Breve historia de la III República Francesa


La caída del II Imperio Francés, como consecuencia de la derrota en la guerra contra Prusia, así como de la creciente oposición a Napoleón III, fue seguida de un breve periodo de caos e incertidumbre.

En esos días previos al establecimiento de la III República, podemos distinguir dos grupos políticos predominantes: moderados y radicales.

El primero de estos grupos, bajo la dirección de Thiers, estaba formado por antiguos monárquicos. Estos, conscientes de que la situación no era propicia para una restauración, se mostraban partidarios de una república conservadora. Además, defendían la necesidad de llegar a una paz rápida con Prusia que permitiera sobrevivir al nuevo régimen.

Los radicales, bajo el liderazgo de Gambetta, podrían ser considerados como los herederos finiseculares de los jacobinos. En lo que respecta a la guerra con Prusia, eran partidarios de la resistencia, pues pensaban que eso fortalecería a la República tal como había sucedido en 1791.

En febrero de 1871 se convocaron elecciones a la Asamblea Nacional Constituyente. Los comicios se saldaron con el triunfo de Thiers, si bien los radicales pudieron imponer algunas de sus ideas. Tras estos hechos, el nuevo gobierno, como ya había anunciado, se apresuró a pedir la paz a Prusia, que fue firmada en el Tratado de Frankfurt.

Sin embargo, antes de lograr su doble objetivo de alcanzar la paz exterior e interior, Thiers tuvo que enfrentarse a dos grandes problemas: las duras condiciones de paz impuestas por los alemanes, y la tendencia hacia la revolución de los parisinos.

Durante dos meses la capital del país estuvo gobernada por la Commune, que finalmente fue duramente reprimida por el gobierno.

Proyectos para restaurar la monarquía

Una vez estabilizado el régimen, se sucedieron una serie de tentativas con el fin de llevar a cabo la restauración en la figura de un rey. No obstante, todos estos proyectos fracasaron.

La división interna dentro de la familia monárquica, donde existían partidarios de los Borbones, de los Orleans y de los Bonaparte, así como las intrigas internas dentro del gobierno, cuya manifestación más importante fue la sustitución de Thiers por Mac Mahon, hicieron imposible que se llevase a cabo la restauración.

La consecuencia de este hecho fue la inmediata prolongación de los poderes de Mac Mahon por siete años más. La finalidad de este afianzamiento del militar monárquico en el poder, no era otra que mantener abiertas las puertas a una posible restauración posterior.

El fortalecimiento del ideal republicano

Mientras los monárquicos no hallaban una salida a la crisis en torno a la restauración, la República fue poco a poco afianzándose y sentando sus bases. Cada vez parecía más evidente que la única salida a la crisis política del país era aceptar el régimen republicano.

Así, lentamente, se fueron aprobando las leyes fundamentales que acabarían formando parte de la Constitución de la III República francesa: liberalismo parlamentario, respeto a la opinión, defensa de la propiedad, interés por lo económico, existencia de dos cámaras…

Finalmente, la victoria de los republicanos de Gambetta en las elecciones de 1877, realizadas por sufragio universal, acabaron por consolidar el régimen republicano.

No obstante, aunque la jefatura del gobierno estaba en manos radicales, la presidencia siguió en manos de Mac Mahon hasta 1879.

La consolidación de la III República

A partir del año 1879, se consolidó definitivamente el régimen republicano y democrático en Francia. Pronto se dejaron notar las consecuencias de este hechos:

  • El poder ejecutivo quedó en manos del primer ministro, convirtiéndose el cargo de presidente de la República en algo casi honorífico.
  • Secularización de la vida pública francesa, que se manifestó principalmente en la expulsión de algunas congregaciones religiosas, y en la instauración de una enseñanza estatal laica y obligatoria.

Durante la presidencia de Gambetta se mantuvo cierta continuidad con respecto a la herencia de Mac Mahon. Esto redujo enormemente la tensión política y permitió la permanencia de los radicales en el poder durante un largo periodo de tiempo. Sin embargo, la mala coyuntura económica y el estancamiento de la industria francesa propiciaron su caída a mediados de la década de 1880.

Francia ante la crisis finisecular

La crisis paso factura a los radicales en las elecciones de 1885. De los comicios surgió un parlamento fragmentado y sin apenas capacidad de maniobra. Sin embargo, este hecho, y la falta de sutileza política de los conservadores, favoreció la posterior victoria política los radicales. Estos volvieron a ocupar el poder entre 1889 y 1898.

Esa esa década, la III República vivió algunos de los momentos más importantes de su corta historia, como la reconciliación con las monarquías europeas, la gran expansión colonial y la promulgación de una amplia legislación social.

Para terminar, hemos de citar otros cambios profundos de los últimos años del siglo XIX francés: la reconciliación del gobierno con los católicos, y el surgimiento del partido y sindicato socialista.

Auge y caída del Imperio Napoleónico (1804-1815)


En esta etapa de la historia francesa culminó un proceso que había arrancado con el estallido de la Revolución de 1789: la configuración de la sociedad según el orden burgués. Pero, además, durante el mandato napoleónico se fue configurando un nueva nobleza, la aristocracia imperial.

El sistema de gobierno durante la época imperial apenas cambió con respecto a la del consulado vitalicio, simplemente se continuó el proceso de centralización progresiva que había arrancado tras el 18 Brumario.

Napoleón no solo estableció el modelo hereditario para la sucesión al frente del Imperio, sino que el emperador también acumuló cada vez más poderes: estableció un poder ejecutivo con autoridad ilimitada; vació de contenido el legislativo, que quedó como una simple; y se aseguró el control sobre el poder judicial.

La expansión del Imperio francés

Entre 1805 y 1812, el Imperio Napoleónico estuvo en constante expansión. En las batallas de Ulm y Austerlitz las tropas francesas consiguieron derrotar a los ejércitos coaligados de Rusia y Austria, consiguiendo la retirada de los primeros y la rendición de los segundos.

Con los austríacos, se firmó la paz de Presburgo, en virtud de la cual Austria cedió Venecia al reino de Italia, Istria y Dalmacia a Francia, Tirol y Trentino a Baviera, Suabia a Württemberg. Además, el monarca austríaco perdía también el título imperial germánico.

Tras Presburgo, Napoleón reestructuró el mapa europeo, situando a su hermano José como rey de Nápoles, a su hermana Elisa como soberana de Luca y Piombio, Holanda a su hermano Luis y nombró a Murat gran duque de Berg. Además, Baviera y Württemberg pasaban a ser reinos soberanos, Hess-Darmstadt y Baden se convertían en grandes ducados, y Hannover quedaba bajo la tutela prusiana.

Por último, Napoléon creó la Confederación del Rhin. Esta no sólo se situaba bajo el protectorado francés, sino que se establecía su total independencia con respecto a los Habsburgo.

