Auge y caída del Imperio Napoleónico (1804-1815)


En esta etapa de la historia francesa culminó un proceso que había arrancado con el estallido de la Revolución de 1789: la configuración de la sociedad según el orden burgués. Pero, además, durante el mandato napoleónico se fue configurando un nueva nobleza, la aristocracia imperial.

El sistema de gobierno durante la época imperial apenas cambió con respecto a la del consulado vitalicio, simplemente se continuó el proceso de centralización progresiva que había arrancado tras el 18 Brumario.

Napoleón no solo estableció el modelo hereditario para la sucesión al frente del Imperio, sino que el emperador también acumuló cada vez más poderes: estableció un poder ejecutivo con autoridad ilimitada; vació de contenido el legislativo, que quedó como una simple; y se aseguró el control sobre el poder judicial.

La expansión del Imperio francés

Entre 1805 y 1812, el Imperio Napoleónico estuvo en constante expansión. En las batallas de Ulm y Austerlitz las tropas francesas consiguieron derrotar a los ejércitos coaligados de Rusia y Austria, consiguiendo la retirada de los primeros y la rendición de los segundos.

Con los austríacos, se firmó la paz de Presburgo, en virtud de la cual Austria cedió Venecia al reino de Italia, Istria y Dalmacia a Francia, Tirol y Trentino a Baviera, Suabia a Württemberg. Además, el monarca austríaco perdía también el título imperial germánico.

Tras Presburgo, Napoleón reestructuró el mapa europeo, situando a su hermano José como rey de Nápoles, a su hermana Elisa como soberana de Luca y Piombio, Holanda a su hermano Luis y nombró a Murat gran duque de Berg. Además, Baviera y Württemberg pasaban a ser reinos soberanos, Hess-Darmstadt y Baden se convertían en grandes ducados, y Hannover quedaba bajo la tutela prusiana.

Por último, Napoléon creó la Confederación del Rhin. Esta no sólo se situaba bajo el protectorado francés, sino que se establecía su total independencia con respecto a los Habsburgo.

La reacción de Rusia, Prusia e Inglaterra ante estos hechos no se hizo esperar: en 1806 formaban una nueva coalición antinapoleónica. Sin embargo, Prusia fue derrotada en Auerstadt y Jena. Además, tras su entrada en Berlín, Napoleón decretó el bloqueo a los productos británicos.

Esta fue, después de Trafalgar, el arma usada por el emperador para derrotar a los ingleses: dejarles sin recursos y hundir su economía. No obstante, ante el fracaso casi total de este primer decreto, promulgaría dos más: el de Fontainebleau y el de Milán. Aún así, ante la oposición de España, Portugal, los Estados Pontificios y Rusia, este bloqueo no fue efectivo. Esta será la principal causa de que Bonaparte emprenda nuevas campañas militares.

Las campañas militares de 1807 y 1809

En 1807 Napoléon inicia una campaña militar contra Rusia. El zar Alejandro I fue derrotado en Eylau y Friedland, viéndose obligado a firmar la paz en Tilsit. En virtud de este acuerdo, Rusia aceptaba el orden europeo napoleónico -dos grandes imperios, el francés y el ruso, que mantendrían el equilibrio continental-, se unía al bloqueo, cedía sus territorios más occidentales, y recibía autorización para expandirse por sus zonas de influencia.

Ese mismo año, Bonaparte ideó un plan para la invasión de Portugal. Los ejércitos napoleónicos, con la colaboración española, invadieron el país luso. Sin embargo, tras hacerse con Portugal, los franceses trataron de dominar también España. Así, en 1808, arrancó la guerra de la Independencia, en la que las tropas francesas serían derrotadas en la batalla de Bailén.

Ante la gravedad de la situación peninsular, y el desembarco inglés en Portugal y Galicia, Napoleón acudió con la Grande Armée y derrotó a sus enemigos. Solo la amenaza austríaca en 1809 impidió que el emperador derrotara totalmente a los españoles.

En 1809 los austriacos volvieron a enfrentarse a Napoleón con el mismo resultado: una derrota en la batalla de Wagram. De esta manera, se firmó un nuevo tratado en Schönbrunn, por el que Austria perdió aún más territorios: Salzburgo, Galitzia, Carintia, Carniola, Croacia, Trieste y Fiume.

