La Guerra Civil (1936-1939)

1. Introducción.

En 1936, incluso antes de que tuvieran lugar las elecciones que dieron el triunfo al Frente Popular, grupos de militares se habían reunido para planificar un golpe de Estado en caso de que las izquierdas alcanzaran el gobierno.

El general Mola, relegado por el Gobierno de la República al Gobierno Militar de Pamplona, actuó como organizador. Este contaba con muchos oficiales de la UME (Unión Militar Española, especie de asociación clandestina de oficiales antirrepublicanos) distribuidos por todo el territorio.

El prestigioso general Sanjurjo, entonces exiliado en Lisboa, tomaría el mando superior. Los planes debían estar muy avanzados el 10 de julio cuando el periodista de ABC, Luis Bolín, alquiló un avión (Dragon Rapide) con el que se dirigiría a Canarias para trasladar a Franco a Marruecos.

El 12 de julio se produjo un doble asesinato político que aumentó la tensión en el país. Pistoleros falangistas asesinaron al teniente Castillo, que había dado muestras de un acendrado republicanismo. Sus compañeros, los Guardias de Asalto, contestaron asesinando al diputado monárquico Calvo Sotelo.

2. La sublevación militar y el estallido de la Guerra Civil.

Los sucesos del 18 de julio de 1936 se situaban en la línea de los pronunciamientos militares de tradición decimonónica. Si bien, con el tiempo, recibió el nombre de Alzamiento Nacional. Los militares tenían intención de declarar el estado de guerra en las principales con las fuerzas de las distintas guarniciones y, ocupada Madrid, obligarían a un cambio de gobierno. Hablaban de restablecer el orden y evitar una presunta revolución comunista que se estaba gestando en la República del Frente Popular.

Los militares sabían que podían contar para ello con el apoyo del sector conservador de la sociedad: terratenientes, grandes latifundistas, el mundo de la Banca, industriales, la Iglesia, los carlistas-tradicionalistas, Falange… Es decir, aquellos que querían poner fin a la experiencia republicana reformista.

El pronunciamiento se inició el 17 de julio en los cuarteles de Melilla y al día siguiente había triunfado en el resto del Protectorado. El Gobierno de Casares Quiroga fue informado de forma inmediata de todo lo sucedido, sin embargo, en un primer momento, no se atrevió a tomar ninguna medida.

El día 18 llegó el general Franco desde Canarias y tomó el mando del ejército de África, el más preparado y mejor armado de la República. Al conocer esta noticia, se sublevaron otros jefes militares: Mola en Pamplona, Queipo de Llano en Sevilla, Goded en Mallorca, Cabanellas en Zaragoza…

El pronunciamiento triunfaba, en líneas generales, en Castilla la Vieja-León, Navarra, la parte occidental de Aragón, Galicia, Baleares, Canarias y algunas ciudades andaluzas. A su vez, fracasaba en Cataluña, el Levante, la franja cantábrica, Castilla la Nueva, Extremadura y gran parte de Andalucía. Sin embargo, el mayor fracaso fue no controlar la capital, Madrid, y los principales centros industriales: Barcelona y el País Vasco.

En Madrid fracasó porque, una vez sustituido el indeciso Casares Quiroga por José Giral, se repartieron armas entre los sindicatos obreros que acudieron en ayuda de las guarniciones leales. El momento simbólico del fracaso de la sublevación fue la rendición del cuartel de la Montaña, donde se había refugiado el general Fanjul.

En Barcelona la sublevación tuvo lugar el 19 de julio. Su fracaso fue debido a que el Gobierno de la Generalitat pudo contar con las fuerzas de orden público apoyadas por los obreros armados de la CNT-FAI. Así, cuando el general Goded acudió desde Mallorca a la ciudad condal para tomar el mando, la balanza había caído ya del lado de Companys.

En un primer momento, los militares habían fracasado en el intento de derribar al Gobierno de la República. Esta mantenía los principales centros industriales de la periferia, las zonas de agricultura de exportación (Levante), la mayoría de la flota y de la aviación, así como de las reservas del Banco de España.

No parecía que los militares sublevados pudieran resistir demasiado si no lograban trasladar rápidamente su fuerza de choque, el ejército de África, a la Península. Lo consiguieron entre los últimos días del mes de julio y los primeros de agosto gracias a que los aviones alemanes e italianos establecieron un puente aéreo entre Tetuán y Sevilla. Los dos Estados autoritarios más importantes de la Europa del momento, la Alemania nazi y la Italia fascista se mostraron dispuestos a facilitar armamento, soldados, técnicos…

Así, a pesar del fracaso inicial del pronunciamiento, los sublevados lograron mantener una guerra de larga duración.

Las grandes potencias europeas seguían con atención los acontecimientos de España: Los Estados fascistas (Alemania, Italia y Portugal principalmente) manifestaron desde un principio su decidida protección y ayuda a los militares sublevados. La URSS, aislada por la mayoría de los países europeos, se inclinaba, no sin vacilar, a dar su apoyo al Gobierno de la República, dentro del cual aumentaba rápidamente la influencia del PCE.

Los países democráticos se plantearon dudas más serias:

– Francia, con un gobierno socialista, parecía más predispuesta a ayudar a la República.

