Aliá: Historia de la emigración judía a Palestina

Artículo publicado por Historia en Presente el 16 de julio de 2008.


Al iniciar el proyecto de “Historia en Presente”, tenía claro que una de las cuestiones centrales del mismo iba a ser Oriente Próximo, y en concreto el Estado de Israel. Por diversas razones he tardado mucho en iniciar el repaso a la problemática de Palestina; otros temas como Kosovo, Serbia o Turquía han copado la mayor parte de mis esfuerzos. Sin embargo, con casi varios meses de retraso sobre la fecha del sexagésimo aniversario de la fundación de Israel, presento el primer artículo dedicado al mismo. Se trata de un repaso histórico de la emigración judía a Palestina.

Los emigrantes rusos y la primera aliá

La emigración al territorio palestino se inició a finales del siglo XIX; sus protagonistas fueron los judíos de la Europa oriental y balcánica.

En el ambiente opresivo que se respiraba dentro de los confines de la inmensa Rusia se fue formando, poco a poco, un modesto y desorganizado movimiento migratorio. Por medio de este, entre 1882 y 1891, llegaron a los casi despoblados distritos otomanos de Palestina algo más de 25.000 jóvenes obreros y estudiantes judíos. Su objetivo principal era redimir a su pueblo de las consecuencias negativas de la ya milenaria diáspora.

Pretendían construir en su antigua patria, condenada a una situación de pobreza y atraso, un nuevo estado sobre la base del trabajo agrícola. Además, entre sus tareas prioritarias se encontraba la recuperación de la lengua hebrea.

Esta primera aliá de época contemporánea, nombre con el que se conoce a las sucesivas emigraciones judías a Palestina, tuvo escasas repercusiones en su momento. Empezó a adquirir importancia a raíz de los movimientos sionistas que se desarrollaron poco después de la misma. Sin los hechos posteriores, la epopeya que conocemos hoy día, esta migración de judíos orientales, no hubiera pasado de mera anécdota en el gran libro de la Historia.

El surgimiento del problema judío y la segunda aliá

Las consecuencias del affaire Dreyfus convencieron a los judíos occidentales de que la ansiada asimilación era un objetivo demasiado arduo como para seguir persiguiéndolo. Se demostró que el antisemitismo, mito que ellos mismos también habían ayudado a forjar a lo largo de varios siglos, no era tan sólo un fenómeno propio de las sociedades poco desarrolladas –la Rusia de los zares era el ejemplo más característico hasta la fecha-, sino que también se daba en la Europa occidental.

Cuando el fenómeno estalló con toda su virulencia en la Francia de la Revolución y de los Derechos del Hombre, cuando al calor del affaire Dreyfus las muchedumbres gritaban “¡muerte a los judíos!” por las calles de París, algunos intelectuales judíos que hasta la fecha se sentían despreocupadamente asimilados empezaron a sospechar que la emancipación de los hebreos de Europa era una quimera. Así, en el caso del “problema judío”, la crisis de la solución liberal allanó el camino a la solución nacional.

En esas fechas tomó cuerpo el movimiento sionista, cuyo líder más representativo fue Theodor Herzl.

Pocos años después, tras la muerte prematura de Theodor Herzl en el verano de 1904 y el rechazo de una oferta territorial de Londres en el África Oriental Británica (el llamado “proyecto Uganda”, aunque en realidad se trataba de una porción de Kenya), el movimiento sionista se vio inmerso, durante la década inmediatamente anterior a la Gran Guerra (1914-1918), en una ardua travesía del desierto.

En medio del parón diplomático, otros 40.000 jóvenes judíos de la Europa Oriental emprendieron el camino hacia Palestina, resueltos a levantar desde abajo, poco a poco, lo que Herzl el visionario había concebido desde arriba en una curiosa novela de anticipación, Antigua y nueva tierra (Altneuland), publicada en 1902. La historiografía ha etiquetado a ese contingente de inmigrantes como “la segunda aliá“.

La Declacración Balfour y las emigraciones de entreguerras

En noviembre de 1917, en medio de la enorme convulsión geopolítica de la Gran Guerra, el sionismo obtuvo el primer compromiso internacional relevante a favor de sus aspiraciones: la Declaración Balfour, a través de la cual el gobierno británico hacía suya y garantizaba su apoyo a la idea de crear en Palestina “un hogar nacional para el pueblo judío”, sin perjuicio de “los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías” en aquel territorio.

Es, desde luego, un compromiso ambiguo, contradictorio con las promesas hechas casi simultáneamente a los árabes para espolear su rebelión antiturca, y concebido por Londres más que nada para asegurar su futuro control sobre Palestina, frustrando toda aspiración francesa sobre el territorio.

Hitler y la quinta aliá

El sionismo, hijo de la fobia antijudía de Europa, recibió de la crisis política, social y moral europea de las décadas de 1930 y 1940 un impulso decisivo hacia la obtención de sus objetivos fundacionales.

En los ocho años comprendidos entre 1932 -en que el Partido Nacionalsocialista Alemán (NSDAP) obtuvo el 37,4% de los votos y se convirtió en la primera fuerza política del Reich alemán- y 1939 -en que Hitler desencadena por fin la Segunda Guerra Mundial (1939-1945)-, la amenaza directa del nazismo empujó hacia Palestina a 200.000 judíos centroeuropeos (alemanes, austríacos, checos…) que, sin ese peligro y sin las restricciones crecientes a la emigración hacia América, jamás habrían ido a establecerse allá abajo.

Fueron ellos quienes transformaron la precedente comunidad pionera judeopalestina en una sociedad de perfil completamente occidental, con sus clases medias, sus profesionales cualificados e incluso su incipiente burguesía; fueron ellos quienes convirtieron dicha sociedad (de unos 450.000 miembros en 1939, el 29 por ciento de la población total) en el embrión de un Estado. ¿Y cuál fue el motor de esa quinta aliá? Hitler. No es una coincidencia que sólo en 1935 -el año de promulgación de las Leyes Raciales de Nüremberg- arribasen a las costas palestinas 62.000 fugitivos de Europa.

Como era inevitable, la espectacular consolidación demográfica y económica del proyecto sionista desencadenó el miedo y la hostilidad de la comunidad árabe palestina, y nutrió una escalada de disturbios y violencias intercomunitarias que iba a culminar con la gran revuelta árabe de 1936 para convertirse en algo crónico.

La potencia mandataria, la Gran Bretaña, intentó, por medio de comisiones, planes y conferencias, propiciar una conciliación imposible y luego, cada vez más inquieta ante la cólera creciente de un mundo árabe cuyo apoyo frente a Hitler no le convenía enajenarse, decidió dar un vuelco a su política en Palestina. El Libro Blanco británico de mayo de 1939 cerraba las puertas del territorio a nuevos inmigrantes judíos, cuatro meses antes de que el Führer nazi convirtiese el continente europeo en una ratonera mortal para sus 8,5 millones de habitantes hebreos.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Jutd– Madrid – Taurus – 2006.

[4] Europa en la era global; Anthony Giddens – Barcelona – Paidós. Estado y sociedad – 2007.

[5] Los orígenes del totalitarismo; Hannah Arendt – Madrid – Alianza -2006.

[6] Oriente Medio. Crisis y desafíos; Alain Duret – Barcelona – Salvat -1995.

[7] En defensa de Israel; VVAA – Barcelona – Libros Certeza – 2004.

El Japón contemporáneo hasta 1945

Artículo publicado por Historia en Presente el 10 de julio de 2008.


La semana pasada publicaba un artículo sobre la Historia de China entre 1800 y 1949. En esta ocasión, teniendo en cuenta la intensa relación entre el gigante asiático y sus vecinos nipones, me he decidido a escribir algo acerca de Japón en esas mismas fechas. Como se comprueba a lo largo de las siguientes líneas, las referencias a China son constantes.

Japón a comienzos del siglo XIX

Japón era a principios del periodo contemporáneo un país agrícola. Sin embargo, aunque era heredero cultural de China, no estaba tan lastrado por la tradición como esta. La estructura japonesa, que presentaba rasgos propios de la jerarquización feudal, estaba abierta a un rápido desarrollo; tan sólo era necesario ponerlo en marcha. Hemos dicho que Japón debía buena parte de su identidad a la aportación del gigante continental.

No obstante, a diferencia de los chinos, los japoneses no despreciaban las virtudes militares, sino todo lo contrario. Además, aunque existía un rechazo al extranjero, veían con buenos ojos la práctica del comercio, que era controlado por el grupo de los daimíos.

La evolución japonesa es análoga a la de China. A lo largo de este periodo Japón hace concesiones a los países industrializados: cede una base a los holandeses en Nagasaki, permite la entrada de los norteamericanos en 1853, y otorga privilegios a Rusia tras ser derrotada militarmente. No obstante, en lugar de cerrarse más sobre sí mismo, tal como tendió a hacer el gobierno chino, Japón se sume en una profunda crisis. El final de esta marcó el comienzo del desarrollo de los nipones hasta llegar a convertirse en una gran potencia industrial, diplomática y militar.

La formación del imperio japonés: ruptura del aislacionismo

Tras la crisis originada por las derrotas y concesiones comerciales de la década de 1850, Japón emprendió el camino del desarrollo; un avance que le iba a equiparar en pocas décadas a las potencias occidentales. De esta forma, en la guerra que le enfrentó a China por el control de Corea y Manchuria (1894-1895), los japoneses obtuvieron un rápida y sorprendente victoria.

El éxito militar se repitió en el conflicto de 1904-1905 con Rusia por idénticos territorios. Cinco años más tarde, en 1910, Japón se anexionó Corea, y en 1914, aprovechando la Gran Guerra, las posesiones alemanas en el Océano Pacífico. Finalmente, los japoneses presentaron a China en 1915 una lista de veintiún peticiones. La aceptación de la misma suponía de hecho el control de la nación nipona sobre el gigante continental.

Las causas del imperialismo japonés que acabamos de describir hemos de buscarlas en la Revolución Meiji, que afectó a casi todos los campos de la vida política, económica, social y cultural de Japón.

