Las consecuencias de la Gran Guerra: primera parte


Consecuencias demográficas.

La I Guerra Mundial se convirtió en una hecatombe demográfica sin precedentes. Se estima que murieron alrededor de 9 millones de personas y más de 21 millones sufrieron heridas de consideración. Todo ello sin contar con la lógica reducción de la natalidad en esos años.

A estas circunstancias deben añadirse los daños ocasionados por algunas epidemias: la gripe de 1918, conocida como “gripe española”, provocó millones de muertos. Además, los excombatientes tuvieron que adaptarse a su nueva vida y los mutilados a vivir con una pequeña pensión del Estado.

Otro capítulo es el de los millones de desplazados a causa del cambio de fronteras, o el del genocidio de pueblos, como fue el caso de los armenios.

También tuvo lugar un cambio significativo fue el de la participación de la mujer en el mundo laboral. Al faltar mano de obra –debido a que los hombres estaban en el frente-, ocuparon su puesto en las fábricas, ocasionando el crecimiento de la mujer en los oficios fuera del hogar.

Consecuencias económicas.

Los costes económicos supusieron el 30% de la riqueza nacional francesa, el 22% de la alemana, el 26% de la italiana… Los gobiernos gastaron sumas enormes en pagar los costes de la guerra y tuvieron que recurrir a los préstamos estadounidenses.

Mientras Europa salía debilitada, endeudada y con importantes zonas devastadas, Estados Unidos aumentaba su poder económico. Su producción creció un 12% entre 1913 y 1919, y los préstamos realizados a los aliados le convirtieron en el banquero del mundo.

Las causas del imperialismo: primera parte


Si bien se dieron episodios anteriores de gran expansión europea, como fue el caso de la Monarquía Hispánica, la Corona de Portugal o el propio Imperio Británico en América del Norte, a partir de mediados del XIX los estados occidentales se lanzaron a la conquista del globo. Las cancillerías europeas se convirtieron en el escenario donde los territorios de otros continentes -el caso más significativo fue el de África- quedaban repartidos entre las potencias imperialistas. A su vez, la rivalidad por ocupar mayor espacio, por obtener mayores riquezas y, especialmente, por tener mayor prestigio internacional, condujo a una escalada del nacionalismo que, a principios del siglo XX llevaría al estallido de la Primera Guerra Mundial. En este vídeo se repasan algunas de las causas del Imperialismo; más en concreto, las demográficas, económicas y tecnológicas. En las restantes clases se introduce la cuestión, se completan estas causas, se habla de las formas expansión de los imperios coloniales, del reparto de África y de las consecuencias de esto en la política interna de Europa.

 

La ciudad industrial del siglo XIX


Como consecuencia de la revolución industrial y de los cambios políticos acaecidos en los inicios de la sociedad contemporánea, se inició un proceso de transformación que puso fin a los estamentos. Aparecieron en su lugar las clases, grupos sociales organizados en función de la riqueza y el mérito. De entre ellos cabe destacar la burguesía y la clase trabajadora o proletariado, que sería el protagonista del movimientos obrero. En los siguientes minutos explicaremos los cambios en la ciudad de la época, centrándonos especialmente en los barrios burgueses y los ensanches. En otros vídeos abordamos cuestiones como la sociedad de clases, las características del movimiento obrero, ludismo, el origen del sindicalismo, el cartismo, socialismo utópico, marxismo, anarquismo e internacionales obreras.

 

La expansión de la industrialización al Continente


A mediados del siglo XVIII se inició en Gran Bretaña un intenso proceso de industrialización que llevó a la transformación radical de la forma de producir, distribuir y comercializar bienes y servicios. Posteriormente, esos cambios se extendieron al continente europeo, así como a otros territorios fuera del Viejo Mundo, como los EE.UU. o Japón. En este vídeo se aborda, precisamente, esa expansión de la revolución industrial al Continente, y más en concreto a Bélgica, Francia y Alemania. Los otros vídeos abordan el concepto y consecuencias de la industrializaciónlos inicios de ese proceso en Gran Bretañalas principales características, los cambios demográficos, la evolución económica occidental hasta 1870, la Larga Depresión de esa década, los planteamientos del liberalismo económico y los cambios económicos de finales del XIX.

 

Los cambios demográficos de la revolución industrial


A mediados del siglo XVIII se inició en Gran Bretaña un intenso proceso de industrialización que llevó a la transformación radical de la forma de producir, distribuir y comercializar bienes y servicios. Posteriormente, esos cambios se extendieron al continente europeo, así como a otros territorios fuera del Viejo Mundo, como los EE.UU. o Japón. Esta clase está dedicada a los cambios en la población, y más en concreto a la transición demográfica y las grandes migraciones. Los otros vídeos abordan el concepto y consecuencias de la industrializaciónlos inicios de ese proceso en Gran Bretaña, las principales características, la expansión al Continente, la evolución económica occidental hasta 1870, la Larga Depresión de esa década, los planteamientos del liberalismo económico y los cambios económicos de finales del XIX.

Los cambios demográficos del siglo XIX


Desde los últimos años del siglo XVIII hasta los primeros del XX, Europa experimentó un crecimiento demográfico continuo. Esto facilitó que su población pasará de 110 millones de habitantes en 1700, a 423 en 1900. Se trató, por tanto, del mayoría aumento de población en la historia del Viejo Continente.

Ese cambio fue posible gracias a factores como la mejora de la sanidad, la expansión de una cultura más higiénica, y el crecimiento económico experimentado por varios de los países europeos durante ese periodo.

Esto, en palabras de los expertos en demografía, facilitó el tránsito de un ciclo demográfico antiguo a otro moderno.

El paso al ciclo demográfico moderno

La demografía de tipo antiguo se caracterizaba por un crecimiento de población lento e irregular. Esto se debía a la existencia de una alta natalidad (35-40%), una alta mortalidad (30-40%), y la aparición de grandes crisis provocadas por hambres, guerras y epidemias.

