La «primavera de los pueblos» y sus antecedentes


Después de las revoluciones de 1820 y 1830 comenzó a gestarse en Europa un nuevo movimiento revolucionario que conocemos con el nombre de “la primavera de los pueblos”.

Este fenómeno, si bien no se manifestó hasta 1848, tuvo antecedentes claros en los sucesos políticos británicos y franceses de la década anterior.

Además de la influencia ejercida por estos dos países, cabe destacar también el debilitamiento de los postulados del Congreso de Viena y la desaparición de la Alianza que los sostenía.

La reforma constitucional británica

El reinado de Jorge IV (1820-1830) de Inglaterra se caracterizó por sus avances en los campos político y económico. Claro ejemplo de esto fue la reducción de las tarifas aduaneras y la liberalizaron de las antiguas Actas de Navegación. Además, se preparó también la reforma de la Cámara de los Comunes, que se llevó a cabo en el siguiente reinado.

Carlos X tomó la herencia de su antecesor en lo referente a las reformas. Sin embargo, parece que las repercusiones que en la opinión pública tuvieron los sucesos acaecidos en Francia, paralizaron momentáneamente esa política. Fueron justamente la presión popular y división dentro del partido conservador, que en ese momento ocupaba el poder, los responsables de que desaparecieran esas precauciones del monarca y de la aristocracia británica.

Así, tras ocupar el gobierno, los whigs comenzaron el proceso de reforma de la Cámara de los Comunes. Esta, tras vencer la oposición de la Cámara de los Lores, fue aprobada el 4 de junio 1832, y tuvo como principales consecuencias el aumento del electorado -de 500.000 a 800.000 electores- y la redistribución de los distritos electorales.

Mediante la reforma de la Cámara de los Comunes, el gobierno británico logró apaciguar durante un tiempo la presión social en torno a la democratización de la vida política. Sin embargo, a finales de la década de 1830, retomando estas mismas reivindicaciones, surgió el movimiento cartista. Sus propuestas llegaron a la Cámara en 1842, pero fueron rechazadas.

La Francia de Luis Felipe de Orleans

Tras ser proclamado soberano en 1830, Luis Felipe de Orleáns estableció una monarquía basada en los postulados revolucionarios, entre los que destaca la soberanía nacional. Además, el catolicismo pasó de ser la religión oficial de reino, a convertirse en la de la mayoría de los franceses; en consecuencia, se firmó un nuevo Concordato con Roma. Otro aspecto a destacar fue la restauración de la bandera tricolor y de la milicia nacional.

El reinado de Luis Felipe se caracterizó por el predominio burgués, tanto en el ámbito económico como en el político -los principales cargos fueron ocupados por miembros de esta clase social-, y por la marginación a la que se vio sometida la vieja nobleza.

El nuevo régimen francés se fue consolidando a pesar de los golpes que recibía tanto de la derecha como de la izquierda. Sin embargo, surgió progresivamente un movimiento favorable al sufragio universal, que al ser ignorado por el monarca, se fue asociando poco a poco con la idea de república.

Las revoluciones de 1848

La creciente agitación política a finales de la década de 1840 se vio agravada por el malestar económico creado por la crisis económica de 1846.

De esta manera, dos años después, se extendió por buena parte de Europa una nueva oleada revolucionaria basada, no solo en la clásica contraposición liberalismo-absolutismo, sino en las divisiones dentro de los liberales, que dará lugar a las corrientes de carácter democrático y socialista.

Entre las principales características de las revoluciones de 1848 cabe destacar:

  • La relativización de la fecha de 1848, ya que hay brotes revolucionarios anteriores.
  • La ausencia de grandes líderes que dieran coherencia a los movimientos.
  • El predominio de los ideales liberales y nacionalistas, pero con un toque socialista.
  • El protagonismo de los grupos acomodados como instigadores, pero con cierta presencia popular.
  • Su éxito limitado; proclamación de la República francesa, introducción de regímenes constitucionales en Piamonte y Prusia, abolición del régimen señorial en Austria y Hungría.
La revuelta de París del 22 febrero de 1848, que contempló el enfrentamiento entre las tropas reales y los republicanos, provocó la abdicación de Luis Felipe en su nieto. Sin embargo, este no es aceptado por los revolucionarios, que establecen un gobierno provisional bajo el mando de Lamartine.

Este, que contaba con el respaldo de orleanistas, bonapartistas, republicanos y socialistas, proclamó la república el día 25 del mismo mes febrero. Se abría así una nueva etapa en la historia de Francia, que en un primer momento estuvo caracterizada por las medidas democratizadoras y de carácter social.