A este hecho hemos de añadir la explosión demográfica experimentada por el país, el aumento de la producción de arroz y las consiguientes ganancias vía exportación, el rápido desarrollo industrial de esos años, las indemnizaciones de guerra aportadas por las naciones derrotadas… Además, los japoneses tomaron conciencia de que la escasez de materias primas en su propio territorio les obligaba a importarlas y, por tanto, para equilibrar la balanza de pagos debían exportar productos manufacturados. En definitiva, este desarrollo le permitió a Japón llevar una política de rechazo a la presencia occidental en extremo oriente algo similar a la Doctrina Monroe norteamericana.

El expansionismo japonés

Tras la Gran Guerra (1914-1918), Japón se integró en las corrientes políticas de Occidente. Fue uno de los protagonistas de los tratados de paz, en los que, como potencia victoriosa, sacó compensaciones; eso sí, no tantas como las que esperaba, lo que le llevó a formar bloque con la irredenta Italia. Los japoneses se vieron arrastrados también por la oleada democrática-liberal que sacudió el globo tras el conflicto. Esto obligó al gobierno imperial a introducir ligeros cambios en su propio sistema político. No obstante, esos ideales democráticos fueron barridos por la crisis de los años treinta.

En esos años, el poder militar, que nunca había llegado a someterse a las autoridades civiles, tomó el poder tras un breve periodo de rumores y “ruido de sables”.

Con un gobierno semifascista en el poder, los japoneses invadieron Manchuria en el año 1931, estableciendo en este territorio un estado satélite. Posteriormente, envalentonados con el progresivo repliegue británico en el Pacífico, presentaron nuevas exigencias a la China de Chiang Kai-shek, a la que finalmente declararon la guerra en 1937. Este conflicto se solapó con la II Guerra Mundial, en la que Japón se integró en virtud del pacto Antikomintern firmado con la Alemania nacionalsocialista y la Italia fascista.

El declive de la potencia japonesa en la guerra se inició con el mayor de sus éxitos: el bombardeo de Pearl Harbour.

El enfrentamiento con los EE.UU., caracterizado por numerosos enfrentamientos en las numerosas islas del Pacífico, terminó en derrota tras la batalla de Midway y los ataques atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki en verano de 1945. En los acuerdos de Potsdam y Yalta se sancionaba la pérdida, por parte de Japón, de los territorios ocupados en China, Formosa y Corea. Además, los norteamericanos ocuparon varias islas en el Pacífico a costa del poder japonés, que era obligado a desmilitarizarse y a establecer un régimen democrático de estilo anglosajón.

Bibliografía

[1] Historia Universal Contemporánea I y II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] La creación de Japón 1853-1964; Ian Buruma – Barcelona – Mondadori– 2003.

[4] Historia del Japón I. El fin del shogunato y el Japón Meiji, 1853-1912; J. Mutel – Barcelona – Vicens Vives– 1972.

[5] Japón en el siglo XX: de imperio militar a potencia económica; Luis Eugenio Togores Sánchez – Madrid – Arco-Libros– 2000.

[6] Historia del nacionalismo; Hans Kohn – México – Fondo de Cultura Económica – 1984.

China: el gigante asiático de 1800 a 1949

 Artículo publicado por Historia en Presente el 3 de julio de 2008.


Existen mil y un motivos para escribir en la actualidad sobre China, así que este artículo apenas precisa de presentación. No obstante, como siempre viene bien explicar el porqué de las cosas, les diré que he escogido este momento con motivo de los próximos Juegos Olímpicos de Pekín. A continuación trato de analizar, de forma sintética y general, la Historia de ese país entre comienzos del XIX y mediados del XX. Pongo punto y final a mi relato con el triunfo del comunismo maoísta en China; aunque no descarto completar ese repaso histórico en artículos futuros.

China a comienzos del XIX: política interior y exterior

A comienzos del siglo XIX China era, como en la actualidad, un enorme país que contaba con un gran potencial demográfico. Sin embargo, ese gigante oriental era víctima de la inercia marcada por su centenaria tradición y por las élites gobernantes. Mientras el mundo occidental vivía un intenso proceso de urbanización e industrialización, China era un país de campesinos, compuesto por un sinfín de pequeñas y grandes aldeas; apenas existían ciudades que, desde luego, no eran como las europeas.

Esa sociedad rural era relativamente homogénea; tan sólo destacaba del común un pequeño grupo aristocrático al que, debido al inmovilismo existente, era muy difícil acceder.

En Pekín, una de las pocas urbes a las que nos referíamos anteriormente, vivía el emperador con su séquito y los miembros de la administración estatal. El gobernante, para escarnio de algunos habitantes del país, pertenecía a una dinastía extranjera de origen manchú [3]. No obstante, la labor de gobierno, donde destacaba la figura de los mandarines, era relativamente eficaz. Estos, al igual que la mayor parte de la población china, recelaban de la presencia mercantil y militar extranjera que, a lo largo del siglo XIX, se fue haciendo más abrumadora.

La primera apertura de China a las exigencias comerciales de esos países –exceptuando, claro está, las tímidas relaciones establecidas desde los viajes de Marco Polo- se produjo en Cantón, y los beneficiados fueron los británicos. Posteriormente, el Tratado de Nankín puso fin a la llamada Guerra del Opio, que enfrentó a los chinos con el Imperio de la Reina Victoria entre 1839 y 1842 [4].

Según las cláusulas del mismo, los vencedores adquirían el derecho a comerciar en cinco puertos de China, uno de ellos a orillas del Yang Tse Kiang. Además, se otorgaba un estatuto especial para Hong Kong. En este mismo periodo también Francia y los EE.UU. lograron arrancar concesiones al receloso gobierno oriental. Había dado comienzo el reparto de la “tarta china” que tan bien caricaturizaron a finales de siglo los dibujantes de la prensa europea.

Estas concesiones fueron ampliadas a estas y otras potencias con motivo de la larga insurrección de los Taiping, donde los occidentales tomaron postura en favor de estos o del gobierno en función de sus propios intereses [4].

Estancamiento y crisis en China

La, en cierto modo violenta, incursión comercial de Occidente provocó un generalizado rechazo -en ocasiones rozando lo cómico- hacia todo lo relacionado con los “invasores”; incluido el desarrollo de estos. Y, por si fuera poco, la fidelidad a la civilización tradicional china no ayudó precisamente a superar estos prejuicios. Mientras el poder imperial se iba poco a poco descomponiendo, el territorio fue dividiéndose en feudos controlados por los “señores de la guerra”.

Sin embargo, no todo eran desgracias para el pueblo chino. En los puertos abiertos al comercio, lugares donde se concentraban los principales intereses europeos y norteamericanos, se fueron formando enclaves de desarrollo económico. Fruto de la acumulación de población que huía de la pobreza rural, se levantaron grandes ciudades; lugares que sirvieron como catalizadores de las nuevas ideas.

La manifestación más clara del retraso de China la encontramos en el control que su vecino nipón empieza a tener sobre ella. Japón se convierte, al igual que las potencias occidentales, en “señor” de los destinos chinos tras derrotar al gigante asiático en la Guerra de Corea.

La victoria japonesa tuvo consecuencia territoriales y comerciales para la propia China, de las que también procuraron sacar partido los europeos. Sin embargo, el temor de estos últimos a que el expansionismo japonés pusiera en peligro sus intereses comerciales, les llevó a apoyar al más débil. De esta manera, la nueva potencia fuerte –Japón- no pudo sacar de su victoria todas las concesiones que deseaba.

Las sucesivas derrotas y humillaciones facilitaron el surgimiento de sociedades secretas que actuaban contra los intereses del gobierno, de los señores, y de las propias potencias occidentales. Esas organizaciones constituyeron el germen de la “revuelta de los boxers”, ante cuyas reclamaciones los emperadores no tuvieron más remedio que ceder.

Tan sólo la intervención occidental en pleno cambio de siglo impidió que los radicales chinos se hicieran con todo el poder. Las potencias, que por supuesto descartaban la posibilidad de colonizar territorialmente China –era demasiado extensa y llevaba asociada consigo demasiados problemas-, se limitaron a obtener nuevas garantías y privilegios una vez finalizado el conflicto.

Las revoluciones chinas

La crítica situación que vivía China obligó a la emperatriz Tseu-Hi a aceptar el programa reformista propuesto por la nueva clase de hombres de negocios que había surgido en el país [3].

Estos impulsaron un proceso de desarrollo basado en prácticas económicas de tipo moderno, que vino acompañado de una reforma del Ejercito y del funcionariado, y por la promulgación de una Constitución. Además, se abandonaron muchas de las antiguas tradiciones, de entre las que destaca el culto a la figura divina imperial. Esto, junto con el aumento del número de funcionarios y altos cargos antidinásticos, debilitaron la posición de la familia imperial.

En 1912, tras la caída de la dinastía reinante Sun Yat Sen se convirtió en el primer presidente de la República China. Este personaje había elaborado unos años antes una teoría política en la que defendía el nacionalismo antimanchú, el antiimperialismo, la democracia y el socialismo. Sin embargo, su ineficacia en la lucha contra los imperiales y los “señores de la guerra”, a la que se unió la anarquía existente dentro del propio territorio republicano acabaron propiciando el relevo en la presidencia; Sun Yat Sen fue sustituido por Yuan Che-kai.

Al término de la Gran Guerra (1914-1918), los acuerdo de paz acabaron por legitimar la ocupación japonesa de varios territorios del Pacífico, incluidos algunos pertenecientes a China.

Este hecho, unido a la inercia desastrosa que arrastraba el gigante asiático desde comienzos del XIX, volvió a sumir al país en una profunda crisis. Tras el periodo de caos, en 1927 el Kuomintang asumió el poder. La tranquilidad se prolongo durante un breve periodo de cuatro años, en los cuales este grupo mantuvo unidos en su seno a nacionalistas, socialistas y demócratas. La ruptura del pacto con los comunistas marcó el inicio de un nuevo periodo de crisis.

Las luchas entre “señores de la guerra” volvieron a asolar el territorio chino, al tiempo que Japón invadía Manchuria en 1931. Con este panorama interno China iba a enfrentarse al convulso periodo bélico de finales de los años treinta y principios de los cuarenta. En 1937 iniciaba una guerra con Japón que, enlazando con los II Guerra Mundial, no tocó a su fin hasta el años 1945 [1]. La nación china sufrió grandes pérdidas en el conflicto, fue humillada en numerosas ocasiones, pero gracias a la victoria aliada salió triunfadora en la conflagración.