A finales del siglo XVIII se inició un periodo de tránsito entre ese modelo y el conocido como ciclo moderno. La demografía de tránsito se caracterizaba por un crecimiento de población rápido y continuo.

Esto se debía al mantenimiento de una natalidad alta, al descenso de la mortalidad, y a la práctica desaparición de grandes crisis.

Con la consolidación del crecimiento económico y el cambio de mentalidad en la sociedad europea, surgieron notables modificaciones con respecto al modelo demográfico anterior. El descenso de la natalidad, y la reducción al mínimo de la mortalidad, acabaron por configurar una demografía de crecimiento lento y tendente al envejecimiento de la población.

Teorías explicativas del tránsito demográfico

Distinguimos dos tipos teóricos que tratan de explicar los cambios demográficos del siglo XIX: los centrados en el factor mortalidad, y aquellos que hacen hincapié en el aumento de la mortalidad.

El primero de estos modelos defiende que el crecimiento demográfico fue, principalmente, consecuencia del descenso de la mortalidad. Esta disminución surgió a causa de las mejoras sanitarias e higiénicas, los avances en la medicina, y la mejora del nivel de vida.

El tipo centrado en la natalidad defiende que, tras una crisis demográfica, como venía siendo habitual durante el medievo y la modernidad, se produjo un aumento de la natalidad; a esto se unió el descenso de la mortalidad. La consecuencia de ambos fenómenos fue un crecimiento demográfico sin precedentes.

Las grandes migraciones y el auge de las ciudades

La enorme movilidad de la población europea durante este periodo se debió principalmente al empuje demográfico, a la mejora del sistema de transportes, y a los cambios económicos que se estaban produciendo, tanto los referentes a los distintos sectores, como los de tipo regional.

De esta forma, se fueron desarrollando las grandes migraciones, tanto regionales como interregionales. Estas, si bien comenzaron a mediados del XVIII, no alcanzaron su cenit hasta el periodo que va desde 1850 a 1930.

Por su parte, el crecimiento de la población urbana estuvo muy ligado al desarrollo del mercado, la especialización económica y la concentración empresarial. Mientras que en el Antiguo Régimen predominaba el poblamiento de tipo rural, desde el siglo XVIII se advierte una inversión de las tendencias a favor del asentamiento urbano.

Así, en el tránsito del XIX al XX, nos encontramos ante un mundo occidental mayoritariamente urbano, en el que existen 135 ciudades con más de 100.000 habitantes.

El desarrollo económico como impulsor de la demografía

El enorme crecimiento demográfico experimentado por los países desarrollados durante este periodo, con el consiguiente incremento de productores y consumidores, trajo consigo importantes consecuencias positivas para la economía y el desarrollo industrial.

Sin embargo, no está de más una matización de esta afirmación, ya que la demografía no deja de ser un factor complejo y, en numerosas ocasiones, contradictorio.

En último término, si bien la revolución demográfica fue un factor fundamental para que se produzca la industrialización, también es verdad que podría haber sido causa de su estrangulación.

Este incremento de población, para que se dé la revolución industrial, ha de llegar en el momento adecuado en cada región, y ha de contar con posibilidades de emigración y de apertura al mercado internacional

Imperialismo: auge del predominio europeo


Como ocurre con frecuencia en la historia, para llegar a comprender en su totalidad un fenómeno planteado y desarrollado en un momento concreto, hay que dar marcha atrás en el tiempo y buscar las claves que lo han propiciado e impulsado. Esto ocurre, sin duda, en el proceso de expansión europea que se pone en marcha en torno a 1880.

En este caso, esa marcha atrás nos sitúa en el inicio de los años setenta, en ese momentos histórico que marca el comienzo de una nueva época para el mundo occidental.

En líneas generales, cabe afirmar que entre esa fecha (1870-1871) y el comienzo de la I Guerra Mundial (1914-1918), el continente europeo alcanzó su máxima plenitud en todos los sentidos: triunfo del liberalismo, reconocimiento de los derechos sociales, proceso de industrialización, desarrollo científico y técnico…

La expansión colonial durante la primera mitad del siglo XIX

En un principio la expansión colonial estuvo muy ligada al gusto por la aventura propio del romanticismo. Fue esa una época de claro protagonismo británico y, en menor medida francés. Sin embargo, ese no era todavía el momento del gran imperialismo, sino el de sentar las bases para el gran desarrollo del último tercio del siglo.

A partir de la década de 1870, y especialmente en la de 1880, las potencias europeas, los EE.UU. y Japón, se repartieron los territorios del mundo.

Únicamente los territorios de América Latina, que habían sido colonizados en los siglos XV y XVI, y emancipados a comienzos del XIX, quedaron al margen de este proceso.

Teorías sobre el imperialismo

En términos generales, las corrientes de análisis sobre el fenómeno imperialista pueden agruparse en torno a cuatro variables.

La primera de ellas hace hincapié en la proliferación de las políticas de prestigio impulsadas por el auge del nacionalismo.

Desde la perspectiva económica se explica el imperialismo como consecuencia de la crisis de 1873, surgida a raíz de la saturación de los mercados. Ante esta situación, las potencias comerciales comenzaron a buscar nuevos espacios para sus economías. No obstante, la objeción que comúnmente se ha lanzado contra esta teoría es que la ocupación de territorios coloniales no siempre rentable.

Las otras dos teorías sobre el fenómeno imperialista se basan en la demografía –la necesidad de dar salida a la superpoblación de la metrópoli- y en la ideología racista que sostenía la superioridad del hombre blanco y su responsabilidad en la instrucción de las restantes culturas y razas.

