La Europa de la Restauración y los congresos


Con la derrota napoleónica de 1815 se firmó el Primer Tratado de París.

En ese momento se buscaba, no una paz que oprimiese a los vencidos con múltiples cláusulas y sanciones, sino otra que mostrase la buena voluntad de los vencedores. Además, ante la necesidad de reestructurar el mapa territorial e ideológico europeo, se anunció la convocatoria de un congreso.

El Congreso de Viena

Bajo la dirección del ministro austríaco Metternich, se reunieron en Viena los representantes, diplomáticos, ministros e, incluso, monarcas de los estados vencedores.

En un principio se estableció que, a pesar de la presencia de varios reinos, las decisiones solo podían ser tomadas por los países de la Cuádruple Alianza (Austria, Inglaterra, Prusia y Rusia).

Sin embargo, con una hábil jugada política, Talleyrand consiguió incluir a España, Francia, Portugal y Suecia. Además, con el fin de evitar las sesiones plenarias, se crearon diez comités independientes, cuyas decisiones tenían que ser aprobadas por la asamblea general.

La reorganización territorial de Europa

El centro de las discusiones entre las grandes potencias fue el problema territorial, centrado en las cuestión polaca y sajona. Los rusos defendían que el primer territorio se incorporase a sus dominios, mientras que el segundo se incorporaría a Prusia; sin embargo, Austria e Inglaterra mostraron su disconformidad.

Ante la falta de acuerdo las relaciones entre los vencedores se deterioraron notablemente, e incluso llegó a estar cerca el estallido de una nueva guerra. No obstante, el pacto de apoyo mutuo entre Francia, Austria e Inglaterra, al que más tarde se unieron Baviera, Hannover y los Países Bajos, logró que Prusia y Rusia dieran marcha atrás y aceptaran una solución intermedia.

Así, el 9 junio 1815 se firmaban los 121 artículos del acta final, cuyas principales conclusiones eran las siguientes:
  • Reparto de Polonia entre Prusia, Rusia y Austria.
  • Reorganización de los Estados alemanes; se decidió no restaurar el Imperio, sino formar una nueva Confederación Germánica, compuesta por 34 príncipes y 4 ciudades libres, dirigida por una Dieta presidida por Austria. Además Sajonia fue restablecida, aunque tuvo que ceder buena parte de sus territorios a Prusia. Suecia perdió sus territorios alemanes, es decir, Pomerania, que pasó también a Prusia.
  • Reorganización de los Estados italianos; el reino lombardo-veneciano se incorporó a Austria, mientras que los Habsburgo lograban colocar a miembros de su familia en Toscana, Parma y Módena. Al reino de Cerdeña, formado antes de la guerra por la propia isla, Piamonte, Saboya y Niza, se sumó Liguria. Por su parte, Nápoles era recuperada por los Borbones, que también situaban a otro miembro de la familia en Lucca.
  • Norte de Europa; Suecia, perdió Finlandia a favor de Rusia y Pomerania, que fue anexionada por Prusia. Sin embargo, se hizo con Noruega en detrimento de Dinamarca, que recibió algunos territorios alemanes a modo de compensación.
  • Reconocimiento internacional de la neutralidad de Suiza, cuyas fronteras quedaron delimitadas.

La Cuádruple Alianza y las revoluciones de 1820

Tras las guerras napoleónica, los monarcas y emperadores vencedores se plantearon la posibilidad de formar un organismo de carácter supranacional que permitiera organizar el orden internacional mediante un sistema de conferencias. Con este objetivo nació la Cuádruple Alianza, que fijó el sistema de conferencias y el de las grandes potencias, que se mantuvo hasta la Gran Guerra.

La divergencia de criterios dentro de la Alianza favoreció la propagación de las revoluciones de 1820. Estas se desarrollaron principalmente en los países mediterráneos, aunque también surgieron tentativas en Francia, Austria, Rusia e Iberoamérica.

Como ya se indicó más arriba, la reacción de la Alianza fue lenta, y estuvo cargada de complicaciones. No obstante, para las intervenciones en Italia y en los Balcanes no fue difícil llegar a un consenso.

Los problemas surgieron con el caso ibérico, ya que Inglaterra, a causa de la independencia de las colonias españolas, se mostraba favorable a la nueva situación del antiguo Imperio hispánico, que le beneficiaba desde el punto de vista comercial. Finalmente, los franceses actuaron en España con dos condiciones: no intervenir en Portugal y no ayudar a España a recuperar sus colonias.

A partir de 1823 la Alianza perdió fuerza, ya que cada potencia velaba más por sus intereses que por los de la coalición. Así, dos años después, se celebró la última conferencia de este organismo.

La revolución francesa de 1830

La monarquía francesa de Carlos X había significado, con respeto a la de su antecesor –Luis XVIII-, una regresión.

De esta forma, pronto se produjo el choque entre la asamblea y el primer ministro, el reaccionario Polignac. En esta situación, el monarca, en un acto propio del absolutismo, suspendió la libertad de prensa, disolvió la cámara, y reformó la ley electoral.

A estos hechos siguieron las protestas de los periodistas, estudiantes, obreros, y algunos diputados, que protagonizaron tres jornadas de barricadas en julio de 1830. Esta revuelta fue tomando, poco a poco, un carácter revolucionario y republicano, que lleno de intranquilidad a los monárquicos.