El final victorioso sobre Japón en la guerra de 1937-1945 no acabó de apaciguar los ánimos en China. La división dentro del Koumintang tras la ruptura protagonizada por los comunistas de Mao Tse-Tung, llevó al ejército de este a enfrentarse con el gobierno de Chang Kai-Shek [5].

La guerra civil china duró cuatro años (1945-1949). En ella los comunistas, con apoyo de la URSS, se alzaron con la victoria.

Los nacionalistas huyeron del territorio continental, constituyendo un gobierno en el exilio en la isla de Taiwán (Formosa) bajo la protección y el reconocimiento de los EE.UU. Desde entonces existen dos estado que reclaman la herencia china: uno comunista en el continente, y otro nacionalista en la isla.

Bibliografía

[1] Historia Universal Contemporánea I y II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] Los Manchúes; Pamela Kyle Crossley – Barcelona – Ariel – 2002.

[4] Historia breve de China; Pedro Ceinos – Madrid – Silex – 2003.

[5] Cisnes salvajes: tres hijas de China; Jung Chang – Barcelona – Circe – 2006.

[6] Historia del nacionalismo; Hans Kohn – México – Fondo de Cultura Económica – 1984.

La Transición. Síntesis y claves

 Artículo publicado por Historia en Presente el 21 de junio de 2008.


En el presente artículo nos ocuparemos de España, y más en concreto del periodo de transición a la democracia. He escrito esta crítica de un libro publicado recientemente por Salvador Sánchez-Terán, ministro en los gobiernos de Adolfo Suárez. En él se aborda el desarrollo histórico de esa etapa, pero también se realiza un profundo análisis de la misma. También incluyo un breve estado de la cuestión con sus citas bibliográficas, y notas biográficas sobre el autor.

Introducción: la responsabilidad de ser protagonista

“Creo que las personas que hemos tenido la oportunidad o el privilegio de protagonizar algún aspecto importante de la vida pública de nuestros pueblos, tenemos la obligación de dejar constancia, de algún modo, de nuestra experiencia histórica”. Así se expresaba Salvador Sánchez-Terán en el prólogo de su obra, fechada en 1988, De Franco a la Generalitat (Barcelona, Planeta, 1988).

Con espíritu similar se publica, dos décadas después, La Transición. Síntesis y claves (Barcelona, Planeta, 2008). El autor analiza esos años decisivos en la Historia reciente de España desde la perspectiva del protagonista –gobernador civil de Barcelona, secretario de organización de UCD, ministro de Comunicación y Transportes, ministro de Trabajo, y miembro del Congreso de los Diputados-, pero también desde el punto de vista del antiguo constructor temeroso de que la deriva tomada por la actual política nacional eche por tierra ese edificio que, con tanto esfuerzo, construyeron los miembros de la llamada “Generación de la Concordia”.

Se trata de un legado valiosísimo puesto por escrito por uno de los hombres que llevaron a cabo la Transición.

Como indicaba Ricardo García Cárcel en su reseña a este libro publicada en el Cultural de Abc, Sánchez-Terán “ha querido ejercer, más que de testigo directo, de historiador del proceso de transición”. Su obra poco se diferencia de la de otros estudiosos del pasado; es, al fin y al cabo, una síntesis de los acontecimientos que rodearon e hicieron posible la Transición.

No obstante, esa visión general se ve enriquecida por las opiniones personales del autor, que no es un cualquiera, sino un protagonista que trató de tú a tú a muchos personajes influyentes de la época. A esto hemos de añadir la detallada descripción que hace de aquellos acontecimientos en los que jugó un papel protagónico (gobernador civil de Barcelona, operación Tarradellas, redacción de los estatutos de UCD…). En definitiva, nos encontramos ante un libro sobre la Transición que esconde algo personal en cada una de sus páginas.

La Transición: un estado de la cuestión

Hemos de situar La Transición. Síntesis y claves en el marco de obras que abordan la evolución política española entre 1973 y 1986. Cierto es que el autor, de manera justificada desde mi punto de vista, limita el periodo de la Transición a los años que van de 1975 a 1978. No obstante, teniendo en cuenta la notable disparidad de criterios existentes en torno a la cronología, hemos de abrir el marco bibliográfico a los textos que abordan la etapa comprendida entre la muerte de Carrero Blanco y el ingreso de España en las Comunidades Europeas.

El primer aspecto a señalar es la abundancia de obras relativas a esta temática, donde predominan los textos que repasan el desarrollo histórico del periodo o elementos puntuales del mismo. Por contra, son pocos los personajes que han sido estudiados en profundidad fuera de las grandes figuras. Esta laguna se subsana en parte con la proliferación de memorias escritas en su día por los hombres que en esa época jugaron un importante papel.

La tarea llevada a cabo por Salvador Sánchez-Terán en su afán por conocer el contenido de unas y otras queda indicada de manera directa en las primeras páginas del libro, y se intuye en el resto del mismo. El autor se sirve en abundantes ocasiones de citas extraídas de otras obras y, en ocasiones, versa ideas de sus autores.

En el ámbito de los trabajos de Historia hemos de destacar a Javier Tusell, especialmente por La transición a la democracia (Madrid, Historia16, 1991) e Historia de la transición 1975-1986 (Madrid, Alianza, 1996), realizada con la colaboración de Álvaro Soto; el trabajo conjunto de Raymond Carr y Juan Pablo Fusi en España de la dictadura a la democracia (Barcelona, Planera, 1979); la obra de José María Maravall, La política de la transición 1975-1980 (Madrid, Taurus, 1980); y el repaso histórico realizado por Victoria Prego en Así se hizo la Transición (Barcelona, Plaza & Janés, 1996). También hemos de mencionar otros estudios como La apuesta del centro: Historia de UCD de Silvia Alonso-Castrillo (Madrid, Alianza, 1996), Elecciones y partidos en la transición española de Mario Caciagli (Madrid, Siglo XXI, 1986), y El triunfo de la democracia en España 1969-1982 de Paul Preston (Barcelona, Plaza & Janés, 1986).

En los que respecta a las memorias de los protagonistas me limitaré a mencionar algunas de las más importantes: Al servicio del Estado de Rodolfo Martín Villa (Barcelona, Planeta, 1984), Diario de un ministro de la monarquía de José María de Areilza (Barcelona, Planeta, 1978), En busca del tiempo servido de Manuel Fraga (Barcelona, Planeta, 1987), Al servicio de la Corona de Alfonso Armada (Barcelona, Planeta, 1983), Memoria viva de la transición de Leopoldo Calvo Sotelo (Barcelona, Planeta, 1990), Memorias de la transición de Santiago Carrillo (Barcelona, Grijalbo, 1983), Confesiones de Vicente Enrique y Tarancón (Madrid, Promoción Popular Cristiana, 1996), y, por supuesto, De Franco a la Generalitat de Salvador Sánchez-Terán (Barcelona, Planeta, 1988).

Como ya hemos indicado más arriba, hay pocos estudios biográficos realizados sobre los protagonistas de la Transición. Me limitaré a citar tres muy significativos, los referentes a las personas que ocupaban los puestos de Jefe de Estado, Presidente de las Cortes y Presidente del Gobierno en el momento de la Reforma Política. De las abundantes obras escritas en torno a la figura del Rey destacaría Juan Carlos I, un rey para la democracia de Charles Powell (Barcelona, Ariel-Planeta, 1995). En lo que se refiere a Torcuato Fernández-Miranda y a Adolfo Suárez existe menos bibliografía. Del primero de ellos tan sólo encontramos Lo que el Rey me ha pedido de Pilar y Alfonso Fernández-Miranda (Barcelona, Plaza & Janés, 1995); y del segundo, aunque existen varias obras, citaremos la de Carlos Albelda, Adolfo Suárez (Madrid, Espasa-Calpe, 1997).

El recurso a Diccionario de la Transición de Victoria Prego (Barcelona, Plaza & Janés, 1996) es útil en tanto que en él encontramos referencias a todos los protagonistas del periodo; sin embargo, la información sobre ellos, lógicamente, es bastante limitada.

Sobre la Transición se ha escrito mucho, y existe una gran disparidad de opiniones en algunos aspectos –hemos citado tan sólo el cronológico-; no obstante, la mayor parte de los autores coinciden al calificarlo como un proceso positivo y exitoso. Aquí hemos seleccionado una serie de libros que, además, también recoge Sánchez-Terán en el apartado bibliográfico de La Transición. Síntesis y claves, pero podíamos haber citado muchos más.

Tal como indicamos al iniciar el epígrafe, la cuestión a la que nos referimos, si bien no es un tema cerrado, si está abundantemente estudiado. A ese respecto, la obra que nos ocupa no viene a llenar ninguna de las lagunas existentes; se trata de un resumen histórico de la Transición como tantos otros de los citados anteriormente. Su valor radica en la categoría humana, profesional e histórica del autor, así como en su capacidad para ordenar la información y presentarla de manera sencilla.

El autor: Salvador Sánchez-Terán

Salvador Sánchez-Terán Hernández nació en Logroño el 19 de abril de1934. Cursó los estudios de Primaria y Bachillerato en el Colegio San José de los Maristas. Doctor Ingeniero de Caminos por la Escuela Técnica Superior de Madrid, obtuvo un diploma en dirección de empresas por el IESE, fue presidente de la COPE (1993); de Siderúrgicos Independientes asociados (SIDERINSA); de la AIE integrada por varias constructoras; del SEOPAN (1966); de Telefónica (1980-1982); y lo es en la actualidad del Consejo Social de la Universidad de Salamanca.

En otro orden de actividades, ha sido Presidente Nacional de la Juventud de Acción Católica (1959) y vicepresidente internacional de la Juventud de Estudiantes Católica (1963). En 1968 participó en la fundación del grupo editorial Prolesa, integrado por elementos de ideología democristiana y socialdemócrata. Fue también miembro del Consejo de administración del INI, director gerente de la Sociedad de Empresas de Obras Públicas de Ámbito Nacional (1966), y director General de RENFE (1970-1973). Desempeñó la función de Vicepresidente del Colegio de Ingenieros de Caminos y de Presidente del patronato del CEU. Es patrono de la Fundación Villalar-Castilla y León en representación de los Consejos Sociales de las Universidades Públicas de Castilla y León. Recibió la distinción de la Gran Cruz de Carlos III.

