En este episodio de la serie dedicada a la Historia de 4º de ESO se abordan las etapas de la Primera Guerra Mundial, haciendo especial hincapié en las técnicas militares de cada una de ellas y la situación de las potencias enfrentadas. También se explican sus consecuencias, la Conferencia de Paz de Versalles, los tratados y la fundación de la Sociedad de Naciones.
En este episodio de la serie dedicada a la Historia de 4º de ESO se abordan las causas de la Primera Guerra Mundial, haciendo especial hincapié en la Paz Armada, la carrera de armamentos y el sistema de alianzas. También se explica el atentado de Sarajevo y sus consecuencias inmediatas.
En este episodio de la serie dedicada a la Historia de 4º de ESO se resumen los aspectos básicos del Imperialismo, haciendo hincapié en sus causas y consecuencias, así como en el reparto de África. También se abordan las distintas formas utilizadas para colonizar los territorios africanos y asiáticos.
El fenómeno colonizador -es decir, el asentamiento de población en un territorio para controlar su política, economía y cultura- no es exclusivo del siglo XIX, sino que se ha dado a lo largo de prácticamente toda la historia de la humanidad. Sin embargo, durante la segunda mitad de esa centuria, este proceso adquirió una nueva dimensión -un nuevo significado- que nos permite hablar de Imperialismo como un concepto distinto a colonialismo. Este vendría definido por una intensificación del control de los países occidentales sobre el resto del mundo.
Precisamente, la primera característica que hay que destacar del imperialismo es que afectó a un cuarto del territorio mundial. Y, de manera especial, a los continentes de África y Asia, donde hasta el momento la presencia de las potencias europeas había sido muy reducida. A esto se ha de añadir la existencia de dos países iniciadores del proceso, Gran Bretaña y Francia, a los que posteriormente se unieron otros, como fue el caso de Alemania, Rusia, los Países Bajos, Bélgica e Italia entre otros. También es preciso señalar la participación en el proceso de dos potencias no europeas, los Estados Unidos y Japón. Por último, la administración de las colonias presento diversas formas en función de los países a los que nos refiramos. De esta manera, se puede hablar de colonias de poblamiento, bases estratégicas, protectorados, mandatos, etc.
2. Las causas del Imperialismo.
En los siguientes minutos vamos a abordar las causas del Imperialismo, que podemos clasificar en cinco grupos: demográficas, económicas, tecnológicas, políticas e ideológicas.
La primera de las causas del Imperialismo tiene que ver con la población, y hemos de relacionarla con el gran crecimiento demográfico que experimento Europa a lo largo del siglo XIX. Para ilustrarlo pondré un ejemplo: en 1815 había 190 millones de europeos, pasando a 300 millones en 1870. Esto fue consecuencia de una serie de fenómenos que conocemos de sobra: la revolución agraria con la consiguiente mejora de la alimentación, los avances en el campo de la medicina y de la higiene… En definitiva, la transición demográfica, que se caracteriza por una natalidad alta y una mortalidad que progresivamente va descendiendo. En consecuencia, se produce un alto crecimiento vegetativo y todo esto genera un excedente de población que es necesario colocar fuera del continente europeo. Por tanto, como consecuencia de la presión demográfica existente, y con el fin de buscas unas mejores condiciones de vida, 40 millones de europeos abandonaron sus países entre mediados del siglo XIX y principios del XX.
También hemos de establecer una relación entre el desarrollo económico que experimentaron las potencias europeas con el control de buena parte del planeta. Esto fue así por tres motivos:
En primer lugar, por la necesidad de abrir nuevos mercados; es decir, buscar consumidores a los productos nacionales. Si recordamos, la causa principal de la Larga Depresión que se inició en 1870 fue la crisis de stock o, dicho de otro modo, la oferta superó con mucho a la demanda. Por ese motivo, las potencias europeas buscaron colonias donde situar esos productos que el mercado nacional no era capaz de absorber.
El segundo motivo está relacionado con las industrias y su necesidad de materias primas que, al no encontrarse en Europa, se buscaban en otros continentes.
El último motivo tiene que ver con la acumulación de capital por parte de las corporaciones, grandes empresas, entidades bancarias y magnates europeos, así como con la inversión de ese excedente en las colonias.