La reacción de Rusia, Prusia e Inglaterra ante estos hechos no se hizo esperar: en 1806 formaban una nueva coalición antinapoleónica. Sin embargo, Prusia fue derrotada en Auerstadt y Jena. Además, tras su entrada en Berlín, Napoleón decretó el bloqueo a los productos británicos.

Esta fue, después de Trafalgar, el arma usada por el emperador para derrotar a los ingleses: dejarles sin recursos y hundir su economía. No obstante, ante el fracaso casi total de este primer decreto, promulgaría dos más: el de Fontainebleau y el de Milán. Aún así, ante la oposición de España, Portugal, los Estados Pontificios y Rusia, este bloqueo no fue efectivo. Esta será la principal causa de que Bonaparte emprenda nuevas campañas militares.

Las campañas militares de 1807 y 1809

En 1807 Napoléon inicia una campaña militar contra Rusia. El zar Alejandro I fue derrotado en Eylau y Friedland, viéndose obligado a firmar la paz en Tilsit. En virtud de este acuerdo, Rusia aceptaba el orden europeo napoleónico -dos grandes imperios, el francés y el ruso, que mantendrían el equilibrio continental-, se unía al bloqueo, cedía sus territorios más occidentales, y recibía autorización para expandirse por sus zonas de influencia.

Ese mismo año, Bonaparte ideó un plan para la invasión de Portugal. Los ejércitos napoleónicos, con la colaboración española, invadieron el país luso. Sin embargo, tras hacerse con Portugal, los franceses trataron de dominar también España. Así, en 1808, arrancó la guerra de la Independencia, en la que las tropas francesas serían derrotadas en la batalla de Bailén.

Ante la gravedad de la situación peninsular, y el desembarco inglés en Portugal y Galicia, Napoleón acudió con la Grande Armée y derrotó a sus enemigos. Solo la amenaza austríaca en 1809 impidió que el emperador derrotara totalmente a los españoles.

En 1809 los austriacos volvieron a enfrentarse a Napoleón con el mismo resultado: una derrota en la batalla de Wagram. De esta manera, se firmó un nuevo tratado en Schönbrunn, por el que Austria perdió aún más territorios: Salzburgo, Galitzia, Carintia, Carniola, Croacia, Trieste y Fiume.

Además, con el fin de legitimar al emperador francés y entroncarlo con la prestigiosa familia imperial austríaca, se concertó el matrimonio de Napoleón con María Luisa de Habsburgo.

La caída de Napoleón I

En 1812, a causa del debilitamiento de la alianza con Rusia, Napoleón invadió el Imperio de Alejandro I. No obstante, a pesar de su victoria en Borodino (septiembre) y su entrada en Moscú, la falta de víveres y el frío le obligaron a retirarse.

Fue precisamente esa retirada, en la que murieron casi 600.000 soldados franceses, la que consumó el desastre de la campaña rusa de Napoleón.

Mientras tanto, la guerra en España se alargaba, y el gasto humano y económico de los franceses en la misma, también. La guerrilla hispana y el apoyo británico a los invadidos permitieron que poco a poco la resistencia a los ejércitos bonapartistas se fortaleciera. Finalmente, los franceses fueron expulsados casi totalmente de la Península tras ser derrotados en las batallas de Arapiles, Vitoria y San Marcial.

Los enemigos de Napoléon se coaligaron en 1813, avanzando por Alemania hasta ser derrotadas en Lützen y Bautzen. A pesar de la victoria de las armas francesas, Austria entró en la guerra del lado de la coalición. Una vez reorganizados sus ejércitos, ésta consiguió vencer a Bonaparte en Leipzig.

Finalmente, las tropas coaligadas entraron en París, donde Napoleón fue depuesto y desterrado a la isla de Elba. Además, se firmó la Paz de París, que restablecía las fronteras de 1792, y se procedió a la restauración borbónica en la persona de Luis XVIII.

El Imperio de los Cien Días

En el año 1815, aprovechando un crisis en el nuevo gobierno monárquico francés, Napoleón regresó a París y se hizo con el poder. Para luchar contra el llamado gobierno de los Cien Días, las potencias europeas volvieron a coaligarse, derrotando a Napoleón en Waterloo.

Tras estos hechos, Bonaparte fue desterrado a la isla de Santa Elena, donde murió en 1821. Además, como consecuencia de estos sucesos, se firmó la segunda paz de París, de la que Francia salió muy perjudicada: perdió su poder militar, numerosos territorios fronterizos, y tuvo que pagar una fuerte indemnización a las otras potencias.

Francia bajo el consulado de Napoleón Bonaparte


A lo largo de toda la etapa revolucionaria, Francia vio ampliadas notablemente sus fronteras. De esta manera, ya antes del 18 de brumario, su expansión había alcanzado Bélgica, Renania, Saboya, Niza, Ginebra y numerosas repúblicas dependientes de reciente creación. Sin duda, este aumento de su mercado terrestre, contribuyó al desarrollo económico francés.

El principal mérito de Napoleón fue el establecimiento de una dirección única en el rumbo político francés, muy fragmentado e inestable durante los periodos anteriores de la Revolución. La consecuencia principal de esto fue, sencillamente, el logro de la estabilidad política y social de la nación, que favoreció su recuperación económica y su posterior expansión militar.

Además, hay que destacar que estas conquistas favorecieron enormemente la difusión de los principios revolucionarios por todo el continente.

En lo que se refiere a la figura de Bonaparte, es necesario señalar, en primer lugar, su genial habilidad para todo lo relativo a la guerra y la política. Además, nos encontramos ante un personaje ambicioso y con un enorme deseo de poder, que se fue acrecentando según se sucedían sus triunfos.

Por último, hay que destacar también su carácter contradictorio, que le llevó en numerosas ocasiones a variar sus planes o a tomar decisiones radicalmente opuestas en diversos campos.

La organización política del Consulado (1799-1802)

La forma de gobierno surgida tras el golpe de estado del 18 de brumario establecía un gobierno colegiado compuesto por tres cónsules y cuatro asambleas: Tribunado, Senado, Consejo de Estado y Cuerpo Legislativo. Sin embargo, de hecho, el poder recaía casi exclusivamente en la figura de Napoleón.

Desde agosto de 1800 hasta mayo de 1803, Napoleón impulsó desde París un intenso programa de reformas con el fin de erradicar la anarquía del suelo francés. Con este propósito, el 15 de diciembre de 1800 se aprobó la Constitución del año VIII, que, aunque recogía los principios esenciales de la Revolución, ponía fin a la República democrática.

Desde ese momento, todo dependía del primer cónsul; se mantenía la separación de poderes, pero los tres eran fácilmente manipulables por el mismo individuo.