– Gran Bretaña, donde gobernaban los conservadores, no mostraba la misma predisposición. Por una parte, no deseaba que la guerra de España les llevara a un enfrentamiento con los regímenes fascistas. Tampoco deseaba que la República Española, por la intervención de la URSS, se convirtiera en un Estado revolucionario de izquierdas. Finalmente, tenía importantes intereses comerciales en zonas ocupadas desde el primer momento por los sublevados (minería de Río Tinto, por ejemplo)

El 9 de septiembre de 1936, Gran Bretaña y Francia patrocinaron el establecimiento en Londres de un Comité de No-intervención, que se comprometía a evitar la ayuda militar a los contendientes.  En realidad, fue una farsa, porque Alemania e Italia continuaron ayudando a los sublevados y la URSS empezó a facilitar armamento a la República.

Dentro de estas excepciones, también hemos de citar la organización de las Brigadas Internacionales, adscritas al bando republicano.

Los acontecimientos políticos de Europa. El Gobierno de la República mantuvo hasta el último momento la esperanza de que estallara la guerra en Europa entre los regímenes fascistas y las democracias, de tal modo que afectara a España. Esta esperanza estaba justificada por la política de expansión territorial que estaba llevando a cabo Hitler.

Sin embargo, las potencias democráticas cedieron en repetidas ocasiones ante el expansionismo alemán con el fin de evitar una guerra (Renania, Austria y Checoslovaquia). Así, a principios de 1939, cuando la derrota de la República era ya clara y manifiesta, Gran Bretaña y Francia la abandonaron definitivamente, reconociendo el Gobierno del general Franco.

La II Guerra Mundial no estalló hasta septiembre de ese año, cuando Hitler atacó Polonia; para los republicanos españoles llegó con cinco meses de retraso.

3. La evolución de las dos zonas.

Durante las primeras semanas de la guerra se produjo un vacío de poder generalizado, especialmente en la zona republicana. La dispersión fue muy grande en la zona que se mantuvo fiel a la República: obreros y campesinos armados, establecieron comités a todos los niveles (pueblos, fábricas, transportes…).

Estos comités obedecían a los sindicatos y partidos correspondientes. Así, aunque la República no llegó al colapso, el desorden generalizado adquirió el aspecto de inicio de una revolución.

Hasta el 4 de septiembre de 1936 no se logró formar un gobierno de concentración con representantes de los partidos más importantes. Este fue presidido por Largo Caballero, secretario de la UGT, y estaba formado por socialistas, republicanos, anarquistas, comunistas y nacionalistas.

Este Gobierno procuró reconstruir el Estado, es decir, intentó recuperar el control de las organizaciones de gobierno: Orden público, justicia, ejército, hacienda… Sin embargo, ante el avance de los sublevados hacia Madrid, el Gobierno se trasladó finalmente a Valencia.

Entre los republicanos no hubo unidad de acción:

– Unos creían en la necesidad de crear, en primer lugar un Estado fuerte que pudiera ganar la guerra. Era el caso de republicanos, socialistas moderados y comunistas.

– Otros pensaban que había llegado el momento de llevar a cabo una revolución que llevaría al pueblo a la victoria. Era el caso de anarquistas y socialistas radicales, que defendían la ocupación de las tierras y las fábricas, la eliminación de la propiedad privada, la nacionalización de la banca…

A partir de mayo de 1937, un nuevo gobierno presidido por el también socialista Juan Negrín, cada vez con mayor influencia comunista, procuró frenar las colectivizaciones. Al mismo tiempo reorganizó la estructura y disciplina del Ejército y mantuvo la idea de resistencia al ultranza en un momento en el que el pesimismo era generalizado.

En la zona dominada por los sublevados, conocida como zona nacional, hubo desde el primer momento un orden mantenido por la disciplina militar y la proclamación del estado de guerra. Aunque muy pronto se organizó una Junta de Defensa Nacional (24 de julio) presidida por el general Cabanellas, los generales actuaron como virreyes en su territorio: Mola en Navarra, Queipo de Llano en Sevilla, Franco en Marruecos…

Ante la necesidad imperiosa de unificar el mando a causa de la muerte del general Sanjurjo, varios generales y altos jefes se reunieron en Salamanca y eligieron al general Franco. Este joven y prestigioso general pasó a denominarse Generalísimo de todos los Ejércitos y Jefe de Gobierno del Estado español (Decreto de 1 de octubre de 1936).

Durante los años 1937 y 1938, Franco fue cimentando su poder según la ideología de los Estados fascistas. Fundó un partido político único: FET y de las JONS (Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista). Este partido único era una conjunción forzada de las ideologías e intereses falangistas y carlistas-tradicionalistas.

De esta manera, Franco se convirtió en su líder o caudillo. Además, Franco consiguió el apoyo de la Iglesia, que desde los primeros días del conflicto sufrió una dura persecución en la zona republicana.

La República disponía, al principio, de la mayoría de la población, de las zonas industriales y de la agricultura de exportación. Sin embargo, la principal zona cerealista (Castilla la Vieja-León) estaba en manos de los nacionales. De esta manera, pronto surgieron problemas con el suministro de las ciudades, saturadas de refugiados, y del ejército.

