La carta turca y sus peligros

Artículo publicado por Historia en Presente el 1 de junio de 2008.


Llevamos más de dos años dándole vueltas a la cuestión turca. En numerosos círculos se ha discutido, y se sigue discutiendo, acerca de la conveniencia de la entrada de Turquía en la Unión Europea. Con este artículo trato de aportar una visión histórica del problema, al tiempo que advierto –siguiendo la línea marcada por Anthony Giddens en “Europa ante la era global”- de las consecuencias negativas de tener a los turcos de espaldas al proyecto europeísta.

He de reconocer que este texto no es más que la refundición –en ocasiones copia- de varios artículos que había escrito ya sobre la cuestión. Principalmente me he basado en dos: “Turquía: Atatürk camina hacia Europa” y “Turquía si, pero más tarde”. Ambos se encuentran en la bibliografía que he añadido al final.

Turquía: currículum vitae

El proceso de occidentalización llevado a cabo por el primer presidente de Turquía, Mustafa Kemal Atatürk, está a punto de cumplir noventa años. Durante ese periodo, y especialmente en sus inicios, se llevaron a cabo una serie de reformas tendentes a desislamizar el Estado y proporcionar a la población una educación moderna y de carácter liberal. Incluso, en ese afán por abandonar las viejas tradiciones, el líder turco llegó a prohibir el alfabeto árabe, imponiéndose como oficial el de tipo occidental [1]. Además, es evidente que el devenir histórico fue favorable para el desarrollo de esos planes reformistas.

Tras la Segunda Guerra Mundial, y en pleno escenario de Guerra Fría, Turquía se convirtió en una pieza clave como aliada de los Estado Unidos.

Eso explicaría las abundantes ayudas que recibió del Plan Marshall, y su elección como miembro del Consejo de Europa en 1949. A los turcos parece faltarles tan sólo una importante pieza para completar su puzzle: la entrada en la Unión Europea. La adhesión de Turquía al proyecto Europeo, bien por desidia de sus gobernantes o por las dificultades internas del país, se frustró en tres ocasiones: 1973, 1981 y 2004 [1].

Sin embargo, el 3 de octubre de 2005 se iniciaron por fin las negociaciones para admitir a Turquía como miembro del proyecto europeísta [4].

En relación a estas, hemos de indicar algo de lo que son plenamente conscientes muchos dirigentes de la Unión: los turcos pueden aportar una gran riqueza al proceso de integración europea, tanto en el ámbito geoestratégico como en el cultural. Turquía está llamada a ser la puerta de Europa en sus futuras relaciones con el Islam. Y eso incluye tanto el avispero de Oriente Medio como toda la franja costera del norte de África.

También es, por tradición histórica, uno de lo grandes protagonistas de la región que más quebraderos de cabeza ha dado a Europa: los Balcanes. Turquía vendría a cerrar el círculo creado con la integración de los antiguos países del Este, al tiempo que daría a la Unión un mayor potencial diplomático y militar. El peso de los europeos en política exterior se vería sumamente reforzado con la presencia turca [5].

Turquía si, pero todavía no

El 1 de mayo de 2004 se producía la mayor ampliación en la historia de la Unión Europea. Este organismo supranacional acogía en su seno a diez estados más: Letonia, Estonia, Lituania, Polonia, República Checa, Eslovaquia, Hungría, Eslovenia, Malta y Chipre. Casi tres años después, con la integración de Rumania y Bulgaria, surgía la Europa de los veintisiete. Además, las negociaciones para adhesión de Croacia y Macedonia comenzaron a dar sus primeros frutos a mediados de 2007.

Este cúmulo de acontecimientos, así como la tajante oposición del presidente francés, han hecho resurgir el debate acerca de la conveniencia o inconveniencia de la entrada de Turquía en la Unión. En principio la respuesta es afirmativa, pero parece que Europa no acaba de hacerla efectiva. Esto levanta suspicacias entre los políticos y la población turca, que temen una marcha atrás en el proceso de integración [6].Es evidente que el acceso de Turquía a la Unión Europea genera divisiones entre los países miembros. Estas no son injustificadas, ya que los motivos para apoyar o rechazar la adhesión turca son abundantes.

No obstante, todos –los a favor y los en contra- entienden que factores como el tamaño, la localización geográfica, el nivel de desarrollo económico y el carácter de sociedad predominantemente islámica, dificultan la entrada de este país en las instituciones europeas.

El problema podría plantearse cuando la actitud esquizofrénica de la Unión acabe desencantando a los propios turcos. Esto nos dejaría una Turquía de espaldas a Europa y, seguramente, a las puertas del fundamentalismo islámico. La Unión Europea debería respaldar mucho más incondicionalmente la decisión que ya ha tomado: aceptar a Turquía como candidata al ingreso. Muchos europeístas de Turquía, de diversas tendencias del espectro político, se sienten decepcionadas por la poco entusiasta acogida que Europa les ha dispensado. Los turcos son miembros de todas las organizaciones europeas salvo la UE, y pertenece a la OTAN desde su fundación.

Además, es miembro del Consejo de Europa desde los primeros años de la posguerra. No hay duda de que existen obstáculos importantes que superar antes de que el ingreso de Turquía pueda hacerse realidad; seguramente pase más de un lustro antes de que los representantes de ese estado se siente con los demás como miembro de pleno derecho. Sin embargo, si la Unión le diera la espalda a Turquía en ese momento, el resultado podría ser una disminución del ritmo de crecimiento del país, así como una mayor polarización política y una sociedad resentida que tendería a mirar hacia el este antes que hacia el oeste. Quienes hablan actualmente de poner obstáculos a la entrada de Turquía deberían reflexionar [2].

Si su postura triunfa, tendremos a las puertas de Europa un estado lleno de problemas, dividido y, posiblemente, antagonista.

Una Turquía democrática, liberal y próspera como estado miembro de la Unión es una perspectiva mucho más atractiva que una Turquía en quiebra y en actitud introspectiva. Turquía necesita unos años para completar su transformación, y Europa un tiempo para construir una estructura donde quepan los turcos. Sin embargo, eso no nos ha de llevar a decir no a la integración de ese país. La respuesta ha de ser afirmativa, pero sin hacerla realidad hasta que no llegue el momento oportuno para ambos negociadores.

Bibliografía:

[1] El turco. Diez siglos a las puertas de Europa; Francisco Veiga – Barcelona – Debate – 2007.

[2] Europa en la era global; Anthony Giddens – Barcelona – Paidós. Estado y sociedad – 2007.

[3] Turquía, entre Occidente y el Islam: una historia contemporánea; Glòria Rubiol – Barcelona – Viena -2004.

[4] Turquía: el largo camino hacia Europa; Delia Contreras – Madrid – Instituto de Estudios Europeos – 2004.

[5] Turquía: Atatürk camina hacia Europa; Carlos González Martínez – Luz y Taquígrafos – Mayo de 2007.

[6] Turquía si, pero más tarde; Carlos González Martínez– Planisferio – 25 de mayo de 2008.

De Kosovo a Kosova: una visión económica

Artículo publicado por Historia en Presente el 5 de mayo de 2008.