Tipología de la colonización

Atendiendo a la ocupación del territorio, el gobierno del mismo y la explotación económica, podemos distinguir los siguiente tipos de colonización:
  • Colonia; territorio en el que se implanta un gobierno y una administración de la metrópoli; sometiéndose de esta manera totalmente la población nativa a estos nuevos organismos.
  • Bases económicas; lugares sobre los que se establece un control económico, pero no político.
  • Colonia de poblamiento; relativo al traslado de grandes contingentes humanos desde la metrópoli a los territorios coloniales a causa de la superpoblación del país colonizador.
  • Bases de carácter estratégico, generalmente pequeños enclaves destinados al mantenimiento de una guarnición militar; bien por razones estratégicas o comerciales.
  • Protectorado; territorio en el que, a pesar de la existencia de una estructura política y cultural de origen antiguo, se asientan tropas de las grandes potencias con el fin de prestar ayuda a esos regímenes. Esto supone por tanto el control militar y explotación económica de ese territorio.

La Conferencia de Berlín (1884-1885)

A medidos de siglo XIX los europeos, que hasta ese momento se habían contentado con el control de enclaves costeros, comenzaron a ocupar el interior del continente africano. Para ello utilizaron, como vías de penetración, los grandes ríos: los belgas el Congo, los franceses el Senegal, y los ingleses el Níger.

Mientras esto sucedía en el África central, el norte del continente también empezó a cobrar una enorme relevancia para las grandes potencias. Así, rivalidades en torno a las cuestiones de Argelia, Túnez, y el canal de Suéz, pasaron a un primer plano en las relaciones internacionales de la época.

Este proceso de ocupación de África dio lugar a la Conferencia de Berlín, que, bajo el patrocinio de Bismarck, trataba de dar respuesta a los roces surgidos entre las naciones europeas.

De esta manera, entre noviembre de 1884 y febrero de 1885, los europeos se repartieron África. Bajo la bandera del entendimiento mutuo, las potencias fijaron las zonas de influencia y las normas de las nuevas actuaciones en aquel continente.

Transformaciones económicas y cambios sociales la España del siglo XIX


Introducción

Durante el siglo XIX España experimentó una serie de transformaciones políticas, económicas y sociales. De entre ellas cabe destacar, por su importancia, las siguientes:
  • Introducción de nuevas técnicas y modos de producción agrícola.
  • Aparición de una industria moderna, basada en la maquinaria y la fábrica.
  • Sustitución de la monarquía absoluta por una de tipo parlamentaria y constitucional.
  • Desaparición de la Inquisición y de los derechos señoriales.
  • Sustitución de la vieja sociedad feudal por una sociedad de clases.

Ese conjunto de cambios siguieron las pautas de los experimentados por otros países de Europa occidental. Se trataba, pues, de un proceso de modernización que hundía sus raíces en la revolución liberal y la industrialización. Ahora bien, España no alcanzó el mismo grado de desarrollo que los países de su entorno.

La agricultura, y no la industria, continuó siendo la principal actividad económica. La modernización tampoco alcanzó su plenitud en el ámbito político, donde el régimen parlamentario no terminó de afianzarse, tanto como consecuencia de los sucesivos pronunciamientos y golpes de Estado como por la manipulación de los resultados electorales a través de prácticas como el caciquismo, el encasillado o el pucherazo.

En cierto modo puede hablase de un atraso o fracaso del proceso de modernización e industrialización, pues esta no se inició hasta bien entrada la década de 1830.

Ahora bien, partiendo de unos niveles de desarrollo inferiores a los de los países de su entorno -fruto de atraso al que nos hemos referido-, la industria española experimentó un importante avance a finales de siglo. Dentro de este fenómeno cabe destacar la industria siderúrgica vasca, las fábricas textiles catalanas y la explotación minera asturiana y andaluza. Además, gracias a la inversión extranjera, el país pudo contar con una moderna red de ferrocarril y carreteras.

El proceso de modernización experimentado por el país afectó también a la demografía. A pesar de los sucesivos conflictos bélicos, se produjo un aumento constante de la población. Este fenómeno fue especialmente llamativo en las ciudades, que se convirtieron en el destino de las personas que emigraban desde el medio rural.

De esta forma, muchas urbes superaron los límites de sus antiguas murallas, al tiempo que iniciaban los planes urbanísticos de «ensanche». Ahora bien, junto a la ciudad burguesa, de estructura ortogonal y cómodas avenidas, surgieron los insalubres y marginales barrios obreros en el entorno de las fábricas.

Por último, hemos de mencionar la evolución de la estructura social que, como comentamos anteriormente, abandonó el criterio estamental. El grupo social, la clase, pasó a ser el criterio de diferenciación. De esta manera, como en el resto de los países industrializados, surgió en España el proletariado o clase obrera, formada por los trabajadores de las fábricas.

Poco a poco esto fueron agrupándose y organizándose en sindicatos con el fin de mejorar sus condiciones de vida y  defender sus derechos.

Aspectos que condicionaron el desarrollo económico

Geográficos. Desde este punto de vista España presentaba como ventajas una óptima localización para el comercio exterior y una gran riqueza del subsuelo; sin embargo, las dificultades orográficas complicaban el desarrollo del comercio interior y el suelo agrícola era pobre y árido.

Demográficos. A pesar del crecimiento constante de la población, el ritmo fue menor que en Europa. La distribución por regiones fue muy desigual. Además predominaba la población activa agrícola, a pesar de que se produjo un importante crecimiento de la población urbana.

Sociales. La nobleza se aburguesó, ya que la base económica continuó siendo la tierra. Por su parte la burguesía optó también por invertir en latifundios en detrimento de la industria. En el campo se produce un incremento notable de asalariados que polariza la sociedad.

Infraestructuras. La descapitalización y el endeudamiento del Estado será una constante, así como los elevados costes de los transportes y la producción energética.