Además, se sufrió la escasez de materias primas como algodón, petróleo o carbón, ya que las empresas suministradoras de otros países desconfiaban de la solvencia económica republicana. A esto se unía la retirada de capitales extranjeros por temor a las colectivizaciones.

Las colectivizaciones, es decir, la apropiación de las tierras de cultivo y de las fábricas por campesinos y obreros organizados en comités, se realizó de manera desigual y bastante desorganizada.

Así, la industria fue colectivizada en gran parte de Cataluña, pero no en el País Vasco. Del mismo modo, los anarquistas que formaron un Consejo de Defensa colectivizaron los campos del Aragón republicano, pero la propiedad se respetó en Levante. Desde el extranjero daba la sensación de que se estaba realizando una revolución, lo que desacreditaba a la República ante las potencias extranjeras.

La producción agrícola e industrial descendió muchísimo. Así, la industria siderúrgica vasca solo alcanzó, en el primer semestre de 1937, entre el 5% y el 10% de la producción de 1929. Esto se debió, en parte, al aislamiento que esta zona sufría con respecto al resto del territorio republicano. En estas circunstancias, la República recurrió al oro y divisas depositadas en el Banco de España para adquirir armamento del extranjero, especialmente de la URSS.

Al principio de la guerra, la zona nacional estaba formada, en su mayor parte, por tierras de cultivo y ganadería, además de algunas zonas mineras. Por tanto, tuvo menos problemas de abastecimiento que la zona republicana. Era una economía, sin embargo, desequilibrada, que sólo se potenció cuando los nacionales conquistaron Bilbao y la franja cantábrica (otoño de 1937).

Durante la guerra, el general Franco pudo contar con créditos a largo plazo de Alemania y de Italia de empresas petroleras como la TEXACO de EE.UU.

La guerra produjo un serio deterioro de la vida en la retaguardia, sobre todo en las grandes ciudades de la zona republicana. Allí se vivió la gran escasez de alimentos, que provocaron el hambre y la aparición del mercado negro (“estraperlo”). A esto hemos de añadir el bombardeo de las ciudades, que contribuía a desmoralizar aún más a la población civil.

Los militares sublevados utilizaron, desde el primer momento, una represión de extrema dureza para aterrorizar al enemigo. Así fueron fusilados sin previo juicio líderes políticos y sindicales, maestros, autoridades republicanas, intelectuales, campesinos y obreros.

La respuesta en la zona republicana fue brutal y sin que el Gobierno, en los primeros momentos, pudiera llegar a controlarla, lo que le generó un enorme descrédito entre las democracias occidentales. Personas conocidas por sus ideas de derechas, propietarios de tierras y fábricas, eclesiásticos… fueron denunciadas, perseguidas y asesinadas. La Iglesia sufrió una persecución particularmente dura, con unas cifras de ejecutados superiores a las 15.000 personas.

Para completar este panorama de los primeros meses, en los que más de 150.000 personas fueron víctimas de la represión en ambas zonas, hay que añadir los odios existentes en las distintas localidades.

La cuestión de los refugiados fue un grave problema, sobre todo en la zona republicana. Las variaciones de los frentes de guerra desplazaron a mucha gente, sufriéndolo especialmente los ancianos, mujeres y niños.

El primer gran movimiento de refugiados lo provocó la batalla de Madrid y la decisión del Gobierno republicano de trasladar mucha gente hacia Valencia y Cataluña.

El segundo gran desplazamiento de población tuvo lugar en el País Vasco y en la franje cantábrica cuando se produjo la ofensiva nacional durante el verano-otoño de 1937.

El último gran desplazamiento se produjo al final de la guerra, durante la campaña de Cataluña, cuando miles de soldados, hombres, ancianos, mujeres y niños buscaron refugio en Francia. Se calcula que fueron más de 300.000 los exiliados en un primer momento, si bien la cifra se reduciría a la mitad en los años siguientes por el retorno de muchos.

Después del fracaso del pronunciamiento del 18 de julio, los nacionales declararon la movilización general en la zona que dominaban. En los primeros momentos de la guerra, el ejército de África (cerca de 50.000 hombres entre legionarios, regulares y marroquíes) fue su principal fuerza de choque. En la Península pudieron contar con las tropas de las zonas sublevadas, con las milicias falangistas y los requetés (carlistas).

La ayuda extranjera resultó fundamental para sobrevivir primero y ganar la guerra después. Mussolini envió unos 120.000 soldados, teóricamente voluntarios (CTV, Comando di Truppe Volontarie), con mandos organizados y armamento moderno. La ayuda alemana fue más selectiva, y see agrupó alrededor de la llamada Legión Cóndor, formada por unos 8.000 hombres bien pertrechados.

Los nacionales disponían también de unos 100.000 mercenarios marroquíes que acudieron atraídos por el botín de guerra y el salario. La colaboración portuguesa fue más reducida, aunque durante mucho tiempo Lisboa fue el puerto por el que llegaron suministros para los nacionales.