La obra legislativa de época napoleónica arrancó en el año 1800 con la redacción del Código Civil, que fue renovado con las ampliaciones de 1804 y 1807. También destacan, ya de época imperial, el Código de Comercio (1806), el Derecho Procesal (1807), la Instrucción Criminal (1808) y el Código Penal (1810).

Napoleón logró mantener el orden interno y consolidó su autoridad mediante una eficaz policía secreta, y a través de una política centralizadora y restrictiva, que dejaba escasas competencias a las autoridades de los distintos departamentos. Esta centralización también afectó a la educación, campo en el que planificó y reguló un sistema bastante avanzado para la época, dentro del cual distinguió tres grandes bloques: educación primaria, secundaria y universitaria.

En lo referente a la política económica, hay que destacar que, aunque fiel a la doctrina liberal, el gobierno bonapartista se caracterizó por poseer un carácter proteccionista muy marcado. En líneas generales lo que buscaba Napoleón era sacar a la nación de la bancarrota en que llevaba sumida desde tiempos de Luis XVI.

Con este fin, fomentó el desarrollo agrícola, el progreso de la industria, y mejoró el comercio interior mediante una eficaz red viaria. También se perfeccionaron los métodos de contabilidad y de la recaudación de impuestos; y para organizar las finanzas se fundaron el Banco de Francia, el Tribunal de Cuentas y el de Casación.

La política exterior del Primer Cónsul

La política exterior francesa de finales de 1799 giró en torno a las propuestas de paz hechas por Napoleón a Gran Bretaña y Austria. Sin embargo, ante la negativa por parte de ambas potencias de negociar la paz, los franceses no tuvieron más remedio que continuar la guerra.

El primer objetivo de la política militar napoleónica fue Austria. Para derrotarla, Bonaparte abrió dos grandes frentes, uno en Alemania y otro en Italia. Finalmente, las victorias francesas de Marengo y Hohenlinden obligaron a los Habsburgo a pedir la paz, que se firmó en febrero de 1801 en Luneville.

Este tratado franco-austríaco consolidó las conquistas francesas en el Continente, siendo reconocidas por Austria, y fortaleció el dominio napoleónico sobre Italia.

Con Gran Bretaña, sumida en dos grandes crisis, una de carácter político y la otra de tipo económico, se firmó la paz de Amiens (marzo 1802). En virtud de este acuerdo, Francia se comprometía a devolver Egipto a Turquía y, mientras que los británicos reconocían las conquistas francesas en el Continente.

El Consulado vitalicio (1802-1804)

El imparable crecimiento de la popularidad del Primer Cónsul, fruto de los éxitos cosechados -restablecimiento del orden interno, reorganización del Estado, paz religiosa y exterior-, propicio que en 1802 fuera proclamado por el Senado cónsul vitalicio.

Los primeros momentos del nuevo consulado se caracterizaron por su continuidad con respecto a la etapa anterior. Sin embargo, en ese mismo año, se promulgó la Constitución del año X, que reforzó la centralización del poder en la figura de Napoleón.

Es decir, se redujo la influencia del Cuerpo Legislativo y Tribunado, y se otorgaron poderes dictatoriales al cónsul, que vio ampliadas sus facultades.

La política exterior de esta etapa viene marcada por su tendencia expansionista (Luisiana, Piamonte, Elba, Piombino, Parma, Holanda) e intervencionista (Alemania, Suiza). Esto hizo que entre las demás potencias cundiera la alarma, especialmente en Austria.

La reacción británica fue tal vez la más tajante: rompieron la paz de Amiens en mayo de 1803, enfrentándose así abiertamente a Napoleón. Este, a modo de respuesta, vendió la Luisiana a los EE.UU con el fin de financiar la invasión de las islas británicas. Sin embargo, los problemas en el continente y la derrota naval de Trafalgar impidieron que este proyecto se llevara a término.

Los orígenes de la nación alemana


A lo largo de la Edad Moderna, nos encontramos con un mundo alemán fragmentado en un sinfín de principados y pequeños Estados, a los que hay que sumar la presencia de las grandes potencias en determinados territorios del ámbito germano.

Sin embargo, tras las guerras napoleónicas surgió un nacionalismo forjado en la lucha contra el enemigo francés, que terminó de modelarse al entrar en contacto con las corrientes culturales del romanticismo.

El romanticismo alemán

Las corrientes romanticistas, con un predominante carácter idealista, pregonaban el establecimiento de una sociedad basada en la idea de justicia, que, encarnado en la supuesta superioridad moral de los alemanes, se convirtió en el gran motor de la unidad germana.

En plena guerra contra el Imperio francés, Fichte escribió en Berlín su obra Discurso a la nación alemana, que recoge los postulados de la doctrina nacionalista germana.

En este texto resaltó la importancia histórica de la identidad alemana, plasmada en una lengua y una cultura propia, reclamando para ella un Estado independiente.

Posteriormente surgieron otros inspiradores del movimiento intelectual en los más diversos campos de la cultura, entre los que destacaron Ranke y Hegel; sin embargo, en un principio, este sentir fue algo muy minoritario, que tardó un tiempo en llegar a las capas populares.

La revolución de 1848 en Alemania

El contagio de los sucesos revolucionarios franceses y del levantamiento de Viena llegó a los territorios alemanes en marzo de 1848. En un primer momento se trató de una revuelta rural que reclamaba la supresión de las cargas señoriales y exigiendo algunas reformas de índole similar, pero finalmente toda esa agitación se trasladó a las ciudades.

En el medio urbano las protestas fueron de menor magnitud, destacando las que se produjeron en las regiones del sur -especialmente Baviera- Kandern y Alsacia. Entre sus reivindicaciones hay que resaltar: la libertad de presa y asociación, la creación de una guardia nacional, y la formación de asambleas representativas.

Otro suceso destacable de esta revolución de 1848 en Alemania fue la reunión de Heidelberg (5 de marzo), a la que asistieron representantes liberales de los distintos Estados alemanes de sur.

Estos se mostraron favorables a la construcción de un Estado federal de Alemania, y acordaron reunirse otra vez, en forma de Parlamento Previo representante de todos los alemanes, a finales del mismo mes en Frankfurt.

Fue justamente en esa misma ciudad donde a mediados del mes de mayo se constituyó la Asamblea Nacional Constituyente, cuyo presidente, Heinrich von Gagern, procedió a formar un gobierno provisional.

Los trabajos de la Asamblea de Frankfurt

Dentro de la Asamblea germana de reciente creación encontramos dos bloques bien diferenciados. La inmensa mayoría era partidaria de respetar los derechos de las monarquías reinantes, mientras que una minoría planteaba la creación de un Estado federal a imagen del de los EE.UU.