En cuanto a su actividad propiamente política fue Secretario de Organización de UCD (1977) y diputado por Salamanca en 1977 y 1979. Como Gobernador civil de Barcelona (1976-1977) recibió el encargo por parte de Adolfo Suárez de las negociaciones para el restablecimiento de la Generalitat de Cataluña. Más tarde, fue nombrado Ministro de Transportes y Comunicaciones (de febrero de1978 a abril de1980), y de Trabajo (de mayo a septiembre de 1980). Con la desaparición de UCD se retiró de la política activa. Autor de De Franco a la Generalitat (Barcelona, Planeta, 1988), y de La Transición. Síntesis y claves (Barcelona, Planeta, 2008).

Estructura de la obra

Sánchez-Terán divide su obra en dos grandes bloques. En primer lugar nos encontramos con la “síntesis”, en cuyas páginas el autor resume el desarrollo histórico de la Transición española.

Este repaso se inicia con un capítulo referido a los últimos tiempos de Franco. El autor deja bien claro que no considera como parte de la Transición esa etapa –ni siquiera desde la muerte de Carrero Blanco-, pero que para comprenderla es imprescindible saber qué pasó en los años finales del Régimen. El periodo que realmente pretende explicar, el comprendido entre noviembre de 1975 y diciembre de 1978, aparece dividido en tres partes: la primera etapa (noviembre de 1975 a julio de 1976), referida a la apertura de las libertades; la segunda (julio de 1976 a junio de 1977), concerniente a la reforma política; y la tercera (junio de 1977 a diciembre de 1978), que aborda el consenso constitucional y otros problemas de ese periodo.

En las páginas dedicadas a la “síntesis”, tal como ha quedado indicado más arriba, Sánchez-Terán no aporta nada nuevo a nuestro conocimiento sobre los hechos. Se trata de un resumen de lo acaecido muy similar al que podemos encontrar en otras obras sobre la Transición. No obstante, el autor expresa, en ocasiones, cual es su opinión sobre la actuación de los protagonistas de cada momento.

Además, dedica el último epígrafe de los capítulos a lo que el llama “síntesis del período”, donde analiza de forma estructurada las claves de cada etapa. Este apartado, así como las referencias puntuales que hace sobre su propia actuación política, son los aspecto más interesantes del libro. De hecho, una de las mayores satisfacciones de la lectura de La Transición. Síntesis y claves es poder situar al autor en el transcurso de los hechos.

En el segundo bloque de su libro, Salvador Sánchez-Terán se centra en lo que él llama las “claves” de la Transición.

Ahí analiza el papel jugado por algunos de los principales personajes e instituciones de la época. De esta manera, nos encontramos con valoraciones sobre la actuación del Rey, Adolfo Suárez, Torcuato Fernández-Miranda, el Ejército, la Iglesia Católica, el Partido Socialista, el Partidos Comunista, la Unión de Centro Democrático, Alianza Popular, el nacionalismo catalán, la prensa, las fuerzas sociales y económicas, y la Generación de la Concordia.

En el apartado dedicado a las “claves” el autor muestra una vez más su claridad de ideas, su excelente capacidad para el análisis, y su facilidad para hacerse entender por escrito; aunque hemos de contrastar esa claridad en su forma de escribir con cierta falta de elegancia en su prosa. A cada argumento expresado a favor o en contra de un personaje o institución, Sánchez-Terán nos muestra un ejemplo concreto de lo que pretende explicar. Su análisis no parte de ideas preconcebidas, sino de acontecimiento vividos. Además, sin ocultar errores y aciertos huye de la descalificación y del triunfalismo; explica los hechos más como un historiador que como un testigo.

El libro finaliza con un epílogo donde se analiza la Transición española dentro del marco establecido por Huntington: la tercera oleada democratizadora. En este epígrafe el autor hace gala de sus profundos conocimientos teóricos sobre la cuestión, manifestados principalmente a través de citas y explicaciones referidas a importantes teóricos de la ciencia política. Además, con la prosa sencilla y estructurada que le caracteriza, sabe analizar de una manera sintética los rasgos específicos de la experiencia española dentro de ese marco mundial que anteriormente ha definido.

Bibliografía:

[1] La Transición. Síntesis y claves; Salvador Sánchez-Terán – Barcelona – Planeta – 2008.

[2] La transición a la democracia; Javier Tusell – Madrid – Historia16 -1991.

[3] España de la dictadura a la democracia; Juan Pablo Fusi y Raymond Carr – Barcelona – Planeta – 1979.

[4] Así se hizo la Transición; Victoria Prego – Barcelona – Plaza & Janés– 1996.

[5] La apuesta del centro. Historia de la UCD; Silvia Alonso-Castrillo – Madrid – Alianza – 1996.

[6] De Franco a la Generalitat; Salvador Sánchez-Terán – Barcelona – Planeta – 1988.

[7] Juan Carlos I, un rey para la democracia; Charles Powell – Barcelona – Ariel-Planeta – 1995.

[8] Lo que el Rey me ha pedido; Pilar y Alfonso Fernández-Miranda – Barcelona – Plaza & Janés – 1995.

Los balcanes en el siglo XX (1918-1999)

Artículo publicado por Historia en Presente el 21 de junio de 2008.


En los tres meses de vida que tiene este blog he dedicado muchos artículos a la problemática balcánica. Dos hechos han sido los responsables de esa atención especial: la independencia de Kosovo, que recientemente ha aprobado su Constitución, y las elecciones serbias del pasado mes de mayo, con sus consecuencias para la futura adhesión de ese país a la UE. Con el fin de aportar una visión global acerca de las cuestiones tratadas, me ha parecido oportuno publicar el presente artículo en mi blog. Lo escribí en febrero de 2008 para la Tribuna del Club Lorem-Ipsum.

El final de la Gran Guerra acabó con el sueño de la Monarquía Dual austrohúngara. Su derrota en el conflicto puso fin al estado de los Habsburgo, surgiendo a partir de este un nuevo mapa de la Europa centro-oriental. Serbia, gran rival de los austriacos en los territorios balcánicos, fue una de las grandes beneficiadas en su proceso de descomposición.

Bajo el nombre de Yugoslavia surgió un gran estado que agrupaba en su seno a croatas, eslovenos, albaneses, macedonios, montenegrinos, italianos, bosnios y serbios. Se trataba de una estructura política artificial, una cesión de las potencias de la Triple Alianza a las pretensiones expansionistas de los serbios.

Los postulados nacionales de tipo wilsoniano no se tuvieron en cuenta a la hora de establecer este nuevo estado; y, por si fuera poco, en lugar de procederse al reparto del poder entre los grupos que lo integraban, todo quedó bajo la batuta de Serbia. A lo largo de este artículo trataremos de explicar el desarrollo histórico de Yugoslavia: un Estado que surgió de manera artificial al término de una guerra y que, en medio de una década conflictiva, desapareció sin dejar rastro.

La situación yugoslava durante el periodo de entreguerras (1918-1939) nos puede ayudar a entender mejor el papel jugado por serbios y croatas en la Guerra Nacionalsocialista (1939-1945). Estos últimos, como segunda etnia más importante dentro del estado, mostraron su malestar -cuando no insubordinación- ante el fuerte centralismo serbio.

De esta manera, al comienzo de las operaciones militares llevadas a cabo por alemanes e italianos en los Balcanes, no dudaron en unirse a las potencias del Eje en calidad de fuerzas colaboracionistas. Surgió así, bajo el amparo del Reich hitleriano, el estado ustacha. Este se mantuvo, en constante enfrentamiento con los chetniks y los partisanos serbios, hasta el repliegue de las tropas alemanas.

El final de la II Guerra Mundial dejó paso a la denominada Europa de Yalta, en donde se daba carta de naturaleza a la división del Continente.

Los soviéticos, mediante la táctica frentepopulista, amparada por la presencia en media Europa del Ejército Rojo, establecieron gobiernos afines en Hungría, Rumania, Bulgaria, Polonia, Checoslovaquia, Alemania Oriental y Albania. Yugoslavia no se quedó al margen del fenómeno bipolar que afectó al mundo entre 1945 y 1991. Sin embargo, siguió un desarrollo un tanto peculiar.

El poder alcanzado por los partisanos de Jose Broz (Tito) durante el conflicto, hizo innecesaria la presencia de la URSS para liberar los territorios yugoslavos. A esto hay que añadir las buenas relaciones que, por aquel entonces, tenían Stalin y Tito. De esta manera, Yugoslavia siempre vivió un poco al margen de las directrices soviéticas.

Poco a poco las relaciones entre Moscú y Belgrado se fueron enfriando hasta el punto de llegar al nivel de enemistad en 1948. La no aceptación de varios puntos de la doctrina estalinista supuso la expulsión de Yugoslavia del Kominform. El gobierno de Tito recuperó entonces sus relaciones con Occidente, y pasó a formar parte del grupo de estados no alineados. A lo largo de las décadas siguientes las relaciones entre Yugoslavia y la URSS estuvieron marcadas por la desconfianza y por los reproches mutuos.

Los yugoslavos apoyaron en la medida de lo posible cualquier tipo de autonomía con respecto a Moscú por parte de los gobiernos orientales (Hungría, Polonia, Checoslovaquia…), mientras que los soviéticos siempre mantuvieron su amenaza militar sobre los territorios balcánicos. Tan sólo la muerte de Tito y la llegada al poder de Mijaíl Gorbachov destensaron un tanto las relaciones de dos estados que, por aquel entonces, se encontraban ya en un periodo terminal.

El final del comunismo en Yugoslavia coincidió cronológicamente con el del resto de países del bloque soviético. Sin embargo, el cambio de régimen disto mucho de ser pacífico.

Entre los condicionantes históricos de la guerra de Yugoslavia hay que destacar, en primer lugar, los problemas generados en el proceso de sustitución del estado comunista. Los restantes países de la Europa central y oriental también se enfrentaron a este reto, pero otros factores, como el nacionalismo de los distintos territorios balcánicos o la actitud de algunas potencias occidentales, imposibilitaron ese proceso.

Dentro de la cuestión nacional, hay que destacar los siguientes aspectos: el problema religioso, el viraje ideológico de los comunistas hacia el nacionalismo, la identificación de divisiones étnicas como fronteras políticas, y el papel desestabilizador de las oligarquías y del nacionalismo populista.

