El fenómeno de la descolonización

Artículo publicado por Historia en Presente el 8 de agosto de 2008.


En los años inmediatamente posteriores a la II Guerra Mundial se desarrollo el proceso que conocemos como descolonización.

En un corto periodo de tiempo, las potencias que a finales del siglo XIX protagonizaron la era del imperialismo perdieron sus antiguas colonias. Se trató, pues, de un fenómeno rápido iniciado en el sudeste asiático, de donde pasó al mundo árabe y, de allí, al África negra. Cabe destacar que, entre la formación de esos imperios y su disolución, tal como indica el manual de Historia del Mundo Actual de la Universidad de Valladolid, apenas transcurrieron cinco décadas.

Distinguimos tres factores predominantes en el desarrollo de este proceso. En primer lugar estaría el auge de los movimientos nacionalistas, favorecido desde el final de la Gran Guerra (1914-1918) por los postulados de políticos como el presidente norteamericano W. Wilson o el revolucionario ruso Lenin. Las dos guerras mundiales y sus consecuencias permitieron el desarrollo de la mentalidad emancipadora de las colonias, que empezaron a buscar desde la década de los años veinte raíces históricas y elementos étnico-religiosos que justificaran su postura y aglutinaran al conjunto de la población en torno a un ideal nacional.

En segundo término, hemos de destacar como factor importante la pérdida de la hegemonía mundial por parte de Europa.

Ese predominio del Viejo Continente había permitido la expansión imperialista de finales del XIX; sin embargo, el hundimiento económico e ideológico de los europeos tras la II Guerra Mundial (1939-1945), así como el apoyo de las nuevas superpotencias –los EE.UU. y la URSS- a los movimientos emancipadores, contribuyeron al fin de los antiguos imperios.

A este respecto, es recomendable la lectura de Geografía política en un mundo dividido del profesor Cohen. Por último, hemos de destacar el carácter internacional que tomo el proceso descolonizador, tanto en el apoyo de la ONU a la práctica del Derecho de Autodeterminación de los pueblos como en las presiones ejercidas por los países No Alineados a partir de la Conferencia de Bandung (1955).

La descolonización de Asia

Como comentamos en el epígrafe anterior, uno de los rasgos fundamentales de la descolonización asiática fue su carácter pionero. Podemos rastrear el origen de los nacionalismos orientales desde los años inmediatamente posteriores a la Gran Guerra (1914-1918), e incluso antes si consideramos como manifestación de esto las reivindicaciones a favor de la expulsión de los extranjeros.

Detrás de todo esto hemos de ver esa clásica preocupación de toda cultura por salvar del peligro exterior una supuesta identidad nacional. Esto no impidió que, especialmente en el caso del Asia suroriental, estos movimientos aparecieran en ocasiones de la mano de las tendencias socialistas revolucionarias.

En el caso concreto de China hemos de señalar que, ya desde mediados del siglo XIX, existía un rechazo total a los extranjeros y su influencia. Los sucesivos gobiernos chinos, especialmente tras la llamada guerra del opio, fueron obligados por las potencias occidentales –Gran Bretaña, Francia, EE.UU., Rusia…- a abrir sus fronteras al comercio exterior.

Sin embargo, a diferencia de otros territorios asiáticos, esta penetración económica nunca llegó al estatus de control territorial. Quizás el momento más humillante de este proceso fue la derrota ante Japón y la posterior intromisión de los vecinos insulares en la política china. Sin duda, esto pesó notablemente en la revuelta de los boxers, de marcado carácter antiextranjero. Sólo la decidida intervención de las naciones imperialistas logró salvar sus intereses comerciales en el país durante e cambio de siglo.

En los primeros años del siglo XX China vivió entre los intentos modernizadores y la sucesión de enfrentamientos internos. El inmovilismo mostrado por la dinastía Manchú llevó a su sustitución por el movimiento republicano de Sun Yat Sen, que en pocos años cedió ante el poder del amplio movimiento del Kuomintang. Sin embargo, la diversidad existente dentro de este grupo –nacionalistas, demócratas y comunistas- acabó por sumir al gigante asiático en el caos. Los “señores de la guerra” asolaron el país con sus huestes militares, mientras por Manchuria comenzó a penetrar el ejército japonés en el año 1931.

Esta situación se prolongó hasta el final de la II Guerra Mundial (1939-1945), tras la que comenzó el conflicto civil entre los comunistas de Mao Tse-Tung y los nacionalistas de Chang Kai-Shek. La victoria de los primeros condujo a la aparición de dos naciones: la China continental o comunista, y Taiwán o China nacionalista. Tanto el proceso de secesión chino como sus consecuencias a lo largo de la segunda mitad del siglo XX lo encontramos más desarrollado en el citado manual de la Universidad de Valladolid.