Mi último artículo sobre Kosovo se centraba exclusivamente en la Historia Política de esta región balcánica. La cronología de este repaso abarcaba desde la conquista serbia en el año 1912, hasta la declaración unilateral de independencia por parte de las autoridades kosovares el pasado febrero. Si bien es cierto que hacía un guiño a la época medieval al incluir una referencia a la batalla del Kosovo-Polje (28 de junio de 1389). En el presente escrito abordo la cuestión desde una perspectiva distinta: la económica y demográfica. Espero que con lo que aporta este artículo –a falta de la publicación de los que estoy escribiendo actualmente- podamos juzgar mejor lo que está sucediendo actualmente en Serbia y Kosovo, así como extraer nuestras propias conclusiones y posibles soluciones al conflicto.

Construir un Estado sobre la ruina económica

Los procesos de independencia, esos esfuerzos de un supuesto pueblo por alcanzar su libre determinación, tienen algo de atracción romántica. El efecto se multiplica cuando el que practica la lucha por rechazar al invasor extranjero se presenta ante el mundo como un nuevo David que trata de derrotar al gigante Goliat. En Kosovo se dan ambas características, a las que se une la reciente limpieza étnica –no han pasado ni diez años- que en su día inició el expresidente serbio Slobodan Milosevic.

Sin embargo, pocos de los simpatizantes de esta causa se han parado a pensar si es viable económicamente la construcción del nuevo estado en el avispero balcánico.

Kosovo es un territorio que vive a base de subvenciones internacionales, las cuales suponen casi la mitad de su presupuesto. Resulta curioso que medio mundo esté empeñado en buscar una solución nacional a la región cuando lo realmente necesario es un plan de desarrollo económico. No pretendo con esto restar importancia a los aspectos políticos, pero muchas veces se da a estos un valor excesivo.

En Pristina, Belgrado, Bruselas, Moscú o Washington se debate sobre la posibilidad de que Kosovo sea un estado independiente. Pero en esas reuniones se pasa por alto cuestiones como su alto índice de paro –entre un 35% y un 50% de la población activa- o la extrema pobreza de esa sexta parte de la población total -300.000 personas- que vive con apenas un euro diario [6].

Una herencia que viene de lejos

Los defensores acérrimos del nuevo estado kosovar podrían argumentar que la ruina actual es consecuencia de las guerras que han afectado a los Balcanes, y especialmente a Kosovo, desde principios de los años noventa. Sin embargo, los datos económicos del último medio siglo desmienten esas afirmaciones. Mientras el conjunto de la Federación Yugoslava creció un 5% de media anual en producto social per cápita entre 1947 y 1978, los kosovares tan sólo alcanzaron un 3,2% [3].

Kosovo fue la región que menos creció en ese periodo, muy alejada de la república más próspera, Eslovenia, que lo hacía al 5,8%, pero también de otras no tan boyantes como Bosnia (4,1%) y Macedonia (4,9%). Es más, si en lugar de compararlo con repúblicas lo hacemos con otras provincias autónomas, el resultado es todavía más alarmante: Montenegro (4,1%) y Voivodina (5,5%). Visto esto se entiende perfectamente porque, en Fondo para el Desarrollo Acelerado de las Repúblicas atrasadas, aprobado en febrero de 1966 por la Asamblea Federal, se hacía una mención especial a esta provincia.

Kosovo no es, al fin y al cabo, una región arruinada a causa del yugo serbio; es una región arruinada sin más.

Lleva décadas hundiéndose en la miseria, preocupada exclusivamente de sus problemas políticos. A mi entender, necesita más urgentemente que un Plan Ahtisaari, un programa de recuperación económica.

Cuando la ruina lleva al conflicto

Tal como indican Ricardo M. Martín de la Guardia y Guillermo A. Pérez Sánchez en su obra La Europa balcánica. Yugoslavia, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días, en el año 1986 el desempleo alcanzaba a más de la mitad de la población activa de Kosovo. Ese 55,9% al que hacen referencia contrasta con la media existente dentro de la Federación Yugoslava, un 16,2%. Como es lógico, este y otros aspectos de la crisis, fueron generando un enorme malestar entre los afectados y sus familias.

La pobreza buscó poco a poco culpables, lo fuesen realmente o no. Pronto los encontraron en la situación política de la región. Los albano-kosovares nunca estuvieron a gusto dentro de Serbia antes de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), y tampoco habían aceptado de buen grado su inclusión en Yugoslavia como provincia autónoma. Tal como vimos en el anterior artículo, sus reclamaciones para formar una república independiente dentro de la Federación se sucedieron a lo largo de las últimas décadas de existencia de la misma.

El sentimiento de rechazo hacia Serbia, presente desde principios del siglo XX, se fue acentuando como consecuencia de la crisis. La incapacidad del gobierno federal para resolver los problemas económicos estructurales alimentó la cuestión nacionalista, no sólo en Kosovo, sino en toda Yugoslavia [5].

El nacionalismo y la pobreza fueron de la mano en todo el proceso de descomposición federal. No obstante, es lógico que el descontento fuera mayor en aquellos lugares donde la economía tomaba peor cariz. Los kosovares empezaron a asociar, ya en los años sesenta, la independencia con el final de la crisis. Fieles al ideario nacionalista –también practicado por personajes como Milosevic o Tudjman-, Ibrahim Rugova y otros líderes de etnia albanesa identificaron la autodeterminación con el paraíso terrenal; con el fin de todos los problemas y sufrimientos. Demagogia, en definitiva, que no se diferenciaba mucho de la practicada a principios de los noventa en Belgrado y Zagreb.

El mejor ejemplo de un nacionalismo moderado en los territorios balcánicos es el de Eslovenia; curiosamente la república con mejores índices económicos. A partir de datos extraídos por Ricardo M. Martín de la Guardia y Guillermo A. Pérez Sánchez de los trabajos de Sabrina P. Ramet podemos establecer una comparación con el Kosovo: “en 1972, Croacia y Eslovenia, con el 29% de la población total del Estado yugoslavo, publicaban el 44% de los periódicos de todo el país y desde su territorio emitían el 46% de las emisoras de radio. Kosovo, con el 7% de la población global, tenía el 2,7% de los cines, sólo disponía de un diario en lengua albanesa y dos emisoras de radio de las 174 existentes en el país”.

Tras esta cita es fácil entender porqué Eslovenia está en el euro y Croacia a las puertas de Europa, mientras Serbia y Kosovo continúan en las viejas disputas nacionalistas. En Belgrado y Pristina se sigue soñando con el paraíso nacional –cada uno a su manera: la Gran Serbia y el Kosovo independiente- que solucionará todas las carencias socioeconómicas. El problema es que esa falsedad parece haber contagiado también a las potencias occidentales.

Tanto ellas como los gobiernos balcánicos parecen no darse cuenta de que la solución al problema político tiene bastante que ver con el fin de la estrechez económica.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus -2006.

[3] La Europa balcánica. Yugoslavia, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días; Ricardo M. Martín de la Guardia y Guillermo A. Pérez Sánchez – Madrid – Síntesis – 1997.

[4] La trampa balcánica; Francisco Veiga – Barcelona – Grijalbo – 2002.