Ante el temor a la actuación internacional, Lamartine redactó el “Manifiesto a Europa” (5 de marzo), documento en el que defendía la soberanía popular y el derecho de toda nación a decidir sobre su forma de gobierno.

Además, se cuidó mucho de poner de relieve sus intenciones pacíficas. Sin embargo, la conmoción se extendió rápidamente por el Continente: 27 de febrero Baden, marzo Hesse, Baviera, Hannover, Sajonia, Prusia, Austria…

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La crisis cultural


La Guerra acabó por minar la confianza que el hombre contemporáneo había depositado en la razón. De esta forma, durante el periodo posbélico un enorme pesimismo invadió la cultura europea: se había perdido la fe ciega en el progreso ilimitado y en el hombre occidental. Además, a esta crisis intelectual se sumó una profunda transformación moral, tras la cual los valores de preguerra quedaron completamente trastocados. Como bien señala Walter Gropius, un mundo había llegado a su fin:

“Esto es algo más que una guerra perdida. Un mundo ha llegado a su fin. Debemos buscar una solución radical a nuestros problemas”.

Al mismo tiempo, con el regreso de los soldados a casa, se fue forjando el mito de la generación perdida. Esos jóvenes que en el verano de 1914 se habían lanzado a las calles en favor de la guerra, esos mismos que se habían alistado llevados por un hondo sentimiento romántico, volvían ahora del frente tras cuatro años de duros enfrentamientos. Todos habían perdido buena parte de su juventud en la trinchera, pero a algunos la guerra les habían quitado algo más. A los heridos, a los lisiado, a los ciegos… les había sido arrebatado su futuro, su vida. Es justamente uno de esos “desfiles de lisiados” el que narra E. M. Remarque en El regreso.

Creación literaria.

En lo referente a la cuestión literaria, hemos de destacar en primer lugar el importante cambio de rumbo que se produjo en la orientación de éstas obras. La crisis de los fundamentos ideológicos se tradujo en el ámbito cultural en un apogeo del pesimismo, cuyas principales manifestaciones fueron:

– O. Spengler en La decadencia de Occidente describía la estructura cíclica de las civilizaciones con el objetivo de señalar que la occidental se acercaba a su fin.

– H. Hesse en Demian criticó duramente los ideales de la guerra y planteaba la construcción de una nueva civilización con valores distintos.

– Marcel Proust elaboraba un entramado de obras en las que planteaba recuperar el tiempo perdido por el arte en los largos años de conflicto.

– L. Pirandello en sus obras teatrales planteaba el problema de la incertidumbre; afirmaba que el hombre no era ni quien creía ser ni el que los demás creían.

– T. S. Eliot en Tierra baldía abordaba la cuestión de la esterilidad del mundo presente: “Abril es el mes más cruel, criando / lilas de la tierra muerta, mezclando / memoria y deseo, removiendo / turbias raíces con lluvia de primavera. / El invierno nos mantenía calientes, cubriendo / tierra con nieve olvidadiza, nutriendo / un poco de vida con tubérculos secos. / El verano nos sorprendió, llegando por encima de Starnbergersee / con un chaparrón; nos detuvimos en la columnata, / y seguimos a la luz del sol, hasta el Hofgarten, / y tomamos café y hablamos un buen rato. / “Bin gar keine Russin, stamm´ aus Litauen, echt deutsch. / Y cuando éramos niños, estando con el archiduque, / mi primo, me sacó en un trineo, / y tuve miedo. El dijo, Marie, / Marie, agárrate fuerte. Y allá que bajamos. / En las montañas, una se siente libre. / Yo leo, buena parte de la noche, y en invierno me voy al sur

– James Joyce en Ulysses trataba la sordidez del mundo presente. A éste irlandés, cuya obra estaba destinada a revolucionar la literatura y el pensamiento de su tiempo, nos lo describe Stefan Zweig en El mundo de ayer:

“…en un rincón del café Odeon se sentaba, a menudo solo, un joven que llevaba una barbita de color castaño y unas gafas ostentosamente gruesas ante unos penetrantes ojos oscuros; me dijeron que era un escritor inglés de gran talento (…) El resentimiento contra Dublín, contra Inglaterra y contra ciertas personas había adoptado en él la forma de una energía dinámica que sólo se liberaba en la obra literaria. Pero él parecía amar esa dureza suya; nunca lo vi reír ni de buen humor. Daba siempre la impresión de una fuerza oscura concentrada en ella misma y, cuando lo veía por la calle, con los delgados labios estrechamente apretados y caminando siempre con pasos apresurados, como si se dirigiera a algún lugar determinado, me daba cuenta de la actitud defensiva y del aislamiento interior de su carácter mucho más que en nuestras conversaciones. Por eso después no me sorprendió en absoluto que fuera precisamente él quien escribiese la obra más solitaria, la menos ligada a todo y que se abatió sobre nuestra época como un meteoro”.