Así, con el fin de salvar la institución monárquica, en agosto, mediante una hábil maniobra de Thiers, Luis Felipe de Orleans fue proclamado rey. Su entronización del de Orleans supuso la aceptación de los postulados del liberalismo y de la soberanía nacional.

En consecuencia, se reformó la Carta Otorgada para darle un sentido liberal, se suprimió la censura de la prensa, y se amplió la base electoral.

Durante dos años Francia mantuvo una orientación revolucionaria, de apoyo a otros procesos similares en otros países, y de medidas radicales en el interior. Sin embargo, a partir de 1832, el reinado de Luis Felipe tomó un rumbo más conservador, distanciándose así el régimen de la revolución.

El nacimiento del movimiento obrero


Todo lo referente al factor trabajo en época tardofeudal –precios y salarios principalmente- estaba establecido. Por tanto, resultaba sumamente difícil llegar a controlarlo. Sin embargo, esa rigidez del sistema económico del Antiguo Régimen chocaba de frente con el liberalismo económico, según el cual todos los factores de producción –trabajo, propiedad y capital- debían estar liberalizados.

Desde finales del siglo XVIII, los liberales tendieron a transformar las relaciones laborales para adecuarlas a su ideología. Se procedió a reubicar al Estado en su nuevo papel: defensor de la libertad de mercado. Por otro lado, como el mercado se regía por criterios armónicos, todo lo que fijase era justo, porque también era libre.

Llevando esta última idea al campo de las relaciones laborales, no cabe duda de que resulta sumamente injusta. Así, con el objetivo de luchar contra estas injusticias, nacieron las asociaciones obreras.

Estas, aunque de hecho siguieron existiendo, fueron prohibidas en un primer momento. Los parlamentos liberales consideraban que las asociaciones obreras la libertad del empresario, y que, por tanto, atacaban directamente al mercado de igual modo que en su momento habían hecho los gremios.

Más adelante, a finales del siglo XIX, llegaron a ser legalizadas, y consiguieron que los Estados comenzasen a intervenir en contra esas injusticias.

La protesta obrera toma forma política: el Cartismo

Hasta 1830 la tendencia preponderante del obrerismo inglés reducía sus proyectos a mejoras exclusivamente laborales. Sin embargo, hacia esa fecha la miseria de las clases obreras inclinó a los líderes hacia posturas más precisas de reforma política.

En 1831, durante la campaña sobre la reforma electoral, Lovett reclamó el sufragio universal, argumentando que la clase obrera producía la mayoría de la riqueza del país y sólo gozaba de una ínfima parte.

En 1838 fue redactado un documento histórico, la “Carta”, en el que se pedía, entre otras cosas, el sufragio universal y la supresión del certificado de propiedad para ser miembro del parlamento. Dentro de este movimiento cartista podemos distinguir dos tendencias:

  • Los moderados (Lovett y Owen) ponían el acento en las cuestiones económicas, postulando la organización de cooperativas de producción y la supresión de los intermediarios.
  • Los violentos (O´Connor y O´Brien) eran la tendencia más popular, y se inclinaban por los mítines y huelgas de carácter violento.

Finalmente, el Congreso cartista celebrado en 1839 optó por la segunda postura. Esto trajo consigo el comienzo de las actuaciones represivas por parte del gobierno inglés. Esto fue seguido del enfrentamiento entre violentos y moderados, que acabó por desbaratar toda opción de triunfo.

La I Internacional

Dos procesos contribuyeron de manera decisiva a la aparición de una organización internacional del movimiento: la conciencia obrera de que, en todas las naciones, los problemas de la clase trabajadora eran similares; y la experiencia de que la acción esporádica de las masas debía ser sustituida por una actividad organizada.

Por fin, tras numerosos contactos entre británicos y franceses, se convocó la primera reunión en Londres (28 de septiembre de 1864), a la que asistieron representantes de las trade unions inglesas, franceses de diversas tendencias, y numerosos políticos y líderes obreros de otras nacionalidades.

El grupo era excesivamente heterogéneo, pero, a pesar de eso, se logró formar un comité que elaborara los estatutos. Sin duda, el papel de Marx en la redacción de este documento fue fundamental, pudiendo resumirse su aportación en tres puntos:

  • Defensa de que la Internacional no debía abolir las asociaciones nacionales, sino potenciar su actividad a escala mundial.
  • Creencia en que la emancipación de la clase obrera sería única y exclusivamente labor de los trabajadores.
  • Afirmación de que sin lucha por el poder político no habría emancipación.

El debilitamiento y disolución de la Primera Internacional se debió más a las disensiones internas que a la persecución externa. Los choques entre socialistas marxistas y anarquistas fueron creciendo en violencia, hasta que en el Congreso celebrado en La Haya (1872) estos últimos fueron expulsados de la A.I.T.

La II Internacional

En los últimos años del siglo XIX, ante el importante desarrollo del movimiento obrero, muchos sectores del mismo comenzaron a pensar en reinstaurar una organización supranacional que relacionase a los nacientes partidos obreros y sindicales de carácter nacional.

De esta manera, en el verano de 1889 los principales líderes y representantes del movimiento obrero reinstauraban, con una reunión en París, la Internacional. En estas reuniones se acordó la estructura de la nueva organización –de carácter flexible- y, con el fin de mantener la cohesión, la convocatoria de sucesivos congresos. Además, otras de las cuestiones que ocuparon estos congresos fueron:

  • El debate en torno a las versiones ortodoxas y revisionistas del pensamiento de Marx.
  • La toma de posición ante los problemas de la época: colonialismo y conflictos bélicos a escala mundial.
  • La posibilidad de participar en gobiernos de coalición con partidos de la izquierda burguesa.
La disolución de la Segunda Internacional vino marcada por dos hechos: la Gran Guerra y la Revolución Soviética. El primer suceso supuso la victoria del nacionalismo sobre la solidaridad obrera, mientras que del segundo surgió la Tercera Internacional o Internacional Comunista.