[5] Los conflictos yugoslavos. Una introducción; Carlos Taibo y José Carlos Lechado – Madrid – Fundamentos – 1993.

[6] Kosovo. Una independencia sin dinero; Ramón Lobo – El País – 31 de mayo de 2007.

[7] Kosovo independiente; Florentino Portero – GEES -12 de junio de 2007.

Los últimos años de los zares

Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 18 de enero de 2008.


En la segunda mitad del siglo XIX Rusia era un enorme imperio gobernado de forma autocrática por los zares de la dinastía de los Romanov. Mientras en buena parte de Europa Occidental había triunfado el liberalismo y se desarrollaba la industria capitalista, el imperio ruso mostraba un gran atraso político y económico. Todavía a comienzos del siglo XX aparecía como el último bastión del absolutismo.

El zar ejercía un poder absoluto con el apoyo de la iglesia ortodoxa –era la cabeza de la misma-, del ejército, de una burocracia centralizada y de una policía política omnipresente –Okrana- encargada de reprimir cualquier oposición al régimen oficial. Se encarcelaba a las personas por delitos políticos y se les obligaba a emigrar a las nuevas tierras asiáticas.

En el régimen de la Rusia zarista no existían partidos políticos legales, ni tampoco elecciones. Además, la población era mayoritariamente analfabeta, y en muchos casos padecía las consecuencias del hambre.

La sociedad rusa era predominantemente rural –85% a finales del XIX-. Hasta la abolición de la servidumbre, en 1861, el sistema feudal seguía muy arraigado y la industria era casi inexistente. Ante ese enorme atraso económico, el zar Alejandro II (1855-1881) aconsejado por algunos de sus ministros, decidió impulsar una serie de reformas que lograsen apuntalar un régimen que padecía una lenta agonía.

En 1864 se crearon los “zemstvos”, consejos locales donde conjuntamente nobles, ciudadanos y campesinos adoptaban comunitariamente las medidas por las que se habían de regir las actividades municipales. Los “zemstvos” desarrollaron importantes iniciativas en la construcción de carreteras, en la sanidad y en la enseñanza (hacia 1881 se habían fundado 10.000 escuelas primarias).

Muchos miembros de la oposición al zarismo ejercieron de médicos o como profesores en estas instituciones. Durante estos años mejoraron también las Universidades que empezaron a acoger, además de hijos de la nobleza, a nuevos grupos sociales provenientes de la escasa clase media. La Justicia mejoró fomentando jueces y jurados independientes.

Sin embargo, esta labor reformista no pudo acabar con la lenta agonía del sistema: el propio zar Alejandro II moría, víctima de un atentado terrorista, en 1881.

De todo este proyecto reformista, la medida más importante fue la reforma agraria con la abolición de la servidumbre en 1861. Sin embargo, con esto no se alcanzaron los resultados esperados. Ni introdujo en Rusia una agricultura capitalista, a semejanza de las reformas agrarias liberales de la Europa occidental, ni atenuó la tensión social en el campo derivada de la miseria rural. Además, la ausencia de progreso agrícola frenó la industrialización.

En 1905, Stolypin, primer ministro del zar Nicolás II (1894-1917) emprendió una nueva reforma que pretendía crear una numerosa clase de campesinos prósperos y políticamente leales al régimen. Sin embargo, su alcance se vio limitado al no afectar a las propiedades de la nobleza y de la Iglesia; razón por la cual el campesinado más pobre no se benefició de ella. Además, suprimió definitivamente el “mir” y el pago de las redenciones, lo que favoreció la aparición de unos dos millones y medio de prósperos campesinos propietarios o “kulak”. La agricultura comercial cobró así un cierto auge.

El desarrollo industrial, lento hasta 1890, se aceleró con el cambio de siglo debido a las inversiones extranjeras y a la construcción del ferrocarril. En 1900 la participación de capital no ruso en las empresas privadas del país era del 25%, superando en 1913 el 33%. Ello planteó un grave problema, el endeudamiento y la dependencia del exterior, que llevaron a los gobiernos zaristas a aumentar la presión fiscal para saldar la deuda externa.

El desarrollo del ferrocarril (30.000 km en 1887; 75.000 en 1913) impulsó las industrias siderúrgicas y la minería del carbón. Creó importantes islotes industriales en las regiones de San Petersburgo y Moscú, en Ucrania, en la Polonia rusa y en el bajo Don. Aún así, en 1913 la población activa en la industria moderna era de dos millones y medio de obreros; es decir, sólo el 5% de la población activa total.

Por tanto, el Imperio Ruso conservaba muchos aspectos de una economía atrasada, aunque no estancada. El país estaba transformándose, pero el proceso era muy desigual: provocaba tensiones sociales y políticas en las ciudades, pero también en un mundo rural dominado por la miseria, el hambre y un reparto injusto de la tierra.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea I y II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] La Rusia de los zares; Alejandro Muñoz-Alonso – Madrid – Espasa – 2007.

Austria-Hungría: de la Monarquía Dual a la desintegración (1867-1918)

 Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 16 de diciembre de 2007.


El siglo que va desde la derrota napoleónica en 1815 al comienzo de la Gran Guerra en 1914 estuvo marcado por el auge del nacionalismo en el continente europeo. En este contexto la monarquía de los Habsburgo sufrió no pocas dificultades para mantener unido su imperio plurinacional. Además, el XIX no fue únicamente la época de las naciones; lo fue también de la ideología liberal. Es bien sabido que, de igual forma, los austro-húngaros presentaban en este aspecto numerosas carencias.

Por lo tanto, unas estructuras arcaicas tuvieron que hacer frente durante casi cien años a las embestidas de las dos grandes corriente ideológicas del momento.

En esta batalla podemos distiguir claramente los elementos disgregadores de los que tendían a fortalecer el viejo sistema. Entre los primeros encontramos a las fuerzas liberales y democráticas del momento, y a los distintos pueblos que formaban parte del Imperio (germanos, eslavos del norte, eslavos del sur, magiares, rumanos e italianos). Dentro del segundo grupo estaban la propia Corona, el ejército, la burocracia, la alta nobleza, los grandes empresarios y los ciudadanos de las distintas etnias que se mantenían fieles al poder central.

Como consecuencia de la victoria sobre la revolución en 1848, se estableció en el Imperio una política centralista y absolutista; al tiempo que se procedió a la modernización de las estructuras económicas. No obstante, con la derrota en las guerras contra Italia (1859) y Prusia (1866) se hizo inevitable el cambio dentro de la estructura estatal. Nació así la Monarquía Dual.

Se redactó entonces una constitución que prometía la igualdad de derechos, y que obligaba, en el periodo de diez años, a convocar una votación en los territorios húngaros del Imperio con el fin de ratificar o rechazar la unión con Austria (Ausgleich). Además, el triunfo de Prusia puso fin a la influencia de los Habsburgo en territorio alemán. Esto obligó a los austríacos a reorientar su política expansionista hacia los Balcanes, que ya en esas fechas era uno de los puntos más conflictivos del mapa continental. Allí el Imperio chocó tanto con los intereses italianos en el Adriático, como con las ideas yugoslavistas de los propios serbios.

