Características del conflicto


A comienzos de 1914 las grandes potencias, tanto europeas –Francia, Inglaterra, Austria-Hungría, Alemania y Rusia- como extraeuropeas –Japón y EE.UU.-, llevaban varias décadas sin protagonizar enfrentamientos. Sin embargo, ese mismo verano comenzó la que, hasta los años del III Reich, fue la guerra más sangrienta de la Historia. El conflicto se prolongó hasta 1918.

Cierto es que los enfrentamientos no habían estado ausentes durante los años anteriores, pero ninguno de ellos tuvo la magnitud y repercusión del de 1914. La Gran Guerra se diferenció de las demás en que fue un conflicto de carácter mundial y total, que, además, hizo posible la aceleración del ritmo histórico. Estas características no las encontramos en las guerras anteriores a 1914:

– En ninguna, salvo en la de Crimea –Inglaterra, Francia y Rusia- se vieron involucradas buena parte de las potencias.

– Generalmente, a excepción de la Guerra Civil norteamericana, fueron guerras rápidas.

– Salvo raras excepciones –guerra ruso-japonesa (1905)- ninguna potencia había visto rebasadas sus fronteras por el enemigo.

– Mayoritariamente eran guerras coloniales, roces entre imperios, que no repercutían en la población de la metrópoli: se trataba de un frente lejano.

Guerra Mundial.

Se puede hablar de “guerra mundial” por las siguientes razones:

– Por el número y relevancia de los participantes; es decir, todas las potencias europeas y extraeuropeas con sus respectivas colonias.

– Por el objetivo de la misma, que no era otro que mantener o alcanzar, depende de la nación, la hegemonía mundial.

– Por las técnicas empleadas; especialmente la guerra naval y las innovaciones militares.

A la mundialización del conflicto contribuyó la duración del mismo, que permitió a potencias no beligerantes en un principio –EE.UU. y Japón- entrar en la guerra en los años finales de la misma. De esta manera, aunque se preveía un enfrentamiento corto, el fracaso de los planes de los respectivos Estados Mayores –Plan Schlieffen y plan XVII- propició la prolongación de este: se pasó, con la estabilización del frente, de los movimientos estratégicos a la guerra de trincheras.

En lo que a los bandos se refiere, las potencias se agrupaban en un principio en:

– Triple Alianza (Alemania, Austria-Hungría e Italia); coalición que poseía un total de 116 millones de habitantes, una posición compacta en el centro continental y el importante peso industrial de Alemania.

– Triple Entente (Inglaterra, Rusia, Francia, Serbia y Bélgica); con 136 millones de habitantes, el potencial demográfico ruso, la capacidad militar francesa y el peso económico británico. Como contrapartida hay que señalar su escasa cohesión en cuanto a los objetivos y la posición geográfica.

No obstante, la presión de los combatientes, el sentimiento beligerante de los neutrales y una opinión pública interior favorable a la intervención, propiciaron que en esta guerra acabaran interviniendo casi cuarenta países. De esta manera, pasaron a engrosar las filas de la Entente Italia -tras abandonar la Triple Alianza-, Grecia, Japón, Portugal, EE.UU. y algunos otros estados americanos; mientras que Turquía y Bulgaria se unieron a la Triple Alianza.

Guerra Total.

La Gran Guerra fue un evento de carácter global. No solo afectó al frente, sino al conjunto de la población de los países combatientes; incluso también a los no beligerantes. Este conflicto, que inauguró el modelo de guerra moderna, afectó al frente de batalla y a la retaguardia; a los soldados y a las mujeres, niños y ancianos que permanecieron en sus casa; a las trincheras y a las ciudades; a los cañones y a las plumas y pinceles… La guerra iniciada en 1914 empapó todos los ámbitos de la vida europea y, en cierto modo, mundial. La Gran Guerra inauguró un nuevo modelo de conflicto que, como señaló Winston Churchill, sorprendió a sus propios contemporáneos:

“En 1938, los pueblos ya estaban habituados a la idea de que la guerra amenazara la estructura de la civilización, mientras que en 1914 todos los interesados todavía lo consideraban un breve encuentro que sólo afectaba a los militares, y no a la población civil”.

Se trataba, pues, de una guerra total fundamentalmente por tres razones:

– Toda la población fue movilizada.

– El suministro de armamento y víveres exigían que la economía estuviese al servicio de la guerra y de las nuevas técnicas empleadas en esta.

– Los problemas de organización del conflicto reforzaron el papel gestor del Estado.

Movilización de la población.

La Gran Guerra movilizó físicamente a todos los ciudadanos de las potencias beligerantes, bien porque los llevó al frente de batalla, o bien porque, en la retaguardia, trabajaron para mantener dicho frente. El conflicto también afectó anímicamente a la población de las naciones combatientes. Durante los primeros meses de guerra los distintos territorios se vieron invadidos por una ola de nacionalismo romántico que lo embargó todo; y esto se dejó notar tanto en la euforia de las manifestaciones populares como en el alto número de alistamientos. Se trató, pues, de lo que muchos han denominado después como una “euforia de la catástrofe”: los grandes estados caminaban con júbilo hacia una guerra destructiva que, a sus ojos, se mostraba como algo necesario y heroico.

Así manifestaban en sus memorias de esa época esta “euforia de la catástrofe” Stefan Zweig y Sebastian Haffner:

(Stefan Zweig, El mundo de ayer) En honor a la verdad debo confesar que en aquella primera salida a la calle de las masas había algo grandioso, arrebatador, incluso cautivador, a lo que era difícil sustraerse. Y, a pesar del odio y la aversión a la guerra, no quisiera verme privado del recuerdo de aquellos primeros días durante el resto de mi vida; miles, cientos de miles de hombres sentían como nunca lo que más les hubiera valido sentir en tiempos de paz: que formaban un todo.

(Sebastian Haffner, Historia de un alemán) “No tenía ni idea de que fuera posible mantenerse al margen de aquella locura festiva generalizada. Ni de lejos se me pasó por la cabeza la idea de que pudiera haber algo malo o peligroso en una cosa que causaba una felicidad tan obvia y regalaba aquellos estados de alegre embriaguez tan poco frecuentes”.

Labor de los intelectuales.