Dentro del ámbito tecnológico hemos de destacar, en primer lugar, el desarrollo de los transportes. Inventos como el ferrocarril o el barco al vapor permitieron trasladar de forma rápida y en grandes cantidades a personas y mercancías desde Europa a las colonias. Y esto, como es lógico, incluía también el transporte de unidades militares en el caso de que fuera necesario utilizar la fuerza contra los nativos. Precisamente, el segundo aspecto a destacar tiene que ver con el ámbito militar, pues las potencias imperialistas eran, en esa materia, tecnológicamente muy superiores a las de otros continentes. Y, por último, estaría el avance en comunicaciones, con inventos como el telégrafo. Estos permitieron la transmisión inmediata de información desde la potencia a la colonia y viceversa, lo cual facilitaba administrarla de una manera rápida.
Desde el punto de vista político, la expansión colonial de finales del XIX también se debió a motivos estratégicos y, más en concreto, a la defensa de territorios previamente conquistados y el control de las rutas comerciales. Por ejemplo, tanto británicos como franceses aspiraron a que sus posesiones en África estuvieran territorialmente comunicadas. Los primeros lo intentaron entre Egipto y Ciudad del Cabo; es decir, de norte a sur. Mientras que los franceses buscaban conectar la parte occidental del continente con la oriental. A los elementos estratégicos hemos de añadir que algunas potencias utilizaron la expansión colonial como un modo de obtener prestigio, tanto a nivel nacional como internacional. Ese fue el caso de los gobiernos de España y Francia, que trataron de contrarrestar sus fracasos en otros escenarios con la expansión por el norte de África.
En este ámbito, se ha de destacar la relación entre el nacionalismo y la expansión colonial imperialista. Pues el sentido de orgullo patriótico llevó a querer expandir más, más y más las fronteras del propio Estado. Esa fiebre expansionista se vistió de afán civilizador cuando las sociedades occidentales se convencieron de que tenían la misión de llevar su cultura, sus avances tecnológicos y sus prácticas médicas a los países menos desarrollados. La supuesta superioridad del hombre blanco, unida a la misión civilizadora que acabamos de comenzar, sirvió como argumento para justificar todas las conquistas. Además, todo esto contó con el apoyo de la mayor parte de los literatos, políticos, tratadistas y periodistas de la época.
Otra de las causas ideológicas fue el racismo, siempre justificado con argumentos supuestamente biológicos y científicos. De esta manera, en 1853 se publicó el “Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas”, donde se ensalzaba al pueblo alemán. Además, después de la publicación de “El origen de las especies” de Charles Darwin, surgieron el neodarwinismo y el darwinismo social, que justificaban esa desigualdad entre los seres humanos. Estas ideologías utilizaron de manera tendenciosa la teoría de la selección natural, justificando así el racismo y la expansión imperialista.
3. El control de las colonias.
Las relaciones iniciales entre los europeos y sus futuras colonias fueron de carácter económico. A lo largo del siglo XIX, las potencias occidentales -y, de manera especial, Gran Bretaña y Francia- ejercieron el control sobre la economía de otros territorios a través de préstamos, acuerdos comerciales y construcción de infraestructuras. El paso siguiente fue el control territorial y político: su conversión en colonias. Los europeos establecieron su dominio sobre otras regiones a través de las siguientes fórmulas:
Conquista y administración directa del territorio por la potencia occidental que dominaba una colonia, comúnmente conocida como metrópoli.
El protectorado se caracterizó por respetar las estructuras de gobierno local. Si bien la metrópoli participaba de manera activa en las decisiones importantes a través de un representante, ya fuera diplomático o militar.
La modalidad de bases económicas se basaba en el control de la economía de unos países supuestamente independientes desde el punto de vista político.
Las bases de carácter estratégico eran pequeños enclaves que permitían controlar las rutas comerciales y, en caso de conflicto bélico, el traslado de tropas y armas.
Las colonias de poblamiento eran aquellos territorios dominados por los europeos que recibieron una gran cantidad de migrantes. El traslado de europeos a esos lugares podía ser espontáneo; es decir, que la gente decidiera por algún motivo irse a esos territorios. Sin embargo, en muchos casos eran las potencias occidentales las que fomentaban el traslado de población a un determinado territorio con el fin de controlarlo mejor y para contrarrestar el poder indígena.
Existió un sexto modelo colonial, los llamados mandatos de la Sociedad de Naciones. No obstante, al ser un fenómeno que se dio después de la Primera Guerra Mundial, y que está asociado fundamentalmente a la desmembración del Imperio Otomano, lo dejaremos para futuras explicaciones.
