Turquía ante la Unión Europea

El acceso de Turquía a la UE genera divisiones en los países miembros por muy diversos motivos: su tamaño, su localización geográfica, su bajo nivel de desarrollo económico y su carácter de sociedad predominantemente islámica. Pero el gran peligro actual es que las actitudes esquizofrénicas de los líderes de la UE hacia Turquía acaben desencadenando el peor de los escenarios posibles.

La UE debería respaldar mucho más incondicionalmente la decisión que ya ha tomado: aceptar a Turquía como candidata al ingreso. Muchos europeístas de Turquía, de diversas tendencias del espectro político, se sienten decepcionadas por la poco entusiasta acogida que la UE les ha dispensado. Turquía es miembro de todas las organizaciones europeas salvo la UE y pertenece a la OTAN desde hace mucho tiempo. No hay duda de que existen obstáculos importantes que superar antes de que el ingreso de Turquía pueda hacerse realidad y entre éstos está el enfrentamiento sobre el futuro de Chipre. Pero si la UE le diera la espalda a Turquía en ese momento, el resultado podría ser una disminución del ritmo de crecimiento del país, así como una mayor polarización política y una sociedad resentida que tendería a mirar hacia el este antes que hacia el oeste. Quienes hablan actualmente de poner obstáculos a la entrada de Turquía deberían reflexionar sobre si lo que realmente quieren es un Estado lleno de problemas, dividido y, posiblemente, antagonista a las puertas de Europa. Una Turquía democrática, liberal y próspera como Estado miembro de la Unión es una perspectiva mucho más atractiva que una Turquía en quiebra y en actitud introspectiva.

Anthony Giddens, Europa en la era global, p. 281.

¿Qué es la Unión Europea?

¿Qué es, pues, la Unión Europea? No sería bueno dejar su naturaleza pendiente de definición o describirla como un «objeto volador no identificado», como ya hiciera Jacques Delors en una famosa ocurrencia. No basta con definirla únicamente en términos de lo que no es (es decir, ni una organización que se encamina hacia el federalismo ni una forma de intergubernamentalismo). Tampoco creo que sirva de mucho comparar la UE con una bicicleta que sólo puede mantenerse en equilibrio si avanza constantemente hacia delante.

Yo definiría la UE como una asociación (o comunidad) democrática de naciones semisoberanas. No creo que el término «semisoberano» sea materia de especial controversia. La soberanía dista mucho de ser indivisible; de hecho, siempre es parcial, tanto interna como externamente. La Unión es una asociación porque cualquier Estado miembro puede abandonarla (aunque ese derecho se recogía por primera vez por escrito en la reciente propuesta de constitución). La UE no es una entidad posnacional, porque las naciones que la componen no desaparecen y retienen una alta capacidad de acción independiente.

Anthony Giddens, Europa en la era global, p. 272.

Proyectos para Europa tras el fin de la URSS

Algunas de las diferencias de opinión y de puntos de vista que existen acerca de lo que la UE es y debería ser están ligadas a los «tres grandes» Estados de la Unión. La línea oficial del Reino Unido ha sido desde hace tiempo el intergubernamentalismo, aunque en los años recientes no sea tan extremo como el que sostuvo Thatcher en su momento. Los políticos y los pensadores alemanes más destacados has tendido a concebir Europa en términos de un modelo federal afín al suyo nacional propio. Los dirigentes franceses se inclinan más por una visión centralizada de la UE en la que, no obstante, cada país seguiría sustentando sus intereses nacionales respectivos. Ellos han identificado tradicionalmente (aunque no tanto en la actualidad) los intereses europeos con los franceses. Algunos países miembros más pequeños se han mostrado partidarios de la opción federal, pero la mayoría son reticentes a su implantación, porque consideran que su propia influencia se vería amenazada y disminuida en esa situación. Los nuevos Estados miembros son intergubernamentalistas acérrimos: tras haberse librado del yugo de la Unión Soviética, no tienen intención alguna de adscribirse a otro superestado. Las divergencias entre estos puntos de vista se antojan tan amplias que podrían parecer incluso imposibles de reconciliar. Pues, bien, es imposible reconciliarlas tal y como están expresadas, en su forma convencional, pero deberíamos aprender a concebirlas y a interpretarlas de un modo diferente.

Anthony Giddens, Europa en la era global, p. 266.

Yihadismo y globalización

El nuevo terrorismo es geopolítico, un producto de la globalización y de las comunicaciones de masas. Al Qaeda, como otras organizaciones yihadistas, mantiene células en múltiples países. Sus objetivos son muy genéricos y extraordinariamente ambiciosos (nada menos que el retorno absoluto de la ley islámica en toda una serie de estados que se extienden desde Pakistán hasta, incluso, el sur de España -la antigua Al Ándalus, hoy conocida como Andalucía-, atravesando todo el norte de África). Además, no duda en hacer uso de la violencia a gran escala si tiene posibilidad. En el peor de los casos, en los atentados del 11 de septiembre en Nueva York y Washington, podrían haber muerto 60.000 personas y no las 3.000 que realmente fallecieron. Los objetivos de Al Qaeda son territoriales, pero no es un Estado. Actúa más bien como una ONG maléfica, impulsada por una conciencia de misión. Difícilmente puede ser considerada una fuerza invasora, pero es, junto a otros grupos radicales, una importante fuente de riesgo para muchos países (sobre todo, si el terrorismo nuclear llega a convertirse en algún momento en una posibilidad real).

Anthony Giddens, Europa en la era global, p. 260.

La caída del muro de Berlín

Yo estaba en Berlín el 11 de noviembre de 1989, la noche en que se abrió el muro. Las personas que pasaban del este al oeste nos enseñaban sus planos de la ciudad. Todo Berlín Occidental había sido eliminado de ellos: en su lugar sólo aparecía un espacio vacío. Pero, aún así, lo sabían todo sobre el otro lado de Berlín porque lo habían visto en los programas de televisión occidentales que sintonizaban. La democratización cotidiana no es lo mismo que el consumismo. Evidentemente, muchas personas de la Europa del este y de la Unión Soviética querían los bienes de consumo y la riqueza en general de la que se disfrutaba en Occidente. pero también querían, según mostraban las encuestas, una mayor movilidad y autonomía (libertad, en definitiva) en sus vidas diarias.

Anthony Giddens, Europa en la era global, p. 257.