Al júbilo de las masas se unió la tarea en favor de la guerra de algunos intelectuales, que vieron en este conflicto algo purificador y beneficioso para la civilización, al tiempo que proclamaron que era necesario defender la cultura nacional de la extranjera por medio de la lucha. En sus obras trataron de representar la renovación espiritual que suponía esa guerra, llamada a romper con la monotonía del mundo burgués y a resaltar el sentimiento nacional que superaba las divisiones y enfrentamientos sociales. Surgieron así numerosos intelectuales que, encarnando las figuras de guías y abanderados, encaminaron a las distintas naciones hacia esa purificación cultural. Veamos como representa Stefan Zweig ese papel de la intelectualidad:

(Stefan Zweig, El mundo de ayer) “Llovían en abundancia los poemas que rimaban krieg (guerra) con sieg (victoria) y not (penuria) con tod (muerte). Los escritores juraron solemnemente que jamás volverían a tener relación cultural con ningún francés ni inglés (…) De repente, los filósofos no conocían otra sabiduría que la de explicar la guerra como un benéfico baño de aguas ferruginosas que guardaba del decaimiento a las fuerzas de los pueblos (…) El poemita, musicado y adaptado para coro, se representó en los teatros; entre los setenta millones de alemanes pronto no había ni uno que no supiera el Canto de odio a Inglaterra de cabo a rabo, como también pronto lo supo el mundo entero (aunque, claro está, con menos entusiasmo). De la noche a la mañana, Ernst Lissauer conoció la fama más ardiente que ningún otro poeta consiguiera en aquella guerra…”

De esta manera, como a continuación nos volverá a relatar Stefan Zweig, los ciudadanos europeos, y especialmente los jóvenes, se lanzaron a vivir aquella gran aventura que se les presentaba, de una forma engañosa, como algo romántico: una experiencia única.

(Stefan Zweig, El mundo de ayer) Por Navidad volveremos todos a casa (…) Una veloz excursión al romanticismo, una aventura alocada y varonil: he aquí cómo se imaginaba la guerra el hombre sencillo de 1914, y los jóvenes incluso temían que les faltara este maravilloso en su vida; por eso corrieron fogosos a agruparse bajo las banderas, por eso gritaban y cantaban en los trenes que los llevaban al matadero…

La Guerra invadió todos los ámbitos de la vida de los ciudadanos pertenecientes a las distintas potencias beligerantes. De esta forma, en lo que a la vida de un niño se refiere, es lógico pensar que el conflicto irrumpiese en sus juegos y diversiones. Eso es justamente lo que nos viene a mostrar Sebastian Haffner en Historia de un alemán. En unas pocas páginas el autor nos describe el “juego de la guerra”; inofensivo en apariencia, pero con nefastas consecuencias: esa excitante diversión, acabó, en opinión del autor, formando la “generación de los nazis”.

“Para un niño que viviese en Berlín una guerra era, evidentemente, algo en extremo irreal: tan irreal como un juego. No había ataques aéreos ni bombas. Había heridos, pero solo a distancia (…) Lo importante era la fascinación que ejercía el juego de la guerra: un juego en el que, según las reglas secretas, el número de prisioneros, los territorios invadidos, las fortalezas conquistadas y los barcos hundidos desempeñaban aproximadamente el mismo papel que los goles en el fútbol (…) Mis amigos y yo jugamos a lo largo de toda la guerra, durante cuatro años, impune y libremente, y fue este juego (…) lo que dejó marcas peligrosas en todos nosotros”.

Material y técnica de guerra empleados.

El conflicto, y fundamentalmente la duración del mismo, favorecio el desarrollo de las innovaciones en el campo de la guerra. Sin embargo, es necesario distinguir, para entender esos avances, entre los dos tipos de guerras que se estaban desarrollando:

– Guerra tecnológica: se desarrollaron nuevas formas y técnicas de combate, entre las que destacaron la utilización del camuflaje y de los gases, y la invención de los submarinos y los tanques.

– Guerra psicológica: la propaganda adquirió durante este conflicto un papel del que hasta ese momento nunca había disfrutado. Los métodos propagandísticos, como medios de unión entre el frente y la retaguardia, pasaron a invadir todos los ámbitos de la vida cotidiana de los ciudadanos de las potencias beligerantes y neutrales. Se trató, pues, de lograr atacar al enemigo y contrarrestar al mismo tiempo los efectos de su propaganda; pero también de dar moral al ejército y al pueblo, evitando, a ser posible, la aparición de movimientos contrarios a la guerra. Volvamos otra vez sobre la obra de Stefan Zweig para hallar algún ejemplo de esa propaganda:

(Stefan Zweig, El mundo de ayer) “…las historias sobre ojos vaciados y manos cortadas, que en todas las guerras comienzan a circular puntualmente al tercer o cuarto día, llenaban los periódicos. Ah, los ignorantes que difundían tales mentiras no sabían que la técnica de culpar a los soldados enemigos de todas las crueldades imaginables forma parte del material bélico tanto como la munición y los aviones…”

También podemos encontrar algunos de esos elementos propagandísticos en la infantil visión de las relaciones internacionales que nos presenta Sebastian Haffner:

(Sebastian Haffner, Historia de un alemán) “Un niño de siete años como yo (…) supo enseguida no sólo el qué, cómo y dónde de la guerra, sino incluso el porqué: supe que la culpa de todo la tenían el ansia revanchista de Francia, el afán de protagonismo de Inglaterra y la brutalidad de Rusia (…) Pedí que me enseñaran el mapa de Europa, con solo un vistazo supe que “nosotros” probablemente acabaríamos con Francia e Inglaterra, pero experimenté un sordo sobresalto al ver el tamaño de Rusia, si bien acepté el consuelo de que los rusos compensaban su aterrador número con una estupidez y depravación increíbles…”

Como todos los alemanes, el protagonista de esta obra se vio afectado por la propaganda de guerra. Descubrimos por medio de sus palabras los prejuicios más habituales de los ciudadanos del II Reich: el revanchismo francés, el afán de protagonismo inglés, y la estupidez de los rusos. Es, pues, un claro ejemplo de cómo la propaganda influyó en el pensamiento de las personas, y un testimonio de gran valor, ya que así conocemos en que dirección iba esa labor propagandística: defender la superioridad del pueblo alemán y su inocencia ante el estallido de un conflicto impuesto desde fuera.