El principal problema de los representante reunidos en Frankfurt fue la debilidad del organismo que habían constituido: la Asamblea carecía de verdadera fuerza para imponer lo acordado, siendo imprescindible para ella buscar el apoyo de los diversos Estados.

No obstante, su labor legislativa y organizativa fue muy importante, destacando la Constitución Imperial alemana (27 de marzo de 1849), que recogía los derechos fundamentales del pueblo alemán, la existencia de un emperador que compartía el gobierno con el Reichstag o Parlamento, y el carácter bicameral del Reichtag, con una cámara elegida por sufragio universal y otra territorial.

Poco a poco se fueron configurando dos grandes corrientes dentro de la Asamblea. Por un lado, los liberales y protestantes, que defendía una “Pequeña Alemania”: una federación bajo el control de Prusia. Por otro, los católicos y demócratas, que abogaban por la “Gran Alemania”; incluyendo también todos los territorios de los Habsburgo.

Finalmente triunfo el movimiento de la “Pequeña Alemania”: la Asamblea de Frankfurt ofreció la corona imperial a Federico Guillermo IV de Prusia.

Sin embargo, la negativa de este y el triunfo de los sectores más radicales desembocó en un nuevo estallido revolucionario, que fue duramente reprimido por los distintos monarcas germanos

Historia de Japón: la revolución Meiji


Desde el siglo XVI, Japón había estado gobernado por el más poderoso de los linajes aristocráticos, los Tokugawa, que habían sustituido a la familia imperial en casi todas sus funciones.

Japón vivía una larga época feudal, en la que los Tokugawa habían ido delegando poder en sus vasallos, los daimios. El país vivía de espaldas a las influencias occidentales y a cualquier innovación económica y social.

La restauración de Mutsu Hito

Hacia 1850 la situación comenzó a cambiar, ya que algunos de los señores feudales empezaron a pensar en una posible restauración de los emperadores en sus antiguos poderes. Además, el peligro de la penetración occidental se hacía evidente con el avance ruso sobre Siberia y la guerra del opio entre ingleses y chinos.

Como consecuencia, poco a poco, los japoneses se vieron obligados a tomar la humillante medida de abrir sus puertos al comercio de las grandes potencias.

Ante las dificultades del gobierno Tokugawa, y la crisis en la que estaba sumido el país por la penetración del comercio exterior, algunos señores feudales decidieron restaurar, definitivamente, el poder imperial.

Así, tras derrotar al ejército de los Tokugawa, proclamaron la restauración en la persona de Mutsu Hito (1868). Con este emperador se inició una etapa de desarrollo crucial para la historia nipona, basada en el restablecimiento de la autoridad imperial y la occidentalización del país.

De esta forma, se puso fin a la época feudal de la nación nipona, y se procedió a su desarrollo industrial.

La nueva estructura organizativa

Los mayores esfuerzos del nuevo gobierno se centraron en remplazar los feudos por los departamentos (Ken). Los daimos, al ceder su feudo, renunciaban a una autoridad y a sus deudas, de las que se hizo cargo el gobierno.

Su puesto fue ocupado por los prefectos de la administración representantes del poder central. Asimismo desaparecieron los privilegios personales y las restricciones profesionales; fue, en definitiva, un proceso de desmontaje de monopolios estamentales. Además, un nuevo sistema fiscal suprimió las discriminaciones de la antigua recaudación estatal nipona.

Gracias a instructores franceses y alemanes se organizó un nuevo y unificado ejército nacional. De esta manera, desde 1873, se estableció el servicio militar obligatorio y se procedió al rearme de Japón.

El nacimiento de un gigante industrial

La industrialización de un país tradicionalmente en agrario se convirtió en el principal objetivo de los hombre del Meiji. Con este objetivo, el gobierno dirigió sus esfuerzos en cuatros direcciones:

  • Industrias estratégicas: se establecieron en Tokio y Osaka.
  • Transportes y comunicaciones: Primacía de los marítimos debido a que el abrupto relieve de la isla encarecía enormemente la construcción del ferrocarril. También hay que destacar el importante desarrollo del telégrafo.
  • Industria pesada: centrada en la minería y la construcción.
  • Textil: destacaron la lana, la seda, y, posteriormente, el algodón.
Además, el despegue industrial de Japón se basó en un importante crecimiento demográfico, en la tendencia a la innovación de sus empresarios, y a una rápida acumulación de capital.

Las reformas políticas

Durante las dos primeras décadas del Meiji, el sistema político nipón no funcionó de una manera fija: no poseía una estructura definida. Sin embargo, poco a poco se fueron formando los partidos políticos. Entre ellos cabe destacar el Partido de la Libertad, dirigido por Itagaki y con una importante participación de los samuráis, y el Partido Constitucional de la Reforma y el Progreso, liderado por Okuma y con el respaldo de los intelectuales, estudiantes y hombres de negocios.

En el año 1889 se promulgó la Constitución, que fue redactada por uno de los hombres fuertes del Japón Meiji: Itô. En virtud de esta ley fundamental, se estableció la existencia de un parlamento con dos cámaras, el sufragio censitario muy restringido y los derechos de los ciudadanos (expresión, reunión y religión).

Sin embargo, el emperador retenía enormes poderes: controlaba el ejército, proponía enmiendas para la Constitución, supervisaba la labor de los ministros, podía suspender las facultades del parlamento…

Por tanto, a pesar de la revolución que supuso el Meiji, Japón continuó siendo gobernado por una oligarquía: un grupo dominante que recurrió a la alternancia entre dos partidos.

La independencia de Iberoamérica

El inmediato antecedente de la independencia de Iberoamérica fue, sin lugar a dudas, la rebelión de las Trece Colonias de Norteamérica. El ejemplo de sus vecinos septentrionales, y el propio descontento de la burguesía criolla iberoamericana ejercieron un impulso decisivo sobre el proceso secesionista.

Otra de las causas de la independencia de estos territorios fue el apoyo exterior del que gozaron los sublevados; especialmente británico y norteamericano.

Sin embargo, el factor desencadenante fue la invasión napoleónica de la península Ibérica y la caída de las instituciones monárquicas de la España ocupada, que sin duda dio mayor autonomía a unas colonias deseosas de lograr la independencia.

La emancipación del Cono Sur

Río de la Plata era, por su prosperidad mercantil e industrial, la mejor dispuesta, de entre las colonias españolas, para alcanzar la independencia. De esta manera, gracias a la forja de un hondo sentimiento nacional, y al descontento por la dependencia comercial con respecto a la metrópoli, prendió con facilidad el fuego de la sublevación.

En 1810 se constituyó la Junta Patriótica de Buenos Aires, que, tras destituir al virrey, declaró la independencia de Río de la Plata.