De la India hemos de destacar, en primer lugar, el importante papel que jugaba, tanto en el ámbito comercial como de prestigio, dentro del Imperio Británico. Además de su peso demográfico, era fuente de materias primas y mercado para las manufacturas de la metrópoli. Los primeros movimientos independentistas fueron protagonizados por dos estructuras políticas bien definidas: el partido del Congreso hindú y Liga Musulmana. Existía un claro antagonismo religioso entre ambas, pero supieron dejar de lado esas diferencias para enfrentarse al enemigo común.

Estos grupos, cuyos líderes más representativos fueron Gandhi y Nehru, recibieron fundamentalmente el apoyo de las clases medias urbanas.

Distinguimos tres fases en el proceso de emancipación de la India:

  • Las protestas surgidas en las primeras décadas del siglo XX.
  • Las presiones ejercidas sobre la metrópoli durante la II Guerra Mundial.
  • La consecución de la independencia entre 1945 y 1947.

Tras librarse del yugo británico los habitantes de la antigua colonia se sumergieron en una sucesión de conflictos de carácter étnico religioso. La división del territorio en India y Pakistán, de donde posteriormente se desgajó Bangladesh, así como la rivalidad por el control de Cachemira, son buena muestra de ello. En la actualidad la India vive bajo un estado constitucional y democrática, mientras que Pakistán es una dictadura militar. Indochina, antiguo territorio colonial francés, vivió los años de la II Guerra Mundial (1939-1945) bajo la ocupación japonesa. Al término de esta el retorno al redil de la antigua metrópoli resultaba casi imposible.

En 1945 Ho Chi Minh proclamó la República de Vietnam, mientras Francia, dando por descontado su incapacidad para mantener el territorio, intentó unificar Indochina bajo otro hombre Bao-Dai.

Ho Chi Minh, que previamente habían tildado de imperialista la opción francesa de gobierno en la zona, lograron alcanzar en los acuerdos de Ginebra el reconocimiento de dos estados vietnamitas divididos por el paralelo 17. El norte quedó bajo su dirección. No obstante, la posterior invasión del sur por parte del Vietcong llevó a los norteamericanos a enviar miles de soldados al país.

Finalmente, los EE.UU. alcanzaron un acuerdo con los comunistas en 1968 que les permitió retirar las tropas de manera honrosa. Más tarde Vietnam del norte no respetó lo pactado, convirtiéndose además en la rampa de lanzamiento para el triunfo del comunismo en Camboya.

La descolonización del mundo árabe

La descolonización en el mundo árabe estuvo dominada por dos tendencias: el panislamismo, proyecto político que busca aunar a todos los fieles del Islam en una misma comunidad estatal (Umma); y el panarabismo, con idénticos objetivos pero limitándose a la población de etnia árabe, sean o no musulmanes.

Hemos de buscar las primeras manifestaciones de estos fenómenos en los años de la Gran Guerra (1914-1918), momento en el que tanto británicos como franceses buscaron reavivar el nacionalismo árabe con el fin de debilitar al enemigo turco.

Con la desaparición del Imperio Otomano, la Sociedad de Naciones resolvió que la mejor solución para la región era establecer protectorados que, con el tiempo, dieran lugar a nuevos estados. Esta situación provocó una enorme frustración dentro del mundo islámico, que aprovechó la debilidad europea al finalizar la II Guerra Mundial (1939.1945) para iniciar el proceso emancipador. Este estuvo marcado por la proliferación del fenómeno de revoluciones populares –Nasser en Egipto, el Ayyatolah Jomeini en Irán, y el partido del Baaz en Iraq-; y por el conflicto árabe-israelí, que ha generado desde entonces hasta hoy cinco conflictos bélicos y una enorme inestabilidad en la zona.

En el marco de la descolonización islámica, aunque fuera del marco árabe, nos encontramos con el caso de Argelia, Túnez y Marruecos. Los dos últimos alcanzaron su independencia en 1956, si bien la cuestión del Sahara Occidental no parece del todo solucionada a pesar de la evacuación española de 1975. El caso argelino es más complejo. Tras la Gran Guerra (1914-1918) fueron surgiendo, tímidamente, los primeros movimientos nacionalistas.