Además, también se muestra en ésta obra la complicada situación geoestratégica en la que se encontró la nación alemana a lo largo del conflicto: entre dos frentes. Sin embargo, por encima de todo hay que destacar la ya citada invasión, por parte de la Guerra, de la vida cotidiana de los individuos y las familias. Los alemanes, bien por medio de una prensa cada vez más desarrollada, o por las carencias propias del contexto bélico en que se encontraban, vivieron el conflicto con una cercanía no experimentada hasta entonces en ninguna guerra anterior.

Las canciones de la guerra.

En la guerra psicológica y publicitaria que venimos describiendo jugó un papel importante la música, bien fuera pacifista o belicista. A continuación veremos algunos ejemplos anglosajones, que fueron sin duda los que más repercusión tuvieron:

It’s a Long Way to Tipperary

Up to mighty London came
An Irish lad one day,
All the streets were paved with gold,
So everyone was gay!
Singing songs of Piccadilly,
Strand, and Leicester Square,
‘Til Paddy got excited and
He shouted to them there:

It’s a long way to Tipperary,
It’s a long way to go.
It’s a long way to Tipperary
To the sweetest girl I know!
Goodbye Piccadilly,
Farewell Leicester Square!
It’s a long long way to Tipperary,
But my heart’s right there.

Paddy wrote a letter
To his Irish Molly O’,
Saying, “Should you not receive it,
Write and let me know!
If I make mistakes in “spelling”,
Molly dear”, said he,
“Remember it’s the pen, that’s bad,
Don’t lay the blame on me”.

It’s a long way to Tipperary,
It’s a long way to go.
It’s a long way to Tipperary
To the sweetest girl I know!
Goodbye Piccadilly,
Farewell Leicester Square,
It’s a long long way to Tipperary,
But my heart’s right there.

Molly wrote a neat reply
To Irish Paddy O’,
Saying, “Mike Maloney wants
To marry me, and so
Leave the Strand and Piccadilly,
Or you’ll be to blame,
For love has fairly drove me silly,
Hoping you’re the same!”

It’s a long way to Tipperary,
It’s a long way to go.
It’s a long way to Tipperary
To the sweetest girl I know!
Goodbye Piccadilly,
Farewell Leicester Square,
It’s a long long way to Tipperary,
But my heart’s right there.

Extra wartime verse

That’s the wrong way to tickle Mary,
That’s the wrong way to kiss!
Don’t you know that over here, lad,
They like it best like this!
Hooray pour le Francais!
Farewell, Angleterre!
We didn’t know the way to tickle Mary,
But we learned how, over there!

“I Didn’t Raise My Boy to be a Soldier”

Ten million soldiers to the war have gone
Who may never return again;
Ten million mothers’ hearts must break
For the ones who died in vain–
Head bowed down in sorrow, in her lonely years,
I heard a mother murmur thro’ her tears:

Chorus
“I didn’t raise my boy to be a soldier,
I brought him up to be my pride and joy.
Who dares to place a musket on his shoulder,
To shoot some other mother’s darling boy?”
Let nations arbitrate their future trouble,
It’s time to lay the sword and gun away.
There’d be no war today
If mothers all would say,
“I didn’t raise my boy to be a soldier.”

What victory can cheer a mother’s heart,
When she looks at her blighted home?
What victory can bring her back
All she cares to call her own?
Let each mother’s answer in the years to be,
“Remember that my boy belongs to me.”
Chorus

Over There

Johnnie, get your gun,
Get your gun, get your gun,
Take it on the run,
On the run, on the run.
Hear them calling, you and me,
Every son of liberty.
Hurry right away,
No delay, no delay,
Make your daddy glad
To have had such a lad.
Tell your sweetheart not pine,
To be proud her boy’s in line.

Chorus

Over there, over there,
Send the word, send the word over there–
That the Yanks are coming,

The Yanks are coming,

The drums rum-tumming
Ev’rywhere.
So prepare, say a pray’r,
Send the word, send the word to beware.
We’ll be over, we’re coming over,
And we won’t come back till it’s over
Over there.

Johnnie, get your gun,
Get your gun, get your gun,
Johnnie show the Hun
Who’s a son of a gun.
Hoist the flag and let her fly,
Yankee Doodle do or die.
Pack your little kit,
Show your grit, do your bit.
Yankee Doodle fill the ranks,
From the towns and the tanks.
Make your mother proud of you,
And the old Red, White and Blue.

(repeat chorus twice)

Nuevas formas de gestión.

Durante el periodo bélico los Estado, a causa de las exigencias de la guerra, pasaron a invadir numerosos ámbitos de gestión que hasta el momento, en consonancia con la doctrina liberal, le estaban vetados. La supeditación de todos los demás fines a la victoria en el conflicto contribuyó a un claro reforzamiento del poder ejecutivo y a la aparición de las llamadas “dictaduras de guerra”. Así reflejaba esta omnipresencia del Estado H. Hesse en Si la guerra dura dos años más, un escrito publicado en 1917

(H. Hesse, Si la guerra dura dos años más) “Usted bien sabe que hay guerra ¡Guerra en el mundo entero! Pues esto es lo que sostenemos. Para ello promulgamos leyes, y para ello hacemos todos los sacrificios ¡Por la guerra! Sin estos tremendos esfuerzos y sin un rendimiento aumentado de todos, los ejércitos no podrían permanecer en el frente ni una semana más ¡Morirían de hambre! ¡Sería espantoso! Así pues ¡la guerra es lo único que tenemos! El placer y las ganancias personales, la ambición social, la avidez, el amor, el trabajo intelectual… todo eso ya no existe. Únicamente a la guerra debemos que aún haya en el mundo cosas como el orden, las leyes, pensamientos, espíritu…”

La guerra, pues, lo llenaba todo: todo estaba condicionado por la consecución de la victoria final. De esta manera, el sistema se veía constantemente adulterado a causa del objetivo último, de aquella locura en la que medio mundo se embarcó durante cuatro largos años; una locura que, como más tarde se demostró, iba a tener consecuencias irremediables: la imposible vuelta al mundo anterior a 1914.

De esta manera, el Estado fue asumiendo, poco a poco y en contra de las leyes del liberalismo, el papel del mercado. A esto se unieron las políticas proteccionistas de las distintas potencias y la aparición de un amplio código normativo que trataba de reglamentar todo. La financiación del conflicto se llevo a cabo a través de dos procedimientos:

– La inmensa mayoría por medio de créditos, lo que propició que la deuda pública se multiplicara en algunos países por cinco a lo largo de ese periodo.