Alea iacta est


Con esta entrada inicio el cuaderno de bitácora que, a imitación de otros docentes blogueros, voy a realizar de mi experiencia flipped classroom en la Historia del Mundo Contemporáneo de 1º de Bachillerato. Por delante esperan nueve meses en los que narraré las peripecias de mis dos grupos del IES Juan Martín el Empecinado de Aranda de Duero (Burgos).

#Flipdebate: buscando ideas entre docentes

Antes de explicar cómo voy a llevar a cabo esa tarea, he de referirme a los contenidos y participantes de los debates que tuvieron lugar en Twitter durante la segunda mitad del mes de agosto. Sin duda, abusando de la amabilidad y la buena disposición de otros profesores, lancé a la red de los 140 caracteres varias preguntas sobre su forma de aplicar el modelo de la clase invertida.

Debo reconocer que, además de aprender bastante con las respuestas, me pareció una forma muy útil de intercambiar experiencias.

Cuestiones como la duración de los vídeos, la forma de compaginar estos con las explicaciones teóricas en el aula, el recurso a aplicaciones educativas o las ventajas de usar plataformas fueron algunos de los temas tratados. De ahí he extraído algunas ideas que tomarán forma en mi asignatura de 1º de Bachillerato. Otras no las he podido incluir, pero es bastante probable que haga uso de ellas en otros cursos.

Sirvan, por tanto, estas líneas para agradecer su colaboración a docentes como @virgicapil, @teachermsisabel, @vialap69, @juanfisicahr, @manueljesusF, @Juanmaprofe74, @cunahalicarnaso, @profesor_jesus, @dchicapardo, @dantethx70, @CuevasAlv, @jlred1978, @acalvoserrano, @carmonamaqueda, @martingvalle, @MPiedadOrozco, @VivesEstefania, @lc_pastor, @caotico27, @SansPatxo, @AlfredoPrietoMa, @eneko_fc, @raulmirandal, @ManelTrenchs, @pailar15, @PatxoPB, @ManoliFM y @jesusvelez84 entre otros.

Un itinerario libre y abierto

¿Recordáis Elige tu propia aventura? Eran libros en los que, al llegar a un punto determinado, la novela se interrumpía y te ofrecía varias alternativas; es decir, te invitaba a asumir un rol activo en la trama. Una vez tomada la decisión, debías ir a la página donde el texto continuaba según lo escogido. Pues bien, ese es el modelo de experiencia flipped que seguiré este curso.

Me explico. Al comenzar un apartado del temario, los alumnos deberán visualizar un vídeo breve –no más de 7 minutos- y de carácter obligatorio. Será este el que les abrirá las puertas a que escojan su propio itinerario de aprendizaje. Es decir, al terminar la explicación les daré la opción de profundizar en las partes del temario que más les atraigan, ya sea a través de nuevos vídeos o textos que publicaré en este mismo blog.

A todo esto hay que añadir la posibilidad de que, por su cuenta, busquen información en la red, libros, novelas, películas…

De esta manera, se enfrentarán a unos contenidos mínimos obligatorios y, al mismo tiempo, podrán diseñar un itinerario acorde a sus preferencias. El objetivo final es que todos tengan esos conocimientos comunes enriquecidos por cierta especialización escogida voluntariamente. En definitiva, el temario tendrá una parte común y otra libre y abierta.

Esta es, a grandes rasgos, la idea de este curso flipped abierto o de libre configuración. Evidentemente, esto tiene una serie de aplicaciones prácticas que, para evitar alargarme en esta entrada, no voy a plasmar aquí. Mi única intención, por ahora, es explicar la filosofía basada en Elige tu propia aventura. Ahora bien, entiendo que hay una cuestión en la que si debo detenerme: la forma de evaluar este modelo.

Cómo evaluar en un itinerario abierto

Una vez expuesta la dinámica de la asignatura, es bastante probable que más de uno se pregunte cómo voy a examinar a unos estudiantes que han seguido distintos itinerarios en su aprendizaje. La actitud, los trabajos, el cuaderno… no parece que presenten grandes problemas a la hora aplicar este modelo. Sin embargo, no sucede lo mismo con las pruebas escritas.

Me consta que algunos docentes han empezado a eliminar los exámenes de sus asignaturas. Es una decisión respetable siempre que esté bien fundamentada, pero en mi caso los tiros van por otro lado. Como indicaba más arriba, el alumnado se enfrenta a unos contenidos comunes y a otros de libre elección. Pues bien, lo lógico es que las pruebas de evaluación vayan en esa línea.

En concreto, mis estudiantes deberán superar una parte del contenido obligatorio que será igual para todos. Si no obtienen un 50% de la nota de ese apartado, de poco les valdrá lo que saquen en el resto del examen: es condición sine qua non aprobar la parte común.