Ahora bien, el dominio del territorio colonial no siempre resultó una tarea sencilla para las potencias occidentales. En unas ocasiones eran los propios pueblos indígenas los que plantaban cara al invasor. Mientras que en otras, una vez dominados, se rebelaban contra ellos. De estos fenómenos de resistencia, vamos a destacar los siguientes:
Los cipayos, soldados autóctonos de La India que estaban al servicio de Gran Bretaña, se levantaron contra la metrópoli en el año 1857.
La Guerra Anglo-zulú que, en 1879, enfrentó a los británicos con un importante pueblo del sur de África: los zulúes.
La Guerra de los Bóers, que se desarrolló en algunas provincias de la actual Sudáfrica entre 1899 y 1902, también la protagonizaron los británicos. Sin embargo, no se desarrolló contra la población indígena, sino contra colonos de los Países Bajos que habían llegado varias décadas antes.
Con mayor o menor dificultad, y recurriendo a veces a la diplomacia, los británicos lograron vencer en los tres conflictos bélicos de los que hemos hablado.
4. El reparto de África.
Exceptuando los territorios mediterráneos y algunos enclaves portugueses en el sur del continente, a comienzos del siglo XIX África un territorio prácticamente desconocido para los europeos. Los primeros que se adentraron en ella fueron los miembros de las expediciones protagonizadas por David Livingstone, Henry Stanley y Pierre Savorgnan de Brazza entre otros. De esta manera, la expansión colonial europea se intensificó dando lugar a la ocupación del interior del continente, siendo las vías de penetración los grandes ríos: los británicos utilizaron el Níger, los franceses el Senegal y los belgas el río Congo. La expansión por el continente africano reavivó las rivalidades entre las potencias imperialistas, sobre todo entre Gran Bretaña y Francia. De entre ellas hay que destacar dos:
En primer lugar, la lucha por el control del canal de Suez, que conecta el mar Mediterráneo con el mar rojo y, por tanto, con el Océano Índico. Este, al situarse Egipto en la órbita de Francia, quedó bajo la influencia de ese país. Sin embargo, aprovechando la guerra franco-prusiana y la caída de Napoleón III, los británicos se hicieron con el control de Egipto y, por tanto, del canal de Suez.
El segundo conflicto tiene que ver con las aspiraciones francesas y británicas por crear ejes territoriales continuos en África. El Imperio Británico pretendía unir todos sus territorios de norte a sur; es decir, de El Cairo a Ciudad del Cabo. Por su parte, los franceses pretendían hacer lo propio de oriente a occidente. Y, bueno, no hace falta ser muy listo para darse cuenta de que realizar los dos proyectos a la vez es imposible, pues son incompatibles. Por tanto, en algún momento británicos y franceses se iban a encontrar en algún lugar de África, y eso sucedió en el año 1898 en Fashoda. En ese lugar, la expedición británica de Lord Kitchener se encontró con la francesa de Baptiste Marchand, provocando un conflicto diplomático que a punto estuvo de llegar a las manos. Finalmente, a pesar de la oposición de Marchand y de buena parte de la opinión pública francesa, Fashoda quedó bajo el control británico.
De esta manera, con el objetivo de poner fin a las tensiones internacionales que estaba provocando la conquista de África, el gobierno alemán se erigió como potencia neutral y convocó una conferencia internacional en Berlín. Esta tuvo lugar entre el 15 de noviembre de 1884 y el 26 de febrero de 1885, y contó con la presencia de doce países de la Europa, más el Imperio Otomano y los Estados Unidos. Entre sus conclusiones destacan la libertad de comercio determinadas zonas, la neutralidad de algunos territorios, la trata de esclavos y la regulación de la navegación fluvial. Se acordó también que el único criterio para considerar un territorio posesión de una potencia era la ocupación efectiva. Como era de esperar, esto desató una carrera por la conquista de los territorios africanos que para nada favorecía a la normalización de la situación. De hecho, podemos considerar que el canciller Bismarck no consiguió el objetivo de terminar con las rivalidades y desconfianza en la esfera internacional. A pesar de la Conferencia de Berlín, Europa caminaba con paso firme hacia la Guerra Mundial.
En este episodio de la serie dedicada a la Historia de 4º de ESO se explican las principales características del marxismo y el anarquismo. En ese sentido, cabe destacar también la fundación de la Primera y la Segunda Internacional Obrera, así como las disputas entre anarquistas y socialistas.