Las presiones serbias sobre la autonomía de Kosovo y Vojvodina marcaron el inicio de la descomposición de Yugoslavia como edificio estatal unificado. Los nacionalistas de Slobodan Milosevic alcanzaron el objetivo de hacerse con la mayoría de los votos dentro del entramado federal, pero despertaron con esto el sentimiento nacional entre los demás miembros.

De esta manera, y a pesar de que el Ejército Popular yugoslavo actuó a lo largo de esos años como prolongación del gobierno serbio, Eslovenia y Croacia abandonaron Yugoslavia entre 1991 y 1992. No obstante, Milosevic no renunció a su idea de la Gran Serbia; es más, la ausencia de Croacia y Eslovenia le permitía actuar con más libertad en favor de sus propios intereses. Le llegó entonces el turno a Bosnia, territorio que serbios y croatas no dudaron en repartirse.

Sólo la actuación internacional pudo poner fin a un conflicto que en 1995 llevaba ya tres años sembrando de cadáveres los Balcanes. La ineficaz intervención europea, y el colapso de la ONU ante el veto de Rusia, obligaron a los norteamericanos a intervenir de manera unilateral. Los acuerdo de Dayton y la presencia militar internacional pusieron fin a la guerra de Bosnia, que se establecía como estado independiente. Perdida también Macedonia, las apetencias del nacionalismo serbio se dirigieron de nueva hacia Kosovo, donde los movimientos en favor de la autonomía de la región iban tomando fuerza.

Finalmente, los serbios se decidieron a iniciar una guerra que tenía como fin último expulsar a la etnia albanesa del territorio kosovar. Una vez más, la reacción de la comunidad internacional, hacia lo que de hecho era una limpieza étnica, fue lenta e ineficaz. Tan sólo la actuación de los EE.UU. evitó la catástrofe. En 1999, Belgrado era sometido a un duro bombardeo; poco después caía el régimen de Milosevic.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus -2006.

[3] La Europa balcánica. Yugoslavia, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días; Ricardo M. Martín de la Guardia y Guillermo A. Pérez Sánchez – Madrid – Síntesis – 1997.

[4] La trampa balcánica; Francisco Veiga – Barcelona – Grijalbo – 2002.

[5] Los conflictos yugoslavos. Una introducción; Carlos Taibo y José Carlos Lechado – Madrid – Fundamentos – 1993.

[6] Guerra en Kosovo; Carlos Taibo – Madrid – Catarata – 2002.

[7] Los conflictos de los Balcanes a finales del siglo XX; Enrique Fojón -GEES – 18 de septiembre de 2002.

[8] Adiós, Milosevich, no vuelvas; Manuel Coma – GEES – 15 de marzo de 2006.

Apuntes sobre el genocidio armenio

Artículo publicado por Historia en Presente el 17 de junio de 2008.


En el presente artículo abordo una de las cuestiones más polémicas en la actual candidatura turca a la Unión Europea: el genocidio armenio de 1915. No tenía previsto escribir sobre esto por el momento, pero gracias a los comentarios de Citoyen en mi último post sobre Turquía –“La carta turca y sus peligros”– he decidido profundizar sobre la cuestión. El siguiente artículo no es más que una breve introducción a la masacre de armenios durante la Gran Guerra, por eso le doy la denominación de “apuntes”; espero publicar en los próximos meses algo más profundo en relación al tema.

¿Se puede justificar un genocidio?

A la hora de abordar las cuestiones relativas al genocidio armenio son muchos los historiadores, políticos y periodistas que han tratado de relacionarlo con el Holocausto judío de la Segunda Guerra Mundial.

En la última década algunos autores, basándose en los peculiares lazos históricos existentes entre Alemania y Turquía, han defendido la inspiración nacionalsocialista en la experiencia otomana para llevar a cabo la labor genocida antisemita. Otros, sin llegar a tanto, han unido ambos acontecimientos en base a la cantidad de víctimas generadas: las limpiezas étnicas más “exitosas” de la Historia. Sin embargo, salvo en el contexto bélico de ambos, los paralelismos brillan por su ausencia.

Casi cien años después de la tragedia los europeos pide cuentas a Turquía. Esta República, sólo en parte heredera del poder otomano, ha de responder por los actos cometidos en nombre de un sultán que ella misma derrocó [6]. Europa, anacrónica como ninguna a pesar de su rica herencia histórica, olvida una y otra vez que, mientras libraba una guerra de grandes proporciones, el Imperio Otomano tuvo que luchar contra una minoría étnica en su retaguardia.

Es más, los europeos olvidan, de nuevo, que fueron justamente ellos los que, con el fin de alcanzar la victoria en la Gran Guerra, favorecieron las ansias nacionalistas armenias hasta los límites del paroxismo. Olvidan, y ya van tres, que las armas utilizadas por la “quinta columna” armenia venían directamente de Rusia, Gran Bretaña y Francia.

Mencionar el genocidio armenio sin situarlo en su contexto es, a mi juicio, una muestra de mala fe y una prueba de falta de juicio.

El Imperio Otomano fue el único contendiente del conflicto de 1914 que hubo de hacer frente a una guerra de contrainsurgencia en el interior de sus fronteras, a causa de los levantamientos nacionales árabe y armenio. Mientras se enfrentaba a los rusos en Sarikamis y a los británicos en Gallípoli y Cesifonte, tenía que poner un ojo en el interior de sus territorios por miedo a la peligrosa minoría armenia. Y, como bien demostraron los acuerdo de paz de Sevres, la Sublime Puerta se jugaba mucho en la Primera Guerra Mundial: sobre la mesa estaba la propia supervivencia como estado [2].

Las sombras que rodean al genocidio armenio son quizás las grandes culpables de las increíbles historias que circulan en torno a ese acontecimiento. La falta de información, fruto de la mentira y la ocultación, ha generado un sinfín de leyendas que a la larga no ha hecho más que perjudicar a los genocidas. Fue precisamente Turquía la que trató de ocultar todos los detalles relacionados con la matanza de armenios para así evitar la reprimenda internacional. Con esto no hicieron otra cosa que abrir las puertas a las habladurías que, poco a poco, fueron superando a la tan temida realidad.

Después de la labor de maquillaje realizada por los turcos, llegaron los todopoderosos cronistas europeos a construir una gran historia, falsa también, pero grandiosa por la magnitud y crueldad de la catástrofe. Occidente ha visto, en esa gran mentira, el renacer del turco despiadado de época Moderna. Más tarde llegó el Holocausto; a los enemigos de Turquía les faltó tiempo para comparar ambos hechos.

El asesinato de miles de personas no es justificable, pero de ahí a compararlo con la maquina de muerte nazi hay un mundo. Las cifras, motivaciones y desarrollo de ambos genocidios fueron totalmente distintas. La acción de los otomanos no tenía en su origen prejuicios racistas; defendían la seguridad del Imperio frente a un movimiento nacionalista e insurgente. Además, no hemos de olvidar que esa rebelión se produjo en un momento crítico para el poder otomano, que libraba una dura guerra desde 1914.

Por el contrario, los judíos jamás buscaron destruir Alemania. Fue el Reich alemán el que inicio las hostilidades, y no por cuestiones de seguridad estatal; era el racismo el que guiaba la mano de los verdugos nacionalsocialistas. El genocidio armenio, cuyo origen fue una simple deportación de miles de personas, supuso –que no es poco ni justificable- la eliminación de los enemigos del Imperio. El Holocausto, por contra, no se limitó a exterminar a los judíos de la Europa central y oriental.

Primero los humilló, después los torturó y, más tarde, procedió a su eliminación. Es evidente que la persecución antisemita contenía un alto grado de sadismo.

Ningún genocidio es justificable; cada pueblo es responsable de su Historia y de las limpiezas étnicas que sus antepasados llevaron a cabo. Turquía ha de reconocer la barbarie de 1915, ha de pedir perdón y rendir homenaje a las víctimas. Sin embargo, Europa actúa de modo irresponsable cuando pide cuentas excesivas a los turcos. Sin duda es un trago difícil para ellos, no se lo compliquemos más. Hemos de dejar de compararlo con el Holocausto, ampliar nuestras miras para comprender el contexto del momento, y reconocer nuestra responsabilidad en la catástrofe [6].

De la convivencia al odio: Armenia entre dos siglos

Desde la Guerra de Crimea (1854-1856) hasta la Primera Guerra Mundial todos los enemigos del Imperio Otomano siguieron una táctica homogénea con respecto a las minorías étnicas presentes en su territorio: fomentar en ellos el sentimiento nacionalista hasta provocar el surgimiento de la insurrección armada. En respuesta a esa política rusa con respecto a los armenios en el conflicto de 1854, los otomanos declararon la igualdad de derechos de esta etnia en relación a los turcos.

Además, pasaron a ser considerados minoría protegida, y empezaron a ocupar numerosos cargos importantes en la administración imperial. Sin embargo, las raíces del movimiento de liberación armenio se habían fortalecido lo suficiente como para rechazar las ventajas de su nuevo estatus dentro del Imperio.

En la guerra que libraron otomanos y rusos entre 1877 y 1878, encontramos a grupos de voluntarios armenios entre los ejércitos del invasor eslavo. El propio patriarca armenio de Constantinopla, Jrimian, hizo un llamamiento a la revuelta de su pueblo contra el poder otomano [3].

Sin embargo, una vez terminado el conflicto con la aplastante victoria de Rusia, los zares mostraron cuánto apreciaban la existencia de un Caballo de Troya dentro del territorio otomano. A pesar de las presiones armenias, se negaron a negociar en el Tratado de San Stefano la independencia de la región. Era mejor mantener la pelota en el tejado turco para aprovecharse de ello en futuras ocasiones. Pero no sólo a Rusia le interesaba que Armenia siguiera dentro del Imperio Otomano. Las potencias reunidas en la Conferencia de Berlín (1885) tampoco cedieron a la petición de los representantes armenios.

Por tanto, la convivencia entre armenios y otomanos estaba rota a finales del XIX; el odio y la desconfianza eran las notas dominantes en sus relaciones. La negativa obtenida en San Stefano y Berlín llevó a los independentistas por la vía de la rebelión y el terrorismo. Pretendían llamar la atención de la comunidad internacional; hacer inevitable la intervención de alguna potencia occidental o de la propia Rusia. Además, la habitual desproporción de la respuesta otomana a cada una de esas actividades favorecía la consecución de ese objetivo.