Sin embargo, no consiguieron ninguna cesión por parte de Francia hasta después de la II Guerra Mundial (1939-1945): en 1947 París reconocía un estatuto especia para Argelia. Más tarde, la derrota francesa en Indochina y las presiones internas y del exterior acerca de la cuestión norteafricana, obligaron al gobierno De Gaulle a ceder. En 1962 se convocó un referéndum en el que los partidarios de la emancipación alcanzaron sus objetivos. De manera rápida, pero controlada, el personal francés comenzó a abandonar su antigua colonia.

El África negra

La independencia de las colonias inglesas en el África negra se inició en 1957 con la constitución de Ghana como estado. En la década de los sesenta su ejemplo fue seguido por otras colonias británicas como Sierra Leona, Uganda, Tanzania, Zambia, Malawi, Nigeria y Kenya.

En el caso de estas dos últimas hemos de señalar la situación de constante inestabilidad que vivieron a lo largo de sus primeros años de existencia. También la República Sudafricana alcanzó la independencia con respecto a Gran Bretaña; si bien en su caso la situación de “apartheid” –mantenida hasta la llegada al poder de Nelson Madela- ensombreció un tanto el proceso. La emancipación de las colonias francesas se llevó a cabo sin violencia gracias a la política de repliegue llevada a cabo por De Gaulle a partir de 1958. Ejemplos claros de esto fueron Camerún, Togo, Malí y Madagascar. Otras colonias africanas que se independizaron en esa época fueron el Congo belga, que pasó a denominarse Zaire; y las colonias portuguesas de Guinea Bassau, Angola y Mozambique. Dos rasgos fundamentales caracterizan la descolonización del África negra.

El primero de ellos se refiere a lo protagonistas de estos procesos, una minoría intelectual que supo formar y extender el conjunto de los movimientos nacionalistas del continente. Dentro de ese grupo encontramos a los panafricanistas Du Bois y B. Diagnes, al súbdito francés Leopold Sénar, y a los organizadores de los sucesivos congresos proemancipadores. La segunda característica se refiere a las dificultades de la aventura independentista; tanto en aspectos concernientes al desarrollo cultural y material, como a la ausencia de identidades nacionales y estructuras estatales. Además, dentro de este último aspecto, hemos de destacar la excesiva dependencia de África con respecto a Occidente y el peso que el socialismo tuvo en algunos países del continente a lo largo de la Guerra Fría.

El Tercer Mundo y el problema del desarrollo

El concepto de Tercer Mundo surgió en la Conferencia de Bandung (1955) con el fin de identificar a los países No Alineados; se entendía que el primer y segundo mundo eran los dos bloques enfrentados. Además, este término comparaba a estas naciones con el Tercer Estado de la revolución francesa, expuesto por Sieyes en su célebre discurso.

Los protagonistas del movimiento de no-alineación fueron la Yugoslavia de Tito, el Egipto de Nasser, la Indonesia de Sukarno, y la India de Nehru. De entre sus planteamientos destacaremos lo siguiente: la existencia real de estados ajenos a ambos bloques, el repudio de la guerra, y la condena del colonialismo.

En lo que se refiere al subdesarrollo, nos dejaremos llevar por Ives Lacoste, que resume así sus principales características: insuficiencia alimentaria, recursos naturales infrautilizados, gran número de agricultores y baja productividad, industrialización rígida e incompleta, parasitismo del sector terciario, situaciones de subordinación económica, violentas desigualdades sociales, estructuras tradicionales dislocadas por el colonialismo, amplitud del desempleo y trabajo infantil, escasa integración nacional, analfabetismo y escaso desarrollo médico-sanitario, y no asimilación del crecimiento demográfico.

A este respecto, también es recomendable la lectura de El nuevo orden mundial (y el viejo) de Noam Chomsky.

Problemas derivados de la descolonización

A continuación trataremos de explicar de forma breve las principales consecuencias negativas derivadas del proceso descolonizador. En primer lugar, destacan los sucesivos enfrentamientos bélicos y diplomáticos entre los grupos religiosos, a la sazón musulmanes e hindúes, de la antigua India británica: India, Pakistán y Bangladesh. También hemos de mencionar, en relación con otra antigua colonia de Gran Bretaña, el régimen del “apartheid” vigente en Sudáfrica hasta la década de 1990.

En el apartado de los conflictos ideológicos, nos encontramos con la expansión del comunismo –tanto de tipo soviético como maoísta- por el sudeste asiático. Países como Birmania, Camboya o Vietnam vivieron entre los años sesenta y ochenta en una situación bélica permanente, y a veces sometidos a regímenes políticos pseudototalitarios.

