Retrato de János Kádár

Este texto forma parte de un conjunto de breves biografías que he elaborado sobre la Revolución Húngara de 1956. Para ver la lista completa, pincha aquí.


Janos_KadarEn 1956 The New York Times publicó un artículo sobre János Kádar. Aquí tienen algunos fragmentos del mismo:

(…) conoce bien el terror, pues ha sido alternativamente un carcelero de los anticomunistas y una víctima de los carceleros comunistas. Es un hombre al que durante cinco años ha movido una sola pasión: la de destruir a Mátyás Rákosi, el jefe del Partido Comunista Húngaro, que lo encerró en la cárcel en abril de 1951 (…). Fue la fuerza de esa pasión la que permitió al señor Kádár sobrevivir a la depuración y luego reaparecer con la mente y el cuerpo tan acerados que al cabo de tres años ha arrojado a su enemigo al destierro y ha conquistado para sí mismo el poder

(…)

La medida del hombre la de la habilidad con que el señor Kádár se elevó desde preso hasta jefe del Partido. Cuando lo pusieron en libertad (…) después de tres años de prisión, le dieron un puesto relativamente poco importante como jefe del Partido en el XIII distrito de Budapest, zona de fábricas y residencia de obreros. En ese distrito construyó su propia maquinaria de poder y su influencia y prestigio se extendieron pronto a todas partes.

Hay ironía y justicia en la aparición del señor Kádár en ese momento crítico en que los comunistas húngaros buscaban un símbolo del comunismo nacional para aplacar a los rebeldes del país. Él era, después de todo, el Ministro del Interior y el jefe de la policía política en 1949, cuando László Rajk, uno de los dirigentes comunistas húngaros, fue procesado y ejecutado bajo la acusación de comunismo nacional y titoísmo. Pero ese factor de su carrera está más que contrapesado por su encarcelamiento

(…)

János Kádár es un comunista autóctono auténtico, y no un hombre que ha vivido gran parte de su vida en Moscú y ha sido adiestrado allí como el señor Rákosi (…) e Imre Nagy. A los 44 años de edad representa a una generación de comunistas nueva y más joven. Nació en un pueblo limítrofe con la frontera yugoslava y de joven fue cerrajero. Un ligero acento alemán en su habla refleja la mezcla de población suaba y húngara de su pueblo natal.

Fue gracias a los sindicatos obreros como el señor Kádár llegó a ser miembro del movimiento ilegal de la juventud comunista en la década de 1930, y alcanzó la madurez política gracias a las duras condiciones del trabajo clandestino y durante la Segunda Guerra Mundial. No ha olvidado que en esos años difíciles sus mayores contaban con el consuelo relativo de Moscú.

Hasta sus adversarios anticomunistas lo consideran un orador eficaz. (Según uno de éstos) “su completa sinceridad, su creencia total en lo que dice se evidencia en sus discursos”.

Al señor Kádár se le considera un “hombre duro”. Como subjefe de la policía de Budapest inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, y luego como Ministro del Interior, no mostró misericordia con sus adversarios del comunismo en Hungría (…). Pero después de esta experiencia en la cárcel, y fuera de ella, durante los últimos cinco años, puede sentirse impulsado a mostrarse duro con los rusos y con los húngaros por igual.

La sovietización de la Europa del Este

Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 13 de abril de 2007.


El final de la II Guerra Mundial trajo consigo la división del mundo entre las dos grandes cosmovisiones. En contra de lo que esperaban los occidentales más optimistas, Stalin y su régimen no habían cambiado -salvo en el incremento de su poderío- a raíz de su estrecha relación con británicos y norteamericanos durante el conflicto. La URSS mantenía su antigua aspiración de llevar a cabo la revolución comunista a escala mundial.

De esta manera, a lo largo de los años 1945 y 1946, las diferencias entre los miembros de la triunfadora Gran Alianza –anglosajones y eslavos- fueron ampliándose. En 1947, como demuestran los documentos oficiales de estas potencias y las declaraciones de sus dirigentes, la brecha resultaba ya insalvable: había dado comienzo la Guerra Fría.

El “Telón de Acero”, descrito magistralmente por Winston Churchill en Fulton (Missouri), había caído sobre Europa. Sin embargo, cabe preguntarse cómo llegaron todos los países del Este a formar parte del sistema planetario que giraba en torno al gran sol del Kremlin.

Es cierto que así lo habían acordado los vencedores de la II Guerra Mundial en las conferencias de Yalta y Potsdam. También es verdad que el Ejército Rojo ocupaba, con la presión que ello suponía, esos territorios. No obstante, lo más interesante de todo el proceso de sovietización de la Europa del Este no son estas cuestiones fundamentales para el triunfo comunista.