Posteriormente, el movimiento independentista se fue, poco a poco consolidando ante el fracaso de las fuerzas de la reacción fernandina. Finalmente, las victorias militares de San Martín culminaron un proceso que pronto se extendió a Chile.

La Gran Colombia, el sueño de Bolívar

Mientras todo eso sucedía en la actual Argentina, más al norte –en Venezuela- se desarrolló un movimiento que presenta ciertos paralelismo con el anterior. Así, también en 1810, la Junta de Caracas inició el proceso de independencia.

Sin embargo, al tiempo que dentro de la Junta iba destacando la figura de Simón Bolívar, los rebeldes fueron derrotados por la contraofensiva realista (1814), que echó por tierra los planes de independencia.

Fue precisamente en el exilio cuando Bolivar concibió su proyecto de una América unida e independiente. Así pues, a la menor oportunidad, los independentistas criollos volvieron a la carga, logrando una serie de victorias consecutivas sobre los ejércitos españoles, que a la postre les valió el control sobre Venezuela y Colombia. Por fin, Bolivar podía comenzar a construir su ansiada “Gran Colombia”.

Perú, la caída de la fortaleza española

Perú era el gran bastión de los españoles en América: el lugar desde el cual se habían sofocado todas las rebeliones hasta ese momento. Sin embargo, tras los triunfos de Bolivar al norte, y de San Martín al sur, el virreinato se encontraba en una posición comprometida: entre dos frentes.

Así, atacados por los dos frentes, y perjudicados también por la inestabilidad de la metrópoli, que vivía en plena efervescencia del Trienio Liberal, Perú fue atacado.

Por el norte llegaron los ejércitos de Bolivar, y por el sur los de San Martín, que, tras entrevistarse en Guayaquil, vencieron a los españoles en Ayacucho (1824).

La peculiar independencia de Nueva España

La peculiaridad de la independencia de Nueva España fue que, en un principio, no la protagonizó la oligarquía criolla, sino por las clases bajas indígenas. De hecho, la burguesía, por miedo a la revolución, se unió a la metrópoli en su empeño por someter a los sublevados.

No obstante, tras el triunfo del Trienio Liberal en la Península, esa misma oligarquía favorable hasta entonces a la metrópoli, desarrollo un intenso movimiento subversivo antiliberal, y, en consecuencia, antiespañol.

Encabezados por Agustín de Iturbide, y bajo los tres puntos del Plan de Iguala – defensa de la religión católica, independencia de Nueva España, y unión de los habitantes del virreinado, tanto peninsulares como criollos-, los rebeldes lograron su independencia en apenas seis meses (1822).

A este fenómeno secesionista se unió posteriormente el de los territorios centroamericanos -denominados también como Provincias Unidas de América Central- que se mantuvieron unidos a Colombia hasta 1905.

La independencia de las colonias portuguesas

El proceso independentista de Brasil presenta todavía más peculiaridades que el estudiado anteriormente. En primer lugar porque varía la metrópoli –Portugal-, y en segundo término porque, a finales del siglo XVIII, a causa del control comercial por parte de portugueses e ingleses (Tratado de Mathuen, 1703), apenas existía oligarquía autóctona. En definitiva, podemos afirmar que los protagonistas de la secesión fueron los portugueses residentes en la colonia.

Los sucesos arrancaron con la huida de Juan VI, rey de Portugal, a Brasil durante la invasión napoleónica de la península Ibérica. En esa etapa, los dominios portugueses se gobernaron desde la colonia, que gracias a esto experimentó importante desarrollo económico, político y de las mentalidades.

Finalmente, tras el fin de la ocupación francesa y la vuelta del rey portugués a la metrópoli, Brasil se niega a volver a ser tratada como colonia. De esta manera, ante las pretensiones portuguesas, nombraron rey a Pedro I, hijo de Juan VI, y declararon su independencia.

Las etapas de la Revolución Francesa


El proceso revolucionario iniciado en Francia a finales del siglo XVIII, lejos de constituir una unidad, aparece ante nosotros como un conjunto de cambios políticos sucesivos –en ocasiones contradictorios- que van desde una monarquía constitucional al régimen imperial pasando por una república.

Por esta razón, en lugar de hablar de Revolución Francesa, quizás deberíamos referirnos a ese fenómeno en plural; o utilizar únicamente esa expresión para los acontecimientos de 1789.

Lo cierto es que, en apenas veintiséis años, los que van de 1789 a 1815, Francia pasó por once regímenes políticos distintos: monarquía absoluta, monarquía constitucional, república moderada, republicanismo radical, gobierno de un directorio, consulado, consulado vitalicio bajo Napoleón Bonaparte, imperio, monarquía absoluta, imperio y, nuevamente, monarquía absoluta.

El constitucionalismo moderado (1789-1791)

El primer periodo de la Revolución Francesa, el que es considerado, a su vez, el más auténtico, tiene un claro antecedente en la prerrevolución aristocrática. Los miembros de la nobleza, descontentos con el gobierno absolutista borbónico implantado en época de Luis XIV, aprovecharon la crisis económica finisecular para presionar a Luis XVI.

Es cierto que la nobleza francesa deseaba, únicamente, recuperar sus antiguos derechos y su papel protagónico en el gobierno del reino. Sin embargo, lo que acabaron desencadenando fue una revolución que, a la postre, acabó por privarles de todos los privilegios que aún mantenían.

La revolución de 1789 tuvo dos episodios fundamentales: una revolución política y una de carácter popular.

El acontecimiento clave de la primera de ellas fue la constitución, por parte de un grupo dentro de los Estados Generales –el tercer estado-, de una Asamblea Nacional en la Sala del Juego de la Pelota el día 5 de mayo. Estos hombres, al reclamar para sí, como representantes del pueblo, la soberanía nacional, entraban en conflicto con la soberanía que ostentaba Luis XVI.

La revolución popular se produjo el 14 de julio mediante la toma de La Bastilla por parte del pueblo parisino. Este suceso marcó, sin lugar a dudas, un punto de no retorno. La falta de reacción por parte del rey, la ausencia de represión, al fin y al cabo, dañó enormemente la imagen de Luis XVI. Francia quedaba en manos de la Asamblea Nacional, encargada de redactar una constitución donde el monarca vería reducidos enormemente sus poderes.

La Convención (1791-1794)

La radicalización del proceso revolucionario llevó al poder primero a los girondinos (1791-1792) y más tarde a los jacobinos (1793-1794).

Durante este periodo, además de la aparición del Terror, Francia se convirtió en una república: Luis XVI fue depuesto y ejecutado.

Los republicanos comenzaron a elaborar una nueva Constitución. Sin embargo, esta nunca llegó a promulgarse, ya que la radicalidad de algunas medidas sociales y económicas, unidas a la deriva terrorista del gobierno, favoreció la formación de una conjura contra Robespierre. De esta manera, la caída del líder de los girondinos el 9 de Termidor dio paso a un régimen más moderado: el Directorio.