Después elegirán y redactarán un texto relacionado con el itinerario que han seguido. Es decir, la segunda parte del examen la ponen ellos ¿Fácil? Daré dos razones para justificar que no lo es:
  • Teniendo en cuenta que la idea de los itinerarios está pensada para que profundicen en determinados aspectos de la asignatura, los textos no podrán centrarse en cuestiones generales o temas tratados de manera superficial.
  • La libertad que se les ha otorgado a la hora de concretar su aprendizaje, debe plasmarse también en esas redacciones. Se procurará no copiar la estructura de los apuntes, vídeos o material que se pueda encontrar en la red. A su vez, se valorará positivamente la referencia a obras literarias, películas, obras de arte, artículos de actualidad… que guarden relación con la temática escogida. En definitiva, ha de ser un texto propio y, en la medida de lo posible, creativo.

En fin, pienso que por hoy es bastante. En los próximos días, aprovechando que aún no han empezado las clases, trataré de resolver en esta bitácora las dudas u objeciones que otros docentes me transmitan al leer estos párrafos. En el caso de no haberlas, dedicaré una entrada a explicar las ventajas –de momento solo teóricas- que le veo a este modelo.

Bitácora de Historia del Mundo Contemporáneo


Después de desarrollar mi primera experiencia flipped learning durante los últimos cuatro meses del curso 2015-2016 en 2º de ESO, he decidido exportar el modelo a la Historia del Mundo Contemporáneo de 1º de Bachillerato. En este apartado de Historia en Comentarios iré compartiendo mis experiencias del periodo lectivo 2016-2017 en esa asignatura.

Aquí depositaré tanto mis impresiones, como los errores y aciertos, así como las sorpresas que, en su aprendizaje, me de mi alumnado. Un espacio, en definitiva, para compartir y reflexionar sobre innovación educativa aplicada a esta asignatura y al aprendizaje de la historia en general. Por tanto, ya seas docente o estudiante, siéntete libre de opinar, preguntar, criticar o sugerir.

Alea iacta est
Las ventajas del itinerario libre y abierto
Vídeo introductorio de la asignatura
Seguimos aprendiendo en Henri Irénée Marrou
Medidas para limitar un proyecto inabarcable
Calentando motores: un balance de las primeras doce clases
Kahoot, desarrollando la primera actividad intercentros
Rúbrica sobre el ensayo histórico
Resumiendo la repercusión de #ÉpocaDeRevoluciones
Trabajando co-evaluación y competencias con #ÉpocaDeRevoluciones
Primeras impresiones de los ensayos históricos
Blogueros de la Historia: evaluar y acompañar en el proceso de aprendizaje
¿Se puede aprender historia mediante la elaboración de cómics?
Los límites del itinerario libre y abierto: un breve balance (1)
#ÉpocaDeRevoluciones estará en la Jornada Colaborar para Enseñar de Espiral
Los límites del itinerario libre y abierto: un breve balance (2)
Cuestionarios: exámenes orales y flipped classroom
Aclarando dudas sobre los cuestionarios
Experiencia Blog: la construcción del ensayo histórico
Vídeo para la International Knowledge Fair 2017
Visitamos la Fundación Transición Española
International Knowledge Fair (Almagro 2017)
Los ensayos históricos: una nueva vuelca de tuerca
Experiencia cómic: unas conclusiones
Imagina. Crea ¿Difunde?
Blogueros de la Historia: el proceso de evaluación
Programa #DifundeHistoria
Trabajo para el concurso «Es De Libro»
Aprendizaje vivencial: el crack de 1929
Debatiendo sobre ideologías
Reflexiones sobre el curso: el fracaso final
Reflexiones sobre el curso II: solucionando el primer fracaso
Reflexiones sobre el curso III: solucionando el segundo fracaso
Reflexiones sobre el curso IV: solucionando el tercer fracaso
Cerrando el curso en el Canal 8

Los inicios de la revolución industrial británica


Entre el último tercio del siglo XVIII y el primero del XIX, el crecimiento económico inglés se basó en la producción de bienes de consumo -curtidos, alimentos, bebidas, lino, seda, lana…- mediante técnicas tradicionales. No obstante, ninguno de estos sectores jugó un papel tan destacado como el del textil algodonero, que durante esta etapa actuó como dinamizador de la economía.

Entre las causas que favorecieron el desarrollo del sector textil algodonero cabe destacar la situación del mercado interior británico y las conexiones coloniales. No hemos de olvidar al respecto que, durante todo el siglo XIX, el Imperio Británico fue el más extenso del mundo.

Además, la industria del algodón supo aprovechar las ventajas que, en materia de cantidad y coste, tenía con respecto a la lana. Esto les permitió, a su vez, invertir más capital en innovación. Por tanto, los cambios organizativos y el desarrollo tecnológico, fueron factores fundamentales para el incremento de la productividad.

Sin embargo, junto al papel dinamizador de la industria textil algodonera, hemos de destacar otros elementos que facilitaron el desarrollo industrial británico. Entre ellos cabe destacar la utilización del carbón como fuente de energía, la invención y aplicación de la máquina de vapor, el auge de la siderurgia y la mejora en los transportes.

El carbón como fuente de energía

En esta época de grandes cambios, las fuentes de energía también se vieron afectadas. Junto a las tradicionales, que continuaron utilizándose, surgieron otras fruto del desarrollo y las necesidades de la industria. Así, de entre las nuevas fuentes de energía, cabe destacar el carbón.

En su origen, el carbón se vio notablemente favorecido por la escasez de madera en las islas británicas, lo que propició que se convirtiera en un elemento fundamental para el uso doméstico. Posteriormente, con el crecimiento demográfico y urbano, se hizo aún más necesario en este sentido.