Además, con el fin de legitimar al emperador francés y entroncarlo con la prestigiosa familia imperial austríaca, se concertó el matrimonio de Napoleón con María Luisa de Habsburgo.

La caída de Napoleón I

En 1812, a causa del debilitamiento de la alianza con Rusia, Napoleón invadió el Imperio de Alejandro I. No obstante, a pesar de su victoria en Borodino (septiembre) y su entrada en Moscú, la falta de víveres y el frío le obligaron a retirarse.

Fue precisamente esa retirada, en la que murieron casi 600.000 soldados franceses, la que consumó el desastre de la campaña rusa de Napoleón.

Mientras tanto, la guerra en España se alargaba, y el gasto humano y económico de los franceses en la misma, también. La guerrilla hispana y el apoyo británico a los invadidos permitieron que poco a poco la resistencia a los ejércitos bonapartistas se fortaleciera. Finalmente, los franceses fueron expulsados casi totalmente de la Península tras ser derrotados en las batallas de Arapiles, Vitoria y San Marcial.

Los enemigos de Napoléon se coaligaron en 1813, avanzando por Alemania hasta ser derrotadas en Lützen y Bautzen. A pesar de la victoria de las armas francesas, Austria entró en la guerra del lado de la coalición. Una vez reorganizados sus ejércitos, ésta consiguió vencer a Bonaparte en Leipzig.

Finalmente, las tropas coaligadas entraron en París, donde Napoleón fue depuesto y desterrado a la isla de Elba. Además, se firmó la Paz de París, que restablecía las fronteras de 1792, y se procedió a la restauración borbónica en la persona de Luis XVIII.

El Imperio de los Cien Días

En el año 1815, aprovechando un crisis en el nuevo gobierno monárquico francés, Napoleón regresó a París y se hizo con el poder. Para luchar contra el llamado gobierno de los Cien Días, las potencias europeas volvieron a coaligarse, derrotando a Napoleón en Waterloo.

Tras estos hechos, Bonaparte fue desterrado a la isla de Santa Elena, donde murió en 1821. Además, como consecuencia de estos sucesos, se firmó la segunda paz de París, de la que Francia salió muy perjudicada: perdió su poder militar, numerosos territorios fronterizos, y tuvo que pagar una fuerte indemnización a las otras potencias.

Las etapas de la Revolución Francesa


El proceso revolucionario iniciado en Francia a finales del siglo XVIII, lejos de constituir una unidad, aparece ante nosotros como un conjunto de cambios políticos sucesivos –en ocasiones contradictorios- que van desde una monarquía constitucional al régimen imperial pasando por una república.

Por esta razón, en lugar de hablar de Revolución Francesa, quizás deberíamos referirnos a ese fenómeno en plural; o utilizar únicamente esa expresión para los acontecimientos de 1789.

Lo cierto es que, en apenas veintiséis años, los que van de 1789 a 1815, Francia pasó por once regímenes políticos distintos: monarquía absoluta, monarquía constitucional, república moderada, republicanismo radical, gobierno de un directorio, consulado, consulado vitalicio bajo Napoleón Bonaparte, imperio, monarquía absoluta, imperio y, nuevamente, monarquía absoluta.

El constitucionalismo moderado (1789-1791)

El primer periodo de la Revolución Francesa, el que es considerado, a su vez, el más auténtico, tiene un claro antecedente en la prerrevolución aristocrática. Los miembros de la nobleza, descontentos con el gobierno absolutista borbónico implantado en época de Luis XIV, aprovecharon la crisis económica finisecular para presionar a Luis XVI.

Es cierto que la nobleza francesa deseaba, únicamente, recuperar sus antiguos derechos y su papel protagónico en el gobierno del reino. Sin embargo, lo que acabaron desencadenando fue una revolución que, a la postre, acabó por privarles de todos los privilegios que aún mantenían.

La revolución de 1789 tuvo dos episodios fundamentales: una revolución política y una de carácter popular.

El acontecimiento clave de la primera de ellas fue la constitución, por parte de un grupo dentro de los Estados Generales –el tercer estado-, de una Asamblea Nacional en la Sala del Juego de la Pelota el día 5 de mayo. Estos hombres, al reclamar para sí, como representantes del pueblo, la soberanía nacional, entraban en conflicto con la soberanía que ostentaba Luis XVI.

