuenta de que la revolución nazi había suprimido la antigua división entre política y vida privada (…) Si de verdad se quería escapar a sus efectos, solo había una solución posible: el distanciamiento físico, la emigración, despedirse del país al que uno pertenece por nacimiento, idioma y educación y renunciar a todo vínculo patriótico».

El autor defiende que la única solución para salvaguardar la libertad personal en esa “especie de duelo” entre el Estado y el individuo es la emigración de éste último. Sesbastian Haffner sostiene en su obra que dentro del propio régimen nacionalsocialista era imposible mantenerse inviolable, ya que el Estado lo invadía todo. De esta forma, romper con el propio país se presentaba como el único camino. Esto vendría respaldado por algo que indicábamos más arriba: la nación había pasado a identificarse totalmente con la comunidad nacional, y esta con el partido.

Bibliografía:

[1] Historia de un alemán; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2005.

[2] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[3] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[4] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[5] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[6] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[7] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

[8] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[9] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[10] El desempleo de masas en la Gran Depresión. Palabras, imágenes y sonidos; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 2006.

La Transformación Sociocultural


«Preguntaba con gran ingenuidad por bares y cabarés cerrados hacía tiempo, por actores que habían dejado de existir. Por supuesto que había leído muchas cosas en los periódicos, pero la realidad era muy distinta entonces, tal vez menos sensacionalista, pero mucho más difícil de entender y más dura de soportar. Las banderas con la cruz gamada estaban por todas partes, al igual que los uniformes pardos, de los que no era posible escapar: en el autobús, en el café, en la calle, en el Tiergarten, se extendían por doquier como un ejército de ocupación. El ruido constante de tambores, la música marcial día y noche… era extraño, Teddy seguía aguzando el oído y preguntaba qué era lo que estaba ocurriendo (…) Además estaban los carteles rojos que anunciaban ejecuciones y aparecían casi todas las mañanas pegados en las columnas junto a los del cine y los restaurantes de verano…»

En la labor de transformación sociocultural llevada a cabo por los nacionalsocialistas podemos distinguir dos fases. La primera consistió en la destrucción de las bases del sistema de Weimar. La otra buscó construir sobre esas ruinas, en expandir la ideología del nuevo régimen. De esta manera, se trató de fomentar la aceptación, por parte del pueblo, de la cultura del NSDAP. Un imaginario basado en el espíritu de sacrificio, el heroísmo, el mito germánico y el neoclasicismo.

Las asociaciones profesionales.

«A la mañana siguiente el periódico trajo este titular: “Convivencias para pasantes”. Todos los pasantes que estuviesen preparando el segundo examen de Estado serían convocados una vez concluida la parte escrita para asistir a unos encuentros en los cuales, además de realizar entrenamientos militares y mantener una sana convivencia, recibirían una formación ideológica y se prepararían para hacer frente a su futuro como jueces de la nación alemana».

Con el fin de ampliar su control sobre la sociedad alemana el régimen nacionalsocialista estableció que todos los trabajadores del Reich debían suscribirse a asociaciones profesionales. Estas, realmente, dependían del partido: eran correas de transmisión entre el NSDAP y la sociedad.

Mediante la agrupación de los miembros de cada profesión en organizaciones de trabajadores, se lograba adoctrinarles de una manera más sencilla. El ejemplo que Sebastian Haffner nos narra en el fragmento anterior es tan solo un ejemplo de ese interés del Estado por formar ideológicamente a sus trabajadores.

La depuración en el funcionariado.

«Los campos de concentración ya se habían convertido en instituciones y todos estábamos invitados a acostumbrarnos a esta nueva situación y a cuidar nuestro lenguaje. La “unificación”, es decir, la designación de nazis para que ocupasen todos los puestos dentro de las diversas autoridades, administraciones locales, grandes negocios, juntas directivas de clubes y asociaciones, continuó (…) se llevaba a cabo de forma sistemática y casi meticulosa y ordenada a través de leyes y disposiciones, y no mediante “acciones aisladas” salvajes e imprevisibles. La revolución adquirió un carácter funcionarial».

Pronto afectó el proceso de depuración, tanto por razones étnicas como ideológicas, a la administración pública alemana. Aquellos que se consideraban peligrosos para el régimen eran relevados de sus cargos, que rápidamente se ocupaban con simpatizantes del partido. De esta manera, en un breve periodo de tiempo, ser nacionalsocialista se convirtió en una tarjeta de presentación imprescindible para ser funcionario público.

Ya en 1933, Haffner nos habla de la exclusión de los judíos de las funciones públicas y del rápido ascenso de los miembros del partido dentro de la administración. La revolución, tal como indica en el fragmento reproducido anteriormente, adquirió un carácter funcionarial. Es decir, en muchos casos eran esos miles de funcionarios los que, desde la más estricta legalidad -dentro del aparato estatal-, llevaban a cabo las acciones revolucionarias.

La depuración cultural.