El Directorio (1794-1799)

El régimen que siguió a la Convención no pasó de ser un gobierno de cinco notables al servicio de la alta burguesía y de los grandes hombres de negocios. Se suprimieron los derechos sociales promulgados por los radicales, que a su vez fueron duramente reprimidos, pagando así sus desmanes durante el Terror.

También se retornó al sufragio censitario y se instauró un legislativo de carácter bicameral, en la línea de las constituciones conservadoras que se promulgarían a lo largo de todo el XIX.

El gobierno de Napoleón (1799-1815)

La deriva conservadora tomada por el Directorio sólo podía llevar a la restauración de la monarquía en la figura de Luis XVIII, hermano menor de Luis XVI. Sin embargo, la aparición de un militar de prestigio como Napoleón Bonaparte abrió una segunda posibilidad: la sustitución del frágil gobierno de los cinco notables por el de un hombre fuerte.

El golpe del 18 de Brumario de 1799 llevó a Napoleón al poder. En un primer momento fueron nombrados tres cónsules con idénticos poderes por un periodo de diez años.

Pronto Bonaparte acaparó todo el protagonismo, quedando sus dos compañeros de viaje como simple comparsa. La constitución de 1802 consolidó el poder de Napoleón, que pasó a ser cónsul vitalicio. No obstante, poco tardó en aspirar a más este ambiciosos general. De esta manera, en 1804 se hizo coronar emperador, cargo en el que se mantuvo hasta 1814.

La catástrofe rusa de 1812, así como las derrotas militares que siguieron a esa campaña, obligaron a Bonaparte a abandonar el poder. Fue llevado a la isla de Elba, de donde escapó en 1815. Una vez en París reinició su segundo periodo imperial, que, como consecuencia de la derrota de Waterloo, no pasaría de los cien días.

Breves biografías de la revolución húngara


En esta página he recogido algunas de las biografías que, como notas a pie de página, se reproducen en La batalla de Budapest. Historia de la insurrección húngara de 1956. La relación de personajes es la siguiente:

Mátyás Rákosi
Ernö Gerö
András Hegedüs
János Kádár y Retrato de János Kádár
Imre Nagy
Zoltan Tildy
Gyula Kállai
Jozsef Révai
Márton Horváth
György Marosán
Géza Losonczy
Miklos Vásárhely
Sándor Haraszti
Miklós Gimes
György Fazekas
Ferenc Donáth
Tibor Déry
Zoltan Zelk
Szilárd Újhely
Miklós Molnár
Tibor Tardos
Tamás Aczél
Gábor Tánczos
László Piros
Antal Apró
Zoltán Szántó
Pál Maléter
Béla Király
Sándor Kopácsi
István Bibó
Ferenc Erdei
Anna Kéthly
Ferenc Münnich

Budapest, 23 de octubre de 1956

Crítica y contextualización de «La Batalla de Budapest. Historia de la insurrección húngara de 1956», obra de Ricardo M. Martín de la Guardia, Guillermo A. Pérez Sánchez e István Szilágyi publicada en 2006. El libro incluye en las notas al pie breves biografías de los principales protagonistas de esos hechos; me he tomado la libertad de reproducir esos textos en Historia en Comentarios. Para ver la relación de personajes, pulsa aquí.


23 de octubre de 1956: con el fin de apoyar las reformas emprendidas por la nación polaca, Hungría sale a la calle. Se trata, pues, de un acto de solidaridad entre vecinos que comparten un destino paralelo; pero también el deseo, por parte de los húngaros, de gozar de esos privilegios –un comunismo de carácter reformista- que les han sido concedidos a sus compañeros del norte. De esta manera, el inicial apoyo a Polonia va transformándose poco a poco en una concentración reivindicativa. Protesta que llevará a la nación húngara por el tortuoso, a la par que glorioso, camino de la revolución.

La libertad será finalmente la causa de una lucha que, a modo de representación en varios actos, acabará en tragedia.

Llegados a este punto cabe preguntarse si realmente, tal como hemos afirmado al comienzo, salió Hungría a la calle; es decir, si gozaron las reivindicaciones del día 23 y los posteriores hechos revolucionarios del apoyo de los húngaros. Para aquellos autores que defiendan una visión “romántica” de los sucesos de Budapest, entre los que sin duda cabe destacar a Peter Fryer, autor de Hungarian Tragedy, la respuesta será un claro y rotundo si. No obstante, también encontramos posturas más escépticas en torno a los hechos de octubre y noviembre. Charles Gati, por ejemplo, llega a afirmar que el pueblo húngaro se encontraba dividido entre revolucionarios y defensores de las posturas pro-soviéticas.

¿Dónde situar, pues, la obra que nos ocupa? ¿Es La Batalla de Budapest un estudio que viene a respaldar las teorías “románticas” acerca del 1956 húngaro? Sin duda, la investigación llevada a cabo conjuntamente por Ricardo Martín de la Guardia, Guillermo A. Pérez Sánchez e István Szilágyi profundiza en el aspecto heroico de la revolución. No obstante, esa tendencia a resaltar la búsqueda de libertad por parte de los húngaros se nos presenta en esta obra con toda su complejidad. Por esa razón, aunque esté más cercano a la órbita de los mitificadores, no cabe clasificar dentro de ninguno de los dos grupos el trabajo de estos historiadores.

La Batalla de Budapest. Historia de la insurrección húngara de 1956 nos relata con todos sus matices, escapando de las visiones simplistas que reducen todo a blanco o negro, los sucesos acaecidos en Hungría y, por extensión, en todo el Bloque Soviético, entre octubre y noviembre de 1956. Sin embargo, los autores, con el fin de presentar al lector un panorama más amplio que permita la mejor compresión del texto, realizan un breve repaso de la Historia húngara bajo la dominación soviética.

Al comienzo del libro se nos relatan, de forma resumida pero completa, los acontecimientos que precedieron al año 1956; a la sazón: el final de la II Guerra Mundial, el triunfo del comunismo filosoviético por medio del frentepopulismo, los años de Mátyás Rákosi al frente del MDP, y la crisis de los postulados estalinistas en Hungría. Posteriormente se narran, de manera pausada y detallada, los acontecimientos revolucionarios, la intervención soviética, y la represión que siguió a estos sucesos. Finalmente, de forma muy resumida, se esboza tanto el camino seguido por la Hungría de János Kadar como por la nación poscomunista a partir de 1988.

Una vez descrito el marco temporal del libro, procederemos a adentrarnos en aquellos aspectos relacionados con la insurrección de 1956. Como bien relata la obra que nos ocupa, existía en la nación magiar un profundo deseo de cambio; y con él, un político que personificaba, a los ojos del pueblo, ese ideal reformista. Imre Nagy, miembro del MDP, había defendido durante su periodo en el gobierno el establecimiento de un socialismo reformado.