A este respecto, cabe destacar las matanzas protagonizadas por los milicianos imperiales de origen kurdo durante el otoño de 1895. Hechos como este no se repitieron hasta el genocidio de 1915.

Los acontecimientos que hemos relatado anteriormente no impidieron, sin embargo, que los independentistas caucásicos colaborasen con el grupo de los Jóvenes Turcos en su lucha contra la política imperial. El sultán era tenido por aquel entonces como enemigo común tanto de movimientos nacionales como de reformistas.

Así, cuando estos últimos se hicieron con el control del Imperio en 1909, las acciones violentas entre uno y otro bando tendieron a desaparecer. Aunque no nos engañemos, a esas alturas la situación era muy difícil de encauzar; se trataba tan sólo de una tregua, un periodo que los armenios otorgaban a los Jóvenes Turcos para buscar una solución a su problema. Lógicamente, como en casi todas las cuestiones relacionadas con el nacionalismo, esto resultó imposible.

Los acontecimientos bélicos y las deportaciones

La guerra de 1914 proporcionó a los armenios una nueva oportunidad para levantarse contra el poder otomano. En cuanto se inició el conflicto los incidentes comenzaron a sucederse en la retaguardia. Esto, lógicamente, incomodaba en exceso el buen desarrollo de las operaciones militares. La situación llegó al límite tras la derrota del III y IV ejército imperial frente a las tropas rusas en la batalla Sarikamis [3]. Numerosos pueblos armenios se levantaron contra las autoridades otomanas, y los milicianos independentistas, armados con material ruso, cortaron las comunicaciones de los principales caminos.

Los soldados derrotados en Sarikamis quedaron aislados entre el frente y una retaguardia hostil en el Caucaso. A esto se unió la conquista de la ciudad de Van por parte de los contingentes armenios. La situación no era cómoda para Estambul, que procedió a escarmentar a sus díscolos súbditos; las tropas kurdas y circasianas se lanzaron contra el territorio armenio. Estas masacres marcaron el inicio un genocidio que los afectados sitúan en millón y medio de muertos.

Los hechos narrados hasta el momento constituyen la parte de la historia que nunca se suele relatar. Los acontecimientos posteriores son, por el contrario, más conocidos por todos; si bien es verdad que las cifras varían en función del narrador de turno. El 24 de abril de 1915, el jefe del Estado Mayor otomano, Enver Pasa, aprobó un plan para dispersar a los armenios por el territorio imperial [3]. El objetivo era que la población de esa etnia no superase, en ninguna circunscripción, el diez por ciento del total de la misma. No obstante, parece que detrás de la orden se escondía un claro deseo de ejecutar de manera masiva a la población civil armenia.

La deportación, realizada en pleno verano por un territorio árido y agreste, acabó con la vida de la mayor parte de esas personas; trescientas mil según los historiadores turcos.

A la crueldad de esas jornadas realizadas a pie hemos de añadir los escasos suministros recibidos por los armenios a lo largo de su viaje, así como la ausencia de atenciones sanitarias. Por tanto, el genocidio se llevó a cabo, en su mayor parte, sin violencia. Al Imperio Otomano le bastó con inventarse una deportación sin retorno.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] El turco. Diez siglos a las puertas de Europa; Francisco Veiga – Barcelona – Debate – 2007.

[4] Turquía, entre Occidente y el Islam: una historia contemporánea; Glòria Rubiol – Barcelona – Viena -2004.

[5] Turquía: el largo camino hacia Europa; Delia Contreras – Madrid – Instituto de Estudios Europeos – 2004.

[6] Turquía: Atatürk camina hacia Europa; Carlos González Martínez – Luz y Taquígrafos – Mayo de 2007.

Kosovo: albaneses, serbios y demás interesados

 Artículo publicado por Historia en Presente el 13 de junio de 2008.


Tal como anuncié al publicar mi último artículo –“Kosovo: una discrepancia historiográfica”– voy a dedicar unos pocos párrafos a los aspectos más significativos de la Historia kosovar durante el XIX. No trato de ofrecer con esto un repaso exhaustivo y cronológico de cómo se fueron sucediendo los acontecimientos. Mi objetivo es dar algunas pinceladas que ayuden a comprender el devenir histórico de la región a largo de ese siglo.

A mi entender, el rasgo más significativo de este periodo, y seguramente de los últimos seiscientos años en los Balcanes, es la influencia de las potencias exteriores en el conflicto local. Así lo reflejo en el texto y en el título, donde las palabras “demás interesados” hacen referencia a Rusia, Austria-Hungría y el Imperio Otomano.

La progresiva retirada de “el hombre enfermo”

El Imperio Otomano, tan temido por la Europa de los siglos XVI y XVII, fue perdiendo poder de manera progresiva hasta los años inmediatamente anteriores a la Revolución Francesa (1789). Por aquel entonces, el gigante oriental comenzó a ser conocido en las cancillerías europeas como “el hombre enfermo” [5]. Su estado de postración era algo evidente a los ojos de los demás países, donde se esperaba con ansia y temor su más que previsible desmembración. Ansia por las ganancias territoriales y económicas que esto traería consigo; temor por la amenaza que eso suponía para el equilibrio pactado entre las principales potencias.

Europa jugó durante todo el XIX a mantener, más o menos de forma artificial, el poderío otomano. Juego que no siempre se respetó; el nacimiento de Grecia es, tal vez, el mejor ejemplo de esto.

Con alguna que otra pérdida territorial y, sobre todo, con su prestigio por los suelos, el Imperio Otomano se mantuvo como pudo hasta la Primera Guerra Mundial. El Tratado de Sevres [5], punto de partida del moderno estado turco, supuso a su vez la sentencia de muerte contra “el hombre enfermo”. Sus territorios, con excepción de Anatolia –no respetada en su totalidad- quedaron convertidos en protectorados, nuevas naciones, y ampliaciones de las ya existentes.

No obstante, en lo relativo a Serbia y Kosovo, la desmembración otomana posterior al conflicto de 1914 carece de importancia; ambos territorios, por sus propios medios o con la ayuda exterior, se habían sacudido el control de la Sublime Puerta un siglo antes. Es más, la última oportunidad del Imperio Otomano para influir en los Balcanes fue también previa a la Primera Guerra Mundial: el conflicto contra la Liga Balcánica. En él los otomanos sufrieron una humillante y rápida derrota a manos de Serbia y Bulgaria [4].

La batalla de Kosovo-Polje (1389) marcó el inicio de la influencia musulmana en los Balcanes; si bien el control no se hizo efectivo hasta el siglo XVI.

A la sombra del poder oriental los albaneses islamizados comenzaron a hacerse fuertes en la región de Kosovo [7]. Los serbios sufrieron la represión otomana en toda su crudeza, pero mantuvieron su predominio demográfico en el territorio kosovar hasta bien entrado el XIX. El Imperio Otomano continúo siendo en ese siglo un factor importante en el desarrollo histórico de los Balcanes en general y de Kosovo en particular. Sin embargo, su poder, cada vez más endeble, topo con dos poderosos rivales: Austria-Hungría y Rusia.

Los austrohúngaros como potencia balcánica

Las sucesivas derrotas militares del Imperio Austrohúngaro frente a Piamonte en 1859 -norte de Italia- y Prusia en 1866 -en el seno del territorio imperial alemán-, acabaron por forzar una reorientación de la política exterior de la Monarquía Dual. El centro de gravedad de Viena giró hacia los Balcanes, donde ejerció una notable influencia hasta la Primera Guerra Mundial.

Tanto serbios como albaneses se vieron afectados por la intromisión -deseada en muchos casos- de esta nueva potencia en su particular pugna. En los primeros momentos, los serbios pensaron que la presencia austríaca favorecería sus intereses. Por esa razón, buena parte de los habitantes de Kosovo pertenecientes a esa etnia emigraron a los territorios septentrionales con el fin de buscar la protección de los Habsburgo [7]. En ese preciso instante comenzó a producirse un cambio decisivo para la futura Serbia: su centro de gravedad, que desde la Edad Media se había situado en la región de Kosovo, comenzó a trasladarse hacia Belgrado.

De esta forma, los albaneses, que continuaban llegando en grandes grupos provenientes de las comarcas montañosas, fueron ganando terreno en la lucha por la región kosovar.

Por tanto, la influencia austrohúngara sobre los Balcanes resultó nefasta en la lucha de Serbia por mantener la supremacía en Kosovo. En un primer momento las preferencias de la población autóctona por los territorios del norte –bajo la protección de los Habsburgo- provocó el éxodo que hemos descrito en el anterior párrafo. Más tarde, cuando el nacionalismo serbio comenzó a resultar peligroso para la Monarquía Dual, esta se encargó de favorecer a los albaneses, que no sólo intensificaron su emigración al territorio kosovar, sino también al norte de Macedonia y a la comarca de Nis [7]

Las ambiciones de Rusia y la intervención internacional

El Tratado de San Stefano (1878), que puso fin a la guerra entre Rusia y el Imperio Otomano, consagró a la primera de ellas como potencia balcánica. Los rusos llevaban varias décadas aprovechándose de la debilidad mostrada por la Sublime Puerta [5]. En un primer momento se conformaban con obtener una salida al mar por su territorio meridional (mar Negro y mar Mediterráneo); sin embargo, extender su influencia a los Balcanes era un caramelo demasiado apetitoso como para dejarlo escapar. Su victoria militar sobre los otomanos le permitió cumplir ambos sueños.

La presencia de Rusia en la región no sólo supuso un freno importante para la expansión austrohúngara, sino que impulsó un proceso yugoslavista liderado por los serbios –sus “hermanos” del sur-, en cuyo territorio se incluía la mayor parte de Kosovo (el resto quedó repartido entre Montenegro y el Imperio Otomano).

Poco duraron, sin embargo, las estructuras configuradas a partir de San Stefano. A comienzos de 1879 Las potencias de la Europa occidental y central comenzaron a presionar a Rusia para que redujera su presión sobre “el hombre enfermo”. Las consecuencias de este hecho fueron considerables para Kosovo, que fue devuelto al Imperio Otomano ese mismo año. De esta forma se cumplieron las exigencia de la “Liga de Prizren”, fundada en 1878 en esa misma ciudad [7].