– Un mínima parte a través de la fiscalidad.

Además, también se procedió a la emisión masiva de moneda, lo que desembocó en un importante problema inflacionista que acompañó a los combatientes durante la parte final del conflicto y los primeros años de posguerra. Por lo tanto, en las potencias beligerantes se asistió a un doble proceso: la adopción por parte de los estados del papel protagónico y la degradación del sistema económico.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[5] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.

[6] Historia de un alemán; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[7] Si la guerra dura dos años más; Hemann Hesse.

Introducción a la Gran Guerra


Con el comienzo de la Gran Guerra, Occidente se adentró en un túnel de cuatro años que acabó por transformar de manera radical las estructuras económicas, políticas, sociales y culturales existentes hasta entonces. Este traumático conflicto y los duros años de posguerra que lo siguieron marcaron el final de un mundo y el nacimiento de otro: se produjo un cambio de época. La magnitud de la Guerra, el número de potencias implicadas, la categoría de las mismas, la utilización de nuevos ingenios armamentísticos, las privaciones a las que fueron sometidos los habitantes de las naciones contendientes, los nuevos movimientos sociales y políticos surgidos a raíz del conflicto, las barbaridades de la guerra, los errores de la paz, la cristalización de las enemistades… todo esto contribuyó a que la vuelta a atrás, el regreso a la vida anterior a 1914, fuera imposible. El mundo occidental se vio condenado a emprender una nueva andadura, a dejar a un lado las antiguas estructuras. El estallido y desarrollo de la Gran Guerra condujo irremediablemente a Occidente hacia una nueva existencia. La importancia de este conflicto, independientemente de su desarrollo puramente bélico, fue enorme. Configuró el mundo posterior a 1914.

Sería un error atribuir toda la responsabilidad de este gran cambio a las declaraciones de guerra del verano de 1914 y al posterior desarrollo bélico. Ambos, el gran cambio y el conflicto, venían forjándose desde los años atrás. Podemos afirmar que las décadas anteriores a la Gran Guerra – la ruptura del viejo sistema de equilibrio bismarquiano-, marcadas por la cristalización de los respectivos bloques, la creciente hostilidad entre las potencias, y el arraigo del nacionalismo entre las masas populares y sus dirigentes, fueron el preámbulo de un enfrentamiento que terminó por acelerar y descontrolar un proceso de transformación ya existente.

Esta guerra que lanzó al hombre occidental a un nuevo mundo en apenas cuatro años fue fruto de las transformaciones experimentadas por las principales potencias en el transito del siglo XIX al XX. La pugna ideológica –el ansia nacionalista por obtener prestigio- y territorial entre los imperios coloniales, el establecimiento de alianzas diplomáticas con fines defensivos y ofensivos, y la carrera armamentística, no fueron más que la antesala de una guerra que acabó por minar la confianza en el futuro tan representativa del último cuarto del XIX. De la confianza y el respeto a lo establecido, surgió tras el conflicto la desconfianza, las alternativas políticas, culturales y económicas al que Stefan Zweig califica como El mundo de Ayer.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[5] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.

La Gran Guerra


Los siguientes artículos están dedicados a la Primera Guerra Mundial. Este bloque se inserta dentro de un grupo más amplio que, emulando a Stefan Zweig, he titulado El mundo de ayer. Les dejo con la cita introductoria que he sacado del citado autor:

(Stefan Zweig, El mundo de ayer) “A oscuras vi pasar un tren de carga tras otro en dirección contraria: vagones abiertos o cubiertos con lonas, bajo las cuales me pareció ver vagamente la amenazadora silueta de unos cañones. Me dio un vuelco el corazón. Debía de ser la ofensiva del ejército alemán (…) No cabía duda, se había puesto en movimiento lo que nos parecía monstruoso: la invasión alemana de Bélgica en contra de todos los estatutos de derecho internacional. Con un escalofrío de horror volví al tren y proseguí mi viaje de regreso a Austria. No había la menor duda: iba derecho a la guerra”.

Introducción a la Gran Guerra
Características del conflicto
Aceleración del ritmo histórico

Causas de la Guerra
Desarrollo del conflicto

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[5] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.

Un particular contra el Estado

zFiles.aspxArtículo sobre Historia de un alemán publicado por Antonio Duplá.

“Así plantea su relato el autor del libro que quiero reseñar: «La historia que va a ser relatada a continuación versa sobre una especie de duelo. Se trata del duelo entre dos contrincantes muy desiguales: un Estado tremendamente poderoso, fuerte y despiadado, y un individuo particular pequeño, anónimo y desconocido. (…) El Estado es el Reich y el particular soy yo» (p. 11s.).

Se trata de un texto singular. Escrito en 1939, no obstante no ve la luz hasta el año 2000, tras ser encontrado entre los papeles de su autor tras su muerte en 1999. Haffner nació en Berlín en 1908, estudió Derecho y, en 1939, a la vista de las condiciones de la vida en Alemania bajo el régimen nazi, emigró a Inglaterra, donde trabajó como periodista hasta 1954. Tras su regreso a Alemania se dedicó a la literatura y al periodismo.

El contenido del libro ofrece ya suficiente interés como crónica de unos tiempos especialmente convulsos y decisivos para la historia de Europa. Hay que pensar que, como contexto del recorrido autobiográfico del autor, vemos desfilar por sus páginas la I Guerra Mundial, la fallida Revolución de 1918 en Alemania, la República de Weimar, su crisis, la irrupción de Adolf Hitler y el ascenso del nazismo hasta hacerse con el poder. Una época sobre la que conviene volver una y otra vez para intentar comprender lo sucedido. La literatura, académica, ensayística y también autobiográfica, sobre la Alemania de Hitler es inabarcable, sobre sus orígenes y su desarrollo y, en particular, sobre los aspectos más extremos del régimen nazi, como la política contra los judíos y su expresión última, los campos de concentración. La pregunta se plantea una y otra vez: ¿Cómo es posible que la barbarie, el Mal en una de sus expresiones históricas más acabadas, pudiera surgir en una de las naciones más desarrolladas y cultas de Europa, esto es, del mundo? La respuesta no es fácil, como es evidente, y afecta al núcleo mismo del concepto de modernidad y de cultura. Nos golpea en el cerebro y en el estómago y descubre la superficialidad y la trampa del discurso autosatisfecho de la civilización occidental. Nos remite a la dualidad intrínseca no ya del discurso ilustrado, sino de la propia tradición política e ideológica de Occidente hasta Roma y Grecia, donde la espléndida democracia de Pericles necesitaba una política exterior imperialista y el trabajo de los esclavos.