– F. Kafka describe la impotencia del ser humano en obras como El proceso y El castillo.

– T. Mann en La montaña mágica analiza una Europa enferma.

– A. Malraux en La tentación de Occidente critica los hábitos occidentales contraponiéndolos a los orientales.

– P. La Rochelle; Fuego fatuo.

Sin embargo, el balance de todo éste fenómeno, la obra que resumió toda su complejidad, fue El Anticristo de J. Roth. En él encontramos la esencia y la síntesis del pesimismo literario imperante en aquel periodo.

Fundamentos científicos e ideológicos.

En el ámbito científico y humanístico se apreciaron también los efectos de la crisis, plasmados fundamentalmente en el triunfo de la irracionalidad y de la filosofía vitalista. A continuación analizaremos éstos fenómenos de una forma más sistemática:

El pensamiento de éste periodo estuvo profundamente marcado por el auge de la irracionalidad, la intuición y la experiencia, poniéndose fin así al imperio de la razón. Esto afectó profundamente al campo de la especulación científica, donde:

– Se produjo una degradación del análisis.

– El principio de causalidad fue sustituido por la casualidad.

– Predominó el escepticismo especulativo.

– El principio de la incertidumbre de W. Heisenberg sumió en una profunda crisis a la teoría de Max Plank.

– La física tradicional entró en crisis con la aparición de la teoría de la relatividad de A. Einstein.

– Exaltación de disciplinas como la biología, la medicina y la genética; es decir, todo aquello que, por su relación con la naturaleza, era considerado superior a la razón.

En el campo económico, tras una larga guerra en la que se había consolidado el papel predominante del Estado en la vida económica de los países, se vio claramente que no era posible un retorno al liberalismo clásico. De ésta manera, fueron surgiendo nuevas teorías que tenían como fin último reorganizar la vida económica de posguerra en base a unos nuevos principios; o, más bien, acomodar los ya existentes a la nueva situación. Entre éstos teóricos destacó Keynes, acérrimo defensor del intervencionismo estatal, que en su opinión debía basarse en dos principios:

– La regulación de la economía a través de la gestión de la demanda.

– La solución de las crisis cíclicas a las que estaba condenado el liberalismo clásico.

En el ámbito de las ciencias humanas se produjo una exaltación de las fuerzas irracionales y una profunda crítica de la razón. Esto tuvo una enorme importancia para el Derecho, ya que el parlamento pasó a ser considerado como el aspecto racional de la organización política, y la autoridad y la fuerza la irracional. Por tanto, según este modelo de pensamiento, tomar el gobierno de una manera antidemocrática no sólo estaba perfectamente legitimado, sino que éste se consideraba un poder superior al emanado del parlamento.

También se desarrolló enormemente la música atonal –con ausencia de relaciones armónicas (tonalidad)-, donde destacaron figuras como Berg, Schönberg y Webern.

A modo de conclusión, podemos añadir que no sólo se trató de un declive de los propios valores, bases e ideas del mundo contemporáneo, sino que también influyó la pujanza de las alternativas culturales y científicas.

Alternativas a la crisis.

La crisis mental y cultural posterior a la Gran Guerra llevó a muchos artistas a buscar nuevas salidas: formas de afrontar y superar los problemas surgidos de ella. El fracaso de la razón, plasmado en la catástrofe bélica de 1914, llevó a muchos a renegar de ella, formándose así movimientos culturales que exaltaban la irracionalidad, el vitalismo y el absurdo. Sin embargo, otros prefirieron la huída, física o imaginaria, de la Europa de su tiempo. De ésta manera, podemos distinguir cuatro reacciones ante la crisis, dos del primer tipo y dos del segundo:

– El movimiento dadaísta, fundado en Zurich durante la Gran Guerra, trataba de denunciar el mal funcionamiento de la cultura, la moral, la sociedad… a través del arte. Para ello, argumentando que sólo la nada tenía significado, se basaron en lo absurdo, en lo carente de sentido. Entre sus miembros destacaron: H. Arp, Georg Grosz, T. Tzara…

– El surrealismo, derivación tardía del dadaísmo (1920-1923), estuvo también enormemente influido por las teorías de Sigmund Freud. De ésta manera, podemos considerar que éste movimiento artístico se formó a partir de dos herencias: el valor de lo absurdo y el afán de protesta dadaísta, y el automatismo psíquico -subconsciente e irracionalidad- de Jung y Sigmund Freud. Sobre éste último nos habla Stefan Zweig en sus memorias:

