Decadencia de las normas morales

La debilitación general del principio moral manifiesta quizá su influjo indirecto en la comunidad más bien en permitir, excusar y aprobar actos, que en modificar las normas de acción individuales. Cuando se exteriorizan en acciones personales las formas agudas de la violencia, la mentira, la crueldad -de las cuales el mundo está más lleno que nunca-, son éstas todavía salvajismo y exasperación, consecuencias de la Gran Guerra y su comitiva de odios y miserias. El embotamiento general de las estimaciones morales se observa primero con más pureza en aquellos países que quedaron fuera del desequilibrio. Se manifiesta especialmente en la valoración de los actos políticos. Difiere esta notoriamente del juicio sobre los actos económicos. En lo referente a deficiencias morales de índole económica, delitos contra la fidelidad comercial, la propiedad, etc., el juicio público, por lo común, sigue siendo el que fue: condena sinceramente, aunque con una sonrisa tolerante de vez en cuando. A medida que el delito se comete a mayor escala, va aumentando la tolerancia, a la cual se une entonces la admiración.

Johan Huizinga, Entre las sombras del mañana, p. 124

Presentimientos de decadencia II

Los años mismos de la Gran Guerra no trajeron aún la peripecia. La atención de todos quedaba cautivada por las preocupaciones inmediatas: arrostrémos la guerra con todas nuestras fuerzas, y después, cuando haya pasado, lo reconstruiremos todo en un nivel muy superior; más aún: llegaremos a crear una bienandanza perdurable. Incluso los primeros años de la posguerra transcurrieron para muchos en la expectación optimista de un internacionalismo bienhechor. Luego, el incipiente pseudoflorecimiento de la industria y del comercio que quedó truncado en 1929, impidió durante algunos años el que surgiera en general pesimismo acerca de la cultura.

Pero ahora la conciencia de que vivimos en una tremenda crisis cultural, que arrastra al mundo hacia una catástrofe final, se ha difundido en amplias esferas. «La Decadencia de Occidente», de Spengler, dio la voz de alerta a un sinnúmero de gentes de todo el mundo. No es que todos los lectores del famoso libro se hayan convertido a las opiniones allí expuestas. Pero a los que estaban instalados firmemente en una impremeditada fe progresista les ha familiarizado con la idea de un posible descenso de la cultura actual.

Johan Huizinga, Entre las sombras del mañana, p. 18.

Presentimientos de decadencia

Vivimos en un mundo enloquecido. Y lo sabemos. A nadie sorprendería que, huido el espíritu, la locura estallase de repente en frenesí, dejando embrutecida y mentecata a esta pobre humanidad europea, bajo el ondear de sus banderas y el zumbido de sus motores.

Por doquier surgen dudas acerca de la estabilidad de nuestro régimen social, un vago miedo al mañana, sensaciones de decadencia y derrumbamiento. No son meras pesadillas de esas que sobrecogen en las horas muertas de la noche, cuando la llamita de la vida reduce su luz. Son previsiones meditadas, fundadas en la observación y juicio. Los hechos nos abruman. Nos encontramos con que casi todas las cosas que antes considerábamos más sólidas y sagradas, empiezan a bambolearse: la verdad y la humanidad, la razón y la justicia. Vemos formas de Estado que ya no funcionan, sistemas de producción que están a punto de desmoronarse. Descubrimos fuerzas sociales que no cesan de trabajar, en loco frenesí. La máquina retumbante de este formidable tiempo está a punto de parar en seco.

Pero en seguida se impone el contraste. Más y mejor que nunca el hombre de hoy tiene conciencia de que le incumbe la imperiosa tarea de colaborar a la conservación y el perfeccionamiento del bienestar y la civilización terrenales. La dedicación al trabajo es tan grande como en el momento en que más lo haya sido. Jamás el hombre ha estado tan dispuesto a trabajar, a correr riesgo, a consagrar en cada momento su valor y toda su persona a una salvación común. No ha perdido la esperanza.

Johan Huizinga, Entre las sombras del mañana, p. 15

Turquía ante la Unión Europea

El acceso de Turquía a la UE genera divisiones en los países miembros por muy diversos motivos: su tamaño, su localización geográfica, su bajo nivel de desarrollo económico y su carácter de sociedad predominantemente islámica. Pero el gran peligro actual es que las actitudes esquizofrénicas de los líderes de la UE hacia Turquía acaben desencadenando el peor de los escenarios posibles.

La UE debería respaldar mucho más incondicionalmente la decisión que ya ha tomado: aceptar a Turquía como candidata al ingreso. Muchos europeístas de Turquía, de diversas tendencias del espectro político, se sienten decepcionadas por la poco entusiasta acogida que la UE les ha dispensado. Turquía es miembro de todas las organizaciones europeas salvo la UE y pertenece a la OTAN desde hace mucho tiempo. No hay duda de que existen obstáculos importantes que superar antes de que el ingreso de Turquía pueda hacerse realidad y entre éstos está el enfrentamiento sobre el futuro de Chipre. Pero si la UE le diera la espalda a Turquía en ese momento, el resultado podría ser una disminución del ritmo de crecimiento del país, así como una mayor polarización política y una sociedad resentida que tendería a mirar hacia el este antes que hacia el oeste. Quienes hablan actualmente de poner obstáculos a la entrada de Turquía deberían reflexionar sobre si lo que realmente quieren es un Estado lleno de problemas, dividido y, posiblemente, antagonista a las puertas de Europa. Una Turquía democrática, liberal y próspera como Estado miembro de la Unión es una perspectiva mucho más atractiva que una Turquía en quiebra y en actitud introspectiva.