La propiedad. La mayor parte de la tierra cultivable estaba inmovilizada a comienzos del siglo XIX.

Los procesos de desamortización

A comienzos del siglo XIX, la propiedad de la tierra en España presentaba una estructura heredada de la Edad Media que tenía como rasgo fundamental la gran desigualdad entre los distintos grupos sociales.

Entre los grandes propietarios se encontraban la Corona, la Iglesia (manos muertas), los nobles (mayorazgos) y los municipios o concejos. Durante el Antiguo Régimen los terrenos de los estamentos privilegiados estaban exentos de pagar impuestos y mal explotados. Por lo tanto, no es de extrañar que desde finales del siglo XVIII se viera en la desamortización -incautación por el Estado de bienes de la Iglesia, de la Corona y de los municipios que eran nacionalizados y después se vendían en pública subasta- una vía para aumentar los ingresos de la Hacienda, primero por la venta de los terrenos y después a través de los impuestos.

Además en el siglo XIX hay un grupo social que quiere maximizar esa riqueza y desea apoderarse de esas tierras: la burguesía liberal. De ahí que con el triunfo de los liberales triunfen las desamortizaciones.

Las primeras actuaciones desamortizadoras se remontan a finales del siglo XVIII, y más en concreto a la política llevada a cabo por Manuel Godoy entre 1798 y 1808. Estas afectaron fundamentalmente a la Iglesia y tenían como principal objetivo recaudar dinero para hacer frente al endeudamiento de la Hacienda. Sin embargo, durante el reinado de Fernando VII se detuvo la desamortización de bienes eclesiásticos y se inició un segundo proceso centrado en los bienes de particulares.

Las desamortizaciones de la primera mitad del siglo XIX estuvieron acompañadas de una serie de medidas encaminadas a suprimir los privilegios del Antiguo Régimen: vinculaciones, régimen señorial, diezmos….

La primera fue la que afectó a los bienes de la Iglesia y la llevó a cabo el liberal progresista Mendizábal en 1836. No en vano, las desamortizaciones eclesiásticas sirvieron para debilitar a la Iglesia, que apoyaba la causa carlista. La segunda y más importante fue la que afectó fundamentalmente a las tierras comunes de los Ayuntamientos. Esta tuvo como protagonista al ministro progresista Pascual Madoz, y tuvo lugar en 1855.

Ambas podrían haber creado una nueva clase de pequeños propietarios agrícolas, pero no fue así. Las tierras nacionalizadas fueron vendidas en pública subasta, pagándose con deuda pública la de Mendizábal, y con dinero la de Madoz.

Esas tierras desamortizadas pasaron en su mayor parte a la antigua nobleza, que se vio compensada por la pérdida de sus prebendas jurisdiccionales al ser indemnizada con títulos de la deuda. También se vio favorecida la alta burguesía, que había apoyado a los liberales en la guerra carlista, y en menor medida, los medianos propietarios. Muchas de las tierras desamortizadas quedaron en manos de los hasta entonces insignificantes gobernantes locales que pasaron a convertirse en auténticos caciques.

Desde el punto de vista agrario, no se contribuyó a la racionalización del tamaño de la propiedad, es más se contribuyó a reforzar el latifundio y el minifundio en zonas donde anteriormente existían. No se modernizó la agricultura, ni se invirtió en nueva tecnología. La agricultura siguió siendo tradicional y explotada por jornaleros sin tierra.

Una de las principales consecuencias sociales de las desamortizaciones fue que los campesinos sin tierra vieron empeorada su situación. Quedaron a merced de la explotación de los terratenientes y sin posibilidad de emigrar a las ciudades por no producirse un desarrollo industrial paralelo. Todo ello generó  el caldo de cultivo revolucionario donde harían su agosto las ideologías anarquistas.

En resumen, el proceso de desamortización de la tierra fue un proceso largo, que duró aproximadamente cien años, (casi hasta finales del siglo XIX), y supuso la abolición de las instituciones jurídicas que sostenían el Antiguo Régimen, un gran trasvase de la propiedad y la consolidación de una estructura agraria (agricultura tradicional) vigente hasta el siglo XX.

Industrialización y modernización de las infraestructuras.

Para una buena parte de los países europeos, el siglo XIX resultó una época de profundos cambios económicos concentrados en la industrialización. Por el contrario, a finales del siglo XIX, la economía española seguía teniendo rasgos de atraso económico evidente:

  • Una agricultura arcaica y con bajos rendimientos se mantenía en el centro de la vida económica.
  • El mercado interior era incapaz de absorber la propia producción industrial.
  • La falta de una red de transportes y comunicaciones eficaz que hubiera facilitado y abaratado los intercambios.

La consecuencia de todo ello fue que, mientras los granos de Castilla se pudrían en los graneros, Cataluña o Valencia debían importarlos del extranjero. Mientras Asturias no encontraba compradores para su hulla, los campesinos castellanos debían quemar la paja en sus hogares, tan necesaria como era para el abonado del campo. Es decir, se fomentaba el estancamiento energético por un lado y el inmovilismo agrario por otro y, al mismo tiempo, se establecía una balanza comercial desfavorable con el extranjero.

En realidad todo remitía a un mismo problema: la inadaptación del sistema político y social a las nuevas realidades económicas, planeadas tras las pérdidas de las colonias americanas.

No obstante, a lo largo de la centuria hubo importantes intentos de avance económico que comportaron el nacimiento de significativos focos industriales. Dos fueron las zonas pioneras: Cataluña y País Vasco. Y dos también las industrias más importantes: la textil y la siderurgia. Junto a ellas la minería conoció un auge digno de reseñar.

La revolución industrial española fue más tardía y menos potente que la del resto de Europa occidental. Las causas hay que buscarlas en la inestabilidad política, las destrucciones de la guerra de la Independencia y de las guerras carlistas, y en la inexistencia de una burguesía moderna y abundante que prefirió invertir en la compra de tierras (desamortizaciones) antes que en la industria.