«El mundo en el que había vivido iba desvaneciéndose, desaparecía, iba haciéndose invisible día a día de forma evidente y en medio de un silencio absoluto. Casi a diario podía notarse cómo desaparecía y se hundía un fragmento más de ese mundo (…) Las personas cuyos nombres habían estado en boca de todos, cuyos libros habíamos leído y cuyos discursos habíamos comentado se esfumaron (…) a partir de entonces los libros desaparecieron de las librerías y de las bibliotecas (…) Numerosos periódicos y revistas desaparecieron de los quioscos, pero mucho más inquietante fue lo que ocurrió con los que permanecieron».

Desde el mismo momento de su ascensión al poder, Hitler puso especial interés en depurar la cultura alemana, en eliminar el arte “degenerado” surgido durante la etapa de Weimar. De esta manera, se procedió a la rápida y eficaz tarea de desprestigiar a estos autores y eliminar sus obras. No obstante, los esfuerzos de los nazis no se detuvieron ahí. Tras el triunfo de la destrucción cultural, le llegó el turno a la creación de la nueva cultura: la nacionalsocialista.

En su obra, Sebastian Haffner describe esta sustitución de la famosa cultura de Weimar y la aparición de la nazi de diversas maneras. El fragmento anterior refleja muy bien como percibió el intelectual alemán estos cambios: el mundo en el que había vivido se iba desvaneciendo, poco a poco, con pequeñas “desapariciones” diarias.

Bibliografía:

[1] Historia de un alemán; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2005.

[2] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[3] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[4] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[5] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[6] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[7] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

[8] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[9] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[10] El desempleo de masas en la Gran Depresión. Palabras, imágenes y sonidos; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 2006.

El consenso y la propaganda


«¿Qué les ha pasado a los alemanes? El 5 de marzo de 1933 la mayoría de ellos votó en contra de Hitler ¿Qué ha sido de esa mayoría? ¿Acaso ha muerto? ¿Se la ha tragado la tierra? ¿O es que se ha vuelto nazi tardíamente? ¿Cómo es posible que no se produjera ni la más mínima reacción por su parte?»

El objetivo de convertir a Alemania en una fuerte y homogénea comunidad nacional pasaba por lograr el consenso de los alemanes en torno al ideal nacionalsocialista. Con este fin se desarrollaron una serie de mecanismos creadores de consenso. Estos, junto a los de represión antes descrita, acabaron por moldear la sociedad alemana al gusto de los dirigentes nazis. Pues bien, en este proceso -de ahí el título del capítulo- jugó un papel fundamental la propaganda. Esta, siguiendo las directrices marcadas por Goebbels, penetró a fondo en la mentalidad de los ciudadanos del III Reich.

Sebastian Haffner alude en numerosas ocasiones a la propaganda nazi en la segunda parte de su libro. Hace lo posible por describir el ambiente en el que vivía, esa presión que lo envolvía todo, y su efecto sobre las personas. Además, en determinados momentos también podemos vislumbrar cómo se fue creando la comunidad nacional: los que se sentían dentro la defendían y los que estaban fuera perdían toda esperanza de victoria o redención.

La omnipresencia de la propaganda.

«Uniformes pardos en las calles, desfiles, gritos de “Heil” (…) se celebraban desfiles a diario, se conmemoraban masivas horas solemnes, había continuas expresiones públicas de agradecimiento por la liberación nacional, música militar de la mañana a la noche, homenajes a los héroes, bendición de las banderas… La gente comenzó a participar, primero sólo por miedo. Sin embargo, tras haber tomado parte una primera vez, ya no quisieron hacerlo por miedo, así que terminaron incorporando el convencimiento político necesario. Éste es el mecanismo emocional básico del triunfo de la revolución nacionalsocialista».

El régimen nacionalsocialista se sirvió, para cumplir sus objetivos, de una propaganda omnipresente. Esta, con el fin de llegar al mayor número de individuos, puso en práctica abundantes innovaciones en el campo de la comunicación. La utilización de todos los resortes que encontrasen a su disposición y la intromisión en todos los ámbitos de la vida de las personas, tanto el público como el privado, fueron dos de las características fundamentales de la maquinaria propagandística de Goebbels.

En Historia de un alemán se destaca también, en lo referente a la propaganda, la omnipresencia de la misma y los múltiples canales por los que ésta viajaba. Los desfiles, los carteles, la radio, la prensa, el cine, el ámbito profesional, la familia… el partido lograba entrar en la vida del individuo y empaparla de sus ideales, logros y proyectos. Esto, como vemos en la obra de Haffner, podía provocar entusiasmo, miedo o rechazo; pero, independientemente de cual de las tres suscitase –también podía suceder que una persona la percibiese de dos o tres maneras a la vez-, lo que está claro es que a nadie dejaba indiferente. El nacionalsocialismo estaba, para bien o para mal, en boca de todos.

La creación de un amplio consenso.