(Stefan Zweig, El mundo de ayer) “Había conocido a Sigmund Freud –ese espíritu grande y fuerte que como ningún otro de nuestra época había profundizado, ampliándolo, en el conocimiento del alma humana-, en una época en que todavía era amado y combatido como hombre huraño, obstinado y meticuloso (…) se había aventurado en las zonas terrenales y subterráneas del instinto, hasta entonces nunca pisadas y siempre evitadas con temor, es decir, precisamente la esfera que la época había solemnemente declarado tabú. Sin darse cuenta de ello, el mundo del optimismo liberal se percató de que aquel espíritu no comprometido con su psicoanálisis le socavaba implacablemente las tesis de la paulatina represión de los instintos por parte de la razón y el progreso, y de que ponía en peligro su método de ignorar las cosas molestas con la técnica despiadada de sacarlas a la luz”.

Entre los miembros de este movimiento, en su inmensa mayoría profundamente comprometidos con diversos grupos políticos, hay que destacar a los poetas G. Stein, A. Breton, P. Eluard y L. Aragon; a los pintores Y. Tanguy, R. Magritte, Joan Miró, P. Delvaux y Salvador Dalí; y al cineasta Luis Buñuel. Así nos describe El mundo de ayer la actividad de éstos nuevos fenómenos artísticos y culturales:

(Stefan Zweig, El mundo de ayer) “La nueva pintura dio por liquidada toda la obra de Rembrandt, Holbein y Velázquez e inició los experimentos cubistas y surrealistas más extravagantes. En todo se proscribió el elemento inteligible: la melodía en la música, el parecido en el retrato, la comprensibilidad en la lengua (…) se tiraba a la basura toda la literatura que no fuera activista, es decir, que no contuviera teoría política. La música buscaba con tesón nuevas tonalidades y dividía los compases; la arquitectura volvía las casas del revés como un calcetín, de dentro a afuera; en el baile el vals desapareció en favor de figuras cubanas y negroides; la moda no cesaba de inventar nuevos absurdos y acentuaba el desnudo con insistencia (…) Pero en medio de este caótico carnaval, ningún espectáculo me pareció tan tragicómico como el de muchos intelectuales de la generación anterior que, presas del pánico a quedar atrasados y ser considerados “inactuales”, con desesperada rapidez se maquillaron con fogosidad artificial e intentaron, también ellos, seguir con paso renqueante y torpe los extravíos más notorios”.

– La expatriación física fue otra de las salidas que se le presentó a la intelectualidad de la época: abandonar la patria para huir de la desilusión que había supuesto la guerra. Dentro de éste grupo encontramos a personajes como H. Hemingway, James Joyce, D. Herbert Lawrence y Lawrence de Arabia.

– Se produjo también una huída de Europa por medio de la imaginación, cuyos objetivos fueron civilizaciones lejanas o perdidas: H. Hesse se refugió en la India con su obra Siddartha; D. Herbert Lawrence, retornó al pasado azteca con La serpiente emplumada; Lawrence de Arabia se adentró con Los siete pilares de la sabiduría en el mundo árabe; H. Hemingway prefirió orientar su imaginación hacia el continente africano; Malinowski, fiel a su disciplina, retorno a épocas pasadas sirviéndose de teoría antropológicas; J. R. R. Tolkien se refugió en la Tierra Media, cuya defensa convirtió en una alegoría de la lucha entre la naturaleza y la industrialización que la destruye; Marcel Proust, como ya indicamos más arriba, continuó con su búsqueda del tiempo perdido; Otros prefirieron el regreso a la religión antigua. Éste fue el caso de J. Maritain y su neotomismo.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[4] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[5] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.

[6] El regreso; Erich Maria Remarque – 1931.

Características del conflicto


A comienzos de 1914 las grandes potencias, tanto europeas –Francia, Inglaterra, Austria-Hungría, Alemania y Rusia- como extraeuropeas –Japón y EE.UU.-, llevaban varias décadas sin protagonizar enfrentamientos. Sin embargo, ese mismo verano comenzó la que, hasta los años del III Reich, fue la guerra más sangrienta de la Historia. El conflicto se prolongó hasta 1918.

Cierto es que los enfrentamientos no habían estado ausentes durante los años anteriores, pero ninguno de ellos tuvo la magnitud y repercusión del de 1914. La Gran Guerra se diferenció de las demás en que fue un conflicto de carácter mundial y total, que, además, hizo posible la aceleración del ritmo histórico. Estas características no las encontramos en las guerras anteriores a 1914:

– En ninguna, salvo en la de Crimea –Inglaterra, Francia y Rusia- se vieron involucradas buena parte de las potencias.

– Generalmente, a excepción de la Guerra Civil norteamericana, fueron guerras rápidas.