En esos ríos de tinta sobre un tema tan fundamental, ¿qué es lo que hace atractivo y recomendable el libro de Haffner? En concreto, el tipo de obra que es, pues no estamos ante un trabajo de historia contemporánea, ni tampoco ante una crónica periodística. Se trata de la mirada de una persona que está viviendo esa realidad cambiante y tan decisiva, desde el crío que oye las noticias de la Gran Guerra, sin entender demasiado, y se entusiasma ante el ambiente y los mensajes belicistas, hasta el adolescente que se divierte y discute con sus amigos en los felices años 20, hasta el adulto, joven todavía, 25 años en 1933, que asiste al triunfo de los nazis y experimenta el clima cada vez más asfixiante de la sociedad alemana a partir de ese momento. Estamos ante un relato escrito con humor, dentro de lo que cabe, por alguien que no pertenece a ningún grupo de población perseguido ni ostenta ninguna cualificación política. Como el mismo autor dice, se trataba de un producto medio de la burguesía alemana culta (p. 105), que contempla con estupor el hundimiento de un mundo y el nacimiento de otro, bastante más estremecedor incluso para él, un ario en los términos oficiales de la época. Aunque conocemos el resultado final del duelo citado (el exilio del autor) y, de hecho, en las primeras páginas ya se anuncia que la situación era bastante desesperanzadora, dada la desigual fuerza de los contrincantes, todo ello no disminuye un ápice el interés del libro.

Siempre que se escribe desde el País Vasco sobre algún tema relacionado con el fascismo, parece que planea la consabida comparación entre aquella época y la nuestra. No pretendo hacer analogías fáciles, pues pienso que se abusa en demasía de la calificación de fascismo y fascistas, tanto por aquellos que pretenden homologar el actual régimen parlamentario al fascismo, como por quienes generalizan y tildan de fascistas a cuantos se oponen de forma radical al fetichismo constitucional reinante. Sin embargo, sí creo que el libro de Haffner ofrece posibilidades de reflexión sobre algunos aspectos que nos pueden remitir a la situación vasca y eso proporciona un valor añadido a su lectura. Por ejemplo, cuando habla de su época infantil y de las noticias de la Gran Guerra, de cómo confiesa que de niño, como muchos otros a su alrededor, fue un entusiasta de la guerra (p. 23 ss.), de cómo fue víctima de la propaganda del odio y de la fascinación que ejercía el juego de la guerra. En última instancia, dice, de cómo el efecto narcótico de la guerra dejó marcas peligrosas en todos ellos. ¿No puede suceder algo similar en determinados sectores de la juventud abertzale, sumergidos en un ambiente cerrado y monocolor, narcotizados también por la droga de la guerra contra España y seducidos por el halo romántico y heroico de nuestros gudaris? Tremenda responsabilidad política y moral la de aquellos adultos cercanos, sobre todo sus dirigentes políticos que, con más experiencia vital, no les abren los ojos y les advierten de los peligros y terribles consecuencias que esa droga acarrea. Resulta impresionante leer las sensaciones del Haffner de once años cuando tuvo que leer las condiciones de la capitulación alemana de 1918 y cómo entonces su «mundo de fantasía se rompe totalmente en pedazos» (p. 34). ¿No puede haber algo de eso, de ese vértigo ante el impacto brutal de la realidad, no por contraria a sus planteamientos menos real, en el empecinamiento de ETA en su continuidad y en la disponibilidad de decenas de jóvenes para matar y morir?

El libro ofrece muchos más temas para analizar y comentar sobre la situación de los años 30, desde la contradicción entre la conciencia de los hechos terribles que estaban sucediendo y la continuidad de la vida cotidiana, en aparente fluidez y rutina para quienes no sufrían directamente las arbitrariedades del régimen, hasta el ambiente enrarecido en el Ministerio de Justicia, lugar de trabajo del protagonista, donde el ascenso de los nazis se acompañaba del magma viscoso del miedo y el retraimiento de quienes no simpatizaran con ellos. Por no hablar de las crecientes dificultades para discutir entre los amigos con posturas políticas enfrentadas, hasta llegar a un punto insuperable, dada la entidad de los problemas y la distancia ética de las posiciones en litigio.

En resumen, una obra interesante por el tema, por la época, por el tono y el estilo y por las reflexiones que puede suscitar”.

La vida cotidiana en el infierno

Sebastian_HaffnerArtículo de Luís Fernando Moreno publicado por El País el 29 de noviembre de 2001.

El 2 de enero de 1999 fallecía en Berlín, su ciudad natal, el gran publicista Sebastian Haffner, a la edad de 91 años. Su verdadero nombre era Raimund Pretzel y provenía de una familia acomodada. Su padre, un funcionario prusiano que poseía una excelente biblioteca con más de 10.000 volúmenes, le transmitió su pasión por los libros, pero también lo ayudó a adquirir la sensatez necesaria para observar el mundo con sentido común. El muchacho estudió jurisprudencia y, a sus 25 años, era ya pasante en el Tribunal Imperial de Justicia; con cierta probabilidad, su carrera hubiera sido la de un alto y brillante funcionario de Estado de no haber llegado Hitler al poder en Alemania, el 30 de enero de 1933.

Aunque aquel joven rubio y bien parecido no era de origen judío, sino “ario”, y no tenía nada que temer en ese sentido de los nazis, que incluso le hubiesen permitido medrar en la Administración, en 1938 eligió el camino del exilio trasladándose a Inglaterra. Allí trabajó para The Observer como periodista y, tras estallar la Segunda Guerra Mundial, publicó Germany: Jekyll.

Y ya como Sebastian Haffner regresa a su patria en 1954, donde trabaja para Die Welt y, después, durante muchos años, para el semanario Stern. Aparte de sus polémicos artículos de análisis histórico-político -la pacata izquierda germana siempre consideró a Haffner un columnista “de derechas”, dados sus inveterados ataques al comunismo de la RDA-, publicó títulos tan señeros como Churchill, Die November Revolution, Anmerkungen zu Hitler o el único de sus libros aparecido en España, hoy descatalogado: El pacto del diablo (Bruguera), sobre las relaciones germano-soviéticas.