«Ni siquiera los que por entonces se convirtieron en nazis sabían realmente en lo que se estaban convirtiendo; tal vez pensasen que estaban a favor del nacionalismo, del socialismo, en contra de los judíos y a favor de 1914-1918, y la mayoría se alegraban en secreto por la perspectiva de vivir nuevas aventuras ante el gran público y presenciar un nuevo 1923, pero todos, por supuesto, manteniendo las formas “humanitarias” propias de un “pueblo cultivado”. Probablemente la mayoría le miraría a uno con sorpresa ante la pregunta de si estaban a favor de las salas oficiales de tortura permanente o de los pogromos ordenados por el Estado».

La creación de consensos fue una de las grandes obras maestras de los nacionalsocialistas: lograr, de manera eficaz, la adhesión a su causa de distintos grupos por medio de las posibles coincidencias ideológicas o de intereses fue fundamental para la creación de la comunidad nacional y, por tanto, para el triunfo de Hitler. Así, durante el III Reich se llegaron a identificar con el nacionalsocialismo una serie de ideales que compartían la mayoría de los alemanes. Por tanto, el que no era nazi no defendía esas ideas y, en consecuencia, resultaba peligroso para la comunidad nacional.

Esos consensos vienen muy bien reflejados y analizados en la obra de Sebastian Haffner. El intelectual alemán trata de conducirnos en varias ocasiones por la mente de aquellos alemanes que, compartiendo parte del programa del nacionalsocialismo, decidieron abrazar, en virtud de esos puntos, la ideología hitleriana. Eran, según nos muestra Haffner, personas que no respaldaban de forma directa los crímenes nazis, pero que con su apoyo al ideario común sostenían también aquello con lo que no comulgaban. Era como un mal menor e ineludible para alcanzar esos grandes ideales.

La exaltación del nacionalismo.

«…la alegría ávida e infantil que supone el hecho de ver el propio país representado en el mapa por una mancha de color cada vez más y más grande, la sensación de triunfo por las victorias conseguidas, el placer ante la humillación y el sometimiento ajenos, el gozoso paladeo del temor que uno inspira, el autobombo nacional al estilo de “maestros cantores”, la manipulación onanista en torno al pensamiento “alemán”, al sentimiento “alemán”, a la lealtad “alemana”, al hombre “alemán”…»

Sin duda, de entre los ideales que hicieron posibles la formación de consensos y, por tanto, la configuración de la comunidad nacional, el nacionalismo fue el que jugó un papel más destacado. La identificación del partido nazi con la nación y, en consecuencia, la exclusión de la misma de todo aquel contrario al nacionalsocialismo, tuvo un peso vital en el triunfo de Hitler.

Sebastian Haffner refleja de un modo muy particular esa exaltación nacional: nos remite a su propia figura; es decir, un alemán que tiene que renunciar a su patria por el hecho de no comulgar con un régimen totalitario. Así, con ese negarse a despreciar lo extranjero, lo extraño, va engrosando las filas de los que resultan peligrosos para la comunidad nacional. No comparte el afán germanizador de los nacionalistas, esa exaltación infantil de lo alemán. Por esa razón, no tiene más remedio que “jugar” contra su propio país: desear su ruina.

Bibliografía:

[1] Historia de un alemán; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2005.

[2] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[3] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[4] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[5] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[6] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[7] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

[8] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[9] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[10] El desempleo de masas en la Gran Depresión. Palabras, imágenes y sonidos; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 2006.

Los mecanismos de represión


“Hoy ya no se va a ninguna parte con comentarios escépticos. Lo único que se consigue es cavar la propia tumba. No cometa el error de creer que se puede actuar contra los fascistas. ¡Y menos haciéndoles oposición abierta! ¡Créame! Tal vez conozca a los fascistas mejor que usted. Ahora nosotros, los republicanos, tenemos que bailar al son que nos tocan”.

Los aparatos de represión del Reich tenían como objetivo principal luchar contra todo lo que ponía en peligro, o amenazaba, a la comunidad nacional. De esta forma, mediante una hábil coordinación de los tres mecanismos represivos fundamentales –la policía política, los jueces y el propio pueblo alemán-, se lograba mantener la supremacía y monopolio de la doctrina nacionalsocialista. Todos aquellos individuos que -ideológica o étnicamente- se consideraban peligrosos, eran duramente reprimidos.

Desde su experiencia personal, Sebastian Haffner nos describe el ambiente de la sociedad alemana durante los primeros meses de 1933. Cómo en este fue influyendo poco a poco la presión del aparato represivo. Se nos muestra una sociedad alemana víctima y cómplice al mismo tiempo de esa coerción, que llegó a convertirse en algo omnipresente en apenas unas semanas.

El aparato policial.

«Tienen permiso para irse a casa – contestó, y casi retrocedí bruscamente al escuchar el tono tan amenazante con el que había hablado, lento, gélido y malicioso. Lo miré a la cara y volví a retroceder bruscamente (…) ya no era un rostro humano en absoluto, sino más bien la cara de un cocodrilo. Había visto el rostro de las SS».