La situación de los Balcanes dentro del panorama internacional fue, hasta los primeros años del siglo XX, una cuestión de segundo orden.

Su cambio de status –la transformación de este en un problema de vital importancia para la paz- fue consecuencia de la intervención de las potencias extra-balcánicas en las luchas de los nacionalismos autóctonos ¿Qué potencias y qué nacionalismos? En el primer grupo destacaron Austria, Rusia, e Italia; y en el segundo Serbia –el sueño de la Gran Serbia- y Bulgaria.

Sin embargo, una guerra de proporciones similares a la de 1914-1918 no se produjo en un primer momento gracias a la vigencia del equilibrio bismarckiano. Fue con la ruptura de este –aproximadamente a partir de 1907- cuando comenzaron los problemas. La Monarquía Dual, aprovechando la debilidad exhibida por Rusia en su conflicto de 1905 con Japón, procedió a la anexión de Bornia-Herzegovina en 1908.

Esto produjo un enorme malestar en la Corte de Pedro I, que en aquellos mismos meses estaba embarcado en el proyecto de construcción de la Gran Serbia. A continuación los acontecimientos siguieron un desarrollo muy similar a los de 1914: se desató la cadena de alianzas, que involucró en el naciente conflicto a Alemania y Francia. Finalmente, la mediación británica y el sentido común de los gobernantes lograron frenar la escalada belicista.

El escollo se salvó en 1908, pero de la crisis se habían extraído enseñanzas muy útiles para el verano de 1914. Además, los bloques que más tarde se enfrentaron en la Gran Guerra quedaron perfectamente perfilados tras estos sucesos.

En 1912 tuvo lugar la guerra entre el Imperio Otomano y la Liga Balcánica. La causa: sacar el mayor provecho a la debilidad del primero en sus posesiones europeas. Los turcos resultaron derrotados, firmándose la Paz de Londres que, sin embargo, no puso fin a la guerra. Una vez vencido el “hombre enfermo” –nombre dado a los otomanos durante el siglo XIX- los miembros de la Liga se enfrentaron para repartirse el botín. Todo acabó con el triunfo de Serbia, que logró hacerse con la hegemonía tras la Paz de Bucarest.

Esto reavivó el recelo austro-húngaro hacia sus vecinos eslavos. Tan sólo hacía falta una afrenta como el atentado sobre el Archiduque Francisco Fernando, asesinado junto con su mujer el 28 de junio de 1914 por el estudiante Gabrilo Princep, para empujar a Europa a una catastrófica guerra civil. En esa ocasión volvió a desencadenarse el juego de las alianzas sin que nadie pudiera detenerlo.

La Gran Guerra duró cuatro años y provocó millones de muertos, entre ellos la Monarquía Dual de Austria-Hungría.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea I y II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.

¿Qué fue la Sociedad de Naciones?

Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 30 de noviembre de 2007.


Al finalizar la Gran Guerra (1914-1918) las grandes potencias fueron conscientes de que resultaba imposible el retorno al mundo anterior a 1914. Exhaustas por el esfuerzo que había supuesto el conflicto, emprendieron un nuevo rumbo con el fin de establecer un orden internacional distinto. La creación de la Sociedad de Naciones (SDN) fue uno de los principales acuerdos surgidos a partir del Tratado de Versalles. Fue concebida como instrumento mediante el cual resolver de forma pacífica los conflictos entre los estados.

Al igual que el resto de proyectos del presidente Woodrow Wilson, despertó grandes esperanzas entre los antiguos combatientes. No obstante, el rechazo norteamericano a formar parte de la misma, la debilitó enormemente.

De entre los órganos de la SDN hablaremos en primer lugar de la Asamblea. Era considerada la más importante dentro de su estructura organizativa, ya que en ella participaban todos los países adscritos. Otro órgano era el Consejo, integrado por cinco miembros permanentes y cuatro elegidos por la Asamblea para un periodo de doce meses. A través de él se regulaban los enfrentamientos que amenazasen la paz.

También se constituyó el Secretariado de la Sociedad de Naciones, formado por un amplio y eficaz cuerpo de funcionarios, y un Tribunal Internacional de Justicia, con sede en La Haya. Como hemos indicado anteriormente, los objetivos de la SDN eran la paz y la seguridad colectiva, el desarme, y el arbitraje como sistema para solucionar los conflictos internacionales. Estos eran sometidos al Consejo, cuya decisión debían acatar los estados implicados.

El pacto preveía también la revisión de los tratados de paz, y contaba con medidas de presión para hacer valer su autoridad entre los estados miembros.

Una vez consolidada la paz en Europa, la SDN se encargó de controlar determinados enclaves considerados por los tratados de paz como puntos de jurisdicción internacional. Entre ellos destacaremos dos: la ciudad libre de Danzig y el Sarre. También le fue encomendado al recién creado organismo interestatal la administración de las colonias alemanas y de los países desgajados del imperio otomano.

Además, en el seno del mismo se elaboró un amplio programa de cooperación humanitaria internacional, y se crearon entes paralelos con el fin de atender aspectos concretos de modo cooperativo. Destacaron entre estas la Organización Económica y Financiera, la Organización Internacional del Trabajo y la Organización Mundial de la Salud.

Podemos señalar dos etapas en el funcionamiento de la SDN. Entre 1924 y 1929 la vivió su periodo de esplendor. Fueron años prometedores; una época en que las diversas naciones se esforzaron por la construcción de un orden internacional más justo. Alemania se incorporó en 1926 como fruto del buen desarrollo de este organismo, cuyas indicaciones eran respetadas y respaldadas por todos sus miembros.

El año 1929 marcó el inicio del desprestigio de la SDN. La crisis económica puso fin a la solidaridad internacional que había caracterizado la etapa anterior.

Se había abierto el camino que, en apenas diez años, iba a llevar a esas naciones a un conflicto de proporciones desconocidas. A lo largo de este periodo de crisis fueron surgiendo los primeros roces importantes entre los miembros de este organismo. Finalmente, tanto Alemania como Italia abandonaron ese contexto de paz para sumergirse en sus planes expansionistas; la SDN había dejado de ser un intrumento eficaz para el arbitraje en las disputas internacionales.

Lo que pasó después ya lo conocemos. Seis años de guerra (1939-1945) hicieron falta para acabar con el peligro nazi-fascista en el Viejo Continente. La paz no resucitó este organismo, sino que se creó otro similar: la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Sin embargo, a la hora de constituir este nuevo ente, las naciones supieron aprender de los errores cometidos en la construcción de la Sociedad de Naciones.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[4] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[5] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.

¿Cuando nació Europa?

Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 9 de mayo de 2007.


El 9 de mayo de 1950 Robert Schuman lanzaba a las naciones del Viejo Continente un reto llamado CECA. La primera comunidad europea, la del Carbón y del Acero, marcó el inició del largo camino de integración en el que todavía hoy estamos inmersos. Europa como proyecto hecho realidad surgió en el preciso instante en que el ministro de exteriores francés pronunció su discurso invitando a los demás países a subirse en la barca comunitaria.