El ámbito religioso estaría marcado, además de por el ya citado conflicto indio, por el fundamentalismo islámico; predominante en Oriente Próximo y orientado a las actividades terroristas en las últimas décadas. El caso africano es el menos conocido de todos, pero seguramente el más alarmante. Desde los años sesenta se vienen desarrollando en los territorios de la África negra numerosos enfrentamientos entre las etnias de los distintos países o entre los propios estados. Problemas como los de Ruanda, Burundi o Somalia han alarmado a la opinión pública internacional desde la década de 1990.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Jutd– Madrid – Taurus – 2006.

[3] Historia del mundo actual; VVAA – Valladolid – Universidad – 2000.

Anuncios

China: el gigante asiático de 1800 a 1949

 Artículo publicado por Historia en Presente el 3 de julio de 2008.


Existen mil y un motivos para escribir en la actualidad sobre China, así que este artículo apenas precisa de presentación. No obstante, como siempre viene bien explicar el porqué de las cosas, les diré que he escogido este momento con motivo de los próximos Juegos Olímpicos de Pekín. A continuación trato de analizar, de forma sintética y general, la Historia de ese país entre comienzos del XIX y mediados del XX. Pongo punto y final a mi relato con el triunfo del comunismo maoísta en China; aunque no descarto completar ese repaso histórico en artículos futuros.

China a comienzos del XIX: política interior y exterior

A comienzos del siglo XIX China era, como en la actualidad, un enorme país que contaba con un gran potencial demográfico. Sin embargo, ese gigante oriental era víctima de la inercia marcada por su centenaria tradición y por las élites gobernantes. Mientras el mundo occidental vivía un intenso proceso de urbanización e industrialización, China era un país de campesinos, compuesto por un sinfín de pequeñas y grandes aldeas; apenas existían ciudades que, desde luego, no eran como las europeas.

Esa sociedad rural era relativamente homogénea; tan sólo destacaba del común un pequeño grupo aristocrático al que, debido al inmovilismo existente, era muy difícil acceder.

En Pekín, una de las pocas urbes a las que nos referíamos anteriormente, vivía el emperador con su séquito y los miembros de la administración estatal. El gobernante, para escarnio de algunos habitantes del país, pertenecía a una dinastía extranjera de origen manchú [3]. No obstante, la labor de gobierno, donde destacaba la figura de los mandarines, era relativamente eficaz. Estos, al igual que la mayor parte de la población china, recelaban de la presencia mercantil y militar extranjera que, a lo largo del siglo XIX, se fue haciendo más abrumadora.

La primera apertura de China a las exigencias comerciales de esos países –exceptuando, claro está, las tímidas relaciones establecidas desde los viajes de Marco Polo- se produjo en Cantón, y los beneficiados fueron los británicos. Posteriormente, el Tratado de Nankín puso fin a la llamada Guerra del Opio, que enfrentó a los chinos con el Imperio de la Reina Victoria entre 1839 y 1842 [4].

Según las cláusulas del mismo, los vencedores adquirían el derecho a comerciar en cinco puertos de China, uno de ellos a orillas del Yang Tse Kiang. Además, se otorgaba un estatuto especial para Hong Kong. En este mismo periodo también Francia y los EE.UU. lograron arrancar concesiones al receloso gobierno oriental. Había dado comienzo el reparto de la “tarta china” que tan bien caricaturizaron a finales de siglo los dibujantes de la prensa europea.

Estas concesiones fueron ampliadas a estas y otras potencias con motivo de la larga insurrección de los Taiping, donde los occidentales tomaron postura en favor de estos o del gobierno en función de sus propios intereses [4].

Estancamiento y crisis en China

La, en cierto modo violenta, incursión comercial de Occidente provocó un generalizado rechazo -en ocasiones rozando lo cómico- hacia todo lo relacionado con los “invasores”; incluido el desarrollo de estos. Y, por si fuera poco, la fidelidad a la civilización tradicional china no ayudó precisamente a superar estos prejuicios. Mientras el poder imperial se iba poco a poco descomponiendo, el territorio fue dividiéndose en feudos controlados por los “señores de la guerra”.

Sin embargo, no todo eran desgracias para el pueblo chino. En los puertos abiertos al comercio, lugares donde se concentraban los principales intereses europeos y norteamericanos, se fueron formando enclaves de desarrollo económico. Fruto de la acumulación de población que huía de la pobreza rural, se levantaron grandes ciudades; lugares que sirvieron como catalizadores de las nuevas ideas.

La manifestación más clara del retraso de China la encontramos en el control que su vecino nipón empieza a tener sobre ella. Japón se convierte, al igual que las potencias occidentales, en “señor” de los destinos chinos tras derrotar al gigante asiático en la Guerra de Corea.