– Salvo raras excepciones –guerra ruso-japonesa (1905)- ninguna potencia había visto rebasadas sus fronteras por el enemigo.

– Mayoritariamente eran guerras coloniales, roces entre imperios, que no repercutían en la población de la metrópoli: se trataba de un frente lejano.

Guerra Mundial.

Se puede hablar de “guerra mundial” por las siguientes razones:

– Por el número y relevancia de los participantes; es decir, todas las potencias europeas y extraeuropeas con sus respectivas colonias.

– Por el objetivo de la misma, que no era otro que mantener o alcanzar, depende de la nación, la hegemonía mundial.

– Por las técnicas empleadas; especialmente la guerra naval y las innovaciones militares.

A la mundialización del conflicto contribuyó la duración del mismo, que permitió a potencias no beligerantes en un principio –EE.UU. y Japón- entrar en la guerra en los años finales de la misma. De esta manera, aunque se preveía un enfrentamiento corto, el fracaso de los planes de los respectivos Estados Mayores –Plan Schlieffen y plan XVII- propició la prolongación de este: se pasó, con la estabilización del frente, de los movimientos estratégicos a la guerra de trincheras.

En lo que a los bandos se refiere, las potencias se agrupaban en un principio en:

– Triple Alianza (Alemania, Austria-Hungría e Italia); coalición que poseía un total de 116 millones de habitantes, una posición compacta en el centro continental y el importante peso industrial de Alemania.

– Triple Entente (Inglaterra, Rusia, Francia, Serbia y Bélgica); con 136 millones de habitantes, el potencial demográfico ruso, la capacidad militar francesa y el peso económico británico. Como contrapartida hay que señalar su escasa cohesión en cuanto a los objetivos y la posición geográfica.

No obstante, la presión de los combatientes, el sentimiento beligerante de los neutrales y una opinión pública interior favorable a la intervención, propiciaron que en esta guerra acabaran interviniendo casi cuarenta países. De esta manera, pasaron a engrosar las filas de la Entente Italia -tras abandonar la Triple Alianza-, Grecia, Japón, Portugal, EE.UU. y algunos otros estados americanos; mientras que Turquía y Bulgaria se unieron a la Triple Alianza.

Guerra Total.

La Gran Guerra fue un evento de carácter global. No solo afectó al frente, sino al conjunto de la población de los países combatientes; incluso también a los no beligerantes. Este conflicto, que inauguró el modelo de guerra moderna, afectó al frente de batalla y a la retaguardia; a los soldados y a las mujeres, niños y ancianos que permanecieron en sus casa; a las trincheras y a las ciudades; a los cañones y a las plumas y pinceles… La guerra iniciada en 1914 empapó todos los ámbitos de la vida europea y, en cierto modo, mundial. La Gran Guerra inauguró un nuevo modelo de conflicto que, como señaló Winston Churchill, sorprendió a sus propios contemporáneos:

“En 1938, los pueblos ya estaban habituados a la idea de que la guerra amenazara la estructura de la civilización, mientras que en 1914 todos los interesados todavía lo consideraban un breve encuentro que sólo afectaba a los militares, y no a la población civil”.

Se trataba, pues, de una guerra total fundamentalmente por tres razones:

– Toda la población fue movilizada.

– El suministro de armamento y víveres exigían que la economía estuviese al servicio de la guerra y de las nuevas técnicas empleadas en esta.

– Los problemas de organización del conflicto reforzaron el papel gestor del Estado.

Movilización de la población.

La Gran Guerra movilizó físicamente a todos los ciudadanos de las potencias beligerantes, bien porque los llevó al frente de batalla, o bien porque, en la retaguardia, trabajaron para mantener dicho frente. El conflicto también afectó anímicamente a la población de las naciones combatientes. Durante los primeros meses de guerra los distintos territorios se vieron invadidos por una ola de nacionalismo romántico que lo embargó todo; y esto se dejó notar tanto en la euforia de las manifestaciones populares como en el alto número de alistamientos. Se trató, pues, de lo que muchos han denominado después como una “euforia de la catástrofe”: los grandes estados caminaban con júbilo hacia una guerra destructiva que, a sus ojos, se mostraba como algo necesario y heroico.

Así manifestaban en sus memorias de esa época esta “euforia de la catástrofe” Stefan Zweig y Sebastian Haffner:

(Stefan Zweig, El mundo de ayer) En honor a la verdad debo confesar que en aquella primera salida a la calle de las masas había algo grandioso, arrebatador, incluso cautivador, a lo que era difícil sustraerse. Y, a pesar del odio y la aversión a la guerra, no quisiera verme privado del recuerdo de aquellos primeros días durante el resto de mi vida; miles, cientos de miles de hombres sentían como nunca lo que más les hubiera valido sentir en tiempos de paz: que formaban un todo.