España, desde los fenicios, ha sido tierra de exportación de su riqueza minera (cobre, estaño, oro, hierro, mercurio…). Durante el siglo XIX, y sobre todo a partir de 1868 (Ley de Minas, desamortización del subsuelo), van a ser los capitales extranjeros (principalmente británicos) los que van a venir a explotar la minería y montar las primeras fundiciones para ese mineral. Los capitales extranjeros se sintieron especialmente atraídos por las zonas mineras de Huelva, Cartagena y Vizcaya.

Los capitales acumulados por la exportación de mineral de hierro vasco y la baratura del carbón británico serán el origen de la gran siderurgia vasca (Altos Hornos de Vizcaya, 1902).

El inicio de la explotación del carbón asturiano va a crear una industria siderúrgica moderna, que en el caso de Vizcaya, va a ayudar a la instalación en sus costas de los más potentes astilleros del país (Euskalduna).

Por otra parte en Cataluña van a aparecer una serie de empresarios textiles que van a modernizar el proceso productivo textil y van a crear modernas empresas en este sector. Todos estos procesos productivos estaban favorecidos por una política de proteccionismo económico.

La industria se centrará en estos dos focos principalmente. En determinados núcleos urbanos surgirán pequeñas industrias de carácter local y ligadas a los bienes de consumo y a la reparación de maquinaria. Serán pequeños oasis industriales en una sociedad agraria.

Desde mediados del siglo XIX la atormentada geografía hispana mejoró un poco su sistema de comunicaciones.

Se mejoraron algo las “carreteras” (nada que ver con las actuales) y se construyeron más de 40.000 km. Pero mucho más importante fue el nacimiento del ferrocarril que posibilitó la creación de un mercado nacional mucho más especializado e intercomunicado. Se pueden distinguir dos periodos: antes y después de la Ley de Ferrocarriles de 1855.

Antes de 1855 se diseñó una red radial con un ancho diferente al europeo. Se constituyeron numerosas compañías ferroviarias que respondían a un movimiento especulador. Se construyeron muy pocos kilómetros y la mayoría respondían a los intereses de las oligarquías rurales. Los primeros trayectos fueron Barcelona-Mataró en 1848, Madrid-Aranjuez en 1851 y Gijón-Langreo 1855.

La Ley General de Ferrocarriles de 1855 permitió a compañías extranjeras la construcción y explotación de los ferrocarriles originó una oleada constructora. Todas las grandes líneas fueron financiadas por capitales extranjeros (belgas y franceses principalmente) que tuvieron grandes ventajas económicas. Bilbao-Tudela por Miranda en 1857, Madrid-Irún, en 1874, Madrid-Zaragoza-Alicante-Barcelona, etc.

Crecimiento demográfico y cambio social

A lo largo del siglo XIX, la población española creció considerablemente, pasó de diez a veinte millones de habitantes, aunque lo hizo a un ritmo más lento que los países más industrializados de Europa occidental, ya que se mantuvieron arcaísmos demográficos (hambrunas hasta 1882, epidemias, elevada mortandad infantil).

Este crecimiento fue desigual por regiones, fue mayor en el norte que en el sur, y en las zonas periféricas que en el interior, a excepción de Madrid.

El aumento de población en las ciudades hizo necesario romper sus antiguas murallas. Se proyectaron ensanches urbanos como los realizados por Arturo Soria en Madrid o Ildefonso Cerdá en Barcelona. No obstante, la mayor parte de la población siguió siendo agraria.

La sociedad también se transformó y los estamentos propios del Antiguo Régimen dieron paso a la moderna división de clases propia de una sociedad capitalista.

La nobleza, que había perdido sus antiguos derechos señoriales pero que había acrecentado su poder económico gracias a la desamortización, se integró en los grupos dirigentes de la sociedad burguesa.

La Iglesia perdió gran parte de su poder económico al disolverse algunas órdenes religiosas y perder sus bienes con las desamortizaciones. Perdió también influencia social entre la nueva clase proletaria y entre sectores intelectuales.

Las clases burguesas adquirían el papel de nuevas clases dirigentes con la nueva estructura social que se fue configurando a lo largo del siglo XIX. Si a principios de siglo adoptó posturas políticas que tendía a acabar con los antiguos privilegios de la Iglesia y la nobleza, desde mediados de siglo se produjo un desplazamiento hacia posiciones cada vez más conservadoras.

La alta burguesía enriquecida en parte por la desamortización perdió toda iniciativa empresarial y tendió hacia modos de vida rentista buscando el ennoblecimiento y la equiparación social con la antigua aristocracia.

Las llamadas clases medias fueron un sector poco numeroso constituido por pequeños comerciantes, empresarios industriales, abogados, médicos, etc., que ocuparon la cúspide social de las ciudades.

La pequeña burguesía, tenderos, artesanos, funcionariado, etc., constituyeron grupos en los que se apoyaban las alternativas políticas liberal-progresistas. Imitaban las foras de vida de la alta burguesía, aunque de forma más modesta.

La mayor parte de la población (clases populares) estaba constituida, en primer lugar, por el campesinado, y, en las zonas industrializadas, por los obreros industriales.

Los campesinos, en gran parte jornaleros, continuaron ocupando el estrato más bajo de la escala social. Sus condiciones de vida eran miserables, lo que provocó numerosas revueltas en el campo (creación de la Guardia Civil en 1844 para mantener el orden de las zonas rurales).