Con la llegada de Hitler al poder, y especialmente tras la muerte del presidente Hindenburg (1934), Alemania se transformó en un Estado policial. Organizaciones como la SA, las SS o la Gestapo eran las encargadas de llevar a término las tareas represoras. Así, estas policías cumplían un doble objetivo: perseguir el delito político y actuar, de manera preventiva, contra los posibles enemigos del régimen.

La omnipresencia de los uniformes pardos, el miedo que inspiraban los miembros de los cuerpos policiales y paramilitares nacionalsocialistas, y la brutalidad de las operaciones de los mismos, fueron algunas de las características que, de la represión policial, podemos encontrar en Historia de un alemán. Se trataba, pues, de un régimen respaldado por el terror, contra el que, el ciudadano -el individuo- poco o nada podía hacer. Haffner refleja muy bien en su obra como el estado de aturdimiento en que se encontraban los alemanes, y la sorpresa ante estos acontecimientos, hicieron imposible o muy difícil la reacción.

El aparato judicial.

«Alguien rompió el silencio mantenido: “Las SA” (…) Al parecer casi todas las reuniones se habían suspendido. Los jueces se habían quitado la toga y habían salido del edificio en actitud humilde y civilizada, bajando por una escalera franqueada por filas de miembros de la SA. Sólo en la sala de abogados se había producido un altercado».

La Justicia también se vio afectada por el ascenso nacionalsocialista hasta el punto de llegar a convertirse en un elemento más del aparato coercitivo del Estado. El poder judicial perdió su independencia, y pasó a estar enteramente sujeto al ejecutivo. Además, la legislación de la República dejó de tener vigencia: la ley era la voluntad del Führer.

Como pasante en el tribunal cameral prusiano, Haffner fue testigo de primera mano de la sumisión del aparato judicial alemán al régimen hitleriano. Su obra es un importante testimonio de cómo, ya en 1933, los jueces fueron sometidos al terror nazi; de cómo las leyes se vieron alteradas a voluntad del nuevo ejecutivo; y, finalmente, de cómo fueron apareciendo los nuevos magistrados adeptos al régimen que, poco a poco, coparon los principales puestos de responsabilidad dentro de la administración de justicia.

La delación.

“Me temo que no es muy consciente de que hoy día las personas como usted representan un peligro latente para el Estado, y que éste tiene el derecho y el deber de tomar las medidas correspondientes, a más tardar en el momento en que uno de ustedes se atreva a llegar al punto de oponer una resistencia abierta” Esto fue lo que dijo lenta y juiciosamente, al estilo de un comentario del Código Civil. Mientras, me clavaba una mirada de acero en los ojos. “¿Así que usted tiene la intención de denunciarme a la Gestapo como enemigo público?” Fue más o menos entonces cuando Von Hagen y Hirsch se echaron a reír, tratando de que todo quedase en una broma. Sin embargo, esta vez Holz les desbarató los planes. En voz baja y premeditada dijo: “Confieso que llevo algún tiempo preguntándome si no es ésa mi obligación”.

La denuncia no constituyó un hecho aislado dentro de la Alemania nacionalsocialista; los afines al régimen participaban de ella. Esto posibilitaba un amplio control sobre la sociedad y la privacidad de las personas. La población formaba parte del régimen: se vigila a sí misma.

Este aspecto de la represión del régimen hitleriano queda bastante bien reflejado en la obra de Sebastian Haffner. A la aparición de personajes dispuestos a delatar a sus conciudadanos se une el miedo –la inseguridad y la desconfianza- a ser objeto de esas denuncias. El autor logra crear en las páginas de su libro la ambientación necesaria para que el lector se haga idea de cómo era el ambiente entre los ciudadanos del III Reich.

La política racial.

«El primer acto intimidatorio fue el boicot impuesto a los judíos el primero de abril de 1933 (…) En los días siguientes se tomaron medidas complementarias: todos los negocios “arios” debían despedir a los empleados judíos. A continuación: todos los negocios judíos debían hacer lo propio. Sus dueños estaban obligados a seguir pagando los sueldos y salarios de sus empleados “arios” mientras los negocios permaneciesen cerrados a causa del boicot. Dichos propietarios tenían que retirarse totalmente y solicitar la presencia de gerentes “arios”… Al mismo tiempo comenzó la “campaña informativa” contra los judíos».

No cabe duda de que el problema de la pureza racial -especialmente la cuestión del antisemitismo- fue uno de los pilares básicos de la ideología nacionalsocialista. Sin embargo, pronto fueron conscientes los líderes nazis de que este objetivo tenía que ser llevado a cabo de manera progresiva, por medio de pequeñas dósis que pudieran ser digeridas por la sociedad sin levantar grandes protestas. Así arrancó un proceso que, a base de agresiones bien calculadas, acabó llevando a los judíos a los campos de exterminio.