La revolución popular se produjo el 14 de julio mediante la toma de La Bastilla por parte del pueblo parisino. Este suceso marcó, sin lugar a dudas, un punto de no retorno. La falta de reacción por parte del rey, la ausencia de represión, al fin y al cabo, dañó enormemente la imagen de Luis XVI. Francia quedaba en manos de la Asamblea Nacional, encargada de redactar una constitución donde el monarca vería reducidos enormemente sus poderes.

La Convención (1791-1794)

La radicalización del proceso revolucionario llevó al poder primero a los girondinos (1791-1792) y más tarde a los jacobinos (1793-1794).

Durante este periodo, además de la aparición del Terror, Francia se convirtió en una república: Luis XVI fue depuesto y ejecutado.

Los republicanos comenzaron a elaborar una nueva Constitución. Sin embargo, esta nunca llegó a promulgarse, ya que la radicalidad de algunas medidas sociales y económicas, unidas a la deriva terrorista del gobierno, favoreció la formación de una conjura contra Robespierre. De esta manera, la caída del líder de los girondinos el 9 de Termidor dio paso a un régimen más moderado: el Directorio.

El Directorio (1794-1799)

El régimen que siguió a la Convención no pasó de ser un gobierno de cinco notables al servicio de la alta burguesía y de los grandes hombres de negocios. Se suprimieron los derechos sociales promulgados por los radicales, que a su vez fueron duramente reprimidos, pagando así sus desmanes durante el Terror.

También se retornó al sufragio censitario y se instauró un legislativo de carácter bicameral, en la línea de las constituciones conservadoras que se promulgarían a lo largo de todo el XIX.

El gobierno de Napoleón (1799-1815)

La deriva conservadora tomada por el Directorio sólo podía llevar a la restauración de la monarquía en la figura de Luis XVIII, hermano menor de Luis XVI. Sin embargo, la aparición de un militar de prestigio como Napoleón Bonaparte abrió una segunda posibilidad: la sustitución del frágil gobierno de los cinco notables por el de un hombre fuerte.

El golpe del 18 de Brumario de 1799 llevó a Napoleón al poder. En un primer momento fueron nombrados tres cónsules con idénticos poderes por un periodo de diez años.

Pronto Bonaparte acaparó todo el protagonismo, quedando sus dos compañeros de viaje como simple comparsa. La constitución de 1802 consolidó el poder de Napoleón, que pasó a ser cónsul vitalicio. No obstante, poco tardó en aspirar a más este ambiciosos general. De esta manera, en 1804 se hizo coronar emperador, cargo en el que se mantuvo hasta 1814.

La catástrofe rusa de 1812, así como las derrotas militares que siguieron a esa campaña, obligaron a Bonaparte a abandonar el poder. Fue llevado a la isla de Elba, de donde escapó en 1815. Una vez en París reinició su segundo periodo imperial, que, como consecuencia de la derrota de Waterloo, no pasaría de los cien días.

La prerrevolución aristocrática en la Francia del XVIII


En el imaginario popular la Revolución Francesa de 1789 fue un acontecimiento protagonizado por el pueblo, especialmente por los habitantes de París, en contra del absolutismo monárquico y los privilegios de la nobleza. Sin embargo, pocas veces esa imagen de protesta popular va acompañada de un precedente imprescindible para entenderla: el descontento de la aristocracia.

Efectivamente, la Revolución Francesa la iniciaron los mismos privilegiados mediante un proceso que conocemos como la prerrevolución aristocrática.

Su labor fue llevada a cabo a través de escritos y proclamas anteriores a 1789, y fue completada en los primeros acontecimientos de la primavera de ese año.

Los nobles frondistas

Desde finales del siglo XVII el descontento de la nobleza francesa con respecto al absolutismo impuesto por los Borbones empezó a hacerse patente. Sin embargo, sólo a la muerte de Luis XIV comenzaron a circular los rumores de una posible revuelta armada para hacer retornar el antiguo pacto de soberanía en el que el monarca era simplemente primus inter pares (principal entre iguales).

Las protestas de la nobleza frondista contra la centralización política inaugurado en el siglo anterior por el Rey Sol marcó el inició de un proceso que, en pocas semanas, se les fue de las manos a sus protagonistas primigenios.

La burguesía y el pueblo parisino tomaron pronto el control de los acontecimientos, que acabaron derivando en un resultado que no era el esperado en sus inicios.