Sin embargo, a causa de la férrea oposición del ala estalinista-rakosista, su proyecto no pudo llevarse a cabo. Con Nagy fuera de los círculos de poder, Hungría continuó -como ciego que va hacia el precipicio- andando la senda marcada por la vieja guardia comunista. Resultaba evidente que algo debía cambiar en la forma de llevar los asuntos de Estado. Y, sin lugar a dudas, personajes como Mátyás Rákosi, Ernö Gerö y András Hegedus –en el caso de que hubieran estado dispuestos, cuestión más que dudosa- no eran los adecuados para introducir esas reformas.

De esta manera, aprovechando las manifestaciones en apoyo al comunismo polaco reformado, el pueblo húngaro emitió su veredicto: querían cambios, querían a Imre Nagy.

A ese ansia de libertad existente en Hungría como consecuencia de la opresión llevada a cabo por el régimen rakosista, hemos de añadir, a modo de causa de los hechos revolucionarios, la penosa situación económica que atravesaban los magiares durante ese periodo. Una planificación al servicio del Bloque Soviético, que ignoraba las propias potencialidades y sectores tradicionales del mundo económico húngaro, fue causa del descontento generalizado entre las clases trabajadoras del país. Además, este sistema elaborado desde las más altas esferas del comunismo internacional, cuyo principal beneficiado era la URSS, lejos de solucionar los problemas de la crisis y la pobreza, los agravaba. Por tanto, resulta fácil entender que, tanto entre la población como dentro del MDP, surgiera una enconada oposición hacia la clase dirigente.

La Batalla de Budapest muestra de forma clara esa fractura existente dentro del comunismo húngaro: se aprecia desde el comienzo de la misma la enorme diferencia que separaba a Nagy y sus seguidores de Rákosi y la inmensa mayoría del MDP. Sin embargo, también desde los primeros capítulos, se sigue la evolución de la que estaba llamada a ser la otra gran figura –la tercera fractura- del comunismo húngaro.

János Kadar, político represaliado durante los terribles años de Rákosi, se nos presenta como un personaje siniestro, como un auténtico camaleón.

El hombre que a la postre gobernó Hungría durante más de treinta años no era un revisionista del ala de Nagy, pero tampoco un rakosista. El personaje de Kadar aúna unas profundas convicciones comunistas y una insaciable ansia de poder. Ambos elementos le permitieron descubrir durante la Revolución cuál era el camino adecuado para la consecución de sus propios fines: una interesada colaboración con Imre Nagy hasta que llegase el momento de recurrir a Moscú, o de que los hombres del Kremlin recurrieran a él.

El 23 de octubre fue el día señalado para que el polvorín húngaro, descrito hasta ahora, estallase. Los hechos se precipitaron a gran velocidad: la desaparición de los restos del régimen estalinista, la subida de Nagy al poder, la rehabilitación de Kadar y las reivindicaciones populares. Es justamente en este último elemento donde vamos centrar nuestra atención. Los revolucionarios, en su mayoría jóvenes universitarios formados bajo el sistema soviético, querían a Imre Nagy, al comunista reformista, pero sus deseos iban más allá. El nuevo líder de la insurrecta Hungría era, al fin y al cabo, un hombre del MDP, con unas convicciones ideológicas y sujeto a cierta disciplina de partido. Su proyecto era válido para junio de 1953, e incluso también para el 22 de octubre de 1956, pero resultaba insuficiente para la nación levantada en armas el día 23.

La Batalla de Budapest hace hincapié en esa bicefalia de la propia revolución: el poder oficial personificado en Imre Nagy, y el poder popular surgido a raíz de los distintos movimientos cívicos, intelectuales y militares. No cabe duda de que ambos, como forjadores de una nueva y breve Hungría, se respetaron y respaldaron. Sin embargo, leyendo las páginas de la obra que nos ocupa, se comprueba que el gobierno reformista no logró controlar la situación hasta que no aceptó las reivindicaciones populares más extremistas: democratización del país, apertura a Occidente, salida del Pacto de Varsovia… Da la sensación de que, hasta ese momento, Imre Nagy no es más que un muro de contención puesto por los comunistas para mantener aquello que se pueda salvar. Solo cuando el líder húngaro hace suyas esas reclamaciones, poniéndose al frente de la revolución, controla realmente la situación interna del país –la externa dependía de la URSS-, ganándose así el respeto y obediencia de todos los movimientos revolucionarios.

Como ya sabemos, el sueño húngaro fue aplastado por la maquinaria militar soviética mediante la “Operación Tornado”, iniciada por el mariscal Georgy Zhukov el 4 de noviembre.

El cariz tomado por los hechos revolucionarios y el cambio de postura de gobierno húngaro a partir del 28 de octubre alarmaron a los ya de por sí sensibles hombres del Kremlin. Llegaba, pues, la hora de János Kadar que, bajo el patrocinio de Yuri Andropov y con el respaldo de la URSS, iba a convertirse en el hombre más poderoso de Hungría. Las maniobras llevadas a cabo por el antiguo represaliado repugnan por su cinismo y falta de escrúpulos, pero no sorprenden si se tiene en cuenta el doble aspecto de su personalidad: ansia de poder y fidelidad extrema a Moscú.

¿Pudo haberse evitado la intervención armada del Pacto de Varsovia? ¿Existía alguna posibilidad de que Imre Nagy estableciese en Hungría un sistema similar al que Gomulka alcanzó para Polonia? Charles Gati culpa a los húngaros por tratar de ir demasiado lejos; afirma que la nueva élite soviética –los dirigentes que condenaron el estalinismo en el XX Congreso del PCUS- estaba abierta a un socialismo reformado en Hungría. Por su parte, autores como Paul Lendvai, Lászlo Eörsi y Andras Gervai, además de insistir en lo imprevisibles que resultaban las decisiones de la cúpula soviética, afirman que las reformas moderadas abogadas por Gati no habrían sido ni tan siquiera posibles.

Mantienen, pues, que los húngaros no creían que reformar el sistema comunista fuera suficiente. Para los revolucionarios, era todo o nada. A este respecto los tres autores de La Batalla de Budapest parecen defender la tesis de que la invasión resultaba inevitable. Desde el momento de su repliegue inicial, las tropas soviéticas estaban preparando la ofensiva definitiva. Sea como fuere, Budapest cayó bajo los ejércitos del mariscal Zhukov, y los líderes de la revolución fueron objeto de la posterior represión.