En la zona republicana se tardó en organizar un ejército disciplinado y suficientemente armado. En los primeros momentos, el ejército que se mantuvo fiel a la República casi desapareció, siendo sustituido por las milicias populares. Estas fueron organizadas por los partidos políticos (el V Regimiento del PCE) o sindicatos (la columna Durruti de la CNT-FAI).

Los mandos del ejército que se mantuvieron fieles a la República no gozaron de la confianza popular, aunque algunos dieron muestras sobradas de su valía (general Vicente Rojo).

Dos elementos permitieron a la República organizarse:

– La ayuda militar de la URSS, que envió toda clase de material bélico, así como un grupo de 2.000 técnicos y consejeros militares.

– Las Brigadas Internacionales, que estaban formadas por voluntarios (unos 60.000) de todo el mundo, que acudieron a defender la democracia española frente al fascismo.

Así, durante la primavera de 1937, la guerra enfrentaba a dos ejércitos bien organizados, de unos 500.000 hombres cada uno.

Los militares sublevados declararon desde el primer momento su inclinación hacia el centralismo, contraria a los nacionalismos periféricos. El nacionalismo gallego apenas tuvo oportunidad de manifestarse y de conseguir aprobar su Estatuto porque Galicia fue ocupada rápidamente por los militares sublevados.

Para atraerse la fidelidad del País Vasco, la República reconoció el Estatuto de Estella (1 de octubre de 1936). El PNV formó así su primer gobierno bajo la presidencia del leherdakari José Antonio Aguirre, y tuvo un ministro en el Gobierno de Largo Caballero. Su aislamiento le permitió ejercer una máxima autonomía, más allá del Estatuto:

– Concentró todos los poderes y funciones del Estado.

– Creó un ejército regular (gudaris).

– Mantuvo incluso relaciones internacionales.

La conquista de Bilbao por las tropas de Franco acabó con el Gobierno de Aguirre, que se refugió en Cataluña, para exiliarse al término de la guerra.

En Cataluña los acontecimientos se complicaron también para le República. La Generalitat presidida por Lluís Companys había salido muy debilitada después del 18 de julio: el poder estaba en manos de las milicias de partidos políticos y sindicatos. A este respecto, la superioridad de la CNT era clara.

Por su parte, la Generalitat actuaba con gran independencia del Gobierno central, que no disimulaba su malestar. Organizó su propia economía de guerra, se veía forzada a colectivizar las fábricas y tomaba sus propias decisiones en cuestiones de orden público.

El enfrentamiento entre partidarios de llevar a cabo en primer lugar la revolución (anarquistas y POUM) y partidarios de crear primero un ejército disciplinado estalló en mayo de 1937. Esta pugna se decidió en una lucha callejera en la ciudad de Barcelona, conocida como Fets de maig.

El Gobierno central aprovechó la ocasión para intervenir con fuerzas del orden público enviadas desde Valencia y restablecer así su autoridad en Cataluña. Más aún, el 30 de octubre de 1937, el Gobierno de Negrín se trasladó a Barcelona, anulando completamente al Gobierno de la Generalitat.

Por su parte el general Franco, en cuanto sus tropas pusieron pie en Cataluña, derogó, por decreto del 5 de abril, el Estatuto de Cataluña.

4. Evolución de la guerra.

En líneas generales, la guerra se desarrolló según unos rasgos muy definidos:

– El general Franco y los militares sublevados dispusieron siempre de un ejército más disciplinado, con mejores mandos y abundancia de armamento. Además, a partir del año 1938, se superioridad en artillería y aviación era manifiesta.

– La República, como ya hemos dicho, tardó en organizar un ejército disciplinado y muchas veces padeció escasez de armamento.

– La ofensiva estuvo casi siempre en manos de los nacionales, que desde su posición central pudieron escoger los frentes a los que trasladar y concentrar sus tropas.
Los movimientos iniciales.

Las operaciones militares del principio de la guerra dieron lugar a lo que se llamó “guerra de columnas”. Eran columnas de pocos efectivos (2.000 ó 3.000 hombres), la mayoría de infantería, ligeramente armados que, con camiones y autocares, se desplazaban por amplias zonas. Carecían estas de frente fijo; más bien buscaban ocupar ciudades importantes o puntos estratégicos.

Así, las columnas republicanas salieron de Barcelona hacia Aragón para liberar las ciudades de Zaragoza y Huesca, donde había triunfado el pronunciamiento. Estas, compuestas por milicianos de partidos y sindicatos, no llegaron a conseguir sus objetivos, pero lograron estabilizar el frente cerca de esas dos ciudades.

Los militares sublevados movieron sus columnas desde dos puntos: Sevilla y Pamplona, ambas con el objetivo de ocupar Madrid para asegurarse una rápida victoria. Las columnas más importantes fueron las que dirigió el general Franco desde Sevilla siguiendo la ruta de Extremadura y el valle del Tajo. Sólo la resistencia de la ciudad de Badajoz fue dura, mientras que en los demás puntos apenas halló una desorganizada oposición.

Un error de cálculo hizo fracasar la marcha de estas sobre Madrid. En lugar de avanzar directamente sobre la capital, Franco prefirió desviarse para liberar el Alcázar de Toledo. Esta actuación le dio prestigio, pero le hizo perder un tiempo precioso, pues permitió a los republicanos organizar la defensa de la capital.