Los planteamientos de Claude Joly

Sin embargo, antes de que se iniciaran los sucesos de 1789, una serie de autores de origen aristocrático y de talante conservador sembraron el campo ideológico para la posterior revolución aristocrática.

Uno de ellos fue Claude Joly, jurista de profesión. Este autor defendía que el poder del monarca estaba limitado a la tarea de mantener la justicia y que, por tanto, no era absolutos.

Además, Joly sostenía que la autoridad del rey derivaba del pueblo. Era este el que se la concedía para que, en base a las leyes, el monarca ejerciera el gobierno. En definitiva, el soberano estaba sometido al derecho y debía mantenerlo porque esa es precisamente la tarea para la que se le ha encomendado el poder.

Las cartas de Pierre Jurieu

Pierre Jurieu desarrolló su crítica al absolutismo monárquico por medio de epístolas enviadas a los protestantes franceses entre 1686 y 1689. En ellas defendía que la libertad e independencia de los seres humanos era algo innato que no podía ser violentado por ningún gobernante.

No obstante, siguiendo las líneas del pensamiento calvinista francés del XVI, sostenía que, como consecuencia del pecado, se hacía imprescindible la existencia de un poder político que gobernase sobre la comunidad.

Por tanto, el pueblo otorgaba la soberanía al rey como consecuencia de la inseguridad generada por la tendencia humana a pecar.

Sin embargo, y ahí es donde precisamente el pensamiento de Pierre Jurieu se revuelve contra el absolutismo borbónico, al no poseer la comunidad autoridad sobre la conciencia de las personas, no podía cedérsela al rey. Este debía de respetar, por consiguiente, ese espacio de libertad individual.

La obra de Salignac de la Mothe

En Felenon, François de Salignac de la Mothe abordó la misma cuestión que Pierre Jurieu -la libertad de conciencia-, pero desde la perspectiva del catolicismo. Además, al igual que Claude Joly, este autor se mostró partidario de la supremacía del derecho sobre la voluntad del monarca.

Por último, Salignac de la Mothe defendía la existencia de instituciones representativas que cooperasen con el monarca. Esta colaboración, cuya principal manifestación sería la labor de consejo, debía llevarse a cabo mediante las asambleas representativas del reino.

La crisis del Antiguo Régimen


El proceso de cambios políticos, económicos, sociales y culturales que sufrieron los estados europeos como consecuencia de las revoluciones de finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX, se conoce comúnmente como la crisis del Antiguo Régimen.

Si bien este fenómeno tuvo momentos puntuales que podríamos señalar como culminantes, se suele afirmar que se trató de un proceso largo. De esta manera, algunos autores llegan a defender que sus primeras manifestaciones tuvieron lugar con las revoluciones inglesas del siglo XVII, siendo sus últimos coletazos las oleadas revolucionarias de 1820, 1830 y 1848.

El tránsito al nuevo orden

Las consecuencias de esta crisis, que no es más que el paso de un modelo de organización caduco a otro más acorde con los nuevos tiempos, fueron las siguientes:

  • Desde el punto de vista político, el paso de un régimen absolutista a otro de corte liberal.
  • En economía, el tránsito de una economía agraria y gremial a otra de tipo capitalista.
  • En el ámbito de la sociedad, la desaparición de los estamentos -nobleza, clero y estado llano-, con los privilegios y las desigualdades que suponían, y su sustitución por una sociedad organizada en clases.

Estas transformaciones se llevaron a cabo mediante una serie de acontecimientos históricos que van desde la independencia de los EE.UU. en 1776, a la «primavera de los pueblos» (1848). No obstante, como ya indicamos anteriormente, algunos teóricos de la cuestión llevan los inicios del proceso a sucesos anteriores: las revoluciones inglesas del siglo XVII.

Al margen de que se consideren los hechos acaecidos en Inglaterra como parte del proceso o como antecedentes del mismo, este incluye revoluciones de muy diverso orden. De esta manera, a las de corte liberal -1776, 1789, 1820 y 1830-, hemos de añadir una de marcado carácter democrático, la de 1848. A su vez, en medio de los cambios políticos, se llevaron a cabo también transformaciones en la economía. La principal manifestación de eso fue, sin duda, la revolución industrial.

Antecedentes de la crisis

Dos acontecimientos históricos contribuyeron de manera casi decisiva a la puesta en cuestión de la crisis del Antiguo Régimen. El primero de ellos tuvo lugar en Inglaterra por medio de dos revoluciones de talante liberal: la de 1640 y la de 1688. El segundo fue la Guerra de los Siete Años (1756-1763), y más en concreto su episodio norteamericano.