Anthony Giddens, Europa en la era global, p. 281.

¿Qué es la Unión Europea?

¿Qué es, pues, la Unión Europea? No sería bueno dejar su naturaleza pendiente de definición o describirla como un «objeto volador no identificado», como ya hiciera Jacques Delors en una famosa ocurrencia. No basta con definirla únicamente en términos de lo que no es (es decir, ni una organización que se encamina hacia el federalismo ni una forma de intergubernamentalismo). Tampoco creo que sirva de mucho comparar la UE con una bicicleta que sólo puede mantenerse en equilibrio si avanza constantemente hacia delante.

Yo definiría la UE como una asociación (o comunidad) democrática de naciones semisoberanas. No creo que el término «semisoberano» sea materia de especial controversia. La soberanía dista mucho de ser indivisible; de hecho, siempre es parcial, tanto interna como externamente. La Unión es una asociación porque cualquier Estado miembro puede abandonarla (aunque ese derecho se recogía por primera vez por escrito en la reciente propuesta de constitución). La UE no es una entidad posnacional, porque las naciones que la componen no desaparecen y retienen una alta capacidad de acción independiente.

Anthony Giddens, Europa en la era global, p. 272.

Proyectos para Europa tras el fin de la URSS

Algunas de las diferencias de opinión y de puntos de vista que existen acerca de lo que la UE es y debería ser están ligadas a los «tres grandes» Estados de la Unión. La línea oficial del Reino Unido ha sido desde hace tiempo el intergubernamentalismo, aunque en los años recientes no sea tan extremo como el que sostuvo Thatcher en su momento. Los políticos y los pensadores alemanes más destacados has tendido a concebir Europa en términos de un modelo federal afín al suyo nacional propio. Los dirigentes franceses se inclinan más por una visión centralizada de la UE en la que, no obstante, cada país seguiría sustentando sus intereses nacionales respectivos. Ellos han identificado tradicionalmente (aunque no tanto en la actualidad) los intereses europeos con los franceses. Algunos países miembros más pequeños se han mostrado partidarios de la opción federal, pero la mayoría son reticentes a su implantación, porque consideran que su propia influencia se vería amenazada y disminuida en esa situación. Los nuevos Estados miembros son intergubernamentalistas acérrimos: tras haberse librado del yugo de la Unión Soviética, no tienen intención alguna de adscribirse a otro superestado. Las divergencias entre estos puntos de vista se antojan tan amplias que podrían parecer incluso imposibles de reconciliar. Pues, bien, es imposible reconciliarlas tal y como están expresadas, en su forma convencional, pero deberíamos aprender a concebirlas y a interpretarlas de un modo diferente.

Anthony Giddens, Europa en la era global, p. 266.

Yihadismo y globalización

El nuevo terrorismo es geopolítico, un producto de la globalización y de las comunicaciones de masas. Al Qaeda, como otras organizaciones yihadistas, mantiene células en múltiples países. Sus objetivos son muy genéricos y extraordinariamente ambiciosos (nada menos que el retorno absoluto de la ley islámica en toda una serie de estados que se extienden desde Pakistán hasta, incluso, el sur de España -la antigua Al Ándalus, hoy conocida como Andalucía-, atravesando todo el norte de África). Además, no duda en hacer uso de la violencia a gran escala si tiene posibilidad. En el peor de los casos, en los atentados del 11 de septiembre en Nueva York y Washington, podrían haber muerto 60.000 personas y no las 3.000 que realmente fallecieron. Los objetivos de Al Qaeda son territoriales, pero no es un Estado. Actúa más bien como una ONG maléfica, impulsada por una conciencia de misión. Difícilmente puede ser considerada una fuerza invasora, pero es, junto a otros grupos radicales, una importante fuente de riesgo para muchos países (sobre todo, si el terrorismo nuclear llega a convertirse en algún momento en una posibilidad real).

Anthony Giddens, Europa en la era global, p. 260.

La caída del muro de Berlín

Yo estaba en Berlín el 11 de noviembre de 1989, la noche en que se abrió el muro. Las personas que pasaban del este al oeste nos enseñaban sus planos de la ciudad. Todo Berlín Occidental había sido eliminado de ellos: en su lugar sólo aparecía un espacio vacío. Pero, aún así, lo sabían todo sobre el otro lado de Berlín porque lo habían visto en los programas de televisión occidentales que sintonizaban. La democratización cotidiana no es lo mismo que el consumismo. Evidentemente, muchas personas de la Europa del este y de la Unión Soviética querían los bienes de consumo y la riqueza en general de la que se disfrutaba en Occidente. pero también querían, según mostraban las encuestas, una mayor movilidad y autonomía (libertad, en definitiva) en sus vidas diarias.