En Historia de un alemán -memorias que no pasan de 1933- sólo se nos narran los primeros sucesos antisemitas acaecidos en Alemania durante el III Reich. Se relata el boicot a los negocios judíos y su verdadera repercusión. También se menciona la exclusión del funcionariado de los semitas y se describe la propaganda esgrimida contra ellos. No obstante, tal vez lo más valioso de todo sean las constantes referencias a cómo la ideología antisemita fue calando en la sociedad alemana, en ocasiones en forma de justificaciones ante la dura represión.

Bibliografía:

[1] Historia de un alemán; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2005.

[2] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[3] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[4] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[5] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[6] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[7] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

[8] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[9] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[10] El desempleo de masas en la Gran Depresión. Palabras, imágenes y sonidos; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 2006.

La revolución legal


«Por la mañana el titular rezó: “El presidente del Reich convoca a Hitler”, lo cual hizo que sintiéramos cierto enojo nervioso e impotente (…) Alrededor de las cinco llegaron los diarios vespertinos: “Constituido el gabinete de concentración nacional: Hitler es nombrado canciller del Reich” (…) ¿En qué consiste una revolución? Los expertos en Derecho político afirman lo siguiente: una revolución consiste en alterar una Constitución a través de medios no previstos por ella. Si nos atenemos a una definición tan escueta, la “revolución” nazi de marzo de 1933 no fue tal, pues todo transcurrió dentro de la más estricta “legalidad”, a través de los medios que sí estaban previstos por la Constitución».

En un principio nada había cambiado en Alemania, el nuevo gobierno no era más que la cuarta experiencia del régimen presidencialista. Además, a pesar de que Hitler era canciller, los nazis apenas ocupaban puestos relevantes en el nuevo ejecutivo: era más bien un gobierno de tipo conservador. Sin embargo, lentamente, se fue forjando la transformación de Alemania. Una serie de cambios operados dentro de la más estricta legalidad, que a la postre resultaron ser revolucionarios.

Sebastian Haffner nos relata, paso a paso, cómo se fue realizando esa transformación de Alemania. Cómo los nazis, utilizando los medios puestos a su disposición por la Constitución de Weimar, encaminaron a los alemanes por la senda de la revolución legal. Pero además, nos narra también sus impresiones sobre los hechos, y cómo estos afectaron a su vida. Describe la impotencia de los que veían lo que estaba sucediendo y no eran capaces de detenerlo; la frustración de aquellos que, sin éxito, trataban de hacer ver a muchos contemporáneos la gravedad de los acontecimientos.

El incendio del Reichstag.

«Han sido pocos los acontecimientos históricos actuales que “me he perdido” por completo, como el incendio del Reichstag (…) No fue hasta el día siguiente cuando leí en el periódico que el Reichstag estaba ardiendo. Hasta el mediodía no tuve noticias de las detenciones. Más o menos al mismo tiempo fue publicada la disposición de Hindenburg que anulaba la libertad de expresión y el secreto postal y telefónico de los ciudadanos y, a cambio, otorgaba a la policía pleno derecho a efectuar registros domiciliarios, incautaciones y arrestos».

El incendio del Reichstag, perpetrado teóricamente por un militante comunista, dio al gobierno de Hitler la excusa perfecta para avanzar de una manera rápida y efectiva en su tarea revolucionaria. De esta forma, gracias a las disposiciones de urgencia decretadas por el presidente del Reich, los nazis pudieron comenzar sus tareas de control y represión sobre la población y las agrupaciones socio-políticas.

En su obra, Sebastian Haffner hace especial hincapié en señalar que esos cambios –la falta de libertad de expresión, la supresión del secreto postal, los arrestos masivos…- no fueron acogidos con desagrado por parte de los alemanes. Es más, existía una opinión pública favorable. El incendio del Reichstag parecía justificar su aplicación. Así, una vez más –y no será la última-, nos encontramos con que este hombre, en lucha contra el Estado totalitario, se ve traicionado por la insolidaridad y la miopía de sus propios conciudadanos.

La «traición» de los partidos.

«…la traición cobarde de los dirigentes de todos los partidos y organizaciones en quienes confió el cincuenta y seis por ciento de los alemanes que votó contra los nazis el 5 de marzo de 1933 (…) La traición fue total, generalizada y sin excepción, desde la izquierda hasta la derecha».

El fracaso electoral del partido nacionalsocialista en las elecciones de marzo de 1933 pareció frenar momentáneamente las aspiraciones de Adolf Hitler. Sin embargo, lejos de detenerse ante semejante revés, el canciller alemán ensayó vías alternativas para hacerse con la mayoría del Reichstag y lograr así que este aprobase la ley de plenos poderes. Finalmente, mediante habilidosas maniobras, el partido nacionalsocialista logró maniatar a las demás formaciones políticas. Estas tuvieron que elegir entre votar a favor de nueva ley o abandonar el parlamento.