El número de obreros industriales creció enormemente a partir de 1840, sobre todo en Cataluña. Antiguos campesinos y artesanos emigraron a las ciudades (éxodo rural) en busca de mejores condiciones de vida y salarios más altos. Sin embargo, las condiciones de trabajo en las fábricas y de vida en sus míseras viviendas son tan terribles que poco a poco van tomando conciencia de su injusta situación y se van agrupando en asociaciones que defiendan sus derechos: sindicatos (los primeros sindicatos ilegales surgen en Cataluña y participarán a partir de 1842) y en mutuas obreras. Los gobiernos moderados los perseguirán.

Había también un sector de la población marginado: mendigos que iban de una ciudad a otra (cerca de 100000 pobres).

En este contexto surge el movimiento obrero español. Durante el siglo XIX y gracias a la libertad de asociación surgirán en Gran Bretaña y Francia sindicatos (Trade Unions británicas) y diferentes movimientos socialistas (cartismo, socialismos utópicos, socialismos marxistas y anarquistas). Todos ellos pedían una transformación del sistema capitalista y una mejora en la situación de la clase obrera.

Entre esos movimientos, los que más trascendencia han tenido son el marxismo y el anarquismo, que se desarrollaron en la segunda mitad del siglo XIX.

El marxismo (Karl Marx) era un socialismo revolucionario. Su ideología partía de que la clase burguesa estaba explotando a la clase obrera (proletariado) mediante la apropiación de la plusvalía del trabajo. Los obreros deberían tomar conciencia de dicha explotación, organizarse en partidos y sindicatos de clase y, cuando el sistema capitalista entrara en crisis, conquistar el poder y establecer una dictadura del proletariado como paso previo a un Estado que controlara los medios de producción y regulara las condiciones laborales.

El anarquismo partía de la base de que el Estado era el sostén de la clase burguesa y de que había que destruirlo para alcanzar la libertad. Deberían desaparecer el Estado, la Iglesia, la “familia burguesa” y la propiedad privada. El individuo libre y responsable se organizaría en comunas autogestionarias. Dentro del anarquismo surgieron dos corrientes distintas: una pacifista que se basaba en los sindicatos asamblearios y en la expansión de sus ideas, y otra partidaria del terrorismo. La península estuvo al margen de estos movimientos.

En 1864 todas las corrientes socialistas crearon la Asociación Internacional de Trabajadores o I Internacional que reunida en Londres en 1864, donde se enfrentaron los presupuestos marxistas y anarquistas. En la fundación de la Internacional participaron algunos españoles a título individual. Cuando en España se produce la revolución de 1868 comienzan a llegar periódicos y propagandistas de la Internacional.

Paul Lafargue, yerno de Marx, extendió los planteamientos marxistas que calaron en Madrid, País Vasco y Asturias. La figura más importante del marxismo español fue Pablo Iglesias que fundará el P.S.O.E. en 1879 y la U.G.T. en 1888. Pedían la intervención del Estado y la nacionalización de los sectores económicos más importantes.

Giuseppe Fannelli extendió los planteamientos anarquistas por Cataluña, Levante y entre los jornaleros agrarios del centro y del sur; no quieren un Estado que controle todo, ya que entienden que es una atadura para la libertad total, esa corriente no es un partido político ya que están en contra de ellos, pero sí un sindicato. Surgirán multitud de pequeños sindicatos y revistas sin conexión entre ellas. Tras la Semana Trágica formarán el sindicato de la C.N.T. en 1910.

La mayor parte de la población, por su falta de formación y por la dispersión geográfica, no participó en la lucha política. La existencia del voto censitario (sólo podían votar los que tuvieran un determinado nivel de renta) les alejó de la participación política durante el reinado de Isabel II. Durante el Sexenio Revolucionario comienza la participación en política.

La falta de instrucción y de preparación hicieron que la mayor parte de la población estuviese más cercana al «mesianismo anarquista» que a la formación de partidos y sindicatos. Las duras condiciones de vida, la perdida de las tierras comunales y las hambrunas hicieron que las clases más pobres fuesen partidarias y promoviesen levantamientos y algaradas.

La participación de las masas en el movimiento cantonal fue el germen de la posterior movilización popular a finales del siglo XIX.

La Guerra de Independencia

Esta entrada forma parte de un conjunto de artículos sobre la España de Fernando VII. Para leer los restantes textos dedicados a esta cuestión, haz clic aquí.


España en la política napoleónica

Ante la necesidad de neutralizar la preponderancia marítima británica, Napoleón se decidió a aplicar una política de bloqueo continental a toda embarcación y producto de las islas. En este contexto la posición geoestratética de las naciones ibéricas adquiría una importancia vital. Esto nos ayuda a comprender mejor el interés francés por controlar España y Portugal.

Sin embargo, los planes de Napoleón con respecto a estos dos países fueron evolucionando según se desarrollaba su enfrentamiento con los británicos. Distinguimos tres fases dentro dentro de este proceso: intervencionista –control de los puertos marítimos-, desmembracionista –reparto de la Península según lo pactado en Fontainebleau (1807)- y sustitutiva –derrocar a los Borbones para sustituirlos por la dinastía Bonaparte.

El Motín de Aranjuez (19 de marzo de 1808) fue la primera reacción de los patriotas españoles ante las maniobras francesas.

Sin embargo, este suceso no está exento de una amplia dósis de maquiavelismo por parte de Fernando VII –conspira contra su padre- y de mitificación por parte de la historiografía nacionalista.

Se habla de un amplio apoyo por parte del pueblo –un levantamiento popular-, cuando realmente se trató de una revuelta promovida por un importante número de nobles descontentos con la política de Godoy. El caso es que la deteriorada figura del valido arrastró al propio monarca, que no tuvo más remedio que abdicar.

De Bayona al 2 de mayo

A los sucesos de Aranjuez siguieron los de Bayona (1 de mayo de 1808). Napoleón decidió imponer su criterio y convocó a Fernando VII y Carlos IV con el fin de poner solución a la crisis monárquica española. Cumplió, en definitiva, su programa sustitucionista: Fernando abdicó en su padre, y este lo hizo en la persona de Napoleón. El emperador se convirtió así en arbitro y dueño de la Corona, que irá a parar a manos de un rey manejable y afín, su hermano José. Con la desaparición de los Borbones del mapa político español comenzaron a derrumbarse las instituciones propias del Antiguo Régimen.