(Sebastian Haffner, Historia de un alemán) “No tenía ni idea de que fuera posible mantenerse al margen de aquella locura festiva generalizada. Ni de lejos se me pasó por la cabeza la idea de que pudiera haber algo malo o peligroso en una cosa que causaba una felicidad tan obvia y regalaba aquellos estados de alegre embriaguez tan poco frecuentes”.

Labor de los intelectuales.

Al júbilo de las masas se unió la tarea en favor de la guerra de algunos intelectuales, que vieron en este conflicto algo purificador y beneficioso para la civilización, al tiempo que proclamaron que era necesario defender la cultura nacional de la extranjera por medio de la lucha. En sus obras trataron de representar la renovación espiritual que suponía esa guerra, llamada a romper con la monotonía del mundo burgués y a resaltar el sentimiento nacional que superaba las divisiones y enfrentamientos sociales. Surgieron así numerosos intelectuales que, encarnando las figuras de guías y abanderados, encaminaron a las distintas naciones hacia esa purificación cultural. Veamos como representa Stefan Zweig ese papel de la intelectualidad:

(Stefan Zweig, El mundo de ayer) “Llovían en abundancia los poemas que rimaban krieg (guerra) con sieg (victoria) y not (penuria) con tod (muerte). Los escritores juraron solemnemente que jamás volverían a tener relación cultural con ningún francés ni inglés (…) De repente, los filósofos no conocían otra sabiduría que la de explicar la guerra como un benéfico baño de aguas ferruginosas que guardaba del decaimiento a las fuerzas de los pueblos (…) El poemita, musicado y adaptado para coro, se representó en los teatros; entre los setenta millones de alemanes pronto no había ni uno que no supiera el Canto de odio a Inglaterra de cabo a rabo, como también pronto lo supo el mundo entero (aunque, claro está, con menos entusiasmo). De la noche a la mañana, Ernst Lissauer conoció la fama más ardiente que ningún otro poeta consiguiera en aquella guerra…”

De esta manera, como a continuación nos volverá a relatar Stefan Zweig, los ciudadanos europeos, y especialmente los jóvenes, se lanzaron a vivir aquella gran aventura que se les presentaba, de una forma engañosa, como algo romántico: una experiencia única.

(Stefan Zweig, El mundo de ayer) Por Navidad volveremos todos a casa (…) Una veloz excursión al romanticismo, una aventura alocada y varonil: he aquí cómo se imaginaba la guerra el hombre sencillo de 1914, y los jóvenes incluso temían que les faltara este maravilloso en su vida; por eso corrieron fogosos a agruparse bajo las banderas, por eso gritaban y cantaban en los trenes que los llevaban al matadero…

La Guerra invadió todos los ámbitos de la vida de los ciudadanos pertenecientes a las distintas potencias beligerantes. De esta forma, en lo que a la vida de un niño se refiere, es lógico pensar que el conflicto irrumpiese en sus juegos y diversiones. Eso es justamente lo que nos viene a mostrar Sebastian Haffner en Historia de un alemán. En unas pocas páginas el autor nos describe el “juego de la guerra”; inofensivo en apariencia, pero con nefastas consecuencias: esa excitante diversión, acabó, en opinión del autor, formando la “generación de los nazis”.

“Para un niño que viviese en Berlín una guerra era, evidentemente, algo en extremo irreal: tan irreal como un juego. No había ataques aéreos ni bombas. Había heridos, pero solo a distancia (…) Lo importante era la fascinación que ejercía el juego de la guerra: un juego en el que, según las reglas secretas, el número de prisioneros, los territorios invadidos, las fortalezas conquistadas y los barcos hundidos desempeñaban aproximadamente el mismo papel que los goles en el fútbol (…) Mis amigos y yo jugamos a lo largo de toda la guerra, durante cuatro años, impune y libremente, y fue este juego (…) lo que dejó marcas peligrosas en todos nosotros”.

Material y técnica de guerra empleados.

El conflicto, y fundamentalmente la duración del mismo, favorecio el desarrollo de las innovaciones en el campo de la guerra. Sin embargo, es necesario distinguir, para entender esos avances, entre los dos tipos de guerras que se estaban desarrollando:

– Guerra tecnológica: se desarrollaron nuevas formas y técnicas de combate, entre las que destacaron la utilización del camuflaje y de los gases, y la invención de los submarinos y los tanques.