Alemania, gobernada por el cristianodemócrata Konrad Adenauer, ya había mostrado con anterioridad su posición favorable hacia el sueño de Schuman y Monet. Italia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo acompañaron a franceses y alemanes en este primer viaje paneuropeo.

En esa misma década también tuvieron lugar el fallido proyecto de la Comunidad Europea de Defensa, la Conferencia de Messina y los Tratados de Roma. Posteriormente el marco comunitario se fue ampliando, tanto en lo relativo a logros y acuerdos como en lo que a integrantes se refiere. Sin embargo, el primer paso –el fundamental- lo protagonizó Robert Schuman el 9 de mayo de 1950; y por esa razón, en tan señalada fecha, celebramos el Día de Europa.

El pasado 25 de marzo conmemoramos el quincuagésimo aniversario de la Comunidad Económica Europea y la EURATOM. “Cincuenta años -decían muchos titulares periodísticos- no son nada”, pero lo cierto es que a todos nos gusta celebrarlos como se merecen. Los Tratados de Roma sacaron a Europa de un atolladero que podía haber acabado con el sueño de la solidaridad europea. Sin embargo, la ignorancia de muchos informadores y políticos les ha llevado a identificar esta fecha con la del nacimiento de Europa. Nada más lejos de la realidad: esta barca no tiene cincuenta años, sino siete más.

En ese periodo de tiempo el proyecto inicial ha variado mucho, tanto en actores como en medios y siglas. Sin embargo, los principios que hoy mueven la Unión son los mismos que lo hicieron desde los tiempos de Schuman. Por esa razón, no cabe plantearse la existencia de “muchas europas” desde la CECA hasta la presidencia alemana de Angela Merkel. Europa ha sido una, si bien de diversas formas, durante estos cincuenta y siete años. El cambio de ropajes no varía la esencia del sueño paneuropeo.

Después de esta defensa del 9 de mayo como fiesta europea, cabe preguntarse si no existían esos principios antes del discurso de Schuman. Si fuese así, que lo es, Europa como proceso integrador tendría muchos más años. No podemos ignorar a personajes como Coudenhove-Kalergi o Aristide Briand: europeistas convencidos que defendieron la construcción de una Europa unida.

Sin su labor, la CECA, y todo lo que llegó tras ella, hubiera resultado imposible: abrieron las puertas intelectuales y políticas al paneuropeísmo. No obstante, sin desmerecer la fundamental tarea de estos “abuelos de Europa”, conviene recordar que no lograron plasmar con forma institucional su pensamiento y esfuerzos. Con ellos la Unión no era más que un embrión; un sueño que no se haría realidad –nacer, al fin y al cabo- hasta 1950.

Pienso que los europeos tenemos una referencia cronológica clara en lo referente al nacimiento de la Unión: el discurso Schuman del 9 de mayo. Existen otras efemérides que celebrar y otros personajes a los que admirar, a los que reconocer sus méritos. No todo lo que se plasmó en el Tratado de París salió de la chistera del ministro de exteriores francés; ni siquiera de los que colaboraron con él.

Estos hombres eran deudores de las ideas de otros, de siglos de Historia en común que habían labrado una cultura capaz de abrazar esos deseos de integración. Sin embargo, les tocó a ellos plasmar esa herencia y esos sueños en el primero de los numerosos tratados que conforman la actual Europa. Antes de ellos no había más que ideas. Fueron los constructores de la CECA los que transformaron la potencia de estas en algo tangible donde fortalecer la colaboración y solidaridad entre los estados miembros.

La obra posterior –las ampliaciones a otros países y los diversos tratados que han acabado por configurar la actual Unión Europea-, aunque importante e innovadora, sigue básicamente la pauta marcada por los “padres de Europa”; esos personajes que supieron poner el primer ladrillo de este gran edificio.

En fin, todas las piezas del puzzle son importantes, pero por algún punto se empieza. El 9 de mayo de 1950 constituye esa primera pieza. Por eso, sin desmerecer los hitos del resto del proceso integrador, hemos de celebrarlo como el momento más importante del mismo. Sería una pena que en la conciencia de los ciudadanos europeos faltara un referente básico a la hora de forjar nuestra identidad.

Bibliografía:

[1] La Unión Europea: guiones para su enseñanza; Antonio Calonge Velázquez (Coord.) – Comares – Granada – 2004.

[2] El proceso de integración comunitario en marcha: de la CECA a los Tratados de Roma; Guillermo A. Pérez Sánchez – Comares – Granada – 2007.

[3] Por Europa; Robert Schuman – Encuentro – Madrid – 2006.

[4] Robert Schuman, padre de Europa (1886-1963); René Lejeune – Palabra – Madrid – 2000.

[5] Paneuropa: dedicado a la juventud de Europa; Richard Coudenhove Kalergi – Tecnos – Madrid – 2002.

La sovietización de la Europa del Este

Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 13 de abril de 2007.


El final de la II Guerra Mundial trajo consigo la división del mundo entre las dos grandes cosmovisiones. En contra de lo que esperaban los occidentales más optimistas, Stalin y su régimen no habían cambiado -salvo en el incremento de su poderío- a raíz de su estrecha relación con británicos y norteamericanos durante el conflicto. La URSS mantenía su antigua aspiración de llevar a cabo la revolución comunista a escala mundial.

De esta manera, a lo largo de los años 1945 y 1946, las diferencias entre los miembros de la triunfadora Gran Alianza –anglosajones y eslavos- fueron ampliándose. En 1947, como demuestran los documentos oficiales de estas potencias y las declaraciones de sus dirigentes, la brecha resultaba ya insalvable: había dado comienzo la Guerra Fría.

El “Telón de Acero”, descrito magistralmente por Winston Churchill en Fulton (Missouri), había caído sobre Europa. Sin embargo, cabe preguntarse cómo llegaron todos los países del Este a formar parte del sistema planetario que giraba en torno al gran sol del Kremlin.

Es cierto que así lo habían acordado los vencedores de la II Guerra Mundial en las conferencias de Yalta y Potsdam. También es verdad que el Ejército Rojo ocupaba, con la presión que ello suponía, esos territorios. No obstante, lo más interesante de todo el proceso de sovietización de la Europa del Este no son estas cuestiones fundamentales para el triunfo comunista.

Lo curioso, el aspecto en el que se va a centrar este artículo, es cómo se las ingeniaron los soviéticos para dar un ropaje de aparente legalidad a la revolución política que llevaron a cabo en esos países; cómo trataron de hacer creer al mundo –aunque en el fondo todos sabían la verdad- que eran esos pueblos los que habían escogido la senda del marxismo-leninismo.

Mientras el ejército de los soviets iba liberando la parte oriental del continente del yugo nacionalsocialista –es curioso ese fenómeno de cambiar la esclavitud parda por la roja-, desde Moscú se preparaban para transformar estos territorios en estados-satélite. Cientos de políticos y propagandista comunistas de nacionalidad húngara, polaca, checoslovaca, búlgara y rumana caminaban detrás de las divisiones rusas con la misión de organizar el partidos comunista de sus respectivos países.