Entre el legado de Haffner, los albaceas hallaron un texto inédito que llevaba por título Historia de un alemán. El original databa de 1939. Apenas publicado en Alemania, el pasado año 2000, el inédito de Haffner se convirtió en un gran éxito de ventas, y es que su contenido resultó ser apasionante. Mezcla de reflexión ensayística y autobiografía, Haffner intentaba explicarse, por una parte, las razones que habían posibilitado el ascenso de Hitler al poder, y con este fin repasaba con admirable claridad y concisión la historia de Alemania desde 1914 hasta aquel momento. Por otra parte, el autor se centraba en su propia vivencia durante los meses que siguieron a aquel acontecimiento fatídico y que tan graves consecuencias traería consigo.

Fue el instinto, la “nariz”, lo que previno en contra de los nazis a aquel chico culto, despabilado, individualista y celoso de su libertad, que era Raimund Pretzel a sus 25 años, en 1933. En modo alguno podía adherirse a un régimen que se inmiscuía sustancialmente en la vida privada de las personas, que se proponía dirigir sus movimientos, controlar las amistades, los gustos y, principalmente, el pensamiento de todos. Aquel joven, que incluso en cierta ocasión se había declarado “más bien de derechas”, sentía que había algo que “olía mal” en los nuevos señores: su retórica, su cinismo, la brutalidad de sus acciones. Pero ese olfato para discernir entre lo carente de valor y aquello que sí lo poseía, desgraciadamente -se lamenta el autor-, era ajeno a la mayoría de los alemanes.

Después de referirse brevemente a las tres décadas que transcurrieron entre el fin de la Primera Guerra Mundial y el advenimiento de Hitler: la inflación, la era Stresemann y, finalmente, los años postreros de la República de Weimar, en tonos que recuerdan lejanamente a El mundo de ayer, de Zweig, Haffner describe magistralmente el infierno en que, en cuestión de días, se convirtió la vida diaria en el Reich. De repente, “la masa lo invadió todo: lo bárbaro se convirtió en cotidiano; lo chato y obtuso, la falta de nouance, de valour se tornó general”. Desde entonces sólo cupo lo “pesado y artificial, lo colectivo aplastó el pensamiento individual; la libertad fue abolida y comenzó el dominio de la oscuridad y el terror”. “El infierno” se convirtió en norma para los ciudadanos que se negaron a colaborar activa o pasivamente con aquella ideología bombástica y fundamentalista. El ambiente se estrechó cada vez más en torno a los espíritus libres y fueron nulas las posibilidades de resistir individualmente a esa especie de Goliat portaesvásticas en que se convirtió la nación entera.

Detrás de las aclamaciones de júbilo al paso de escuadras de jóvenes uniformados, tras el obligatorio saludo a la romana -cualquiera que se abstuviera de alzar el brazo en público recibía una paliza-, oculto bajo la fanfarria militar, se escondía o bien la necedad de un pueblo sin conciencia, machacado por la ideología, o bien el miedo. De súbito, el denominado “pueblo de los poetas y los pensadores” dejó de serlo, pues tanto poetas y pensadores acabaron en los campos de concentración o huyendo al extranjero. “La cultura descendió de golpe hasta niveles ínfimos”, sofocada por el hervidero de consignas, por los discursos de los ideólogos; de pronto, dejó de producirse “algo que mereciera la pena”.

Moralmente, la nación entera se desquició, y no sólo cuantos fueron señalados como víctimas; también quienes se unieron a los nazis, bien por cortedad, mero oportunismo o, simplemente, para salvar la vida, cayeron en una espiral de terror y chantaje emocional, y cuando quisieron salir de ella ya no lo lograron: Hitler y sus centuriones, pero también la gran mayoría de sus conciudadanos, los succionaron hacia un atroz vórtice de dominio. Así, por pura inconsciencia, muchas personas se vieron convertidas en cómplices del gran crimen contra la humanidad perpetrado por Alemania. Y es que, constata Haffner, para los ciudadanos “normales” fue más cómodo dejarse trastornar por aquel régimen extremadamente nacionalista, populista y racista que oponer resistencia; no en vano, se imponía en toda la nación aquel carácter general que era el denominador común de una gran parte de los alemanes de la época: falta de coraje civil, “instinto de rebaño” (en palabras de Nietzsche) y, sobre todo, una marcada incapacidad sustancial de disfrutar de una vida de sosiego y felicidad individuales; nada temía más el burgués medio que “el vacío y el aburrimiento”; así, el horror vacui junto a la estupidez y los difusos deseos de “salvación” lo enjaezaron de tal forma que se convirtió en presa fácil de las ideologías de todo cuño.

Entreverada con tales ideas y reflexiones acaso un tanto generales pero que dan en el clavo, Haffner narra, además, en su impresionante documento -magníficamente traducido al castellano- una tibia historia de amor: la del narrador y una muchacha judía, acaso el trasunto literario de la mujer que lo seguiría a Inglaterra y que más tarde sería su primera esposa: Erika Hirsch. Asimismo, relata el avatar de su mejor amigo, también de origen semita, jurista como él, y ya sin la más mínima posibilidad de vivir con normalidad en Alemania, donde bajo los auspicios de la nueva barbarie legal se ordenaba al pueblo que diese rienda suelta a su ancestral antisemitismo.

Con el nacionalsocialismo, entraron en vigor nuevas leyes que excluían a los funcionarios judíos de la Administración y ordenaban a los “arios” boicotear todo negocio regentado por judíos e incluso a los profesionales autónomos como médicos o abogados pertenecientes a aquella “raza maldita”. Miles de familias judías se vieron, pues, de la noche a la mañana sin posibilidades de subsistencia, y escasos fueron los “arios” que se atrevieron a desobedecer las órdenes recibidas.

La historiografía de los totalitarismos


Al hablar del totalitarismo como forma de organización política solemos distinguir entre regímenes de izquierdas y de derechas. Esta diferenciación tiene su base sólida: la filiación ideológica de los mismos. Sin embargo, a nadie se le escapa que detrás de cada uno de ellos se esconde un sustrato común. Descubrirlo al lector no es la misión de este breve artículo.