La Junta de Gobierno -constituída por Fernando VII antes de viajar a Bayona-, el Consejo de Castilla, las Audiencias y las Capitanías Generales, se pusieron al servicio de la nueva autoridad venida del otro lado de los Pirineos.

Sin embargo, la ausencia del rey, piedra angular del sistema, generó tal vacío de poder que pronto las instituciones comenzaron a hacer dejación de sus funciones. Ese vacío tuvo también su eco en las colonias americanas. Allí, al igual que en la Península, fueron surgiendo nuevas autoridades que, con el tiempo, se convirtieron en la base de la independencia.

Cuando el último Borbón salió de Madrid el pueblo se levantó contra las autoridades francesas; era 2 de mayo.

Las tropas de Murat entraron en la capital con el fin de acabar con una reacción nacionalista que pronto se propagó por todo el país. En poco tiempo surgió el movimiento juntista, consecuencia del vacío de poder y de los movimientos de mayo. Se trataba de un fenómeno dominado por las élites ilustradas que trataba de articular la espontánea aparición de las Juntas Provinciales.

Destacó en el ordenamiento de todo ese maremagnum inicial el liderazgo de Cuesta, Palafox y la Junta de Sevilla. Se desechó la posibilidad de establecer una Regencia, quedando una Junta Central, formada por representantes provinciales, como depositaria de los poderes de la nación. Bajo la autoridad de esta se encontraban las trece Juntas Supremas y las citadas Juntas Provinciales. El objetivo de esta nueva estructura estatal era la defensa de la nación frente al invasor francés, pero también desarrollar en España el ideario liberal. En cierto modo se trataba de un gobierno revolucionario.

Aspectos militares

La invasión francesa dio comienzo en el verano de 1808. Desde el principio quedó patente la desigualdad –en cuanto armamento, organización y estrategia- de las fuerzas que se enfrentaban. No hemos de olvidar que los ejércitos napoleónicos se paseaban trinfantes por Europa, mientras que España estaba sumida en esos años en una profunda crisis.

Sin embargo, los franceses erraron en sus planteamientos. Pensaron que se encontraban ante un guerra dieciochesca en la que bastaba cambiar la dinastía reinante y hacerse con el control de la Corte. No contaron con la irrupción de las ideas nacionalistas. Estas condujeron al pueblo español a una resistencia masiva contra el invasor, obligándole a conquistar el territorio palmo a palmo.

La primera campaña napoleónica en España tuvo el siguiente itinerario:

Avance rápido desde los Pirineos hasta Madrid, donde es proclamado rey José I; fracaso en Cataluña y Aragón por la resistencia de Zaragoza y Gerona; derrota de Dupont ante Castaños y Cuesta en la batalla de Bailén. A todo esto hay que añadir el poderío naval español, cuya base era Cádiz, y la existencia de un gobierno que coordinaba la resistencia desde Sevilla. Ante este panorama los ejércitos franceses se replegaron hasta la frontera, y José I abandonó el país.

Sin embargo, esto era más un movimiento estratégico que una derrota real. Napoleón decidió poner fin al conflicto español, y para ello cambió de estrategia. Él mismo se puso al frente de un contingente de 250.000 hombres con los que planeaba realizar un movimiento envolvente hacia Madrid, y desde allí en dos direcciones: una a Galicia y la otra a Zaragoza. Los invasores cumplieron sus objetivos, siendo José I restituído en su trono.

Desde ese momento, y con Sevilla en manos del enemigo, los patriotas españoles plantearon una guerra de desgaste cuya principal arma fue la guerrilla.

La guerra de desgaste se prolongó desde 1809 hasta el final de 1811. Los franceses fueron ocupando el país –el levante, Andalucía, las costa atlántica…-, pero encontraron en su camino una dificultad muy seria: la guerrilla. Este fenómeno masivo, favorecido en sus acciones por la abrupta orografía española, obligó a los mandos franceses a ocupar, de manera dispersa, a buena parte de sus contingentes. La sociedad española se transformó durante unos años en una sociedad militar.

El final de la guerra comenzó a vislumbrarse en 1812, aunque los invasores no abandonaron el país hasta 1814. Los españoles, con la ayuda británica, fueron reorganizando la resistencia desarticulada con la ofensiva napoleónica de 1809. Esto permitió que se produjeran las victorias de Arapiles, Vitoria y San Marcial; preámbulos de la paz de Valençay y del regreso de Fernando VII.

Consecuencias de la Guerra

La Guerra de Independencia marcó el inició del fin del Antiguo Régimen y el comienzo de la construcción de un nuevo sistema. Las bases del liberalismo y del nacionalismo español del XIX se pusieron entre 1808 y 1814. Sin embargo, el conflicto tuvo muchas otras consecuencias:

  • Derrumbe de la Hacienda.
  • Desindustrialización; desaparición de los núcleos de carácter protoindustrial construidos durante el periodo ilustrado.
  • Desurbanización y destrucción de las infraestructuras.
  • Crisis demográfica; efectos directos -medio millón de muertos- e indirectos.
  • Pérdida de prestigio internacional y de las colonias; potencia de tercer o cuarto orden.

Bibliografía:

[1] Historia Contemporánea de España II; Javier Paredes (Coord.) – Madrid – Ariel – 2005.

[2] Historia Contemporánea de España II; José Luis Comellas – Madrid – Rialp – 1986.

[3] Historia de España; José Luis Martín, Carlos Martínez Shaw, Javier Tusell – Madrid – Taurus – 1998.