Surge así el reproche de Sebastian Haffner a los estadistas del momento: habla de la traición de los políticos. El día de Potsdam, la sumisión del Zentrum, la prohibición y persecución del KPD y del SPD… fueron acontecimientos vistos con mirada muy crítica por parte del autor. Afirma que los votantes de estos partidos, más de la mitad de los alemanes, se sintieron traicionados por sus dirigentes. Se encontraron de pronto sin una dirección política clara -una “bandera”- con la que oponerse eficazmente a Hitler. Eso explicaría que muchos de ellos pasaran a engrosar las filas del nacionalsocialismo

La «traición» de las agrupaciones paramilitares.

«Las agrupaciones políticas actuaron igual que los partidos (…) En ningún momento se notó la influencia de este Reichsbanner, nada en absoluto. Desapareció sin dejar rastro, como si jamás hubiera existido (…) El Stahlhelm, las fuerzas paramilitares de los nacionalistas alemanes, aceptó ser “unificado” primero y disuelto después».

En su tarea de suprimir todas las asociaciones paramilitares con el fin de consagrar el monopolio de la SA y las SS, los nacionalsocialistas apenas encontraron oposición. Los preparativos, las horas de entrenamiento y de concienciación, los esfuerzos por formar grupos armados capaces de controlar la calle… todo resultó ser vano. Las agrupaciones políticas, en contra de lo esperado, se disolvieron sin resistencia.

Este hecho sorprende poderosamente al autor, que no entiende cómo fue posible semejante desbandada. No obstante, a modo de explicación, trata de establecer una similitud y conexión entre la traición de los partidos y la de las agrupaciones paramilitares. Al fin y al cabo, las segundas dependían de la dirección de las primeras. Como consecuencia, muchos miembros de los grupos disueltos pasaron a formar parte de las asociaciones nazis.

Bibliografía:

[1] Historia de un alemán; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2005.

[2] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[3] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[4] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[5] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[6] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[7] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

[8] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[9] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[10] El desempleo de masas en la Gran Depresión. Palabras, imágenes y sonidos; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 2006.

El fin del sistema de Weimar


«Hay pocas cosas más extrañas que la tranquilidad indiferente y engreída con la que nosotros, yo y mis semejantes, contemplamos el inicio de la revolución nazi en Alemania como si estuviéramos en el palco de un teatro, viendo un proceso cuyo objetivo, al fin y al cabo, era exactamente borrarnos de la faz de la tierra».

En este capítulo, Haffner aborda los prolegómenos de la revolución nacionalsocialista: los tres años de régimen presidencialista. Durante esta etapa, el presidente Paul von Hindenburg fue nombrando, de manera arbitraria, a los cancilleres del Reich. Esto marcó sin duda el principio del fin de la República, cuyas bases fueron desmontándose pieza a pieza.

En unas pocas páginas, se nos describe la etapa de Brüning en el poder. Éste hombre, aupado a la cancillería por el presidente Hindenburg –primer ensayo, el más duradero, de su experiencia presidencialista- resultó ser el único capaz de detener a Hitler en su camino hacia el poder. En definitiva, un personaje que, tratando de defender la República, la llevó a su final. Su destitución condujo a Alemania a una situación caótica que hacía inminente el asalto nacionalsocialista a la cancillería:

«Según tengo entendido el régimen de Brüning fue el primer estudio y, por así decirlo, el modelo de una forma de gobierno imitada desde entonces en muchos países de Europa: una semidictadura ejercida en nombre de la democracia como defensa frente a una dictadura auténtica (…) Brüning no tenía verdaderos seguidores. Se le “toleraba”. Representaba un mal menor (…) parecía ser el único escudo frente a Hitler».

El crecimiento nacionalsocialista.

«El 14 de septiembre de 1930 tuvieron lugar las elecciones al Reichstag en las que los nazis pasaron de ser un partido ridículo y escindidos a ocupar la segunda posición, de doce mandatos a ciento siete. A partir de ese día la figura que acaparó la atención de la época de Brüning ya no fue él mismo, sino Hitler. La pregunta ya no fue: ¿seguirá Brüning?, sino: ¿llegará Hitler?»

El periodo de inestabilidad atravesado por la República alemana facilitó el afloramiento de esas fuerzas antisistema que hasta el momento se habían mantenido, como sustrato -sin ser derrotadas del todo-, bajo la superficie de la aparente normalidad republicana. De esta manera, los sucesivos triunfos electorales del nacionalsocialismo a partir de 1930, no fueron más que el resultado de la buena gestión, por parte del partido nazi, de la crisis del sistema y de sus errores pasados.

Las consecuencias de este respaldo del electorado se hicieron notar rápidamente: las agrupaciones nacionalsocialistas se hicieron con las calles, el ambiente se torno enrarecido, y Hitler se convirtió en una posibilidad a tener en cuenta a la hora de formar gobierno, bien bajo un régimen parlamentario o bien bajo uno presidencialista, como a la postre resultó ser.

Von Papen y von Schleicher.

