El movimiento obrero | Marxismo, anarquismo e Internacionales Obreras


En este episodio de la serie dedicada a la Historia de 4º de ESO se explican las principales características del marxismo y el anarquismo. En ese sentido, cabe destacar también la fundación de la Primera y la Segunda Internacional Obrera, así como las disputas entre anarquistas y socialistas.

DESCARGAR PDF: Marxismo, anarquismo e internacionales obreras

ESTRUCTURA DEL VÍDEO:

  • 0:18. El marxismo.
  • 2:30. El Capital y la plusvalía.
  • 3:47. La dictadura del proletariado y el comunismo.
  • 4:48. El anarquismo.
  • 6:03. Las características del pensamiento anarquista.
  • 7:01. El rechazo a la autoridad y al Estado.
  • 8:36. Las Internacionales Obreras.
  • 9:26. La Primera Internacional (AIT).
  • 10:54. La crisis de la Internacional.
  • 12:49. La Segunda Internacional o Internacional Socialista.
  • 14:00. Los debates internos de la Internacional.

BIBLIOGRAFÍA:

  1. Historia Contemporánea; Javier Paredes – Ariel.
  2. La era de la revolución; Eric Hobsbawm – Crítica.
  3. Historia 4º de ESO – Santillana.
  4. Historia del Mundo Contemporáneo – Oxford.

DIAPOSITIVAS DEL VÍDEO:

La unificación alemana


Alemania antes de la unificación

El antiguo I Reich i Imperio alemán, después de 1815 quedó reconstruido en una Confederación Germánica formada por 39 Estados independientes, de entre los cuales Prusia era el más poderoso.

Las bases de la unificación de sentaron en el segundo tercio del siglo XIX, precisamente en torno al reino de Prusia.

Hasta 1848 el panorama del nacionalismo alemán giraba en torno a tres grupos opuestos de Prusia y Austria:

  • El movimiento de la “Joven Alemania”, más literario que político, contaba con apoyo entre la burguesía liberal. Su influencia era limitada, y políticamente eran nacionalistas liberales o republicanos demócratas.
  • La llamada izquierda hegeliana, de tendencia liberal y crítica que dará lugar a la introducción de las ideas socialistas en Alemania durante la década de 1840. Especial mención merece al respecto la obra de Marx y Engels: El manifiesto comunista (1848). Después del fracaso de la revolución de 1848 seguirán defendiendo su ideal de una Gran Alemania unificada a través de la voluntad popular.
  • El liberalismo burgués, cuyo programa se basaba en la demanda de reformas que garantizasen su participación a través de cartas constitucionales. Tras el fracaso de las revoluciones de 1848 este grupo renovó sus aspiraciones unitarias dándoles un carácter conservador y propugnando el liderazgo de Prusia.

El hecho de crucial importancia en la unificación alemana fue la culminación en 1834, bajo la iniciativa del reino de Prusia, de la Zollverein o Unión Aduanera, que englobaba a 25 Estados alemanes.

La Unión Aduanera impulsó los intercambios comerciales al crear un mercado unificado de 26 millones de alemanes.

Promovió, a su vez, la mejora de la red de transportes y especialmente de los ferrocarriles, aspecto fundamental para la gran expansión económica de la segunda mitad de siglo. Además, ayudó decisivamente al proceso de unificación al afirmar la hegemonía de Prusia gracias a su superioridad económica, y a disminuir la influencia de Austria.

A partir de ese momento se definieron las posturas sobre la unificación, que giraban en torno a dos posiciones:

  • Los defensores de la Gran Alemania (Reformverein), que pretendían incluir en la futura unificación del Reich a todo el Imperio Austríaco.
  • Los partidarios de la Pequeña Alemania (Nationalverein), que deseaban integrar únicamente las regiones alemanas del Imperio Austríaco.

Esta última solución no era posible, al negarse Viena a romper los lazos entre los Estados del Imperio. Así como por el miedo a un enfrentamiento por la supremacía entre el rey de Prusia y el Emperador de Austria. Por esa razón, en la década de los sesenta, la política de Prusia se orientó hacia el aislamiento de Austria. De ahí su interés en evitar su entrada en el Zollverein.

En 1862 Otto von Bismarck accedió a la cancillería de Prusia. Bismarck, descendiente de la aristocracia terrateniente prusiana (junkers), era un monárquico conservador que despreciaba el liberalismo y el constitucionalismo.

Su política iba dirigida al engrandecimiento de Prusia y su idea de la nación alemana, indiferente para él, representaba sólo el modo de asegurar la preponderancia prusiana. Con su política de afirmación de la hegemonía de Prusia en Alemania se inició, a través de una serie de guerras, el proceso de unificación.

La crisis de los ducados daneses en 1864.

La muerte de Federico VII de Dinamarca motivó esta crisis ya que los ducados de Schleswig y Holstein –administrados por Dinamarca desde 1852- se negaron a reconocer al nuevo rey. Austria y Prusia decidieron declarar la guerra a Dinamarca y, tras la derrota del ejército danés, hacerse cargo conjuntamente de dichos ducados.

En 1865, por el Tratado de Gastein, Holstein quedaba bajo la administración de Austria y Schleswig de Prusia.

La guerra austro-prusiana de 1866.

El clima de tensión entre Austria y Prusia desembocó en la guerra. Esta última, tras firmar acuerdos con Italia y Francia, decidió invadir Holstein lo que provocó la guerra. El ejército austríaco fue derrotado en Sadowa y Austria tuvo que firmar la Paz de Praga por la que aceptaba la incorporación de Holstein a Prusia.