Lo curioso, el aspecto en el que se va a centrar este artículo, es cómo se las ingeniaron los soviéticos para dar un ropaje de aparente legalidad a la revolución política que llevaron a cabo en esos países; cómo trataron de hacer creer al mundo –aunque en el fondo todos sabían la verdad- que eran esos pueblos los que habían escogido la senda del marxismo-leninismo.

Mientras el ejército de los soviets iba liberando la parte oriental del continente del yugo nacionalsocialista –es curioso ese fenómeno de cambiar la esclavitud parda por la roja-, desde Moscú se preparaban para transformar estos territorios en estados-satélite. Cientos de políticos y propagandista comunistas de nacionalidad húngara, polaca, checoslovaca, búlgara y rumana caminaban detrás de las divisiones rusas con la misión de organizar el partidos comunista de sus respectivos países.

Sándor Márai, al hablar de ellos en ¡Tierra! ¡Tierra!, dice que llegaron demacrados y sin nada que llevarse a la boca. Sin embargo, con la ayuda de las autoridades soviéticas, lograron ocupar los principales puestos de la administración del Estado en pocas semanas. Dejaron de ser unos miserables y pasaron a disfrutar de las comodidades y lujos reservados a marqueses, empresarios y mariscales. Así, más o menos, describe el literato húngaro la llegada de estos personajes.

Ahí estarían comunistas míticos como Bierut, Rákosi, Gottwald, Rajk, Pauker… políticos que en pocos meses, bajo la supervisión y auxilio de Moscú, tomaron el control de media Europa.

No obstante, resultaba evidente que, de cara a los primeros comicios de posguerra, estos misioneros del internacionalismo no iban a lograr el respaldo electoral necesario para gobernar. Por esa razón, Stalin decidió resucitar la figura del frentepopulismo para formar grandes coaliciones de izquierdas. Los Frentes Populares habían funcionado ya en el periodo anterior a la II Guerra Mundial -en especial en Francia y España-, y su finalidad principal era contener la expansión del fascismo por Europa.

El Kremlin favoreció en los años treinta la consecución de esos pactos porque veía en ellos, no sólo un arma eficaz para evitar el surgimiento de nuevos hitleres, sino también porque aspiraba a instaurar el comunismo a través de ellos. En los gobiernos frentepopulistas los comunistas estaban destinados a ocupar los principales resortes del control estatal: la seguridad y la propaganda. Podían no ser numerosos, tampoco hacía falta que ocuparan muchos ministerios; tan sólo hacía era necesario que se situasen en los puestos claves.

Desde esa posición de influencia los comunistas miembros del ejecutivo tendrían que ir eliminando legal o moralmente a sus rivales. Seguían la llamada “táctica del salchichón”: iban minando poco a poco a los enemigos, después a los aliados, y, finalmente, era en el propio partido donde se llevaban a cabo las purgas. Este manera de extender la revolución bolchevique se ensayó al final del periodo de Entreguerras, pero su gran éxito como modelo de actuación política llegó con el final de la II Guerra Mundial.

Entre 1945 y 1947 fueron desfilando por las cárceles y juzgados de la Europa del Este miles de personas acusadas de apoyar al fascismo. Las primeras víctimas de estos procesos fueron los políticos de la derecha, pero más tarde les llegó el turno a la izquierda moderada.

A todos se les tachó de fascistas, tan sólo se salvaron los miembros de los partidos comunistas. Quedaba un pequeño paso para establecer regímenes totalitarios de partido único: su proclamación. A la altura de 1948 todos los países ocupados por el Ejército Rojo, con la excepción de Austria y Alemania, habían cumplido ese requisito.

En apenas tres años el frentepopulismo había abierto a los soviéticos las puertas de la “revolución legal”. Habían eliminado toda oposición, incluso la de los antiguos aliados de la izquierda. A partir de ahí comenzaba un camino aún más tortuoso: el de las purgas internas. Entre 1948 y 1953 el pecado ya no era ser fascista, sino revisionista.

Así fue como, bajo el amparo del Ejército Rojo, se operó el cambio político al otro lado del “Telón de Acero”. Fueron necesarias la presencia militar de la URSS y la, hasta 1947, aquiescencia del mundo occidental. Sin embargo, la operación nunca hubiera llegado a ser tan perfecta sin el frentepopulismo y la “táctica del salchichón”. Gracias a estos dos elementos el comunismo construyó en estos países un edificio político que logró mantenerse durante cuarenta años en pleno corazón de Europa.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus -2006.

[4] La Batalla de Budapest. Historia de la insurrección húngara de 1956; Ricardo M. Martín de la Guardia, Guillermo A. Pérez Sánchez, István Szilágyi – Madrid – Actas – 2006.

[5] ¡Tierra! ¡Tierra!; Sándor Márai – Barcelona – Salamandra – 2006.