Al margen de esto, hay que destacar a la industria de extracción del carbón como pionera en la organización de tipo capitalista, en la que también encontramos un gran interés por la innovación tecnológica.

Sin embargo, el gran impulso del carbón como fuente de energía vino dado por las mejoras siderúrgicas y el desarrollo de la máquina de vapor. La primera plasmación de este invento la encontramos a principios del siglo XVIII de la mano de T. Newman, siendo aplicada a la minería con cierto éxito.

No obstante, el culmen de esta mejora técnica llegó con J. Watt en 1755. Este desarrolló una máquina más potente y eficaz, que posteriormente fue aplicada también al transporte. La aparición de la máquina de vapor favoreció notablemente el desarrollo del proceso industrializador mediante el impulso del sistema fabril y de las nuevas formas de organización financiera.

El desarrollo de la siderurgia

A principios del siglo XVIII, la producción de hierro, aún siendo de cierta calidad, no satisfacía ni fomentaba la demanda: era demasiado caro y escaso. Sin embargo, con el paso de los años, la industria siderúrgica fue tomando un papel más relevante, hasta el punto de que, en el segundo tercio del XIX, tomó el relevo de la industria textil algodonera como motor económico.

Esta evolución de la industria siderúrgica fue posible gracias a la conjunción de dos factores:

  • La renovación tecnológica, que, de la mano de hombres como A. Darby y H. Cort, permitió reducir los costes y mejorar la calidad del producto.
  • El incremento de la demanda, que estuvo, sin duda, muy ligado al proceso revolucionario –industrial, agrícola y demográfico-, siendo precisamente este el impulsor de la sustitución de la madera por el hierro, tanto en el campo doméstico como en el de la producción.
A todo esto se unieron dos fenómenos que favorecieron este crecimiento de la demanda: las guerras de principios del XIX, y el desarrollo del ferrocarril.

Los cambios demográficos del siglo XIX


Desde los últimos años del siglo XVIII hasta los primeros del XX, Europa experimentó un crecimiento demográfico continuo. Esto facilitó que su población pasará de 110 millones de habitantes en 1700, a 423 en 1900. Se trató, por tanto, del mayoría aumento de población en la historia del Viejo Continente.

Ese cambio fue posible gracias a factores como la mejora de la sanidad, la expansión de una cultura más higiénica, y el crecimiento económico experimentado por varios de los países europeos durante ese periodo.

Esto, en palabras de los expertos en demografía, facilitó el tránsito de un ciclo demográfico antiguo a otro moderno.

El paso al ciclo demográfico moderno

La demografía de tipo antiguo se caracterizaba por un crecimiento de población lento e irregular. Esto se debía a la existencia de una alta natalidad (35-40%), una alta mortalidad (30-40%), y la aparición de grandes crisis provocadas por hambres, guerras y epidemias.

A finales del siglo XVIII se inició un periodo de tránsito entre ese modelo y el conocido como ciclo moderno. La demografía de tránsito se caracterizaba por un crecimiento de población rápido y continuo.

Esto se debía al mantenimiento de una natalidad alta, al descenso de la mortalidad, y a la práctica desaparición de grandes crisis.

Con la consolidación del crecimiento económico y el cambio de mentalidad en la sociedad europea, surgieron notables modificaciones con respecto al modelo demográfico anterior. El descenso de la natalidad, y la reducción al mínimo de la mortalidad, acabaron por configurar una demografía de crecimiento lento y tendente al envejecimiento de la población.

Teorías explicativas del tránsito demográfico

Distinguimos dos tipos teóricos que tratan de explicar los cambios demográficos del siglo XIX: los centrados en el factor mortalidad, y aquellos que hacen hincapié en el aumento de la mortalidad.

El primero de estos modelos defiende que el crecimiento demográfico fue, principalmente, consecuencia del descenso de la mortalidad. Esta disminución surgió a causa de las mejoras sanitarias e higiénicas, los avances en la medicina, y la mejora del nivel de vida.

El tipo centrado en la natalidad defiende que, tras una crisis demográfica, como venía siendo habitual durante el medievo y la modernidad, se produjo un aumento de la natalidad; a esto se unió el descenso de la mortalidad. La consecuencia de ambos fenómenos fue un crecimiento demográfico sin precedentes.

Las grandes migraciones y el auge de las ciudades

La enorme movilidad de la población europea durante este periodo se debió principalmente al empuje demográfico, a la mejora del sistema de transportes, y a los cambios económicos que se estaban produciendo, tanto los referentes a los distintos sectores, como los de tipo regional.

De esta forma, se fueron desarrollando las grandes migraciones, tanto regionales como interregionales. Estas, si bien comenzaron a mediados del XVIII, no alcanzaron su cenit hasta el periodo que va desde 1850 a 1930.

Por su parte, el crecimiento de la población urbana estuvo muy ligado al desarrollo del mercado, la especialización económica y la concentración empresarial. Mientras que en el Antiguo Régimen predominaba el poblamiento de tipo rural, desde el siglo XVIII se advierte una inversión de las tendencias a favor del asentamiento urbano.

Así, en el tránsito del XIX al XX, nos encontramos ante un mundo occidental mayoritariamente urbano, en el que existen 135 ciudades con más de 100.000 habitantes.

El desarrollo económico como impulsor de la demografía

El enorme crecimiento demográfico experimentado por los países desarrollados durante este periodo, con el consiguiente incremento de productores y consumidores, trajo consigo importantes consecuencias positivas para la economía y el desarrollo industrial.