La victoria japonesa tuvo consecuencia territoriales y comerciales para la propia China, de las que también procuraron sacar partido los europeos. Sin embargo, el temor de estos últimos a que el expansionismo japonés pusiera en peligro sus intereses comerciales, les llevó a apoyar al más débil. De esta manera, la nueva potencia fuerte –Japón- no pudo sacar de su victoria todas las concesiones que deseaba.

Las sucesivas derrotas y humillaciones facilitaron el surgimiento de sociedades secretas que actuaban contra los intereses del gobierno, de los señores, y de las propias potencias occidentales. Esas organizaciones constituyeron el germen de la “revuelta de los boxers”, ante cuyas reclamaciones los emperadores no tuvieron más remedio que ceder.

Tan sólo la intervención occidental en pleno cambio de siglo impidió que los radicales chinos se hicieran con todo el poder. Las potencias, que por supuesto descartaban la posibilidad de colonizar territorialmente China –era demasiado extensa y llevaba asociada consigo demasiados problemas-, se limitaron a obtener nuevas garantías y privilegios una vez finalizado el conflicto.

Las revoluciones chinas

La crítica situación que vivía China obligó a la emperatriz Tseu-Hi a aceptar el programa reformista propuesto por la nueva clase de hombres de negocios que había surgido en el país [3].

Estos impulsaron un proceso de desarrollo basado en prácticas económicas de tipo moderno, que vino acompañado de una reforma del Ejercito y del funcionariado, y por la promulgación de una Constitución. Además, se abandonaron muchas de las antiguas tradiciones, de entre las que destaca el culto a la figura divina imperial. Esto, junto con el aumento del número de funcionarios y altos cargos antidinásticos, debilitaron la posición de la familia imperial.

En 1912, tras la caída de la dinastía reinante Sun Yat Sen se convirtió en el primer presidente de la República China. Este personaje había elaborado unos años antes una teoría política en la que defendía el nacionalismo antimanchú, el antiimperialismo, la democracia y el socialismo. Sin embargo, su ineficacia en la lucha contra los imperiales y los “señores de la guerra”, a la que se unió la anarquía existente dentro del propio territorio republicano acabaron propiciando el relevo en la presidencia; Sun Yat Sen fue sustituido por Yuan Che-kai.

Al término de la Gran Guerra (1914-1918), los acuerdo de paz acabaron por legitimar la ocupación japonesa de varios territorios del Pacífico, incluidos algunos pertenecientes a China.

Este hecho, unido a la inercia desastrosa que arrastraba el gigante asiático desde comienzos del XIX, volvió a sumir al país en una profunda crisis. Tras el periodo de caos, en 1927 el Kuomintang asumió el poder. La tranquilidad se prolongo durante un breve periodo de cuatro años, en los cuales este grupo mantuvo unidos en su seno a nacionalistas, socialistas y demócratas. La ruptura del pacto con los comunistas marcó el inicio de un nuevo periodo de crisis.

Las luchas entre “señores de la guerra” volvieron a asolar el territorio chino, al tiempo que Japón invadía Manchuria en 1931. Con este panorama interno China iba a enfrentarse al convulso periodo bélico de finales de los años treinta y principios de los cuarenta. En 1937 iniciaba una guerra con Japón que, enlazando con los II Guerra Mundial, no tocó a su fin hasta el años 1945 [1]. La nación china sufrió grandes pérdidas en el conflicto, fue humillada en numerosas ocasiones, pero gracias a la victoria aliada salió triunfadora en la conflagración.

El final victorioso sobre Japón en la guerra de 1937-1945 no acabó de apaciguar los ánimos en China. La división dentro del Koumintang tras la ruptura protagonizada por los comunistas de Mao Tse-Tung, llevó al ejército de este a enfrentarse con el gobierno de Chang Kai-Shek [5].

La guerra civil china duró cuatro años (1945-1949). En ella los comunistas, con apoyo de la URSS, se alzaron con la victoria.

Los nacionalistas huyeron del territorio continental, constituyendo un gobierno en el exilio en la isla de Taiwán (Formosa) bajo la protección y el reconocimiento de los EE.UU. Desde entonces existen dos estado que reclaman la herencia china: uno comunista en el continente, y otro nacionalista en la isla.

Bibliografía

[1] Historia Universal Contemporánea I y II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] Los Manchúes; Pamela Kyle Crossley – Barcelona – Ariel – 2002.

[4] Historia breve de China; Pedro Ceinos – Madrid – Silex – 2003.

[5] Cisnes salvajes: tres hijas de China; Jung Chang – Barcelona – Circe – 2006.

[6] Historia del nacionalismo; Hans Kohn – México – Fondo de Cultura Económica – 1984.