Sándor Márai, al hablar de ellos en ¡Tierra! ¡Tierra!, dice que llegaron demacrados y sin nada que llevarse a la boca. Sin embargo, con la ayuda de las autoridades soviéticas, lograron ocupar los principales puestos de la administración del Estado en pocas semanas. Dejaron de ser unos miserables y pasaron a disfrutar de las comodidades y lujos reservados a marqueses, empresarios y mariscales. Así, más o menos, describe el literato húngaro la llegada de estos personajes.

Ahí estarían comunistas míticos como Bierut, Rákosi, Gottwald, Rajk, Pauker… políticos que en pocos meses, bajo la supervisión y auxilio de Moscú, tomaron el control de media Europa.

No obstante, resultaba evidente que, de cara a los primeros comicios de posguerra, estos misioneros del internacionalismo no iban a lograr el respaldo electoral necesario para gobernar. Por esa razón, Stalin decidió resucitar la figura del frentepopulismo para formar grandes coaliciones de izquierdas. Los Frentes Populares habían funcionado ya en el periodo anterior a la II Guerra Mundial -en especial en Francia y España-, y su finalidad principal era contener la expansión del fascismo por Europa.

El Kremlin favoreció en los años treinta la consecución de esos pactos porque veía en ellos, no sólo un arma eficaz para evitar el surgimiento de nuevos hitleres, sino también porque aspiraba a instaurar el comunismo a través de ellos. En los gobiernos frentepopulistas los comunistas estaban destinados a ocupar los principales resortes del control estatal: la seguridad y la propaganda. Podían no ser numerosos, tampoco hacía falta que ocuparan muchos ministerios; tan sólo hacía era necesario que se situasen en los puestos claves.

Desde esa posición de influencia los comunistas miembros del ejecutivo tendrían que ir eliminando legal o moralmente a sus rivales. Seguían la llamada “táctica del salchichón”: iban minando poco a poco a los enemigos, después a los aliados, y, finalmente, era en el propio partido donde se llevaban a cabo las purgas. Este manera de extender la revolución bolchevique se ensayó al final del periodo de Entreguerras, pero su gran éxito como modelo de actuación política llegó con el final de la II Guerra Mundial.

Entre 1945 y 1947 fueron desfilando por las cárceles y juzgados de la Europa del Este miles de personas acusadas de apoyar al fascismo. Las primeras víctimas de estos procesos fueron los políticos de la derecha, pero más tarde les llegó el turno a la izquierda moderada.

A todos se les tachó de fascistas, tan sólo se salvaron los miembros de los partidos comunistas. Quedaba un pequeño paso para establecer regímenes totalitarios de partido único: su proclamación. A la altura de 1948 todos los países ocupados por el Ejército Rojo, con la excepción de Austria y Alemania, habían cumplido ese requisito.

En apenas tres años el frentepopulismo había abierto a los soviéticos las puertas de la “revolución legal”. Habían eliminado toda oposición, incluso la de los antiguos aliados de la izquierda. A partir de ahí comenzaba un camino aún más tortuoso: el de las purgas internas. Entre 1948 y 1953 el pecado ya no era ser fascista, sino revisionista.

Así fue como, bajo el amparo del Ejército Rojo, se operó el cambio político al otro lado del “Telón de Acero”. Fueron necesarias la presencia militar de la URSS y la, hasta 1947, aquiescencia del mundo occidental. Sin embargo, la operación nunca hubiera llegado a ser tan perfecta sin el frentepopulismo y la “táctica del salchichón”. Gracias a estos dos elementos el comunismo construyó en estos países un edificio político que logró mantenerse durante cuarenta años en pleno corazón de Europa.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus -2006.

[4] La Batalla de Budapest. Historia de la insurrección húngara de 1956; Ricardo M. Martín de la Guardia, Guillermo A. Pérez Sánchez, István Szilágyi – Madrid – Actas – 2006.

[5] ¡Tierra! ¡Tierra!; Sándor Márai – Barcelona – Salamandra – 2006.

Los Tratados de Roma vistos desde Moscú

 Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 8 de abril de 2007.


Han pasado 50 años de la firma de los Tratados de Roma; un periodo de tiempo en el que el proceso integrador ha ido consolidándose. Este se ha enfrentado a no pocas dificultades. Una de ellas, sin lugar a dudas de las más difíciles de superar, ha sido la oposición de la Unión Soviética. Sin embargo, desde hace pocos años contemplamos un fenómeno impensable hace décadas: Europa se extiende más allá de lo que fuera el “Telón de Acero”.

La incorporación en mayo de 2004 y enero de 2007 de los países excomunistas al proyecto europeo ha venido a cumplir uno de los grandes sueños de las personas que, tras la II Guerra Mundial, iniciaron su construcción. Éste ha sido el gran triunfo de miles de occidentales. Pero también el de tantos otros ciudadanos del Este que, con su oposición desde el interior al régimen comunista, o con su actividad desde el exilio, han permitido la caída del totalitarismo de izquierdas en Europa.

Desde sus inicios -Tratado de París, 1951- el proceso integrador era visto por los líderes soviéticos como una amenaza para el “statu quo” de posguerra.

Sin embargo, la oposición del Parlamento francés a la construcción de la Comunidad Europea de Defensa (1954) precipitó el fracaso de la misma. En un pacto extraño, gaullistas y comunistas -los primeros por miedo al rearme alemán y los segundos siguiendo órdenes del Partido Comunista de la Unión Soviética- echaron por tierra el que estaba llamado a ser el segundo gran paso de la nueva Europa.

Tras estos hechos el Kremlin bajó la guardia: el peligro paneuropeo parecía desvanecerse. Aún así, la consigna era clara: en caso de que el embrión de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero se fortaleciera habría que descargar contra él toda la artillería propagandística comunista. Los Tratados de Roma (1957) vinieron a corroborar los temores de Moscú. Desde entonces se inició un pulso que, con mayor o menor virulencia, acabó a finales de los años ochenta.

Las sucesivas incorporaciones de la Europa del Este a la Unión Europea son reflejo de la lucha de dos mundos contra la maquinaria soviética: el oriental buscaba emanciparse, y el occidental consolidarse.

El porqué de la actitud hostil de la URSS es, a primera vista, evidente. Los protagonistas de la construcción europea siempre dejaron claro que esta quedaba abierta a todo el Continente. Por su parte, Moscú veía en esas declaraciones una amenaza a su “imperio” de Estados satélite. Además, en plena pugna con los otros vencedores de la II Guerra Mundial por el futuro germano, el Kremlin no podía permitir que la República Federal de Alemania fuera una de las protagonistas en la configuración de las Comunidades Europeas.

Esto no sólo suponía reconocer la división del pueblo alemán en dos Estados, sino que también venía a demostrar la viabilidad de la mitad occidental. La Unión Soviética siempre había sido partidaria de un solo país de carácter neutral y, en su defecto, una República Democrática que demostrase su superioridad sobre la otra parte. Lógico que, ante las perspectivas abiertas por los tratados de París y Roma, surgiera la alarma entre las élites comunistas.

Los ideólogos soviéticos respondieron al fortalecimiento del constructo europeo con dos documentos: uno en 1957, formado por 17 tesis, y otro en 1962, de 32 puntos. Ambos están magistralmente estudiados en La URSS contra las Comunidades Europeas, obra de Ricardo M. Martín de la Guardia y Guillermo A. Pérez Sánchez.