Este grupo de trescientos delegados albaneses, en su mayoría de carácter conservador, manifestaron su deseo de retornar al redil otomano. La situación de dependencia con respecto a Estambul se mantuvo hasta 1912, momento en el que la Liga Balcánica derrotó militarmente a la Sublime Puerta. Según los Acuerdos de Londres, firmados al final de la contienda, el territorio kosovar pertenecía a Serbia.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus -2006.

[3] La Europa balcánica. Yugoslavia, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días; Ricardo M. Martín de la Guardia y Guillermo A. Pérez Sánchez – Madrid – Síntesis – 1997.

[4] La trampa balcánica; Francisco Veiga – Barcelona – Grijalbo – 2002.

[5] El turco. Diez siglos a las puertas de Europa; Francisco Veiga – Barcelona – Debate – 2007.

[6] Los conflictos yugoslavos. Una introducción; Carlos Taibo y José Carlos Lechado – Madrid – Fundamentos – 1993.

[7] Guerra en Kosovo; Carlos Taibo – Madrid – Catarata – 2002.

Kosovo: una discrepancia historiográfica

Artículo publicado por Historia en Presente el 9 de junio de 2008.


Voy a completar el repaso iniciado en este blog sobre la cuestión de Kosovo con dos artículos más. El primero de ellos –el que publico hoy- aborda el tema desde una perspectiva historiográfica; es decir, la interpretación del pasado de la región desde el punto de vista de los historiadores serbios y albaneses. El segundo de ellos, que publicaré en las próximas semanas, tratará de recoger los aspectos más significativos de la Historia kosovar durante el siglo XIX. Para escribir ambos textos me he basado en la información contenida en los libros que cito en la bibliografía. Sin embargo, debo reconocer que estos artículos siguen muy de cerca los planteamientos del profesor Carlos Taibo en “Guerra en Kosovo”.

Kosovo según los albaneses

Los historiadores albaneses consideran a su etnia descendiente directa de los ilirios de época clásica. La provincia romana de Iliria ocupaba el territorio que va desde el Danubio hasta el Adriático, alcanzando su límite septentrional en la actual Macedonia. Este pueblo se vio obligado a retroceder hacia la costa como consecuencia de las invasiones eslavas del siglo VI [6]. Sin embargo, con la conquista otomana de los Balcanes, pudieron regresar a su antiguo hogar en los siglos XV y XVI.

La historiografía albanesa sostiene que, bajo la protección del Islam, la región de Kosovo comenzó a repoblarse de albaneses. Desde ese momento superaron a los eslavos, convirtiéndose en la etnia mayoritaria de la región; situación que se mantiene hoy día.

Según la visión albanesa expuesta anteriormente, los serbios serían una etnia invasora y ajena a Kosovo y al resto de los Balcanes. Estos habrían desarrollado a lo largo de varios siglos, y especialmente a partir del XIX, una labor claramente hostil a la población autóctona. Su gran pecado habría sido tratar de dividir a los albaneses en distintos estados –Kosovo, Macedonia, Montenegro, Albania…- con el fin de obstaculizar la construcción de un gran estado propio [4].

Kosovo según los serbios

Los historiadores serbios, como es lógico, discrepan de la visión expuesta anteriormente. Según ellos, los albaneses no serían más que el conjunto de pueblos suroccidentales de los Balcanes que en su cruce de los ilirios formaron un nuevo grupo étnico. Reconocen la presencia de estos en la costa del Adriático en épocas anteriores a las invasiones eslavas. Sin embargo, niegan su relación con Kosovo hasta bien entrado el siglo XVII; es decir, al amparo de las conquistas otomanas. La historiografía de serbia los acusa de jugar, hasta el siglo XIX, el papel de punta de lanza de la colonización islámica que tanto mal les hizo.

Por tanto, para los serbios Kosovo es un territorio que les pertenece por “derechos históricos” desde que, en el año 1389, se libró la batalla de Kosovo-Polje [3].

Ellos se consideran la población autóctona de la región. Es más, la represión a la que se vieron sometidos durante siglos no ha hecho más que acrecentar el mito de la vinculación del espíritu de Serbia a Kosovo, así como el odio al invasor albanés. Esto último no sólo surge de la oposición entre ambas etnias; también se basa en el carácter oportunista de los albaneses; primero se aprovecharon de la presencia otomana, y más tarde se mostraron fieles servidores del poder autro-húngaro [6], claramente contrario a los serbios.

Breve conclusión

Es indudable el carácter nacionalista de los dos puntos de vista expuestos anteriormente; razón por la que no podemos fiarnos a pies juntillas de ninguno de ellos. Sin embargo, una lectura crítica de los postulados de cada grupo nos permite ver algo de luz en medio de tantos argumentos contrapuestos. Parece evidente que los albaneses, bien fueran ilirios o miembros de otra etnia, estaban en los Balcanes antes de la llegada de los serbios. Controlaban tan sólo una pequeña región cercana al Adriático que, tal vez, llegase hasta el propio Kosovo.

Esta claro, ya que lo afirman ambas versiones, que los albaneses fueron desplazados hacia el oeste por la invasión eslava del siglo VI.

Con la llegada musulmana, y gracias a su conversión mayoritaria al Islam y a su fidelidad a la Sublime Puerta, recuperaron algunos de sus antiguos territorios. No obstante, parece inexacto considerar que ya en el siglo XVII eran mayoría en Kosovo; sobre la cuestión mantengo lo enunciado en mi artículo De Kosovo a Kosova: una visión demográfica. En este sostenía que hasta mediados XIX los serbios habían sido la etnia mayoritaria de la región [3].

Además, parece poco creíble la postura albanesa de considerar que sus antepasados volvieron diez siglos después a sus antiguos territorios. Puede que en el pasado hubieran habitado allí, pero de ahí a tener conciencia de regresar al hogar mil años después es poco probable.

En definitiva, el pasado de ambos pueblos se entrecruza constantemente a lo largo de los últimos siglos. En muchas ocasiones adquiere un carácter mítico, y siempre, en ambos casos, un tono victimista. Nos encontramos, pues, ante un clásico puzzle balcánico en el que la Historia se utiliza y transforma para convencer al resto del mundo de lo honorable de la propia postura.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus -2006.

[3] La Europa balcánica. Yugoslavia, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días; Ricardo M. Martín de la Guardia y Guillermo A. Pérez Sánchez – Madrid – Síntesis – 1997.

[4] La trampa balcánica; Francisco Veiga – Barcelona – Grijalbo – 2002.

[5] Los conflictos yugoslavos. Una introducción; Carlos Taibo y José Carlos Lechado – Madrid – Fundamentos – 1993.

[6] Guerra en Kosovo; Carlos Taibo – Madrid – Catarata – 2002.

La cocina serbia en los noventa

 Artículo publicado por Historia en Presente el 5 de junio de 2008.


El objetivo de este artículo es aportar a los lectores una visión general acerca de la política interna serbia de los años noventa. En el fondo se trata de un repaso de los resultados electorales y grupos políticos durante esa década. Vendría a completar, pues, la información de dos artículos anteriores: “Serbia después de Milosevic (2000-2008)” y “Una crónica de las elecciones serbias” (mayo de 2008).

Pido disculpas por el caos cronológico de mis publicaciones, ya que esta última entrega del repaso al panorama político serbio es temporalmente anterior a las otras dos. A modo de disculpa sólo puedo decir que los acontecimientos –las elecciones serbias del pasado 11 de mayo- me han obligado a hacerlo así.

A modo de introducción: la llegada de Milosevic al poder

Con independencia de los vaivenes de partidos minoritarios o de la disparidad en las alianzas de gobierno, los resultados electorales serbios a lo largo de la década de 1990 se caracterizaron por la hegemonía de los socialistas liderados por Slobodan Milosevic. Los fundamentos de la aventura política de este personaje hemos de buscarlos en lo que Paul Garde denominó “revolución cultural serbia” [4].

Esta se basó en el Memorándum redactado en 1986 por un grupo de responsables de la Academia de las Ciencias de Serbia.

Su representante más conocido era el escritor nacionalista Dobrica Cosic. Este documento denunciaba la discriminación de la que, según los autores, eran objeto los serbios en la provincia autónoma de Kosovo. Posteriormente, ya dentro de la obra política del gobierno Milosevic, las reivindicaciones se extendieron a otros territorios de la Federación Yugoslava en los que la presencia, mayoritaria o no, de serbios era significativa.

Del juego del trapecista a los años de la “tranquilidad”

El predominio del Partido Socialista serbio, al igual que en resto de los países balcánicos de tradición oriental, se vio reforzado a finales de los ochenta y principios de los noventa. Al mismo tiempo, la figura del líder carismático iba tomando cuerpo en la persona de Slobodan Milosevic. Poco a poco, el presidente de Serbia fue absorbiendo en su ámbito étnico el culto a la personalidad propio del fallecido Tito [1].

Sin embargo, las sucesivas derrotas en los conflictos con Eslovenia y Croacia, rompieron el sueño nacionalista del pueblo serbio. Así, a principios de los noventa, la oposición al régimen se organizó en una amplia coalición denominada Movimiento Democrático de serbia (DEPOS). Había comenzado lo que algunos autores denominan “el juego del trapecista”; un periodo de varios meses en el que Milosevic tuvo que defender con uñas y dientes su posición política.

Desde algunos medios occidentales se llegó a hablar del fin de Slobo; sin embargo, la habilidad política del “trapecista” le permitió sortear los peligros.

La oposición democrática boicoteó las elecciones al parlamento federal del 31 de mayo de 1992. En ellas el Partido Socialista obtuvo 73 de los 138 escaños en disputa. Sin embargo, el hecho más significativo de los comicios fue el ascenso del Partido Radical de Seselj, que hasta ese momento había apoyado al gobierno socialista. Los resultados pusieron en guardia al presidente Milosevic, que se dispuso a cortar de raíz el crecimiento de los radicales.