«En el verano de 1932 el ambiente se vició aún más. Después cayó Brüning de la noche a la mañana y sin motivo, y llegó el extraño interludio de Papen y Schleicher (…) Por entonces la República fue liquidada, la Constitución anulada, el Reichstag disuelto, reelegido, vuelto a disolver y vuelto a reelegir, los periódicos prohibidos, el Gobierno prusiano destituido, todos los puestos superiores de la Administración reasignados (…) los nazis ya habían ocupado las calles con sus uniformes, permitidos definitivamente, tiraban bombas, esbozaban listas de proscritos».

Los gobiernos de von Papen y von Schleicher constituyeron, como muy bien indica el autor, el último escalón en el proceso de supresión del orden republicano iniciado con Brüning. Haffner dedica pocos párrafos a estos dos personajes, a los que considera grises y poco significativos: antecedentes inmediatos de Hitler.

No obstante, se recrea más es describir el ambiente político y social de Alemania durante aquellos días: hace especial hincapié en mostrarnos como se vivió en las calles el inminente nombramiento de Hitler como canciller.

Bibliografía:

[1] Historia de un alemán; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2005.

[2] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[3] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[4] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[5] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[6] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[7] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

[8] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[9] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[10] El desempleo de masas en la Gran Depresión. Palabras, imágenes y sonidos; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 2006.

La época Stresemann


«Había comenzado la única época de paz que ha vivido mi generación en Alemania: un periodo de seis años comprendidos entre 1924 y 1929, en el que Stresemann dominó la política alemana desde la cartera de Exteriores: “La época de Stresemann” (…) De repente la política dejó de ser una razón por la cual tirarse los trastos a la cabeza. Aproximadamente a partir de 1926 no hubo absolutamente nada digno de ser discutido (…) Sin embargo, en aquel momento sucedió algo extraño: (…) resultó que toda una generación de alemanes no supo qué hacer con un regalo consistente en gozar de una vida privada en libertad. Alrededor de veinte generaciones de niños y jóvenes alemanes habían estado acostumbrados a que el ámbito de lo público les suministrara gratis, por así decirlo, todo el contenido de sus vidas, la esencia de sus emociones más profundas, del amor y del odio, del júbilo y de la tristeza, pero también de todos los hechos sensacionales y cualquier estado de excitación, aunque vinieran acompañados de pobreza, hambre, muerte, confusión y peligro».

La época Stresemann constituyó el segundo momento, en esta ocasión más prolongado, de la estabilidad que vivieron los alemanes tras los sucesos de 1914. Sin embargo, bajo esta superficie aparentemente en calma se mantenía un sustrato peligroso, cuyas características no dejaban de resultar sorprendentemente parecidas a las de la Gran Guerra, el putsch de Kapp, o la intentona muniquesa de Hitler.

En su opinión, toda una generación de alemanes acostumbrados a las emociones de la última década, no fue capaz de adaptarse y aceptar la normalidad impuesta por Stresemann.

El fin de la crisis.

«Entonces ocurrió algo extraño. Un día empezó a propagarse el increíble cuento de que pronto volvería a haber dinero “de valor constante” y al poco tiempo el rumor se hizo realidad (…) Unas semanas antes Stresemann se había convertido en canciller. La política se volvió mucho más tranquila de repente. Nadie hablaba ya de la caída del Reich. Las “agrupaciones” se retiraron a regañadientes a una especie de hibernación (…) Los redentores se esfumaron de las ciudades (…) Los directores de banco de veintiún años tuvieron que volver a buscar plazas como auxiliares y los alumnos de último curso tuvieron que volver a conformarse con su paga de veinte francos (…) El aire estaba impregnado de un ambiente de resaca, pero también de cierto alivio».

Tras la locura de 1923, Alemania volvió a la calma. Todas y cada una de las extravagancias, dificultades e incoherencias que habían marcado el llamado “año inhumano” fueron desapareciendo: la inflación, el problema diplomático con Francia, la vuelta de las agrupaciones políticas, la aparición de los líderes apocalípticos, las crisis políticas y territoriales, la inversión de los roles, la pasión por la juventud…

La crisis y sus múltiples manifestaciones se esfumaron; incluso ya no se oían rumores. La tranquilidad llegó a Alemania de la mano de Stresemann. Sin embargo, 1923 dejó plantada en la conciencia de los alemanes una peligrosa semilla de rencor: la certeza de que la República fue la responsable de todas las desgracias.

La fiebre por el deporte.

«Uno de estos presagios, malinterpretado en extremo e incluso fomentado y elogiado públicamente, fue la obsesión por el deporte que se adueñó de la juventud alemana en aquella época (…) Asistía a cualquier acontecimiento deportivo, conocía a todos los corredores y la mejor marca de cada uno, por no hablar de la lista de récords alemanes y mundiales, que habría sido capaz de recitar en sueños. La información deportiva desempeñaba el papel que diez años atrás habían representado los partes de guerra (…) No se les ocurrió que aquello era simplemente una forma de practicar y mantener vivo el encanto del juego de la guerra y la antigua representación del gran combate emocionante entre naciones, y que en modo alguno se “liberaban” “instintos bélicos”. No fueron conscientes de la conexión entre ambos hechos ni tampoco de la recaída».