En este libro también se resalta la importancia de la efeméride que celebramos: clave para el despegue de Europa que tanto revuelo levantó al otro lado del “Telón de Acero”. En definitiva se trata de una investigación que, bajo la excusa de ofrecer una explicación a los postulados soviéticos, repasa casi cuarenta años de coexistencia entre los proyectos europeos y el bloque comunista.

La situación actual del panorama comunitario y continental viene a desmentir muchos de los argumentos esgrimidos en su momento –algunos, incluso, han llegado hasta nuestros días- por intelectuales prosoviéticos. Las Comunidades Europeas no constituían la última resistencia del capitalismo contra el inevitable triunfo del socialismo real; entre otras cosas porque era éste el que estaba condenado al fracaso. Y, por supuesto, tampoco constituía una organización militarista auspiciada por los EE.UU. con el fin de derrotar a la URSS; hoy no existe dicho Estado y, a pesar de todo, Europa sigue su andadura.

Bibliografía:

[1] La URSS contra las Comunidades Europeas: la percepción soviética del mercado común (1957-1962); Ricardo M. Martín de la Guardia, Guillermo A. Pérez Sánchez – Valladolid- Universidad – 2005.

[2] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[3] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[4] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus -2006.

[5] La Unión Europea: guiones para su enseñanza; Antonio Calonge Velázquez (Coord.) – Comares – Granada – 2004.

[6] El proceso de integración comunitario en marcha: de la CECA a los Tratados de Roma; Guillermo A. Pérez Sánchez – Comares – Granada – 2007.

1923-1939: la vendetta alemana

 Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 30 de marzo de 2007.


Sebastian Haffner escribió en su juventud que nada había envenenado tanto el alma de los alemanes como los sucesos del año 1923. El berlinés afirmaba que ninguna nación del mundo había experimentado un acontecimiento equivalente: “todas han vivido una Guerra Mundial, la mayoría también revoluciones, crisis sociales, huelgas, reclasificaciones de bienes y devaluaciones de la moneda. Sin embargo, ninguna ha experimentado el desbordamiento fantástico y grotesco de todo eso a la vez (…) esa danza de la muerte carnavalesca y gigante, esa saturnal eterna, sangrienta y grotesca, en la que no sólo se devaluó la moneda, sino todos los demás valores”.

El llamado “año inhumano” ha quedado reflejado también en obras de otros literatos, periodistas e historiadores como si se tratase de un acontecimiento demente a la par que clave en la experiencia vital del género humano. No obstante, sólo en los escritos de este alemán he encontrado una conclusión tan certera y lanzada con tanta decisión:

“El año 1923 preparó a Alemania no para el nazismo en particular, sino para cualquier aventura fantástica”.

Para entender qué sucedió en Alemania en el año 1923 hay que remontarse a los días de la Gran Guerra (1914-1918). Durante casi un lustro el II Reich luchó hasta la extenuación en un conflicto que difícilmente podía ganar. La decepción de la derrota, la penosa situación en la que se encontraba el país tras la contienda y las duras sanciones impuestas por los vencedores lastraron el desarrollo del sistema republicano nacido en noviembre de 1918.

Sin embargo, la situación germana fue mejorando en los siguientes años: la nación, aunque todavía envenenada interiormente por el amargo fruto de la derrota, parecía tender a estabilizarse. Todo hubiera seguido su rumbo ascendente si Francia, celosa defensora de sus intereses, no hubiera decidido intervenir nuevamente en los asuntos alemanes.

La IV República, necesitada de fondos para salir de una crisis de posguerra que también afectó a los vencedores, exigía al Estado germano el pago de las indemnizaciones atrasadas. La negativa alemana a saldar esa ingente deuda tuvo como respuesta la invasión de la región industrial del Ruhr por parte de los franceses. Fue entonces cuando los obreros germanos de esa comarca se declararon en huelga. Se produjeron disturbios y enfrentamientos entre el ejército ocupante y los huelguistas que se saldaron con varios muertos.

La maquinaria industrial alemana se paró y la economía se fue al traste. Al mismo tiempo la moneda se desplomaba en un proceso inflacionista sin precedente en la Historia.

Los ahorros de los ciudadanos perdían todo su valor, y los precios aumentaban con el paso de las horas. En Alemania se vivieron días de auténtica locura, pero no faltaron los que, con cierta dosis de audacia y pocos escrúpulos, aprovecharon la situación para enriquecerse. El final de la crisis no tardó en llegar, pero en la mente de los alemanes quedó grabado el recuerdo de ese “año inhumano”.

Fueron muchas las causas que favorecieron el ascenso de Hitler a la responsabilidad de canciller. Una de ellas fue, sin lugar a dudas, el recuerdo de los sucesos de 1923.

Pasaron diez años entre la locura del carnaval teutón y la constitución del primer gobierno del Führer; sin embargo, en la memoria de los alemanes seguían muy vivas la demencia, privaciones y humillaciones del “año inhumano”. Los nacionalsocialistas, como en muchos otros aspectos, supieron aprovechar de ese recuerdo lo que mejor se adaptaba a sus necesidades.

A aquellos que se beneficiaron con los acontecimientos del pasado –jóvenes que habían disfrutado con el juego del carnaval- les prometieron más dosis de esa extraña droga. Mientras, a los que temían la repetición de esos hechos, les aseguraron que en el III Reich reinaría la estabilidad. Y estos dos objetivos, aunque parezca curioso, no entraban en contradicción: la esquizofrénica maquinaria nacionalsocialista estaba perfectamente capacitada para mostrar al pueblo teutón el espejismo que este desease.

Cada alemán guardó su propio recuerdo del año 1923. Lo escondieron en las profundidades de su alma, y de ahí se evadió con fuerza cuando llegó su momento.

Un país entero estaba dispuesto a enseñar las heridas o los trofeos –depende el caso- de tan extraños días. Cada persona le pidió al nuevo régimen que hiciera realidad sus sueños; deseos de lo más variopintos. Sin embargo, casi todos parecían tener algo en común: necesitaban vengarse de las humillaciones sufridas.

Cierto es que los franceses habían encendido la mecha de semejante polvorín, pero fueron otros los que se beneficiaron de la situación de Alemania. Durante aquellos meses miles de inmigrantes del este y centro de Europa vivieron en las ciudades alemanas como auténticos marqueses. Aprovecharon la fortaleza de las divisas de sus respectivos países para hacer realidad sus fantasías de poder, riqueza y diversión. Los germanos sumidos en el caos y la pobreza fueron testigos de cómo los extranjeros se beneficiaban de su propia miseria.

El literato húngaro Sándor Márai nos relata en Memorias de un burgués sus vivencias en el Berlín de ese año. Se trata de un texto fundamentalmente descriptivo, pero en algunos párrafos encontramos valiosas reflexiones de este intelectual: “Estábamos unidos por unos lazos poco éticos, apartados de los alemanes y, en cierto modo, aliados en su contra, y no me habría sorprendido si un día nos hubiesen echado de la ciudad a patadas. Pero los alemanes, asombrados, se limitaban a callar (…), todos puestos en fila, mudos y severos, servían de telón de fondo para los desfiles tambaleantes de aquellas hordas”.