Entre noviembre de 1936 y marzo de 1937 se desarrollaron tres grandes combates por la ocupación y defensa de Madrid. El Gobierno republicano, antes de trasladarse a Valencia, nombró una Junta de Defensa dirigida por el general Miaja que supo preparar la defensa y levantar la moral popular.

El ataque frontal de Franco fue detenido en la Casa de Campo y en la Ciudad Universitaria, donde se desarrollaron violentos combates. Los republicanos pudieron contar en aquella ocasión con el apoyo de las primeras Brigadas Internacionales y los tanques y la aviación que empezaba a proporcionar la URSS.

El general Franco intentó, entonces, dos ofensivas por el sur y por el norte de la ciudad, con el fin de cortar a los republicanos las comunicaciones con Valencia. La primera, en el valle del Jarama (febrero de 1937), fue durísima. La segunda, hacia Guadalajara (marzo de 1937), realizada por las tropas italiana, acabó en un estrepitoso fracaso. A partir de ese momento el frente se estabilizó alrededor de Madrid, que no cambiaría de bando hasta el final de la guerra.

Al no lograr tomar la capital, Franco decidió dirigir sus fuerzas contra la franja republicana del Cantábrico, que permanecía aislada.  El 19 de junio cayó Bilbao, a pesar de la dura defensa del “cinturón de hierro” (sistema de trincheras construidas con cemento armado), en agosto fue ocupada Santander y en octubre Gijón y el resto de Asturias.

La ocupación de la franja cantábrica fue determinante para la victoria final de los nacionales, ya que le proporcionó una importante industria siderometalúgica y una rica zona minera.

El año 1938 se inició con un ataque y conquista del ejército republicano sobre la ciudad de Teruel. Sin embargo, se trató de un éxito efímero, porque Franco, que ahora disponía de las tropas que habían quedado libres del frente cantábrico, la recuperó a finales de febrero. Poco después, a partir de marzo, desencadenó una fuerte ofensiva a lo largo de todo el frente de Aragón.

En su avance hacia Cataluña y el Mediterráneo, en el mes de abril Franco había ocupado Lérida, y por el Maestrazgo y el Bajo Ebro había alcanzado el puerto de Vinaroz. Había dividido la zona republicana en dos partes, quedando Cataluña aislada del resto. En aquellos momentos, ya hacía tiempo que el Gobierno de Negrín se había trasladado a Barcelona.

Desmoralizado por las derrotas militares, el presidente Azaña veía la guerra perdida y quería pactar la paz. Por su parte, Negrín era partidario de mantener una firme resistencia en espera de los que pudiera ocurrir en Europa. De todos modos, Franco se sentía cada vez más seguro de su victoria final y no deseaba ningunas conversaciones de paz.

Fue entonces cuando el ejército republicano de Cataluña, bajo el mando del general Vicente Rojo, llevó a cabo una ofensiva inesperada y bien preparada. El 25 de julio de 1938, varias compañías de los 250.000 hombres del ejército republicano, atravesaron el río Ebro por la zona de Gandesa, estableciendo una cabeza de puente.

A partir del 14 de agosto, Franco, que había concentrado fuerzas y disponía de una superioridad absoluta en artillería y aviación, inició el contraataque. En pocos kilómetros de terreno se utilizaron grandes cantidades de armamento y murieron muchos soldados: la batalla duró cuatro meses.

Entre el 16 y el 18 de noviembre, las últimas tropas republicanas volvieron a cruzar el Ebro. Ambos bandos habían sufrido unas pérdidas similares, que rondaban los 30.000 muertos cada uno.

Poco tardó el general Franco en organizar la ofensiva definitiva contra Cataluña. Su superioridad era tan manifiesta que la conquista fue rápida, siendo el avance incontenible: el 15 de enero de 1939 caía Tarragona, el 26 Barcelona y entre el 9 y el 10 de febrero las tropas nacionales alcanzaban la frontera.

El presidente Azaña se quedó en la embajada de París, donde dimitió al poco tiempo. Mientras, el Gobierno de Negrín volvió a la zona que todavía se mantenía republicana con el fin de continuar la resistencia. Sin embargo, el ejército estaba muy desmoralizado y dividido hasta el punto de que una parte de la oficialidad se sublevó en Madrid e intentó someterse a la “generosidad del Caudillo”, que no hizo el menor caso.

El 28 de marzo las tropas de Franco entraban en Madrid y el 30 del mismo mes en Alicante, donde se habían concentrado los últimos republicanos que intentaban desesperadamente huir por mar. El 1 de abril el general Franco firmó el último y breve parte de guerra.

5. Conclusiones.

Desde julio de 1936 hasta abril de 1939, España sufrió los destrozos materiales y sociales de una cruenta guerra civil. Iniciada por un golpe de Estado militar, la guerra acabó enfrentando a los partidarios de la España tradicional, católica y de pequeños y grandes propietarios con la España progresista, anticlerical, obrera y campesina.

La consecuencia más inmediata, después de la guerra, fue la pérdida de vidas humanas. Se calculan en torno a las 200.000 las víctimas de las represiones de uno y otro bando, y otras tantas en el frente. A las pérdidas mortales, habría que sumar los 165.000 exiliados republicanos que no volverían a España.