Mientras todos estos acontecimientos se sucedían en la vida política alemana, la que Haffner llama “generación de los nazis” iba creciendo. Aquellos que de niños participaron en el juego de la guerra, y que de adolescentes sufrieron en sus propias carnes –para bien o para mal- la locura del “año inhumano”, se enfrentaron de pronto con un nuevo reto: el deporte.

Las competiciones deportivas se convirtieron en el sustitutivo de aquel entusiasmo que había embargado a los jóvenes en 1914 y 1923. En definitiva, dejando vivo el germen del belicismo, la República desaprovechó, una vez más, la oportunidad de formar una generación verdaderamente republicana.

El regreso a la inseguridad.

«Al día siguiente los periódicos traían este titular: “Stresemann +”. Nosotros al leerlos notamos un gélido sobresalto. ¿Quién iba a dominar a las bestias a partir de ahora? (…) Insultos en las columnas de los anuncios; uniformes diarreicos en las calles y rostros molestos ante ellos por primera vez; los silbidos y el traqueteo de una música marcial estridente y ordinaria. En la Administración, desconcierto; en el Reichstag, alboroto; los periódicos llenos de información sobre una crisis de Gobierno lenta e inacabable».

La desaparición de Stresemann marcó el inicio de una nueva etapa de convulsiones para Alemania. Tal vez Haffner exagera un poco al atribuir a la muerte de este político casi todo el peso de la “vuelta a la inseguridad”; sin embargo, no cabe duda de que este hecho tuvo su peso a la hora de iniciarse la crisis. Fue este un largo proceso de deterioro del sistema parlamentario alemán que culminó en 1933 con el ascenso de Hitler a la cancillería.

Pero, especialmente, fue un periodo de grandes cambios en la vida diaria de los alemanes. La crisis económica, el desempleo, la reaparición de las agrupaciones políticas, y la falta de reacción por parte de los sucesivos gobiernos fueron algunos de los rasgos que marcaron esos tres años de convulsiones.

Bibliografía:

[1] Historia de un alemán; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2005.

[2] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[3] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[4] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[5] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[6] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[7] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

[8] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[9] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[10] El desempleo de masas en la Gran Depresión. Palabras, imágenes y sonidos; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 2006.

Debate cronológico de la transición española

Si situamos el juramento del Rey como comienzo de la Transición, es porque ninguno de los acontecimientos anteriores cambiaron en nada especial la naturaleza del Régimen. Ni el asesinato de Carrero, ni el frustrado aperturismo de Arias, ni la enfermedad de Franco supusieron la apertura a las libertades, o la modificación de los derechos de reunión o manifestación, o la legalización de los partidos políticos, o la concesión de la amnistía, o la convocatoria de elecciones libres.

Y si situamos el final de la Transición en la realización de las primeras elecciones constitucionales y democráticas es porque los acontecimientos posteriores, sin duda muy importantes, como el frustrado golpe de Estado del 23F o la primera alternancia de gobierno -triunfo socialista del 82- o el ingreso en las Comunidades Europeas o el referéndum sobre la OTAN son considerados por la mayoría de los historiadores, no como parte de la Transición, sino como «hitos» de la «consolidación» de la democracia.

Salvador Sánchez-Terán, La Transición. Síntesis y claves, p.18-19.

La vía democrática de la paz y el orden

Ello refleja simplemente el hecho de que la emergencia de valores democráticos se había producido en el contexto de una larga dictadura establecida como resultado de una cruenta guerra civil, lo cual también ayuda a explicar por qué no triunfaron durante la transición los defensores del continuismo ni los partidarios de la ruptura: los primeros ignoraron que, aunque los españoles querían paz y orden, también deseaban libertades y democracia, y los segundos pasaron por alto que, si bien anhelaban democracia y libertad, no podía ser a costa de la paz y el orden. En suma, lo que existía en España en vísperas de la muerte de Franco era “una cultura política democrática impregnada de valores conservadores”. Posiblemente esa cultura política explique, en mayor medida que los factores estructurales, la naturaleza de la transición democrática que se inició tras la muerte de Franco.

Charles Powell, España en democracia, 1975-2000, p. 44.

La tercera ola democratizadora

En su análisis de la “tercera ola” mundial de las transiciones a la democracia, iniciada en 1974 con la Revolución de los Claveles en Portugal, Samuel Huntington observó que las posibilidades de democratización aumentaron cuando estos países salieron de la pobreza y alcanzaron un nivel intermedio de desarrollo socioeconómico, momento en el cual ingresaron en una “zona de transición política”.

Sobre La Tercera Ola. La democratización a finales del siglo XX de Samuel P. Huntington en Charles Powell, España en democracia, 1975-2000, p. 18.