– Guerra psicológica: la propaganda adquirió durante este conflicto un papel del que hasta ese momento nunca había disfrutado. Los métodos propagandísticos, como medios de unión entre el frente y la retaguardia, pasaron a invadir todos los ámbitos de la vida cotidiana de los ciudadanos de las potencias beligerantes y neutrales. Se trató, pues, de lograr atacar al enemigo y contrarrestar al mismo tiempo los efectos de su propaganda; pero también de dar moral al ejército y al pueblo, evitando, a ser posible, la aparición de movimientos contrarios a la guerra. Volvamos otra vez sobre la obra de Stefan Zweig para hallar algún ejemplo de esa propaganda:

(Stefan Zweig, El mundo de ayer) “…las historias sobre ojos vaciados y manos cortadas, que en todas las guerras comienzan a circular puntualmente al tercer o cuarto día, llenaban los periódicos. Ah, los ignorantes que difundían tales mentiras no sabían que la técnica de culpar a los soldados enemigos de todas las crueldades imaginables forma parte del material bélico tanto como la munición y los aviones…”

También podemos encontrar algunos de esos elementos propagandísticos en la infantil visión de las relaciones internacionales que nos presenta Sebastian Haffner:

(Sebastian Haffner, Historia de un alemán) “Un niño de siete años como yo (…) supo enseguida no sólo el qué, cómo y dónde de la guerra, sino incluso el porqué: supe que la culpa de todo la tenían el ansia revanchista de Francia, el afán de protagonismo de Inglaterra y la brutalidad de Rusia (…) Pedí que me enseñaran el mapa de Europa, con solo un vistazo supe que “nosotros” probablemente acabaríamos con Francia e Inglaterra, pero experimenté un sordo sobresalto al ver el tamaño de Rusia, si bien acepté el consuelo de que los rusos compensaban su aterrador número con una estupidez y depravación increíbles…”

Como todos los alemanes, el protagonista de esta obra se vio afectado por la propaganda de guerra. Descubrimos por medio de sus palabras los prejuicios más habituales de los ciudadanos del II Reich: el revanchismo francés, el afán de protagonismo inglés, y la estupidez de los rusos. Es, pues, un claro ejemplo de cómo la propaganda influyó en el pensamiento de las personas, y un testimonio de gran valor, ya que así conocemos en que dirección iba esa labor propagandística: defender la superioridad del pueblo alemán y su inocencia ante el estallido de un conflicto impuesto desde fuera.

Además, también se muestra en ésta obra la complicada situación geoestratégica en la que se encontró la nación alemana a lo largo del conflicto: entre dos frentes. Sin embargo, por encima de todo hay que destacar la ya citada invasión, por parte de la Guerra, de la vida cotidiana de los individuos y las familias. Los alemanes, bien por medio de una prensa cada vez más desarrollada, o por las carencias propias del contexto bélico en que se encontraban, vivieron el conflicto con una cercanía no experimentada hasta entonces en ninguna guerra anterior.

Las canciones de la guerra.

En la guerra psicológica y publicitaria que venimos describiendo jugó un papel importante la música, bien fuera pacifista o belicista. A continuación veremos algunos ejemplos anglosajones, que fueron sin duda los que más repercusión tuvieron:

It’s a Long Way to Tipperary

Up to mighty London came
An Irish lad one day,
All the streets were paved with gold,
So everyone was gay!
Singing songs of Piccadilly,
Strand, and Leicester Square,
‘Til Paddy got excited and
He shouted to them there:

It’s a long way to Tipperary,
It’s a long way to go.
It’s a long way to Tipperary
To the sweetest girl I know!
Goodbye Piccadilly,
Farewell Leicester Square!
It’s a long long way to Tipperary,
But my heart’s right there.

Paddy wrote a letter
To his Irish Molly O’,
Saying, “Should you not receive it,
Write and let me know!
If I make mistakes in “spelling”,
Molly dear”, said he,
“Remember it’s the pen, that’s bad,
Don’t lay the blame on me”.

It’s a long way to Tipperary,
It’s a long way to go.
It’s a long way to Tipperary
To the sweetest girl I know!
Goodbye Piccadilly,
Farewell Leicester Square,
It’s a long long way to Tipperary,
But my heart’s right there.

Molly wrote a neat reply
To Irish Paddy O’,
Saying, “Mike Maloney wants
To marry me, and so
Leave the Strand and Piccadilly,
Or you’ll be to blame,
For love has fairly drove me silly,
Hoping you’re the same!”

It’s a long way to Tipperary,
It’s a long way to go.
It’s a long way to Tipperary
To the sweetest girl I know!
Goodbye Piccadilly,
Farewell Leicester Square,
It’s a long long way to Tipperary,
But my heart’s right there.