En cuanto a las pérdidas materiales, España retrocedió al nivel de renta de 1914. Se había perdido el 15% de la riqueza nacional y se debían 20.000 millones de dólares. Pérdidas a las que debía añadirse la destrucción de las comunicaciones, del tejido industrial (dos tercios del material ferroviario), de la mitad de la cabaña ganadera, 250.000 viviendas y 225.000 toneladas de marina.

Además, el inicio de la II Guerra Mundial impedirá que España mantenga unas relaciones comerciales normales, sin duda necesarias para su reconstrucción. Tanto el conflicto, como el aislamiento de posguerra llevarán al régimen español a emprender un nacionalismo económico basado en la autarquía.

Los judíos, el estado-nación y el nacimiento del antisemitismo VI

La completa falta de lealtad hacia su propio país y su gobierno, que los pangermanistas remplazaron por franca lealtad al Reich de Bismarck y el resultante concepto de la nacionalidad como algo independiente del estado y del territorio, condujo al grupo de Schoenerer a una verdadera ideología imperialista, en la que se halla la clave de su debilidad temporal y de su fuerza final. A ello se debe también el hecho de que el partido pangermanista en Alemania (los Alldeutschen), que nunca supero los límites de un chauvinismo corriente, permaneciera tan extremadamente suspicaz y poco inclinado a estrechar la mano que le tendían sus hermanos germanistas de Austria. Este movimiento austríaco apuntaba a algo más que a su elevación al poder como partido, a algo más que a la posesión de la maquinaria del estado. Quería una reorganización revolucionaria de Europa central en la que los alemanes de Austria, unidos y reforzados por los alemanes de Alemania, constituirían el pueblo dominante y en la que todos los demás pueblos de la zona serían mantenidos en el mismo tipo de servidumbre de las nacionalidades eslavas en Austria. Debido a esta estrecha afinidad con el imperialismo y al cambio fundamental que determinó en el concepto de la nacionalidad debemos aplazar el análisis del movimiento pangermanista austríaco. Éste ya no es, al menos en sus consecuencias, un simple movimiento preparatorio decimonónico; pertenece más que cualquier otro tipo de antisemitismo al curso de los acontecimientos del siglo XX.

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, p. 115-116.

Los judíos, el estado-nación y el nacimiento del antisemitismo V

La agitación de Schoenerer en esta cuestión significó el comienzo de un claro movimiento antisemita en Austria. La realidad es que este movimiento, en contraste con la agitación de Stoecker en Alemania, fue iniciado y dirigido por un hombre cuya sinceridad resultaba indudable y que por eso no se detuvo en la utilización del antisemitismo como arma propagandística, sino que desarrolló rápidamente una ideología pangermanista que había de influir sobre el nazismo más que cualquier otro tipo de antisemitismo alemán.

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, p. 114.

Los judíos, el estado-nación y el nacimiento del antisemitismo IV

Al finalizar el siglo, los efectos de los escándalos económicos de la década de los años setenta habían quedado atrás, y una era de prosperidad y de bienestar general, especialmente en Alemania, puso fin a las prematuras agitaciones de los años ochenta. Nadie podía predecir que este fin era sólo un respiro temporal, que todas las cuestiones políticas no resueltas, junto con todos los no apaciguados odios políticos, habían de redoblar en fuerza y violencia tras la Primera Guerra Mundial. Los partidos antisemitas en Alemania, tras sus éxitos iniciales, retornaron a la insignificancia; sus dirigentes, después de una breve agitación de la opinión pública, desaparecieron por la puerta trasera de la historia en la oscuridad de la confusión fanática y de la charlatanería curalotodo.

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, p. 112.

La autosugestión de la sociedad

La autosugestión era un elemento crucial en el proceso de condicionamiento totalitario. La adaptación a las formas de conducta exigidas se producían a menudo como anticipación de las órdenes oficiales, más que como consecuencia de ellas. Mientras el castigo aplicado a los delitos no estaba definido como tal por las leyes, ocurría que, en apariencia, los ciudadanos obedecían los mandatos del estado por su propia voluntad, pues lo que determinaba inmediatamente su conducto no era la promulgación de ninguna ukase sino su sensación de inquietud. Esta progresiva limitación de la autonomía individual podía imponerse con notable facilidad en una sociedad en una sociedad en la cual la propia estimación del individuo no deriva tanto de la sensación de libertad como de su función profesional o de su papel dentro de la familia. Este hecho contribuye también a explicar la preferencia de la nación por un buen gobierno (es decir: un gobierno eficaz) antes que por el autogobierno. Se daba, además, una carencia de anticuerpos capaces de resistir el contagio de la ideología nazi. La oposición habría necesitado una contra-ideología viable, más allá de la simple no aceptación de la doctrina corrientemente impuesta. Pero los recuerdos de la debacle republicana pesaban obsesivamente sobre todas las opiniones políticas; ni siquiera los socialdemócratas, situados ahora en la ilegalidad, se planteaban un retorno a los mecanismos de Weimar después de la eventual desaparición de Hitler.

Richard Grunberger, Historia social del III Reich, p. 34.