Sin embargo, me parecía imprescindible partir de esa premisa antes de abordar su verdadera temática. Los paralelismos entre el nacionalsocialismo y el socialismo real de tipo soviético –sin duda los representantes más paradigmáticos de ambas familias- son evidentes, y sus manifestaciones abundantes. Con ocasión de este escrito me interesa destacar tan sólo una: el total rechazo hacia la ideología democrático-liberal. Y más en concreto a su forma de entender y “hacer” la Historia.

En oposición al discurso histórico predominante en el siglo XIX, tanto los nazifascistas como los marxistas plantearon una nueva interpretación del pasado que, a su vez, abría las puertas a un futuro con sus respectivas ilusiones mesiánicas.

La historiografía de los totalitarismos es, pues, la cuestión a tratar en este artículo. No obstante, entiendo que abarcar ambos espectros ideológicos, con su respectiva amplitud cronológica y evolutiva, es una tarea que me excede en estos momentos. Por esa razón, he preferido centrarme tan sólo en el ámbito nazifascista. Nos centraremos en los años que van de 1914 a 1945 –inicio y final de las dos guerras mundiales-, época difícil para las ideología liberal y su manera de ver la Historia.

El auge de las llamadas morfologías históricas fue la nota predominante de este periodo. Teóricos como Spengler o Toynbee sostenían que la Historia se componía de regularidades repetidas a lo largo del tiempo.

Estos postulados, más ideológicos que científicos, hablaban de las distintas fases en el discurrir histórico, comparando estas con el desarrollo biológico de los organismos.

Siguiendo este esquema, proponían la solución totalitaria como mejor sustitutivo para el “agotado” modelo liberal-burgués. Afirmaban que, tras la Gran Guerra (1914-1918), la Historia exigía un cambio brusco de sistema; era necesario echar mano de un nuevo proyecto. No es de extrañar que muchos defensores del totalitarismo de derechas se sirvieran de estas teorías para defender el advenimiento de regímenes nazifascistas.

En pleno siglo XX se generalizó la búsqueda de leyes “naturales” que tenían como fin explicar y predecir el comportamiento humano. Los propios títulos de las obras, o la denominación de esta corriente historiográfica –historiografía morfológica- nos hablan a las claras del trasfondo de este intento de encontrar factores suprahistóricos que rijan el desarrollo humano en su devenir temporal.

Pettrie publicaba en 1911 su famosa obra Las revoluciones de la civilización, en la que postulaba la existencia de siete civilizaciones mediterráneas en su desarrollo “biológico”; con su nacimiento, desarrollo y muerte. Spengler fue más allá: en 1922 publicó La decadencia de occidente. En este estudio aplicó los conceptos biológicos al caso concreto de la cultura occidental.

Siguiendo un modelo que daba a cada civilización una duración de más o menos mil años, concluía que la humanidad se encontraba en esos momentos a las puertas de una nueva era. A la luz de esta teoría se entiende mejor esa idea nacionalsocialista del Reich de los mil años. Sin embargo, resulta aún más sorprendente comprobar que la publicación del libro coincide con el ascenso al poder de Mussolini.

En los albores de la II Guerra Mundial, Toynbee aplicó los principios de la supervivencia de las especies a los pueblos. En definitiva, no sólo legitimaba el “lebensraum” –espacio vital- que perseguía Adolf Hitler, sino toda su teoría, contenida en Mein Kampf, sobre la lucha de razas como motor de la Historia. No obstante, a modo de defensa de estos autores, hemos tener en cuenta el momento histórico en el que se escribieron todas estas obras.

Existía una especie de conciencia profética generalizada, un afán de codificar el pasado en grandes estructuras ante la certeza de estar en un mundo que se desmoronaba.

Imre Nagy

Este texto forma parte de un conjunto de breves biografías que he elaborado sobre la Revolución Húngara de 1956. Para ver la lista completa, pincha aquí.


Imre_Nagy(1896-1958) A la hora de elaborar la reseña bibliográfia de Imre Nagy me ha parecido conveniente recurrir a un artículo de The New York Times. Su título es «Retrato de Imre Nagy» y fue publicado en octubre de 1956. Por tanto, teniendo en cuenta que la muerte del estadista húngaro acaeció poco tiempo después, nos encontramos ante una biografía inconclusa. No obstante, puede completarse con nuestra obra de referencia: La Batalla de Budapest. Historia de la insurrección húngara de 1956.

“Incluso durante los últimos años que pasó en Moscú como refugiado comunista, el nuevo Primer Ministro de Hungría, Imre Nagy, era considerado por sus camaradas un comunista extraño. Expresaban la perplejidad que les producía mediante el apodo que le daban, kulak, que es la palabra rusa que designa al campesino rico de la clase de los que exterminó Stalin al comienzo de la década de 1930.

Los compañeros comunistas del señor Nagy le llamaban kulak porque sus antecedentes, su aspecto y sus gustos les recordaban a los campesinos ricos y sólidamente burgueses que había conocido en Hungría. Hombre corpulento (…) no hacía un secreto de su afición a la buena comida, la buena bebida y la buena ropa.Cuando caminaba por las calles de Moscú parecía un campesino húngaro próspero ataviado con su mejor traje dominical y que se dirigía a la iglesia antes des que lo que era realmente: el técnico agrícola del Partido Comunista húngaro que se dirigía a su puesto de especialista del Instituto Agrario soviético. Cuando en 1944 volvió a Budapest con el Ejército Rojo y se convirtió en uno de los principales gobernantes húngaros, mantuvo sus costumbres extrañas. Dejó que su hija se casara con un ministro protestante en ejercicio. Le gustaba sentarse en los cafés de Budapest y discutir sobre política o los méritos de los distintos equipos de fútbol húngaros.Su esposa, con la que se había casado hacía más de 35 años, era hija de un empleado de pueblo.