Se despejaba así el camino para la creación de la Confederación Alemana del Norte (1867). Al mismo tiempo, Bismarck firmaba tratados comerciales y militares con los Estados del sur. Napoleón III consideró que este proceso podía llevar a la hegemonía prusiana en el continente, lo cual empeoró las relaciones entre ambos.

La guerra franco-prusiana y la fundación del II Reich.

El tenso clima entre Francia y Prusia estalló como resultado de la candidatura de Leopoldo de Hohenzollern al trono español (febrero de 1870). Napoleón III rechazó esta posibilidad y las negociaciones entre su embajador y el rey de Prusia en Ems no hicieron sino complicar más las cosas.

En julio estallaba la guerra: a las derrotas de Sedán y Metz siguió la capitulación de París en enero de 1871.

El fervor nacionalista de la victoria fue suficiente para justificar la proclamación del II Reich en Versalles, al que se integraron los Estados alemanes del sur. Este nacía como Estado federal, bajo la presidencia del rey de Prusia, Guillermo I, que se convirtió en Emperador. Además, como consecuencia del enfrentamiento bélico, el nuevo Reich se hacía, a costa de Francia, con los territorios de Alsacia y Lorena.

El anarquismo en el siglo XIX


El anarquismo no tiene un cuerpo doctrinario tan homogéneo como el que elaboraron Marx y Engels. Ahora bien, podemos señalar una serie de rasgos comunes a todos sus ideólogos.

La crítica a la propiedad privada y la defensa de la propiedad colectiva.

Los anarquistas eran partidarios de la abolición de la propiedad privada y su sustitución por una forma de propiedad colectiva y comunitaria. Los medios de producción debían ser propiedad de toda la comunidad o de la cooperativas de obreros.

Algunos autores, como Kropotkin, defendían también la propiedad colectiva de los bienes de consumo y su distribución gratuita.

La oposición a la existencia del Estado y a la acción política.

Su rechazo a la autoridad tiene su exponente más claro en la negación del Estado, siendo el primer acto de la revolución su destrucción violenta. Proponían un nuevo modelos de sociedad en el que la vida social se fundamentaría en un contrato libre entre los miembros de la comunidad. La unión voluntaria de diferentes comunidades llevaría al federalismo, forma organizativa que sustituiría al Estado.

Por la misma razón, se oponían a la existencia de partidos y a la participación en el juego parlamentario, propugnando el abstencionismo electoral. Eran, por tanto, básicamente apolíticos y rechazaban la organización en partidos que tenga como objetivo la conquista del poder político.

La defensa de la espontaneidad de las masas, del individualismo y de la acción directa.

Los anarquistas sustituyeron la idea de la organización en partidos por una exaltación del impulso individual y popular. Rechazaban las organizaciones jerarquizadas y se organizaban en grupos autónomos o en confederaciones.

Defendían la acción y la participación directa de responsabilidades en delegados o dirigentes. Creían que la revolución no debía ser dirigida ni preparada por ningún partido, sino que esta debía ser fruto de un levantamiento espontáneo del pueblo.

El socialismo utópico


Como consecuencia de la revolución industrial y de los cambios políticos acaecidos en los inicios de la sociedad contemporánea, se inició un proceso de transformación que puso fin a los estamentos. Aparecieron en su lugar las clases, grupos sociales organizados en función de la riqueza y el mérito. De entre ellos cabe destacar la burguesía y la clase trabajadora o proletariado, que sería el protagonista del movimientos obrero. En los siguientes minutos abordaremos los planteamientos básicos del socialismo utópico, así como el pensamiento de sus principales representantes. En otros vídeos abordamos cuestiones como la sociedad de clasesla ciudad industrialel origen del movimiento obreroel ludismoel origen del sindicalismo, el cartismo, marxismo, anarquismo e internacionales obreras.

 

Alemania como bandera de la revolución mundial

“Y es que para los marxistas rusos la cosa estaba muy clara: una revolución proletario-socialista sólo podía tener lugar en un país plenamente industrial, en el que se pudiera relevar al capitalismo, y no en un país cuya mitad o sus tres cuartas partes todavía eran feudales, como Rusia, que primero debía realizar su revolución burguesa-capitalista. Y de todos los países capitalistas, Alemania, la tierra de Marx y Engels, que tenía el partido socialdemócrata más grande y fuerte y mejor organizado, era evidentemente el elegido para liderar el gran proceso histórico de transición del capitalismo al socialismo a escala mundial”.

Antes de 1917 ningún marxista serio y buen conocedor de la doctrina socialista hubiera podido imaginar que la revolución iba a iniciarse precisamente en Rusia. Es más, cuando Lenin tomó el tren que le llevó de Suiza a su tierra natal, muchos pensaron –eso afirma Sebastian Haffner- que había enloquecido.

Sin embargo, el líder de los bolcheviques no quería dejar pasar la oportunidad de hacer triunfar el socialismo en algún país, aunque fuese el menos indicado para ello.

Lenin creía que la revolución en Rusia era posible, pero no como un elemento independiente. Según se desprende de sus escritos y discursos, era imprescindible que en poco tiempo alguna nación capitalista con un alto grado de desarrollo económico siguiera el ejemplo ruso para convertirse en la bandera de la revolución mundial. Ese papel, no cabía la menor duda, debía desempeñarlo Alemania. La rusa debía quedar en la Historia socialista como la que dio el impulso a la verdadera revolución: la alemana. De ahí el empeño de los bolcheviques por extender las ideas revolucionarias a lo largo del territorio del II Reich. Así se entiende también ese pacto con el diablo imperial germano; esperaban que, de un momento a otro, ese aliado incómodo se convirtiera en fraternal amigo.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] La revolución alemana de 1918-1919; Sebastian Haffner – Inédita – Barcelona – 2005.

[4] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[5] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[6] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.