1938: la «Kristallnacht»

El régimen daba frecuente satisfacción a aquellos de sus súbditos que querían ser engañados, llegando a veces a organizar ridículos juicios en los cuales unos cuantos de los miles de participantes en la Noche de Cristal -la orgía de saqueo e incendio de propiedades judías que tuvo lugar a escala de todo el país en noviembre de 1938- fueron acusados de allanamiento de morada y robo y condenados a sentencias irrisorias.

El pogrom de noviembre constituyó además un ejemplo de cómo los nazis llegaron a dotar de significados nuevos a palabras y expresiones del idioma alemán, en este caso la palabra «orden». Las multitudes que contemplaban el atávico espectáculo de las sinagogas en llamas no podías por menos de quedarse impresionados por la eficiencia de los servicios públicos (policía y bomberos) al evitar la extensión de las llamas desde las propiedades judías a las zonas arias adyacentes. «Orden» pasó a significar cada vez más, la minuciosa regulación de la dosis de violencia necesaria a los propósitos del régimen en cada situación concreta.

Richar Grunberger, Historia social del Tercer Reich, p. 33.

El ineludible final de la República de Weimar

Aun negando al III Reich el carácter de ineludible que a veces se le atribuye, es difícil dejar de considerar ineludible el fin de la República de Weimar. La inmadurez política del pueblo alemán (especialmente de la élite), la deformación del sistema social y el mal funcionamiento de la economía se unieron para dar lugar a su colapso. Pero la forma concreta que tomó este colapso no estaba en modo alguno predeterminada. En Alemania (donde, por cierto, los verdugos desempeñaban su función con sombrero de copa y levita), los verdugos de la democracia hubieran podido llevar igualmente galones dorados que camisas pardas, pues los minoritarios gobiernos republicanos de 1932 se vieron ante la alternativa de instaurar una rígida dictadura presidencial apoyada por las armas o someterse al movimiento nazi, de amplio apoyo popular.

La vía adoptada el 30 de enero de 1933 (el día de la llamada «toma del poder») era, de hecho, la más democrática, por absurdo que esto pueda parecer. Aunque Hitler no pudo dar a Alemania el anunciado Milenio, la arrastró a pesar de sus débiles protestas, a la era de las masas.

Richard Grunberger, Historia social del Tercer Reich, p. 26.

Proyectos para Europa tras el fin de la URSS

Algunas de las diferencias de opinión y de puntos de vista que existen acerca de lo que la UE es y debería ser están ligadas a los «tres grandes» Estados de la Unión. La línea oficial del Reino Unido ha sido desde hace tiempo el intergubernamentalismo, aunque en los años recientes no sea tan extremo como el que sostuvo Thatcher en su momento. Los políticos y los pensadores alemanes más destacados has tendido a concebir Europa en términos de un modelo federal afín al suyo nacional propio. Los dirigentes franceses se inclinan más por una visión centralizada de la UE en la que, no obstante, cada país seguiría sustentando sus intereses nacionales respectivos. Ellos han identificado tradicionalmente (aunque no tanto en la actualidad) los intereses europeos con los franceses. Algunos países miembros más pequeños se han mostrado partidarios de la opción federal, pero la mayoría son reticentes a su implantación, porque consideran que su propia influencia se vería amenazada y disminuida en esa situación. Los nuevos Estados miembros son intergubernamentalistas acérrimos: tras haberse librado del yugo de la Unión Soviética, no tienen intención alguna de adscribirse a otro superestado. Las divergencias entre estos puntos de vista se antojan tan amplias que podrían parecer incluso imposibles de reconciliar. Pues, bien, es imposible reconciliarlas tal y como están expresadas, en su forma convencional, pero deberíamos aprender a concebirlas y a interpretarlas de un modo diferente.

Anthony Giddens, Europa en la era global, p. 266.

«Inside Europe» de John Gunther

Su autor se llamaba John Gunther y su título era Inside Europe. Gunther escribió una larga serie de obras sobre diferentes naciones y regiones del mundo. En ésta en concreto,describía los viajes que había realizado por diversos países de Europa y las entrevistas que allí había realizado a varios dirigentes políticos y a personas de a pie.

Su libro se publicó en 1961. Leerlo hizo que me diera cuenta de la extraordinaria magnitud y alcance de los cambios que han transformado el subcontinente durante los cuarenta años transcurridos desde entonces. En aquel entonces, la Guerra Fría no era tan fría. El autor calificó a Alemania de «corazón ardiente de Europa». Pero pese a la división que partía el continente en dos, el Muro de Berlín aún no existía: 40.000 berlineses vivía en la parte este de la ciudad, pero trabajaban diariamente en la oeste (otros 7.000 hacían justamente el recorrido inverso). Ya por entonces, 3,5 millones de personas habían huido de la Alemania Oriental para establecerse permanentemente en la República Federal Alemana. La Unión Soviética aparece retratada en el libro como una «potencia inmutable», más estable que Estados Unidos, y su dominio sobre Europa oriental es visto del mismo modo. Tres países de la Europa occidental se hallaban bajo el yugo de las dictaduras semifascistas: Portugal, España y Grecia. En Portugal mandaba Salazar, en España lo hacía Franco y en Grecia, los «Coroneles».