Ya en 1945 los amigos del señor Nagy se dieron cuenta de que era políticamente “peculiar” y quizás hasta peligroso. Aunque había pasado más de una cuarta parte de su vida en la Unión Soviética y se había hecho ciudadano soviético en torno a 1930, les decía a sus amigos de Budapest que no era necesario que Hungría siguiera a la Unión Soviética en todo.Esto constituía una herejía notoria, pero al comienzo del período de la posguerra los comunistas húngaros preparados eran demasiado pocos y estaban demasiado diseminados como para que nadie pudiera permitirse el lujo de depurarlos. Imre Nagy nació en 1896 en una familia campesina con firme fe calvinista. De joven aspiraba a llegar a ser cerrajero y fue aprendiz de cerrajero hasta la Primera Guerra Mundial, cuando ingresó en el ejército austro-húngaro. Lo capturaron los rusos, que lo llevaron a su patria. Allí luchó con los bolcheviques en la guerra civil y luego volvió a su país para tratar de establecer en él el “gobierno de los obreros y los campesinos”.Siguió un cuarto de siglo en el que su vida fue semejante a la de otros revolucionarios profesionales de la Europa Oriental. Desempeñó un papel de poca importancia en el breve gobierno comunista húngaro de Béla Kun y luego actuó clandestinamente como agitador comunista hasta que tuvo que huir a la Unión Soviética en 1929. En Moscú siguió estudiando la situación de Hungría y observó como Stalin transformaba la Unión Soviética mediante la fuerza y la violencia. De vuelta a Hungría después de la Segunda Guerra Mundial fue el autor de la primera reforma agraria de la posguerra, dividiendo las grandes propiedades y concediendo pequeñas parcelas a los campesinos y peones de granja. Como buen comunista, se hizo cargo de la policía política durante un tiempo y actuó contra los antianticomunistas. Pero siempre, en lo recóndito de su pensamientos, conservaba, al parecer, la esperanza de que se podría alcanzar un camino húngaro para llegar al socialismo”.

Poner fin a la guerra con un levantamiento

“La revolución de Octubre había mostrado que era realmente posible acabar con la guerra a través de un levantamiento; también había enseñado cómo hacerlo. El instrumento de la revolución rusa fueron los consejos de los obreros y los soldados elegidos espontáneamente”. Como muy bien afirma Sebastian Haffner en varios puntos de su obra, la Revolución de Octubre fue posible gracias a la Gran Guerra. O mejor dicho, triunfo porque iba contra la guerra. El mismo Lenin se vio obligado a aceptar la paz de Brest-Litovsk porque comprendía perfectamente hasta qué punto estaba ligado el destino bolchevique con el del fin del conflicto. De igual manera, la revolución alemana de noviembre fue posible únicamente por su carácter pacifista.

Sin la guerra, sin sus desastres y los estragos que causo en la población y en el frente, esta no se hubiera producido. Los alemanes comprendieron bien pronto el mensaje del octubre ruso: la revolución era un instrumento eficaz a la hora de para el conflicto, de acabar con tanto sufrimiento y tantas privaciones. De esta manera, cuando lo creyeron conveniente, siguieron el ejemplo del gigante oriental. La Alemania revolucionaria se lanzó a la calle mientras los obreros y soldados constituían consejos a imitación de los soviets rusos. No obstante, el autor nos señala una diferencia clara entre el proceso alemán y el soviético: los primeros lo llevaron a cabo de una manera más ordenada y perfecta. Lo curioso es que en Rusia la revolución salió airosa, mientras que en Alemania fue la contrarrevolución la que ganó el pulso.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] La revolución alemana de 1918-1919; Sebastian Haffner – Inédita – Barcelona – 2005.

[4] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[5] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[6] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

El bacilo bolchevique de la aventura asiática

“Lo que sí contribuyó fue la propaganda rusa en la propia Rusia entre los soldados de los ejércitos orientales alemanes, muchos de los cuales introdujeron el bacilo bolchevique, según el testimonio de Ludendorff, cuando fueron trasladados al oeste o de vuelta a las guarniciones del país a lo largo de 1918; y especialmente entre los prisioneros de guerra alemanes, a los que los bolcheviques liberaban inmediatamente y les lavaron el cerebro”.

Sebastian Haffner enumera a lo largo del capítulo que nos ocupa las numerosas iniciativas llevadas a cabo por el gobierno soviético con el fin de hacer estallar la revolución en Alemania. Sin embargo, ninguna de ellas fue tan eficaz como la vuelta a casa de los soldados destacados en el frente oriental tras el triunfo de la revolución en Rusia.

Estos hombres llevaron a los hambrientos hogares alemanes imágenes idealizadas del nuevo experimento político surgido en el este. Sus narraciones sobre el pueblo ruso, unidas al hastío que sentía el pueblo hacia la guerra del káiser, fueron una auténtica bomba de relojería que, en el mes de noviembre de 1918, acabó por estallar en las calles de las principales ciudades.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] La revolución alemana de 1918-1919; Sebastian Haffner – Inédita – Barcelona – 2005.

[4] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[5] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[6] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

Alemania como bandera de la revolución mundial

“Y es que para los marxistas rusos la cosa estaba muy clara: una revolución proletario-socialista sólo podía tener lugar en un país plenamente industrial, en el que se pudiera relevar al capitalismo, y no en un país cuya mitad o sus tres cuartas partes todavía eran feudales, como Rusia, que primero debía realizar su revolución burguesa-capitalista. Y de todos los países capitalistas, Alemania, la tierra de Marx y Engels, que tenía el partido socialdemócrata más grande y fuerte y mejor organizado, era evidentemente el elegido para liderar el gran proceso histórico de transición del capitalismo al socialismo a escala mundial”.

Antes de 1917 ningún marxista serio y buen conocedor de la doctrina socialista hubiera podido imaginar que la revolución iba a iniciarse precisamente en Rusia. Es más, cuando Lenin tomó el tren que le llevó de Suiza a su tierra natal, muchos pensaron –eso afirma Sebastian Haffner- que había enloquecido.

Sin embargo, el líder de los bolcheviques no quería dejar pasar la oportunidad de hacer triunfar el socialismo en algún país, aunque fuese el menos indicado para ello.

Lenin creía que la revolución en Rusia era posible, pero no como un elemento independiente. Según se desprende de sus escritos y discursos, era imprescindible que en poco tiempo alguna nación capitalista con un alto grado de desarrollo económico siguiera el ejemplo ruso para convertirse en la bandera de la revolución mundial. Ese papel, no cabía la menor duda, debía desempeñarlo Alemania. La rusa debía quedar en la Historia socialista como la que dio el impulso a la verdadera revolución: la alemana. De ahí el empeño de los bolcheviques por extender las ideas revolucionarias a lo largo del territorio del II Reich. Así se entiende también ese pacto con el diablo imperial germano; esperaban que, de un momento a otro, ese aliado incómodo se convirtiera en fraternal amigo.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] La revolución alemana de 1918-1919; Sebastian Haffner – Inédita – Barcelona – 2005.

[4] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[5] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[6] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.