En este episodio de la serie dedicada a la Historia de 4º de ESO se explican las principales características del movimiento obrero, así como sus principales manifestaciones. En ese sentido, cabe destacar las referencia a la lucha del ludismo y el cartismo, así como las teorías de los principales socialistas utópicos.
En este episodio de la serie dedicada a la Historia de 4º de ESO se explican las principales características de la sociedad de clases, así como los cambios relacionados con la transición demográfica y las grandes migraciones de finales del XIX. Además, el vídeo incluye un apartado dedicado a la burguesía y el proletariado.
En este episodio de la serie dedicada a la Historia de 4º de ESO se explican las principales características de la segunda revolución industrial a partir de las nuevas fuentes de energía, así como de sus principales innovaciones técnicas y de organización empresarial. Además, el vídeo incluye un apartado adicional dedicado a la expansión de la industrialización.
En este episodio de la serie dedicada a la Historia de 4º de ESO se explican las principales características de la primera revolución industrial a partir del sector textil, la minería y la siderurgia, así como de sus principales innovaciones técnicas. Además, el vídeo incluye un apartado adicional dedicado a la revolución agraria.
Desde comienzos del siglo XVIII, la agricultura británica experimentó un considerable progreso que, a su vez, fue fundamental para el crecimiento demográfico. La influencia de los grandes terratenientes en el Parlamento permitió transformar, de forma progresiva a través de medidas legislativas, la estructura de la propiedad. Esto vino acompañado de cambios relevantes en las formas y técnicas de explotación, con el consiguiente aumento de la producción.
En el ámbito de la propiedad, cabe destacar la sustitución del openfield o sistema de campos abiertos, dominado por los métodos tradicionales y las prácticas comunitarias, por las enclosures o campos cerrados. Estas permitían ignorar las restricciones tradicionales de tipo comunitario, iniciándose un proceso de crecimiento en las explotaciones que corría paralelo a su modernización. En lo que se refiere a las técnicas cabe destacar, en primer lugar, la aplicación en Gran Bretaña de los sistemas procedentes de los Países Bajos. Nos estamos refiriendo, fundamentalmente, a los drenajes y a la llamada agricultura convertible, que combinaba complejas rotaciones de alimentos, forrajes y pastos. Esto permitía a las fincas sustentar un mayor número de cabezas de ganado, lo que aportaba una mayor cantidad de fertilizante y, por consiguiente, reducía o eliminaba el barbecho. También merece una mención especial el sistema Norfolk, que surgió a finales del siglo XVII y está íntimamente relacionado con lo que se acaba de comentar. Este se basaba en la aplicación de una rotación cuatrienal, eliminando el barbecho y permitiendo la incorporación, además de los cereales, de plantas forrajeras y leguminosas que ayudaban a fijar el nitrógeno y recuperar la fertilidad en la tierra. De esta forma, los forrajes permitían estabular el ganado y aumentar su peso, al tiempo que aumentaba la producción de cereales.
En esos años también se introdujeron nuevas herramientas en la agricultura británica, como el arado Rotherham y la trilladora mecánica, así como nuevos cultivos, siendo el maíz y la patata los más importantes. El resultado fue un gran aumento en la productividad que permitió a los agricultores orientar la producción, no sólo hacia el consumo doméstico, sino hacia el mercado nacional e internacional. La consecuencia de todo este proceso que acabamos de describir fue triple:
En primer lugar, la producción aumentó, lo que permitió abastecer de alimentos a la población, incluso con excedentes para la exportación de cereal, y al mismo tiempo suministrar crecientes cantidades de lana a una manufactura textil en plena expansión.
Otra consecuencia fue la intensificación del trabajo en las explotaciones modernizadas, con nuevas rotaciones y sistemas de mejora de la tierra como los drenajes y el abonado.
Y, por último, la creciente orientación del mundo agrario-rural hacia el mercado.
2. La maquinaria y la industria textil.
El proceso de industrialización experimentado por Gran Bretaña desde el segundo tercio del siglo XVIII llevó a una serie de transformaciones en la estructura económica que afectaron tanto al ámbito de las innovaciones tecnológicas como a las fuentes de energía y a la forma de producir. También se vieron afectados la demografía y la importancia relativa de los distintos sectores económicos. De manera progresiva, la agricultura y la ganadería fueron perdiendo peso dentro de la producción total, dejando paso al predominio de la industria textil, la metalurgia y las actividades financieras.