Sin embargo, no está de más una matización de esta afirmación, ya que la demografía no deja de ser un factor complejo y, en numerosas ocasiones, contradictorio.

En último término, si bien la revolución demográfica fue un factor fundamental para que se produzca la industrialización, también es verdad que podría haber sido causa de su estrangulación.

Este incremento de población, para que se dé la revolución industrial, ha de llegar en el momento adecuado en cada región, y ha de contar con posibilidades de emigración y de apertura al mercado internacional

Robert Schuman: «Por Europa»


Por Europa es una recopilación del pensamiento político de Robert Schuman. La selección, clasificación y reelaboración de los contenidos fue realizada, en los últimos años de su vida, por este político francés a partir de sus apuntes personales y discursos. Partiendo de ese rico legado, he pretendido resaltar las que, a mi juicio, son las ideas más importantes. He agrupado las citas de Robert Schuman en diez artículos, y en cada uno he añadido una breve introducción.

¿Por qué una Europa unificada?
Unificación basada en la fraternidad cristiana
La Europa democrática y el cristianismo
Europa, los Estados y las fronteras

La Europa de la mundialización
Europa y las patrias
Inglaterra, Alemania y Francia
La escuela de Europa
Europa y la política exterior
Vocación profética de Europa

La independencia de las Trece Colonias americanas


Los hechos acaecidos en las Trece Colonias británicas de América del Norte poseen una doble carga. Por un lado, podemos verlos como un fenómeno de rebeldía e independencia colonial con respecto a la metrópoli; y por otro como revolución política.

La norteamericana es, en definitiva, la primera revolución de los tiempos modernos: la primera colonia en romper sus lazos con la madre patria, la primera nación que elabora una Constitución y la primera implantación de la democracia.

Causas de la independencia

La Guerra de los Siete Años (1756-1763) cambió notablemente el panorama de las colonias británicas del Nuevo Mundo con respecto a la metrópoli. Esta, vencedora del conflicto en detrimento de Francia, se encontró de pronto con enormes extensiones territoriales de nueva adquisición que precisaban de una reorganización administrativa.

Esto perjudicaba notablemente a muchas de las antiguas colonias inglesas en Norteamérica, que habían gozado tradicionalmente de una alta autonomía política. Aparte descontento por las reformas administrativas, otro de los factores desencadenantes de la rebelión colonial fue la política fiscal llevada a cabo por los ingleses.

La guerra con Francia había agotado las arcas británicas, que necesitaban más que nunca de la savia americana para recuperare del alto coste del conflicto.

Por esa razón, las autoridades de la metrópoli exigieron un control más estricto de los impuestos, dejando así de lado la tradicional “negligencia saludable” que, en lo referente a estos cuestiones, había practicado Inglaterra con respecto a Norteamérica. Además de eso, comenzaron a exigir nuevos impuestos –Sugar Act, Stamp Act, Townsend duties, Tea Act…-, que aumentaron notablemente el descontento de los colonos.

Partiendo de estas bases, comprobamos como desde 1764 a 1773 la tensión entre colonia y metrópoli irá en aumento. De esta manera, progresivamente, las clases medias, con importantes intereses económicos, al verse perjudicados en sus negocios, se irán radicalizando en sus posturas hasta llegar a defender la independencia con respecto a Londres.

El mantenimiento de la Tea Act y sus consecuencias

Ante las muestras de oposición ante las nuevas leyes impositivas, el gobierno de Londres dio marcha atrás. De este hecho los colonos sacaron dos enseñanzas: que su unión era fundamental para defender su intereses, y que los británicos daban muestras de debilidad.

Sin embargo, Inglaterra mantuvo una de las leyes arancelarias, la Tea Act, que iba a provocar el estallido del conflicto: el 16 de diciembre de 1773 se produjeron una serie de actos de rebeldía en Boston.

Los hechos acaecidos en Boston fueron más que suficientes para radicalizar las posturas en ambos bandos. Así, tanto los que en Londres defendían una política blanda con las colonias, como los que en América abogaban por mantener una actitud sumisa con la metrópoli, se vieron arrastrados por ambos extremos.

Desde Inglaterra se puso en marcha un proyecto para solucionar, por medio de la coerción, el problema americano. Para ello se proyectó, a modo de castigo, el cierre del puerto de Boston. Medida a la que siguieron el reforzamiento de la autoridad en el gobierno de Massachussets; los cambios en la administración de la justicia, que debía centrarse más en el cumplimiento del pago de los impuestos decretados; la Quatering Act, que obligaba a las colinas a alojar tropas británicas; y la Québec Act, que establecía en esta región un gobierno más centralizado.

Por su parte, los rebeldes se reunieron, entre junio y octubre de 1774, en el Congreso Continental de Filadelfia.

Allí establecieron una Asociación Continental con el objetivo de luchar por unas libertades constitucionales, y se comprometieron a boicotear todos los productos británicos. Además, negaron la legitimidad del parlamento inglés al no poseer este representantes de las propias colonias.

La Declaración de Independencia

Teniendo en cuenta lo enunciado anteriormente, parece evidente que sólo hacía falta un hecho sangriento para que estallase el conflicto bélico. Este sucedió en Lexington, el 19 de abril de 1775. En una operación destinada a desmantelar un almacén de armas perteneciente a los rebeldes, el ejército inglés acabó enfrentándose a un grupo de milicianos que se resistieron a la operación.