La revolución inglesa de 1640 fue el escenario de la primera ejecución de un soberano absoluto: el rey Carlos I Estuardo. Tras la decapitación del monarca, el Parlamento proclamó la República, que fue dirigida con brazo de hierro, durante casi veinte años, por Oliver Cromwell.

En el seno de la nueva realidad revolucionaria surgieron tres fenómenos que contribuyeron notablemente a socavar las bases del Antiguo Régimen.

El primero de ellos fue la puesta en duda de la soberanía absoluta del rey, que se manifestó tanto en las exigencias del Parlamento -su gran rival- como en la definitiva ejecución de Carlos I. El segundo fue la aparición de los levellers, un grupo político que manifestó un rechazo radical a cualquier forma de desigualdad. Por último, hemos de hacer referencia a la lucha por la tolerancia religiosa, de la que eran abanderados los puritanos y sus simpatizantes.

La revolución inglesa de 1688 no hizo más que confirmar las conquistas alcanzadas en la década de 1640. Estas se estaban viendo amenazadas por el rey Jacobo II tras la restauración de los Estuardo en el trono. Los revolucionarios ingleses expulsaron al monarca y elevaron al trono a Guillermo de Orange, que consintió en aceptar la supremacía del Parlamento. Tras más de cuarenta años de enfrentamientos, en Inglaterra se asentaba definitivamente un régimen liberal.

La Guerra de los Siete Años sembró la semilla para la independencia de trece de las colonias británicas. Los ingleses habían derrotado en América a los franceses, pero el coste había sido grande.

De esta manera, el intento de sacar de los propios territorios norteamericanos la contraprestación a tal esfuerzo, generó un gran descontento entre los colonos. Estos, después de muchas deliberaciones, y de no pocas torpezas por parte de la diplomacia británica, iniciaron el camino hacia su emancipación.

A su vez, la derrota de los franceses y la posterior crisis económica de la hacienda de aquel país, sentó las bases para la Revolución Francesa de 1789.

Los restantes factores de la crisis

En el campo de la economía cabe destacar la aparición de dos fenómenos: la aparición de la protoindustria y la revolución agraria. Ambos elementos, consecuencias claras de un cambio en el planteamiento económico, contribuyeron notablemente al posterior desarrollo de la revolución industrial.

Dentro del ámbito ideológico, hemos de referirnos a dos núcleos de pensamiento: el británico y el francés. Al respecto, se hace necesario afirmar que ambos estuvieron en constante conexión y se influenciaron mutuamente.

En Gran Bretaña, por el carácter novedoso de sus ideas, hemos de mencionar a John Locke y Adam Smith. El primero de ellos, en tanto que defensor de la libertad política y de la separación de poderes, puede ser considerado como el padre del liberalismo político. El segundo, con sus leyes de la economía, fue el padre del liberalismo económico.

En Francia, desde mediados del siglo XVIII, empezaron a hacerse populares las ideas políticas, económicas y sociales de personajes como Montesquieu, Rousseau, Voltaire y Diderot, entre otros. Las ideas de estos intelectuales, en un contexto de crisis que exigía cambios radicales, empujaron al mundo occidental a un cambio radical que acabó por enterrar para siempre el Antiguo Régimen.

Corrientes historiográficas en torno a la Revolución Francesa


En el presente artículo trataremos de abordar una cuestión compleja que, aún hoy día, genera grandes debates y controversias dentro del gremio de los historiadores. Explicar la realidad de los sucesos revolucionarios que tuvieron lugar en Francia a caballo entre el siglo XVIII y el XIX es, en la actualidad, una tarea compleja. Poco sabemos de algunos de los aspectos fundamentales; y, por si fuera poco, son abundantes las valoraciones contrapuestas de aquellos que conocemos al detalle.

No obstante, la mayor parte de los autores coinciden al afirmar que el proceso histórico abierto el 14 de julio de 1789 fue heredero del pensamiento político del XVIII y, al mismo tiempo, padre del desarrollo del siglo XIX.

Sin lugar a dudas, la Revolución Francesa tuvo consecuencias negativas; fueron abundantes los errores y excesos de sus protagonistas. Sin embargo, una visión global de todos esos acontecimientos nos llevan a concluir que el global de la misma arroja un resultado positivo; gracias a ella la transformación política y social de signo liberal y burgués experimentó un gran impulso.