Años después fueron los nazis los que ofrecieron a los teutones la posibilidad de vengarse de polacos, checoslovacos, húngaros y rusos. Hitler defendía en sus postulados la inferioridad de estos pueblos y la necesidad de convertirlos en siervos del III Reich.

Sin embargo, tras el maltrato y el desprecio de los ejércitos alemanes a las gentes del Este se escondía algo más que los postulados ideológicos del nacionalsocialismo. Se trataba de una venganza por las humillaciones sufridas durante el año 1923; vendetta que no tenía sentido en el caso de los enemigos occidentales, por eso allí las crueldades fueron menores. Alemania purgó el recuerdo del “año inhumano” con las atrocidades de su guerra oriental.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[4] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[5] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.

[6] Memorias de un burgués; Sándor Márai – Barcelona – Salamandra – 2006.

[7] Historia de un alemán; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

La otra herencia de la II Guerra Mundial

 Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 23 de marzo de 2007.


En un artículo anterior indicaba que el nuevo orden internacional surgido tras la II Guerra Mundial era, en buena medida, obra del nacionalsocialismo. La postguerra que planeó Hitler explica como en los propios postulados de dictador alemán se encontraba el germen del sistema de bloques que dio lugar a la llamada “Guerra Fría”.

Él pensaba que el III Reich sería el encargado de dirigir el Imperio del Este contra el poder anglosajón. Sin embargo, como bien sabemos hoy, el conflicto acabó por dejar en bandeja a la Unión Soviética esa posición de privilegio. Hitler fracasó en su intento de llevar a los alemanes hacia la primacía mundial, pero parte de sus pronósticos fueron acertados: el mundo quedó dividido tras el conflicto que sacudió el orbe entre 1939 y 1945.

Pues bien, en este nuevo artículo, en cierto modo continuación del que venimos comentado hasta ahora, trato de mostrar otro de los legados del austriaco: el proceso de integración europea. Esta afirmación, como es lógico, hay que matizarla para evitar que el lector se escandalice; a esa tarea dedicaré el resto del escrito.

La guerra provocada por el mundo nacionalsocialista fue uno de los factores indirectos que permitieron a los sueños de Coudenhove-Kalergi –autor de Paneuropa– hacerse realidad. En la mente de personajes como Robert Schuman, Konrad Adenauer o Jean Monet, estaba muy presente la idea de evitar una nueva guerra civil europea. Este miedo, lógicamente, surgía de la experiencia de dos conflagraciones en apenas treinta años.

Sin estas el ansia de paz hubiera sido imposible. Pues bien, no hemos de olvidar que la segunda de estas dos guerras fue obra, deseo y voluntad de Hitler. Los “padres” de Europa querían dejar atrás para siempre las rivalidades existentes dentro del Continente, esas que tanto habían azuzado el expansionismo alemán y el “revanchismo” francés. Pretendían crear un organismo supranacional basado en la colaboración de todos sus miembros desde una posición de igualdad.

Europa se edificó sobre cimientos de ilusiones y buenos deseos, pero también sobre el miedo a los nazis. Este, no lo olvidemos, fue un factor fundamental en la construcción del edificio europeo en sus primeros años.

No obstante, esta no fue la única aportación de Hitler al proyecto paneuropeo. La colaboración, especialmente de carácter económico, estaba esbozada en los planteamientos hitlerianos. El dictador austriaco tenía un proyecto de lo que debía ser, en el plano productivo y comercial, la Europa de postguerra. Y, como es lógico, la supresión de las aduanas y la planificación económica común estaban presentes en este plan.

Es más, esto no fue sólo una idea en la mente de los economistas del Reich; desde 1941 los nacionalsocialistas fueron ejecutando esa unión económica. Hitler se percató de que los europeos necesitaban colaborar para crecer, de que en las pugnas de las últimas décadas las necesidades económicas jugaban un importante papel.

De esta manera, los dirigentes alemanes fueron configurando esa estructura productiva y comercial en los territorios ocupados. Su éxito, todo hay que decirlo aunque este mal visto, fue notable: la maquinaria de guerra del III Reich se mantuvo más tiempo del previsto gracias a ese modelo económico.

El plan Schuman de 1950 presentaba al mundo un proyecto bastante reducido, pero ambicioso en sus aspiraciones. La CECA (Comunidad Europea del Carbón y del Acero) trataba de solucionar un problema del que Europa comenzaba a ser consciente: el futuro pasaba por la colaboración. Sin ella la paz no sería nunca un valor seguro, y las economías salidas de la guerra no podrían crecer.

Tras las reuniones y discursos que configuraron la primera Comunidad Europea asomaban algunos fantasmas, uno era el de Adolf Hitler. Él provocó la II Guerra Mundial y el miedo a una nueva conflagración europea; él pensó y puso en práctica primero los planes de colaboración económica. La paradoja es que, en la década que siguió a la derrota del nacionalsocialismo, la recuperación económica tenía que fundamentarse en las bases de colaboración europea impuestas por el III Reich a la Europa ocupada.

En cierto modo eso fue lo que hizo la URSS en el centro y este del continente, donde mantuvo la planificación económica de bloque al servicio de Moscú en lugar de Berlín. A esa conclusión también había llegado Jean Monet al presentar su famoso plan para Francia en 1947.

La construcción europea, aunque suene muy mal, era deudora de Hitler en aquellos primeros años. Muchos fueron los factores que condicionaron su formación; el austriaco fue uno de ellos. No obstante, la idea y puesta en práctica del proyecto hitleriano se diferencia en un aspecto fundamental de las incipientes Comunidades Europeas de los años cincuenta. Los alemanes entendían la colaboración entre Estados como una jerarquía: todos debían servir al astro rey, el Reich germano de los mil años. Por su parte, los “padres” de Europa postulaban la igualdad de todas las naciones que integrarían la comunidad. No existirían siervos ni señores; se trataría de una colaboración de todos en favor de todos.

De esta manera, las naciones occidentales del Viejo Mundo comenzaron la postguerra sometidas a dos grandes potencias. En cierto modo Hitler tenía razón cuando, consciente de su derrota, consideró que con él Europa había perdido su “última oportunidad”. Creía profundamente que sólo él y su Reich podrían salvarla de la amenaza bolchevique y anglosajona.

Al fin y al cabo, el final de la II Guerra Mundial vino a confirmar el declive del Continente y su dependencia con respecto a los enemigos de Hitler. Sin embargo, los europeos ya habían tomado su decisión: preferían llevar su propio camino –por muy humillante que fuera- antes que someterse a los mandatos de un megalómano. Ahora que celebramos los cincuenta años después de los Tratados de Roma (25 de marzo de 1957) da la sensación de que la elección fue correcta.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus -2006.

[3] La Unión Europea: guiones para su enseñanza; Antonio Calonge Velázquez (Coord.) – Comares – Granada – 2004.

[4] El proceso de integración comunitario en marcha: de la CECA a los Tratados de Roma; Guillermo A. Pérez Sánchez – Comares – Granada – 2007.

[5] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[6] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.