Poco después de estos acontecimientos, ya en el año 1776, se reunió el II Congreso de Filadelfia. Allí se tomaron las primeras medidas para organizar la guerra, entre las que destacan el reclutamiento de milicianos y la financiación del conflicto. Además, observamos como las ideas independentistas van ganando terreno entre los congresistas.

Por fin, el 4 de julio de 1776 se aprobaba la Declaración de Independencia de las colonias norteamericanas.

Este texto, redactado por Thomas Jefferson y basado en las ideas de Locke, trataba de justificar ante el mundo la emancipación americana, consecuencia –según los rebeldes- de la tiranía e intolerancia británica.

El conflicto bélico (1776-1783)

En los primeros compases del conflicto, la inferioridad de los colonos era patente. Mandaban a la lucha a soldados entusiastas, pero poco instruidos, que además carecían del equipamiento necesario en numerosas ocasiones. Este fue una de las grandes misiones del Congreso en un principio: la financiación de la causa independentista.

Una de las constantes del conflicto de independencia norteamericano fue la búsqueda, por parte de los rebeldes, del apoyo exterior.

Conscientes de su propia inferioridad, los congresistas tratarán de negociar con otras potencias extranjeras para modificar el equilibrio de esa lucha desigual. De esta manera, desde un primer momento, se buscó el apoyo de Francia, tradicional enemiga de los británicos.

Después de la batalla de Saratoga (17 de octubre de 1777), Francia reconoció oficialmente la independencia norteamericana, declarándole la guerra a Inglaterra. Además, España, que por aquel entonces se movía en la órbita francesa, fue arrastrada al conflicto en junio de 1779.

Ante esta situación del panorama internacional, la victoria de los rebeldes no tardó en llegar. Mientras Francia aprovecha la debilidad británica para hacerse con las islas antillanas de Tobago y Santa Lucía, y España recupera Menorca y Florida, Washington derrotaba a Cornwallis en Yorktown (19 de octubre de 1781).

Esta victoria de los colonos fue decisiva para que una agotada Inglaterra buscase la paz, que se firmó en Versalles el 3 de septiembre de 1783.

Imperialismo: auge del predominio europeo


Como ocurre con frecuencia en la historia, para llegar a comprender en su totalidad un fenómeno planteado y desarrollado en un momento concreto, hay que dar marcha atrás en el tiempo y buscar las claves que lo han propiciado e impulsado. Esto ocurre, sin duda, en el proceso de expansión europea que se pone en marcha en torno a 1880.

En este caso, esa marcha atrás nos sitúa en el inicio de los años setenta, en ese momentos histórico que marca el comienzo de una nueva época para el mundo occidental.

En líneas generales, cabe afirmar que entre esa fecha (1870-1871) y el comienzo de la I Guerra Mundial (1914-1918), el continente europeo alcanzó su máxima plenitud en todos los sentidos: triunfo del liberalismo, reconocimiento de los derechos sociales, proceso de industrialización, desarrollo científico y técnico…

La expansión colonial durante la primera mitad del siglo XIX

En un principio la expansión colonial estuvo muy ligada al gusto por la aventura propio del romanticismo. Fue esa una época de claro protagonismo británico y, en menor medida francés. Sin embargo, ese no era todavía el momento del gran imperialismo, sino el de sentar las bases para el gran desarrollo del último tercio del siglo.

A partir de la década de 1870, y especialmente en la de 1880, las potencias europeas, los EE.UU. y Japón, se repartieron los territorios del mundo.

Únicamente los territorios de América Latina, que habían sido colonizados en los siglos XV y XVI, y emancipados a comienzos del XIX, quedaron al margen de este proceso.

Teorías sobre el imperialismo

En términos generales, las corrientes de análisis sobre el fenómeno imperialista pueden agruparse en torno a cuatro variables.

La primera de ellas hace hincapié en la proliferación de las políticas de prestigio impulsadas por el auge del nacionalismo.

Desde la perspectiva económica se explica el imperialismo como consecuencia de la crisis de 1873, surgida a raíz de la saturación de los mercados. Ante esta situación, las potencias comerciales comenzaron a buscar nuevos espacios para sus economías. No obstante, la objeción que comúnmente se ha lanzado contra esta teoría es que la ocupación de territorios coloniales no siempre rentable.

Las otras dos teorías sobre el fenómeno imperialista se basan en la demografía –la necesidad de dar salida a la superpoblación de la metrópoli- y en la ideología racista que sostenía la superioridad del hombre blanco y su responsabilidad en la instrucción de las restantes culturas y razas.

Tipología de la colonización

Atendiendo a la ocupación del territorio, el gobierno del mismo y la explotación económica, podemos distinguir los siguiente tipos de colonización:
  • Colonia; territorio en el que se implanta un gobierno y una administración de la metrópoli; sometiéndose de esta manera totalmente la población nativa a estos nuevos organismos.
  • Bases económicas; lugares sobre los que se establece un control económico, pero no político.
  • Colonia de poblamiento; relativo al traslado de grandes contingentes humanos desde la metrópoli a los territorios coloniales a causa de la superpoblación del país colonizador.
  • Bases de carácter estratégico, generalmente pequeños enclaves destinados al mantenimiento de una guarnición militar; bien por razones estratégicas o comerciales.
  • Protectorado; territorio en el que, a pesar de la existencia de una estructura política y cultural de origen antiguo, se asientan tropas de las grandes potencias con el fin de prestar ayuda a esos regímenes. Esto supone por tanto el control militar y explotación económica de ese territorio.