[4] Las Cortes de Cádiz; Federico Suárez Verdeguer – Madrid – Rialp – 1982.

Kosovo: una discrepancia historiográfica

Artículo publicado por Historia en Presente el 9 de junio de 2008.


Voy a completar el repaso iniciado en este blog sobre la cuestión de Kosovo con dos artículos más. El primero de ellos –el que publico hoy- aborda el tema desde una perspectiva historiográfica; es decir, la interpretación del pasado de la región desde el punto de vista de los historiadores serbios y albaneses. El segundo de ellos, que publicaré en las próximas semanas, tratará de recoger los aspectos más significativos de la Historia kosovar durante el siglo XIX. Para escribir ambos textos me he basado en la información contenida en los libros que cito en la bibliografía. Sin embargo, debo reconocer que estos artículos siguen muy de cerca los planteamientos del profesor Carlos Taibo en “Guerra en Kosovo”.

Kosovo según los albaneses

Los historiadores albaneses consideran a su etnia descendiente directa de los ilirios de época clásica. La provincia romana de Iliria ocupaba el territorio que va desde el Danubio hasta el Adriático, alcanzando su límite septentrional en la actual Macedonia. Este pueblo se vio obligado a retroceder hacia la costa como consecuencia de las invasiones eslavas del siglo VI [6]. Sin embargo, con la conquista otomana de los Balcanes, pudieron regresar a su antiguo hogar en los siglos XV y XVI.

La historiografía albanesa sostiene que, bajo la protección del Islam, la región de Kosovo comenzó a repoblarse de albaneses. Desde ese momento superaron a los eslavos, convirtiéndose en la etnia mayoritaria de la región; situación que se mantiene hoy día.

Según la visión albanesa expuesta anteriormente, los serbios serían una etnia invasora y ajena a Kosovo y al resto de los Balcanes. Estos habrían desarrollado a lo largo de varios siglos, y especialmente a partir del XIX, una labor claramente hostil a la población autóctona. Su gran pecado habría sido tratar de dividir a los albaneses en distintos estados –Kosovo, Macedonia, Montenegro, Albania…- con el fin de obstaculizar la construcción de un gran estado propio [4].

Kosovo según los serbios

Los historiadores serbios, como es lógico, discrepan de la visión expuesta anteriormente. Según ellos, los albaneses no serían más que el conjunto de pueblos suroccidentales de los Balcanes que en su cruce de los ilirios formaron un nuevo grupo étnico. Reconocen la presencia de estos en la costa del Adriático en épocas anteriores a las invasiones eslavas. Sin embargo, niegan su relación con Kosovo hasta bien entrado el siglo XVII; es decir, al amparo de las conquistas otomanas. La historiografía de serbia los acusa de jugar, hasta el siglo XIX, el papel de punta de lanza de la colonización islámica que tanto mal les hizo.

Por tanto, para los serbios Kosovo es un territorio que les pertenece por “derechos históricos” desde que, en el año 1389, se libró la batalla de Kosovo-Polje [3].

Ellos se consideran la población autóctona de la región. Es más, la represión a la que se vieron sometidos durante siglos no ha hecho más que acrecentar el mito de la vinculación del espíritu de Serbia a Kosovo, así como el odio al invasor albanés. Esto último no sólo surge de la oposición entre ambas etnias; también se basa en el carácter oportunista de los albaneses; primero se aprovecharon de la presencia otomana, y más tarde se mostraron fieles servidores del poder autro-húngaro [6], claramente contrario a los serbios.

Breve conclusión

Es indudable el carácter nacionalista de los dos puntos de vista expuestos anteriormente; razón por la que no podemos fiarnos a pies juntillas de ninguno de ellos. Sin embargo, una lectura crítica de los postulados de cada grupo nos permite ver algo de luz en medio de tantos argumentos contrapuestos. Parece evidente que los albaneses, bien fueran ilirios o miembros de otra etnia, estaban en los Balcanes antes de la llegada de los serbios. Controlaban tan sólo una pequeña región cercana al Adriático que, tal vez, llegase hasta el propio Kosovo.

Esta claro, ya que lo afirman ambas versiones, que los albaneses fueron desplazados hacia el oeste por la invasión eslava del siglo VI.

Con la llegada musulmana, y gracias a su conversión mayoritaria al Islam y a su fidelidad a la Sublime Puerta, recuperaron algunos de sus antiguos territorios. No obstante, parece inexacto considerar que ya en el siglo XVII eran mayoría en Kosovo; sobre la cuestión mantengo lo enunciado en mi artículo De Kosovo a Kosova: una visión demográfica. En este sostenía que hasta mediados XIX los serbios habían sido la etnia mayoritaria de la región [3].

Además, parece poco creíble la postura albanesa de considerar que sus antepasados volvieron diez siglos después a sus antiguos territorios. Puede que en el pasado hubieran habitado allí, pero de ahí a tener conciencia de regresar al hogar mil años después es poco probable.

En definitiva, el pasado de ambos pueblos se entrecruza constantemente a lo largo de los últimos siglos. En muchas ocasiones adquiere un carácter mítico, y siempre, en ambos casos, un tono victimista. Nos encontramos, pues, ante un clásico puzzle balcánico en el que la Historia se utiliza y transforma para convencer al resto del mundo de lo honorable de la propia postura.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus -2006.

[3] La Europa balcánica. Yugoslavia, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días; Ricardo M. Martín de la Guardia y Guillermo A. Pérez Sánchez – Madrid – Síntesis – 1997.

[4] La trampa balcánica; Francisco Veiga – Barcelona – Grijalbo – 2002.

[5] Los conflictos yugoslavos. Una introducción; Carlos Taibo y José Carlos Lechado – Madrid – Fundamentos – 1993.

[6] Guerra en Kosovo; Carlos Taibo – Madrid – Catarata – 2002.