Anthony Giddens, Europa en la era global, p. 257.

1989: el «annus mirabilis»

…el año 1989 marca una ruptura, no sólo en la historia de Europa en general, sino también en la de la UE en particular. La caída del comunismo de la Europa del este y, posteriormete del sovietico ha afectado evidentemente a todo el mundo, un mundo que fue durante mucho timepo esclavo de la era del bipolarismo. Pero Europa, Alemania y Berlín constituían la primera línea (el «corazón ardiente») de la Guerra Fría, una confrontación que, en varios momentos, pudo haber desembocado en una conflagración. La CEE/UE fue, esencialmente, un producto de la Guerra Fría que obtuvo su identidad del contraste con el liberalismo de mercado estadounidense, por un lado, pero también con el socialismo de Estado, por el otro. Los acontecimientos de 1989 transformaron más o menos por completo la naturaleza de la UE, y no sólo la de aquellos países que se libraron del dominio comunista.

Pero nadie lo diría, a juzgar por los pronunciamientos oficiales de la UE. La UE hizo bien en girar inmediatamente su atención hacia los países de la Europa del este, pero envolvió el potencial acceso de éstos a la Unión en un vocabulario comunitario tradicional, el de la «ampliación». La Unión ha experimentado sucesivas ampliaciones, todas ellas importantes (y, muy especialmente, la de los países mediterráneos que habían padecido regímenes dictatoriales). Pero la apertura al este no iba a ser otra ampliación sin más. La UE ya no podía ser la misma tras 1989 y no sólo porque se le presentaba el problema de absorber Estados mucho más pobres que la media europea y con una composición socioeconómica distinta, ni por el incremento del número de Estados miembros que aquello iba a suponer. No podía ser la misma porque, con una frontera abierta tanto hacia el este como hacia los Balcanes, la identidad y la naturaleza misma de la UE se hicieron problemáticas.

Todas las referencias y los comentarios sobre la ampliación ocultaron buena parte de lo anterior, como también lo hizo -a su manera- la propuesta de constitución. Las autoridades de la UE y la mayoría de dirigentes políticos vieron en la constitución un medio para consolidar el proyecto europeo existente. Pero era una idea falsa. Y es que era más que evidente -para la población en general, al menos- que había muchos más cambios radicales en el proceso a los que todo el mundo debía adaptarse. La Europa comunista podía ser una amenaza, pero, al mismo tiempo, estabilizaba los problemas al este de la UE, ya que eran responsabilidad de la Unión Soviética. Pero, ahora, la UE limita con (o sus fronteras están más próximas a las de) bielorrusia, Moldavia, Ucrania, Georgia y Armenia, además de con Oriente Próximo y Medio. La entrada de Turquía fue, durante mucho tiempo, un tema considerado sólo «en principio», pero desde 1989 se ha convertido en un asunto de inmediatez práctica.

Anthony Giddens, Europa en la era global, p. 255.

«Inside Europe» de John Gunther

Su autor se llamaba John Gunther y su título era Inside Europe. Gunther escribió una larga serie de obras sobre diferentes naciones y regiones del mundo. En ésta en concreto,describía los viajes que había realizado por diversos países de Europa y las entrevistas que allí había realizado a varios dirigentes políticos y a personas de a pie.

Su libro se publicó en 1961. Leerlo hizo que me diera cuenta de la extraordinaria magnitud y alcance de los cambios que han transformado el subcontinente durante los cuarenta años transcurridos desde entonces. En aquel entonces, la Guerra Fría no era tan fría. El autor calificó a Alemania de «corazón ardiente de Europa». Pero pese a la división que partía el continente en dos, el Muro de Berlín aún no existía: 40.000 berlineses vivía en la parte este de la ciudad, pero trabajaban diariamente en la oeste (otros 7.000 hacían justamente el recorrido inverso). Ya por entonces, 3,5 millones de personas habían huido de la Alemania Oriental para establecerse permanentemente en la República Federal Alemana. La Unión Soviética aparece retratada en el libro como una «potencia inmutable», más estable que Estados Unidos, y su dominio sobre Europa oriental es visto del mismo modo. Tres países de la Europa occidental se hallaban bajo el yugo de las dictaduras semifascistas: Portugal, España y Grecia. En Portugal mandaba Salazar, en España lo hacía Franco y en Grecia, los «Coroneles».

El libro de Gunther tiene, aproximadamente, 600 páginas, pero sólo cuatro o cinco de ellas están dedicadas a la CEE, que el autor consideraba entonces como una novedad interesante, pero de importancia bastante marginal. El punto de vista de Guhther era el característico de la época, con la única salvedad de unos pocos visionarios. Sólo cuando lo miramos desde nuestra ventajosa perspectiva actual, apreciamos la importancia fundamental que aquel Tratado de Roma, firmado en 1957, iba a tener.

Anthony Giddens, Europa en la era globa, p. 253.