El primer acto fue la disolución del parlamento el 20 de octubre de 1993 y la convocatoria de elecciones para el 19 de diciembre. La victoria de los socialistas fue clara: 123 de los 250 escaños; si bien se vieron empañadas por las quejas del resto de formaciones políticas. Los radicales de Seselj fueron los grandes derrotados; obtuvieron tan sólo 39 actas parlamentarias, siendo superados por la coalición opositora DEPOS (45 escaños). Por su parte, el Partido Demócrata de Zoran Djindjic obtuvo 29 actas parlamentarias [4].

Los resultados electorales venían a completar la tela de araña tejida por Milosevic para asegurarse el poder en Serbia durante muchos años. Previamente, en marzo de 1993 había logrado la destitución de Milan Panic como cabeza del gobierno federal, poniendo en su lugar a Radoje Kontic, fiel al Partido Socialista. A esto hemos de añadir un relevo de similares características al frente de la presidencia de la Federación Yugoslava. El 25 de junio de 1993, Zoran Lilic, hasta entonces presidente socialista del parlamento serbio, sustituyó a Cosic, poco dócil a los deseos de Milosevic [4].

Todos sus rivales internos estaban fuera de combate; les había llegado el turno a los exteriores.

Serbia necesitaba cambiar su mala imagen internacional. Los acuerdos de Dayton, la paz de Bosnia de 1995, fueron el escenario ideal para la rehabilitación del país y de su líder [3]. Curiosamente, el mismo presidente norteamericano que le tendió la mano en esa ocasión, Bill Clinton, le condenó casi cuatro años más tarde. El conflicto de Kosovo puso fin a la etapa de tranquilidad. El presidente serbio volvió a ejercer de trapecista, pero en esta ocasión no tuvo tanta suerte.

Los últimos episodios electorales y la caída de Milosevic

La candidatura de Vojislav Kostunica a la presidencia federal, fruto de la reunificación de la oposición serbia apoyada incondicionalmente por las potencias occidentales, marcó el inicio del declinar de Milosevic. Tras una larga polémica, en la que el aparato de poder de los socialistas hizo todo lo posible por ocultar la derrota de su líder, las fuentes oficiales confirmaron la victoria de la oposición casi un mes después de los comicios de septiembre del 2000 [6].

El seis de octubre de ese mismo año una revolución democrática acababa con el régimen nacionalista de Slobodan Milosevic.

Los serbios se levantaron contra el hombre que había conducido al país a cuatro guerras balcánicas (1991-1995) y a un enfrentamiento con la OTAN a causa de los sucesos de Kosovo (1997-1999). Dos meses después, con el inestimable apoyo occidental, la oposición alcanzó un claro triunfo en las legislativas. Zoran Djindjic, del Partido Demócrata, se convertía así en primer ministro de la república. Sin embargo, hasta la llegada al poder del actual presidente Borislav Tadic, las autoridades serbias no entregaron a Milosevic a las autoridades internacionales.

Bibliografía:

[1] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus -2006.

[2] La Europa balcánica. Yugoslavia, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días; Ricardo M. Martín de la Guardia y Guillermo A. Pérez Sánchez – Madrid – Síntesis – 1997.

[3] La trampa balcánica; Francisco Veiga – Barcelona – Grijalbo – 2002.

[4] Los conflictos yugoslavos; Carlos Taibo y José Carlos Lechado – Fundamentos – 1994.

[5] Los conflictos de los Balcanes a finales del siglo XX; Enrique Fojón -GEES – 18 de septiembre de 2002.

[6] Adiós, Milosevich, no vuelvas; Manuel Coma – GEES – 15 de marzo de 2006.

La carta turca y sus peligros

Artículo publicado por Historia en Presente el 1 de junio de 2008.


Llevamos más de dos años dándole vueltas a la cuestión turca. En numerosos círculos se ha discutido, y se sigue discutiendo, acerca de la conveniencia de la entrada de Turquía en la Unión Europea. Con este artículo trato de aportar una visión histórica del problema, al tiempo que advierto –siguiendo la línea marcada por Anthony Giddens en “Europa ante la era global”- de las consecuencias negativas de tener a los turcos de espaldas al proyecto europeísta.

He de reconocer que este texto no es más que la refundición –en ocasiones copia- de varios artículos que había escrito ya sobre la cuestión. Principalmente me he basado en dos: “Turquía: Atatürk camina hacia Europa” y “Turquía si, pero más tarde”. Ambos se encuentran en la bibliografía que he añadido al final.

Turquía: currículum vitae

El proceso de occidentalización llevado a cabo por el primer presidente de Turquía, Mustafa Kemal Atatürk, está a punto de cumplir noventa años. Durante ese periodo, y especialmente en sus inicios, se llevaron a cabo una serie de reformas tendentes a desislamizar el Estado y proporcionar a la población una educación moderna y de carácter liberal. Incluso, en ese afán por abandonar las viejas tradiciones, el líder turco llegó a prohibir el alfabeto árabe, imponiéndose como oficial el de tipo occidental [1]. Además, es evidente que el devenir histórico fue favorable para el desarrollo de esos planes reformistas.

Tras la Segunda Guerra Mundial, y en pleno escenario de Guerra Fría, Turquía se convirtió en una pieza clave como aliada de los Estado Unidos.

Eso explicaría las abundantes ayudas que recibió del Plan Marshall, y su elección como miembro del Consejo de Europa en 1949. A los turcos parece faltarles tan sólo una importante pieza para completar su puzzle: la entrada en la Unión Europea. La adhesión de Turquía al proyecto Europeo, bien por desidia de sus gobernantes o por las dificultades internas del país, se frustró en tres ocasiones: 1973, 1981 y 2004 [1].

Sin embargo, el 3 de octubre de 2005 se iniciaron por fin las negociaciones para admitir a Turquía como miembro del proyecto europeísta [4].

En relación a estas, hemos de indicar algo de lo que son plenamente conscientes muchos dirigentes de la Unión: los turcos pueden aportar una gran riqueza al proceso de integración europea, tanto en el ámbito geoestratégico como en el cultural. Turquía está llamada a ser la puerta de Europa en sus futuras relaciones con el Islam. Y eso incluye tanto el avispero de Oriente Medio como toda la franja costera del norte de África.

También es, por tradición histórica, uno de lo grandes protagonistas de la región que más quebraderos de cabeza ha dado a Europa: los Balcanes. Turquía vendría a cerrar el círculo creado con la integración de los antiguos países del Este, al tiempo que daría a la Unión un mayor potencial diplomático y militar. El peso de los europeos en política exterior se vería sumamente reforzado con la presencia turca [5].

Turquía si, pero todavía no

El 1 de mayo de 2004 se producía la mayor ampliación en la historia de la Unión Europea. Este organismo supranacional acogía en su seno a diez estados más: Letonia, Estonia, Lituania, Polonia, República Checa, Eslovaquia, Hungría, Eslovenia, Malta y Chipre. Casi tres años después, con la integración de Rumania y Bulgaria, surgía la Europa de los veintisiete. Además, las negociaciones para adhesión de Croacia y Macedonia comenzaron a dar sus primeros frutos a mediados de 2007.

Este cúmulo de acontecimientos, así como la tajante oposición del presidente francés, han hecho resurgir el debate acerca de la conveniencia o inconveniencia de la entrada de Turquía en la Unión. En principio la respuesta es afirmativa, pero parece que Europa no acaba de hacerla efectiva. Esto levanta suspicacias entre los políticos y la población turca, que temen una marcha atrás en el proceso de integración [6].Es evidente que el acceso de Turquía a la Unión Europea genera divisiones entre los países miembros. Estas no son injustificadas, ya que los motivos para apoyar o rechazar la adhesión turca son abundantes.

No obstante, todos –los a favor y los en contra- entienden que factores como el tamaño, la localización geográfica, el nivel de desarrollo económico y el carácter de sociedad predominantemente islámica, dificultan la entrada de este país en las instituciones europeas.

El problema podría plantearse cuando la actitud esquizofrénica de la Unión acabe desencantando a los propios turcos. Esto nos dejaría una Turquía de espaldas a Europa y, seguramente, a las puertas del fundamentalismo islámico. La Unión Europea debería respaldar mucho más incondicionalmente la decisión que ya ha tomado: aceptar a Turquía como candidata al ingreso. Muchos europeístas de Turquía, de diversas tendencias del espectro político, se sienten decepcionadas por la poco entusiasta acogida que Europa les ha dispensado. Los turcos son miembros de todas las organizaciones europeas salvo la UE, y pertenece a la OTAN desde su fundación.

Además, es miembro del Consejo de Europa desde los primeros años de la posguerra. No hay duda de que existen obstáculos importantes que superar antes de que el ingreso de Turquía pueda hacerse realidad; seguramente pase más de un lustro antes de que los representantes de ese estado se siente con los demás como miembro de pleno derecho. Sin embargo, si la Unión le diera la espalda a Turquía en ese momento, el resultado podría ser una disminución del ritmo de crecimiento del país, así como una mayor polarización política y una sociedad resentida que tendería a mirar hacia el este antes que hacia el oeste. Quienes hablan actualmente de poner obstáculos a la entrada de Turquía deberían reflexionar [2].

Si su postura triunfa, tendremos a las puertas de Europa un estado lleno de problemas, dividido y, posiblemente, antagonista.

Una Turquía democrática, liberal y próspera como estado miembro de la Unión es una perspectiva mucho más atractiva que una Turquía en quiebra y en actitud introspectiva. Turquía necesita unos años para completar su transformación, y Europa un tiempo para construir una estructura donde quepan los turcos. Sin embargo, eso no nos ha de llevar a decir no a la integración de ese país. La respuesta ha de ser afirmativa, pero sin hacerla realidad hasta que no llegue el momento oportuno para ambos negociadores.

Bibliografía:

[1] El turco. Diez siglos a las puertas de Europa; Francisco Veiga – Barcelona – Debate – 2007.

[2] Europa en la era global; Anthony Giddens – Barcelona – Paidós. Estado y sociedad – 2007.

[3] Turquía, entre Occidente y el Islam: una historia contemporánea; Glòria Rubiol – Barcelona – Viena -2004.

[4] Turquía: el largo camino hacia Europa; Delia Contreras – Madrid – Instituto de Estudios Europeos – 2004.

[5] Turquía: Atatürk camina hacia Europa; Carlos González Martínez – Luz y Taquígrafos – Mayo de 2007.

[6] Turquía si, pero más tarde; Carlos González Martínez– Planisferio – 25 de mayo de 2008.