Extra wartime verse

That’s the wrong way to tickle Mary,
That’s the wrong way to kiss!
Don’t you know that over here, lad,
They like it best like this!
Hooray pour le Francais!
Farewell, Angleterre!
We didn’t know the way to tickle Mary,
But we learned how, over there!

“I Didn’t Raise My Boy to be a Soldier”

Ten million soldiers to the war have gone
Who may never return again;
Ten million mothers’ hearts must break
For the ones who died in vain–
Head bowed down in sorrow, in her lonely years,
I heard a mother murmur thro’ her tears:

Chorus
“I didn’t raise my boy to be a soldier,
I brought him up to be my pride and joy.
Who dares to place a musket on his shoulder,
To shoot some other mother’s darling boy?”
Let nations arbitrate their future trouble,
It’s time to lay the sword and gun away.
There’d be no war today
If mothers all would say,
“I didn’t raise my boy to be a soldier.”

What victory can cheer a mother’s heart,
When she looks at her blighted home?
What victory can bring her back
All she cares to call her own?
Let each mother’s answer in the years to be,
“Remember that my boy belongs to me.”
Chorus

Over There

Johnnie, get your gun,
Get your gun, get your gun,
Take it on the run,
On the run, on the run.
Hear them calling, you and me,
Every son of liberty.
Hurry right away,
No delay, no delay,
Make your daddy glad
To have had such a lad.
Tell your sweetheart not pine,
To be proud her boy’s in line.

Chorus

Over there, over there,
Send the word, send the word over there–
That the Yanks are coming,

The Yanks are coming,

The drums rum-tumming
Ev’rywhere.
So prepare, say a pray’r,
Send the word, send the word to beware.
We’ll be over, we’re coming over,
And we won’t come back till it’s over
Over there.

Johnnie, get your gun,
Get your gun, get your gun,
Johnnie show the Hun
Who’s a son of a gun.
Hoist the flag and let her fly,
Yankee Doodle do or die.
Pack your little kit,
Show your grit, do your bit.
Yankee Doodle fill the ranks,
From the towns and the tanks.
Make your mother proud of you,
And the old Red, White and Blue.

(repeat chorus twice)

Nuevas formas de gestión.

Durante el periodo bélico los Estado, a causa de las exigencias de la guerra, pasaron a invadir numerosos ámbitos de gestión que hasta el momento, en consonancia con la doctrina liberal, le estaban vetados. La supeditación de todos los demás fines a la victoria en el conflicto contribuyó a un claro reforzamiento del poder ejecutivo y a la aparición de las llamadas “dictaduras de guerra”. Así reflejaba esta omnipresencia del Estado H. Hesse en Si la guerra dura dos años más, un escrito publicado en 1917

(H. Hesse, Si la guerra dura dos años más) “Usted bien sabe que hay guerra ¡Guerra en el mundo entero! Pues esto es lo que sostenemos. Para ello promulgamos leyes, y para ello hacemos todos los sacrificios ¡Por la guerra! Sin estos tremendos esfuerzos y sin un rendimiento aumentado de todos, los ejércitos no podrían permanecer en el frente ni una semana más ¡Morirían de hambre! ¡Sería espantoso! Así pues ¡la guerra es lo único que tenemos! El placer y las ganancias personales, la ambición social, la avidez, el amor, el trabajo intelectual… todo eso ya no existe. Únicamente a la guerra debemos que aún haya en el mundo cosas como el orden, las leyes, pensamientos, espíritu…”

La guerra, pues, lo llenaba todo: todo estaba condicionado por la consecución de la victoria final. De esta manera, el sistema se veía constantemente adulterado a causa del objetivo último, de aquella locura en la que medio mundo se embarcó durante cuatro largos años; una locura que, como más tarde se demostró, iba a tener consecuencias irremediables: la imposible vuelta al mundo anterior a 1914.

De esta manera, el Estado fue asumiendo, poco a poco y en contra de las leyes del liberalismo, el papel del mercado. A esto se unieron las políticas proteccionistas de las distintas potencias y la aparición de un amplio código normativo que trataba de reglamentar todo. La financiación del conflicto se llevo a cabo a través de dos procedimientos:

– La inmensa mayoría por medio de créditos, lo que propició que la deuda pública se multiplicara en algunos países por cinco a lo largo de ese periodo.

– Un mínima parte a través de la fiscalidad.

Además, también se procedió a la emisión masiva de moneda, lo que desembocó en un importante problema inflacionista que acompañó a los combatientes durante la parte final del conflicto y los primeros años de posguerra. Por lo tanto, en las potencias beligerantes se asistió a un doble proceso: la adopción por parte de los estados del papel protagónico y la degradación del sistema económico.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[5] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.

[6] Historia de un alemán; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[7] Si la guerra dura dos años más; Hemann Hesse.