Tampoco coinciden los autores a la hora de enumerar las causas de la revolución. A mi juicio, además del desarrollo del pensamiento político citado anteriormente, jugaron un papel fundamental el descontento de los privilegiados, el endeudamiento de la hacienda francesa, la derrota en la Guerra de los Siete Años, y las crisis campesionas finiseculares.

Tal vez por influencia de la historiografía marxista suele afirmarse que los acontecimientos revolucionarios franceses evolucionaron desde una situación de prerrevolución aristocrática a una revolución del Tercer Estado. Sea como fuere, la mayor parte de los autores coincide en la triple periodización de estos hechos históricos:

  • El constitucionalismo moderado (1789-1791).
  • La Convención, con el predominio de los girondinos (1791-92) y de los jacobinos (1793-94).
  • El Directorio (1795-1799).

Además, existe un amplio consenso dentro de la comunidad científica a la hora de destacar la importacia histórica de la Revolución Francesa. No obstante, por cuestiones ideológicas o de escuela, este se convierte en disenso al explicar los hechos o establecer valoraciones. A continuación trataremos de explicar este desacuerdo analizando brevemente las principales corrientes historiográficas con sus respectivos autores.

Corrientes historiográficas más destacadas

Sobre la historiografía conservadora del XIX poco diremos. Tan sólo destacar que con autores como Burke, Taine, Gaxotte o Aubrys, se iniciaron los estudios sobre la Revolución Francesa; y que, a consecuencia de la época y de las ideas de estos estudiosos, fue con una visión un tanto negativa hacia esos hechos.

Los historiadores liberales, especialmente Michelet y Aulard, pretendieron elevar a los revolucionarios al situarlos como herederos de la intelectualidad ilustrada.

Por tanto, la historiografía liberal trató por todos los medios de dignificar los acontecimientos franceses. Trataron de explicarlos como una necesidad histórica: un nuevo sistema político que se abría paso a expensas de otro caduco. Por esa razón, sin olvidar aspectos negativos como “el Terror”, hicieron especial hincapié en los textos más importantes -Declaración de Derechos y sucesivas constituciones- y en los hechos más atrayentes para la mentalidad romántica de la época (El pueblo en la calle, la Bastilla el 14 de julio).

Blanc, Jaurès, Mathiez, Labrousse, Rudé, Soboul y Lefebvre son los principales representantes de historiografía socialista en Francia.

El primero de ellos nos deja una visión más positiva de los jacobinos, al tiempo que considera muy negativa la etapa napoleónica. El segundo centra sus estudios en la lucha de clases de la Francia finisecular, prestando especial atención al ascenso de la burguesía.

Otros autores socialistas prefirieron prestar menos atención a la Historia de los grandes acontecimientos para centrarse en aspectos socioeconómicos. Ese fue el caso de Labrousse, volcado en el estudio de los salarios y los precios, y Rudé, especialista en mentalidades y opinión pública.

La mayor parte de los miembros de esta escuela considera que los verdaderos protagonistas de la Revolución Francesa fueron los pequeños productores. Según su visión, la burguesía siempre fue a la zaga de estos personajes, juegando un papel moderador. Así explican su apoyo a la monarquía constitucional y, con la caída de esta, a los girondinos.

Los historiadores marxistas suelen distinguir dos etapas a la hora de estudiar la Revolución Francesa: ascendente (1789-1794) y descendente o de reacción burguesa (desde 1795).

Tanto Mazauric como Markow, principales expertos de esta escuela en la cuestión que nos ocupa, basan sus estudios en los postulados del materialismo histórico. En lo que se refiere a la lucha de clases como motor de la Historia, afirman que, debido a la existencia de varios grupos dentro de la propia revolución, esta estuvo marcada por una constante lucha entre los mismos.

Además, aplican los conceptos de estructura y superestructura al Antiguo Régimen, llegando a afirmar que la caída del mismo fue fruto del desfase de las mismas. Estos autores prestan especial atención en sus estudios a los “sans culottes”, a los que atribuyen un pensamiento proto-comunista. No obstante, reconocen que, en la coincidencia coyuntural de intereses, los burgueses fueron los grandes beneficiados.