El libro de Gunther tiene, aproximadamente, 600 páginas, pero sólo cuatro o cinco de ellas están dedicadas a la CEE, que el autor consideraba entonces como una novedad interesante, pero de importancia bastante marginal. El punto de vista de Guhther era el característico de la época, con la única salvedad de unos pocos visionarios. Sólo cuando lo miramos desde nuestra ventajosa perspectiva actual, apreciamos la importancia fundamental que aquel Tratado de Roma, firmado en 1957, iba a tener.

Anthony Giddens, Europa en la era globa, p. 253.

Los años de la catástrofe


La crisis tuvo como primera consecuencia el aumento del índice de paro, que en pocos años se disparó en todos los países occidentales. La pobreza, las colas para conseguir empleo, los barrios marginales… todo eso se fue generalizando según avanzaba la crisis; cada vez era mayor el número de desempleados y, por tanto, también se incrementaban estas manifestaciones. Aquellos que perdían su empleo se encontraban casi irremediablemente condenados a la pobreza, ya que en la mayoría los estados no existían sistemas de protección, y en los pocos donde si había éste se encontraba desbordado.

Ésta situación, la pobreza y la impotencia, tuvo también su reflejo en el arte y en el entretenimiento. Los problemas del momento se llevaron al cine, desde donde muchos cineastas trataban de aportar sus soluciones. Éste fue por ejemplo el caso de King Vidor que en Our daily bread proponía un regreso al medio rural para vivir de la agricultura. Sin embargo, tal como se narra en El camino del tabaco (E. Caldwell) y en Las uvas de la ira (J. Steinbeck), la situación de la mayoría agricultores era más bien ruinosa. También surgieron canciones hablando de la crisis, como Brother, Can You Spare a Dime? de Rudy Vallee (1932). De esta manera, no es de extrañar que aumentara notablemente el número de vagabundos, personas que recorrían el país en busca de comida y trabajo. Éste es el caso de los hobos que protagonizan El emperador del norte.

Ocaso del capitalismo liberal.

Entre los factores económicos que hicieron posible el derrumbamiento de la actividad económica hay que señalar:

– La espectacular contracción de la producción industrial.

– La violenta caída de los precios en el sector primario.

– La crisis de los fundamentos del liberalismo: proteccionismo y abandono del patrón oro.

Pero además de ese derrumbamiento de la actividad económica, hay que señalar también el desmantelamiento del sistema mundial de comercio multilateral en base a tres medidas:

– Incremento de la protección aduanera; resulta ineficaz porque la llevaron a cabo todas las naciones.

– Establecimiento de restricciones cuantitativas a las mercancías.

– Firma de tratados bilaterales o regionales.

Así, en un principio se pensó que la solución radicaba en la no-intervención estatal. Sin embargo, tras el fracaso de esta política, se acabó por tomar el modelo Keynesiano, donde el Estado intervenía cada vez más en la economía, jugando en algunos países un papel protagónico. Encontramos, aún así, dos modelos dentro de éste intervensionismo estatal:

– Autárquico; seguido por Alemania, Italia y Japón.

– Temporal; seguido por EE.UU. (New Deal) y Gran Bretaña.

Gracias a estas políticas se detuvo el declive mundial, del que, sin embargo, las potencias no acabaron de recuperarse hasta 1939: el rearme y la guerra trajeron, paradójicamente, la solución a la crisis.

Comprensión de la catástrofe.

El fenómeno que se vivió durante aquellos años era, sin lugar a dudas, excepcional para la época: se trataba de una crisis universal y de una duración inusitada. Además, en lo referente a la naturaleza de las fuerzas represivas, encontramos dos elementos que convergen a lo largo de esos años:

– Fuerzas reales (producción y consumo): existen desajustes entre la oferta y la demanda, es decir, superproducción o subconsumo.

– Fuerzas monetarias: existe un problema con el dinero en circulación, ya que los distintos países, encabezados por los EE.UU., llevaron a cabo una política deflacionaria. De está manera, la restricción en un periodo en el que se hacía necesario el gasto, tuvo consecuencias fatales

En lo que se refiere a los orígenes de la crisis, al foco transmisor, hay que señalar que el crack de la bolsa de Nueva York (24 de octubre de 1929) no fue ni el origen ni la primera manifestación de la misma. El panorama de la depresión fue sin duda bastante más complejo, ya que, antes de 1929, se apreciaba ya un cierto estancamiento en la economía de algunos países. Podemos interpretar esto como un síntoma del cambio en la coyuntura económica anterior al crack neoyorquino.

No obstante, fuese cual fuese el centro difusor de la crisis, lo cierto es que los EE.UU. actuaron como difusor -por vía comerciales y financieras- y amplificador de la misma. La crisis que afectó a Norteamérica -primera potencia industrial, primera potencia exportadora, y segunda potencia importadora- tuvo rápidas consecuencias en los demás países, ya que los americanos dejaron de ofrecer préstamos y de importar productos. Además de esto, las naciones europeas se vieron también afectadas por la repatriación de los capitales de los EE.UU.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[4] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[5] Las uvas de la ira; John Steinbeck – Madrid – Cátedra – 1995.