Hasta ahora hemos descrito la insurrección húngara desde un punto de vista casi exclusivamente interno. Sin embargo, esos acontecimientos y su desenlace final no pueden entenderse atendiendo únicamente al territorio magiar, hay que observarlos también a la luz de una óptica internacional. Dos países vecinos de la República Popular de Hungría van a influir de manera notable en el surgimiento de la revolución de 1956. En primer lugar hemos de hablar de Austria, cuya cuestión se había resuelto un año antes (1955). Los austriacos se habían integrado de lleno en el mundo occidental gracias a los acuerdos alcanzados por las potencias vencedoras de la II Guerra Mundial. Como consecuencia de esto las tropas soviéticas acantonadas en este país tuvieron que abandonarlo, siendo Hungría el destino escogido para su nuevo emplazamiento.

Tanto la libertad alcanzada por la limítrofe Austria, como la presencia más numerosa del Ejército Rojo en el propio territorio, fueron factores determinantes que empujaron a los húngaros a buscar mejorar su propia situación; gritaban “ruszkik haza!”.

En segundo lugar nos ocuparemos de una nación que hemos mencionado más arriba: Polonia. A principios de otoño de 1956, los polacos lograron aquello por lo que llevaban luchando los revisionistas húngaros desde 1953; y Moscú había aceptado ese cambio dentro de uno de sus territorios satélite ¿Porqué iba Hungría a ser diferente? Eso mismo debieron pensar los húngaros cuando salieron a la calle el día 23, precisamente por Polonia.

La URSS fue, junto con Hungría, la principal protagonista de los acontecimientos que nos ocupan. Esto se debe a que, con independencia de los que sucediese en territorio húngaro, y ante la escasa o nula reacción internacional, la suerte de la nación iba a decidirse en los despachos del Kremlin. Desde su nacimiento, la insurrección vivió bajo la amenaza constante de una posible invasión por parte del Ejército Rojo; un ataque que sin remedio acabaría con todas sus esperanzas de cambio y apertura. Por tanto, resulta de vital importancia tratar de comprender cómo se veía desde la Unión Soviética la revolución húngara. Y, sobre todo, preguntarse qué consecuencias hubiera tenido su triunfo para el sistema de bloques sancionado en Yalta.

Nikita Kruschov, cuyo liderazgo al frente del PCUS todavía no estaba del todo asentado por aquel entonces, pudo ver en las reivindicaciones magiares un peligro para su posición dentro del partido.

En efecto, la lucha por el poder continuaba en el Kremlin, y el sector cercano a Malenkov podía haber echado en cara al líder soviético su actitud blanda hacia Polonia y Hungría. No obstante, la posición de Kruschov no era la única que podía tambalearse. Existía el riesgo de que todo el Bloque Soviético se viniese abajo, como fichas de dominó, si en Hungría triunfaba la revolución ¿Quién hubiera sido el siguiente? ¿Rumania? ¿Checoslovaquia? ¿La RDA?… Además, no se podía descartar una intervención occidental en tierras húngaras, con todo lo que esto hubiera supuesto para el desarrollo de la Guerra Fría. Nos queda todavía por enumerar un último elemento dentro de todo esta lista de peligros para la URSS y su máximo dirigente: Hungría podía convertirse en una nueva Yugoslavia, e Imre Nagy en otro Tito. Es fácil entender tras esta explicación la necesidad que los soviéticos tenían de mantener el orden de posguerra en el territorio húngaro: los magiares debían permanecer en el Pacto de Varsovia y someterse a la doctrina de la soberanía limitada.

¿Qué sucedió en Occidente mientras miles de húngaros luchaban por librarse del yugo soviético?

Los enemigos del socialismo real no supieron aprovechar la ventajosa situación que se les presentaba; y con ello condenaron a Hungría, y a las restantes naciones del Este, a una esclavitud que se prolongó por tres décadas. Radio Europa Libre daba esperanzas a los combatientes magiares, pero la realidad difería notablemente de lo que se transmitía a través de las ondas. Occidente quería la libertad de Hungría, pero lo pedía un imposible: alcanzar la occidentalización en una lucha cuerpo a cuerpo contra la superpotencia soviética. El mundo capitalista tardó en darse cuenta de la opotunidad que se le presentaba; su tardanza fue mortal para la nación húngara. Únicamente las protestas de plataformas cívicas, las intervenciones informales de algunos políticos, y los manifiestos de la intelectualidad occidental, desviaron la atención de la opinión pública –centrada en el conflicto de Suez- hacia los sucesos húngaros.

No obstante, los comunistas occidentales si que se vieron afectados por ese otoño de 1956. El rostro despiadado mostrado por la URSS –el verdadero talante del socialismo real- sirvió para que a muchos miembros de los distintos partidos nacionales se les abrieran los ojos. El número de afiliados dentro de los mismos se redujo notablemente, no solo por la actuación soviética, sino también por el respaldo incondicional mostrado por sus líderes en Francia e Italia. La versión oficial soviética sobre los acontecimientos húngaros, aquella que la tildaba de contrarrevolución llevada a cabo por elementos fascistas ajenos a la realidad del pueblo magiar, fue la que propagaron a los cuatro vientos los partidos comunistas occidentales. La defensa de esta interpretación y la tarea de silenciar los actos represivos de la URSS sobre el pueblo y los líderes húngaros, sirvió para que Occidente se percatase del papel servil que cumplían los grupos de extrema izquierda establecidos en los países capitalistas.

La Batalla de Budapest ofrece al lector un amplio conocimiento acerca de la aventura emprendida por el pueblo húngaro en octubre y noviembre de 1956. Es, en definitiva, una obra amena que evita un lenguaje farragoso, cumpliendo así con su finalidad divulgativa. No obstante, la comprensión de lo que se nos presenta en esta investigación resulta más completa si se posee una mínima idea acerca del contexto histórico en el que se desarrollaron los hechos. Por esta razón, es recomendable repasar brevemente algunos manuales de Historia que aborden la cuestión de Europa del Este durante la Posguerra.

Bibliografía: 

[1] La Batalla de Budapest. Historia de la insurrección húngara de 1956; Ricardo M. Martín de la Guardia, Guillermo A. Pérez Sánchez, István Szilágyi – Madrid – Actas – 2006.

[2] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[3] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus – 2006.

España en tiempos de Fernando VII


Con motivo del bicentenario de la Guerra de Independencia española (1808-1814), he escrito una serie de artículos analizando este acontecimiento y el posterior reinado de Fernando VII.

La narración de los hechos viene acompañada de una síntesis de la evolución político-ideológica de España en ese periodo, que marca el inicio del triunfo liberal en el gobierno de la nación.

He agrupado la información de la siguientes manera:

Contexto y escenarios de la revolución liberal
La Guerra de Independencia
El proyecto político francés
El proyecto liberal español
La reacción absolutista
El Trienio Liberal y la Década Ominosa