La postura revisionista y los principales controversias

Tras haber analizado los planteamientos teóricos de cuatro grandes visiones historiográficas, nos centraremos en el repaso de las Interpretaciones revisionistas.

En primer lugar, los autores revisionistas -grupo complejo en el que encontramos estudiosos que van desde mediados del XIX a mediados del XX- atacan duramente la concepción de la revolución como una crisis exclusivamente política. Algunos de ellos, caso de Tocqueville, Godechot, Fouret y Richet, recalcan la herencia de la Ilustración, y consideran la etapa jacobina como un exceso de la revolución. Además, dan gran valor a los hechos posteriores a 1795.

Finalmente, enumeraremos los que, actualmente, son los núcleos de conflicto en la investigación histórica; las cuestiones que marcan el debate historiográfico.

En primer lugar, la controversia sobre los cambios estructurales que la inician; a lo que hemos de añadir la confrontación sobre la clase social “motor” del proceso. También son importantes aspectos como la cuestión de la refeudalización como causa de la revolución, la teoría de las revoluciones atlánticas, y la polémica jacobina. Los autores tampoco se ponen de acuerdo a la hora de definir los acontecimientos francese como un conjunto de revoluciones o como evolución temporal de la misma.

Contexto y escenarios de la revolución liberal

Esta entrada forma parte de un conjunto de artículos sobre la España de Fernando VII. Para leer los restantes textos dedicados a esta cuestión, haz clic aquí.


A la hora de analizar la revolución liberal española de comienzos del XIX es necesario definir previamente el contexto de la misma atendiendo a tres escenarios distintos: intercontinental, continental y peninsular. Un breve esbozo de cada uno de estos campos nos permitirá, no sólo comprender mejor el desarrollo del liberalismo español, sino también comprobar que sin ellos este no hubiera sido posible.

Escenario intercontinental: revolución atlántica

La expansión de la ideología liberal a finales del siglo XVIII y principios del XIX fue un proceso en el que Europa y América caminaron a la par. Esto nos permite hablar de un fenómeno atlántico de ida y vuelta. En las Trece Colonias norteamericanas se dieron las primeras manifestaciones de liberalismo y constitucionalismo; y, curiosamente, en un contexto de guerra de independencia (1776-1783).

Los Estados Unidos sirvieron de campo de pruebas para las nuevas ideas políticas elaboradas por los teóricos europeos. De ahí, en forma de hechos, volvieron a su continente de origen. En 1789 la ideología liberal tomó cuerpo en Francia; en pocos años la revolución se expandió por el Viejo Mundo hasta la derrota de Napoleón en 1814.

El viaje del liberalismo no se detuvo en Europa. De la España invadida por los franceses entre 1808 y 1814 la revolución liberal volvió a saltar al otro lado del océano; en esta ocasión a Hispanoamérica (1808-1824). Allí el fenómeno fue tardío, y estuvo íntimamente relacionado con los sucesos españoles. Al igual que en el caso de las Trece Colonias, surgió en un contexto secesionista.

Escenario continental

Las conquistas napoleónicas favorecieron la expansión de las ideas liberales francesas por toda Europa. Sin embargo, este fenómeno desencadenó otro de no menor importancia: la reacción nacional-romántica. El rechazo al invasor marcó el inicio de la “época de las nacionalidades”. España a partir de 1808, Rusia desde 1812, y Alemania en 1813, fueron claros ejemplos de este tipo de manifestaciones.

Escenario peninsular

Como hemos indicado anteriormente, desde los primeros momentos de la invasión francesa surgió en España esa reacción nacional contra el agresor extranjero. En el seno de esta resistencia se llevó a cabo una revolución liberal propia –análoga a la que pretendían imponer los afrancesados-, cuya más alta manifestación fue la reunión de las Cortes en Cádiz con la consiguiente redacción constitucional (19 de marzo de 1812). Estos hechos, como es evidente, tuvieron importantes repercusiones en Hispanoamérica.

Bibliografía:

[1] Historia Contemporánea de España II; Javier Paredes (Coord.) – Madrid – Ariel – 2005.

[2] Historia Contemporánea de España II; José Luis Comellas – Madrid – Rialp – 1986.

[3] Historia de España; José Luis Martín, Carlos Martínez Shaw, Javier Tusell – Madrid – Taurus – 1998.

[4] Las Cortes de Cádiz; Federico Suárez Verdeguer – Madrid – Rialp – 1982.