Las primeras innovaciones se introdujeron en la actividad textil, de forma que ese sector se ha convertido, de alguna manera, en el emblema de la revolución industrial. El proceso se llevo a cabo en tres etapas: en primer término, se produjeron innovaciones en la fase del tejido, como fue el caso de la lanzadera volante de John Kay; en segundo lugar, le llegó el turno al hilado con la spinning Jenny de James Hargreaves; y, por último, se produjo la sustitución de la fuerza y habilidad del hilador con las invenciones de Arkwright, Crompton y Roberts. En 1733, John Kay patentó un telar manual que incorporaba un mecanismo: la lanzadera volante. Con esta aumentó la productividad en el tejido, dado que ahorraba trabajo empleando menos operarios y facilitaba la ardua tarea de entrecruzar trama y urdimbre. Y, como consecuencia, la demanda de hilo también creció. Su invención fue, sin duda, uno de los primeros pasos en el proceso de mecanización del sector textil.
Otra de las grandes innovaciones dentro de la industria textil se produjo en 1764, cuando un hilandero y tejedor, James Hargreaves, inventó una máquina capaz de hilar varios carretes simultáneamente. La innovación recibió el nombre de spinning Jenny, y permitió triplicar la cantidad de producción al tiempo que reducía la mano de obra. Esta máquina revolucionó la actividad textil no sin fuerte resistencia por parte de los artesanos. En 1811, se estima que había alrededor de 150.000 spinning Jenny en Gran Bretaña. Pero para mover la nueva hiladora mecánica había que sustituir la fuerza y habilidad del hilador tradicional con un solo huso, y aquí entra la water frame de Richard Arkwright, una máquina hiladora movida con energía hidráulica. En 1785 fue combinada con la Jenny por Samuel Crompton para dar lugar a una máquina híbrida, llamada mule o mula por la función que realizaba. Finalmente, en 1825 Richard Roberts la automatizó, de modo que ya no requería ni siquiera de un tejedor experto, sino de un solo trabajador menos fuerte y cualificado.
3. Las innovaciones en la minería y la siderurgia.
Después del desarrollo de la industria textil, el segundo escalón de la industrialización británica se situó en los sectores de la minería y la siderurgia. El carbón fue el combustible con el que se alimentaban las máquinas de vapor, y era igualmente necesario para la siderurgia, que se estaba desarrollando con fuerza con el fin de proporcionar hierro para las nuevas máquinas.
Durante la primera mitad del siglo XVIII, la demanda creciente de hierro para fabricar barcos, municiones y herramientas, proporcionó el estímulo necesario para intentar encontrar un combustible menos costoso y más efectivo que el tradicional carbón vegetal para la fundición del hierro en los altos hornos. La sustitución del carbón vegetal por el carbón de coque, con mucho más poder calorífico, y su utilización en un alto horno, permitieron, por un lado, un extraordinario crecimiento del sector minero del carbón y, por otro, la producción de hierro en grandes cantidades.
El descubrimiento de Darby en 1732, que utilizó carbón de coque en su alto horno de Coalbrookdale, dio el primer impulso a la industria siderúrgica y unió indisolublemente el carbón y el hierro. En 1783, la nueva técnica de pudelaje y laminado de Henry Cort, que consistía en fundir y golpear el hierro para eliminar las escorias, y en 1829, el horno de aire caliente de Neilson, que convertía el hierro en acero, permitieron emplear este material en múltiples instrumentos: utillaje agrícola, máquinas, vías férreas, locomotoras, etc.
La fundición de hierro con carbón de coque y la tendencia alcista del precio del carbón vegetal estimularon la actividad extractiva. Ahora bien, esto planteaba otro reto: el drenaje de las minas. Las perforaciones en las explotaciones debían ser cada vez más profundas. Pero a mayor profundidad, la mina tenía mayores probabilidades de inundarse, haciendo imposible el trabajo de los mineros. Finalmente, a partir de los experimentos sobre presión atmosférica realizados durante el siglo XVII, la ciencia aplicada terminaría por resolver este desafío. La idea básica consistía en utilizar la evaporación del agua y la condensación del vapor para provocar movimiento. En 1712, siguiendo esos principios, Thomas Newcomen construyó un motor de vapor en una mina de carbón en Staffordshire. Alimentándose de carbón mineral, este generaba un movimiento mecánico alternativo –en este caso de abajo a arriba- que permitía bombear agua. En definitiva, el esfuerzo animal y humano fueron sustituidos por un motor de vapor que permitía drenar con mayor rapidez, facilitando así la actividad extractiva. En 1733, se habían instalado alrededor de cien motores de Newcomen, cifra que se cuadruplicó en las siguientes cuatro décadas.