La Conferencia de Berlín (1884-1885)

A medidos de siglo XIX los europeos, que hasta ese momento se habían contentado con el control de enclaves costeros, comenzaron a ocupar el interior del continente africano. Para ello utilizaron, como vías de penetración, los grandes ríos: los belgas el Congo, los franceses el Senegal, y los ingleses el Níger.

Mientras esto sucedía en el África central, el norte del continente también empezó a cobrar una enorme relevancia para las grandes potencias. Así, rivalidades en torno a las cuestiones de Argelia, Túnez, y el canal de Suéz, pasaron a un primer plano en las relaciones internacionales de la época.

Este proceso de ocupación de África dio lugar a la Conferencia de Berlín, que, bajo el patrocinio de Bismarck, trataba de dar respuesta a los roces surgidos entre las naciones europeas.

De esta manera, entre noviembre de 1884 y febrero de 1885, los europeos se repartieron África. Bajo la bandera del entendimiento mutuo, las potencias fijaron las zonas de influencia y las normas de las nuevas actuaciones en aquel continente.

El II Reich antes de la I Guerra Mundial

La victoria de Prusia sobre Austria en la década de 1860, así como la consolidación de una Alemania bajo el influjo prusiano, hicieron posible la unificación de los territorios alemanes. Sin embargo, la nueva Alemania presentaba una enorme heterogeneidad, que, al fin y al cabo, resultaba problemática para el proyecto unificador.

A partir de 1870, bajo la batuta de Prusia, los alemanes iniciaron un largo camino que los habría de llevar del federalismo a la unidad.

En primer lugar, se procedió a desterrar toda posible referencia a una alianza de monarquías constitucionales, potenciándose la monarquía constitucional imperial, cuyo principal organismo representativo era el Reichtag.

En cierto modo, en este proceso homogenizador, se tendió a la prusianización del Imperio. Esto se plasmó rápidamente en un claro autoritarismo, centrado en la figura del canciller, en un cierto conservadurismo, y en la preponderancia de la burocracia prusiana.

El auge económico finisecular

El primer factor que facilitó el gran desarrollo de la economía alemana fue la formación de un importante mercado nacional, cuyas bases fueron: el Zollverein, el desarrollo de la red ferroviaria y otras medidas unitarias, como el Derecho Comercial, las tasas, y los pesos y medidas.

Otro elemento fundamental fue el desarrollo de los instrumentos básicos de unidad monetaria y financiera, plasmados en la creación de una moneda única (el marco), y la conversión del Real Banco de Prusia en el Banco del Imperio.

Vistos estos factores, podemos estructurar la evolución económica alemana en dos fases: el boom de 1871-1873 y la época proteccionista.

En el primero de estos periodos, la economía de Alemania se vió favorecida tanto por la victoria militar sobre Francia como por una coyuntura económica favorable. La crisis financiera puso fin a esta fase de crecimiento, dando paso a unos años de paralización económica.

Durante el segundo de estos periodos se confió, para salir de la crisis y evitar fenómenos similares en el futuro, en una política proteccionista. De esta manera, Alemania logró retomar el camino del progreso económico, si bien no con tanto éxito como en la etapa anterior a la crisis.

La política del canciller Bismarck

En lo que se refiere a política interior, la actuación del canciller Bismarck se puede englobar en torno al plan del Kulturkampf, que trataba de eliminar cualquier peligro en el interior de Alemania.

En consecuencia, tanto grupos católicos como socialdemócratas fueron considerados como sospechosos por parte del gobierno.

Con respecto al catolicismo se produjo una separación radical entre Iglesia y Estado, lo que suponía el control estatal de la enseñanza y del clero por parte del gobierno. No obstante, a finales de la década de 1870, ante la envergadura que tomaba el conflicto, el canciller dio marcha atrás en esta política.

En lo referente a la socialdemocracia, Bismarck toleró su actividad política, pero prohibiendo su propaganda, publicaciones y mítines. Al igual que con los católicos, la Kulturkampf también fracasó en este caso; es más, los socialdemócratas salieron fortalecidos de su choque con la cancillería.

En lo referente a la política social, a pesar de su enemistad con los socialdemócratas, Bismarck dio pasos importantes al instaurar un seguro de vejez, de enfermedad y de accidentes. Sin embargo, tampoco hay que ocultar las carencias de su programa, especialmente en lo que se refirió a los derechos de la mujer y de los niños.

La política exterior de Bismarck se caracterizó por la búsqueda, pacífica y sutil con las grandes potencias, de un espacio colonial propio para Alemania.

La política de Alemania después de Bismarck

Tras la dimisión del canciller Bismarck (1890) a causa de sus malas relaciones con el nuevo káiser Guillermo II, se produjeron cambios sustanciales en la política internacional alemana.

En política exterior, se puso fin a la citada sutileza diplomática alemana; a nivel interior, el canciller perdió poder en favor del káiser.

Esta época Alemania experimentó un importante crecimiento económico, que la llevaría a convertirse junto a EE.UU. y Gran Bretaña en la gran potencia comercial. No obstante, unida al crecimiento económico, se produjo una escalada belicista basada en el rearme y el endurecimiento de la política internacional.

Toda esta tendencia provocó el rechazo de buena parte de los grupos políticos alemanes. Sin embargo, el camino estaba ya tomado: Alemania entró en la guerra en un momento de auge económico pero con numerosos problemas internos pendientes.