Sin embargo, fue la máquina de vapor, patentada por James Watt en 1769, la que permitió abandonar la dependencia y las limitaciones de las fuentes de energía tradicionales. Esta innovación permitió accionar las bombas de agua de las minas, las máquinas de tejer, los martillos de las forjas y llegó a convertirse en el símbolo de la revolución industrial. La máquina de vapor ofrecía la posibilidad de generar energía mecánica empleando vapor de agua obtenido a partir de la combustión de carbón mineral. El motor de vapor aumentó la oferta energética, transformando con ello la economía. Además, revolucionó la minería y el transporte, tanto marítimo como terrestre, favoreciendo la integración del mercado británico y mundial.
En resumen, el abaratamiento del carbón, unido a las innovaciones de Darby, Cort y Neilson, permitió multiplicar la producción de hierro. De esta manera, los efectos de arrastre de la siderurgia fueron notorios: el abaratamiento del hierro permitió el de la máquina de vapor y el del material ferroviario, motores ambos de la industrialización. La generalización de las máquinas de vapor y el abaratamiento de los costes de transporte por la difusión del ferrocarril, contribuyeron al incremento de la productividad en el resto de las industrias.
4. El desarrollo de los transportes.
Como acabamos de comentar, el progreso en los transportes también fue decisivo; y, una vez más, se inició en Gran Bretaña. En un primer momento se mejoraron los caminos y, sobre todo, la navegación fluvial con la construcción de canales que permitían el transporte de mercancías de forma más rápida y poco costosa. Ahora bien, cuando el vapor se convirtió en fuente de energía, enseguida se aprovechó para el transporte. Si bien la aplicación del motor a los carruajes fue un fracaso sin paliativos, sí tuvo éxito en su asociación al tradicional sistema de vagonetas desplazadas por raíles que se venía utilizando en la minería con fuerza motriz animal y humana. Gracias a la locomotora, inventada por George Stephenson en la década de 1820, nacía el ferrocarril.
En 1825, se inauguraba la primera línea de pasajeros entre Stockton y Darlington, un total de trece kilómetros. Esta estimuló la construcción de otras vías férreas, lo que llevó a la conexión, en 1830, de Liverpool y Manchester mediante un trazado de 64 kilómetros del que se encargó el propio Stephenson. A finales del siglo XIX, Gran Bretaña contaba con una densa red de ferrocarriles: más de 30.000 kilómetros. Semejante red viaria se convirtió rápidamente en el eje vertebrador del mercado interior, ya que permitió aumentar considerablemente la rapidez y la capacidad de los transportes. A su vez, estimuló la actividades extractiva, metalúrgica e industrial.
Hierro, carbón mineral y motor de vapor también transformaron el transporte marítimo. En 1803, el norteamericano Robert Fulton encargó a la empresa de James Watt (Boulton & Watt) un motor de vapor para instalarlo en un barco, alcanzando su objetivo finalmente cuatro años después. En 1838, el Great Western y el Sirius cruzaban el Océano Atlántico propulsados por motores de vapor. Este último realizó el viaje entre Cork (Irlanda) y Nueva York en solo dieciocho días, cinco horas y veintidós minutos.
En definitiva, los nuevos sistemas de transporte impulsaron el comercio, acercaron a las personas, permitieron los movimientos de población, aumentaron la fluidez del correo y la prensa, y dieron lugar a la creación de un ámbito de circulación cada vez menos local y más internacional.
En este episodio de la serie dedicada a la Historia de 4º de ESO se aborda el proceso de unificación italiana a partir del reino de Piamonte-Cerdeña y la unificación alemana protagonizada por Prusia. Además, a lo largo de la explicación se comentarán algunos de los principales conflictos bélicos de la época, como la guerra franco-austríaca, la austro-prusiana o la franco-prusiana.
Este episodio de la serie dedicada a la Historia de 4º de ESO está centrado en la lucha de los liberales y nacionalistas contra el absolutismo. El vídeo comienza con una referencia al Congreso de Viena y el sistema de la Restauración, para pasar posteriormente a desarrollar las principales características del liberalismo y el nacionalismo. Por último, se resumen las Oleadas Revolucionarias de 1820, 1830 y 1848.